Fin de la política: el PRI de 1990 para entender el PRI del 2017

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Mundo Nuestro: En los próximos días el anquilosado PRI tendrá una nueva asamblea nacional en la que se juegan los mecanismos para la elección de su candidato en el 2018. Está visto que para los priistas no hay memoria que valga, ni mucho menos análisis crítico del pasado, que no para otra cosa es la historia. En 1990 el PRI tuvo un festín democrático que arrasó en un fin de semana todos los usos y costumbres que querían sobrevivir a la ruptura que Cuauhtemoc Cárdenas y Porfirio Muños Ledo encabezaron para derivar en el fraude electoral de 1988. Con todos menos el de la voluntad del señor presidente, como entonces le decían, Carlos Salinas de Gortari, que con los modos tradicionales del poder priista intentó la reconversión (término que se llevaron de sus oficinas los tecnócratas salinistas para imaginar la modernización política) de un aparato que ya no pudo ganar para él en aplanadora la presidencia de la república. Tres años después Colosio sería asesinado. En el 2000 veríamos caer al coloso con el inicio del gran engaño panista. Y la tragedia de la violencia, y el retorno del viejo PRI engominado con la marca televisiva de Peña Nieto.

Y ahí estamos, una vez más, escuchando a los priistas hablar del futuro en una nueva asamblea nacional.

27 años después lo que queda de aquel aparato inexpugnable se desliza hacia una previsible debacle en las elecciones totales del 2018. Reproducimos estas crónicas de Sergio Mastretta sobre una coyuntura brevísima –no más de un fin de semana en el arranque de septiembre de 1990—de lo que todavía hoy cantan (evocan) algunos trasnochados priistas como aquello de lo que pudo haber sido y no fue.



Fin de la política

Viernes 31 de agosto de 1990. Horas aciagas, revolcón priísta de fin de semana: el destino del país en manos de ocho mil delegados en la era de la “consulta a la base”. Por un instante la imaginación deja todo de lado: sólo se escucha el aullar de palmadas en un tablero de ajedrez que permite la mecanización simple: ocho por una ocho, ocho entre dos cuatro, cuatro por cuatro dieciséis, dieciséis por cuatro sesenta y cuatro mil abrazos, ciento veintiocho mil palmas abiertas golpeteando espaldas como una carga de granizo de verano, solidario y modernizador. No importa qué pase, si cambian o no sus principios, si disfrazan o no sus estatutos, si filtran su programa de acción, si se deciden a dejar de ser el partido de Estado, si le dan las gracias históricas a los sectores, si le rompen el corazón a los caciques, si dejan sin banderas al PAN, si juegan como un partido más en el proceso electoral. Eso es lo de menos.

Ante todo, los priístas en las primeras horas del sábado serán un abrazo entero en el Palacio de los Deportes. En el resto del país escucharemos las palmadas como un tropel de caballos desbocados en busca de un abrevadero en el llano.

Mientras los ciudadanos viven, trabajan, conversan, se pelean, se toman unos tragos, se matan, sobreviven, ajenos a la política, y a la desazón nacional. Yo tengo a la vista dos escenas cotidianas, ambas del otro lado del precipicio de la política.



La primera: Camión urbano, ruta Mayorazgo-Paseo Bravo. Dos agentes de ventas (saco y corbata el joven, chamarra y corbata el maduro, los dos con portafolios lustrosos) se acomodan para los veinte minutos de viaje.

--Se lo dije al ingeniero –dice el mayor--, no puede ser que me dé esa ruta...

--Y qué te dijo –dice el joven.

--Que le hiciera como quisiera.

--Te lo dije, así son.

--Yo lo sabía, pero que me quitaba. Le dije, señor, a mí me interesan los negocios en grande, en esa región estoy fuera de circulación. No me importa, dijo, a muchos les interesa hacer lo que usted hace, nuestra compañía es líder, usted ya es viejo, no le conviene crear problemas, movilícese y venda. Muy bien, digo yo, pero por qué me quita mis clientes, ingeniero. Ese es nuestro problema.

--Te lo dije viejo, te la van a hacer, van a buscar que te canses.

--Si mano, pero todavía tengo tres chavos abajo de los quince, tú sabes cómo están las inscripciones en las escuelas, nada más con eso, los útiles y los uniformes hay que dar un ramalazo de millón y medio de pesos.

La segunda: Dos hombres se encuentran en una calle de San Pablo Actipan. Magdaleno Sánchez es un cantante callejero: guitarra en mano complace las preferencias de los clientes de las pulquerías. Elías Rosas Filomeno, campesino de 45 años, gusta del néctar y ha estado buena parte del día libando y no tiene empacho de pedir unas selecciones al cantor. Tienen algo en común: una mujer mancornadora, Catalina, a quien los testigos describen como una dama otoñal. Los dos la quieren, los dos lo saben, los dos se odian. El cantor enfurece: de mí no te burlas. El briago responde: te voy a enseñar a ver si te sigues metiendo con mi vieja. Inician los golpes, se hace una pequeña bola. Borracho y cantor poco daño se hacen hasta que aparece la mancornadora. Catalina sorprende al que pedía canciones al rival, lo agarra por la espalda. El cantor aprovecha, saca un puñal y lo entierra dos veces en el estómago enemigo. Un hedor de pulque baña el ambiente cuando el cuerpo de Elías se retuerce en el suelo. El criminal huye. La mujer intenta escapar, pero los espectadores la detienen.

Cuatro horas después el campesino yace con las tripas abiertas, sobre la plancha de un hospital de Molcaxac. La ambulancia primero lo llevó a una clínica de Tepeaca, donde se negaron a atenderlo. Cuando llegó a Molcaxac murió. Se llevó a su silencio la imagen sorprendente de los brazos férreos de la mancornadora.

Las dos escenas terminan. No hay respuestas. El fin de semana se precipita con toda la fuerza de la maquinaria de la política sobre la vida simple de los ciudadanos. Y sin embargo, cuánto pesa este fin de semana.

“¡Moción, señor sistema!”

Sábado 1 de septiembre de 1990. Diez de la noche en el galerón del recinto ferial. Los priistas se la creen y en la Mesa 3, referente a la elección de candidatos, han orillado a un larguísimo receso desde las siete y media. Un día de asamblea que tocó las fibras más sensibles del aparato del partido en el poder: la consulta a la base –se propuso—debe realizarse también para la elección de los candidatos a diputados, senadores, gobernadores y presidente de la república. En un día libre de ataduras, los diputados se lo toman en serio. Y las sesiones nada le pedirán a lo mejor del asambleísmo universitario uapachoso y ceceachero.

  1. - Qué ruidoso es el juego de la democracia priista.

“Señores –grita un delegado de Querétaro en una de las decenas de veces que los priistas rasgaron sus vestiduras--, no nos engañemos, en nuestros estatutos está muy claro quiénes deben ser los dirigentes del partido y cómo deben elegirse. Si hay imposiciones es por una simple razón: ¡nos han faltado…!”

Y la palma de su mano derecha extendida al aire pesado del Auditorio de la Reforma plastifica la pesadez de los órganos genitales masculinos. Y todos aplauden. Y todos ríen. Y el griterío que los acompañará el día entero, el que desataron el sábado en la noche contra todo lo que se moviera en el escenario—igual contra los jerarcas aturdidos que contra las apariciones de los críticos--, sale de las mesas de trabajo de la Asamblea con una rudeza a la que tendrá que acostumbrarse el país en los próximos tiempos si, como juran sus impulsores, las intenciones de los priistas piensan llegar lejos—“Esto ya no lo detiene nadie”, me dice sin preámbulos el excomunista uapachoso Jorge Medina Viedas, hoy con oficinas en la secretaría adjunta de Luis Donaldo Colosio.

2- Algunas aportaciones a la explicación.

“A nosotros nos metieron a la disciplina a cincel, al que le decían indisciplinado sabía que quedaba congelado—dice un comerciante de Quintana Roo en la mesa 3, la más complicada, la que se refiere a representación popular--. Por eso esto es como una borrachera. Luego vendrá la cruda, cuando regresemos a nuestros estados y municipios. Por ahora míranos, exaltados, nos paramos, callamos a la mesa, le chiflamos a la profesora Elba Esther, exigimos ¡moción, moción, señor presidente!, algo que nunca nos imaginamos que sucediera.”

Junto opina un veracruzano: “Nos va a pasar lo que a los españoles después de la muerte de Franco. Todo esto que se ve es Prueba de que al fin se rompió la disciplina partidista. A quien aparece con un discurso rígido lo bajan. Y más, por eso tanto grito, tanta falta de respeto a los de la Mesa. Yo estuve en la XII Asamblea, cuando López Portillo metió lo de la LOPPE, ni quien se atreviera a gritarle algo a la Mesa. Y ya viste hoy que pasó: impusimos a los secretarios y a los escrutadores, para que Elba Esther no fuera juez y parte, y aunque quisieron controlar la lista de oradores tuvieron que echarse para atrás y dejar libre al que quisiera hablar. Sí, es una borrachera de democracia la que vivimos, pero como dice el compañero, qué va a pasar cuando regresemos con la base, ellos van a querer llevar la democracia a sus casas, a los sindicatos, a los ejidos, ahí va a tronar el cohete.”

3- 11.05 de la mañana. Mesa 3: los patos le tiran a las escopetas.

Las figuras de los “priistas distinguidos” se pierden entre los delegados. A pesar de todo, las cámaras de televisión descubren a Dante Delgado, el gobernador de Veracruz. Lo afocan, lo bañan de luz. Cinco minutos después Dante, de guayabera blanca, sube a la tribuna en una intervención del procedimiento—llevan una hora, con 110 oradores inscritos, y no se han puesto de acuerdo sobre la mecánica del debate.

“No podemos repetir la discusión que se dio en meses y meses de trabajo —dice Dante--. Ahí está el dictamen, es un documento claro, sólo tenemos que discutir si se aprueba o no”. Y echa un rollo que se pasa de los tres minutos. A gritos piden a la mesa que lo calle. Y baja entre aplausos y gritos de Veracruz, Veracruz. Y todavía no se sienta en su lugar cuando escucha la entrada del discurso del siguiente orador, un muchacho de Tabasco.

“¡Es una mentira que este documento sea claro!”

Y no lo es, como se probará en el día de la libertad priista.

La democracia según el PRI es una en la tribuna

Domingo 2 de septiembre de 1990. Dos inercias en el parto de los montes de la borrachera de la democracia priista.

  1. Del reventón de la democracia priísta en la madrugada poblana (“Aquí lo que pasó fue que por fin un triste priísta se atrevió a gritarle al jerarca en el presidium. Entonces el poderoso no supo qué hacer”), al carretón del aparato del partido en el Palacio de los Deportes: caos vial en el Oriente capitalino, acarreo de ambulantes y colonos a cargo del PRI-DDF, el régimen y sus funcionarios, seis larguísimos discursos, tambora, cantos a la solidaridad, porras, apretujones y organización de Estado Mayor.
  2. Del viejo Blas Chumacero, obstinado, reacio a sumarse a la victoria de los modernizadores, a la histeria de los delegados de la mesa de Estatutos en el Auditorio de la Reforma a la 1:30 de la mañana, al eterno Fidel Velázquez entretenido en la ola que le demanda la tribuna –la hizo ahí, el último de los cinco Lobitos, con el rostro impenetrable y las manos alzadas como un cachorrito--, cinco minutos antes de que llegue el presidente, el hombre que echó a andar la ola verdadera, la marejada que amenaza con arrasar la estructura cetemista.

2:10 de la tarde. Colosio baja de la tribuna para esperar a Salinas fuera del Palacio. Los que están en luneta, legisladores del PRI, funcionarios de estado, gobernadores y secretarios, por fin dan la espalda al presídium, por fin miran a la masa priísta de los delegados en la tribuna. Unos esperan al presidente, otros inician el jolgorio.

Gayola siempre vulgarizará al pueblo. Y gayola en el Palacio es un griterío que no piensa en conceptos. Imagino que los organizadores metieron la idea de la ola, porque en estos momentos algo habrá que dejarles a los organizadores: “Afuera se escucha el regocijo de los priístas –se oye en los altavoces-, ellos, el pueblo que espera al presidente, muestran la alegría de participar en el cambio en los destinos de la patria...” Pero aquí la masa no piensa en los afuera, y probablemente tampoco en el destino. Por un instante recupera poder perdido contra el presídium: un alarido de consignas y chiflidos se despeña sobre los de luneta al ritmo de la ola, ir y venir de brazos levantados que se estrellan contra el escenario del aparato.

Y luego la orden precisa, repetida, la masa que impone a los jefes disciplina:

“¡Los de abajo, los de abajo!”

Y los de abajo como que no quieren, pero cuando lo piensan ya levantan las manos ante ese imperativo exhalado de manos que forman la ola. Y ellos, diputados, ejecutivos, damas de sociedad que no han tenido que ver con tres días de desvelos, maltratos, malcomeres (en Puebla decenas de delegados de Guerrero y Michoacán terminaron en galerones de Bomberos y Policía), sienten el chispazo divino de sentirse pueblo de esa ola en la que se entretiene la democracia priísta.

Pero la orden no se detiene, ahora agarra contra la mesa.

“¡Sí la mesa, la mesa!”

Y la mesa se comporta como los jerarcas impuestos para sacar adelante las mesas de trabajo en Puebla. (El aturdimiento de Elba Esther, la desazón momentánea de Jesús Salazar Toledano, ambos azorados ante esa asamblea susceptible, explosiva, del sábado por la noche en el Auditorio de la Reforma: tres mil encabronados y hambrientos delegados arrebatados por el instrumento simple, estudiantil, del grito venturoso, el arma secreta, desvanecida siglos enteros por los magos del autoritarismo). En ese momento todos los ojos buscan al Fidel, gayola y luneta sólo se interesan por el viejo líder. “¡La mesa, la mesa!” es el memorándum terminante.

Y Fidel, siempre Fidel, demuestra que no lo ha modificado el humor. Poco a poco levanta los brazos, las manos nunca rebasan la altura del pecho. La ola modernizadora le revienta.

Aparece el presidente.

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Una hora y media antes, Alberto Pérez Blas, del movimiento Democrático para el Cambio, del grupo de Julio Hernández, plantea la discusión de fondo:

-¿Ya la hicieron? –es la pregunta.

-No, apenas es una batalla, pero no es suficiente. Es cierto que con los acuerdos de la mesa de Estatutos se abren los espacios para que la democracia se cuele. Los sectores pierden mecanismos de negociación cupular, ahora van a competir. Y existirá el que tenga verdadera base social.

A las 12:30 habla Socorro Díaz, de la mesa de Querétaro. Los reporteros circulan una información: que a Adolfo Vergara de la Paz, delegado campesino de Morelos, le impidieron hablar; el hombre se puso una tela adhesiva en la boca en son de protesta; se dice que fue secuestrado poco después. Le sigue Carreño Carlón, responsable de la mesa de Oaxtepec. Su discurso no levanta ámpula. Tampoco cuando Fausto Alzati, quien subió al barco del repudiado Abraham Talavera en Tlaxcala, afirma que el PRI mantendrá los principios de la revolución mexicana. Eso no le importa mucho a la mesa en la tribuna.

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Otra cosa fue con Jesús Salazar Toledano. Ahí los priístas dan idea de lo que les interesa: la democratización en los mecanismos de elección de candidatos y dirigentes. “Reestructurar el CEN contra el burocratismo y el centralismo”, dice Salazar que acordaron en Puebla, y dice más: poner en su lugar a los poderosos delegados estatales y terminar con la excesiva discrecionalidad de los delegados e imponer como sistema el voto personal, directo y secreto por escrutinio abierto y público para elegir candidatos. De todos, menos presidente de la república –de algo valió el receso el domingo en Puebla. Entonces se ve que funciona el aparato: porque primero brincan de sus asientos los gobernadores, a unos cuantos metros de Jesús Salazar. Luego viene el alarido de los delegados: sí, efectivamente, no los trampearon, lo que acordaron en Puebla está ahí, en esa relatoría que hace uno de los jerarcas, que cuando termina va a saludar de mano a Colosio.

Misión cumplida, licenciado, diría alguno.

Luego vendrá la cruda hermano.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...