Mundo Nuestro/5 Años: 2013, el déspota en el esplendor

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Mundo Nuestro. Primer movimiento. En enero de 2013, con la inauguración del Centro Integral de Servicios, en Puebla se vive el despegue del déspota hacia su esplendor. El perfil que ofrecemos aquí de Rafael Moreno Valle fue una de las primeras crónicas políticas que presentamos en esta revista digital. De Virreyes y modernidades expone a una figura trepada en el poder absoluto sobre el uso y destino de los recursos públicos desde un modelo de autoritarismo que rebasó por mucho los de suyo excesivos modos de los gobernadores poblanos de los últimos ochenta años.

“Recibí el mandato inequívoco de transformar el estado para bien y para todos”, ha dicho por la mañana en el viejo edificio del Congreso el gobernador Rafael Moreno Valle a los diputados en un discurso de siete minutos.

Por lo pronto ha transformado el territorio de Angelópolis. El CIS está plantado en un terreno salvado por el gobierno estatal de la voracidad de Mario Marín. Lo observo desde la esquina de la calle Morelos, en la colonia Concepción Guadalupe, la que encerrara contra el río Atoyac con una barda de piedra de tres metros y medio kilómetro de largo el gobernador Piña Olaya, justo en 1989, cuando vendía ilegalmente a los respetables empresarios poblanos la tierra expropiada a los campesinos de Tlaxcalancingo. En donde estoy parado corría la barda bautizada por la voz popular como el “Muro de Verdín” en referencia al militar y jefe policiaco que una y otra vez arrojo a sus granaderos contra los vecinos descontentos. Justo en 1989, cuando caía el muro de Berlín.



El Estado transforma, pienso, y me pregunto por el destino final de todas esas piedras. Transformar. Es indudable, los políticos siempre tienen un propósito. Y lo externan, nos los recuerdan en sus inefables informes con el poder absoluto que tienen sobre control de la obra pública.

Así que este es el CIS. Supongo que en unas cuantas generaciones será valorado como Monumento Histórico, el modelo del Estado empresario constructor. ¿Cómo la verán sus constructores? ¿Se mirarán en el espejo y encontrarán a Pericles? ¿La pensarán como nuestra Acrópolis con el poderoso Zeus bajando en helicóptero desde el Olimpo de Casa Puebla? ¿O la verán con espíritu laico como nuestra pequeña Brasilia a la que llegarán los deslumbrados automovilistas a cambiar sus placas?

Ir y venir en el tiempo. Eso haré en esta crónica, el género lo permite. Puedo soñar y volver al viernes 11 de enero, a las oficinas gubernamentales antes del CIS. O más lejos, cuando Manuel Bartlett ni siquiera dijo que recibió mandato alguno para llegar a “recuperar la grandeza de Puebla”. O irme al día siguiente de la inauguración de sus nuevas oficinas para encontrar a decenas de obreros instalando el baño del mandatario, atornillando puertas, puliendo el mármol, platicando en el balcón que mira a Catedral.

El Centro Integral de Servicios en el corazón de Angelópolis. El Estado expropia, la tierra campesina. El Estado promueve la mayor especulación inmobiliaria en la historia de la ciudad. Recuperar, transformar. Dos verbos utilizados por dos gobernadores emblemáticos y polémicos. Bartlett y Moreno Valle, tan distintos y tan parecidos. En medio, los gobernadores Melquiades Morales y Mario Marín. Recuperar es expropiar sin justificar la causa de utilidad pública. Transformar es utilizar los recursos públicos para fortalecer a grupos empresariales y políticos afines.

Aquí estoy entonces parado, sobre la línea imaginaria del Muro de Verdín, mirando a saltos la trasformación del espacio. Atrás de mí la colonia Concepción Guadalupe, y más allá la afortunadísima recuperación de la ribera del río Atoyac, promovida por la asociación civil Puebla Verde y respaldada y llevada a la práctica por Moreno Valle. Enfrente, el Estado constructor con sus tres torres. Dos extremos de la obra pública.



Salto a la modernidad. ¿Y desde cuándo estaremos brincando? Un pasito para aquí, un pasito para allá. Si no es un baile. ¿Ayer ya habíamos saltado? Y si mañana brincamos, ¿de qué me sirvió saltar ayer? Bueno, calma, no te alteres. Ayer inauguraron el CIS, eso quiere decir que todos dimos un salto, el gobierno nos cargó a fuerza de helicópteros y nos sacó de la premodernidad. Ah, ¿qué es ese tumulto? ¿Quiénes son los que desbordan las jardineras de Atlixcáyotl? ¿Es una masa la que salta del pasado hacia el futuro sin pasar por el puente peatonal? Son los burócratas de Finanzas. ¿Qué no han oído hablar de urbanidad?

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Los helicópteros sobrevuelan el área de Angelópolis. Los veo y pienso que cada año tengo en ellos la manera de evaluar qué tan moderno es un gobierno, qué tan sometida está la sociedad mexicana a sus príncipes, qué tan precario es el avance democrático de nuestras instituciones.

Lo de todos los eneros: con el informe del gobernador en turno llegan los helicópteros en tropel, de todas las marcas, de todos colores, más o menos nuevos, más o menos escandalosos. Treinta y cuatro, me dicen, será la marca del día. Se les van acabando los baldíos para el aterrizaje con sus invitados de honor, pues el descampado atrás del Hospital Ángeles, en Cúmulo de Virgo, está ya ocupado por un nuevo proyecto de torres de departamentos. Sigo el ruido y la hora, antes del mediodía del martes 15. No he ido al evento. Tiene muchos años que he dejado de relatar los informes de gobierno. Hace tiempo que utilizo el término de Virreyes para referirme a los mandatarios en turno, aunque ya me queda corto para describir su absolutismo. Es un asunto de contrapesos.

Me interrumpen los golpes metálicos de los martillos que excavan los hoyos para los pilotes. “Arts” es el nombre que han escogido los desarrolladores para las nuevas torres en los terrenos expropiados a los campesinos de Tlaxcalancingo. Expropiaciones y “rascacielos”, otra medida del avance del concepto que los políticos tienen de la modernidad. Pero los helicópteros se revuelven y se imponen sobre cualquier oficio. En ellos aparecen algunos de los poderosos de México, pero no llegan los de Presidencia, Peña Nieto ha preferido inaugurar la planta número cien de la Volkswagen, en el bajío de Guanajuato. Carne para los columnistas. Al final, por dos horas, en el aire imperan los martillos, pues los políticos se meten en las carpas que levantaron para ellos, pues en eso son estrictos y disciplinados, cumplen con el engorro de escuchar al mandatario colgarse por sí mismo los milagritos. Para esta hora habrán desaparecido los piquetes de trabajadores que desde ayer han bajado de camiones cholultecas innumerables ruedas de pasto y que han desenrollado y acomodado como alfombras en las áreas abiertas del CIS. Más tarde regresarán los helicópteros para llevarse a los magnates desde el helipuerto en la azotea del edificio principal del CIS, que ocupará en su planta alta por entero la oficina de Moreno Valle.

Pero esas oficinas las recorreré mañana. Es un lujo del cronista dar brinquitos, ir y venir en el tiempo. Modernidad, fraccionamientos y rascacielos. Arcaicos, los ciudadanos que hacen cola en los módulos de Finanzas.

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Oficina de Finanzas en Parque Milenio, el viernes anterior al informe del gobernador Moreno Valle. No hemos dado el salto todavía, estas oficinas están ancladas todavía en el sótano premoderno de Parque Millenium. Bendito pasado, aquí no hay problema de estacionamiento. La plaza está prácticamente en quiebra comercial, así que los que tenemos un auto o buscamos un pasaporte nos estacionamos a nuestras anchas. Aquí trabajan los que en unos días ocuparán uno de los edificios del CIS, el que queda frente al Hospital Puebla, al sur del conjunto, en la otra orilla de la avenida Atlixcáyotl. Pero eso ocurrirá en un futuro. Ahora estoy aquí sin más propósito que la búsqueda de mi plaga, atorada en un escritorio dentro de un recoveco de la electrónica que maneja el sistema digital.

La cola arranca en la puerta, vigilada por un poli hosco que no deja sin embargo de controlar entradas y salidas y responder a todo tipo de incertidumbres automovilísticas. La cola va a dar hasta media pista de hielo, con su óvalo solitario y frio en una plaza comercial que no ha acabado de morir justo porque aquí se enderezan todos los entuertos que acompañan al elemental evento de tener un auto.

“Vaya al final de la cola y busque a un muchacho alto con una chamarra azul”, es la orden el poli para determinar que no puede dejarme pasar así como así a preguntar por el trámite de mi placa.

“Oiga, pero si yo no vengo a pagar la tenencia…”

Porque he descubierto que ocho de cada diez vienen a pagar su tenencia, claro, estamos en enero y hay facilidades, eso lo sabe cualquiera. Pero esos ocho de cada diez no han descubierto que desde hace años se puede pagar la tenencia desde la computadora, con grandes facilidades de pago, tarjeta bancaria y seis meses por delante.

“Es que la gente no confía en el sistema, o le da miedo la computadora o no sé qué”, me dice el muchacho alto de chamarra azul después de responder a otras seis incertidumbres automovilísticas.

Y sí, claro, yo no tengo que formarme en la cola. “Dígale al poli que usté va con el del internet, ahí está instalado el módulo 2, porque ya no hay espacio.”

Órale, qué ilusión, no haré cola.

También el muchacho del Módulo 2 reconvertido en muchacho del internet desvanece incertidumbres. Por lo menos no le preguntan si ahí se paga la tenencia. Las chicas gestoras de Puebla Automotriz, con unos expedientes tamaño legajos juzgado Cerezo San Miguel, apenas le han dejado una silla. Han vendido muchos autos en diciembre. Bien por ellos, vengan las placas. Pero no hay problema, la silla se cede a la primera insinuación a la señora que no tiene idea de lo que puede llevar una alta de placas. Bonita palabra. Del argot que abruma a los vendecoches. Alta rima con salta. Aquí todos, oficinistas y clientela, dentro de una semana seremos dados de alta en la modernidad.

Al fin me atiende el muchacho del módulo 2. Cualquiera diría que ayer salió de la Preparatoria. Economista por la BUAP, especializado en Administración Pública, yo diría que salió de Psicología. Escucha mi larga historia. Yo vivo en el pasado. Mi auto viene del pasado. Es un asunto de números de serie y coincidencias. No me reconoce el sistema, digo, pago mis tenencias, pero me dan la placa, sí, desde el 2006. Ya escribí cartas, ya me contestaron, ya preguntaron en México, y quedaron de hablarme. Ah, eso fue hace en julio del 2011, sí, ya ve, deja uno pasar el tiempo, sí, ni qué decir, soy el primer responsable. Bueno, ya le entendí, me dice, déjeme, voy allá adentro, y veo quién está cargo de su placa. Ya vuelvo.

Ya vuelve. Bueno, no hice cola. Y como no soy filósofo saco mi libreta y espero.

¿Cómo se mide el paso del tiempo en la oficina de Finanzas antes del salto a la modernidad? Tic tac, no, el reloj somete, se mueve él, nos paraliza. Además, no uso reloj. Observo alrededor: el sillerío frente a los módulos está totalmente ocupado. La gente espera su turno, algún mecanismo los controla, porque esos rostros plantados no llevan ahí toda la mañana, el poli deja pasar a gotas a los de la cola, los veo entrar ilusionados con sus papeles como salvoconductos en busca de un asiento, y aunque todos estén ocupados, ellos se sientan, las sillas se desocupan y vuelven a ocupar en un parpadeo. ¿Quién controla ese movimiento? ¿Quién dice pasas? La pizarra está en negro, no estuve en la cola, no sé si en el módulo de entrada te dan un numerito. ¡La chicharra!, ahí está la palanca. No es un silbato, no es un pitido, no es un chillido. Es un chasquido. Sí, es un chirrido, es una chicharra que opera algún mecanismo infernal en las computadoras, las mismas que han negado mi placa desde el 2006. Escucho, apunto, balbuceo en la libreta, virrvrbiiirr, no así no suena, tal vez biirrvriiivt. Es voluble, de repente suena tres veces en diez segundos. Luego se olvida de nosotros por cinco minutos, y vuelve, y va, y el tiempo se mueve.

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“En Puebla no nos hemos detenido un segundo”. Ah, no estoy mal, alguien también anda correteando al tiempo, ni tiempo tienen para otra cosa, no se detienen, cuentan uno por uno: lo pararon finalmente en 63 millones 72 mil, “son exactamente los segundos que lleva trabajando nuestro gobierno y no hemos parado”. Eso dice el folleto que han dejado todas las mesas con revistas en los restaurantes que tal nombre merezcan en la ciudad. Esa medición del tiempo no se ha parado en las fondas.

Me entretengo mientras espero a un amigo. Con formato carta horizontal del tipo que se utiliza para los folletos con los que se promocionan los automóviles, la oficina de comunicación del gobierno estatal ha dejado impreso el resultado de los dos años de trabajo: escribo en la libreta sus cuentas.

40 mil créditos a la palabra. 21,500 computadoras a los mejores promedios. 230 millones de pesos para 2,000 aulas con tecnología educativa. 600 mil estudiantes becados. Alfabetizamos en dos años a más personas que en los últimos 40. Triplicamos la inversión en infraestructura educativa. 220 centros médicos rehabilitados. 60 mil vales de medicina. 7 nuevos hospitales. 5 hospitales rehabilitados. 20 medallas en la olimpiada nacional del deporte. 4,100 actividades culturales. 3 nuevos museos. 46500 nuevos empleos, más que en todo el sexenio anterior. 2,500 mototractores. 736 taxis para el programa de sustitución de mototaxis. Primera línea de Metrobus con más 400 mil beneficiarios. 653 kilómetros de carreteras. Visita a la Casa Blanca, y foto con Obama. Visita al Papa, y foto con Benedicto. 40munumentos históricos recuperados. Rescate de la ex fábrica La Constancia Mexicana. Restauración de la Ex Hacienda de Chautla. Mirador La Concordia en Los Fuertes, Primer Lugar de la Bienal Panamericana de Arquitectura BAQ 2012. 40 mil adultos mayores más en el programa 70 y Más. 542 mil despensas para personas con discapacidad. 181 mil despensas para niños con desnutrición.457 mil despensas a niños menores de tres años. Puebla se transforma con obras emblemáticas: Distribuidor Vial Cuauhtenmoc-Zaragoza, Viaducto Ignacio Zaragoza. Ecoparque Metropolitano. Paseo del Río Atoyac, Distribuidor Vial Puebla Santa Ana Chiautempan y Academia Nacional de Formación y Desarrollo Policial General Ignacio Zaragoza.

Largo recuento. Todo cabe en un folleto si tienes dinero para las fotografías. Me entretengo más: cuento alrededor de 260 fotos en el folleto, y en 246 de ellas aparece retratado Rafael Moreno Valle.

Y ningún revuelo: ni una palabra o foto de las torres ya plantadas del Teleférico. Ni una palabra sobre la oposición de los pueblos serranos a la minería a cielo abierto.

Y me entretengo más con la frase de cierre en el folleto: “Y todo sin pedir un solo peso prestado.”

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Eudoxio Morales Flores es Doctor en Finanzas Públicas por la Universidad Veracruzana y Doctor en Ciencia Política y Administración Pública por el Colegio de Veracruz. Es, además, profesor Investigador Titular definitivo de la Facultad de Economía en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Leo su declaración el martes 15 en La Jornada de Oriente en torno a que la obra del gobierno estatal se ha hecho sin pedir un solo peso prestado:

“El ocultamiento deliberado de la nueva deuda del gobierno de Rafael Moreno Valle se encuentra en la Ley de Ingresos y Presupuesto de Egresos del estado para el ejercicio fiscal de 2013, porque no se indica en ningún apartado el déficit fiscal y los montos a erogar para deuda pública.

“El gobierno del estado le está dando otras definiciones técnicas a la contratación de deuda para cumplir con las promesas de campaña (…) En términos jurídicos pareciera que no hay contratación de deuda, pero lo que sí se está haciendo es enajenar participaciones a 20 o 30 años con un tasa de 7 por ciento.

“Si se está contratando deuda con proveedores a largo plazo, implícitamente ningún constructor le va a financiar obras sin que no hay ningún tipo de interés, y a eso no se le puede llamar de otra manera que deuda.”

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Sigo en la lectura de la prensa. e-consulta me informa con una encuesta que el respaldo de los ciudadanos de la capital al gobernador es del 70 por ciento. Otro encuestador, Sergio Cortés, habla de una aprobación a medias: lo reprueba en combate a la pobreza, promoción del empleo, combate a la inseguridad, lucha contra la corrupción, democratización en el ejercicio del poder, apoyo a los productores agropecuarios, y mayor y mejor cobertura de servicios educativos y de salud, pero lo aprueba en capacidad, liderazgo, tolerancia, honestidad, cercanía con la gente y credibilidad. Luego dice que “la mayoría absoluta de ciudadanos está satisfecha con la gestión de RMV, particularmente con los puentes Santa Ana y Viaducto Zaragoza; la remodelación de la zona monumental y el Metrobús”, y en la calificación de 1 a 10 le otorga un buen 7.2.

Cada quien su percepción. Yo no puedo dejar de ver los claros y los oscuros. Ejemplos: en la construcción del Metrobús y en la recuperación del río Atoyac encuentro dos decisiones estratégicas, que llegan con un atraso de cuarenta años, y que están fundadas en necesidades estructurales cuya respuesta sólo puede encontrarse en una intervención gubernamental rigurosa y profesional. Por contraste, en lo ambiental, el olvido del proyecto estratégico del rescate de la cuenca alta del Atoyac, expresado también en la salida de Amy Camacho como secretaria de esa dependencia, y la ligereza con la que se deja venir proyectos industriales de alto riesgo ecológico y social para regiones fundamentales como la Sierra Norte. Y más contrastes: la absoluta falta de información precisa sobre la vinculación del gobierno con grupos empresariales, particularmente de constructores, en el desarrollo de la obra pública. Ahí están el Teleférico, el CIS, los viaductos.

Y un interrogante preciso: el papel que en todo esto juega quien fuera Secretario de Desarrollo Urbano con Melquiades Morales, y colega entonces del Secretario de Finanzas Moreno Vale, Federico Bautista Alonso.

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Lourdes me da una lección de sociología en unos cuantos minutos. Además de la de gastronomía. Parto de su conclusión: “México está jodido, con la corrupción de los políticos y el salario mínimo que pagan las empresas no vamos a salir de ahí.”

Y en un instante, despliega una batería de argumentos para entender la sobrevivencia de una madre soltera desde los veinte años, con dos hijos que ahora ya le crecieron; de por qué con los salarios que pagan las empresas a los obreros nomás no se vive y por eso el país no tiene otro futuro que el de la jodidez; y de por qué no va a volver a juntarse con un hombre, pues los varones en este mundo no pasan de borrachos, golpeadores y huevones.

Y todo con la vista a las nuevas oficinas del gobernador Moreno Valle.

La señora Lourdes, sentada en una banqueta bajo la sombra corta de un ciprés, observa este nuevo embate de la modernidad. “En aquél edificio van a quedar los de Finanzas --me dice--, los que ahora están en Plaza Milenio, y ya me dijeron que me van a consumir cuando se pasen para acá”. Ella sabe de lo que habla, pues tiene cinco años que se disputa con otras fritangueras el mercado alrededor de Angelópolis. Cuando empezó la construcción del CIS ella se instaló en la esquina de la calle José María Morelos, justo la más cercana a la nueva construcción gubernamental, en la colonia Concepción Guadalupe, la que hace 23 años encerraran tras el Muro de Verdín.

“¿Usté no sabe si rentan un local por aquí?”, me interroga. Y ya me cuenta que por ahora no tiene dónde instalarse, pues los inspectores de San Andrés ya no la dejan ponerse en la calle, y eso que se ganó con sus guisos el favor de los albañiles del edificio central, el de las oficinas del gobernador. Ha subido y bajado con su puesto por Angelópolis: un tiempo estuvo enfrente, del otro lado de la Atlixcáyotl, pegadito al puente peatonal. “Ahí me consumían mucho las trabajadoras de las tiendas de Angelópolis, ¿usté cree que les pagan el mínimo?”. Luego encontró un lugarcito por Milenium, y sus consumidores eran los burócratas de placas y licencias, pero también de ahí la echaron los inspectores. Ahora se pone por los cajeros automáticos de CFE, más para allá, donde hay unos bares, me dice. “Pero no hay locales --se queja--, y a todos estos oficinistas los van a pasar para acá, por eso me urge encontrar un localito, para poner ya la venta todo el día, desde los desayunos”.

“Pregunte usté a cómo les pagan a las empleadas en Angelópolis --continúa--, y luego pregúnteme cuántas horas quiere trabajar conmigo una ayudante, de diez a dos y ya se quieren ir. Mire, yo con la comida puedo sacar 400 pesos libres, pero me levanto a las 3 de la mañana y me duermo a medianoche, y los domingos voy a la central de abastos, así que dígame a qué horas descanso. Hace cinco años que vendo comida, para atrás era yo obrera. Muchos años, empecé en FT Automotriz, ahí hacen frenos, y luego en Lear Corporation y en Johnson Control, en las dos hacen fundas de asientos para la Vocho, ahí en el parque Finsa. Terminé mi carrera de obrera en Grupo Antolín, que hace toldos. Ganaba yo bien, pero porque trabajaba horas extras y me seguía hasta tres turnos seguidos sin descanso, sacaba mil 800, dos mil a la semana, pero de 6 de la mañana y hasta otro día, pues el salario base era entonces de 87 pesos el día. ¿Usté cree? Me dormía en el transporta, una hora desde Jardines de Loma Bella. Pero de madre soltera qué haces, chingarle. Ahora mis hijos ya son hombres, uno de 21, otro de 24, y les digo, no se junten, disfruten, y yo espero que así sigan, por lo menos hasta que tengan treinta. Míreme a mí, a los 17 tuve al primero, a los veinte el segundo, para que mi marido resultara borracho y golpeador, porque me madreaba, señor. ¿Y qué hace una? Adiós, y ponerme a trabajar.”

Y aquí está, en búsqueda de un localito frente a la elegante oficina de Moreno Valle, a la espera de que los albañiles por fin terminen y aparezcan los burócratas, igual con sus bajos salarios, como las muchachas empleadas en Angelópolis, en búsqueda de la garnacha barata y salvadora de la media mañana.

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De Virreyes y modernidades

Decido traspasar la muralla imaginaria que encerraba a la colonia Concepción Guadalupe. Atrás dejo las crudas lecciones de la señora Lourdes. Me esperan los pastizales alfombrados el pasado fin de semana. Rodean ya resecos los espejos de agua de los que brota la torre del Ejecutivo, como identifican a la estructura intermedia. Los arquitectos no escatimaron metros cuadrados. Me impresiona el enorme terreno que recuperó Moreno Valle. Es una historia legal larga, doce años duró el litigio: todavía con Bartlett en el poder, el fideicomiso Atlixcáyotl, que lo etiquetó como terreno de equipamiento, lo vendió y escrituró a un particular que pagó con un cheque sin fondos; Melquiades Morales metió pleito en tribunales para recuperarlo; Mario Marín lo continuó, y tres meses antes de salir lo ganó. Pero era Mario Marín: lo tenía apalabrado para su venta a un grupo empresarial. Ah, más Proyectas y tascatas, y lomas y bosques y torres y paraísos emocionales para la seguridad de los ciudadanos modernos que ya dieron el brinquito. Pero Moreno Valle ya era candidato electo, y dejó claro su punto: lo recuperaría para el Estado y sus constructores, y se iría con todo, cárcel de por medio, contra aquellos que se involucraran en la compra-venta.

El terreno no se vendió. Moreno Valle construyó sus oficinas y yo estoy a punto de convertirme en el primer ciudadano que hace uso de ellas.

En la primera planta no se ven trabajadores. Entro en lo que será el Salón de Gobernadores, un galerón de veinte por veinte metros ahora ocupado por un sillerío en el que bostezan unos jóvenes entacuchados a la espera de alguna ordenanza; ya han traído todos los cuadros desde Casa Aguayo, y los han colgado sobre las paredes de los costados, por encima de los ventanales que llegan hasta el piso. En una esquina descubro los rostros incólumes de los cinco últimos. Pegaditos, los hombres de Angelópolis: Piña Olaya, Bartlett, Melquiades, Marín. Contra la esquina dejaron el espacio para el sexto, el que por lo pronto atenderá desde el penthouse sus asuntos.

En el primer piso encuentro a la avanzada del ejecutivo: la oficina de atención a los migrantes poblanos ya tiene escritorios, once computadoras, tres privados y cinco oficinistas, una de ellas Marta Durán, una joven que no se sorprende porque aparezca un sombrerudo libreta en mano que la observa como la primera que cumple con el oficio de atender a un ciudadano. Busco un pretexto, no vengo a cumplir ningún trámite ni tengo un hermano en Nueva York. Busco información, qué será, ¿y quién es el jefe de la oficina? Ah, por supuesto, Miguel Hakim con k, me dice Marta, pero claro, él no está ahorita, pero su oficina va a quedar arriba. Pero si tiene usted un asunto en Estados Unidos, si cuenta con algún familiar suyo…

Sí, oficialmente soy el primer ciudadano en ser atendido en el Centro Integral de Servicios.

La segunda planta también está terminada, pero sólo encuentro en ella cuatro personas con cara y vestimenta de funcionarias que observan desde ese segundo piso cómo caen las escaleras eléctricas hasta el lobby quince metros abajo.

Los operarios están arriba, en las últimas plantas. Los encuentro en las escaleras por las que me escurro: afanadoras de limpieza, escobas y mechudos en mano; pintores con brochas y cubetas, carpinteros con tornillos, pulidoras y barnices, marmoleros con más pulidoras y cementina, electricistas con lámparas y cables colgados del pescuezo, todos suben y bajan o se pierden por los pasillos y salas en las que otros proveedores han instalado mesas y sillas, computadoras y sillones, todo cubierto de plástico, pues todo carga polvo, las manos, los bigotes, las gorras, los ojos de los operarios.

En la última planta sigo mis instintos: Moreno Valle seguramente querrá observar los volcanes, hacia ellos mirará su despacho. Recorro un pasillo que corre a todo lo largo del edificio, con despachos cerrados y oficinas abiertas. Encuentro al final una sala amplia, con dos grandes puertas de cristal que abren a una enorme terraza. Desde ahí claro que se miran los volcanes. Se lo pregunto a un muchacho con las cejas empolvadas y que se toma un descanso comiendo huesitos. Ha de ser, está muy amplia, me dice, y fíjese que ya le pasé la pulidora al mármol, nomás que con tanto polvo no se nota. Es un colocador del mármol que la empresa poblana Mansi ha vendido al gobierno; trabaja por su cuenta, como todos los catorce colocadores que han tendido los más de 1500 metros por planta en el edificio. Están muy buenos los huesitos, le digo.

Los carpinteros me señalaron la puerta cerrada. Ellos la ensamblaron y colocaron. Abre a una dilatada sala con sillones y escritorios ya muy colocados pero todavía cubiertos. Desde el ventanal se domina todo el norte de la ciudad, desde los Fuertes hasta el cerro de La Paz. No hay nadie. A la derecha, otra puerta me lleva al que será el privado del gobernador, una oficina de cuarenta metros cuadrados que remata en una terraza ocupada ahora por los colocadores del mobiliario del baño, los carpinteros, todos muy jóvenes, y un viejito que resulta ser el detallista del zoclo que da la vuelta a la oficina. Aquí ninguno come huesitos. Pero es la hora de la torta. Dos carpinteros toman el sol sentados en el pretil del balcón desde el que miro el cerro del Teposúchitl.

“Mire, esta es el lavabo”, me dice uno de los que trabaja en los detalles del baño, y me muestra una especia de concha blanca, alargada como una lengua, que descansará sobre la plancha que ya han colocado los carpinteros.

“Costó mil pesos”, me informa muy orgulloso.

8

En la azotea está el altar para las máquinas que bajan del Olimpo. Para el informe aterrizaron veintiuno. Para ellos los arreglos florales a las puertas de los dos elevadores que los conducen al inframundo. Todavía se ven las huellas que dejaron sus pasos en la alfombra. Las sigo por una escalera que me sube al helipuerto. Fueron muchos pasos, y del adocreto negro recogieron el polvo. Ellos no vieron a ningún operario, pues desde antes de las 9 de la mañana desalojaron el edificio. Las huellas me dejan al borde del círculo con su H pintada al centro.

Ahí, en la soledad del aire, con los veinte años de proyecto Angelópolis a la vista de sus centros comerciales y sus torres, contemplo la H. Sí, en el mundo la modernidad se escribe con H.

9

Soledad del aire. Camino por la explanada en la que ayer martes Moreno Valle desplegó sus ansias de transformación. Arriba ha quedado el helipuerto, con su elevador y sus huellas polvosas.

Cuando era un niño, en 1960, en el Palacio de Gobierno que estaba en la esquina de la Maximino y la 2 Norte, entre el gobernador Fausto Ortega y el mundo con sus conflictos había una puerta y una secretaria; no estoy seguro de que contara con un teléfono. Cuando en los setentas llevaron el gobierno a la Reforma entre la 7 y la 9 Sur, los gobernadores alcanzaban a escuchar las mentadas de madre de los universitarios, los obreros de la Volkswagen, los ambulantes de la 28 de Octubre. Todavía desde ahí Piña Olaya ordenó la detención de Simitrio en 1989, y la solución violenta por el poder en la Benemérita. Pero tenían un sistema para librarse de las manifestaciones: que entre la comisión, con una solución, gritaba el pueblo, y media hora después dejaban entrar a la comisión, y pasen señores, pero qué se les orece, dice el secretario particular del secretario particular, pero si faltaba más, para eso estamos, para el diálogo, y en un momentito los atiende el licenciado, y la atendían a la comisión con café y galletitas y secretarias en minifalda que servían muy atentas con sus bandejas, y esperaba la comisión en los sillones de cuero, y más galletitas, señores, huy, qué amable, señorita, y ya viene en señor licenciado, ahoritita los atiende, y mientras afuera, pero que mal educados, los comisionantes gritan que salga la comisión con una solución, huy, que van a decir los licenciados, si ya nos ofrecieron galletitas, y sí, media hora después aparece el licenciado, muchachos, ya los atendieron, pasen por aquí, miren, aquí está la puerta, pasen ustedes a la calle…

“Gracias, señor licenciado, no se hubiera usted molestado.”

Manuel Bartlett recuperó la grandeza de Puebla --a eso vino, nos dijo--, desde la casa que había arreglado el gobernador Giménez Morales, allá en Los Fuertes. Y en los helicópteros, pues tiene el récord de haber visitado por lo menos tres veces cada uno de los 217 municipios en el estado. Ustedes dispensen, señores, pero a qué horas puede atenderlo en su oficina, no ve que está de gira. Y así Melquiades. Y así Marín.

Y así Rafael Moreno Valle, que ha construido esta acrópolis encristalada, coronada con el helipuerto. No más comisiones. No más vallas de granaderos. Entiendan, señores, para eso están los helicópteros.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...