Levedad y pesadez: reflexiones para mirar el 2018

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(Ilustración de Izak Peón, tomada de Revista Nexos.)

Hay que dejar atrás la idea de una ligereza trágica. Para mí la ligereza no es trágica, lo trágico es lo pesado. Gilles Lipovetsky



Regreso del país de la levedad, el país ligero, ese que hemos dejado de ver por estar obligados a mirarlo entero y desde todos sus abismos. Pensar en el mañana y en el ahorita.

Y transcribo algunas reflexiones en este arranque de año que se ve venir complicado y entretenido.

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Lo encontré en este viaje reciente al territorio de agua y piedra que llamamos Sureste. Un país que no se fija mucho en los encabezados de los diarios de la ciudad de México, que se ocupa en lo que le sucede cerca, que le hace honor a aquello de la patria chica.

El viaje rompe el encierro de la vida diaria, nos arroja de casa, nos libera en el aire nuevo que respiramos. Tal vez por eso cuesta el regreso, porque el humor que dejamos no se ha disuelto, lo percibimos apenas amanece al día siguiente, cuando se ven venir de nuevo las responsabilidades. Vuelta a la vida real, decimos, al país que nos absorbe con sus broncas y desatinos, a la ciudad inclemente en su tráfico y sus desvaríos.

Recupero la breve experiencia de Palizada, el puerto en un brazo de río del bajo Usumacinta, en un rincón de los humedales que rodean al suroeste la laguna de Términos. Ahí, sobre todos los demás lugares, gana el entorno de un pueblo con historia propia y que en estas modernidades todavía tiene en el río su marcador del tiempo: el vuelo de las aves en el aire ligero frente al malecón. La brisa leve alienta la silenciosa deriva de los cayucos de los vecinos que viven en la rivera opuesta de un río entretenido en el trajín diario de los Martín Pescador, esos charaleros que encuentran en los cables de electricidad que lo cruzan atalayas infalibles, de los patos buzos que se zambullen escrutadores en el verdor del agua, de las garzas que murmuran planes de vuelo en bandadas nerviosas sobre los mangos en flor, de los vulnerables peces en su seno que escapan en pánicos febriles o se pierden tras los picos y cogotes justicieros de las aves. Vida y muerte entre el cielo y el agua. Tal vez sea la conciencia del río la que ayuda los paliceños a entender que la vida pasa, y siempre será breve, que todo es pasajero.

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Escribo ahora sobre la incapacidad que tenemos en estos tiempos modernos de contemplar la vida breve y ligera, con su felicidad simple y llana. Ya mis preocupaciones de reportero están en este 2018 electoral en un país que lleva tiempo pasmado en un abismo sin fondo. Mal se mira el país desde la ciudad y sus modernidades, gana el peso de la vida diaria en las personas, las amarguras que disputan todo aplomo ante el porvenir. Cuánto encono en la prensa que amarra las navajas de sus patrocinadores, cuánto silencio en las esquinas, cuánto ruido agobia las bocas cerradas de los transeúntes, cuánta impericia ya para decir simplemente buenas tardes.

No es ligero el aire que encuentro en este arranque de año. Será tal vez la profesión de periodista que me tiene siempre con la vista obligada en lo que ocurre más allá de uno, con la preocupación ingenua de contar las tribulaciones en la vida de los otros. Como los médicos, los abogados, los sacerdotes, los periodistas también vivimos de los avatares de las personas. El expediente en el juzgado. La radiografía a contraluz. El pecado a confesar. El hecho que se vuelve encabezado. Qué difícil construir la barrera fría del fármaco que poco a poco desprende al médico del dolor por la muerte de los otros; al abogado de la menudencia ininteligible en el legajo de la sentencia; al cura de la absolutionem de infiernos medida en yo pecador me llevo la indulgencia.

¿Qué indulgencia encuentra el periodista en la foto que ilustra el último asesinato en México?

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Vida y muerte en Puebla en este arranque de año. Recojo el parte anual de las autoridades de salud, un reparto de diabetes, infartos, cánceres, cirrosis y balazos para entender el mal morir de los poblanos en el 2017.

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Pienso en los médicos que, sin embargo, no han perdido la empatía, que no se olvidan de que gran parte de su tarea es la de acompañar a los otros hacia una muerte digna.

Pienso en este mal morir que acompaña el destino de tanta gente en México.

Pero también en el buen morir que todavía tienen algunos.

El domingo por la mañana murió la señora Llaguno, madre de nuestro amigo Jaime López Llaguno. En el funeral me contó los últimos momentos de su mamá: la música que quiso escuchar, las aves marías que logró todavía murmurar. La serenidad con la que se fue a sus cien años al lado de sus hijos, con la mirada del médico que espera en el pasillo. Morir así, acompañar al ser amado a morir en paz. Qué fortuna la de Jaime. Qué fortuna la de su madre.

A mi papá no lo vi morir. Un sábado en la noche de mayo de 1971 le vino la embolia. Lo recuerdo en su cama, todavía consciente de la llegada de un jesuita para la extrema unción, su brazo torpe persignándose, mi conciencia ahora del alivio que pudo encontrar en ese momento final. Pero no fue el final. Pasó tres días en el hospital Latinoamericano del doctor Medos ahí en la 15 Sur. El lunes por la mañana pasó por la habitación el médico Nacho Rivero, su amigo, lo recuerdo levantando la sábana por los pies para descubrir los de mi papá, lo veo sacar el llavero del auto y hacerle cosquillas con la llave en una de sus plantas, y expresar su desaliento ante el silencio de los reflejos del enfermo. Mamá lo vio morir, muy temprano el martes 11. Desde entonces pienso en este buen morir que fue para él la corta estancia inconsciente, el coma del que nunca volvió.

Bien morir, pienso ahora, cuando ya no se encuentra fácilmente la empatía del médico y la sabiduría de morir en casa y con tu gente.

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Mañana.

Escribe Héctor Aguilar Camín en Nexos al presentar la lectura colectiva México Mañana:

“Mañana, y mañana, y mañana”, dice Macbeth al saber que ha muerto su mujer, luego de afirmar que debió morir más tarde. El mañana avanza hacia nosotros cada día, sigue Macbeth, con su pequeño paso, hasta el último rincón del tiempo. Todos nuestros ayeres, al final, no hacen sino iluminar el camino de los tontos a la muerte. Y los tontos somos todos, que nos hacemos ilusiones sobre las promesas del tiempo. Macbeth pronuncia después los más terribles versos que se hayan escrito sobre el (sin)sentido de la vida:

Life’s but a waIking shadow… It is a tale

Told by an idiot, full of sound and fury,

Signifying nothing.

(“La vida es una sombra que pasa… Un cuento que cuenta un idiota, lleno de blá blá blá, que nada significa”).

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En e-consulta identifican los municipios poblanos en los que los alcaldes y familiares se han repartido las alcaldías de los últimos años. De padres a hijos, de hermano a hermano, de marido a mujer. Para algo son caciques. No es algo raro entonces que Moreno Valle le quiera pasar la estafeta a su esposa Martha Erika.

Destaco Palmar de Bravo, el territorio supremo de los huachicoleros, un municipio que formalmente cuenta con diez policías que mejor miran para otro lado cuando al atardecer decenas de motonetas mueven a centenares de halcones y trabajadores especializados en el negocio de extracción de combustibles de los ductos que cruzan la región.

El alcalde gasolinero preso desde julio pasado por robo a Pemex, evasión fiscal y lavado de dinero, Pablo Morales Ugalde, es ejemplo de la urdimbre política y empresarial ligada al crimen organizado. Él y sus hermanos tienen gasolineras en Tecamachalco, Palmar de Bravo y Quecholac, Tepeaca, Acatzingo, Tlacotepec de Benito Juárez y Huixcolotla. Hasta ese mes sus gasolineras operaban a todo gas sin que la paraestatal registrara compra alguna de combustible en los últimos dos años. Tuvieron que ocurrir los enfrentamientos mortales entre el ejército y los sicarios del huachicol en Palmarito para que la autoridad federal decidiera ponerle freno a un político regional afiliado al PRI desde joven, pero que cachó en el 2013 el membrete PSI (Partido de Integración Social) armado por Moreno Valle para arropar a los grupos de poder local priista en el estado. Ahora su hermano quiere ser candidato del PRI a la alcaldía de este municipio que en el auge del huachicol presentó una baja de cinco puntos en la pobreza extrema.

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Carlos, el chofer de Uber que lleva a mi hija a la terminal de camiones, no tiene idea de que desde el lunes 8 un grupo de ciudadanos tiene treinta días para alcanzar la absurda cifra de 127 mil firmas para lograr el registro de la candidatura independiente para Enrique Cárdenas. En su radio escucha canciones pop gringas, así que no atiende a las noticias de la ciudad.

“¿Y a dónde da uno la firma? –pregunta-- Yo tengo decidido votar por López Obrador, pero no más, estoy harto de los partidos políticos.”

El hartazgo se entiende. La desinformación no tanto. ¿Por qué este fracaso tan absoluto del periodismo y los medios?

Encuentro en el Face de Angie Navarro, la joven activista que busca 40 mil firmas para su registro como candidata independiente a la alcaldía de la ciudad de Puebla este video que explica como sumarse a este esfuerzo cívico por romper el secuestro de la política en el que la tienen los partidos políticos controlados por Rafael Moreno Valle.

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Pesa demasiado la carga de los lastres estructurales que explican esta sociedad nuestra a la hora de imaginar el mañana que vendrá. El ahora es este año electoral que ya corre rumbo a las casillas en proceso que involucra seis boletas electorales y una revoltura de siglas y partidos y unas campañas infernales sometidas por el rigor que aplican los grupos de poder a la hora de trastocar los mínimos para hablar de una contienda democrática. Y la certeza de que las elecciones no modificarán esta manera mexicana de enredarnos y no resolver nada, de realizar diagnósticos certeros para contemplarlos después ajenos por completo de las políticas públicas.

Tal vez por ello mi entusiasmo por SUMAMOS. Encuentro en este esfuerzo civil, prácticamente testimonial contra el despotismo que prevalece en Puebla, esa levedad del río que sabemos contiene el horizonte que imaginamos nuestro.

“En SUMAMOS apostamos por un gobierno, honesto, técnicamente competente –ha dicho Juan Carlos Canales desde su figura desgarbada, prototipo él de lo que justamente no tienen los políticos tradicionales, la bondad irreverente, la inteligencia mordaz, la capacidad de ensueño que puede alcanzar el discurso alternativo--; sí, un gobierno eficaz y eficiente sin que ello signifique la renuncia a los valores fundamentales de la condición humana”.

La vida no corre ligera en el malecón de nuestro 2018.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...