Populismo

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A Carlos Figueroa Ibarra mi solidaridad ante las calumnias vertidas por el diario Cambio.

Un término que en la teoría política ha llevado a estudiosos como Ernesto Laclau (La Razón Populista. FCE) a elucidar la lógica de lo político al momento de construir identidades sociales ahora se suelta comúnmente como un descalificativo peyorativo adverso a la democracia. En la contienda electoral actual es tan recurrido el término para descalificar al oponente político, particularmente AMLO, que empieza a tener ecos de aquel señalamiento de “comunista” con que se descalificaba a cualquiera que reclamaba justicia social. Algunos aún recordamos letreros colocados en ventanas o puertas con la leyenda: “Este es un hogar católico. No aceptamos propaganda comunista” que tan fácil como absurdamente podría actualizarse en esta coyuntura con una leyenda que dice: “Este es un hogar democrático. No aceptamos propaganda populista”. Como descalificativo en las peroratas de políticos el término suena a sustituto de alguna impronunciable grosería o de una enfermedad apestosa; pero cuando la utilizan intelectuales para hacer pronósticos agoreros de lo que nos depara un gobierno “populista” de AMLO, el termino ya está asociado a un régimen carismático que instaurado en México acabará con la democracia.

Recurriendo al término populista de esta manera, sea solo con fines de descalificación del adversario en la contienda política actual o desde una definición unívoca que alimenta más bien prejuicios desde presupuestos teóricos que fija el término en una sola orientación ideológica,



creo que empobrecemos el análisis que nos permite reflexionar la lógica misma del espacio político y la construcción de identidades que históricamente enseñan los movimientos populistas. Y sobre todo nos quedamos sin respuestas a la pregunta que apuntaló Ernesto Laclau hace ya varías décadas ¿Por qué en ciertas coyunturas históricas (como la que vivimos actualmente en México) una alternativa política solo se puede articular en términos populistas?

Ernesto Laclau y Chantal Mouffe ya en la década de los ochentas cuestionaron los supuestos sobre sobre los cuales descansan las definiciones y el estigma asociado al populismo en el discurso dominante en las ciencias sociales porque no elucidan la dimensión política distintiva y siempre presente del populismo y necesariamente concluyen solo en una condenación ética. Laclau y su densa obra sobre los populismos históricos abordó el tema más bien desde la racionalidad propia del populismo aproximándose desde una óptica que “rescata” el populismo de la denigración discursiva como “mera retórica”, o restringido solo a alguna de sus variantes históricas, como era el caso (y lo sigue siendo) con muchos politológos (ver J.Silva Herzog Marquez. “La razón populista de Ernesto Laclau”. Letras Libres. 30 de Junio 2006). Laclau evitó así reducir el populismo a expresiones o contextos sociales específicos y orientó su indagación a determinar los mecanismos de articulación identitaria que construyen un espacio social dividido en dos campos antagónicos: un “nosotros-pueblo” y un “ellos-poder”; y que moviliza a heterogéneos grupos con heterogéneas demandas sociales aunque en una cadena discursiva de equivalencias.

A comienzo de los ochentas del Siglo XX algunos de nosotros en Puebla le escuchamos exponer sus ideas en un coloquio que promovió el entonces llamado ICUAP con miembros de Solidaridad de Polonia como ponentes principales. Para Laclau la investigación/reflexión del populismo histórico (ya sea como experiencia política del campesinado ruso a finales del siglo XIX o de muchos gobiernos latinoamericanos a lo largo del Siglo XX ) no debía centrarse en hallarle una precisión ideológica ni terminológica unívoca sino en indagar su racionalidad política. El populismo es una forma de constituir una identidad social (insistió esa noche y en su obra publicada) a partir de una multiplicidad de identidades sociales. Surge cuando demandas sociales quedan sin respuestas ante un orden social excluyente, un orden social “dislocado” en sus términos, en la cual la parte excluida fomenta una subjetividad popular que se representa como el todo y puede o logra movilizar políticamente al colectivo heterogéneo. Las implicaciones de su teoría fueron y son radicales: Laclau cuestionó una visión de la política que supone que la representación política se logra sobre elementos clasistas o ideológicos ya constituidos y propuso la idea que en el proceso mismo de buscar la representación los movimientos populistas muestran cómo se constituyen o construye aquello que se busca representar. Es decir, el “pueblo”. El populismo puede adquirir rasgos autoritarios, siempre sostuvo, pero no es una ideología específica sino más bien la construcción del espacio propiamente “político” cuyas características habían que ubicarlas más bien en la cadena discursiva de significados construidos por los grupos movilizados. Aunque han pasado muchos años todavía recuerdo cuando Laclau reflexionaba sobre una idea de pueblo como categoría política y los de Solidaridad, en lucha entonces contra el estado comunista polaco, escuchaban atentos; mientras que sus ideas “postmarxistas” no caían bien con los marxistas para quienes existía solo un agente de cambio privilegiado en la historia, el proletariado. La idea más radical que exponía tenía además fuertes implicaciones para la democracia. Laclau refería que la construcción de “pueblo” como el sine qua non de todo funcionamiento democrático es lo que aportaba el populismo a la democracia mediante “…la construcción de una cadena de equivalencias desde demandas fragmentadas y dispersas y su unificación en torno a propuestas populares que funcionan como significantes vacíos[1][1], no conducentes al totalitarismo sino (como) la condición misma para la construcción de una voluntad colectiva en la que, en muchos casos, puede ser profundamente democrática” fue su argumento. La recuperación del concepto de pueblo como categoría política, para Laclau, abonaba no solo a la democracia sino a la comprensión de cómo en el espacio político se construyen las identidades desde una pluralidad de inconformidades, hartazgos o antagonismos contra el orden establecido.



Al referenciar su tesis sobre el populismo, sin embargo, no estoy buscando que la suscriban sino más bien solo recordando que el termino populismo, tan en boca de todos y peyorativamente contra AMLO en esta contienda electoral, no es sinónimo de anti democracia para su más importante investigador y teórico.

Finalmente, como decía un amigo, la densidad de la problemática que nos plantea la política trascienden estas discusiones. Y en esta contienda electoral éstos sobre si es o no populista la alternativa o la alternancia que propugna AMLO funciona más bien solo como un distractor discursivo que busca simplificar el espacio político. Pareciera evidente además que el espacio político actual ya se expresa polarizado entre un “nosotros-pueblo” contra un “ellos- poder”.

El resultado de la contienda electoral se encargará de decirnos si es así o no. Si efectivamente

la cultura de alternancia, es decir la disposición no solo por cambiar de un partido a otro sino de desplazar del poder a una clase política instaurada desde el proceso electoral de 1988, es ya un catarro que contagió a un amplio y plural suelo ciudadano. Y si ese “pueblo”, desde ámbitos distintos, desde inconformidades y agravios múltiples le entrega su voto a AMLO, los más preocupados actualmente por su posible triunfo electoral tendrán que ocuparse en ver cómo le jalonean, a la izquierda o la derecha, a su peor pesadilla “populista” cuando ya está sentada en la silla presidencial.

[1] He traducido de la edición en inglés; “significantes vacíos” es un concepto clave de su compleja argumentación al cual no puedo hacerle justicia en este ensayo. Ver La Razón Populista. FCE.

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Sobre el autor

Anamaría Ashwell

Anamaria Ashwell es Maestra en Antropología. Fue maestra fundadora, coautora de su primer plan de estudios y primera coordinadora de la escuela de Antropología de la BUAP (1980-1982); fue investigadora del Instituto de Ciencias desde 1978-2000. Ha participado en la edición de revistas como Espacios y Crítica. Libros, artículos y traducciones varias ha sido publicados en México y el extranjero. Sus ensayos más recientes se han publicado en la revista Elementos BUAP. Es colaboradora habitual de La Jornada de Oriente y de esta revista digital Mundo Nuestro.