Del libro Los Gobernadores: Maximino, el narciso que se creía centauro

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MAXIMINO ÁVILA CAMACHO (Puebla, pnr/prm, 1937-1941) EL NARCISO QUE SE CREÍA CENTAURO



Mundo Nuestro. El jueves 21 de junio se presenta en la librería Profética el libro Los Gobernadores, caciques del pasado y del presente (Grijalbo, 2018), coordinado por Andrew Paxman, historiador inglés especializado en la biografía de personajes contemporáneos (El Tigre: Emilio Azcárraga y su imperio Televisa, En busca del Señor Jenkins). Con la autorización de la editorial, de estas semblanzas de la corrupción y el caciquismo gubernamental que caracteriza la historia de los gobernadores mexicanos, presentamos un extracto del capítulo correspondiente al mayor de los déspotas que han gobernado Puebla en su historia moderna, Maximino Ávila Camacho, El narciso que se creía centauro. (La foto de la portadilla fue tomada del corto Maximino Avila Camacho, a Mexican horsemen, member of the Charros, and brother to the president, ride their exquisite horses and show off some of their horsemanship skills in the 1940s. (1940s)



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El peregrinaje de los aduladores

El peregrinaje de los aduladores Un frío enero de 1946, el gobernador de Puebla Carlos Betancourt subió a la ciudad serrana de Teziutlán para guardar luto en la cripta de un ilustre antecesor, fallecido exactamente un año antes. Juntándose en solidaridad luctuosa con Betancourt, en ese neblinoso entorno estaban reunidos todos los altos cargos del estado: los miembros del gabinete, el alcalde de Puebla y sus regidores, el presidente del Tribunal Superior de Justicia, los diputados, los secretarios generales de organizaciones campesinas y obreras. Y todos, desde dignatarios hasta campesinos, llevaron ofrendas de flores, convirtiendo el cementerio en un jardín. Mientras tanto, en la ciudad capital —oficialmente de luto como el resto del estado, según un decreto del Congreso—, a los comerciantes les habían ordenado callar sus sinfonolas y al jefe de Primera División de Infantería le habían pedido suspender los ensayos de su banda militar. No habría música, sólo lectura solemne y la variedad de periódicos locales ofreció panegíricos al querido líder. La Opinión —diario más antiguo de la prensa poblana— anunció el aniversario a ocho columnas y le dedicó casi toda la primera plana. Una columna —“In Memoriam”— recordó al extinto revolucionario: “Como amigo, fue excelente, leal, caballeroso y noble, encontrándosele a veces perfiles de Quijote en sus obras, de Catilina en sus conceptos, de Catón en sus leyes, de Marco Antonio en sus proezas y de Petronio en sus elegancias…” El día siguiente la prensa aportó todos los detalles sobre los eventos luctuosos. Además de la ceremonia en Teziutlán, donde “cada puerta tenía un crespón”, en Atlixco mil trabajadores de la Confederación Regional Obrera Mexicana (crom), “con la disciplina que les caracteriza”, asistieron a una ceremonia que dio principio con la Marcha fúnebre de Chopin. En la misma capital —se anunció— se realizarían las honras fúnebres en el noble recinto colonial de la catedral.2 El héroe por quien todo Puebla derramaba llantos y lágrimas era el señor general de división Maximino Ávila Camacho, jefe de la zona militar poblana en 1935, gobernador del estado de 1937 a 1941, cacique vitalicio hasta su imprevisto infarto en 1945 y, se podría afirmar después, cacique eterno de allí en adelante. Porque en 1947 ocurrió otro peregrinaje a Teziutlán y otros más en 1948, 1949 y 1950, todos encabezados por el gobernador Betancourt, como si fuera Maximino el Álvaro Obregón de los poblanos y Teziutlán su Huatabampo. Porque durante 18 años después de su muerte persistió en la silla gubernamental toda una serie de incondicionales suyos, políticamente formados durante su gobierno. Y porque durante otro medio siglo, el espectro de Maximino ha vuelto con frecuencia, evocado por las maniobras —o de mano dura o de vil metal— de muchos gobernadores poblanos más. El hombre fuerte posrevolucionario por excelencia (a la par de su gran amigo potosino Gonzalo N. Santos), Maximino —como todos lo llamaban, en parte para distinguirlo de su hermano Manuel— logró construir esta duradera tradición política sobre tres bases principales. Éstas probarían ser características comunes entre los caciques regionales, pero rara vez fueron establecidas con tanta eficacia. La primera fue el uso y amenaza de la violencia. Maximino fue, antes que nada, un líder temido. Por ejemplo, a su regreso a su estado natal, como jefe militar, usó las armas contra los huelguistas del Frente Regional de Obreros y Campesinos (froc), filial de la ctm de Vicente Lombardo Toledano (tres cayeron asesinados ese abril de 1935); también animó a que terratenientes emplearan a guardias blancas para defender a balazos sus haciendas de los agraristas. En suma, según resumió lacónicamente un cronista: “Durante su administración gobernativa se cometieron muchos crímenes y asesinatos que quedaron impunes”.3 La segunda fue su culto a la personalidad, impulsado en gran parte por una vanidad que no conocía límites. Desde temprano en su gobierno, Maximino matizó su aterradora reputación mostrando su lado sonriente, fiestero y fanfarrón. Había mandado filmar su investidura y, cinco meses después, el carrete empezó a hacer gira en las principales ciudades del estado. En la celebración de su cumpleaños cada agosto invitaba gratuitamente al público a una fiesta brava en la nueva Plaza de Toros de la ciudad con 20 000 lugares. En ocasiones, una de las atracciones era el mismo Maximino, que aparecía sobre su propio semental blanco, vestido con traje de charro, y participaba en las corridas como rejoneador.4 La tercera fue un cuidadoso acto de malabarismo populista por medio del cual prometió mucho a muchos y con frecuencia cumplió. Esto es, quizá, el aspecto menos apreciado de Maximino por los historiadores. Era autócrata, era megalómano, pero también era constructor.

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Sobre el autor

Andrew Paxman

Andrew Paxman es Profesor de historia y periodismo en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (cide). Es autor de las biografías El Tigre: Emilio Azcárraga y su imperio Televisa  (Raya en el Agua-Grijalbo, México, 2000) y En busca del señor Jenkins. Dinero, poder y gringofobia en México (Debate, México, 2016.)