Andrés Manuel ya es presidente, el fin de un ciclo/Una crónica por el primero que llegó a San Lázaro

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El 1 de diciembre de 2018 culminó un ciclo de batallas en la historia reciente de México. Ha terminado el Andrés Manuel candidato y ha nacido el López Obrador presidente. Tuve la fortuna de presenciar la culminación de ese ciclo desde una butaca ubicada en una de las galerías del Palacio Legislativo de San Lázaro. Nunca antes, salvo dos días antes, había estado allí pese a que voy camino a 15 años de participación en el movimiento lopezobradorista. Fue tanta el ansia de ver el momento por el que había luchado durante tanto tiempo, que fui el primero en arribar a la referida galería en las primeras horas de aquella fría mañana. El recinto estaba casi vacío, las gigantescas pizarras electrónicas anunciaban que solamente habían arribado a la sala 20 diputados. Y en la galería del tercer piso, solamente estaba yo. Desde las 7 y 20 de la mañana, es decir dos horas antes de que comenzara la ceremonia de investidura presidencial. Fue tan curiosa la situación que se me acercó Alfonso Velasco, secretario particular de Porfirio Muñoz Ledo, actual presidente de la Cámara de Diputados, para saludarme. Y tomarle una foto a la cartulina que tenía el número de asiento y mi nombre y que se encontraba ubicada en el respaldo del mismo. Sonriendo me dijo mientras tomaba la fotografía: “es para dejar constancia de quien fue el primero en llegar aquí”.

La imagen puede contener: Carlos Figueroa Ibarra, sonriendo

El primero en llegar a San Lázaro...

Dos horas después, el lugar estaba abarrotado desde el pleno del recinto legislativo, las dos galerías que ocupan el primer y segundo piso del lugar, los palcos especiales hasta los corredores que conducían a dichos lugares. Y allí estaba yo con mi gafete de invitado especial para el evento del Zócalo. Y mi invitación y boleto para poder estar presente en un acto que no fue solamente un acto de alternancia sino talvez, el inicio de lo que hemos llamado La Cuarta Transformación. Allí estaba yo con mis recuerdos de todo el largo camino que había transitado para tener el privilegio de estar allí. Recordé cómo en noviembre de 2003 en Arequipa, Perú, en el transcurso de una cena con Raquel Sosa, decidí que no quería observar desde un balcón las elecciones presidenciales de 2006. Andrés Manuel ya era un líder ascendente en ese momento y Raquel era muy optimista con respecto a sus posibilidades presidenciales. En enero de 2004 me incorporé a las redes ciudadanas por López Obrador. Y desde entonces he seguido militando en el movimiento lopezobradorista. Como cientos de miles viví la lucha contra el desafuero en 2005, contra los fraudes electorales de 2006 y 2012, la lucha contra la privatización del petróleo de 2008, la transformación del movimiento en partido de 2012-2014, la experiencia de ser dirigente estatal en 2012 y a partir de 2015, serlo a nivel nacional.



Fue emocionante ver entrar a Andrés Manuel al recinto legislativo y verlo sentarse al lado de Porfirio Muñoz Ledo momentos antes de que le pusieran la banda presidencial. Recordé entonces como el 7 de abril de 2005, un López Obrador con un cabello más abundante y menos canoso entró a ese recinto para ser desaforado. Recordé cómo habíamos soñado todos sus partidarios en 2006 y 2012 ver la escena que ahora contemplaba desde la galería en la que me encontraba. Allí estaba Andrés Manuel levantado su brazo derecho jurando fidelidad a la Constitución y a las leyes que de ella emanaren, un acto brevísimo que lo llevaba al lugar por el cual se había luchado durante largos 18 años. Evoqué a los cientos de ancianos que a lo largo de todos estos años trabajosamente asistieron a los mítines y fueron a firmar en contra del desafuero. La gran mayoría de ellos no vio la victoria que ahora yo estaba presenciando. Como tampoco los aproximadamente 35 morenistas que han sido asesinados en los últimos años. Y volví a pensar y sentir lo que pensé y sentí la noche del 1 de julio: “es la primera vez que siento el sabor a la victoria”. En efecto nunca las empresas políticas a las que me metí habían resultado victoriosas. Pensé en mis afanes revolucionarios en mi natal Guatemala y en cómo la gran mayoría de mis amigos y compañeros en dichos afanes, nunca llegaron a los 30 años o apenas los sobrepasaron.

La multitud en el zócalo/VIDEO

La imagen puede contener: 7 personas, personas de pie, cielo y exterior

Pero todavía faltaba lo más emotivo: meternos en la apretada multitud que desde la mañana estaba abarrotando el Zócalo de la ciudad de México. Advertir de cerca esa alborozada muchedumbre gritar estentóreamente, en el momento en que Andrés Manuel caminó desde el Palacio Nacional hasta el magnífico templete que se levantó enfrente de la Catedral Metropolitana. Sentí que las lágrimas afloraban a mis ojos cuando el Presidente de México se hincó ante las autoridades indígenas en el momento de recibir el Bastón de Mando. El caracol ceremonial sonaba con solemnidad mientras miles y miles de personas levantaron sus brazos hacia los cuatro puntos cardinales. Allí estaba el nuevo presidente, doce años más viejo que aquella tarde del 20 de noviembre de 2006, cuando después del fraude, se declaró “Presidente Legítimo”. Debajo de su saco negro lucía una banda presidencial que en esta ocasión no era solamente un ornamento simbólico.

Ha terminado un ciclo en todo este enorme movimiento que empezó a surgir probablemente en 2002. Acaso haya terminado un ciclo también en mi vida. Ha terminado el ciclo de la lucha por la Presidencia de México. Se inicia uno nuevo, mucho más complicado, lleno de obstáculos y adversarios en los dos lados del espectro político. Este ciclo nuevo será el de la lucha por la transformación de México. Será “la Cuarta Transformación” decimos entre nosotros. Ojalá que así sea.



Foto de portadilla tomada de Cuarto Oscuro.

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Sobre el autor

Carlos Figueroa Ibarra

Carlos Figueroa Ibarra es profesor e investigador en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla desde 1980. Ocupa el cargo de coordinador del Posgrado de Sociología del Instituto de Ciencias Sociales  y Humanidades «Alfonso Vélez Pliego» desde el 2008. Sin duda, es uno de los académicos más reconocidos por su especialización en el periodo de la guerra civil guatemalteca (1960-1996). La historia de su familia representa en buena medida la tragedia sufrida por miles de ciudadanos centroamericanos que han luchado por una sociedad democrática, justa e igualitaria.

Carlos Figueroa nació en la ciudad de Guatemala el día 5 de agosto del año 1952. Hijo de Carlos Alberto Figueroa Castro y Edna Albertina Ibarra Escobedo.1 En 1954, junto a su familia, se exilió en México tras el derrocamiento del gobierno de Jacobo Arbenz Guzmán. Posteriormente, la familia regresó a Guatemala en 1958, donde permanecería por 12 años. Desde 1970, estudió sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), regresando graduado a su país. En junio de 1980, durante el gobierno del general Fernando Romeo Lucas García, fueron asesinados sus padres, lo que sumado a amenazas de muerte por el Ejército Secreto Anticomunista (ESA) de Guatemala, lo obligaron a fijar su residencia en México. Ingresó como profesor e investigador en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Fue militante del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) desde 1973 hasta 1984. Desde 1987, realiza estancias cortas en Guatemala que aprovecha para ofrecer cursos cortos o presentar sus trabajos académicos y artículos periodísticos en la prensa de ese país.

En los últimos tiempos, Carlos Figueroa ha fungido como Secretario de Derechos Humanos y Sociales en el Comité Ejecutivo Estatal del MORENA, el partido político en construcción a partir del movimiento social encabezado por Andrés Manuel López Obrador.