Que la muerte no me sea indiferente

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Sentí que esta situación es algo que nadie debería desearle al prójimo

La mañana de Navidad desperté pensando en la hasta hace unos días Gobernadora de Puebla Martha Erika Alonso y en su esposo, el Senador Rafael Moreno Valle. La noticia de su muerte trágica, la tarde del 24 de diciembre me impactó profundamente. Por ello el amanecer después de la Nochebuena me encontró pensando en las familias de los fallecidos. Con pena los imaginé, abrumados por el dolor y pasando unas navidades envueltos en el luto y la tragedia. Sentí que esta situación es algo que nadie debería desearle al prójimo. Y en este momento de estremecimiento traumático no pude olvidar que por mis encargos políticos, pasé los últimos seis años denunciando las tropelías de Rafael Moreno Valle. Recordé al niño José Luis Tehuatle Tamayo muerto en Chalchihuapan por las acciones represivas de su gobierno. También rememoré a los 300 presos políticos o consignados que se observaron durante su periodo. No olvidé la ley bala, la expropiación exprés y la privatización del agua. Evoqué su voluntad de perpetuarse en el poder a través de un gobernador vinculado a él o bien a través de la imposición fraudulenta de su esposa. En el primer semestre de este año de 2018, siendo uno de los voceros de la campaña opositora de Morena encabezada por Luis Miguel Barbosa, fui uno de los que expresé inconformidad por esa imposición, por ese uso del cónyuge para continuar al mando en la entidad.



La expresión pública de mi pena por la tragedia en la familia Moreno Valle-Alonso dista mucho de una retratación de los planteamientos políticos e ideológicos que en los últimos años expresé por distintos medios. No puedo, en aras de una idealización de los fallecidos, desconocer el carácter y consecuencias del morenovallismo. No se puede olvidar que la pareja fallecida buscó la articulación de un cacicazgo regional, base de un eventual grupo de poder nacional. Sin embargo, a pese a lo que se puede imputar a Rafael Moreno Valle y Martha Erika Alonso, deploro las manifestaciones de alegría que se han difundido en las redes sociales por el trágico fin de la pareja. No las puedo compartir. La Navidad le recuerda al mundo occidental la imperiosa necesidad de una moral sustentada en el amor al prójimo, en la fraternidad humana, en el respeto a la vida y a la naturaleza. Son estos principios los que me animan expresar hoy mi consternación.

De igual manera también deploro el uso político que un sector de la derecha ha hecho de la tragedia. Pedro Ferriz de Con difundió un video del derribamiento de un helicóptero falsamente atribuido al accidente en Puebla. También hizo insinuaciones dolosas sobre los probables responsables de la muerte de Moreno Valle y Alonso. Y en las exequias de la pareja, un grupo irresponsable en medio de gritos acusó de “asesinos” a los representantes del gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Acusación infame que repite un sector en las redes sociales que amparados en el anonimato dicen que el accidente fue producto de un atentado organizado desde el gobierno federal. También se advierte la victimización de la pareja fallecida y los legítimos actos de oposición a ella se convierten absurdamente en actos que precipitaron su trágico deceso. El clima de consternación también ha sido usado para empezar a promover a quien seguramente será el candidato del PAN y sus aliados en las venideras elecciones extraordinarias. Y en medio de este contexto de emociones encontradas, he parafraseado a León Gieco y me he repetido que pido a la vida que la muerte no me sea indiferente.

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Sobre el autor

Carlos Figueroa Ibarra

Carlos Figueroa Ibarra es profesor e investigador en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla desde 1980. Ocupa el cargo de coordinador del Posgrado de Sociología del Instituto de Ciencias Sociales  y Humanidades «Alfonso Vélez Pliego» desde el 2008. Sin duda, es uno de los académicos más reconocidos por su especialización en el periodo de la guerra civil guatemalteca (1960-1996). La historia de su familia representa en buena medida la tragedia sufrida por miles de ciudadanos centroamericanos que han luchado por una sociedad democrática, justa e igualitaria.

Carlos Figueroa nació en la ciudad de Guatemala el día 5 de agosto del año 1952. Hijo de Carlos Alberto Figueroa Castro y Edna Albertina Ibarra Escobedo.1 En 1954, junto a su familia, se exilió en México tras el derrocamiento del gobierno de Jacobo Arbenz Guzmán. Posteriormente, la familia regresó a Guatemala en 1958, donde permanecería por 12 años. Desde 1970, estudió sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), regresando graduado a su país. En junio de 1980, durante el gobierno del general Fernando Romeo Lucas García, fueron asesinados sus padres, lo que sumado a amenazas de muerte por el Ejército Secreto Anticomunista (ESA) de Guatemala, lo obligaron a fijar su residencia en México. Ingresó como profesor e investigador en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Fue militante del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) desde 1973 hasta 1984. Desde 1987, realiza estancias cortas en Guatemala que aprovecha para ofrecer cursos cortos o presentar sus trabajos académicos y artículos periodísticos en la prensa de ese país.

En los últimos tiempos, Carlos Figueroa ha fungido como Secretario de Derechos Humanos y Sociales en el Comité Ejecutivo Estatal del MORENA, el partido político en construcción a partir del movimiento social encabezado por Andrés Manuel López Obrador.