Poder y Política

Vida y milgros

Revisando los eventos históricos por los que ha cruzado el país desde la segunda mitad del siglo XX hasta la fecha, no encuentro un momento tan complicado como el que estamos viviendo hoy. Nada me gustaría más que comprobar que la inquietante sensación que flota en el ambiente no tiene más fundamento que mi pesimismo.



En las siete décadas el país ha cruzado por múltiples eventos económicos, políticos y sociales que lo han sacudido y transformado. Hasta los movimientos que fueron reprimidos o se consideraron fracasados, abonaron a la construcción de un país que rompió poco a poco el monopolio del poder de un solo partido, así como el cerco de la información oficial.





Ahí están el movimiento ferrocarrilero de 1958 y el de los doctores de 1964, ambos en busca de mejores condiciones salariales y de democracia sindical, dos momentos históricos de esperanza en medio de la obscuridad. También el contrastes y desconcierto generados por el del movimiento estudiantil del 68 seguido del encumbramiento de Luis Echeverría, símbolo del apogeo del presidencialismo absolutista de dos caras, que a trasmano reprimió en junio de 1971 una marcha que no amenazaba a nadie; está la memoria del golpe para derrocar al grupo de periodistas de Excelsior que pretendieron sostener una línea editorial independiente de los boletines del gobierno; cruzamos por la confusión generada por un gobierno que libró con una mano la oculta guerra sucia y combatió cualquier oposición desde donde viniera, pero verbalmente y con la otra mano manejaba un discurso de izquierda mientras imprimía dinero como si fueron billetes para jugar turista, provocando una inflación desenfrenada que a quien más dañaba era a las personas sujetas a un ingreso fijo. Tiempos de incertidumbre, doble moral, triple discurso. Luego vendrían los tiempos del irresponsable derroche petrolero de López Portillo que culminaría con una de las quiebras más crudas que ha sufrido el país, quiebra que no desembocó en la regulación inteligente y justa de la banca, sino en una expropiación mal planeada propia de un berrinchudo, que antes de irse, la entregó a una burocracia que acabaría con todos los bancos del país. No fueron tiempo fáciles pero aun así no corría por el aire el desconcierto de hoy. López Portillo heredó el tiradero a un Miguel de la Madrid estupefacto ante el tamaño de la quiebra y la debilidad e ineptitud gubernamental para enfrentarla. El gobierno andaba por su lado y la sociedad por el suyo como dios le daba a entender.

El terremoto de 1985 sí que fue lo que yo llamaría una buena primavera mexicana. No se basó en la violencia sino en la solidaridad. Los muertos no los causó el gobierno pero los escondieron como si fueran de ellos; las soluciones al desastre surgieron de la organización social por la libre. Ya no habría retorno de las libertades adquiridas en ese doloroso episodio. Ese momento es en mi memoria el del surgimiento visible de una sociedad civil que ya se movía desde antes por su cuenta pero de manera silenciosa. Fue nuestra adolescencia ante el gobierno, la de una joven generación que se vio a sí misma como capaz de generar cambios económicos, políticos y sociales hablándole al gobierno de tú a tú. También en esos años difíciles llegó el fin de la Pax Narca y asomaría sin pudor la violenta cara de la hasta entonces controlada guerra de los cárteles, en abierto desafío con la parte del estado mexicano que no tenía complicidad con ellos. La época en que Caro Quintero mató al agente de la DEA, el Kiki Camarena y huyó con credenciales falsas de la Dirección Federal de Seguridad.

Otro suceso crucial de esos años fueron las controvertidas elecciones de 1988, en que se hizo evidente el derrumbe de un sistema electoral obsoleto y monopólico, en el que el árbitro de las elecciones eran los secretarios de gobernación del único partido que mandaba desde que finalizó la revolución iniciada en 1910. Lo de siempre dejó de funcionar y el gobierno fue incapaz de operar con un mínimo de credibilidad los procesos electorales. No pudo contener el anhelo de elecciones limpias e imparciales que cruzaba por todo el país. Había esperanza porque había objetivos claros que alcanzar aunque parecieran imposibles. Se sucedieron entonces múltiples eventos: la polémica elección del 88 y el despertar cívico que dio luz a la reforma política de la que surgió en 1990 un Instituto Federal Electoral que sería presidido por primera vez por un ciudadano en 1997. Antes vivimos la firma del TLC, el surgimiento del movimiento zapatista que a la distancia de los años se mira como un fuego artificial difícil de entender; la guerra interna del PRI y el enrarecimiento social que derivó en los asesinatos políticos de Colosio y Ruiz Massieu en 1994, el año que cerró con otra de las quiebras más grandes de la economía nacional, la enorme quiebra de la nueva banca privatizada y la creación del FOBAPROA mediante el cual se nos endosó la cuenta de la quiebra a todos los mexicanos.

En 1995 el PRI perdió por primera vez la mayoría en el Congreso de la Unión, luego perdería el gobierno de la ciudad de México en las primeras elecciones para elegir jefe de gobierno y en el año 2000 perdería la presidencia de la república. Transitamos en calma de la dictadura de partido a la alternancia del 2000. Y luego más sorpresas: de la alternancia imperfecta a la división del poder presidencial en 32 gobernadores altaneros y con demasiado dinero entre sus manos sin obligación alguna de rendir cuentas de los enormes recursos petroleros que les encaminaron desde un congreso sin mayorías y las presidencias panistas. No dimensionamos la oportunidad perdida y dilapidada en los estados de mejorar sustancialmente los indicadores de pobreza, crecimiento económico, sustentabilidad y democratización. De las esperanzas en un sistema partidista plural incipiente que se mantenía a sí mismo, pasamos a la dictadura de los partidos que se mantienen del erario público y que carecen de credibilidad y aprecio. De un órgano electoral admirable en 2000, la montaña rusa nos condujo a la demolición y desprestigio de un sistema electoral mal modificado a raíz del cuestionamiento de las elecciones del 2006 y 2012.

En el recuento final de estos años, hay un antes y un después para un México envuelto en la guerra abierta contra el narcotráfico, guerra que ha ensangrentado el país y ha roto el tejido social. Hay un antes y un después marcado por la desesperanza. En cinco días llega al poder en Estados Unidos un megalómano que ha centrado gran parte de su discurso en atacar y culpar a México de muchos de sus males. Mal parados nos encuentra la llegada de Trump ante un cambio en los acuerdos comerciales y una política migratoria que amenaza con cerrar la llave de las remesas que han servido de amortiguador en muchas de las crisis económicas de todos estos años.

Como sociedad pudimos procesar muchos cambios difíciles sin sacrificar a cambio una paz relativa dentro del país. La primera semana del 2017 estuvo marcada por la violencia, saqueos y cierres de carreteras. Poco a poco nos vamos acostumbrando a lo que jamás debiera parecernos normal.

Hemos sobrevivido a muchas crisis pero ésta de hoy se siente distinta y densa. Hoy no conozco a nadie que no conozca a alguien que haya sido víctima de algún delito mediano, grave o muy grave. No conozco a nadie que no sienta raro el aire de estos tiempos. No conozco a ningún adulto que no sienta que estamos ante tiempos difíciles para los que no tenemos ni mapa ni ruta. Veo a los recién nacidos en sus cunas, a los niños y adolescentes empezando sus vidas con la ilusión y esperanza propios de esa edad. Por ellos es que no tenemos derecho a la desesperanza ni a rendirnos ante lo insólito.

Día con día

Los mexicanos, sociedad y gobierno, llevamos décadas ejerciendo, colectivamente, la pedagogía del motín.



La sociedad mexicana ha inventado formas cada vez más exigentes de protesta y ha ido descubriendo en el camino que la autoridad no tiene cómo evitarlas ni cómo contenerlas.

Hay instalada en el país una ingeniería de la protesta construida paso a paso sobre la base de la impunidad de la protesta misma.



En el principio fueron las manifestaciones para expresar un malestar o establecer una demanda. De su seno fueron saliendo las marchas diseñadas para afectar la normalidad de la vida de transeúntes y residentes, pensando que el tamaño de la molestia pública doblaría la mano de las autoridades en favor de lo exigido por los protestadores.

Vinieron luego los plantones, ya decididamente orientados a entorpecer la vida de los demás, a echar el malestar propio sobre el resto de los ciudadanos para que estos a su vez lo echen sobre la autoridad.



Llegaron después los bloqueos, en especial de carreteras, que añadieron una dimensión estratégica al menú de la protesta, interrumpiendo por horas o por días carreteras fundamentales del país, y el año pasado, durante una semana, todas las de Oaxaca.

Al bloqueo se añadió luego la vandalización del espacio público, que llegó a un extremo no superado con la quema del congreso del estado de Guerrero.

Llegaron finalmente los saqueos de estos días, que han vaciado más de medio millar de tiendas departamentales en distintos estados del país y provocado la detención de al menos 1 500 saqueadores.

Lo notable en todas estas modalidades de protesta es han pasado de lo legal a lo ilegal, requieren cada vez menos participantes y provocan disturbios cada vez más graves.

Si a los saqueos de hoy se añaden alguna vez los saqueos a mano armada para repeler a la policía, estaremos en el principio de la revuelta armada.

La espectacularidad de las protestas es irresistible para la prensa que las multiplica al reportarlas. Es la pedagogía involuntaria de los medios.

Lo común a las protestas ilegales es que la autoridad no tiene respuesta para ellas: no puede evitarlas ni contenerlas.

Autoridad y sociedad hemos concedido tácitamente a nuestros ciudadanos el derecho al motín, y éstos ejercen ese derecho cada vez con mayor eficacia y visibilidad.

Día con día

Hay pruebas de que los motines de enero fueron sembrados por cuentas falsas creadas en las redes sociales con el propósito explícito de convocar a la protesta, los bloqueos y, en especial, los saqueos.



Todo eso existió. Las policías cibernéticas podrán trazar su origen y hasta dar con los responsables. Pero sería un error mayúsculo confundir el chispazo con el incendio.

Las chispas caen en la pradera seca de la irritación, mucho más extendidas que las cuentas propiciatorias de las redes sociales.



Las incitaciones le hablan al corazón al mazo de emociones negativas que ha tomado ya el corazón de la república.

Es una veta de irritación que no puede sino crecer con decisiones tan mal instrumentadas sobre problemas tan poco explicados como el de la necesidad crónica de los ingresos fiscales, 284 mil millones, que el estado espera recoger de los impuestos especiales a la gasolina.



El gobierno federal no tiene credibilidad para reclamar esos recursos como indispensables para equilibrar las finanzas públicas. Es ese mismo gobierno el que rompió el equilibrio en estos años incurriendo en déficits fiscales que no ha podido saldar.

Incurrirá, por cierto, en un déficit adicional de casi 500 mil millones durante 2017, según la propia ley de ingresos aprobada en octubre.

Lamentablemente, el gobierno federal no tiene credenciales para prometer un ejercicio prudente o productivo del gasto público. No, mientras corra frente a nosotros el espectáculo de tantas tesorerías estatales quebradas y sobreendeudadas, sin que el gobierno federal, que les aporta la casi totalidad de los recursos, haya podido ponerles freno.

El espectáculo de gobernadores presos y prófugos no es suficiente para convencer a nadie de que empezó una corrección.

Y el de legisladores asignándose bonos y extrabonos de fin de año, logra todo menos darle legitimidad al gobierno y al Congreso para hablar de su buena administración del gasto.

Las redes sociales sólo han echado cerillos a un incendio que los estaba esperando. Las llamas de los motines recientes parecen haber menguado, pero las condiciones para nuevos incendios están dadas. Los mexicanos las hemos construido cuidadosa y ciegamente en los últimos años. Hablaré mañana de esta pedagogía colectiva.

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Día con día

A la hora de la hora, en los momentos cruciales de la vida pública, los vacíos de información del gobierno se hermanan con la falta de información oportuna en los medios.



El aumento de las gasolinas estaba previsto para los primeros días de enero desde que fue aprobado por el Congreso en octubre del año anterior, con la ley de ingresos.

Se sabía desde entonces que se esperaba un ingreso por impuestos especiales a gasolinas de 284 mil millones de pesos. Se sabía también que el gobierno había decidido adelantar un año, a 2017, el tiempo de la liberación del precio de esos productos, previsto en la reforma energética para el 2018.



Los medios no vimos en esto un asunto noticioso, el anticipo de un posible gasolinazo incendiario, agravado por el hecho de que el gobierno había suspendido durante 2016 los incrementos mensuales previstos también en la reforma.

Quizá si el gobierno hubiera mantenido el plan original de incrementos mensuales durante 2016 y 2017, el aterrizaje de los precios en 2018 habría sido menos traumático.



Pero los medios no cargamos nuestras baterías con esa información y esas posibilidades. No cuestionamos a la autoridad ni a los legisladores que aprobaron la decisión. Sobre todo, no advertimos a los ciudadanos del ciclón que podía cernirse sobre ellos.

A la hora de la hora fuimos tan sorprendidos por los hechos como los ciudadanos mismos, salvo que nuestra obligación era haber informado de lo que iba a suceder: para que nadie se llamara a engaño y para que el gobierno y el Congreso no pudieran tomar una decisión tan delicada sin un previo debate y una debida explicación.

A la hora de la hora, el vacío de información en los medios fue llenado por la furia en las redes sociales. No porque las redes sean más poderosas o influyentes que los medios, sino porque los medios no hicimos la tarea de informar, no nos separamos del silencio del gobierno ni nos ganamos la credibilidad de la ciudadanía advirtiéndole lo que iba a pasar, dándole la información que necesitaba.

Nos hemos ganado entonces su incredulidad. El gasolinazo era tan previsible como un ciclón, los medios lo volvimos tan invisible como una conspiración de especialistas.

(Ilustración de portadilla tomada de la revista Nexos)

Día con día



Desde 1994 el país no tenía un principio de año tan malo como el de 2017. No había que ser profeta para pensar que el aumento traumático de los precios de la gasolina podía producir un motín.

El 28 de diciembre pasado, luego de leer una nota sobre el galimatías administrativo y tarifario en que venía montado el aumento, puse en mi cuenta de tuiter:



‏@aguilarcamin 28 dic. 2016 Sería bueno que las autoridades responsables del precio de las gasolinas explicaran lo que va a suceder. Porque si no, puede suceder un motín

Puse también este otro:



‏@aguilarcamin 28 dic. 2016 El alza a los precios de las gasolinas sin una explicación cabal de la medida puede ser incendiaria.

Y uno más:

@aguilarcamin 28 dic. 2016 El esquema de 90 regiones distintas de precios para las gasolinas necesita por lo menos 90 explicaciones.

Para mí la causa eficiente de los motines de enero es el silencio de la autoridad ante el problema, la falta de explicaciones oportunas, el juego de escapes y escondidillas frente a la opinión pública que ha marcado al gobierno del presidente Peña Nieto.

Nadie ha pagado tanto por estos silencios como el propio gobierno, persistente creador de vacíos de información —mezcla de miedo y desdén ante la opinión pública— en cuestiones centrales para México, y en momentos decisivos para su propia capacidad de gobernar.

No hay novedad en este silencio. Recomiendo al respecto la lectura de la edición de diciembre de 2015 de la revista Nexos: “El silencio de Los Pinos”. (http://bit.ly/2g8349V)

Un gobierno incapaz de comunicarse con su sociedad está destinado a chocar con ella. Gobernar en una democracia es casi sinónimo de comunicar: informar, persuadir, educar.

Implica que los gobernantes se paren una y otra vez ante los ciudadanos para decirles lo que saben, lo que están haciendo y lo que van a hacer con los problemas que importan y afectan a los ciudadanos.

Tienen que correr el riesgo de mostrarse y hablar, estar expuestos a la opinión pública y a los reclamos de la ciudadanía. El gobierno que renuncia a la palabra en una democracia, está renunciando a gobernar.

Dos mujeres jóvenes condensan mi mañana en la marcha.



“¡Moreno Valle, nos tienes hasta la madre…!”, exclama sobre las cabezas a mitad de la explanada de la fuente de San Miguel. Y su grito rompe con el común propósito de la masa de centrarse en Peña Nieto. Pero la masa guarda muchos agravios y también alcanza contra otro de los políticos mexicanos que tienen por deporte “aspirar a la más alta investidura” financiados por el erario del que por seis años son depositarios. Ella está suspendida en el poste y desde ahí domina gorras y pelambres. Su rabia la lleva a encabezar la consigna contra Moreno Valle que el público le corea como marineros jubilosos a su capitán. La imagino –para seguir con ánimos marinos-- convertida en el mascarón de proa de la nave del descontento mexicano que en este mediodía pareciera echarse a la mar desde la fuente de San Miguel.

“El pueblo se cansa de tanta pinche transa”, grita después, y tras ella va la masa…



Ella no baja los brazos que sostienen el cartel con una respuesta a la más indignante de las preguntas que un presidente le haya hecho a sus gobernados, y tal vez por ello busca esa figura para responder a mi interrogante: ¿Qué pasará después de esto?



“Todos bajaremos los brazos, como pasa siempre –me dice--. El lunes volveremos al trabajo, todos nos olvidaremos de esto, las cosas no pasarán de aquí… Y no es que sea pesimista, pero esa es la realidad mexicana.”

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Aquí estoy en medio de la masa que ha encontrado en el ¡Fuera Peña Nieto! la unanimidad indispensable para alcanzar el éxtasis de toda manifestación política. La consigna se corea en oleadas que van y vienen para sostener el ánimo alto contra el riguroso sol de enero. Llevo cuarenta años de mi vida en jaleos periodísticos y acuerdo conmigo que es la segunda vez que participó en una marcha poblana cuya consigna principal es la del derrocamiento del presidente de la república –el 2014 con Ayotzinapa Peña Nieto ya había generado otra manifestación multitudinaria--. Ese mérito no está en la cuenta ni siquiera de Salinas de Gortari. A lo más que llegamos fue a exigir la cabeza de Marín en el 2006, pero el descontento murió contenido por el respaldo del panista Calderón al grotesco gobernador poblano, así que no logramos el éxito de otros derrocamientos (Nava Castillo en 1964, Moreno Valle en 1971, Gonzalo Bautista en 1973). Pero ahora el repudio a Peña Nieto se ha sostenido indomable desde el arranque de la marcha y a todo lo largo del callejón colonial de la avenida Reforma y lo veo contenido en el rostro de estas dos mujeres: este país del siglo XXI no puede contenerse en el vetusto formato del presidencialismo autoritario y corrupto en el que todavía se soporta el aparato político mexicano.

“¡Fuera Peña Nieto, fuera Peña Nieto, fuera Peña Nieto!”

Si algo ha conseguido este engendro de nuestro bestiario es confirmar con toda la precisión de esta exigencia masiva que el sistema político en México está fundido.

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Encuentro a mi paso por entre la masa muchos más rostros femeninos decididos. Retrato algunos:

La mujer de la última de estas fotografías es Hilda Vázquez, y su bata blanca la identifica como médico en los servicios de salud pública. Apenas ha bajado de la improvisada tribuna. Su voz no tuvo un atisbo de nervios y expresó con decisión su hartazgo. ¿Qué pasará después de todo esto?

“Si no nos organizamos se perderá todo –me dice--. Por eso propuse que las mujeres poblanas nos plantemos frente al Congreso, que les hagamos un cerco a los diputados ahora que van a pretender reformar la ley para privatizar el sistema de salud pública. Y más, que nos organicemos en comités de colonias para estar informados, pero por fuera de los partidos políticos.”

No será sencillo, pienso. Los partidos tienen una bajísima estima en el ánimo público. Y de la mano van los diputados y senadores. ¿Por dónde, entonces, encaminar el descontento?

Una respuesta la tiene la Doctora Montserrat Galí, a quien encuentro muy cerca de la tribuna atenta a los improvisados discursos. Ella es una de las más importantes historiadoras del arte colonial en México, investigadora del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP, y es una decidida lopezobradorista.

“Este movimiento espontáneo tiene que encontrar una salida política, porque si no todo quedará diluído.”

Busco otras respuestas a la misma pregunta: ¿qué le sigue a este rechazo de la corrupción de los políticos?

Encuentro a esta familia. Como muchas más personas han venido en bloque de padres e hijos. ¿Y qué esperan ellos que siga a todo este descontento?

La mujer con la sombrilla es pragmática: “Yo espero que bajen el precio de la gasolina, si no, para qué todo esto?”

El hombre del sombrero desmenuza sus cuitas: “Ya no se puede con tanta corrupción. Años y años igual, y el pueblo al final aceptando la torta y el refresco con lo que lo compran los políticos. Esto tiene que cambiar…”

La muchacha a la derecha es optimista: “Al menos salimos a la calle, aunque seamos pocos, pero no tuvimos miedo. La gente tiene que unirse a la lucha.”

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La marcha llegó deslumbrada por su propia espontaneidad. No hay un mando ni un grupo preciso. Los que encabezan el contingente son los que se pusieron más buzos. Los que traen sonido traen techo para improvisar tribuna y discursos. De repente la masa se sabe libre. No hay partido. No hay líder. No hay programa. Sólo rostros anónimos, gente sin más que toma el micrófono, público que deja hablar, que no pregunta por nombres, oficios, apellidos. Ahí está uno, atrapa sus sonidos…

El hombre en capacete describe lo ocurrido en los barrios por la tarde y la noche del viernes. Las barricadas frenaron cualquier atisbo de saqueadores. Y repite lo que he escuchado en las consignas. No tenemos miedo. Pero tiene ánimo propagandista: “Tenemos que organizarnos –dice y apunta el camino--: empecemos por los que conocemos, nuestras familias, nuestros vecinos, construyamos organizaciones de barrio, de ahí pasemos a los comités de colonias, y de ahí a la creación de una gran coordinadora que nos incluya a todos y con un mismo interés común…”

Bueno, de algo sirve la efemérides: 1917, todo el poder a los Soviets…. 2017, todo el poder a los barrios…

Sol de enero. Ya estoy en el desvarío.

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Reviso mi libreta y reviso mis anotaciones:

La gota que derrama el vaso. Alguien utiliza esa frase trillada. Dice tanto... Los mexicanos que no hemos buscado la salida fácil, la delincuencia. Los que construyen día a día en el trabajo el resguardo natural. Los que no viven de la burbuja gubernamental... Los veteranos que sobreviven: Federico chillian, López Malo, Rumbias, Beristain, Dr. Domínguez, Miguel Guerra, Chávez Palma... Los nuevos líderes: las mujeres... Las clases medias: los profesionistas. Medicos, ingenieros, enfermeras... ¿Y ustedes qué hubieran hecho? Cuántas respuestas tiene la gente...

Vuelvo a la tribuna, al inicio del mitin. Porque la tribuna la toma finalmente el SUNTUAP, quien lo dijera. Un organismo laboral aplastado en los noventa por los vencedores de la disputa por la universidad tras la guerra civil entre los grupos de la izquierda que en los ochenta manejaron la institución de educación pública. Ahí están sus sobrevivientes, a pesar de que hace más de veinte años que el gobierno les quitó la toma de nota, como se dice en el argot legal de la arbitraria ley laboral. Con una vieja pick up, un generador rancio pero útil y dos buenas bocinas se hace del portal frente al Ayuntamiento. Por no dejar, una barrera escuálida de policías cumple para decir después sin novedad, mi jefe, la gente no pasó de gritar policía, escucha, tu hijo está en la lucha. Pero nada más.

El SUNTUAP no perdido sus banderitas. Ni el veterano doctor Guillermo López Mayo –más de cuarenta años en la Facultad de Físico Matemáticas—ha perdido la soltura. Organizará un mitin al que poco a poco abrevarán todos los pequeños mítines en los que la masa se entretenía. María Eugenia Ochoa García, miembro del grupo RIOS, le ayuda con una libreta en la que apunta los nombres de quienes gusten hacer uso del micrófono, como se dice. Y arranca formalmente el mitin. Será una hora de discursos de tres minutos más o menos según los abusivos y los que se ganan al público con recursos de buena oratoria. Yo voy y vengo entre el público que aguanta entretenido y que somete con gritos certeros contra los discordantes (¡propuestas, propuestas!), y que al final les aplaude a todos.

En mi libreta apunto algunos: al doctor Marcelino Justo lo interrumpen con los dichos gritos de propuestas, pero él no se inmuta y les dice al final una: que vayan todos al congreso a exigir el cambio de la ley de Ingresos, ah bueno; a Federico Chillian no le aguantan mucho que se lance con una clase de historia (¡Propuestas, la historia ya nos la sabemos!) pero se gana al respetable con la memoria de Aquiles Serdán que siempre está ahí para salvar la oratoria más retórica; Silvia Rodríguez, menudita, buena oradora le explica al respetable que el problema no es el gasolinazo sino la reforma energética que aprobaron priistas y panistas, y Peña Nieto, pues que no mame el cabrón… y por supuesto será la más aplaudida; un ingeniero corta por lo sano y llama a que todos reconvirtamos nuestros autos a la combustión de hidrógeno, claro, también levanta aplausos; un hombre rellenito que se presenta como el comediante Jorge Luis bueno para los chistes pero que hoy no contará ninguno pone a cantar a la audiencia con un gran manejo de las técnicas para dominar a los presentes, y en un instante todos cantamos escucha hermano la canción de la alegría, ven danza sueña cantando vive soñando el nuevo sol en que los hombres volverán a ser hermanos, y no, no te bajes, que la gente está cantando a toda madre, pero no, dijeron dos minutos y yo cumplo, y el comediante se baja para desaparecer rumbo al show de las soledades de cada uno; una señora, a la que López Mayo hizo esperar un buen rato pues no se había apuntado , tiene un discurso muy estudiado, pero logra que yo retenga una buena frase (Si Puebla fue cuna de la revolución no puede ser la cuna de la decepción), y el público por supuesto le aplaude; María Eugenia Ochoa también habla, y es sin duda la más estructurada, pasa de pedir la revocación del mandato de Peña Nieto a exigir la abrogación de la ley de ingresos que generó el gasolinazo, para confirmar lo que varios han expuesto, aquello de organizarse en comités de barrio y colonias.

Video Silvia Rodriguez

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Cuando todo termina el mitin se reconstruye en chiquito a un lado de la Fuente de San Miguel, bajo la sombra. Aparece un altovoz y nuevas voces se escuchan. Un cartel con un número de Whats da idea de que arman un sistema de comunicación que inicia con una cartulina que ha reunido más de un centenar de teléfonos apuntados durante la marcha.

Entiendo así que la ciudadanía que hoy ha marchado no está dispuesta a que las cosas se queden aquí.

Tal vez sí, 2017, el poder de los barrios...

Vida y milagros
El blanco central de todas las protestas de esta semana ha sido el presidente Peña.Ya no hay más un todopoderoso presidente. Pero rara paradoja, el "te odio y te quiero" pareciera ser la tonada que rige el sentir hacia la figura presidencial o hacia la posibilidad de un líder, otro, el que sea, que mágicamente aparezca a resolver nuestros problemas. Pareciera que después de tanto predicar contra el presidencialismo centralista y omnipotente, en el fondo seguimos aferrados a él, ahora como chivo expiatorio central y antes como resolvedor y juez definitivo en los conflictos del país.¿Y los otros poderes? ¿Y el Congreso de la Unión?¿Ahora va a resultar que siguen pintados?
No hay duda de que la mayor parte de la responsabilidad en la forma en que se ha conducido el proceso del aumento de la gasolina corresponde directamente al poder ejecutivo. La manera en que se llevó a cabo fue errónea tanto en la mala elección de la fecha del aumento para el día de año nuevo, como en la forma tardía en que el presidente dirigió un mensaje a la nación hasta el 4 de Enero.Pero eso que vimos no es más que el resultado de un proceso en el que todos los diputados y senadores han participado y de cuyo desenlace debieron estar perfectamente informados. Si no estaban al tanto de que el aumento se daría fatalmente el 31 de diciembre, malo, y si lo sabían y desaparecieron en la comodidad de las fiestas navideñas, peor.
No he dejado de preguntarme dónde han estado los 628 miembros del enorme Congreso de la Unión a partir del 26 de diciembre , cuando se supo que fatalmente aumentaría mucho la gasolina. En el congreso existen múltiples liderazgos y representantes de todas las fuerzas políticas. Tenemos un congreso obeso, caro y sobre representado. Y esas personas estaban y han seguido de vacaciones hasta el día 9 de enero. Totalmente entregados al largo descanso que no quisieron sacrificar en un periodo extraordinario de sesiones para legislar el actuar del ejército en las labores policiales que se les han impuesto debido a la irresponsabilidad e ineficacia de los gobiernos estatales para generar buenos cuerpos policíacos. Esos 628 legisladores , adictos a las redes y a los celulares parecen no haberse enterado de casi nada y han permanecido mayoritariamente inactivos hasta hoy, lunes 9 de enero. La comisión permanente compuesta por 37 legisladores desempeña funciones políticas, jurídicas y de control y solo ha salido a dar opiniones básicamente para zafar el cuerpo o culpar al ejecutivo. La ausencia del pleno del congreso en esta emergencia y su incapacidad para reunirse de manera inmediata es de asustar.
¿Para eso mantenemos una cámara baja de 500 diputados, 200 de los cuales no fueron electos por voto directo sino por cuotas obsoletas?¿ Para eso tenemos tres senadores por estado más los plurinominales por los que nadie votó? Ahora resulta que todo es culpa de un solo hombre. Será que en el fondo, lo que entendemos, lo que nos es familiar, lo que esperamos que funcione es el caudillo, el tlatoani, el tatiaska, o el teul que se hace pasar por dios. En el "Fuera Peña" parece esconderse la esperanza de que sea sustituido por un Mago de Oz que todo lo puede o por un líder de personalidad avasalladora o mano de hierro. Dan pánico las soluciones basadas en la supuesta fuerza, inteligencia o carisma de una sola persona con pocos o nulos contrapesos.
¿Cuál es el peso que como ciudadanos le damos a los otros dos poderes del estado mexicano y qué tanto sabemos de de ellos? Un sencillo ejercicio de preguntas:
¿Quién preside hoy la Cámara de Senadores? ¿Quién la de diputados? ¿A qué partido pertenecen?
¿ Usted sabe cómo se compone la comisión permanente del Congreso de la Unión? ¿Sabe quién es el coordinador en el Senado del partido por el cuál votó ? ¿Sabe usted quién es el diputado federal por el distrito en el que vive? ¿Sabe cómo ha votado esa persona en decisiones estratégicas para nuestro país? ¿Sabe cómo votó el presupuesto de 2017? Si usted es poblano ¿sabe que Puebla cuenta con cinco senadores? ¿Se sabe sus nombres? ¿Sabe porqué tenemos cinco senadores y no solo tres? ¿A qué comisiones pertenece el diputado de su distrito? Aunque usted no vote y no simpatice con ningún partido, usted paga con sus impuestos los sueldo del Congreso de la Unión.¿Dónde estaban los presidentes de las cámaras el día 31 de diciembre de 2016? ¿Dónde estaban los miembros de la permanente ese mismo día? ¿Dónde el día que entró en vigor la nueva manera de fijar los precios de la gasolina? ¿Quién presidía la cámara de diputados hace un año? ¿Cuánto tiempo permanecen en el cargo los presidentes de las cámaras de diputados y senadores? ¿Quiénes coordinan las bancadas de los diferentes partidos? ¿Quién los nombra? ¿Quién es el diputado o diputada del distrito en que usted vive en el congreso de su estado? ¿Cuáles son los temas que domina y conoce y en qué comisiones participa? ¿Que iniciativa de ley fue la más discutida este año y cuál la que más le ha interesado a usted? ¿Sabe en cuánto tiempo aprobaron la cuenta pública del actual gobernador de su estado? Si usted es poblano ¿Sabe que la cuenta pública 2015 del gobierno del estado de Puebla se aprobó en el pleno en solo cuatro horas? ¿Sabe que la cuenta pública del 2015 del hoy prófugo Javier Duarte fue aprobada mayoritariamente por el congreso del estado de Veracruz?
Y pasando a otro poder ¿Sabe usted quién es el Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación? ¿Recuerda el nombre del anterior?¿Para usted cuál ha sido la resolución más importante que se haya aprobado o rechazado en la Suprema Corte de Justicia de la Nación este año? ¿Quién preside el Tribunal Superior de Justicia de su Estado?¿Quién la presidía anteriormente? ¿Quiénes nombran a los magistrados y jueces? ¿Cuál decisión le ha impactado en el último año de las muchas que se toman en el Tribunal Superior de Justicia de su estado?
¿Quiénes han preguntado por los diputados y senadores en estos días de furia y frustración? En toda esta semana, ¿Qué acción, opinión o discurso recuerda usted de algún miembro del Congreso de la Unión? ¿Quién ha tenido un actuar o un discurso brillante, audaz o propositivo en esta crisis? ¿Recuerda algo especial de algún diputado, de algún senador?
¿Tiene usted alguna opinión del actuar del poder judicial en esta semana? ¿Recuerda alguna opinión de un miembro del poder judicial ante el alud de detenidos por los disturbios de la trepidante primera semana de 2017? ¿Sabe usted si el poder judicial de su estado tiene recursos humanos y financieros suficientes para procesar todas las denuncias que se presentaron en estos días?¿¿Sabe usted cuánto destinan en su estado para mantener al poder judicial?¿Sabe usted si es lo mínimo indispensable para una buena impartición de justicia?
Desde luego muchos tenemos alguna idea de lo que gastan los ejecutivos de los estados, también de lo que opinan , hacen y omiten. Por supuesto sabemos mucho de lo que dice , hace o no hace el presidente de México y tenemos una opinión acerca de su actuar. De los otros dos poderes lo ignoramos casi todo, excepto que aún creemos que dependen demasiado del poder ejecutivo. ¿Sabe usted qué tan libre es el congreso del estado en que usted vive? ¿Qué tanta independencia del ejecutivo estatal tiene el poder judicial en su estado?
Muchos piden o desean que se vaya Peña. ¿Sabe usted el mecanismo para suplir a un presidente? ¿Cómo quién cree usted que sería capaz de enderezar el barco con su solo liderazgo? Como país llevamos años , muchos años, construyendo instituciones de las que de fondo poco sabemos y poco esperamos. Mire porqué lo digo contestando a las siguientes preguntas: ¿Quién es el presidente de la república? ¿Quién era el anterior? ¿Y el anterior? ¿Quién gobierna su estado? ¿Quién fue el gobernador anterior en su estado? ¿Eso si lo sabe? Probablemente si, porque seguimos centrados y obsesionados con un único poder, el del ejecutivo federal o el de los gobernadores omnipresentes, omnipotentes y muy, muy abusivos.

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20 años después

Conmemoramos el 29 de diciembre del presente año, el vigésimo aniversario de la firma final de los acuerdos de paz que pusieron fin al conflicto interno armado en Guatemala. En rigor, el conflicto no había comenzado en 1960 como convencionalmente se dice, sino en 1954 con el derrocamiento del gobierno de Jacobo Arbenz Guzmán. En efecto, ese año se sentaron las bases de una confrontación política y social que se agudizaría con los efectos de la revolución cubana en 1959: la doctrina de la seguridad nacional que movió a Washington a apoyar a las dictaduras militares en toda América latina y la radicalización de sectores significativos de la izquierda revolucionaria en dicha región. Guatemala no escapó a esos efectos y el país vivió dos ciclos guerrilleros y dos olas terror estatal que ensangrentaron al país.



Cuando el 29 de diciembre de 1996 el gobierno a la sazón encabezado por Álvaro Arzú y la URNG encabezada por su comandancia general, firmaron el último de los 13 acuerdos de paz que se lograron en las negociaciones -el llamado Acuerdo de Paz Firme y Duradera-, muchos pensaron que comenzaría una era de paz y desarrollo. En realidad poco ha salido de la manera en que lo imaginaron aquellos que pusieron grandes esperanzas en dichos acuerdos. No puede despreciarse el que el país haya terminado una guerra civil, que se haya desterrado a la dictadura militar y que el terrorismo de estado haya dejado de ser la mediación fundamental entre Estado y sociedad. Los acuerdos de paz fueron firmados en un contexto adverso para la insurgencia: el mundo había observado el derrumbe de la URSS y del campo socialista, el modelo socialdemócrata estaba también en crisis terminal y el neoliberalismo avanzaba firmemente. En lo interno la URNG había sufrido una derrota estratégica entre 1982 y 1983, a través de la política de tierra arrasada que impulsó el gobierno de Ríos Montt. También se había iniciado la transición a los gobiernos civiles dejando atrás a la excluyente dictadura militar. Además nunca la URNG tuvo el poderío político y militar que por ejemplo tuvo el FMLN en EL Salvador.



Pese a ello, los 13 acuerdos, nueve de ellos de naturaleza sustantiva, y los 300 compromisos que para hacerlos operativos, fueron un logro importante para empezar a desmantelar las bases del conflicto interno. He escuchado con respeto las opiniones en el sentido de que talvez la insurgencia hubiera podido lograr más en las negociaciones y probablemente las mismas tengan una dosis de razón. Sin embargo, no puede olvidarse el contexto nacional e internacional referido anteriormente. Por ello en lo sustancial pienso que los acuerdos llegaron hasta donde la correlación de fuerzas mundial y local lo permitieron. Veinte años después de la firma de la paz, acaso lo sucedido indica que no basta tener una buena correlación de fuerzas para lograr un buen acuerdo de paz. Es necesario construir también una correlación de fuerzas favorable para posteriormente poder hacerlos realidad.

Y esto es lo que no se ha podido hacer en Guatemala.

Los acuerdos paz en Guatemala, la agenda pendiente

El conflicto guatemalteco arrancó tras el derrocamiento de Arbenz con la instauración de un régimen anticomunista que paulatinamente se convirtió en una dictadura militar, que a su vez incrementó su carácter terrorista. La dictadura militar reprodujo un orden capitalista excluyente sustentado en una enorme concentración agraria, cifras notables de miseria y privilegios asentados en el racismo contra los pueblos indígenas, que constituyen el 60% de la población. Los acuerdos de paz buscaron desmantelar las causas del conflicto que podríamos resumir de manera esquemática en dos: la inexistencia de un orden democrático debido a la dictadura militar y una sociedad marcada por la pobreza, la desigualdad y el racismo. Al igual que en Colombia en donde la negociación de paz entre el gobierno y las FARC ha sido adversada por la ultraderecha, los negociadores en Guatemala tuvieron una oposición proveniente de los sectores que más temían ser afectados: la extrema derecha en las fuerzas armadas y en las cúspides empresariales.

Para valorar los acuerdos de paz, hay que decir que entre los nueve acuerdos sustantivos, seis resultaban decisivos para la resolución del conflicto: la democracia, el retiro del ejército del gobierno, el respeto a los derechos humanos, el respeto a la identidad y derechos de los pueblos indígenas, la solución a la problemática socioeconómica y agraria y el establecimiento de una comisión para la verdad histórica. Dos temas parecen estar irresueltos y provocan que veinte años después de haber sido firmados los acuerdos, la desigualdad social y la pobreza en Guatemala sigan siendo notables. Estos dos temas son la reforma agraria y la reforma tributaria, que habrían de cumplir funciones de redistribución social en el campo y la ciudad.

He aquí el motivo por el cual tras veinte años de haberse firmado los acuerdos de paz, estos siguen siendo una agenda pendiente para el país. Por ejemplo, el acuerdo sobre aspectos socioeconómicos y situación agraria dista mucho de haberse cumplido. El Censo Agropecuario de 2003 evidencia una alta concentración agraria. El minifundio en el que se asienta el 92% de los productores agrícolas del país, en números redondos tiene solamente un 22% de la tierra cultivada, mientras que los grandes propietarios que representan solamente el 8% de los productores concentran el 78% de la misma. Esto significa que la situación después de los acuerdos de paz, no ha variado en lo más mínimo con respecto a la que existía antes del conflicto armado, porque en ésa época el 2% de los grandes terratenientes acaparaban el 62% de la tierra. El resultado es que la desigualdad en el campo guatemalteco es muy grande, como lo muestra un índice de Ginni de 0.84.

No pocos dicen que habría que olvidar los acuerdos de paz y plantear agendas más actuales. Me resulta inmoral olvidar que los acuerdos costaron muchas vidas y dolor humano. Además semejante frivolidad obvia que al incumplirlos, las raíces del conflicto interno están presentes. Estoy convencido que los acuerdos culminados en 1996 siguen siendo el programa de la redención de Guatemala.

Los acuerdos de paz, luces y sombras

Entre las sombras de los acuerdos de paz, se encuentra el que la situación agraria no ha variado con respecto a la que existía antes del conflicto armado. Además Guatemala sigue teniendo una de las tasas tributarias más bajas del mundo. Al firmarse la paz se esperaba que en 2000, la carga tributaria alcanzaría el 12%. La realidad fue que durante años la carga tributaria estuvo abajo del 10% y no sería sino hasta 2013 cuando apenas alcanzaría el 11%. El resultado es la miseria y la desigualdad que se observa en el país. De acuerdo a la Encuesta Nacional de Condiciones de vida de 2014, en Guatemala existen 15.6 millones de habitantes de los cuales el 59% se encuentra en condiciones de pobreza, un 8% más de lo que se había registrado en 2006. La pobreza en el área rural es de 76% y entre la población indígena alcanza el 79%. Los pueblos indígenas son los más pobres entre los pobres: mientras que entre los ladinos (mestizos) la extrema pobreza alcanza el 23%, en la población indígena llega al 40%.

En un balance hecho por el Parlamento Europeo en 2007 se hizo un balance del cumplimiento de los acuerdos de paz y las conclusiones de esa conferencia internacional explican la situación anteriormente reseñada: a diez años de la firma de los acuerdos de paz los avances eran mínimos y esa situación se debía a la falta de voluntad de “los sucesivos gobiernos y de las élites políticas”. Lo fundamental de acuerdo a dicha conferencia era hacer realidad una reforma fiscal y una reforma agraria, las cuales resolverían de manera significativa la pobreza rural y urbana. El mismo cumplimiento del acuerdo sobre identidad y derechos de los pueblos indígenas, dependía de la realización de dichas reformas que facilitarían el cumplimiento del acuerdo sobre situación socioeconómica y cuestión agraria.

Me resulta equivocado decir que a 20 años de la firma de la paz no hay nada que celebrar en Guatemala. La implantación de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) ha significado un cambio en la aplicación de la justicia en el país, decisiva en la lucha contra la impunidad y la corrupción. Las fuerzas armadas hoy han dejado de ser el eje del Estado y el lugar donde se toman las decisiones políticas esenciales para el país, rasgos esenciales de la dictadura militar. El terrorismo de estado no es ya el arma esencial de la dominación en el país. El problema radica hoy en la debilidad del sistema de partidos políticos y la corrupción que impera en el sistema judicial y el poder legislativo. Lo anterior, sumado a la penetración del crimen organizado en el Estado ha dado como resultado una democracia de muy baja calidad. La violencia delincuencial es rampante y la violencia que le abre paso a la salvaje acumulación neoliberal (los megaproyectos por ejemplo) ha ido sustituyendo al anterior terror contrainsurgente.

He aquí pues algunas de las luces y sombras de los acuerdos de paz.

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