Sociedad

Probar y ser más felices

Investigadores de la Universidad de Nueva York y de la Universidad de Stanford hicieron un estudio a partir de una muestra de 2,844 jóvenes que cuatro semanas estuvieron desconectados de Facebook, para ver qué pasaba con sus vidas, en particular la salud y el bienestar individual.

Los participantes, dice el estudio, fueron jóvenes “bien educados y con tendencias a la izquierda en comparación con el usuario promedio de Facebook” y sólo se incluyeron a personas que dijeron estar en Facebook más de 15 minutos todos los días. Los investigadores asumen que no se trata de una muestra plenamente representativa.

De los resultados de este trabajo da cuenta el artículo “Sin Facebook, menos informados, pero más felices”, de Hamza Shaban, publicado en The Washington Post. Después de cuatro semanas de estar desconectados de Facebook hay evidencia para sostener que sí se altera el comportamiento y el estado mental de los jóvenes.

Los participantes del estudio, de un lado, pasaron más tiempo fuera de la web, vieron más televisión, socializaron más con la familia y amigos y, de otro lado, estuvieron menos enterados de las noticias y de la polarización de la opinión pública. De manera general vivieron una pequeña, pero significativa mejora en su felicidad y en la satisfacción de sus vidas.

El estudio, dicen los investigadores, “ofrece evidencias experimentales como no se había conocido hasta la fecha sobre la forma en que Facebook afecta una serie de variables de bienestar social e individual”. Esto sin dejar de reconocer, dicen también los investigadores, que Facebook ofrece grandes beneficios a sus usuarios.

De la investigación se deriva también que los usuarios de Facebook están en las redes sociales más de lo que necesitan, se genera adicción, y que no tener acceso enfría sus posiciones partidistas y su uso las polariza. Los responsables del trabajo señalan que los resultados deben tomarse con “cautela” en razón de que no es una muestra plenamente representativa.

El artículo termina haciendo una invitación a una reflexión personal sobre el uso de las redes sociales y propone responder a cuatro preguntas: ¿Para qué usamos las redes? ¿Qué beneficio nos aportan? ¿Cuánto tiempo pasamos al día en ellas? ¿Qué pasaría si dejamos de usarlas? Probemos un día sin redes para ver si somos más felices.

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La investigación completa se dio a conocer el pasado 11 de febrero y se puede acceder a ella en el portal de investigación de acceso abierto SSRN y se publicó como documento de trabajo de la Oficina Nacional de Investigación Económica.

Twitter: @RubenAguilar

El mayor problema que el papa ha encontrado en su lucha decidida contra la pederastia han sido los obispos. Ellos por diversas razones, todas inadmisibles, han protegido a sacerdotes que abusaron de niños y niñas.

Los presidentes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo están citados del 21 al 24 de febrero a una cumbre en Roma, para tomar medidas que rompan con ese comportamiento y que garantice la erradicación de la pederastia en la Iglesia.

El papa con esta reunión se propone establecer un punto de inflexión en la manera que los obispos y el conjunto de la Iglesia ha tratado este gravísimo problema. Se quiere haya un antes y un después a partir de la reunión.

En la agenda está el establecer una política común en toda la Iglesia para hacer frente a este tema que implica, entre otras cosas, prevención, transparencia, denuncia a la policía, suspensión del sacerdocio y reparación del daño.

Los asistentes van a ser entre 120 y 140 obispos presidentes de las Conferencias Episcopales de sus países. Las de rito latino suman 113 y hay que añadir las de otros ritos como los maronitas en Líbano y algunos ortodoxos en Oriente.

Según Giovanni Maria Vian, director de L'Osservatore Romano "el asunto de los menores es muy serio, y el papa lo quiere afrontar de manera eficaz y global (...) Al papa le importa que toda la Iglesia vaya junta y afronte de manera unida y positiva la protección de los menores, que es el gran escándalo de los últimos tiempos".

A mediados de diciembre, de cara a la reunión de febrero, el Vaticano bloqueó las primeras decisiones sobre esta materia por parte de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos porque se quiere, esa es la razón, homogeneizar los criterios y las medidas a nivel de toda la Iglesia.

La comisión organizadora del encuentro está integrada por los cardenales Blase J. Cupich y Oswald García y los arzobispos J. Scicluna y Hans Zollner, que fueron directamente elegidos por el papa.

En su primera comunicación se pide, debe entenderse como una orden, que los presidentes de las Conferencias Episcopales, antes de hacerse presentes en Roma, tienen que encontrarse y dialogar con las víctimas en sus países. Esto, dice el Vaticano, "es una manera concreta de poner a las víctimas primero y darse cuenta verdaderamente del horror que han vivido".

Los organizadores dejan claro que el propósito de la reunión es establecer una política, para toda la Iglesia: "Mientras no haya una respuesta completa y comunitaria, no solo no lograremos curar a las víctimas supervivientes de los abusos, sino que la credibilidad de la Iglesia para llevar a cabo la misión de Cristo estará en peligro en todo el mundo".

Twitter: @RubenAguilar

Mundo Nuestro. Si están presentes el día de la Candelaria en el templo de San Juan Ixtenco entenderás porqué el maíz es el alma de este pueblo otomí plantado en la falda de la Malinche tlaxcalteca. Y tendrás también idea de lo que significa preservar las tradiciones. Y más, comprenderás lo que los productores de maíz han logrado con su trabajo de siglos en la conservación de la biodiversidad genética del más importante cultivo que mesoamérica ha legado al mundo.

Valen entonces estas imágenes y fotografías de lo ocurrido el sábado 2 en la ceremonia de la bendición de las semillas en el atrio del templo de San Juan Ixtenco.



Las semillas y las flores en los canastos dispuestos para la bendición.

Bendición de las semillas en el atrio del templo de San Juan Ixtenco, en Tlaxcala.



Preservar el maíz y las tradiciones. Una familia antes de la ceremonia.



Los hombres jóvenes también participan de la ceremonia.

Cornelio Hernández Rojas: "El maíz es el alma de los campesinos otomiés".

Don Andrés, productor maicero y artesano creador de retratos y arcos monumentales con semillas producidas en su parcela.

Arco con escenas del evangelio y adornos florales elaborado por el artesano Andrés.

El ingeniero agrónomo Jesús Sánchez conversa con el campesino Cornelio Hernández Rojas, organizador de la feria del maíz en la primavera.

Soy buscadora

En la película Bohemian Rapsody, Freddie Mercury dijo algo que me ha hecho eco varios días después. Algo así como, “no soporto los tiempos intermedios” mientras dialogaba íntimamente con alguien sobre el dolor que esto le causaba. Me sorprendió constatar que hasta Freddie Mercury, Marx, Krishnamurti, Madonna o Bill Gates tienen que lidiar con los tiempos entre una cosa y otra… con lo difícil que resulta saber qué hacer con nuestra existencia

Me asombra darme cuenta de lo mucho que esto resuena en mí. La dificultad con la que algunas veces me topo al hacer frente a lo cotidiano de la vida, a los tiempos entre un acontecimiento y otro.

Hablo de los entretiempos entre el fin de semana que haré tal cosa, y la fiesta de no sé quién que está por llegar. O los días entre un viaje y otro; entre una comida y otra con algún ser querido. La víspera de las navidades, las vacaciones del siguiente puente, los cumpleaños, los festejos, las graduaciones, las bodas, las idas a los espectáculos, a los restaurantes, y demás lugares especiales.



El tiempo entre una meta y otra por cumplir. Los días entre algún maratón, carrera o triatlón que lograr y la siguiente hazaña.

Los días entre un sueño y otro que perseguir. Desde que nacemos hasta que nos damos cuenta, con suerte para algunos; antes de llegar a viejos, vamos tras la próxima meta por alcanzar, el siguiente evento al que asistir, el otrora lugar por conocer, el próximo hijo que tener, el siguiente puesto laboral que escalar…

Ahhhg! Lo escribo y puedo sentir en mi cuerpo una sensación de excitación que me recorre. No puedo negar que esa excitación es la que me vuelve adicta a los logros.

Tomo nota de cuánto --al menos yo-- me he acostumbrado a vivir de esta manera. Esperando algo por venir, cumpliendo nuevas metas, conquistando peldaños que añadir a mi curricular existencial.

¿Cuándo aprendí a vivir así? ¿En qué momento de nuestra existencia quedamos atrapados entre tantas y tantas “metas” que alcanzar? ¿A dónde quiero llegar? ¿Realmente existe un sitio en el que podré descansar?



Habrá quien a estas alturas se esté revoloteando en la silla mientras lee estas incómodas preguntas y añadirá para sus adentros que la naturaleza del ser humano es “superarse.”

Me considero una “buscadora”, y hace poco alguien me confrontó cuestionándome que mi afanosa búsqueda era una trampa más en mi carrera por hacer y hacer… Me molesté mucho, pero después me tomé en serio ese comentario.

Vivimos en una cultura donde nos hemos tragado completa la idea de que lograr metas y proyectos es la mejor manera de demostrar cuán valiosa es nuestra existencia. Cuantos más logros, mayores metas, más admirable se vuelve nuestro andar.



Un don nadie, es algo que ninguno de nosotros aspiramos a ser…

Y así, entre una meta y otra se nos va la vida. Donde los tiempos intermedios, – volviendo a la frase que me resuena -resultan dificiles de sobrellevar. Esos tiempos donde parece “que no ocurre nada.” Esos tiempos donde nos bañamos, donde nos vestimos, donde nos alimentamos en nuestro hogar a solas o de prisa parados metiéndonos la comida lo más rápido posible (porque no hay tiempo para disfrutar). Los tiempos horrorosos del tráfico donde estamos “detenidos” por instantes que parecen eternos. Los tiempos de espera en el banco, en la fila del súper, en el Starbucks pidiendo café. Los tiempos en los que esperamos a que nuestra pareja se termine de alistar. Los minutos fuera de la clase de algún hijo. El tiempo de comprar comida, de cargar gasolina, de ir al baño, de lavarse lo dientes, de hacer tareas, de caminar hacia la parada del camión. Los tiempos de insomnio, los minutos antes de levantarse de la cama, las horas de espera en el aeropuerto.

Los tiempos insoportables que buscamos llenar con nuestro teléfono al lado. Un like, un whatssap, o un mensaje. ¡Que ocurra algo!

¿Por qué es tan difícil detenerse? Parar por unos instantes y notar que lo que vamos dejando en esta carrera es la vida, nuestra existencia, que no volverá, que se irá no importa cuánto hagamos mientras dure…

La vida va ocurriendo entre estos tiempos intermedios y las metas que nos vamos imponiendo. Una tras otra, tiempo tras tiempo, meta tras meta.

¿Qué nos queda? La presencia. En ella no hay metas, porque las metas pertenecen al reino del futuro. No hay logros ni esfuerzos porque en el presente lo que es, está completo como está.

En ella, un simple baño de agua caliente sirve para notar con todos los sentidos el roce del agua en cada una de las partes del cuerpo. En la fila del super hay gratitud por la providencia divina de ese momento, la prueba es lo que hay delante de ti. En el tráfico existe la oportunidad única de ejercer la virtud de la paciencia.

No hay ningún lugar a donde llegar; no existe ninguna meta que cumplir. Todo nos ha sido dado por gracia divina sin que tengamos que hacer mucho salvo darnos cuenta.

Que los tiempos intermedios se vuelvan cada vez más habitables, que las metas y los logros no empañen tus ojos a tal grado que lo cotidiano se vuelva chocante.

Que bebas cada instante a sorbos… con la consciencia de que esta taza es la única que hay…

De mi vida diaria en la ciudad de México

Hace un rato que no escribo los acontecimientos de mi vida diaria en la CDMX, así que ahí les va uno:



7:00 AM. Iba yo empezando mi día Godínez. Amanecí ligeramente nerviosa y no sabía por qué, así que me puse a escuchar un poco de Cartel de Santa para amenizar mi caminata al transporte (cada quién tiene sus rituales). Unos pasos antes de acercarme a recargar mi tarjeta me viene a la mente: “Mierda, ojalá traiga mi tarjeta porque no traigo un puto varo” Y, efectivamente, no traía ni mi tarjeta y no más de cincuenta centavos que sabía que no servirían de nada.

Para todo esto tenía dos opciones: regresar a casa (esto incluía caminar de ida y de regreso), despertar a Luis y pedirle que me prestara $11 (dado que debo tomar metro y metrobús para llegar a trabajar), o dedicarme a pedir, persona por persona, un poco de dinero para el pasaje.

Opté por la segunda opción.



Después de que las primeras 5 personas ni siquiera me voltearon a ver comencé a desesperarme, hasta que vi un wey mamoncito, con su cinturonsito Hermès y unos mocasines, por si no quería pintarse un poquito más de estereotipo, acercarse hacia mí. Proseguí a, lamentablemente, quitarme la capucha, arreglarme el pelo y sonreír con hastío para que el personaje se compadeciera de mí. Dicho hombre sacó un billete de $100 pesos y lo metió a su tarjeta, volteó a verme; me miró de pies a cabeza, para acabar diciendo: “Te ves muy mal pidiendo dinero, ponte a trabajar, mugrosa”. y se fue, regocijándose en sus $100.

No tenía ni ganas ni tiempo de responder a tan “ofensiva” acusación, sin embargo, aún no tenía dinero para el pasaje y eso era, al final, lo que importaba.

Fue entonces cuando llegó un señor de aproximadamente 70 años y se acercó a mí. Me preguntó qué necesitaba y le dije, con muchísima pena, que había olvidado el dinero de mi pasaje. Entre él y, lo que yo supondría era su hijo, se pusieron a buscar monedas hasta que dieron con esos once pesos que harían que continuara mi trayectoria. Les agradecí enormemente y prometí que lo pagaría de regreso.



Una vez dentro del vagón volví a ver al cabrón del cintursonito. Admiré cómo una de las mini-revoluciones que se dan dentro del vagón para mujeres lo sacó por no querer irse al de hombres.

Esta vez hasta me quité los audífonos para poder gritar: ¡Sáquenlo! ¡Sáquenlo! Y regresar a escuchar, ahora, un poco de ska (ya saben, pa’ inspirarme).

A lo lejos me aseguré que su camino no continuara por unos minutos aunque sea.

Mientras escribo esto me encuentro en un Oxxo depositando 50 pesos a la tarjeta de metrobús del señor Agustín, para que su camino también siga.

#soybuscadora

Sobre mi y los motivos para hacer esta columna.

¡Hola por primera vez lector! Te doy la bienvenida a este espacio de letras e ideas, donde espero podamos encontrarnos una y otra vez, entre conceptos, confesiones, vivencias y formas de percibir esta aventura llamada vida con todo lo que conlleva.



Se me hace justo comenzar diciéndote quien soy, toda vez que mi clara intención tiene que ver con establecer una relación de conexión contigo que estás del otro lado de las letras.

¿Quién soy? Es la pregunta filosófica más compleja de responder, y ciertamente, una duda a partir de la cual empecé una profunda búsqueda con la firme intención de descubrirme.

Diré, para efecto prácticos, que lo primero, es que soy una eterna buscadora, una buscadora de la vida, de la paz, de la felicidad y de la verdad espiritual. Sé también, que soy una mujer que yace en esta tierra desde hace 38 años, que quizá puedan parecerte pocos, o muchos, según tu propia referencia. A mí me parece que han sido los suficientes como para haber vivido muchas de las cosas con las que algunas mujeres soñamos. Estudiar dos carreras profesionales, casarme y formar a una familia, viajar por algunos lugares exóticos, ser una afanosa madre de tres críos, amar a un hombre (bueno a varios en diferentes momentos), realizar diversas actividades físicas que me impliquen algún esfuerzo descomunal como correr maratones, hacer crossfit, nadar; irrumpir en mi cuerpo a fin de encajar con lo que hoy en día se considera belleza; realizar labores altruistas; indagar sobre mi consciencia espiritual, estudiar psicología, desarrollo humano, psicoterapia Gestalt, corporal, teatro, cocina, sobre plantas sagradas, escritura y hasta costura. Escribir poesías, meditar de varias formas con diversos maestros, y emprender varios negocios con sus debidos éxitos y fracasos. En fin, creo que, a mi manera, he buscado afanosamente por todos lados…

También de las crisis más dolorosas he aprendido suficiente, de los momentos más dolorosos de mi vida han surgido inesperados regalos, de las situaciones más cotidianas he aprendido el valiosísimo acto de agradecer por todo cuanto existe a mi alrededor; de los descalabros amorosos más estruendosos he aprendido a apreciar lo valioso que es abrir el corazón y lo prudente que es saber a quién entregárselo. Estoy convencida por experiencia propia que la capacidad de resiliencia de nuestra condición humana supera cualquier infortunio… y en mi incansable búsqueda de la felicidad he encontrado algo mucho más valioso… la decisión de abrazar la vida tal y como es…

¿Cuál es mi intención al escribir esta columna? Compartirme, compartirme contigo con la ilusión de que nuestro encuentro nos sane en una mutualidad causal en donde nuestro espacio de encuentro sea compartir una parte de la realidad que percibimos. Si has llegado hasta aquí y sigues leyendo, es porque una parte de mi consciencia se parece a la tuya; y tú y yo sabemos en el fondo (aunque no me creas) que la conexión a través del amor mueve al mundo.



Espero que te sientas acompañada, identificada, comprendida, cada vez que eches un vistazo por aquí. Me gustaría que recuerdes cada vez que lees algo de lo que aquí encuentres; que te llevas a ti contigo, como yo he aprendido a llevarme conmigo.

¡Bienvenida de nuevo! Y que sea este un espacio infinito para el encuentro.

Vida y milagros

Dicen quienes saben de psicología que el rol de los padres con los adolescentes es ponerles límites y aceptar que en ese tramo de sus vidas serán su oposición y su límite; los padres no van a ser muy queridos y populares en esa etapa, pero si deben lograr que sus hijos los respeten si quieren darles herramientas para entender las normas y las consecuencias de saltárselas. Rebelarse o desconocer a la autoridad es normal en un adolescente. La madurez llega cuando se acepta y se reconoce que hay límites. Después de lo sucedido en la explosión de Hidalgo solo podemos pensar que somos un pueblo infantilizado o en su más temprana adolescencia, apenas en la transición de pasar a ser un pueblo adulto. Somos un pueblo que apenas empieza a conocer las reglas y la necesidad de respetarlas. No sé si en algún momento de nuestra historia reciente fuimos distintos, por convicción o por la fuerza. No sé si es que ya somos muchos y no dio tiempo de que creciéramos en saber y gobierno de manera armoniosa.



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No encuentro otra manera de entender la tragedia anunciada por horas en la explosión de la semana pasada, con su enorme saldo de muertos de todas las edades y diferentes ocupaciones, como la del maestro de una primaria.



El testimonio de un soldado no deja lugar a duda de que algo está perdido en México con la autoridad y los límites:

"Les advertimos que era muy peligroso oler los gases que desprendía la fuga, que todo podía explotar. No nos hicieron ningún caso e incluso algunos empezaron a estar agresivos. La gente jugaba y se mojaba con la gasolina."



"Las mujeres y los niños también iban y venían con bidones. Primero eran pocos, luego eran cientos"

El testimonio de una persona de la comunidad que tiene un puesto de barbacoa dice:

"La gente solo quería un poco de gasolina para sus carros".

Con esos simples testimonios arma uno la película del porqué de la tragedia.

Hubo cero credibilidad a la advertencia reiterada de una autoridad.

Hubo cero respeto hacia la autoridad misma.

Hubo burlas hacia la autoridad que les advirtió del riesgo.

Hubo irresponsabilidad total de los adultos ante un riesgo manifiesto. Tanto que los niños iban y venían con cubetas o bidones. Sus familiares los colocaron en una situación de riesgo extremo.

Imperó la fuerza de la masa y no la fuerza de la ley y la razón.

La autoridad no se atreve a aplicar la legítima fuerza, aunque se trate de salvar vidas. Saben que sus vidas corren peligro ante la debilidad numérica.

En medio de la ya larga historia del huachicol, no ha habido una eficaz y continua comunicación social desde el gobierno para señalar los riesgos a los que se expone la población cuando se acercan de manera voluntaria a una fuga de gasolina, ni de la conducta culposa de los adultos que acercan ahí a los niños-

Adolecer es padecer o carecer de algo. Y sí, aquí faltó todo. Faltó por completo la conciencia de peligro de toda una comunidad ante un derrame de 30 metros de altura de gasolina. Faltó la credibilidad de la ciudadanía ante los llamados de alerta de la policía y el ejército, y sobre todo, faltó que la autoridad pudiera hacerse respetar ante el inminente peligro.

No sé a ustedes, pero a mí me sorprende la forma de minimizar la responsabilidad ante lo acontecido. "La gente solo quería un poco de gasolina para sus carros".

Señor: la gasolina explota. Si la autoridad le advierte del riesgo, aunque no quiera, se detiene. En masa es fácil ignorar a la autoridad. La cultura del manejo de riesgo fue inexistente. Las tragedias se suceden unas a otras y luego se olvidan sin dejar lecciones.

La pregunta que nos tenemos que responder es cómo volver a poner límites entre lo que queremos hacer y lo que podemos o debemos hacer,

Todos los límites hacia la autoridad, por las razones que gusten y manden, están completamente borrados en México. Ni siquiera importa si los límites son para protección de uno mismo o los demás.

La autoridad y la ley al parecer están para ser transgredidas, no respetadas. Las señales de alerta no han sido atendidas ni comprendidas. En el caso del saqueo de gasolina han sido más que evidentes:

Las explosiones y muertes por ordeña de ductos de gas y gasolina han ido al alta y no a la baja.

Las gasolineras que han comprado por años combustible robado han sobrevivido impunemente.

El enriquecimiento ostentoso del líder de Pemex ha paseado por las redes sociales sin que nada lo afecte y las complicidades en Pemex han sido muy bien descritas por Ana Lilia Pérez Mendoza en sus libros Pemex RIP y El Cártel Negro.

El mensaje es muy claro: si usted puede transgredir, hágalo. Su porcentaje de sufrir consecuencias es mínimo. ¿Qué tanto es tantito? A saber.

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¿Por qué llegamos a esto? ¿Cuánto tiempo para llegar al absoluto desprecio por el estado de derecho? ¿Cuánto para no saber ni medir que estamos atentando contra nosotros mismos? ¿Cuánto tiempo para volver a construir un mínimo respeto a las reglas que nos hacen posible convivir en paz? Para eso y no otra cosa son las leyes. Son los mínimos para poder vivir en sociedad.

Hoy la falta de estado de derecho es la principal carencia de nuestro país.

Dice mi hermano Carlos en el chat: "El no respetar las normas mínimas es un problema de país adolescente que solo arreglarán los años"

Cuando un adolescente falla y sufre graves consecuencias, son los padres los que deben preguntarse primero en qué fallaron.

Están bien las preguntas que hace el presidente López Obrador y que el Estado mexicano en su conjunto debe responder: "¿Cómo y por qué pasó esto?"

No concuerdo en que la gente estaba juntando gasolina solo por necesidad. Lo estaban haciendo porque el vacío de autoridad lo permite. Decir lo contrario es darle rienda suelta al caos. Minimizar la responsabilidad de los adultos involucrados en el accidente no ayuda en nada. Hacer a un lado que ignoraron a las autoridades, tampoco.

No podemos caer en la tontería de que esto pasó para agredir a la 4T, o por incapacidad del nuevo gobierno, ni en la simpleza de que las víctimas solo querían un poco de gasolina para sus carros. Nada de esto es ya casualidad.

Una explosión enorme sucedió en Puebla en enero del 2010 y dejó 30 muertos. En este caso las víctimas vivían cerca de un ducto que explotó en una madrugada, mientras aún dormían. Pero nadie respondió entonces desde las instituciones del Estado mexicano el cómo y el porqué de esa explosión. El escenario para estos desastres estaba montado desde mucho antes. Ordeña de ductos, asentamientos irregulares a la orilla del río, un río que se volvió de fuego porque estaba contaminado con gasolina. Ausencia de estado de derecho e impunidad.

La clave está en escuchar a los que han estudiado el tema de la impunidad y se han tomado el trabajo de plasmarlo en libros y documentos duros. Está en buscar y escuchar las respuestas, aunque nos lleve años construirlas. Nada exitoso se construye en un país por decreto.

Mientras tanto, creo que es fundamental difundir hasta el cansancio por parte del gobierno que ignorar o no escuchar las recomendaciones de las autoridades y de protección civil, específicamente en los casos de derrames de gasolina, sí ocasiona la muerte. Es importante difundir que lo que sucede a los niños en casos como el de la explosión de Hidalgo sí es responsabilidad de los adultos que los tienen bajo su cargo.

En México hemos aprendido mucho de los temblores y se han difundido extensamente los protocolos a seguir cuando tiembla. Aprendimos y se han salvado muchas vidas. No sé si lograremos generar una cultura de protección civil alrededor del fenómeno del derrame de gasolina que ocasiona el robo de combustibles. Detenerlo no va a ser fácil. Evitar, como sucedió en Hidalgo, que cerca de mil personas se acerquen llevarse una cubeta de gasolina, sí puede ser posible.

La sociedad requiere recibir información útil, dura y puntual. Todas las campañas de propaganda salen sobrando.

Vida y milagros

La semana pasada acompañé mis ratos de traslado en coche con un disco que tiene parte de lo mejor de la música que Ennio Morricone ha compuesto a lo largo de su extraordinaria vida. De ahí me brinqué a escuchar el disco de Cinema Paraíso, y ahí sigue, metido en el viejo tocadiscos de una camioneta que me permite cambiar los discos a mi antojo, a la antiguita. Así anduve, embriagada con su música, que no solo de alcohol, amor o conversación se embriaga uno.



Ayer, en el chat que mantengo con mis cuatro hermanos, Carlos preguntó cuál sería la última canción que querríamos oír antes de morir. Daniel dijo que él oiría Hey Jude. Carlos se fue por el clásico Nessun Dorma cantado por Pavarotti. Ángeles no ha contestado porque como adora la música, le rinde culto a lo perfecto y dudar es lo suyo, debe seguir pensando, aunque yo creo que sería a Mozart, su bolero preferido o la tercera de Mahler. Sergio se puso a hablar del huachicol porque no vio la pregunta, y un día después contestó que el concierto de Shumann para piano y orquesta en A menor. Tiene razón, es divino. Yo no había entendido bien la pregunta y pensé que era música para los días finales y no la última canción, así que les dije- "Depende de qué tan largo sea el final". Pensé en Mozart, en Chopin, en el apasionado y complejo Lizst, fuí a dar hasta Manzanero y de ahí a "No puede ser" cantada por Plácido Domingo; recordé el Agnus Dei de Jenkins y de pronto oí mentalmente el clarinete de la canción de amor de Cinema Paraíso. Con esa anduve silbando ayer toda la tarde mientras caminaba por el campo.

Y, cosas de la vida, ayer en el teléfono me apareció la noticia de que Ennio Morricone daría su último concierto y se retiraría de la vida pública. Nunca de los nuncas debemos dar las cosas por dadas, pero eso es exactamente lo que hacemos. Ennio Morricone y su música han estado en mi vida casi toda la vida. Alguna vez, no hace mucho, lo vi dirigir un concierto. No supe definir su edad, pero de verdad que la belleza es subjetiva, porque por lo menos una cena con velas con ese señor sí que se antojaba. Pues en ese concierto que dirigió en la Plaza de Venecia y que ya reencontré en You Tube, Morricone andaba ya cerca de los 85 años. Oír que va a desaparecer de la vida pública lo tomé como un golpe, como si uno de mis seres queridos me estuviera cortando de su vida, así nomás, por decisión unilateral.

Me fui a buscar sus datos. Qué poco sabemos a veces de las personas que están ahí durante años, dadas por dadas.



Ennio Morricone nació en Roma el 10 de noviembre de 1928. Noventa años. Hijo del músico Mario Morricone, Ennio estudió música y empezó a tocar la trompeta desde muy pequeño. A los seis años compuso su primera obra. Era precoz, y a los 12 años fue inscrito por sus padres en el conservatorio, donde terminó en seis meses un programa de estudios diseñado para cuatro años. Su diploma de trompetista lo recibió en 1946. Estudió también orquestación, composición y muchas cosas más, y a partir de ahí inició su carrera pública y profesional. Trabajó como escritor fantasma componiendo música que se atribuían compositores ya famosos. En 1956 se casó con María Travia, y sigue con ella hasta la fecha. Un hombre de otro siglo, otros tiempos.



Empezó a trabajar de manera abierta en los arreglos de otros compositores y se dio a conocer al componer música de fondo para el radio de manera independiente, hasta que Sergio Leone, su amigo de la infancia, lo invitó a componer la música de sus famosas películas del viejo oeste americano, Por un puñado de dólares (1964) fue la primera, y en 1966, compuso la música para El bueno el malo y el feo. Creo que eso fue lo primero que escuché de él. Durante toda la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI su música y su presencia han estado ahí. Compuso, orquestó y dirigió de manera extraordinaria para muchísimas series y películas. Es un músico cuya obra ya forma parte del patrimonio musical de la humanidad. No se perderá con el tiempo, se perderá cuando la humanidad se pierda a sí misma. Sus composiciones para Days of Heaven (1978), La Misión (1986) y Cinema Paradiso (1988), han sido catalogadas como obras maestras. Su versatilidad se extiende a multitud de géneros, pero en particular su música sinfónica y coral se impone.

La música de La Misión te eleva.

La de Cinema Paradiso te cautiva, te enamora.

La de El Cartero te revive sentimientos de adolescente.

Me gusta mirar las firmas de las personas y buscar su alma en ellas. Su firma es pura, clara y ascendente.

Ennio ha decidido retirarse. Me ha dejado triste saberlo, aunque en realidad no puede retirarse alguien con tamaño legado. No se retira, pensaré, solo se guarda a esperar en paz el momento de escuchar su última canción. Ahí estará cerquita, en el CD del coche o con su mano elegante en el concierto de Venecia.

¿Una última canción? Desde luego, si se vale hacer trampa, yo escogeré varias y seguramente las mezclaré indistintamente en el desorden propio de una mente que sale de viaje, aunque éste sea el definitivo. Tendré en la memoria el sonido de su clarinete o el trocito de un coro cuando me toque imaginar, aunque ya no escuche, mis últimas canciones. No puedo elegir solo una, me tomarán por asalto algunas, y una será de él.