Sociedad

Mundo Nuestro. La revuelta cívica en Tonatzintla esta semana tiene dos acontecimientos para recibir al nuevo gobierno que arranca este lunes 14 de octubre. El primero lo anuncia en rueda de prensa el movimiento Todos por Tonantzintla, que acusa al alcalde saliente Leoncio Paisano por la destrucción del patrimonio cultural de Tonantizntla.



No hay texto alternativo automático disponible.

Y luego el domingo por la mañana se plantan ante su templo para denunciar los graves errores técnicos que ocurren en los trabajos de restauración por la empresa contratada por el ayuntamiento y avalada por la autoridad local del INAH. La movilización obliga a los funcionarios del INAH en la ciudad de México a tomar medidas inmediatas: el lunes por la mañana se presentarán los peritos a valorar los cuestionamientos planteados por los pobladores.



La movilización por el templo el domingo 13 de octubre.



El cuestionamiento al delegado del INAH.

EL REGISTRO GRÁFICO DE LOS TRABAJOS CUESTIONADOS POR LOS POBLADORES:

Vida y milagros

Este polvo silencioso, caballeros y damas,

jóvenes y doncellas,



fue risa, talentos, suspiros y poder,

vestidos y rizos.

Este quieto lugar fue una vez una alegre mansión estival,

donde las flores nos deslumbraron y las abejas



recorrieron incansables su circuito oriental,

y un día, todo ello, aparentemente, cesó.



Emily Dickinson, poetisa americana (1830-1886)

Vivir nos deja perplejos, pero más aún la realidad certera de la muerte, que nos espera paciente aunque nosotros no queramos pensar mucho en ella, espantando con la mano cualquier cosa que nos la recuerde. Todo lo que percibimos por medio de los sentidos algún día se convertirá en polvo silencioso, como nosotros mismos.

¿La parte de mí que se está dando cuenta de toda esta vida perdurará? Todos anhelamos la eternidad. La tocamos cuando nos enamoramos, cuando una grave enfermedad nos acecha por un tiempo y luego decide dejarnos en paz y dejarnos vivir por otro rato. La eternidad nos toca cuando el velo de estrellas que cubre la noche nos sorprende con su belleza, cuando tiembla la tierra, cuando explota el Popocatépetl, cuando diluvia y se desatan imbatibles las fuerzas de la naturaleza, cuando miramos los ojos brillantes de los niños, su piel lisa, o cuando muere o perdemos a alguien que fue esencial en nuestras vidas. Es entonces que anhelamos la idea de eternidad. ¿Esa parte de nosotros que percibe el mundo material, existirá cuando nuestro cuerpo muera?

Los científicos dicen que el planeta tiene un suministro limitado de minerales. No hay una fuente externa que dote al planeta, por ejemplo, de hierro. Dentro de nuestro cuerpo hay hierro, una parte del hierro total que hay en el mundo ¿Dónde estaba ese hierro antes de pasar a mi cuerpo y a dónde irá cuando me muera?

Cuando salgo a caminar me encanta ver a las hormigas ajetreándose, sobre todo ahora que llega el otoño y tienen que terminar de abastecerse para el invierno. Siempre me he preguntado qué hacen las hormigas con las hormigas muertas. ¿Tendrán sentido de eternidad? Desde nuestra altura las hormigas nos parecen pequeñas e insignificantes, pero desde un avión el mundo de los seres humanos se ve tan pequeño y disminuido como vemos el de las hormigas. ¿El polvo que rodea a un hormiguero fue antes la cola de una lagartija, el brazo de un antiguo poblador de la zona, el ojo de un poderoso tlatoani o el pedazo de un comal de tepalcate prehispánico?

Cuando termine nuestro ciclo nos reintegraremos a la tierra, nos reciclaremos, nos transformaremos, como dijo Einstein, porque nada se crea ni se destruye ¿Esa parte de nosotros, la que observa, desaparecerá también para quedar convertida en polvo silencioso? Todo cumple un ciclo, las personas, animales, plantas y cosas. Ahí están los corralones de chatarra llenos de coches que algún día salieron flamantes de una agencia con un orgulloso dueño al volante sintiéndose un eterno y feliz dueño del mundo. Algún día, ese objeto del que hoy te sientes feliz poseedor habrá cumplido su ciclo. Ese bebé precioso y tierno, ese árbol, esa joven que se afana arreglándose el pelo, también desaparecerán, y pasarán a ser parte de otro ciclo ¿Nuestro observador interno caduca con el proceso de cese que conocemos como "muerte”? ¿Existe un controlador de mando invisible que trasciende las sustancias químicas de las que estamos hechos para subirse con nosotros al carruaje de la inmortalidad?

Es interesante, aunque sea inútil pensar en esto, porque lo que es, será, independientemente de lo que uno crea. No se va a modificar lo que es porque pensemos que puede ser algo distinto. Y sin embargo uno piensa porque existe. Pensar es una manera de saber que por lo menos hoy existimos. En nuestros pensamientos queremos y anhelamos un carruaje que nos lleve a la eternidad, cuando a lo mejor ya estamos instalados en ella.

¿Nuestra esencia nunca nació y nunca morirá? ¿Será eterna? ¿Qué traemos del pasado en nosotros? Me gustaría saber si el hierro de mi cuerpo proviene de un montón de chapulines, del cuerpo de un colibrí, de la rueda rota de una carreta del siglo XVIII, de una cuchara o de la bala de un cañón, y si en ese hierro algo de sus vivencias he guardado. ¿Será esa una forma de eternidad? ¿O será la que menciona el poeta español del Siglo de Oro Francisco de Quevedo en su poema "Amor constante más allá de la muerte"?:

Su cuerpo dejarán, no su cuidado,

serán ceniza mas tendrán sentido,

polvo serán, mas polvo enamorado.

¿Será el amor que todo lo redime el que nos posibilite ser un polvo u otro? Esa respuesta llegará cuando se detenga ante nosotros el carruaje en el que la posibilidad de la eternidad y nosotros seremos los únicos pasajeros, con la incógnita abierta del polvo que seremos.

Para muchos es tarde, para otros muy temprano. Yo en el insomnio no percibo ninguna hora, solo recuerdo ahora aquél tanque. Voy con mi hermano pequeño dando la vuelta en la esquina y nos encontramos con aquel tanque impresionante, fascinante que avanza hacia nosotros. Infantes que vamos llenos de vida y energía para nuestro encuentro de fin de semana al conocido como " Plan Sexenal" nuestro campo deportivo en el que jugamos fútbol, básquet, carreras, beis, etc. Es nuestro lugar para practicar deportes, jugar y convivir con nuestros compañeros de escuela.
Todos los sábados nos encontramos y jugamos, tambien a veces peleamos o competimos como todos los niños.
Hoy no es igual que siempre. Hay tanques del ejército en las calles y uno de ellos es el que avanza hacia nosotros. Corrimos con miedo y llegamos al parque. Recuerdo que en esos dias mi padre se reunia con otros de sus amigos y vecinos y preparaban comida y otras cosas " como cuando vamos a huelga decían". Mi hermano mayor, yo sabía estaba por ahí, tal vez en algún lugar de la "Normal para maestros" de la que se habla poco. Recuerdo coqueteos en los jardines de la normal, areas verdes abrigando jóvenes. Era una epoca hermosa, pubertad, adolescencia, lo mejor de la humanidad!!! Yo era sólo una adolescente que iba con su balón de basquet para el partido. Era una calle por donde todos los sábados caminábamos para llegar a nuestro parque y de pronto en la esquina aparece un tanque que avanza hacia nosotros como si no existieramos. Corrimos y desde entonces jamás dejamos de correr ante la infamia que se dio en esos días. Era Nuestro parque, lugar de juegos y deportes. Eramos jóvenes pubertos y niños jugando y nos robaron la inocencia, la justicia. Nos quitaron el suelo y la tierra. Nos arrebataron la paz. Era nuestro parque, era nuestro Octubre de lunas blancas y brillantes. Era nuestro Octubre...
Es nuestro octubre y no lo olvidamos...nunca.

La noche sigue aquí. Y yo buscando si todavía existe "El Plan Sexenal" sólo por curiosidad. Recuerdo que estaba cerca del Colegio Militar que en ese entonces estaba cerca de la estación del metro "Popotla". Ya han pasado tantos años que mi memoria se cuatrapea, y esa sí está llena de imágenes. Y sensaciones
En ese entonces yo vivía mi adolescencia en la colonia San Alvaro (entre Claveria y Tacuba. En el Df. Y qué paradoja: mi calle se llamaba "Libertad".

Mundo Nuestro. Emma Yanes Rizo , Doctora en Historia del Arte por la UNAM y colaboradora de esta revista, escribió este texto unas semanas después del crimen de Estado en Iguala, un ejercicio de memoria e historia social y colectiva.

“Superemos Ayotzinapa”, dijo el presidente de la República Enrique Peña Nieto, a unas cuantas semanas de la desaparición forzada de los 43 jóvenes estudiantes normalistas, presumiblemente asesinados, quemados vivos en Iguala, Guerrero. Lo dijo sin que hasta la fecha sepamos, a ciencia cierta, cuatro meses después de lo ocurrido, dónde están: ya sean las cenizas, los cadáveres o la posibilidad de los jóvenes vivos. Una muela de uno de los muchachos, que no fue encontrada en Cocula, ni se ha informado de dónde provino, es lo único que tenemos. De ese tamaño es el horror. Sin cuerpos, al parecer, no hay culpables, no hay delito, mejor el olvido.

Lo que sí sabemos es que a partir de entonces han crecido las protestas sociales, la detención arbitraria una y otra vez de jóvenes estudiantes y la falta de claridad en la respuesta del Estado ante la interrogante del posible vínculo del ejército, por omisión en su actuar o por participación activa junto con el narcotráfico, en la desaparición-asesinato de los jóvenes. De igual manera ha quedado abierta la interrogante de hasta dónde está involucrada la clase política, de abajo hacia arriba, con el narcotráfico en la zona. Según el periodista Héctor Mauleón, Iguala ocupa el primer lugar en el país en la producción de amapola, un equivalente a 17 millones de dólares al año. Increíble creer que esa cantidad de dinero y de producción desfile por el país sin el conocimiento y el consentimiento de los gobernantes y del ejército. Entonces para qué están.



“Superemos Ayotzinapa”, pero sin culpables claros y sin justicia, porque los procesos legales se llevan su tiempo, parece ser hasta ahora el mensaje presidencial, mientras tanto superémoslo. Y con ello pone el dedo en la llaga de la función medular de la historia: la memoria y el olvido.

En el mundo contemporáneo el por qué y el para qué de la historia resulta un asunto de vital importancia para los grupos dominantes y el Estado que busca con su interpretación de los hechos justificar su régimen y permanecer en el poder, pero desde luego también lo es para los grupos sociales marginados y oprimidos que buscan en su propia memoria la fuerza para resistir y cambiar su situación, para conservar sus tradiciones y costumbres o para pedir justicia. Qué conservar del presente como memoria histórica y qué eliminar es entonces un asunto de vital importancia. Porque un crimen no aclarado o no castigado desde luego se repite y no se puede opacar con la inauguración de obras públicas, una tras otra, por importante que estás sean. “La memoria, se dice, es perecedera, lo realmente duradero es el olvido”. En ese sentido, la memoria nos da identidad en la medida en que es selectiva, en la medida en que nos ayuda a estar en el presente y nos abre la posibilidad de crear un nuevo futuro colectivo, más democrático, como un sueño posible. Por ello, en el caso de Ayotzinapa, por doloroso que sea, no debemos apostarle al olvido.

Como bien indica Beatriz Cano, “La memoria individual no es la expresión de una realidad interior sino una construcción eminentemente social. La reminiscencia individual es social, pues lo que recoge son episodios de una vida en colectivo, que se desarrolla en escenarios sociales. Las diferentes versiones de la memoria manifiestan conflictos, que adquieren expresión en el momento presente.” Así, el proceso de la memoria forma parte de una realidad social, son los grupos sociales y el Estado los que determinan lo qué se debe y cómo se debe recordar. De igual modo, la imposición de determinadas interpretaciones del presente y del pasado inmediato, es lo que crea la memoria y construye la identidad nacional. Finalmente, el control de la memoria y del olvido es un factor determinante de legitimación del individuo, del grupo social y del Estado.

En el acto de hablar y recordar, nace la identidad cultural de los individuos y de los pueblos.

Por ello, a partir de esta primera colaboración, más allá del análisis político de lo que sucedió en Ayotzinapa y de lo que ocurre en México, que requiere un esfuerzo de análisis interdisciplinario, buscaré tan sólo recordar para la memoria colectiva, quiénes eran esos muchachos hasta hoy desaparecidos-asesinados, jóvenes de carne y hueso, como lo son nuestros propios hijos. Retomaré en ese sentido las ilustraciones sobre los 43 normalistas desaparecidos, del colectivo de artistas que los han inmortalizado en sus dibujos y de la escasa información de cada uno de ellos, hasta ahora publicada.





Ilustración de Víctor Maldonado http://ilustradoresconayotzinapa.tumblr.com/

“El frijol”, Carlos Lorenzo Hernández Muñoz.

Carlos Lorenzo es originario de la Costa Chica de Guerrero, hijo de padres campesinos. Alumno de primer grado de la normal. Según su padre, su anhelo era “ser alguien en la vida”, tener una opción distinta de la de “trabajar en el campo de sol a sol.” Por ello quería ser maestro y entró a la Normal. Era alegre, bromista, jugaba futbol. “El frijol”, le apodaban sus compañeros de juego por su color de piel tostado. “Era tranquilo, no fumaba, ni bebía.” Sus compañeros recuerdan que tan sólo unas semanas antes de su desaparición o muerte había donado sangre a un enfermo en la región de Tixtla. Al parecer ya no está con nosotros. Pero los dibujantes Víctor Maldonado y Luciana Gallegos mantienen viva su imagen.



Ilustración de Laila Cohen/ http://ilustradoresconayotzinapa.tumblr.com/



Mundo Nuestro.La historiadora Emma Yanes reflexiona en torno a estas dos palabras extremas: memoria y olvido. Escrito para esta revista en enero del 2015, lo publicamos en el marco del cuarto aniversario del crimen con el que identificamos la quiebra histórica del Estado mexicano moderno.

Amo mi patria. Los volcanes espléndidos cuando amanezco. Un parque florido. Andar en bicicleta en el Parque lineal, hasta sentir que alcanzo la copa de los árboles. Amo a aquéllos que trabajan por un río Atoyac limpio. A las mujeres de la Sierra Norte de Puebla que bordan a mano las blusas de chaquira y a las que hacen del barro su oficio. La piñata que tuve por árbol navideño. La fuente iluminada de Nochebuenas. El colibrí de aleteo infinito frente a mi ventana. Una niña ya adolescente que se mece dichosa en una cuerda. El maguey que es una diosa y que ofrece esplendida el aguamiel. El muchacho que convirtió una tasa de baño en un jardín. El artesano que todavía hace balones de futbol de cuero. El maíz en sus variables rojo, amarillo y azul y las historias que de él se cuentan. La bendición de una tortilla. Amo las comidas en el jardín y el sol radiante, un poco de sombra bajo el pino. Y el mar: las mantarrayas que brincan entre las olas sin saber porqué, los delfines a un lado de la lancha, una gaviota que se posa en el lomo de una tortuga en medio del océano. Cuántos besos en esta tierra he tenido.

Amo mi patria. Y sin embargo, nos faltan 43. Cuarenta y tres jóvenes desaparecidos, presumiblemente asesinados, quemados vivos, hace cuatro meses, este 26 de enero del 2015. A un año también del fallecimiento del poeta y amigo José Emilio Pacheco, genial y apocalíptico. Pero no sabíamos, en aquél triste día de su muerte, que estábamos en efecto en las puertas del infierno. Inimaginable para él, ni para nadie, el asesinato colectivo. Quizás, me imagino, no lo hubiera resistido.

Ayotzinapa, memoria y olvido. La pelea por la historia.



–La verdad histórica --dirá el procurador de la república Jesús Murillo Karam--, es que los estudiantes están muertos, asesinados por un grupo de narcotraficantes, los Guerreros Unidos, que los confundieron como miembros de otro grupo. Fue un caso atípico.

El hecho histórico, dirán los padres de familia, es que los jóvenes están desaparecidos y que las declaraciones de algunos de los asesinos no pueden ser concluyentes. Más aún cuando no se ha querido seguir la línea de investigación sobre la participación en los acontecimientos de la policía municipal, el presidente municipal y su esposa, así como del gobernador e incluso del propio ejército, que cerró caminos y amenazó a algunos de los estudiantes que lograron escapar. El celular de uno de los jóvenes sonó después del presumible asesinato de los muchachos, dentro de las instalaciones del 27 batallón del ejército. Y no es un caso atípico, dijeron, en México hay miles de desaparecidos. E irán en febrero los padres de familia, campesinos pobres la mayor parte de ellos, a demandar al gobierno de México en las instancias internacionales por la desaparición forzada de los muchachos.

En mi opinión, el hecho histórico es que éstos jóvenes y sus padres no buscaban protagonismo alguno en la historia nacional. Sólo querían ir a un mitin y mejoras para su normal. Nadie hasta ahora duda de su inocencia. Su desaparición, muy probablemente su muerte, destapó sin embargo el gran drama del país: el posible involucramiento del Estado, por lo menos de algunos sectores del mismo, con el narcotráfico. Un sistema de justicia que se tambalea: sin juicios penales contra policías y políticos involucrados en el caso Ayotzinapa y con la impunidad ante los ojos de todos de un Raúl Salinas de Gortari que se pasea en un BMW, para recordarnos quién manda ahora. Pareciera que la imagen certera de la justicia en México, en aquél mural de José Clemente Orozco en la Escuela Nacional Preparatoria, con la balanza de la Ley prostituida, vuelve a repetirse. Porque no es posible que el negocio de la amapola en Iguala, de miles de millones de pesos, desfile por México, sin el conocimiento e incluso contubernio de las autoridades, por lo menos locales.



José Clemente Orozco (1833-1949) La ley y la justicia, 1923-1924 Fresco. Escuela Nacional Preparatoria (Antiguo Colegio de San Idelfonso)



Crimen que no se aclara y se castiga debidamente, se repite, dije en mi artículo anterior. Y sí, ahí tenemos de nuevo al periodista veracruzano Moisés Sánchez asesinado por órdenes del director de la policía municipal de Medellín, Martín López Meneses y por instrucciones del presidente municipal del PAN, Omar Cruz Reyes. Y a los policías del estado de Tlaxcala, dirigiendo a las bandas de secuestradores.

De actuar con justicia en el caso Atoyzinapa, el presidente Enrique Peña Nieto (quizás con minúsculas) puede convertirse en un líder moral, que lo ayudaría incluso a la aplicación de sus reformas, a las que apuesta su popularidad. De lo contrario Peña Nieto pasará a la historia con un pie en la ignominia. Pero no parece importarle, preso en su propio espejo que no lo deja verse a sí mismo, salvo en las declaraciones de sus allegados.

Foto de Emma Yanes Rizo



Amo mi patria. La marcha en la ciudad de México de miles y miles de compatriotas este 26 de enero (a pesar de que estaban cerradas las estaciones aledañas al zócalo y Reforma del Metro y Metrobus), sin mayor objetivo que negarse al horror. Son muy jóvenes las muchachas que una a una, llevan a la altura del pecho colgada a su vez la foto de cada uno de los 43 jóvenes. Y no hay mejor pancarta que aquélla de una figura que busca abrazar un cuerpo inexistente. ¿Dónde están?, las cenizas, las ropas, las mochilas, los teléfonos, algo más que un diente.

Memoria y olvido. Y aquéllos que nunca pensaron entrar en la historia nacional, seguirán vivos. Tal vez como los protagonistas de la rebelión de Tomochic, durante el porfiriato, que inmortalizó el escritor Heriberto Frías. Y un nuevo mural quizás se dedique a su vez a la atrocidad del Estado.

Memoria y olvido. Siempre podremos elegir recordar día a día a los 43 muchachos desaparecidos y a nuestro gran literato José Emilio Pacheco.

(En nuestra siguiente colaboración volveremos a contar la historia de cada uno de éstos jóvenes).

David Alfaro Siqueiros, detalle.

Mundo Nuestro. Publicada en esta revista en febrero del 2015, la reflexión del filósofo poblano Juan Carlos Canales nos ayuda a pensar en la responsabilidad del Estado en la tragedia mexicana.

La memoria no consiste tanto en recordar el pasado en cuanto pasado como en reivindicar esa historia "passionis" como parte de la realidad. Dejar hablar al sufrimiento es el principio de toda verdad. La memoria tiene una una pretensión de verdad, es decir, es una forma de razón que pretende llegar al núcleo oculto de realidad inaccesible a la razón. T.W. Adorno



Más allá de su circunspección a un tiempo y espacio, lo que el caso de la Normal Isidro Burgos nos ha dejado ver es la dimensión más siniestra de la sociedad mexicana, en el sentido que Freud dio al concepto "unheimlich", como aquello que creemos como lo más distante y se revela lo más próximo a nosotros. Por suerte, no toda la sociedad mexicana puede reducirse a esa condición siniestra. Sin embargo, hay que reconocer la multitud de elementos que incidieron para que el 26 de septiembre secuestraran y asesinaran a los normalistas de Ayotzinapa: el matrimonio perverso entre instituciones del Estado con los poderes invisibles de México, la omisión o frivolidad del Gobierno Federal, los modos de operación de los partidos políticos, y las propias condiciones de los normalistas y el Magisterio mexicano. Y también, la falta de confianza de la sociedad mexicana hacia sus autoridades. Sí, sobre todo falta de confianza, entendida ésta como la capacidad de un Estado para disminuir o refuncionalizar los elementos que amenazan el equilibrio social .Como lo señaló Alejandro Guillén en un programa del Territorio del nómada, " lo que Ayotzinapa nos ha dejado ver es que la corrupción mata." ¿Abremos aprendido la lección? No lo sé.

Estoy convencido de que esos muchachos están muertos; acaso, lo que haya que investigar ahora es si todos fueron asesinados por el narco en las condiciones que se han establecido oficialmente, o bien, pudieron haber sido masacrados en días posteriores a la trifulca de Iguala y en otros lugares distintos al basurero de Cocula, e incluso, si participaron directamente en los hechos fuerzas federales, o por lo menos los toleraron. Abrir estas líneas de investigación permitiría esclarecer la situación, demanda principal de la sociedad mexicana.

Lo que es inadmisible es que desde el Poder Ejecutivo se declare el caso como cerrado, igual que lo hiciera en su momento el gobernador Moreno Valle respecto al asesinato de Karla López Albert en Puebla, aunque por supuesto, no se pueden confundir ninguno de los dos hechos en una sola lógica.

Si bien el caso Ayotzinapa no es propiamente un crimen de Estado, tampoco se puede aliviar el peso moral que recae sobre él, al menos como garante último de la seguridad de los ciudadanos.



Amén del pragmatismo político que revelan, las declaraciones tanto del presidente Peña Nieto como del procurador Murillo Karam parecen sustentarse en el fundamento biopolítico del poder, imperante en el mundo contemporáneo, y cuya característica principal es la de reducir la vida del sujeto a su pura condición biológica. De suerte que, sin posibilidad de encontrar las pistas materiales de las víctimas, éstas deben desaparecer, también, del horizonte político. Desde una perspectiva jurídica, a muchos les parecerá obvio y necesario dar por concluido el caso ante los resultados infructuosos de la investigación, pero no así desde una perspectiva ética, lo que a su vez nos plantea la inmensa fractura entre el orden jurídico y el orden ético; el límite de las pesquisas técnicas no agota ni resuelve la dimensión moral del caso. La mayor falla del Estado mexicano no estriba en la competencia técnico- jurídica, sino en su competencia comunicativa: tardar, la Presidencia de la República. casi tres semanas en enfrentar el problema es la mejor muestra de ello.

La demanda " vivos se los llevaron, vivos los queremos" sólo puede ser entendida como una exigencia moral y una metáfora en su dimensión simbólica e imaginaria, gracias a la cuales se reclama el lugar de esas vidas, cortadas de tajo, en el espacio público y en el orden de la memoria, al tiempo que el reclamo por su aparición es la reivindicación misma del espacio político. “Aparecer” según H. Arendt es la condición sine qua non del de la vida política y, desde una perspectiva antropológica, permitirá a los deudos cerrar el circuito de esas vidas, ofreciéndoles una sepultura. “Vivos se los llevaron, vivos los queremos” no encierra otra cosa que el reclamo ciudadano por la rendición de cuentas de sus autoridades; hacer verdaderamente transparente nuestra vida pública.



No hay fórmula para el olvido o el perdón. Nadie puede decretar el tiempo y la validez de un duelo. A nadie se le puede pedir “caminar hacia adelante” cuando todos los caminos se han cerrado; a nadie se le puede pedir “superar el dolor” cuando no hay instrumentos para paliarlo. Nada más misterioso que el modo en que las sociedades se recomponen de los escarnios sufridos. Seguramente hay resentimiento en muchas de las reacciones que el caso de los estudiantes desaparecidos ha provocado, solamente hay que recordar que el resentimiento es consecuencia de un sinfín de afrentas no tramitadas ni resueltas. Max Scheler, en su clásico El resentimiento en la moral definió a éste como una autointoxicación psíquica con causas y consecuencias bien definidas. Es una actitud psíquica permanente, que surge al reprimir sistemáticamente la descarga de ciertas emociones y afectos, los cuales son en sí normales y pertenecen al fondo de la naturaleza humana. (El subrayado es mío).

Ahora lo que está en juego es otra forma de justicia que no es la retributiva; nada devolverá a esos muchachos a la vida; no hay equivalente material que pague esas mismas vidas. La justicia se desplaza, entonces, a un parámetro simbólico, el del reconocimiento de responsabilidades, ni siquiera, quizá, al del castigo por esas responsabilidades, porque en el ámbito de la justicia no siempre sirven las equivalencias. Está en juego hacer transparente nuestra vida pública, hacer visible los poderes opáceos que la atraviesan debilitando todavía más nuestra ya endeble condición democrática. Y sobre todo, reconocer que cada uno de esos muchachos tuvo una vida irrepetible, inalienable, y su muerte no puede reducirse a una estadística, ni a la categoría de "daño colateral". Dar por terminado el caso sólo puede tener la pretensión de ocultar una parte esencial de nuestra historia. No será cerrando los ojos ante la realidad como podamos recomponerla. La autocomplacencia y la falta de autocrítica acaban por convertirse en dos de los males que más amenazan la vida política.

Yo no soy Ayotzinapa. No necesito mimetizarme con el otro para reconocer su dolor, para saber que, en otras condiciones, soy igualmente susceptible ante los poderes de facto que imperan en este país. Reivindico la diferencia, sólo desde ella es que puedo reconocer al otro como otro y trazar- por difícil que sea- un puente hacia él.

Vivos se los llevaron, vivos los queremos.

En algún lugar de Puebla, a 26 de enero del 2015.

(Foto de portadilla tomada de http://www.proyectodiez.mx/)

Mundo Nuestro. Volver a escribir, como en aquel septiembre de 2014, cómo duele esta violencia en México:

¿De dónde esta violencia inaudita? Se vive una guerra civil a fogonazos, y no queremos verla. Hace mucho que el país se levantó en armas, y no para la revolución imaginada en los sesenta, allá mismo en Guerrero, aniquilada sin vacilación por un Estado mexicano implacable y cruel. Cuarenta años después despertamos para comprender que las guerras civiles no necesitan causa. Cómo duele esta noche México.

Ayotzinapa en el archivo de Mundo Nuestro.



Para entender la violencia en México, Ayotzinapa en Mundo Nuestro

Memorias de un poblano en Ayotzinapa

Mundo Nuestro. Guilliaume Ledoux y Manuel Schar se conocieron en el zócalo de la ciudad de Puebla. Uno es alpinista apasionado, experto en los picos alpinos de su natal Francia. El otro es un joven científico de viaje por latinoamérica, y ha iniciado su aventura en la ciudad de México con un curso de español extremo. Guilliaume viaja con su familia, y no desaprovecha oportunidad para trepar las montañas de la tierra que visita. Manuel arranca en Puebla su viaje al sur, que terminará en el 2019 en Buenos Aires. Desde un café imaginan ambos los volcanes que este verano tapa y desptapa de bruma, y el acuerdo es inmediato: se encontrarán a las cinco de la mañana y tomarán rumbo al Paso de Cortés, y que el tiempo decida.

Esta es la reseña gráfica de su viaje. Así han mirado México desde el pecho de nuestra mujer dormida.



Soy Guilliaume Ledoux. Mi trayectoria como alpínista me ha llevado a alcanzar las 82 cumbres de más de 4000 metros en los Alpes, once veces el Monte Blanco, por cierto. También he hecho las 35 cumbre arriba de los 1000 metros del Macizo del Jura, al norte de los Alpes franceses. Vivo en Francia, estoy casado y tengo tres hijos. En México, en este viaje del verano del 2018, me he dado tiempo de ascender al Pico de Orizaba, el Iztaccíhuatl y el Nevado de Toluca.

Soy Manuel Schär, científico suizo de 30 años especializado en nutrición. Con estudios en Ciencias Biomédicas y un Doctorado en Nutrición Humana. He venido recientemente a latinoamérica a aprender español. Mi viaje empezó en México, y seguirá por Colombia, Perú, Chile y Argentina. En el camino me entretengo con la lectura, el alpinismo, las aventuras de viaje, y sobre todo con los amigos que encuentro todos los días.



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La escalada desde el Paso de Cortes (3680m) hasta el pecho de la montaña Iztaccíhuatl (5230m).

Distancia, 31km. Ascenso:1550 metros

Son las 5:45 de la mañana cuando llegamos a Paso de Cortés. Mala suerte, la barrera está cerrada, así que no podremos subir a la Joyita en automóvil, ¡siete kilómetros más a pie, de ida y vuelta! Comienza mal la jornada.

Viajamos estos primeros kilómetros rápidamente en la oscuridad, tan sólo con la luz de nuestras linternas. A nuestras espaldas sentimos todo el poder de Popocatépetl.

Impresionante vista del Popocatepetl al amanecer desde el sendero que va de Paso de Cortés a La Joya. Desafortunadamente la barrera en Paso de Cortés impidió el paso del auto, así que Guilliaume y yo tuvimos que hacer a pie el primer tramo del recorrido, elevando la distancia de nuestra caminata hasta los 31 kilómetros. Las primeras horas en la oscuridad fueron de misterio y regocijo. Sólo las figuras grises de los pinos, el pastizal y las flores. Luego, poco a poco, mientras la negrura nos rodeaba, al sureste, el colorido rojizo, naranja en el cielo, con la magnificencia del Popocátepetl y sus fumarolas.

La vista al valle de Puebla antes del amanecer. (Foto Guilliaume Ledoux)

Dejamos atrás el estacionamiento de la Joyita y finalmente iniciamos el ascenso. Nos sentimos bien, el sol se levanta en el este, de lado de Puebla. El Popocatépetl fuma su cigarrillo mañanero, y parece que es el mejor: lo vemos soberbio y omnipresente.

Ya en los pies. (Foto Guilliaume Ledoux)

A la vista el albergue. (Foto Guilliaume Ledoux)

El viento también está aquí, hace frío, así que en un respiro nos abrigamos más. El sendero es magnífico, avanzamos por desfiladeros que miran un momento al oeste y el siguiente hacia el este. El terreno va cambiando, y en algunos tramos escalamos, pero sin mayor dificultad llegamos al albergue del "Grupo de los Cien".

A las 10 de la mañana alcanzamos los 4670 metros. Nos cruzamos con un grupo de alpinistas que intentó alcanzar la cumbre muy temprano. No lo lograron: “Demasiado viento”, nos dicen.

Precumbres. (Foto Guilliaume Ledoux)

Precumbres. (Foto Guilliaume Ledoux)

Más arriba en un paso nevado y un poco empinado alcanzamos la altitud del Mont Blanc (4810 m). Tenemos que escalar algunos pasos. La montaña se inclina, ganamos altitud rápidamente, sentimos que la cumbre está cerca, y ahora estamos a más de 5000 metros, pero no, todo lo contrario, la cresta es extremadamente larga, es necesario trepar a una especie de pre-cumbre y luego volver a descender para cruzar un glaciar, subir, bajar de nuevo y volver a subir… Parece interminable. Por momentos, nos envuelve el olor a azufre del volcán. La moral disminuye. Por unos veinte minutos mi compañero Manuel va por delante de mí, lo que me permite recuperarme. Cuando recupero el frente. el viento está allí, pero la cima a la que esperamos llegar no, todavía tenemos que cruzar un último glaciar, subir una ladera inclinada…

Manuel Schar y el valle de Puebla al fondo. (Foto Guilliaume Ledoux)

Guilliaume Ledoux fotografiado por su compañero Manuel Schar.

Finalmente, la cumbre.

Pero ya son las 2.30 de la tarde, así que tan sólo un momento para algunas fotos, comer un poco, y ya es hora del obligado retorno.

Mantenemos el ritmo en el descenso. Trepamos y bajamos por los pequeños picos uno detrás del otro; es difícil, pero nos las arreglamos para alcanzar el refugio y un tiempo de descanso. Luego el camino se nos hace más sencillo, y pronto alcanzamos estacionamiento de la Joyita, donde aún tenemos que bajar hasta el Paso de Cortes, hasta el automóvil. Es camino es un poco largo, pero traemos muchos buenos recuerdos.

Al final del día estamos en Puebla, de regreso a una vida normal.

Guillaume Ledoux

http://alpinisme.over-blog.net/

https://www.youtube.com/user/Apoutsiak

Manuel Schar