Sociedad

Vida y milagros

¿No se ha aburrido usted de las campañas? Yo ya. Quién sabe que tanto retorcieron la ley que hoy son más invasivas que nunca, insoportables. El país tomado hasta el último rincón: bardas, postes, radio, tele, cientos de espantosos espectaculares, los periódicos, las redes, todo. ¿Tanto para qué? En un videíto que corre por las redes, una especie de Cantinflas norteño a caballo dice: "Mira mi raza, gane quien gane va a seguir siendo la misma chingadera. Estos cuates bien a gusto. Si hasta amigos son. Aunque el PRI dizque le tira a Morena, Morena al PAN y al PRD y el PRD ya no sabe a quién tirarle, vienen siendo lo mismo mi raza, y la gente ahí viendo como pendejos la tele,- mira este güey, creo que este güey si va a mejorar a México, sí, cómo no. No mi raza....al final ellos se sientan a cenar y se arreglan”.

Ay mi raza, creo que este Cantinflas tiene mucho de razón. Y mientras hay que aguantarse las campañas.



Pausa. Hay que poner pausa y buscar un refugio.

El refugio ideal son los libros. Los nobles libros que nos esperan siempre mientras se defienden silenciosos y leales de la invasión del ruido cibernético. Los libros que nos enriquecen en lo cotidiano y nos protegen de la locura de estas particulares elecciones. El viernes me encontré a un amigo escritor, Alberto Ruiz Sánchez, y me regaló su último libro, Los sueños de la serpiente. Como un antídoto a la toxicidad de las campañas cayó también en mis manos un libro de hace veinte años escrito a cuatro manos por Rafael Pérez Gay y Luis Miguel Aguilar, Cargos de conciencia y Nadie puede escribir un libro. Hasta ahorita que escribo, volví a acordarme de las innombrables (así llamaré en estos días a las campañas y a las elecciones). No he sacado la cabeza de mis tres novedades, del refugio de las lecturas que te van marcando y salvando cuando la vida agobia por una u otra cosa.



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Qué maravilla son los libros. No haría énfasis en particular sobre títulos y autores. Es la lectura en sí la que nos marca, la lectura constante, no de un libro, sino de los distintos libros y las épocas de tu vida en que te llegan.

El primero libro que recuerdo es un libro chiquitito con él nos enseñaban a leer. Al terminarlo ya leía. Un domingo, paseando en coche con mis papás y hermanos leí por primera vez un anuncio luminoso: "Cer-ve-za Co-ro-na". Ese día los aburrí deletreando todo lo que vi al pasar: Lu-cha li-bre, Ci-ne Re-for-ma, pa-na-de-ría, Vo-te por Sa-nen. Cuando aprendes a leer eres otro, y más al comprender lo que lees. El desarrollar esa habilidad es lo importante. Ya tienes un salvavidas.

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Después de aprender a leer me volví una viciosa de la lectura y ella ha sido mi aliada en todas las épocas de mi vida. Crucé la infancia con El Tesoro de la Juventud y todos los cuentos de escritores rusos y daneses bellamente ilustrados que nos regalaron mis papás en una navidad. Me fascinaron todas las historias y los cuentos clásicos, pero también los cuentos de a peso que compraba el domingo. Me marcó el amor eterno de Superman y Luisa Lane. Será porque nunca se casaron. Me marcó que Superman la engañara con la sirena Lory y Superniña. El amor de Superman daba para mucho. No se veía mal que pasara por tantos brazos. Me marcó el vislumbrar que puede no haber un solo amor en tu vida, o tú puedes no ser el único amor en la vida de otro. Me marcó el hecho de que existiera El Club de Tobi en las historietas de La pequeña Lulú y que les impidieran la entrada a las mujeres. Me quedó claro que había que acabar con ese club. Luego descubrí los periódicos que leía mi papá, las tiras cómicas del Excélsior o la columna de sociales de Mimí García Barna en El Sol de Puebla. Ella pasaba de un hecho feliz, una boda o un bautizo, a ponerte a temblar con la frase de "Crespones de luto sobre la familia fulana de tal", para luego soltarte el nombre del muerto motivo de los crespones. ¡Muy emocionante! Me devoraba también la página roja de dicho periódico. La página roja antes venía en la parte escondida de los periódicos y no en primera plana. Se trataba de que no la vieran los niños. En esa página en la que a veces venían envueltos los pellejos que compraba para mi gato cabía todo un mundo desconocido y violento, oculto detrás de la calma de una ciudad aparentemente apacible.

En la adolescencia me atraparon los escritores españoles del siglo XIX que estaban en el librero de mi casa. Pepita Jiménez y Fortunata y Jacinta, dos novelas costumbristas muy largas que, literal, te metían por completo en otro mundo, otra época y en el mundo de los amores imposibles e idiotas.

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Durante la prepa leí la " Rebelión del Atlas" de Ayn Ran, ese que trae el párrafo que me han enviado veinte veces por chat, el que dice que cuando en un país prosperan los que no producen nada, y es dominado por los inútiles y los flojos, ese país está perdido. Después de leerlo te da por fijarte y desconfiar de los que prosperan con rapidez. Leí todos los cuentos cortos que cayeron en mis manos, en particular de escritores rusos y mexicanos. Qué maravilla son los cuentos. Cabe en un cuento el código de un mundo, una emoción compleja o una conducta errática. Después descubrí a Balzac. Mi vida de lectora la divido en antes y después de él.

Estaba olvidando un libro que me salvó de muchos ratos aburridos en la primaria, un libro obligado en el colegio que era una versión que yo llamaría "Lo mejor de la Biblia", titulado Historia Sagrada. Un compendio de lo más divertido e interesante de relatos de amores, traiciones y buenos, malos y pésimos ejemplos, como el de Caín , que mata a su hermano Abel porque le dan celos de la preferencia injusta de Dios hacia él ,o la historia de Dalila que traiciona a Sansón seduciéndolo. Y Judith, que seduce también a Holofernes, enemigo de los judíos, para luego cortarle la cabeza. No entendía entonces lo qué era precisamente "seducir", pero la historia estaba ilustrada de manera que dejaba mucho a la imaginación: Dalila desgreñada, pelo a la cintura, traje de gitana, recostando cariñosamente su cabeza en el pecho de Sansón para sacarle el secreto de que su fuerza estaba en su larga cabellera. Lo "embriagaba", rara palabra, para luego cortarle el pelo y entregarlo a los filisteos para que le sacaran los ojos. Todo era de un maniqueísmo y una misoginia pavorosa. Dios exigía de sus hijos unas pruebas de amor más difíciles de superar que las de un cártel. Ni en la página roja leí tales barbaridades.

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En la Universidad leí El hombre rebelde de Albert Camus, mismo que me borró del panorama la fe ciega que tuve hasta entonces. Camus decía que había que portarse bien con o sin dios por mínima solidaridad con nuestros pares. Aprendí que las religiones las inventa el hombre y nacen del miedo, miedo, supongo yo, a la muerte. Si no hubiera muerte creo que no habría religiones. Liberarme de eso se lo debo a Camus.

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Recuerdo la emoción de la lectura del manuscrito-borrador de Arráncame la vida que escribió mi hermana Ángeles y que me diera a leer, como jugando, para ver qué opinaba yo. Devoré el borrador en un día y una noche. La forma en que tejió todas las historias oídas en las sobremesas de casa de los abuelos alrededor de una mujer entrañable, Catalina, y la forma en que había sabido inventar los huecos de lo que no nos habían querido hablar nuestros mayores, me dejaron conmovida y atónita. Todas nuestras influencias de lectura y de vida estaban ahí: el mundo cerrado y doble de la poblanidad, la tiranía política, la lambisconería ante el poderoso, el abuso de poder, la posibilidad de transgredirlo, de cambiarlo, de rebelarse, y sobre todo la búsqueda incansable de absoluto, de amor y libertad. Pensé que mi madre iba a necesitar las sales cuando viera el libro impreso. Me equivoqué y no fue así. Mi madre entendió que mi hermana había escrito algo realmente excepcional, tan excepcional como lo era mi madre misma. -Mira a tu hermana lo que ha escrito- me dijo- ya ves que siempre ha sido un poco fantasiosa.- Nada como la fantasía,- diría Ángeles y digo yo.

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Aferrarse a los libros es un buen salvavidas para la aventura de vivir. Te van marcando algunas líneas, algunas frases estupendamente bien construidas, una idea que te revoluciona el cerebro o una historia entrañable que a veces ya no sabes ni de quién fue.

No solo los libros pueden iluminarnos, también las ideas constantes en artículos, ensayos y blogs de escritores que nos acompañan generosamente con su trabajo disciplinado y duro de escribir cada día, esos que piensan en voz alta ante nosotros y que por medio de sus letras nos ayudan a entender y a sobrellevar el mundo de mejor manera, incluso a reírnos de él.

Me refugio no solo en los libros que no he leído, sino también en los que invitan a releerlos, que es lo más cercano a regresar a una vieja y querida casa ya solo alcanzable en sueños. Eso me pasó cuando releí Cien años de soledad o los Buddenbrook.

Gran refugio y abrazo es la lectura mientras pasa el temporal, y después, también.

Regreso a Lido

Vida y milagros

(Ilustración: Timothy Easton, Venice at Dawn


Todos tenemos lugares a los que no debemos volver, sobre todo si ya una vez logramos salir con vida de ellos. Los lugares son reales o figurados: un territorio peligroso, negocios de riesgo, nadar de noche en un mar impredecible, una pasión destinada al fracaso, amistades erráticas, una adicción.



Encontré una carta que me enviara hace años una amiga, escrita en el papel beige de un hotel veneciano, una amiga de triple banda a la que nunca volví a ver y de la que nada supe desde entonces. Me conmovió la vieja carta que hoy leo de otra manera, como si ya tuviera el código para descifrar los mensajes escritos entre líneas. La carta dice así:

"En el enorme y bizantino reloj de lápislazuli que daba a la gran plaza de Venecia estaban dando las tres de la tarde. El reloj de mi muñeca marcaba ocho horas menos, la hora de mi país. La hora era lo único que aún podíamos compartir él y yo. Quizás ni eso, porque hoy no sé ni por dónde ande, pero a mí me gustaba pensar que era así. Habíamos decidido ir a comer a la isla de Lido, en donde una vez, cuando pensaba que el hoy sería eterno, estuvimos juntos él y yo durante un verano. Quise regresar, ya sabes cómo me gusta recordar los naufragios. Si tomábamos la lancha llegaríamos al antiguo hotel con suficiente luz por delante, aunque haría mucho frío. Llegamos al embarcadero y nos fuimos en el último viaje de ese día. En marzo el hotel estaba cerrado, aunque funcionaba un pequeño restaurante bar que daba a la playa. En ese hotel se había filmado muchos años atrás la película "Muerte en Venecia", basada en la novela de Thomas Mann. Dirk Bogarde fue el actor que Luchino Visconti elegió para representar al personaje de una historia de amor desesperado y secreto que moriría de tristeza en esa exacta playa. Ir a Lido ese día era una necedad y un capricho, y sin embargo fuimos. ¿Cuántas cosas no hacemos por esas dos sin razones? Contumacia y capricho.

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“No me gusta pensar en ese viaje a un casino que me recordaba mi desfalco y mi férrea voluntad de nunca volver a jugar. Yo jugaba con fuego como otros juegan a las cartas o a la ruleta rusa. Era adicta pero no lo sabía. Según yo, lo había perdido todo en una última y equívoca jugada. Todo. Ahora sé que no es cierto, que siempre encontraremos recursos y tentaciones para regresar al juego y a los riesgos en los lugares más recónditos e inesperados de nuestros bolsillos emocionales mientras tengamos vida. Una sola moneda bien jugada y estamos de regreso. En este caso la moneda fue la maldita conversación. Esa es una moneda engañosa porque parece inofensiva. Crees que una moneda de cobre no te permitirá alquilar una lancha que te lleve a las pedregosas e inhóspitas playas de Lido. No puede ser llamado de otro modo un lugar que te invitó abiertamente a darte un tiro debajo del pezón, en la base del pecho.

“Llegamos a la isla. Todos los cuartos del hotel estaban cerrados, todo estaba vacío, excepto el restaurant en donde pedí dos martinis rojos, uno tras otro. Para llegar a la terraza que daba al mar tuvimos que pasar por las desiertas salas de juego. De las mesas de tapete verde imaginaba que surgía el eco de voces apostando y gritando mientras los dados rodaban antes de detenerse. En realidad no había voces en Lido. Sólo el ruido del mar chocando con las piedras que ahí juegan a ser arena, sólo el ruido del viento poderoso barriéndolo todo, todo menos los pensamientos y recuerdos adueñados de mi cabeza. Me imaginaba un cuarto acogedor, un cuarto en el que todo es posible adentro de una cama y adentro de uno mismo. Un solo cuarto con nosotros adentro hubiera bastado en otro tiempo para incendiar el hotel más gélido del mundo.

“Nunca, lo juré, nunca regresaría a las playas de Lido. Y sin embargo, estaba de regreso..."

Hasta ahí la carta. Qué hermoso es el papel que la conserva.

Leyéndola me digo: ¿Cuál es tu Lido, cuál el mío?

Ilustracion de Ilustración: Mariana Villanueva (Revista Nexos)

Descreídos

Descubrí por las cifras del censo de 2010 que pertenezco al escaso 3.5 de la población que se declara “sin religión”, vale decir : sin adscripción a alguna iglesia, acaso sin fe a secas.



Es posible vivir sin fe religiosa, pero no deja de ser una elección de vida que contradice a la abrumadora mayorìa.

El 88 por ciento de los mexicanos creía en la religión católica, según el censo de 2010 y un 8.5 más creía en otras religiones.

No sé cuántos que se declaran sin religión creen en algo equivalente a Dios: alguna forma de divinidad cosmológica, alguna fuerza ordenadora del mundo .

La idea de un mundo sin Dios es en cierto modo inhumana. Al empezar el siglo XXI, quienes no creen absolutamente en nada son una abrumadora minoría.

Aún para ellos vale la pregunta formulada por Humberto Eco en su diálogo con un inteligente cardenal italiano: ¿ En qué creen los que no creen?



Cuando Bertrand Russell fue llevado a prisión por su actividad pacifista contra la primera guerra, al consignar sus datos, el carcelero le preguntó su religión: “Agnóstico”, respondió Russel.

El carcelero lo miró un momento, dejando claro que no había oído nunca esa forma de credo. A continuación comentó: “No importa la religión, al final todos creemos en el mismo Dios”.

Escribí arriba que no creer es una “elección de vida”. Quizá no lo sea, quizá el agnosticismo venga infuso en cada quien, lo mismo que la necesidad de creer.

Según la doctrina católica , en la que fui bautizado y criado sin efecto religioso alguno, la fe es una gracia, un don de Dios.

Quizá el agnosticismo, la falta de religiosidad, la incapacidad de creer, también es algo que les cae del cielo a los descreidos, y que no tiene arreglo.

Los no creyentes tienden a mirar con cierta superioridad jacobina al que cree, pero la fe genuina, la invencible y llana “fe del carbonero”, debe ser uno de los grandes consuelos de la vida.

¿Los narcos creen en Dios?

Según el censo de 2010, 97 de cada cien mexicanos creen en alguna forma de Dios y practican algún credo religioso (87 % católicos). Sólo el tres por ciento nos declaramos ateos.

¿En qué creemos los que no creemos en Dios? En formas sustitutas de la inmortalidad , supongo, formas pobres de consolarnos de la muerte.

Por ejemplo: el amor, la fama, la naturaleza, el poder, el dinero, todas cosas triviales si se las compara con la idea de Dios, del más allá, de la vida ultraterrena, del cielo y el infierno.

Pocos ateos dan en su corazón y en su cabeza el salto de Iván Karamazov: “Si Dios no existe, todo está permitido”.

La frase de Iván Karamazov cifra el salto moral hacia el nihilismo, esa tierra de nadie, inherente a la idea de un mundo sin Dios.

Es el principio del nihilismo: si no creo en nada trascendente, todo es aquí y ahora. Mi aquí y ahora no tiene rumbo ni rienda. Soy mi propio Dios, mi propia medida, mi propia moral, sin otro referente que yo mismo.

La consecuencia moral y filosófica del salto al nihilismo es enormr:

Sin dioses que observan, ordenan, regulan, confortan y oprimen la conducta humana, no hay reglas, no hay límites. Hay sólo la regla de la voluntad de cada quien.

En la polìtica, el mundo sin Dios, vuelto sólo voluntad de poder, es el mundo de Hitler y Stalin, y el de todos los otros reinos utópicos, sustitutos de la Ciudad Dios en este mundo.

Pero estamos en México. Me pregunto cuántos de los mexicanos que se dedican hoy a matar, decapitar, enterrar a otros en fosas anónimas han dado el salto implícito en la sentencia de Iván Karamazov.

Cuántos de estos asesinos son ateos nihilistas y cuántos creen en Dios. Es decir: cuántos son creyentes a su manera esquizofrénica: creyendo y matando.

Cuántos respetan a su iglesia, cuántos creen en el cielo y el infierno, y cuántos de ellos saben que han optado por éste último.

Nuestros creyentes homicidas son un misterio teológico y moral. Han llevado la frase de Iván Karamazov un paso más allá. Parecen decirnos: “Dios existe, amigo, pero todo está permitido”.

Semana mayor: La razón y la fe

Dijo Tomás de Aquino,: “Considero el principal deber de mi vida para con Dios esforzarme para que mi lengua y todos mis sentidos hablen de él”.

Pocas lenguas habrán hablado tanto y tan bien de Dios como Tomás de Aquino. Nadie inventó pruebas más breves y elegantes de su existencia: sus famosas cinco vías.

La primera es la del “primer motor” o el “motor inmóvil”: si todo lo que se mueve es movido por algo, algo hubo inmóvil en el principio del movimiento.

“Ejemplo”, dice Tomás de Aquino: “Un bastón no mueve nada si no es movido por la mano. Por lo tanto es necesario llegar a aquel primer motor que nadie mueve. En este, todos reconocen a Dios”.

Nominalismo, se dirá: la palabra “movimiento” llama a la palabra “inmóvil”. Ninguna de las dos describe lo real.

Lo cierto es que cualquier cabeza honradamente racional tendría que rendirse a la fuerza del argumento del primer motor, resuelto por Tomás de Aquino en doscientas palabras. (En cierto modo, la ciencia moderna reconoce la idea de un primer motor en el big bang que dispara y hace nacer al universo).

El centro de la catedral teológica de Tomás de Aquino fue hacer compatible la fe con la razón. Pero la fe genuina no es un asunto racional.

Hablé scon un amigo creyente sobre esta paradoja insalvable: si la fe verdadera se recibe, no se adquiere, es imposible convertir a nadie.

La historia de las iglesias nos dice lo contrario. Es una historia conversiones hechas por la conquista y/o la conveniencia. Esta forma de expansión de las religiones mediante el poder politico y miltar, dce poco del poder de la fe recibida como gracia.

Lo cierto, por otra parte, es que el ardor de la fe verdadera no es carga fácil de llevar, como muestran las vidas de los santos.

La fe de las las multitudes es dispareja, por su mayor parte epidérmica. Es una fe tolerable para el mundo humano : difusa, distraída, amateur, cuando no supersticiosa o idolátrica.

Esa fe del hombre común tiene poco o nada que ver con la fe fulminante, venida del cielo, cuyo mandato no acepta sino la rendición incondicional de Paulo de Tarso en el camino de Damasco, o de Tomás de Aquino en su levitación teológica.

Plegaria laica por la fe del carbonero

¿Cuántos de los sacerdotes católicos que hoy levantarán la hostia y oficiarán la misa creen verdaderamente en lo que su doctrina sostiene ?

Por ejemplo: que Cristo resucitó efectivamente de entre los muertos y que su mismísima sangre y su mismísimo cuerpo estarán presentes en las hostias que ellos consagrarán este día?

¿Cuántos de los fieles que llenarán hoy las iglesias creen verdaderamente que Cristo es hijo de Dios y de la Virgen, que está sentado a la diestra de su padre en el cielo y comparte su esencia divina con el Espíritu Santo, que desciende sobre nosotros cada vez que se celebra una misa?

Me pregunto: ¿en qué creen realmente los que creen?

¿Creen de forma radical, hasta el último detalle, o creen más bien difusa y confortablemente, sin profundidad ni pasión, sin conocimiento verdadero de su fe pero también sin fanatismo?

Tiendo a pensar que creen flojamente, sin preguntarse ni exigirse de más, con una fe que se exacerba en la adversidad o en la tragedia, y en los días de guardar. Una fe que si fuera coche pasaría la mayor parte del tiempo estacionado o en punto muerto.

Tengo un enorme respeto por la fe genuina, teológica y popular, que en estos días de guardar mana de lo profundo de la gente. Tengo también envidia. Si pudiera elegir, elegiría creer.

Elegiría una fe que no discutiera con la ciencia ni con la razón, una fe que se resignara a no ser verdad, a tener su dimensión propia de verdad en el poder de dar consuelo y esperanza.

Acaso esa fe no existe en las doctrinas religiosas, pero quizá es la que existe mayoritariamente en el corazón de los creyentes: la fe que consuela y conforta, antes que la que discute o impone su credo.

Quizá los muchos años de laicismo en México han quitado a la religión sus filos fanáticos.

Quizá esa fe temperada, efectiva como plegaria íntima más que como arma pública, sea ya parte de nuestra cultura religiosa y , en esa medida, de nuestra fortaleza espiritual.

Quisiera pensar que es así, como quien reza paganamente, fuera del templo, por una fe de carbonero tibia, resignada a su verdad consoladora, verdaderamente horizontal, humana, tolerante.

De la inexistencia teológica del infierno

Como sabe todo buen católico, Jesús de Nazaret, “fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre, todopoderoso”.

La pregunta es a qué a qué diablos descendió a los infiernos. Me ha contestado esta pregunta Francisco Quijano, un lector, versado en los misterios de la muerte y la resurrección de Cristo, eso que la doctrina eclesiástica conoce como escatología.

En el año 404 de nuestra era, Rufino de Aquileia dejó constancia de que en el credo romano de entonces no se encontraba todavía “la cláusula: descendió a los infiernos.”

El primer testimonio de algo parecido, es una “confesión de fe” del año de 359, escrita por Sirmio ( en la Serbia actual), conocida como Credo Fechado . Dice a la letra: “Y nació de María Virgen, y convivió con sus discípulos. . . fue crucificado y murió, y descendió a la [región] subterránea, y puso allí orden en todo…Los cancerberos del hades [lo] vieron y se estremecieron; y resucitó de entre los muertos”..

Explica Rufino de Aquileia:

“No es en detrimento ni en desdoro de la divinidad el que Cristo padezca en la carne; antes bien, para que se operase la salvación por la flaqueza de la carne. . .

“Es como si un rey se dirigiera a una cárcel y, entrando en ella, abriese las puertas, rompiese las cadenas, destruyese las argollas, los barrotes y las celdas, y liberase a los encarcelados. Se dice, pues, que el rey estuvo en la cárcel, pero no en las condiciones de quienes se hallaban encarcelados. Ellos lo estaban para purgar sus penas, él lo estuvo para liberar de las penas”. [Commentarium in symbolum apostolorum, 17]

La explicación de Rufino ha suscitado en mí una duda de teólogo descalzo, que es la siguiente: Si Cristo bajó a los infiernos a liberar a quienes ahí estaban, pues acababan de ser redimidos por su muerte, ¿no quiere esto decir que terminó también con el infierno?, ¿que el infierno dejó de existir en ese momento y, por tanto, no existe más, y no hay infierno?

Vida y milagros

"Merlí" se titula la original serie de televisión catalana retransmitida con muchísimo éxito en Netflix y en otros medios mundiales .Qué bueno que gusten tanto cosas de otros países que no sean de habla inglesa. El capítulo final se transmitió en enero de 2018. A mí me pareció un final perfecto.



Merlí Bergeron es el personaje que da nombre a la serie, un profesor que llega a dar clases de filosofía a un bachillerato público de Barcelona. La serie es la ópera prima del guionista Héctor Lozano y su soporte principal es el cautivador y entrañable actor Francesc Orella acompañado con un elenco de jóvenes muy bien seleccionado.

Merlí es un profesor con un objetivo central: dejar huella en sus alumnos legándoles la disciplina de aprender a pensar, a cuestionar y a discernir por cuenta propia. El cree en la filosofía como un antídoto para derrotar la estupidez, la superficialidad, el consumismo, la decadencia política y la angustiosa masificación de la vida y las abrumadoras redes sociales del siglo XXI. Su tarea es enseñar a polemizar, a ser diferentes y a cuestionarlo todo. También cree en otra forma de enseñar más allá del aula, y lo hace involucrándose con los alumnos y sus familias cuando los ve en problemas, ofreciéndoles cercanía y amistad, pero también una franqueza ácida y desconcertante. Cuando el director de la escuela le dice que hay que mantener una distancia entre maestro y alumno, él contesta que le interesa más mantener la distancia entre profesor y profesor, con los que organiza verdaderos zafarranchos.



Merlí es un mago y un actor, y su público es un aula llena de adolescentes. Un personaje complejo, muy simpático, polémico, extremadamente carismático, malhumorado a veces, con una lengua afilada y un lenguaje contestatario, enamorado irredento del sexo femenino a sus 60 años, padre de un hijo gay y un filósofo del siglo XXI. Es sobre todo un intolerante extremo hacia el desprecio que la educación institucional tiene hacia la filosofía. La serie abarca los dos últimos años en la preparatoria de un grupo de alumnos y se centra en las historias de diez de ellos, de sus vidas y relaciones dentro de la escuela pero también fuera de ella. Eso da pie a que veamos el punto de vista de los padres o madres que están tratando de sacar adelante a sus hijos con las pocas o muchas herramientas que cada uno tiene. Padres o madres exigentes, tiernas, vulnerables, sobre protectores, irresponsables, inmaduras, sin dinero, desempleadas, exitosas, sin pareja, desconcertados o heroicos. Una visión muy útil para quien tiene hijos adolescentes

La historia tiende hilos inteligentes para mostrarnos un abanico de personajes de todas las edades que siempre están presentes en la vida de todo adolescentes. Hermanos pequeños o mayores, tíos, abuelos y bebés producto de un embarazo adolescente.

Muy divertida e interesante es también la vida e interacción de los profesores en el claustro, en el que las debilidades humanas de celos y rivalidades, pero también de compañerismo, son llevadas al extremo por la inquietante presencia de Merlí. Con humor, piedad y aguda inteligencia aparece en la pantalla la problemática de la edad madura y el amor inesperado o clandestino entre profesores o padres de familia. También nos muestra a la vejez que no se rinde representada por la madre de Merlí, una reconocida e infatigable actriz de teatro. Por eso la serie es apasionante para todas edades.

Los años aparentemente dorados de la juventud no suelen serlo tanto; vemos a los chavitos dominados por las hormonas confundiendo el amor con el deseo, padeciendo amores y desamores que imaginan eternos, en la búsqueda desesperada de identidad y de futuro, mientras el hoy se escapa entre las manos a una velocidad tan vertiginosa como la arena de un reloj. Cada situación en la vida de los jóvenes será un pretexto para que Merlí presente a los alumnos a un filósofo y su particular manera de explicarse el mundo. Utilizando el diálogo, la conversación y las preguntas constantes como método, los llevará a conocer a Platón, Sócrates, Nietzsche, Schopenhauer, Camus, los estoicos, epicúreos, sofistas y otros pensadores inesperados, como Maquiavelo. En particular usará el método de la escuela fundada por Aristóteles, la de los peripatéticos, paseadores en griego, los que pensaban y discutían puntos de vista opuestos mientras deambulaban por el campo. Con diálogos divertidos y ágiles recuperamos diferentes visiones filosóficas acerca de la muerte, la belleza, la pérdida, la ruina, el suicidio, la enfermedad y el amor, en especial el amor, deslumbrante y engañoso siempre, pero especialmente cegador en la primera juventud y en el ocaso de la vida, en los extremos. De memoria recuerdo algunas frases de Merlí:

-Sócrates prefirió suicidarse con cicuta antes que aceptar que enseñar a pensar por sí mismos a sus alumnos era perverso. Si eso es corromper, al igual que él prefiero la cicuta que mata el cuerpo o la muerte civil, y no la complacencia que mata el espíritu.

-Estoy hasta los cojones de que la gente diga que la filosofía no sirve para nada.

-Parece que el sistema educativo ha olvidado las preguntas ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? Ahora solo importa qué empresas montamos y qué cosas me compro.

-En la clase de filosofía les puedo demostrar que son animales racionales, en el resto de las clases pueden seguir siendo solo animales y ya.

- Que las cosas sean de una manera no quiere decir que no se puedan cambiar

-¿Cómo han llegado los ricos y poderosos a dónde están? ¿Porque son más guapos y más inteligentes? -No, -diría Maquiavelo-, simplemente son más malos.

-Desear la inmortalidad del hombre es desear la perpetuación de un gran error.

-Aristóteles era un ser social, así que hoy en día, tendría perfil de facebook

- Tienen que aprender a pensar para defenderse de los políticos. La filosofía es una terapia para superar la decadencia política

- Queridos padres y profesores, la filosofía es una herramienta disruptiva y eficaz que debe entregarse a los alumnos en las aulas.

-Hay que cuestionar todo lo que es aparentemente "normal". Casi nada lo es....

- Diógenes era esclavo. Su amo le preguntó: -¿Tú qué sabes hacer? -Yo sé mandar y te ordeno que me liberes. - Y su amo lo liberó. Sé tu propio Diógenes.

-La filosofía es el aprovechamiento del día basado en el buen pensar, el buen comer y la misma libertad sexual para ambos sexos.

- Las ideas y la reflexión nos ayudan a salir de la caverna que mencionaba Platón, de las viejas y nuevas cavernas que nos aprisionan, como los centros comerciales, cavernas desde las que solo vemos sombras borrosas, remedos de lo que es la realidad, mientras nos perdemos del mundo inmenso.

En el último capítulo vuela hasta desaparecer en el cielo la imagen de un búho blanco, el símbolo en la serie del filósofo, del pensador que todo lo ilumina. Los alumnos se han ido. La escuela ha quedado desierta. Un aula o un teatro vacío son lo más parecido a una imagen de la soledad. Nacemos y morimos solos, pero vivir con conciencia e intensidad hacen que el recorrido valga la pena.

Para la banda sonora de la serie recurrieron a música de Bach, Chopin, Mozart, Grieg, Beethoven, Litz y muchos más que no recuerdo, pero colocada muy bien en el momentos justo. La música enmarca y acompaña la narración de manera perfecta.

Qué serie tan nostálgica e inteligente. Un regreso a las inquietudes de los adolescentes que fuimos, a las preguntas que seguramente nos seguimos haciendo, que habitan en nosotros y nos acompañarán hasta el último día.

Día con día

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En el sitio electrónico Gun Violence Archive, (@GunDeaths: http://bit.ly/2HpySW2), puede leerse la siguiente estadística sobre el uso de armas de fuego en Estados Unidos durante enero de 2018.

Muertes por disparo de arma de fuego: mil 260.

Heridos por arma de fuego: 2 mil 308.



Niños heridos/muertos por arma de fuego: 57.

Adolescentes heridos/muertos por arma de fuego: 245.

Incidentes de defensa propia con arma de fuego: 132.

Tiroteos no intencionales: 163.

Invasión de hogares con armas de fuego: 190.

Tiroteos masivos (más de 4 muertes en cada uno): 23.

Policías heridos/muertos por arma de fuego: 25.

He abordado ya este tema en este espacio con las cifras del caso (12 y 13 de octubre de 2017), pero vuelvo a él porque la liberalidad irresponsable, en muchos sentidos suicida, con que Estados Unidos mantiene la venta y el uso de armas de fuego en su territorio es un factor central en la violencia criminal de México y en América Latina: la abrumadora mayoría de las armas que se usan entre nosotros viene de aquel mercado sin control.

El gobierno y la sociedad estadunidenses no parecen dispuestos a corregir este despropósito ni siquiera en defensa propia.

Algunos datos:

Entre 2013 y 2017 se registraron en Estados Unidos mil 516 mass shootings: tiroteos en que mueren más de 4 personas. Es decir, en nueve de cada diez días se registró en ese país un tiroteo donde murieron 4 o más personas.

Según una investigación de las universidades de Harvard y Northeastern, difundida por The Guardian, los estadunidenses tienen 265 millones de armas como propiedad personal. Más de un arma por cada adulto. http://bit.ly/2cSVNN4.

“En los últimos 49 años”, dice The Independent, “han muerto por arma de fuego 1.5 millones de ciudadanos estadunidenses. En todos los conflictos bélicos de ese país han muerto 1.2 millones” (http://ind.pn/2kr8HXK).

Hay más de 138 mil negocios que venden armas en Estados Unidos (hay 98 mil escuelas). Los tiroteos mortales son tan estadunidenses como el American Pie. Son también, junto con el racismo, la mayor expresión de barbarie en una sociedad que, por otra parte, puede reputarse como la más moderna del planeta.

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En Estados Unidos mueren por arma de fuego 29.7 personas por cada millón de habitantes. En Canadá, 5.1. En Alemania 1.6. En Australia 1.4.

La razón de esta disparidad salvaje es que Estados Unidos, con solo 4.4% de la población del mundo, tiene dentro de sus fronteras a la mitad de la población civil del mundo que posee un arma.

Los ciudadanos estadunidenses armados de esta manera pueden sorprendernos cada vez con el tipo de matanza que sale de sus arsenales privados. Pero no con que habrá una matanza.

El mejor texto que leí a este propósito lo publicó Néstor Ramos en The Boston Globe, hace unos días. Se titula: “Ya sabemos lo que sigue”.

Los tiroteos masivos, dice Ramos, parecen seguir “el mismo triste guión”:

El homicida será un hombre, incluso un niño.

Usará un rifle semiautomático, un AR-15 o algo parecido, con muchos magazines llenos de balas.

El arma habrá sido comprada legalmente.

El homicida entrará a una escuela, un concierto o un edificio público y abrirá fuego sobre una multitud inocente.

Mientras dispara, empezarán a circular textos, videos y mensajes de las víctimas, dando cuenta en tiempo real de su terror.

Las televisoras exhibirán los videos.

Sabremos de héroes que actuaron con valentía solidaria durante los hechos.

Sabremos que el asesino era anormal, cruel con los animales, había dado muestras de desequilibrio mental, había perdido su trabajo, le pegaba a su mujer.

Habrá un coro de voces preguntando por qué cualquiera puede hacerse de un arma así, y alguien tan problemático.

Habrá otro coro acusando al anterior de “politizar la tragedia”. Otro coro habrá diciendo que si las víctimas la hubieran tenido habrían podido defenderse. Entre estos últimos, Donald Trump.

Salvo en la familia, los deudos y la comunidad agredida, el duelo se perderá pronto en la memoria.

Luego vendrá la siguiente matanza, siguiendo este guión.

Todo esto sucederá otra vez, dice Néstor Ramos. Lo sabemos desde ahora. Salvo por las tres cosas claves que no podemos saber antes de que el guión se repita:

Quién, dónde, cuántos.

Mesa de seguimiento de la Solicitud de Alerta de Violencia contra las Mujeres en Puebla

Febrero de 2018





Mundo Nuestro. La siguiente es la postura de la Mesa de Seguimiento de la Solicitud de Alerta de Violencia de Género contra las Mujeres en Puebla (AVG) sobre el cumplimiento de las once recomendaciones hechas al gobierno del estado de Puebla frente a la violencia feminicida en la entidad.

Análisis del cumplimiento de las once recomendaciones emitidas por el grupo de trabajo para atender la solicitud de Alerta de Violencia de Género contra las Mujeres en el estado de Puebla



PRONUNCIAMIENTO

En la rueda de prensa convocada para este 6 de febrero de 2018 en Café Bottega (9 oriente No.2, colonia Centro de Puebla) a las 10:00 horas, la Mesa de Seguimiento de la Solicitud de Alerta de Violencia de Género contra las Mujeres en Puebla (AVG) presenta un análisis de las once recomendaciones emitidas por el grupo de trabajo conformado para atender dicha solicitud.

Durante el mismo evento, se difunde el pronunciamiento que se elaboró derivado de tal análisis; en dicho texto se manifiesta la inconformidad con los resultados que reporta el informe del gobierno del estado de Puebla sobre el cumplimiento de las recomendaciones, así como con el dictamen del grupo de trabajo, que considera un grado de cumplimiento que no se ha evidenciado.



Las recomendaciones realizadas por el grupo de trabajo tienen origen en la admisión de las dos solicitudes de declaratoria de la AVG por parte de la Comisión Nacional para Erradicar la Violencia contra las Mujeres (CONAVIM), el 12 de abril de 2016, en medio de un contexto de violencia feminicida en el estado. A partir de ello, la CONAVIM conformó un grupo de trabajo para atender la solicitud y emitió once recomendaciones al gobierno del estado de Puebla, para las que consideró distintos indicadores de cumplimiento a lograr en seis meses.

En enero de 2017, el gobierno del estado de Puebla remitió el informe sobre la implementación de las recomendaciones y, después de la revisión del mismo, el grupo de trabajo dijo que “no se actualizan elementos objetivos suficientes para declarar procedente la alerta de violencia de género contra las mujeres en el estado de Puebla”.

De tal forma, la Mesa de seguimiento de la solicitud de AVG, conformada por organizaciones y periodistas independientes, recopiló documentos oficiales y solicitudes de acceso a la información pública para contrastar las recomendaciones con las evidencias reportadas por el gobierno del estado.

Los resultados de este trabajo están conformados por un documento extenso que aborda cada una de las recomendaciones, así como infografías que sintetizan el análisis y que se irán compartiendo en los perfiles de redes sociales de quienes integran la Mesa de seguimiento de la AVG.

La Mesa de seguimiento de AVG está conformada por: CADEM, A.C.; Centro de Análisis Formación e Iniciativa Social A.C. (CAFIS); Comaletzin A.C.; El Taller, Centro de Sensibilización y Educación Humana A.C.; Mutradh, Mujeres Trabajando por los Derechos Humanos; el Observatorio Ciudadano de Derechos Sexuales y Reproductivos A.C. (ODESYR), el Instituto de Derechos Humanos Ignacio Ellacuría, SJ (IDHIE), de la Universidad Iberoamericana Puebla; y las periodistas independientes Ana Karen de la Torre Panduro y Samantha Páez Guzmán.

En memoria de los 11; En recuerdo de “El Sabio” Fernández del Valle: Al Chupis y al Mocho, por supuesto: A los sobrevivientes.

La muerte no existe para el hombre más que como un malestar o un temor,

o una falla, o un destino inacabado.

Las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco. Quijote.



La Cruz de Guadalajara



No sabíamos si estaríamos vivos al llegar la noche. El frío y la niebla nos hicieron acurrucarnos buscando protección entre las rocas del Farallón, la enorme pared de piedra y nieve que permite el acceso a la rodilla de la mujer dormida, el Iztaccíhuatl. Éramos dos excursionistas rezagados del Club Alpino del Instituto de Ciencias de Guadalajara (CAIC).

Cuando uno se queda solo en la montaña aturdido por el sonido de la ventisca pasan por la mente los más inexplicables pensamientos. Nos quedamos solos los dos, porque se desprendió el spiky de Paco Ibarra, el Mocho, que rodó unos metros hacia abajo de una ladera de nieve al borde del camino que nos llevaría a la parte central de la montaña. El spiky es la plantilla de picos que se amarra a la bota para caminar sobre nieve y hielo. Que nadie lo dude, íbamos equipados.

Recuperar el equipo descolgándose uno con una cuerda sostenida por él otro nos tomó demasiado tiempo. Cuando repuestos del percance retomamos el camino descubrimos con asombro que la intensa neblina que empezaba a aparecer nos impedía reconocer la ruta y perdimos la vista de las huellas del resto del grupo. El grupo delante de nosotros siguió avanzando en fila hacia los pechos de la mujer dormida.

La tormenta se desató con fuerza. El viento pegaba hiriendo el rostro y la nieve empezó a cubrir el cuerpo. Refugiados entre las rocas aguantamos un tiempo que pareció eterno. La audacia de Paco hizo que buscara el camino de regreso al refugio. Cuando volvió a buscar la roca de resguardo no vio más que nieve y pensó que se había perdido. Gritó para saber en dónde había quedado yo y su mochila y recuerda que la roca se movió y me levante blanco cubierto totalmente de nieve. Yo por mi parte, vi a un aparecido completamente blanco. La chamarra de pana que él tenía puesta, el gorro de montaña y su rostro estaban totalmente blancos. Me encontré frente al hombre de las nieves.

“Ya sé por dónde regresar”, me dijo.

Sin idea del tiempo transcurrido empezamos la búsqueda del camino de regreso. Miedo, sí. Saber que podríamos caer y rodar cuesta abajo, también. Sensación de estar perdidos, pues sí. Más bien tiempo de rezar, para poder encontrar con luz el camino al refugio. Bajar de la montaña, imposible.

Seguía creciendo la tormenta que en momentos impedía ver a escasos metros. Nos arrastramos en medio de la niebla. Debe uno de confesarlo, las cosas iban de mal en peor. Las rocas volcánicas y la nieve nos impedían avanzar, bajamos por pasos cortos, titubeantes. Paco y su sangre fría nos salvaron de cualquier mal paso, del cual no hubiéramos sobrevivido.

A cada instante parecía que lo negro nos envolvía. Por allá nada, la sombra absoluta a los lados nos invadía y cegaba. Era como aquel pasaje que acababa de leer en el Viaje al Centro de la Tierra de Verne. Igual, no queríamos, no podíamos intentar un descenso vertical, buscábamos bajar en diagonal.

No recuerdo cuánto nos tomó el descenso inicial. A gatas, con las uñas, entre piedra y nieve desandamos lo que habíamos escalado durante horas luminosas. Antes de que se hiciera de noche, con lámparas de mano y agotados llegamos al pequeño refugio de metal conocido como El Iglú. Eso nos salvó la vida.

Nos envolvió la noche oscura.

Foto tomada por Francisco Ibarra Gari al empezar la ventisca el 4 de febrero de 1968

La noche del 4 al 5 de febrero de 1968 la pasamos Paco Ibarra y yo resguardados en el refugio, cual náufragos, bajo una fuerte ventisca que hacía que entrara la nieve y el sonido feroz de la montaña en un espacio de pocos metros. La naturaleza sacudió su furia como pocas veces recuerda uno en su vida.

Al día siguiente al amanecer, arriba, en la parte más alta del farallón entre las rocas y la nieve vimos puntos de colores que se movían lentamente. El resto del grupo no había bajado como lo suponíamos, habían pasado la noche en medio de la tormenta. En ese momento no sabíamos la dimensión de la tragedia. Iniciamos un descenso lento, agotador y esperanzado por volver a los llanos planos, al campamento base, a casa.

Esa mañana amaneció con un brillante cielo azul que duró hasta el mediodía. El día empezaba así, y nadie podría predecir como terminaría. Diré una cosa, renací y crecí desde allí, en aquella parte de la montaña, a pesar de que en la noche del Iglú, me sintiera como un extranjero, como si no perteneciera a ninguna parte.

Si la subida había sido solo ilusión y entusiasmo, la tormenta, miedo y puro instinto de supervivencia, la noche resistencia y desazón, la bajada fue una mezcla de desesperación y ayuda mutua.

Bajamos como pudimos, en shock y sin saber aún que estaba pasando. Fue hasta mucho tiempo después que nos enteramos que había tres listas; 11 fallecidos; 19 sobrevivientes y 2 desaparecidos, nosotros.

Al bajar se quedó perdido parte de mi equipo para escalar o quizás desde la tarde en que empezó la tormenta, así que me quede sin fotos. El descenso desde el refugio fue más seguro y confiado porque nos acompañó durante un buen trecho un grupo de alpinistas de Puebla que llegó al Iglú durante la noche. Bajamos encordados una buena parte del camino de piedras, con menos nieve y con un aire limpio; azul transparente, en el que se formaban cerca de las paredes de roca remolinos de viento fresco que animaban a moverse. Hubo un momento en que nos separamos Paco y yo, él tenía más energía para avanzar más rápido. Al continuar la caminata solo, ya nada era tan apremiante como cuando bajábamos en grupo. Ahora el tiempo transcurría de otra forma, lo sentía con otro ritmo, más lento.

“Haré todo lo que pueda para llegar hasta abajo”, me decía, pero advertía que ya no tenía la misma fuerza.

“Nos queda un tramo largo aún”, había dicho Paco antes de desaparecer por una cañada.

“Tú sigue”, creo le animé, seguro de que estaría bien.

Entonces, por primera vez mire hacia abajo, en absoluta soledad, la larga y profunda perspectiva del vacío que me esperaba. Saldremos de esta, me repetía. Y seguí despacio.

Ya no miré hacia atrás, no había a donde ir, crucé como un paso fronterizo las cañadas menos escarpadas y continué adelante. Creía recordar por donde se encontraba el campamento base.

Después de un par de horas llegué a las planicies sembradas de matorrales bajos de montaña y vi a lo lejos que algunas figuras me hacían señales y corrían hacia mi encuentro con muestras de alegría y primeros auxilios. Reconocí rostros familiares y entre llantos y abrazo me sentí renacido. No dejamos de señalar hacia los senderos enredados y hacía lo alto, buscando algún indicio de los faltantes.

¿Cómo describir lo vivido?

Durante años me aparece la imagen de la niebla cerrando la visión del camino, invadiendo y arrastrando a uno a otra dimensión. En cualquier momento en que aparece niebla hasta el día de hoy revive aquel momento en que el latido de la vida se detenía, que se tenía que respirar a bocanadas desordenadas y que el miedo que nos invade podía ser el de la agonía y preguntarse también si es así como se termina todo. Y resignarse, pues la muerte, si llega, no hará sino poner punto final, y nada más.

Pero no, no fue así para todos. Están los que además sufrieron de otra forma. Ellos son los 19 sobrevivientes que se quedaron arriba, entre las rocas, atrapados porque la tormenta no les permitió volver al refugio. Para unos, sólo quedó esperar que llegara el día y con él, volviera pensamiento y vida. Para otros, un trago largo de ron y leche condensada para resistir la helada. Para otros más no había manera de lograr dormir un poco. El peligro era dejarse ir.

“Cuéntense, otra vez” --se dijo a lo largo de la noche.

Ya no respondieron algunos. Entraron en la noche oscura.

*Miguel Díaz Reynoso es diplómático, sobrevoviente de la tragedia del Ixtaccíhuatl.