Sociedad

Jueves 12 de octubre en la falda sur del Popo. Es la tierra del amaranto antiguo. Aquí el temblor se llevó entre el 70 y el 90 por ciento de las viviendas en sus diecisiete comunidades, todas sus escuelas y sus templos nuevos y viejos. Veintitrés días después mucho puede y debe contarse del esfuerzo de reconstrucción que se hace lejos ya del ruido de la prensa tras el terremoto. Sociedad civil organizada que llega desde la ciudad, oficinas de gobierno reconvertidas en operadoras de contingencias, pobladores que hacen acopio de fuerzas locales, internacionales, religiosas.

¿Qué pesará más en los próximos días? ¿La inercia burocrática natural las instituciones públicas o la conciencia de que la acción de gobierno puede tener sentido? ¿El desapego propio de los civiles frente a la tragedia ajena, un vez que la distancia pesa lo suficiente para convertirse en olvido, o la compasión original que se transforma en acciones orgánicas y sistemáticas de verdadero largo plazo? ¿Y el mundo rural de los pueblos del sur regresará a la parsimonia y aislamiento que identifican su vida cotidiana?



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En Tochimilco, ¿otra reconstrucción es posible?

En Tochimilco, ¿otra reconstrucción es posible?

Santa Cruz Cuautemotitla, Santiago Tochimizolco, San Miguel Tecuanipan. Pueblos antiguos, prehispánicos, y nadie aquí me habla de razas y conquistas. Los maestros no han hecho ceremonia alguna, pues todas las escuelas están cerradas. Los niños hacen cola con sus madres cuando alguna camioneta aparece con ropa y bastimentos. Sus mamás preguntan si de casualidad traen pañales, y entre todas se arrebatan las colchonetas. Los jóvenes demuelen sus casas a golpe de marro y tal vez se pregunten por el sentido de la vida. Los hombres debaten sobre la habilidad del maquinista del trascabo para terminar de desbaratar lo que quedó de una primaria, y eso es mejor que conversar por el bajo precio de la carga de amaranto. Una mujer ha plantado flores de plástico en la tierra y las alinea en macetas para alegrar la caseta de lámina de cartón que por lo pronto sustituye a su vivienda de adobe que los voluntarios han demolido.



El volcán al fondo se esconde a mediodía. "Viene gente de fuera y mejor se esconde", me dice la mujer de las flores. Y sonríe.

Aquí nada se celebra hoy 12 de octubre.

En Santiago Tochimizolco descubro un lienzo colgado en la presidencia auxiliar que de milagro ha sobrevivido al terremoto. Ahí están los pueblos delimitados por los ríos. Y la fecha, 1609. Entenderé que es una copia, que el original lo tienen en resguardo los viejos, pero asumo que la memoria no se pierde ni se achica aunque la tierra reviente en tremores sus discordias geológicas.

Los manantiales segados

Un terremoto tumba iglesias, casas y edificios, desgaja montes, quiebra carreteras, pero poco puede hacer contra los usos y costumbres. En la región de Tochimilco sirve escuchar los nombres de sus pueblos para entender que su historia es originaria, batida ya por las guerras floridas de los aztecas desde su bastión en Huaquechula, y que pasaron por la conquista con el propio Cortés, y por las encomiendas y el control por una lejana Corona, y por las bendiciones y los infiernos desde el convento franciscano que no pudo impedir que estos pueblos cultivaran el amaranto fundamental para los ritos paganos, y por el desprecio histórico de la ciudad criolla a los pueblos indios, y por el concepto de progreso impulsado por un Estado que un siglo después de la revolución y el indigenismo no entiende el mundo rural de los pueblos campesinos: San Lucas Tulcingo, San Martín Zacatempan, Santa Catarina Tepanapa, San Miguel Tecuanipan, San Francisco Huilango, Santacruz Cuautemotitla, San Antonio Alpanocan, La Magdalena Yancuitlalpan. Y nueve o diez comunidades más.

Nada de eso es asunto de un terremoto. A quienes debe importarle entender lo que ocultan los nombres de estos pueblos es a todos aquellos que se acercan con ánimo de auxilio tras una catástrofe. La mayor parte de esos pueblos perdieron en un minuto sus sistemas de agua potable. Sus manantiales. Su enredo de mangueras, por miles, que se descuelgan desde los ameyales y tanques hacia cada una de las casas. Hasta allá llegó el equipo de funcionarios del SOAPAP al día siguiente, pues de todos los municipios afectados por el sismo, Tochimilco perdió además de centenares de casas, completitos, sus abigarrados sistemas de agua potable. Gustavo Gaytán, su director –un abogado queretano con más de treinta años de experiencia operativa en la administración pública--, lo entiende así:

“Es un asunto cultural –dice--. Si no lo ves, fracasas. Está el caso de Tecuanipa, donde se perdió por completo el manantial tapado por rocas y tierra. Es imposible recuperarlo. De inmediato estudiamos la alternativa de un pozo y la encontramos: agua a 200 metros de profundidad, una inversión de 3.5 millones de pesos. La gente se opuso, ¡ellos quieren un manantial!, y mejor quisieron arreglarse con la comunidad de Santa Cruz Cuautemotitla: una vena de su manantial a cambio de permitirles la construcción de un camino por sus terrenos. Ya lo acordaron. Muy bien, ¿y de dónde van a salir los recursos para construir ese camino? Por lo pronto: si no quieren el pozo, pues no tendrán pozo. Y en n Cuilotepec y Tepanapa la población rechazó la construcción de dos líneas nuevas y un tanque. ¡No hay ninguna razón aceptable para su negativa! Ellos dicen que la asamblea rechazó la obra. Como quiera ya se reparó la línea vieja y tienen agua desde el 23 de septiembre. Y en Santa Cruz no quisieron una bomba que tomar el agua del arroyo, porque ahí quieren conservar su mangueras que manejan por grupos de familias, pero sólo lo entiendes cuando escuchas que por lo menos diez personas han muerto desbarrancadas al cruzar las mangueras por las barrancas. Qué hicimos: reparar las manqueras dañadas. Es un asunto cultural. Si no lo entendemos, estamos fritos.”

José Martínez Paz

José Martínez Paz es el presidente del comité de agua potable de Santiago Tochimizolco, y como tal tenía que bajar desde el pueblo al río Atila todos los días a la 1 de la mañana a prender la bomba que desde el manantial conocido como La Fábrica subía el agua 140 metros arriba. Dejó de hacerlo con el terremoto. Ese sistema de agua potable es uno de los que el sismo destruyó al desgajar cientos de toneladas de tierra sobre la tubería que a saltos trepaba por la cañada hasta el pueblo para el consumo de sus 1600 habitantes, y desde hace 40 años. Sobrevivió el manantial, pero el ducto metálico, roto en pedazos, quedó inservible en la barranca.

Para este día 12 de octubre el SOAPAP ha logrado recuperar el sistema. Con el auxilio de 57 hombres que organizó José Martínez Paz metieron en un par de semanas una nueva línea con manguera de polietileno de alta resistencia para sustituir a la averiada, todo con un costo de 395 mil pesos a cargo de los dineros del organismo operador de agua de la ciudad de Puebla. La enterraron en el monte o la colgaron de los peñascos, pero la treparon en línea recta para llevarla hasta el depósito 140 metros más arriba. El proyecto suma otros 295 mil pesos para una línea alterna que llevará el agua a las partes más altas de la comunidad.

José cuenta rápido su historia: “Antes la gente bajaba hasta el río al ameyal de nombre Tecama, ahí venía con sus cántaros y sus burritos; pero se organizaron las familias y construyeron con gobierno en el manantial que llaman La Fábrica –a saber por qué--, y se puso la bomba y la tubería hasta el depósito que mentan Ametépetl, y de ahí, por etapas, la red para casas, señor, no de un jalón, pero ya a hoy todas.”

José está contento y agradecido. Cuatro veces me pide que no deje de decir que agradecen a la alcaldesa Albertana Cayenca Amelco y a los funcionarios del SOAPAP –y me da sus nombres, Gustavo, Daniel, Edmundo-- que en tan poco tiempo hayan logrado recuperar su sistema. Yo lo veo ahí, trepado en la caseta que guarda la bomba, justo sobre el manantial a la orilla del río Atila que 45 kilómetros más abajo desembocará en el río Nexapa a la altura del pueblo de Atzala. Y pienso en su trabajo de todas las madrugadas.

“Mire, acabo rematado. Bajar a prender la bomba, porque no hay un suitch, y subir a checar el llenado del depósito, de menos tres a cuatro horas yendo rápido, y luego abrir válvulas en el pueblo, y cerrarlas más tarde. El día entero. Y no se diga el fin de semana, todos los días, señor, y sin paga, todo por la comunidad. Y si hay una fuga, a colgarse con sogas de un árbol para soldar el tubo a medio barranco…”

Los ingenieros del SOPAP lo escuchan. Pondrán un timer para que la bomba prenda y apague automáticamente. Se acabarán las carreras del presidente del comité.

“No, señor, necesitamos una moto…”, me dice José al despedirse.

Señoras

Los hombres han traído los elotes tiernos desde las milpas arriba en el llano hasta la cañada. Ellas han cortado los aguacates, sazonado las salsas y elaborado unas maravillosas gorditas. Atienden así a los ingenieros y funcionarias del SOAPAP en un paraje a la orilla del rio Atila sombreado por ailites, amates, encinos y aguacates. Son las mujeres campesinas, productoras de maíz, frijol, amaranto. Son las madres de los hijos que se han ido al norte. Son las mujeres a las que el terremoto ha destruidos sus casas. Escribo sus nombres de izquierda a derecha: Yolanda Cacique Oliva, María de los Ángeles Rivera Rivera, Alicia Pérez Ramos, Martha Atenco Guerrero, Leidy Laura Alonso Torres, Angélica Martínez Cacique.

Convento

Albertana Cayenca Amelco, presidenta municipal de Tochimilco, nos lleva al interior del templo desde la casa parroquial en el ex convento de San Francisco. Los muros y contrafuertes dominan todo en el patio del curato. Tras una puerta encristalada, en una sala se refugian los santos y patronas sobrevivientes; al fondo, un cuadro de la Guadalupana del estilo de los que pintara en el medio siglo XIX Agustín Arrieta; a la derecha unos Santos Reyes todavía ofrecen oros y mirras en cofres y recipientes dorados a una virgen recién alumbrada; por ahí un San Martin de Porres mira impávido el revoltijo de cajas y envoltorios de ropa que ahogan ángeles y vírgenes.

Por un pasillo Albertana nos guía al interior del templo de Santa María de la Asunción, parte del convento que para la orden de los franciscanos edificara en los alrededores de 1560 Fray Diego de Olarte. Ella se guarda sus palabras. Basta levantar la mirada al cielo para valorar la catástrofe. Sé que estoy en una de las maravillas del XVI mexicano, el siglo de la conquista y el exterminio de los pobladores de Mesoamérica; y que el convento de Tochimilco fue una de las puntas de lanza de esa brutal entrada a los dioses europeos y al mundo moderno de la nación mexicana. Pero no es útil pensar en ello frente a la destrucción que presenta el templo franciscano, con su nervadura gótica rajada en varios puntos a todo lo largo de su bóveda. Alberta no dice nada, sabe que sobran las palabras ante la quiebra de esa maravilla antigua que está a punto de venírsenos encima.

Del patio del convento han recogido todo el cascajo. Arriba, sobre la arcada del segundo piso, ha sobrevivido el reloj de arena.

Yo salgo al atrio y quedo frente al frontón de un templo que despliega la sobriedad de su piedra negra volcánica, puesta entre el mortero blanco con la mejor técnica del puntillismo pictórico. Ha sobrevivido la capilla abierta, igual que las almenas de la muralla que cerca el convento hacia el poniente. Me resguardo del sol a la sombra de la torre. Busco sus heridas. Parece indemne, como si ignorara que vengo de ver la desgracia de su bóveda quebrada, la soledad de su espacio sin bancas, sus paredes tiesas, sus nichos vacíos, como si los 450 años transcurridos de penas murmuradas y llantos cantados se hubieran desvanecido en el polvo y el silencio que dejó el estrépito del terremoto.

Pero la mirada certera descubre la rajadura en el segundo nivel de la torre, y la doble arcada rota a la izquierda. Y las huellas blancas de las heridas que dejaron otros terremotos en la fachada. Y la interrogante llana sobre lo que costará en dinero y sabiduría arquitectónica reconstruir este vestigio de lo sucedido hace casi ya quinientos años en estas faldas de nuestro volcán y sus pueblos originarios.

Albertana se guarda sus palabras.

La presidenta y el funcionario

No se conocen aún las cifras del censo de SEDATU –las darán en lo general el domingo 15 de octubre, con 27,782 casas dañadas (97.2 % del total) y 2,352 consideradas pérdida total --, pero a la vista está es que las cifras no coinciden en Tochimilco: el ayuntamiento cuenta alrededor de mil como inhabitables, y SEDATU sólo reconoce 600.

“La labor es titánica –dice Gustavo Gaytán, director del SOAPAP (Sistema Operador de Agua Potable y Alcantarillado de Puebla), el funcionario del gobierno estatal que llegó a Tochimilco el día 21 de septiembre para reconstruir el sistema de manantiales destruido por el terremoto en esta región de pueblos al sur del volcán Popocatépetl, y quien desde entonces coordina las tareas de reconstrucción en el municipio de Tochimilco--. El territorio es enorme y el tamaño de la afectación de casas, escuelas y templos nos rebasa a todos.”

Y el problema todavía está en reconocer la extensión del desastre.

La conversación arranca por una barda que entre el ayuntamiento de Tochimilco y los funcionarios del SOAPAP han decidido tumbar. Está en la calle de atrás del Convento. Por qué en este pueblo las autoridades históricas no se miran la cara --el convento tiene la vista al poniente, y la presidencia municipal mira a su propio parque y al sur—es un asunto decidido por alguien cuyos huesos descansan hace mucho tiempo bajo esta misma tierra zarandeada por el sismo del 19 de septiembre. Pero la barda del pleito anunciado entre el INAH y el ayuntamiento es la plantada enfrente de la que resguarda a la vieja iglesia del convento franciscano, a la que por cierto llega a dar el antiguo y extraordinario acueducto. Y cuando la gente vio que otra barda del vecindario se vino abajo unos días después del temblor, para angustia de un burro que por ahí discurría su jornada, presionaron a la alcaldesa para proceder contra el muro de cuatro metros que amenazaba con venirse abajo en la calle Libertad.

“Ahora el INAH dice que nos va a multar con 80 mil pesos por el derribo de una barda del siglo XVII –me dice Alberta…, presidenta municipal de Tochimilco--, que había mejor que apuntalarla ¿pero y si la barda me mataba un niño?, ¿qué le iba yo a decir a la gente?”

El INAH, por cierto, no pone un peso para apuntalar barda alguna. Todo eso, en su caso, tendrá que esperar a los recursos del FONDEN. El convento y su templo, severamente afectados, también tendrán que esperar sin apuntalamiento alguno, a pesar de las grietas en sus bóvedas. Pero si el muro de los tiempos coloniales es de un particular, las multas aplican, como es el caso de la señora Gabriela N., a la que también ya le llegó la amenaza de multa.

“Es cuestión de sentido común –dice Gustavo Gaytán, director del SOAPAP, al frente de las actividades de reconstrucción en el municipio de Tochimilco, el más afectado en su infraestructura de agua potable en toda la región afectada por el terremoto--, pero si los inspectores del INAH no vienen a campo, y todo lo resuelven vía telefonazos diciendo que casas y muros están dentro del catálogo del patrimonio histórico, no pueden ver el peligro en el que está la gente.”

Dice entonces la presidenta: “Nos dicen del gobierno: no cierren la carretera porque es la ruta de evacuación por el riesgo de erupción del Popo, y el INAH dice espérense, no tumben nada hasta que yo diga, pero no vienen a ver las casas, las bardas…”

Y cuenta de una escuela particular asentada en una vieja casa colonial, colapsada en uno de sus muros laterales. La gente la quiere demoler. Y muchas casas están sobre zonas de riesgo a la orilla de arroyos y barrancos, pero la gente no se quiere mover de ahí.

“Y si alguien se muere –acota Gaytán--, ¿a quién van a linchar? Porque aquí la gente no se va a quedar viendo, se van a ir sobre nosotros.”

Johnny

Tres semanas después del sismo no hay un acuerdo sobre el número de casas afectadas por el terremoto en Tochimilco. El censo que levantó el ayuntamiento habla de 1,300 viviendas señaladas para demolición. La cuenta del gobierno es de 600 menos. ¿A quién creer? ¿Cuáles criterios se aplican para decidir entre demolición y reparación? El FONDEN dispone que no entren bajo su cobijo las casas de dos pisos, y buena parte de las de adobe se quebraron porque sus moradores construyeron segundos pisos con losas y blocks; tampoco rescata las casas construidas con madera, como lo son muchas de las edificadas en Cuilotepec.

“Están con ese tema los de SEDATU –dice Johnny, funcionario de Obras del ayuntamiento de Tochimilco--. Nosotros contamos 1,800 casas dañadas, y de ellas cerca de mil ya no son habitables. Lo que vemos es que no cuadra la información que ellos tienen con la nuestra, apenas estamos intentando cuadrar los números. Es el caso de Cuilotepec, que tiene muchas casas de madera… Allá la gente nos dice, ustedes ayúdennos con materiales y nosotros nos arreglamos. Y lo que piden son láminas de cartón, ellos no esperan otra cosa.”

“SEDATU concentra la información –interviene Gustavo Gaytán--, y maneja sus reglas de qué casas sí y que casas no se tienen que demoler, pero el problema es que no comparten la información.”

Trascabos

Una mirada a las escuelas. De toda la infraestructura existente en el municipio sólo sobrevive un kínder, lo demás está en proceso de demolición.

Es el caso de Alpanocan, con la primaria destruida. Y Tecuanipan, con la telesecundaria ya demolida. Y Tochimilco, con la máquina que retira los escombros este jueves 12 de octubre, pero donde la gente alcanzó a salvar el mobiliario que ahora se amontona en la cancha de básquet techada. Es la escuela primaria José Ramírez.

Oswaldo

Oswaldo Alejo Vázquez tiene 38 años y es productor de amaranto en Tochimilco. No es propietario de tierra, así que esa semilla antigua la siembra en terrenos de temporal que él y su padre rentan en 4,000 pesos la hectárea. Él no mide en kilos, piensa en cargas y almudes. Piensa en los 1,600 pesos que le pagaron en la última cosecha por carga, en los 40 almudes que contiene cada una.

Realmente no piensa en ello ahora. Observa al trascabo que recoge los escombros de lo que quedó de su casa. Me lleva al cuartito en el que guarda lo que sobrevivió del derrumbe de los viejos paredones de adobe de la casa que habitaba a la entrada del pueblo: un ropero, una lavadora, algunas cajas y otros menajes amontonados en una habitación de dos por dos metros.

“Yo estoy agradecido con la ayuda que me dieron para demoler la casa”, me dice.

Alejandrina

Alejandrina Rendón Sánchez ha plantado flores de plástico en macetas que se alienan contra la pared de lámina de cartón que terminaron de construirle hace dos días. Hoy por la mañana le dijeron que ya había fraguado el cemento del piso que le pusieron a la vivienda de 6 por 3 metros que con iniciativa del pastor de la iglesia de El Calvario le construyeron el fin de semana. La suya es una de las veintiséis casas provisionales que en el barrio cristiano de Santa Cruz Cuautemotitla se han edificado en la última semana. Hoy mismo están en construcción cuatro más. La gente pone la madera necesaria y ayuda con su mano de obra.

Desde su casa miramos el volcán que pelea con las nubes su vista. Ella sonríe: “Cuando viene la gente se esconde…”

La casa de Alejandrina quedó destruida por el terremoto. En ella vivía con su marido, cuatro hijos y una nuera. Llevan dos semanas resguardadas en una casa de lona azul a la que se le trasmina el agua por los costados; un tendido de cuatro colchonetas se seca al sol como prueba. Pero ya hoy dormirán todos en la casa de cartón plantada justo en el sitio de la casa derrumbada.

“Perdí todas mis flores –me dice-, pero para alegrar he puesto estas de plástico.”

Ella sabe de plantas. Con sus hijas y su marido siembran todos los años maíz, frijol y amaranto en media hectárea de tierra. Pero el panorama no es grato: les pagan cuando más a 1800 pesos la carga de 40 almudes. Ella mide en maquilas de a 1.5 kilogramos, cien para cada carga. Ya no les costea ese cultivo antiguo: el fertilizante se lleva 500 pesos por costal de 50 kilos; y los peones, al menos 50 jornales se tienen que pagar, y ya cobran 100, a veces 120, pesos más el refresco y la comida. No, no resulta.

“Desde que tembló no hemos regresado al campo”, me dice.

Eva

Eva Álvarez Andrade tiene 36 años, es madre soltera de un niño de diez años y trabaja en el servicio doméstico en una casa de Cuernavaca. Regresará al trabajo el lunes 16, luego de unas vacaciones, dice ella, en las que ha sido testigo de la demolición final de su casa. Sólo el pórtico sobrevivió, construido con castillos y adobe, con la fecha de 1956 grabada en el cemento.

“Me dieron mis días los patrones, entendieron lo que me ha pasado”, dice en la cocina que ha habilitado en la caseta de lona que llegó como ayuda desde la ciudad de Puebla, y que plantaron en el sitio que ocupaba la casa de adobe que construyeron sus abuelos hace más de sesenta años.

Qué sigue ahora para ella. Reconstruir con la ayuda que llegue de donde sea, pero primero valerse por sí misma. “Mi papá se apuntó con los antorchos, que dicen que van a dar casas. Él no cree en nada, todos prometen, pero no cumplen. Mejor nuestro trabajo y nuestro esfuerzo.”

Y ya sueña con su nueva casa: “Yo la prefiero de adobe, tampoco mi papá quiere que se pierda lo antiguo, y es más bonito. La verdad es que yo no quería que la tumbaran, pero ya que podemos hacer.

Alfredo

Alfredo Mantilla observa recargado en la pared de una casa de adobe al grupo que a marrazos demuele su casa. Era la suya también de adobe con una losa de concreto encima, como tantas más que no sobrevivieron al sobrepeso echado sobre los viejos muros de tierra. Ahora vive en un cuartito de madera y cartón en el patio trasero de lo que fuera una construcción de dos pisos, por cierto la primera que los tuvo en esta calle principal del pueblo. Es un hombre mayor, arriba de los sesenta, campesino productor de amaranto, como tantos otros en Santa Cruz. No puede ayudar, pues lleva ya días con un dolor que le corre de la espalda a la pierna derecha. Los marrazos no tienen reparo y posan sin descanso para lo foto que Alfredo acepta que le tome como testimonio de la pérdida total de su patrimonio.

El Pastor

Un terremoto puede volver a unir el corazón de una comunidad partido por la religión. Algo así ha ocurrido en Santa Cruz Cuautemotitla.

Lorenzo Calderón Solís es un hombrón de unos 40 años de edad que llegó desde Tabasco a Santa Cruz hace doce años como pastor de la iglesia evangelista pentecostés El Calvario. Hasta el 19 de septiembre pasado presidía el culto de los domingos desde un templo con la mejor vista al volcán Popocatépetl que se pueda imaginar para una comunidad religiosa en este territorio. En la punta de una loma al sur del pueblo, en su rededor viven las familias que en los últimos años abandonaron a la iglesia católica. Casi la totalidad de las casas resultaron con pérdidas graves que han obligado a la demolición de buena parte de ellas.

También el templo cristiano quedó destruido por completo. Hoy en su lugar existe una explanada con escombro blanco molido: en un extremo, el fierro retorcido que se ha rescatado de losas y columnas está a la espera de que se lo lleven a vender a Atlixco como una recuperación mínima de dinero ante la pérdida del edificio. Sobrevivió la casa comunal, y ahí han organizado la cocina colectiva que ha dado de comer a los brigadistas desde el día 21 de septiembre.

“Son alrededor de 160 casas las que se perdieron en Santa Cruz –me dice en un momento que tiene libre pues ahora organiza la salida de un grupo de voluntarios que levantarán una de las cuatro casas de lámina de cartón que se construirán el día de hoy--, y hasta hoy no ha habido mayor ayuda de gobierno local, sólo a dios gracias estos señores del SOAPAP que han coordinado la demolición de las casas en riesgo y construcciones como nuestro templo. Pero aquí ahora se trabaja parejo, no se ve si son cristiano o no, eso no importa. No soy de aquí, pero las carencias de aquí las sufro yo también. Ahora tenemos ya 26 casas de lámina de cartón terminadas, y cuatro más hoy, treinta. Pero fíjese, hablé de 160 casas destruidas.”

Así que en Santa Cruz la división entre católicos y cristiano se ha dejado de lado. Tan es así que se han organizado para dar de comer a los brigadistas y funcionarios del SOAPAP un día unos y al siguiente los otros.

Al pastor Lorenzo se le ocurrió la idea de levantar cuartos provisionales de lámina de cartón, como el de la señora Alejandrina.

“La gente sigue encapsulada en casas antiguas, buenas para el frío y el calor, pero ojalá haya la oportunidad de que se construyan mejores casas, una vivienda digna, con un espacio particular. Ojalá las personas del gobierno escuchen y vengan a ver, porque es fácil hablar desde el cabildo, desde una tribuna, pero aquí no ha venido ningún diputado, ningún gobernador, no ha venido Gali, y lo digo con todo el temor…”

Faustino

Al atardecer, en San Miguel Tecuanipan, Faustino Martínez García no duda: “Que nos haga caso el gobierno, nos tiene en el abandono.”

Lo que sí ha hecho el gobierno es mandar a un equipo de PEMEX experto en demoliciones y su experiencia sirvió para que hoy del edificio que albergaba la presidencia municipal no quede más que un montón de escombros blancos. “Lo puedes ver en yutub”, me dice. Ya se había caído en 1985. Así que parece que es costumbre. Sobre la loma está el templo, pero desde la carretera sólo vemos el portón del atrio quebrado. El hijo de Faustino lleva las cuentas de la dimensión de la catástrofe en su pueblo: en San Miguel el sismo tumbó totalmente 60 casas; la suma de la pérdida total en viviendas es de 146; daños graves, 90; parciales, 81. ¿Se puede dar una mejor imagen de lo que significa la palabra catástrofe?

Nacido en San Miguel Tecuanipan tampoco duda en asuntos de amaranto y de pobreza: “El de Tecuanipan es el mejor de toda la región, señor, pero somos un pueblo de alta marginación, pura sobrevivencia. Maíz, frijol, amaranto, no hay otro trabajo. Sólo el norte. ”

El amaranto.

En la región de Tochimilco lo siembran desde siempre. A pesar de que los misioneros pronto prohibieron su cultivo por el uso pagano que los antigos le daban al minúsculo grano. Tanto pesó el anatema que ya no existe la costumbre de mezclarlo con el maíz en el nixtamal, Ahora en octubre vez sus racimos rojos y verdes se miran casi a punto, pero será en noviembre cuando los productores lo cosechen. Abundan los sembradíos, pero también puedes verlo en las milpas, o envuelto entre las flores de cempasúchil. Tochimilco es la región más importante para la producción de amaranto en el país. Una maravilla de estas tierras de pueblos pobres. Levantar una tonelada se lleva al menos tres hectáreas, y la pagan a 12 mil pesos si bien va. Pocos en estos rumbos tiene más de media hectárea. Si quieres levantar un par de toneladas, tendrás que rentar, y ya piden cuatro o cinco mil pesos por la hectárea, y suma los peones, y el fertilizante, y la preparación de la tierra... El amaranto sufre igual la maldición del maíz. Y la condena de sus productores a la pobreza.

¿Logrará el terremoto modificar esta historia amarga del grano más rico en proteínas y que nos comemos en alegrías?

Vida y milagros

¿Qué tan fuertes fuimos y podemos llegar a ser en esta emergencia de los sismos de septiembre?

Y me refiero a todos, a los damnificados en lugares rurales o urbanos, al ciudadano armado con su teléfono celular y su interés por hacer algo, a las instituciones privadas, pequeñas y grandes, y a ese poderoso equipo que pueden ser las instituciones públicas de los tres niveles de gobierno cuando se articulan bien. En base a lo que he vivido y visto en Puebla, creo que podemos ser más eficaces y fuertes si nos seguimos hablando como se hablan los jugadores de futbol en medio de un partido complicado, en el que afortunadamente hay un medio tiempo para recapitular y tomar aire antes de regresar a la cancha a tratar de ganar uno de los partidos más importantes de nuestra vida.



Primero que nada, es sano dimensionar bien el peso de nuestro tamaño y esfuerzo con respecto a la totalidad del equipo de ayuda: no tiene nada de malo saber que quizá solo somos 50 gramos de un kilo, pero esos 50 gramos pueden ser claves y muy útiles en una emergencia y adquieren valor solo si sabemos sumarlos a los 950 gramos del resto de la ayuda. Exagerar de más la importancia de la sociedad civil no es realista, darle su correcta dimensión y utilidad es sano.

El sábado pasado varios de los que nos unimos o conocimos en esta emergencia nos fuimos a vestidores a pensar juntos. Fuimos los representantes de varias instituciones privadas y públicas que nos enlazamos en estos 20 días después del temblor, primero de manera espontánea y luego construyendo un orden que nos permitiera ayudar sin estorbar, con estrategia y eficacia. Era importante hacer ese encuentro para mirar con calma nuestros aciertos y errores de estos días.



¿Quiénes asistieron a este encuentro de intercambio de ideas?

De la sociedad civil Asistieron veinte organizaciones, catorce ONGs con diferentes vocaciones, cuatro organismos empresariales y dos administradores de plataformas de información, Gobierno Fácil y Epicentro.

De parte de las instituciones de gobierno asistió el responsable de uno de los ocho centros de mando que instaló el gobierno del estado de Puebla en las zonas más afectadas que son: Puebla y zona metropolitana, Izúcar, Chiautla, Atlixco, Tehuacán, Metepec y Acatlán. En esos centros de mando se enlazan los representantes y enlaces de las instituciones federales y también el ejército, nuestro ejército cuando es de paz, tan bien entrenado y admirables para eventos de ayuda en tiempos de desastre. Desde ahí también se enlazan con las autoridades municipales, muy faltas de recursos materiales pero conocedores de la realidad social, económica y política de sus enormes y complejas comunidades.

Asistieron también los ejecutivos gubernamentales responsables de coordinar los trabajos en dos de las comunidades más dañadas, Tochimilco y Chietla. Dos comunidades rurales, una en las cercanías del volcán, en zona de riesgo por muchos motivos, con clima frío y terreno escarpado y otra en la durísima y extremosa mixteca caliente. Ambas con economías muy frágiles pero con un largo historial de sobrevivencia. Difícil para sus habitantes, muchos que lo perdieron todo, y difícil para quienes tienen que ayudar a resolver la emergencia.

Creo que fue muy útil hacer este alto en el camino. Nos ayudó a entender mejor la importancia de utilizar con muchísima más responsabilidad las redes sociales, a verificar la exactitud de información que vamos a difundir, a usar esta fantástica herramienta para pedir y dar ayuda de manera más rápida, para comunicarnos con eficiencia, para saltar burocracias públicas y privadas sin crear caos, para retratar cosas que solo una imagen podía explicar con elocuencia, y sobre todo, para entender que se puede trabajar hombro con hombro y no confrontados si escuchamos y trabajamos como mexicanos sin etiquetas y con menos prejuicios hacia los demás.

Vi muchos héroes sin capa en estos días, los que no se notan pero ahí están, ante su casa caída y los trastes quebrados recogiendo con buen ánimo lo que el desastre les dejó, he visto muchos voluntarios expertos y valiosísimos y otros inexpertos, llenos de buena actitud pero faltos de guía. He visto muchos funcionarios públicos anónimos, los que no saldrán en la foto, pero que están haciendo su trabajo con responsabilidad y seriedad y en turnos extenuantes desde hace 20 días. He visto a periodistas y fotógrafos extraordinarios dedicados a documentar con rigor y sensibilidad la memoria de lo extraordinario.

Lo más importante es entender que falta mucho por hacer y que se necesita una enorme dosis de perseverancia, recursos y respeto hacia las comunidades que sufrieron más daños. El tiempo de la primera emergencia ya pasó. El tiempo largo para una mejor edificación de lo perdido apenas empieza para todos, para quienes perdieron su casa o todo su patrimonio, y para quienes en serio quieran apoyar a largo plazo.

La memoria de este encuentro y sus principales conclusiones pueden verlas en la página de www.dalelacara.org a partir del 10 de octubre. Pensamos que pueden ser útiles para otros equipos tan diversos como el que ahora menciono. Hace falta humildad para aprender de estos días que nos dejan tantas lecciones y cientos de tareas pendientes.

Foro sobre Prevención de Violencia en Niños, Niñas y Adolescentes:

Propuesta para una Cultura de Paz



Edificio de la Aduana Vieja, ciudad de Puebla, 17 y 17 de Octubre del 2017

En este evento se analizará la situación de los niños, niñas y adolescentes, como grupo especialmente vulnerable en nuestra sociedad. Las conferencias y mesas de diálogo presentarán la problemática de este grupo de población como víctimas de la violencia en México, y propondrán alternativas concretas desde diferentes niveles y sectores para reducir las prácticas discriminatorias que contribuyen a la vulneración de sus Derechos Humanos, especialmente los Derechos de este sector poblacional.

Programa:



Lunes octubre 16

10:00 a 10:15

Bienvenida e inauguración

Louise Greathouse Amador

Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” (ICSyH, “AVP”)

10:30 a 11:30

Conferencia 1: Edad penal. Una perspectiva desde el Neuroderecho

Eric García López

Universidad Nacional Autónoma de México,

Facultad de Medicina, Programa de Ciencias Forenses

11:30 a 12:30

Conferencia 2: El testimonio infantil en el nuevo sistema de justicia, aportaciones desde la psicología jurídica

Verónica Godoy Cervera

Universidad Autónoma de Yucatán, Facultad de Psicología

12:30 a 1:00

Descanso

1:00 a 14:15

Mesa de ponencias estudiantes 1

Violencia de pareja en adolescentes y jóvenes

1. Detección de violencia de pareja en mujeres

adolescentes por medio del VADRI.

Gloria Zamora Damián

2. Ciberbullying, ciberviolencia de pareja y

sexting en adolescentes

Dulce María Mejía Tepoxcal

3. Tácticas de solución de conflictos y violencia

de pareja en jóvenes

Adriana Alvarez Chilaca

Coordina: José Luís Rojas Solís

BUAP, Facultad de Psicología

1:00 a 14:15

Mesa de ponencias de estudiantes 2 Prevención de la violencia y Educación para la paz

  1. Educación para la paz en adolescentes con discapacidad: las nuevas tecnologías y el desarrollo integral

Alejandra Justin de la Fuente Laudo

  1. Hacia la transformación del conflicto: ideas de

paz y violencia en la secundaria

Ana Luisa Jiménez Briones

  1. La no violencia en los pueblos

campesinos de San Pedro Cholula según

los usos y costumbres

Georgina Tochimani Tochimani

Coordina: Patricia Preciado

BUAP, ICSyH, “AVP”

14:15 a 16:15

Comida

16:15 a 17:15

Conferencia 3: El cine y la violencia de género. El caso de los adolescentes

Lilia Campos Rodríguez

BUAP, Facultad de Psicología

17:15 a 18:30

Mesa de análisis: Estrategias y acciones para prevenir la discriminación y la violencia de niños, niñas y adolescentes

Paulino Dzib Aguilar

Verónica Godoy-Cervera

Eric García-López

Elsa Herrera Bautista

Coordina: Luz Anyela Morales

BUAP, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Criminología

Martes octubre 17

10:00 a 11:00

Conferencia 4: Riesgo de inserción de memorias en menores de edad durante los juicios orales

Paulino Dzib Aguilar

Universidad Autónoma de Yucatán, Facultad de Psicología

11:00 a 12:15

Mesa de ponencias de estudiantes 3

Violencia social y de pareja

1. Empatía y violencia en el noviazgo

Perla Selene Martínez Lecona

2. Violencia en parejas de universitarios

poblanos y veracruzanos

Gustavo Inzunza Rodríguez y Dulce María

Velasco Santiago

3. Violencia social y violencia natural: sus

efectos

Marievna Donaji Vázquez Marcial

Coordina: Patricia Preciado

BUAP, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego”

11:00 a 12:15

Mesa de ponencias de estudiantes 4 Prevención de la violencia y Educación para la paz

  1. Un programa de prevención de la violencia y fomento de una cultura de paz en niños de segundo de primaria

Emmanuel Roldán

  1. Necesidad de programas para la intervención con maltratadores de niños: aportaciones en el marco de la Justicia Terapéutica

Itzel García Santiago

  1. Justicia terapéutica en caso de adolescentes en conflicto con la ley.

Leticia Elena Guido Jiménez

Coordina: José Luis Rojas

BUAP, Facultad de Psicología

12:15 – 12:45

Descanso

12:45 a 13:45

Conferencia 5: Retos para la construcción de espacios para niños, niñas y adolescentes

Elsa Herrera Bautista

Observatorio de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes de Puebla

13: 45 a 14:45

Conclusiones y cierre

Louise Greathouse Amador BUAP, ICSyH, “AVP”

con la participación de conferencistas

(Las fotografías históricas que acompañan este texto fueron tomadas del libro "Puebla, algunos capítulos de su historia educativa/De la Independencia a la Revolución", de Estela Munguía Escamilla, Ediciones de Educación y Cultura/BUAP, 2010.)



Los edificios históricos no son más que el reflejo del sueño de una época convertido en un espacio específico, para una función determinada, realizada claro está por seres humanos. La arquitectura cobra sentido entonces no sólo por lo que se conoce como estilo o por su grandilocuencia, sino fundamentalmente por la interrelación entre el espacio y el uso que esas personas le han dado o le darán. La función de un edificio es entonces parte fundamental de su carácter histórico.

Por ello resulta fundamental que las escuelas decimonónicas de la ciudad del Puebla dañadas por el sismo, hasta donde sea posible no sean demolidas, sino restauradas y nuevamente habilitadas para su función educativa. Esa es la demanda central de maestros, alumnos y padres de familia de entre otras la Escuela Leona Vicario, La Fragua y la Escuela Héroes de la Reforma. Tan sólo un día después del terremoto, por ejemplo, de manera espontánea, cientos de alumnos irrumpieron la sobriedad del edificio porfiriano de la Escuela Primaria Leona Vicario, para entablar un diálogo con la misma en sus propios muros exteriores, con mensajes como:

“Me has enseñado muchas cosas, amor y a superarme, gracias Leona Vicario”, “La vida es el descubrimiento de lo que somos, de valores que forjaron nuestras vidas y pueblos y naciones que engrandecen con orgullo tu nombre “Leona Vicario”, gracias por todas las generaciones que albergaste” Edith V.V., “Gracias por cada momento que me degaste vivir en tus instalaciones, por todas las generaciones que albergaste, por los mejores amigos que me diste, te llevaré en mi corazón” Tiffany Cortés., “Sigue luchando Leona Vicario, te amamos,” “Love, la escuela Leona Vicario nos ha enseñado que ella es muy importante para todos y que la queremos con todo el corazón, está escuela va a salir adelante porque nos ha enseñado que nos necesita y nosotros a ella, aunque la construyamos de otra manera, aunque sea diferente va a seguir siendo la Leona Vicario.”



De esa declaración de amor y respeto por la escuela, los estudiantes pasan al agradecimiento a los maestros, los gratos momentos ahí vividos, la demanda al gobierno de la reconstrucción.

Dicen:

“Gracias a todos los profesores y hasta a la directora, siempre estarás en mis recuerdos Leona Vicario, mi escuela querida, tan fuertes eran tus muros,” “Gracias gobierno, nos dejaste sin escuela.” “Por favor, queremos más generaciones de seres educados y con educación de calidad y amor,” “Gracias por todas las experiencias vividas, por los buenos maestros y los aprendizajes, gracias a los maestros,” “Fueron los mejores momentos de mi vida,” “Gracias a todos por compartir risas y llantos, todos somos leones.” 2 A, “Cuando subía y bajaba las escaleras ahora serán viejos tiempos.”

Como se deduce de estos escritos compartidos, entonces, la escuela es algo más que un edificio, se trata fundamentalmente de un espacio compartido.

Lo mismo puede decirse del clamor de los padres de familia afuera de la escuela Héroes de la Reforma. Cierran la 11 Sur para exigir el restablecimiento de la escuela, un diagnóstico arquitectónico y la presencia del gobernador. Exigen ser ser atendidos por las autoridades, y estos son sus reclamos: “Nuestra escuela es patrimonio de la UNESCO” “No demolición, queremos restauración,” “Dictamen honesto, ”Desde hace dos años el gobierno nos quiere quitar la escuela,” “No hay ninguna reparación en ningún lado, nomás se toman la foto y se van,” “Queremos a Tony Gali, queremos a Tony Gali.”

AUDIO: PROTESTAN PADRES DE FAMILIA CONTRA LA SEP EN LA HÉROES DE REFORMA

Un clamor, el de la educación pública eficiente que coincide justamente con los motivos que datan desde la república restaurada, por los que se construyeron dichas escuelas.

El pasado hecho presente

Para ello vale la pena aquí asomarnos al pasado que ahora se hace presente. El 15 de julio de 1867 entró Juárez a la ciudad de México, sólo unos meses después integró la Junta de Instrucción Pública para discutir las condiciones de la Ley de Instrucción. La Ley Orgánica se estableció el 2 de diciembre de 1867, exponía que la educación primaria era obligatoria para todos los niños, a partir de la edad de cinco años; a los padres de familia que no cumplieran con esa disposición se les impondría una multa o severas sanciones. También se instituyó educación gratuita para los pobres, que debían pagar los ayuntamientos. Además con la ley no se incluiría enseñanza religiosa en los programas de estudio, con excepción de algunos colegios particulares, que daban catecismo.

A partir de entonces en Puebla se aplicaron las leyes juaristas y se fundaron diferentes instituciones educativas. De inicio el gobernador Ignacio Romero Vargas (1869-76), confió la reforma de la instrucción primaria al educador alemán avecindado en Puebla, Gustavo P. Mahr. En 1870 Puebla contaba ya con mil escuelas, número muy alto para la época, la mayoría en la capital del estado y el distrito de Zacatlán. Pero en lo que se refiere a la educación pública en la ciudad de Puebla sólo funcionaban seis escuelas para niños y seis de niñas: en 1874 las de los niños permanecieron igual y las de niñas pasaron a ser siete.

Por su parte, durante la administración del gobernador Juan C. Bonilla (1877-1880), se estableció en 1877 la conocida como Ley de Instrucción Pública, que decretó la educación primaria pública y gratuita para todos los habitantes del estado. Con anterioridad a dicha Ley las escuelas primarias del estado sólo se habían establecido en haciendas y rancherías. Pero ahora el poder ejecutivo estaba obligado a establecer y sostener escuelas en número suficiente y dotarlas con los útiles necesarios de acuerdo al objeto de la enseñanza. Dicha ley ordenaba que las escuelas de instrucción pública fueran sostenidas por los ayuntamientos, con fondos municipales especiales.

En 1888, gracias a ese impulso, la población escolar fue de 71, 311 alumnos, con 950 escuelas primarias oficiales y 145 particulares, el 9.90% de la población del estado. A su vez, para cumplir con la demanda de maestros, se establecieron las escuelas Normales. En Puebla hubo dos, una para profesoras, inaugurada en 1879, y otra para profesores, establecida en 1880.

Posteriormente, en 1908, la responsabilidad educativa pasó a ser responsabilidad del gobierno del Estado, que se enfrentó con el problema entre otros de la falta de espacios escolares de acuerdo con la educación científica que deseaba impartir. Fue entonces cuando el gobierno consideró necesario crear locales propios. Para ello primero adquirió las casas número 9 y 11 de la calle de las Recogidas Viejas, hoy 5 de mayo 1800 y expropió la número 13. De igual modo cumplió los compromisos previamente adquiridos por el ayuntamiento municipal con los ingenieros Santa Cruz y Oliver, en las casas número 1 de la calle de Quintanilla, hoy avenida 5 poniente 907 y 909, del nombrado Instituto José Manzo, hoy Leona Vicario, formado por una escuela para niños, otra para niñas y una para adultos. Los planteles antes mencionados fueron construidos entre 1905 y 1908, año en que los inauguró el presidente Porfirio Díaz. En la capital poblana, la primera escuela primaria establecida dependiente del gobierno fue la escuela José Lafragua, hoy también afectada por el sismo. En 1908 había en Puebla 32 planteles de instrucción primaria oficial; en 1912 eran 28; en 1913 29 y 34 para 1914. A nivel nacional, entre 1909 y 1910 hubo 901,000 alumnos, contra 227,500 en 1878, con lo que se inició el combate al analfabetismo, que todavía en 1910 era del 78.5% de la población.

Son las escuelas decimonónicas de Puebla, entonces, testigos del establecimiento de la educación laica y gratuita; del inicio de la lucha contra el analfabetismo en un país emergente. Principios que serían retomados por la Constitución de 1917 y los gobiernos post revolucionarios.

Por ello nada más elocuente que las líneas escritas con plumón en el muro resquebrajado del otrora colegio José Manzo, hoy la Leona Vicario, sobre la que de un jalón el gobiernoya había decretado sin más su demolición, y cuyo destino por lo pronto es incierto:

La vida es el descubrimiento de lo que somos, de valores que forjaron nuestras vidas y pueblos y naciones que engrandecen con orgullo tu nombre “Leona Vicario”, gracias por todas las generaciones que albergaste” Edith V.V.

Miércoles 21 de septiembre. Cae el día en el pueblo. A la hora incierta de la luz en el poniente Chietla sigue sacando escombro de las casas. Las manos de chango y los camiones materialistas trajinan ahí donde las montoneras son tales que impiden todo tránsito. Todavía pasarán días enteros sin que las familias sepan cuál será el destino final de sus casas.

Estos retratos guardan el momento. Al interrogante por el futuro, sin embargo, añaden la memoria. Y por ella a la ruta hacia una historia que merece contarse.



Soledad y Filogonio

Filogonio mira jugar a sus nietos en el jardín, al fondo de una casa grande, sobreviviente del terremoto con todo y sus adobes y sus concretos acumulados en una construcción abigarrada por dentro pero hermosa por fuera, que ahora evalúa un grupo de arquitectos.

La casona de Soledad Anzures Vázquez en la calle de Guerrero 24 es de las más viejas en Chietla. 200 años le calcula su marido Filogonio Jorge Cabrera Campos. Nombres largos los suyos, como los años de este edificio de dos pisos con muros que rebasan el metro en su planta baja. El techo se mira entero, con sus fuertes vigas de mamey, en el mejor estilo de las construcciones en este pueblo. Las grietas se ven en el segundo piso, al que le plantaron una losa enorme que lo cubre por completo, en un ejemplo fiel de las modificaciones que la gente ha hecho en sus casas a lo largo del tiempo.



Filogonio acompaña a las arquitectas Karla González, egresada de la BUAP y empleada de la empresa COADUVE Construcciones, y Diana Ortega, supervisora de obras en el ayuntamiento de San Pedro Cholula, quienes han llegado hoy a Chietla por su cuenta a colaborar en la evaluación de las afectaciones provocadas por el sismo.

“Tenemos que ver qué tan afectado quedó el muro –dice Karla en la azotea, y confirma lo que los arquitectos traen a flor de boca--: cada sistema funciona distinto, y aquí han metido la losa sobre el adobe… Es muy difícil hacer un diagnóstico. Y si usted ve, la humedad en las paredes también ha hecho su parte.”

Qué difícil hacer un diagnóstico. En eso medita Filogonio, pero no lo veo muy preocupado por la plática con las arquitectas, sobre todo si en la planta baja tratas de abarcar con la vista los enormes muros.

“Mire –me dice la señora Soledad mientras arriba las arquitectas y su marido continúan con la evaluación de los daños--, ya vino mi pastor, él es arquitecto, y ya nos dijo, no se preocupen, poco a poco recuperaremos la casa…”

El pastor. Soledad es cristiana. Y por esa ruta me explica su tranquilidad:

“El corazón debe ser de sangre, no de piedra…”

Esa frase me dijo Soledad.

“Esta es una casa de oración, señor. Por eso no tuve ningún temor. Simplemente cubrí a mis nietos y me dije ‘no va a pasar nada’. Esta casa es muy vieja, y aquí vivimos desde 1957, el año en que mi papá la compró. Él era comerciante ambulante, iba por los pueblos con su camioneta, vendía tinas, cubetas, bacinicas, molinos, vajillas, licuadoras. Así se hizo de esta casa. También era cañero, y antes de eso, sembraba jitomate, cebolla, melón, frijol… Pero a últimas de su vida, pura caña, como todas estas tierras. Y aquí murió. A sus 86 años, me dijo, ‘hija, yo vi nacer, te amo…’, y en mis brazos quedó. Nuestra familia viene de lejos, a mi abuelito lo trajeron de España a los siete años de edad, creo que para que no se lo llevaran a la guerra de África, no sé, pero por él aquí estamos.”

Baja Filogonio con las arquitectas. Sus nietos, despreocupados, siguen en el juego.

Las García

Magdalena y María de los Ángeles Cortés García son hijas de Juanita García, y las tres han perdido sus casas en la calle Victoria, a una cuadra del zócalo de Chietla. Juanita y Magdalena son vecinas, sus casas han compartido el muro medianero que este martes se derrumbó por la mitad. María de los Ángeles vive en la esquina, al otro lado de la calle. En la calle han dispuesto sus haberes, a la espera de llevarlos a algún lado, asunto que ahora no tienen resuelto. Y no son sus casas, las tres le rentan a una familia que vive en Guadalajara y que les cobra 1,500 pesos mensuales por vivienda. Desde hace 21 años.

Ahora todo lo resume Magdalena en una frase: “Van a demoler toda esta calle, desde allá, desde las casas grandes que dan al zócalo.”

Y remata María de los Ángeles: “Así es, señor, van a demoler todo lo que es el centro…”

Ahí están reunidas afuera de la casa derruída, las cuatro generaciones de mujeres chietlecas, las García.

Magdalena y María de los Ángeles viven de vender picaditas y quesadillas en el puesto que plantan en la esquina todas las tardes. Una semana trabaja una, otra semana la otra. Ahora todo está en entredicho. Y a pesar de ello, sonríen y platican con el extraño que les ha sacado plática. Por lo pronto no piensan en lo que será de sus cosas que han sacado a media calle. Piensan en sus hijas: “La escuela, señor, qué van a hacer las autoridades, los baños quedaron destruidos, no podemos mandar ahí a nuestras hijas.”

Luego me dicen: “Si viene mañana a medio día, puede probar nuestras picaditas, nosotras aquí estaremos.”

Migrantes

Juan e Isaac Cortázar Gutiérrez viven en New Jersey desde hace más de veinte años. Su trabajo en una plantación industrial de árboles en el campo les ha servido para construir sus casas en Chietla a la manera moderna. El temblor no les dejó buenas noticias.

Las dos casas se distinguen del conjunto por un hecho simple: no son de adobe. Las dos lucen sus dos plantas en un entorno de casas bajas. Pero las dos tienen dos cosas más en común: no están habitadas y no les ha quedado un muro sano en el segundo piso. Sus cuidadores ya les han mandado a los señores Cortázar una buena reseña fotográfica del estado en que quedaron sus viviendas. Uno de ellos se enterará de que tres de los gallos de pelea del grupo que en diez o doce jaulas vive en el segundo piso de su casa se encuentran entre las únicas tres pérdidas de vida en Chietla.

Recorro la casa de los gallos en la calle de Independencia esquina con J.O, de Domínguez. No hay un muro vivo

Pedro Rodríguez es el cuidador de la otra casa de los migrantes Cortázar, en la calle J. O. de Domínguez. A cambio le han permitido ocupar como oficina de Alcohólicos Anónimos la planta baja de la casa ubicada en la calle de Doña Josefa. Es el grupo “Tres Legados”, me dice mientras me permite ver el estado en el que quedó la casa. En una esquina de la habitación a la entrada están los retratos de los dos norteamericanos fundadores de esta asociación que establece 36 principios, con doce pasos de recuperación, doce tradiciones y doce conceptos de servicio que dan cuerpo al programa. Hoy no habrá reunión, pero para mañana aquí estarán conversando los miembros del grupo que encabeza Pedro desde hace años, cuando decidió de dejar la copa.

A la vuelta de la casa que cuida Pedro, sobre el muro en un costado de la iglesia de San Agustín, han pintado esta consigna:

“La fe es el medio para conocer lo que no vemos.”

Un hombre viejo

No hubo manera de comunicarse con él. A sus oídos sólo llegan murmullos inasibles. Pero él pregunta por un marro. Ha venido al pueblo en busca de un marro. No necesita por lo pronto algo más. No pide que un especialista haga una valoración de su casa. Ha aprovechado para que en la clínica improvisada en una carpa en el zócalo ausculten su pecho y le hagan preguntas que él se encarga de no responder. Luego ha ido al sitio en el que se acumulan víveres y otros enseres, palas, picos y marros, por ejemplo. Él pide un marro. A gritos acaban diciéndole que no pueden dárselo. Él no entiende porqué. Yo tampoco.

Ochoategui

Rocío Burgos Ochoategui es una reconocida psicóloga en la ciudad de Puebla. Su apellido paterno la liga a Chietla y a la casona en la esquina de la calle Morelos y Vicente Guerrero. Ella y su familia han organizado ahí un centro de acopio para distribuir en el pueblo toda la ayuda que en relación con la Volkswagen ha logrado traer desde la ciudad de Puebla. Por fuera la casa no se ve maltrecha. Por dentro los daños son manifiestos. Rocío afirma sin más que la casa entera tendrá que ser demolida.

La casa rompe con lo que he visto en Chietla. La construcción no, pues como la mayoría está fundada en adobe y techos con vigas de madera de mamey. La bóveda catalana ha resistido muy bien. Desde el jardín, frente al ángel en bronce y el árbol de tamarindo uno puede imaginar que la catástrofe no ha caído encima sobre el pueblo.

¿Entera?, le digo. Me lleva entonces a las habitaciones que esta misma mañana han terminado de limpiar de escombro. Los boquetes en los muros. Las grietas abiertas de lado a lado. Los candiles que se vinieron abajo.

No es fácil averiguar quién construyó esta casa. Pero en el pueblo recuerdan que un señor Ochoategui llegó un buen día vendiendo máquinas de coser, y pronto se estableció en Chietla. Familia de comerciantes, entonces. En el pueblo también se acuerdan de las hermanas de aquel hombre, conocidas como las Pepitas, quienes no se quedaron ociosas, pues establecieron una academia de corte y confección. Y una tienda de abarrotes. Y más, una funeraria. Con el tiempo la familia puso un hotel, el San Francisco, que hasta la fecha da servicio.

La de los Ochoategui es una casona de las viejas. Y la familia es de los apellidos rancios en el pueblo. Se reúnen en ella de cuando en cuando, para las festividades. Unos vienen de Puebla, otros de México. Rocío Burgos menciona a un tío suyo magistrado, un hombre que ha hecho mucho para el mantenimiento de la casa.

Pero ahora la palabra demolición se cierne sobre ella.

Dos tierras

Rubén Márquez, de oficio mecánico automotriz, observa el movimiento de un grupo de voluntarios desde la esquina de su casa. A las 3 de la tarde el calor arrecia, y no deja de ser cómica la carrera que traen a esa hora los jóvenes enfundados con palas y picos por la calle de Morelos. No se deciden y van y vienen y no salen de la esquina de Morelos e Iturbide.

“¿Dónde fue el derrumbe?” “Que está atrapado un anciano.” “Que por el rumbo de la clínica del Seguro.” “No, que fue atrás de la Iglesia.”

Por fin arrancan en un solo cuerpo hacia el zócalo, pues se han decidido por el rumor que los dirige hacia la iglesia. El mecánico Rubén y el arquitecto Efrén Meléndez Balbuena opinan que es mejor ir a ver si es cierto el motivo del ajetreo brigadista. Con ellos descubriré que Chietla tiene dos tierras: la barrosa, en la que se planta el pueblo viejo, desde el zócalo por toda la calle Vicente Guerrero que corre de norte a sur y desde la que se desplanta la cuadrícula de calles hacia el poniente, y que concentra la mayoría de la casas quebradas; y la del cerro, que ya contiene al templo y un conjunto de casas construidas sobre un durísimo tepetate y que no han resentido mayormente el sismo.

El templo de San Agustín, el más antiguo, justo por la llegada primera de los misioneros agustinos en el siglo XVI, se puede ver rajado su frente desde la entrada de un callejón sobre la calle Iturbide. Imposible acercarse: está cerrada la puerta de herrería en el arco de acceso. Sólo me queda la frase de Rubén que acompaña a cualquier chietleco cuando se refiere a esa vieja iglesia: “Dicen que hay un túnel que va a dar hasta San Francisco, pero aquí nadie lo ha visto…”

En la calle Victoria que lleva directo al zócalo desde la entrada al pueblo por el rumbo de Atencingo y la carretera federal, la vista es demoledora: los montones de escombro que la gente y los voluntarios sacan a la calle de cada casa. No hay una de la que no broten muchachos con botes y carretillas. Y soldados, también ellos sacan la casta. Nada sacan de la antigua arrocera, cuyos muros de piedra han resistido y permanecen en el abandono de décadas. Tampoco en el cine Carmela, igualmente cerrado y sin que alguien recuerde cuál fue la última película que programó. Hay pasados que ocurrieron hace tiempo en Chietla a los que el sismo ha respetado en su irremediable olvido.

La calle Victoria termina con dos casonas que hacen esquina con el Zócalo. Las dos están quebradas y la amenaza de picota es incuestionable, a pesar de que están en el registro que el INAH tiene de los monumentos históricos. El balcón en esquina de una de ellas es evidencia de su antigüedad. Ahí estaba el hotel Víctoria en la planta alta, y en la baja una de las tiendas de raya en manos de españoles que provocarían la revolución en México.

Dos tierras y dos épocas, me explican Efrén y el mecánico Efrén.

“Aquí hay dos épocas de caciques –me dice Efrén--, esa de los españoles y la que llegó después con el gringo Jenkins con sus caporales. De ahí vienen los apellidos que mandaron después de la expropiación: Austreberto Martínez, Franco Rodríguez y Filiberto Tapia.”

La casa de Franco Rodríguez, una de tantas de las que tuvo en Chietla, se encuentra entre las quebradas.

El templo de San Francisco se ve entero, aunque se le cayó tan solo la almena del campanario a la izquierda, pero la única torre está intacta y el cuerpo central y la cúpula no registran grietas ni riesgo. Han caído al menos dos de los angelitos que engalanaban los tres arcos del enrejado que circunda el atrio; sólo queda el de la derecha, que no deja de mirar circunspecto la recién estrenada plancha del zócalo remodelado justamente por el contratista Efrén Meléndez Balbuena. La herrería de ese pórtico todavía contiene bien amarrado el 1810 que asegura la memoria arquitectónica del templo.

El rumor del derrumbe y el anciano atrapado ha resultado falso. Y ni idea de a dónde habrá ido el grupo rescatista que vimos tres cuadas atrás. Decidimos valorar la situación de las casas construidas loma arriba, sobre la tierra dura.

Por la calle Cuauhtemoc rodeamos el cerro. Efectivamente, las casas han resistido, igual las antiguas de adobe que las de block y losa de concreto. Y sobre todo ha aguantado el templo de San Francisco, cuyos contrafuertes en arco lograron sostener la cúpula sin quebrante alguno.

“Quién se va a acordar de Chietla? –se pregunta el arquitecto y contratista Efrén cuando bajamos hacia el zócalo por la calle Jiménez, con el templo a la izquierda. Lleva todo el día analizando la incertidumbre de los pobladores con sus casas tronadas. Está convencido que muchas de ellas se pueden recuperar, y que ahora lo que se va a necesitar los más pronto posible son materiales de construcción, como polines, arena, grava, varilla, alambrón.

“Yo te tumbo y te limpio tu casa, eso es lo que propone el Ayuntamiento –dice Rubén, cuya casa ha sido declarada inhabitable por uno de los jóvenes arquitectos voluntarios que la ha inspeccionado--. ¿Y con qué vamos a levantar otra?”

De regreso en el zócalo, entre ajetreo de los voluntarios y la gente que revoletea en las carpas en las que se reparte el auxilio que ha llegado al pueblo, han plantado una palmera nativa. Yo no tenía idea de ello: “Chietla viene de la palabra chichitlán –comenta Efrén--, que quiere decir ‘lugar de la cosa amarga’, y se refiere al sabor del dátil, aquí todavía encuentras mucha palma como esa…”

Tiene sentido esa palmera. Chietla es la tierra caliente de Puebla. Tendrán que pensar en ello todos aquellos que quieran venir a ayudar a reconstruir la Mixteca.

¡Topos reconquistó el del Campeonato Nacional de Fútbol Sala Para Ciegos!

A las 10.30 de la mañana es la cita para ver el partido inaugural del Campeonato Nacional de Fútbol Sala Para Ciegos. Es en la ciudad de Puebla, la sede de los Topos, que ya han sido bicampeones. Hoy quieren recuperar el campeonato contra el equipo que representa a la ciudad de México.

El árbitro suena su silbato y se inician las hostilidades. ¡Voy…! ¡Voy…! ¡Voy…! Ese es el grito que invade el terreno de juego. El balón no corre, cascabelea; su sonido va y viene, pasa por la piernas, rebota en las mentes de los espectadores, acaba en la red.

El balón es un solo grito ilusionado… ¡El fucho para ciegos es un juego que se escucha…!



Los capitalinos arrancan a la defensiva, pero muy pronto les marcan un penal a su favor. 1 a 0 ganan los visitantes. Nervios en la tribuna. Pero el ánimo se relaja con el empate.

Uno tras otro caen los goles de los Topos. El marcador final será de 5 a 1 para los poblanos.

No hay manera de explicar lo que en la cancha se vive: el ambiente, la unión que los Topos tienen. No es el primer partido que veo y sigo sin explicarme cómo lo pueden lograr: parece que ven, corren con seguridad, con fuerza, manejan el balón (que tiene un cascabel interno) con destreza, dan pases de un lado al otro de la cancha con precisión y el compañero lo recibe de igual manera. No hay mayor gozo y emoción individual y como equipo que anotar un gol y celebrarlo corriendo como cualquier jugador.

Y a sus fans la piel se nos eriza.

Al final del partido viene la celebración. Jugadores y público somos uno. Las porras que motivan y dan aliento para esperar el siguiente partido y llevan a pensar lo que este momento representa para todos nosotros.



¡Finalmente los Topos consiguen el Tricampeonato!

Los días pasan y ya se cuentan los del nuevo mes.

Nos cuesta trabajo contemplar la extensión de los daños que provocó el terremoto y nuestra manera de ser sociedad.

Cada historia merece contarse.



RELACIONDA:

19S: Retratos del día siguiente en Chietla/Primera Parte

Selma



Selma atiende a los papeles y a la computadora. Es atenta conmigo, no le importuna que quiera revisar los registros que lleva. Y el día después para ella y sus compañeras se les ha ido en registrar en un formato que les mandó Protección Civil desde Puebla el nombre del propietario de la casa afectada, la dirección y los daños que estén a la vista. Ellas no descansan.

“Aquí no han venido más que los voluntarios…”, consigna. Por ahora, en este miércoles 21 no han aparecido los funcionarios públicos de la ciudad de Puebla.

Yo le doy una vuelta a las oficinas. En un pasillo descubro el pasado burocrático de Chietla: el mosaico de los cincuenta, con los escritorios y anaqueles H Steel, las máquinas Remington, el funcionario bigotón y de chaleco, las Selma de la mitad del siglo XX, cuando Chietla aparecía en el mapa político como territorio absoluto del gringo Jenkins.

En otra foto aparecen tres muchachas, también de los años cincuenta. Tienen la edad de Selma. Se les ve felices en algún festejo ahí en el zócalo, a unos metros de donde ella trabaja sin descanso. Alguna de ellas puede ser la abuelita de esta joven secretaria del registro civil.

Imposible llevar a Selma a ese pasado. En su mente están los registros. En algún momento hará el suyo propio.

Jorge Aguilar Torres

El ingeniero Tomás Jiménez Cerezo, director de Obras del Ayuntamiento de Chietla, le dice sin miramientos a Jorge Aguilar Torres que su casa no tiene remedio. Tumbar y limpiar, pero hasta ahí. Esa es la oferta para las casas de los hermanos Aguilar Torres en la calle de Morelos. El funcionario municipal me ha llevado hasta su casa para explicarme que de ninguna manera demolerán una sola casa sin autorización del propietario.

El panadero de 73 años lo escucha y no se turba. Su casa la construyó su padre en 1960. Y la de su hermano Víctor Manuel, con la que colinda y comparte pared frontal y muro interior, tiene según su cuenta 120 años. Y tantos asi lleva como panadería.

“Demolición, lo demás está en chino”, me dice.

“Saqué cargando a mi mamá –recuerda Jorge el momento del terremoto--, ella todavía me gritaba ‘¡mis sandalias, mis sandalias!’, pero logramos salir a la calle.”

Magdalena Torres tiene 92 años. Hace tiempo que se retiró de la actividad panadera. Pero de ella aprendió su hijo el oficio. Y los nombres de las maravillas que han salido del horno de adobe que el terremoto ha quebrado: nido, beso, caracol, pitaya, elote, tornillo, gallina, gusano, chino, pluma, taco, borracho…

Jorge el panadero ya piensa en el futuro y deja para otro momento la preocupación por la casa. Hemos entrado por la casa de su hermano, a la que e le ha caído medio techo de la habitación frontal. Comparten el patio del fondo, y es posible ver dos hornos en medio de vigas rotas y destrozos. El panadero observa uno de los dos hornos de pan construídos hace años por su abuelo: la base de ladrillo y piedra y la concha de adobe de la que ha brotado el pan que los chietlecos comen desde que se acuerdan. Visto de frente no se ve derruido, pero es visible un boquete en la bóveda. El covertizo que lo cubre, montado sobre los viejos muros de adobe y armado en vigas de mamey, también ha soportado el temblor. ¿Reconstruirlo? No, señor. Ahora a pensar en un horno nuevo, de gas, de los que venden en la 25 Poniente en la ciudad de Puebla. Y lo describe: metálico, firme, sin riesgo de colapso. 90 mil pesos, eso le han dicho que cuesta.

"¿Por qué de leña?, pues porque nos estamos acabando el monte, aquí en Chietla hay no menos de diez hornos. Llegan las camionetas con la leña verde, porque la gente mejor tumba las huertas para meter caña, así que no falta. Verde se mete en el horno y ya que se coció el pancito, y con el puro calor la leña ya está seca al día siguiente. No, señor, tenemos que cambiar al gas, con un horno de nueve charolas tengo..."

Para el panadero Jorge la reconstrucción de su casa empieza por un nuevo horno. Y para ello pide ayuda. ¿Derribarán su casa? Eso no es preocupación por el momento. Ya vendrán los del Fonden a declarar la pérdida total. Ya se verá después qué hace el gobierno para reconstruir.

Crescencio

Crescencio Salgado Ponce y su hija viven puerta contra puerta en la calle de Morelos. Ella ocupa una casa de adobe y ocotate que le heredó su papá. Un terremoto anterior le tumbó enterito el techo de un cuarto, que ahora utiliza de tendedero, pero ha logrado construir una nueva recámara al fondo, a la que ahora se pasarán sus padres, pues su casa por lo pronto es de alto riesgo. Ella es madre soltera de tres niñas, una gemelas de 11 y la mayor de 13, a las que mantiene con un negocito de venta de papayas aquí mismo en Chietla. Va al día, y por eso apenas logró poner la herrería de las ventanas de la recámara que terminó de construir hace unos meses y que resistió muy bien el sismo del martes.

Qué hacer entonces. Dice su padre desde sus 78 años:

“Dios quiera que el gobierno nos ayude, porque esto no es cosa de uno, ni culpamos a dios nuestro señor ni a ninguno se culpa, es cosa de que solamente dios el motivo que sea, pero a nadie se culpa.”

“Aunque sea con los materiales –sigue ella--, porque ahora es al revés, ellos se tienen que pasar para acá. Tumbar es fácil, ¿pero parar?”

“Yo he sido cañero, señor –dice su papá--, estoy jubilado, pero usté sabe que es una miseria lo que nos dan, mil 200 pesos, y eso que mis tierras las sigo trabajando con piones, yo ya no puedo. Y pagan la caña a como ellos los industriales quieren, y nosotros no, tenemos el compromiso de entregarles, y si pasa algo, un siniestro, que se quema la caña, no les importa, nos mochan.”

Crescencio es hijo de cañero. Pero a él también le tocó reparto. Cárdenas le repartió a su papá. A él un gobierno que vino después.

Estudiamos lo ocurrido en su casa, en la acera de enfrente. El techo ya no es de ocotates, sino de losa de concreto. El muro medianero, que soporta la techumbre de su casa y de la casa vecina está agrietado, pero la viga está bien soportada y su cabezal no está dañado.

“Pa que voy a ser mentiroso –me dice--, esta casa la compramos asina, era de un señor don Carranza… Pero ya es una casa muy vieja.”

Pero ya les dijeron que hay que tumbar. Al menos eso le dijeron a su hija.

“No, señor, qué tumbar ni que la fregada…Tumbar es muy fácil, pero construir no es muy esto lo otro. Pero para esto está el gobierno. El dinero no lo a desembolsar el presidente de la república, es dinero de impuestos y etcétera, etcétera… Yo agradezco si me ayudan con material, varilla, cemento, grava, pero tumbar no más así no le hallo ningún chiste. Todo tiene solución, pero ni muy fácilmente.”

Daniel Vargas

El viejo cuidador de vacas Daniel Vargas vive en Independencia 1, a una cuadra de la escuela secundaria que quedó inservible. Su casa de adobe y techo de ocotate y teja resistió, aunque hay cuarteaduras visibles. En el patio le han plantado una tiendita de campaña pues ya declararon inhabitable su casa. Es una sola habitación, la de un hombre solo que ha visto pasar el tiempo como para explicar qué es lo que ha ocurrido en este pueblo antiguo.

“Aquí nací, señor –me dice este hombre risueño de 70 años--. Hijo de un pastor de vacas, a ese oficio me dediqué de niño yo también. Sacábamos al monte cien, ciento cincuenta vacas y chivos a pastar entre los mezquites, cubatas, huizaches y guayacanes…”

Luego, ya en su veintes, Daniel se convirtió en uno más de los cientos de cortadores de caña que dejaron su vida en el corte

Y de eso ha vivido hasta hace no mucho tiempo. En la caña, trabajando por el día. Y ha sido testigo de cómo a los ejidos les dieron en el reparto de tierras montes y selvas y llanos de temporal que no habían sido habilitadas para el cultivo de caña. Y caña fue lo que decidieron sembrar en los últimos cincuenta años, y arrojaron a Chietla al despeñadero del monocultivo. Se perdieron las huertas en su mayoría: ya no se ven fácilmente los mameyes y zapotes, los mangos y ciruelos, mucho menos el café y los ocotates, precisamente el tipo de bambú con el que se construyeron centenares de casas como las del pastor Daniel Vargas.}

Una casa que el sismo no tumbó pero que un vistazo rápido de un joven arquitecto sin conocimiento del adobe y sus menesteres, declaró inahabitable.

Serena

Serena García es la viuda de Joaquín Soriano, un cañero ejidatario que murió en el año 2003 pero que le dejó para vivir un terreno junto a la huerta de Ixpingo y Arrieta asomada el río Nexapa. Y una casa de adobe y ocotate que ya estaba ahí cuando nació su marido en 1951. Ahí ha vivido desde hace tal vez cuarenta años. Su casa quedó severamente afectada por el sismo. Un claro grande en el muro de adobe da cuenta de ello, pero el techo y el muro frontal y los laterales resistieron, igual que la habitación de la casa de junto que su hija utiliza como tendejón al final de la calle Morelos. Son los cuartos de atrás los que se derrumbaron. Por ello Serena se ha pasado con sus cosas a la vivienda de su hija, construida en el patio trasero, bien armada en castillos y losa, que resistió bien al temblor.

Serena le hace honor a su nombre. La encuentro a la sombra de un zapote a la media tarde del día después.

“Pasaron los del ayuntamiento –dice--, ni sé quién, y dijeron que en dos o tres meses venían a reparar, pero que ya lleváramos los papeles a la presidencia.”

Carmela

Hay sismos que duran más que el marcado a la 1.14 del martes 19 y que quebró por la mitad a Chietla. El edificio del cine Carmela sobrevivió el traqueteo de la tierra cuando a su lado se desmoronaban los paredones de adobe. Pero ya lleva años en el olvido. Su cierre tiene que ver con la derrota de la vida rural en México amarrada a los cacicazgos políticos y sindicales que barrió una modernidad que no ha rendido otros frutos. En Chietla ha sobrevivido el Ingenio en Atencingo, a últimas fechas en manos de particulares. Pero ya no existen los líderes sindicales que imponían diputados y presidentes municipales. De los dirigentes cañeros queda la memoria e los panteones. Pocos hablan ya del gringo Jenkins.

Pero en el salón del Cabildo encuentro otra fotografía, una prueba de que hay pasados que no se han ido. Es Austreberto Martínez, uno de los hombres de poder en los tiempos de William Jenkins, el Gringo, como lo recuerdan en Chietla. Austreberto fue el más importante comprador y distribuidor del arroz que se producía en estos campos antes de que todo lo dominara el azúcar. “Uña y mugre de Jenkins”, me dirá después el mecánico Jorge al pasar junto al cine Carmela, llamado así por la señora Carmela Levién, una mujer hija de una familia de libaneses. Su marido inauguró el cine en 1939, un año después de que el Tata Cárdenas expropiara las tierras cañeras y los cerros enmontados en acuerdo con el propio magnate norteamericano. En los campos la guerra civil entre agraristas y ex peones acasillados.

Alguien en Chietla ha puesto el pie de foto a esta fotografía:

Aparece al centro la srita. Ma. De la paz Ceballos, conchita Ochoategui, Alicia Martínez (la del cine Carmela), doña Josefina Mendoza (mamá de Oscar Balbuena), la chinita Camaño (la que hace ricos polvorones y los vende a la entrada del mercado), Gloria la Pipis, doña Ofelia Maicotte (la del portal), Sofía Rodríguez Ibarra (Chofi), Petrita (la del rico pozole y del mole en pasta tan famoso en Chietla), Albina Arnal. En los señores se encuentra don Eloy Marquina, don Miguel Arias, don Enrique Balbuena (cargando a su pequeña hija Irma Balbuena). Esta foto fue tomada en el aniversario den la srita. Paz Ceballos como maestra. En el mes de diciembre de 1948.

En el pueblo, la vida cotidiana y el retrato de un momento que tal vez ahora se haya ido para siempre con la caída de los paredones del caserío de Chietla.

Mundo Nuestro. Padres de familia de la escuela Héroes de la Reforma cierran este lunes 2 de octubre el paso en la Avenida 11 Sur a la altura de la 11 y 13 Poniente. Lo hace en reclamo ante la ausencia de dictamen del edificio y lugares alternos para que sus hijos estudien. La representante de la SEP ha dicho que el el gobierno no tiene fecha para el dictamen, ni por lo pronto escuela alterna. Visiblemente molestos los padres de familia exigen que no se derrumbe la escuela y la presencia del gobernador Tony Gali, de quien dicen sólo se presentó para tomarse la foto. En la escuela Leona Vicario, señalaron, el lugar alterno para las clases es insuficiente y no hay condiciones para estudiar ahí. Urgen respuesta de las autoridades.

Apenas el sábado el gobernador Tony Gali había afirmado que la Héroes no será más una escuela:

"Les adelanto --dijo-- con toda seriedad y responsabilidad que no voy a permitir, independientemente del dictamen que se dé, que escuelas resentidas de sismos anteriores o reblandecidas por lluvias vuelvan a albergar a niños". Y más: “La Secretaría de Educación Pública comentó otro proyecto, pero definitivamente ya no albergará a niños, serán reubicados en otros lugares y serán rescatados estos inmuebles históricos para que sean utilizados con otro fin y les estaremos avisando la próxima semana."