Eclipse 1991: una mirada al sol Destacado

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La Paz, Baja California. En la noche, junto al mar, un joven alto y moreno, que parece detener el sol con las manos, introduce la pelota de basquetbol en el aro perfecto de la canasta. Los demás siguen sus movimientos, van y vienen, alargan sus espaldas fuertes, cálidas, en un interminable juego que se adelanta a la batalla de los astros.



8 de julio

Infinidad de soles y lunas en la arena, puntos blancos y puntos negros, y una niña que juega al universo.



9 de julio

Las palapas en la playa son ahora observatorios: obsesionados por conocer las estrellas, los científicos instalaron ahí sus telescopios. Los niños, las mujeres, los ancianos, los turistas, hacen largas colas para mirar los planetas. Marte se parece a la Luna y Saturno presume sus anillos ante las miradas colectivas.

Se habla con familiaridad del universo en cualquier esquina.

10 de julio

Una mujer se pasea en bicicleta por el malecón. Los hombres se detienen a verla, le coquetean, la dejan pasar. Ella dibuja el sol y la luna en las ruedas de su bicicleta, sus piernas largas son dos rayos luminosos en el cielo: en un simple movimiento mecánico logra el eclipse que a la naturaleza le toma siglos. La mujer sonríe, sonríe, y en una carcajada se le termina el malecón.

11 de julio

En la playa, siempre en la playa, un anciano dice que es el fin del mundo. Otros hablan de la Biblia. Empieza a sentirse frío, más frío, y son las 11 del día. Se levantan las miradas hacia el sol, filtro de por medio, y sí, la luna se lo está comiendo, lo devora poco a poco. Una niña corre hacia el mar, dibuja en la arena lo que ve en el cielo: el eclipse en dos trazos, en tres. Luego improvisa un pastel para el sol, para la luna.

“¡Felicidades!”, les grita. “¡Felicidades, sol y luna.”

Y se mete al mar la niña. Se esconden los peces, huyen, vuelan las gaviotas. Desaparecen los pelícanos. Y empieza el atardecer de las once y cuarenta del día. Un minuto después ya es de noche. La niña mira una estrella. Es Marte. Los de la playa se abrazan y se besan.

Un hombre mira sin filtro hacia el sol, parece enloquecido. Se mete al mar y camina, camina y empieza a hundirse, y reta al sol con sus ojos. No hay manera de detenerlo. Un minuto después comienza a amanecer. El hombre regresa a la playa. Lo vemos con sorpresa: era ciego.

La niña lo toma de la mano, se sienta a su lado en la arena. Lo invita a hacer con ella un castillo en la arena. Pero el ciego sigue mirando, imperturbable, hacia el cielo.

El sol vuelve a ser el sol de las doce del día. El mar es azul celeste.

Brincan en el agua los peces.

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Sobre el autor

Emma Yanes Rizo

Historiadora, escritora y ceramista, tiene un Doctorado en Historia del Arte por la UNAM y es investigadora en la Dirección de Estudios Históricos del INAH.