Retratos de la reconstrucción en Tochimilco Destacado

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Jueves 12 de octubre en la falda sur del Popo. Es la tierra del amaranto antiguo. Aquí el temblor se llevó entre el 70 y el 90 por ciento de las viviendas en sus diecisiete comunidades, todas sus escuelas y sus templos nuevos y viejos. Veintitrés días después mucho puede y debe contarse del esfuerzo de reconstrucción que se hace lejos ya del ruido de la prensa tras el terremoto. Sociedad civil organizada que llega desde la ciudad, oficinas de gobierno reconvertidas en operadoras de contingencias, pobladores que hacen acopio de fuerzas locales, internacionales, religiosas.

¿Qué pesará más en los próximos días? ¿La inercia burocrática natural las instituciones públicas o la conciencia de que la acción de gobierno puede tener sentido? ¿El desapego propio de los civiles frente a la tragedia ajena, un vez que la distancia pesa lo suficiente para convertirse en olvido, o la compasión original que se transforma en acciones orgánicas y sistemáticas de verdadero largo plazo? ¿Y el mundo rural de los pueblos del sur regresará a la parsimonia y aislamiento que identifican su vida cotidiana?



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Santa Cruz Cuautemotitla, Santiago Tochimizolco, San Miguel Tecuanipan. Pueblos antiguos, prehispánicos, y nadie aquí me habla de razas y conquistas. Los maestros no han hecho ceremonia alguna, pues todas las escuelas están cerradas. Los niños hacen cola con sus madres cuando alguna camioneta aparece con ropa y bastimentos. Sus mamás preguntan si de casualidad traen pañales, y entre todas se arrebatan las colchonetas. Los jóvenes demuelen sus casas a golpe de marro y tal vez se pregunten por el sentido de la vida. Los hombres debaten sobre la habilidad del maquinista del trascabo para terminar de desbaratar lo que quedó de una primaria, y eso es mejor que conversar por el bajo precio de la carga de amaranto. Una mujer ha plantado flores de plástico en la tierra y las alinea en macetas para alegrar la caseta de lámina de cartón que por lo pronto sustituye a su vivienda de adobe que los voluntarios han demolido.



El volcán al fondo se esconde a mediodía. "Viene gente de fuera y mejor se esconde", me dice la mujer de las flores. Y sonríe.

Aquí nada se celebra hoy 12 de octubre.

En Santiago Tochimizolco descubro un lienzo colgado en la presidencia auxiliar que de milagro ha sobrevivido al terremoto. Ahí están los pueblos delimitados por los ríos. Y la fecha, 1609. Entenderé que es una copia, que el original lo tienen en resguardo los viejos, pero asumo que la memoria no se pierde ni se achica aunque la tierra reviente en tremores sus discordias geológicas.

Los manantiales segados

Un terremoto tumba iglesias, casas y edificios, desgaja montes, quiebra carreteras, pero poco puede hacer contra los usos y costumbres. En la región de Tochimilco sirve escuchar los nombres de sus pueblos para entender que su historia es originaria, batida ya por las guerras floridas de los aztecas desde su bastión en Huaquechula, y que pasaron por la conquista con el propio Cortés, y por las encomiendas y el control por una lejana Corona, y por las bendiciones y los infiernos desde el convento franciscano que no pudo impedir que estos pueblos cultivaran el amaranto fundamental para los ritos paganos, y por el desprecio histórico de la ciudad criolla a los pueblos indios, y por el concepto de progreso impulsado por un Estado que un siglo después de la revolución y el indigenismo no entiende el mundo rural de los pueblos campesinos: San Lucas Tulcingo, San Martín Zacatempan, Santa Catarina Tepanapa, San Miguel Tecuanipan, San Francisco Huilango, Santacruz Cuautemotitla, San Antonio Alpanocan, La Magdalena Yancuitlalpan. Y nueve o diez comunidades más.

Nada de eso es asunto de un terremoto. A quienes debe importarle entender lo que ocultan los nombres de estos pueblos es a todos aquellos que se acercan con ánimo de auxilio tras una catástrofe. La mayor parte de esos pueblos perdieron en un minuto sus sistemas de agua potable. Sus manantiales. Su enredo de mangueras, por miles, que se descuelgan desde los ameyales y tanques hacia cada una de las casas. Hasta allá llegó el equipo de funcionarios del SOAPAP al día siguiente, pues de todos los municipios afectados por el sismo, Tochimilco perdió además de centenares de casas, completitos, sus abigarrados sistemas de agua potable. Gustavo Gaytán, su director –un abogado queretano con más de treinta años de experiencia operativa en la administración pública--, lo entiende así:

“Es un asunto cultural –dice--. Si no lo ves, fracasas. Está el caso de Tecuanipa, donde se perdió por completo el manantial tapado por rocas y tierra. Es imposible recuperarlo. De inmediato estudiamos la alternativa de un pozo y la encontramos: agua a 200 metros de profundidad, una inversión de 3.5 millones de pesos. La gente se opuso, ¡ellos quieren un manantial!, y mejor quisieron arreglarse con la comunidad de Santa Cruz Cuautemotitla: una vena de su manantial a cambio de permitirles la construcción de un camino por sus terrenos. Ya lo acordaron. Muy bien, ¿y de dónde van a salir los recursos para construir ese camino? Por lo pronto: si no quieren el pozo, pues no tendrán pozo. Y en n Cuilotepec y Tepanapa la población rechazó la construcción de dos líneas nuevas y un tanque. ¡No hay ninguna razón aceptable para su negativa! Ellos dicen que la asamblea rechazó la obra. Como quiera ya se reparó la línea vieja y tienen agua desde el 23 de septiembre. Y en Santa Cruz no quisieron una bomba que tomar el agua del arroyo, porque ahí quieren conservar su mangueras que manejan por grupos de familias, pero sólo lo entiendes cuando escuchas que por lo menos diez personas han muerto desbarrancadas al cruzar las mangueras por las barrancas. Qué hicimos: reparar las manqueras dañadas. Es un asunto cultural. Si no lo entendemos, estamos fritos.”

José Martínez Paz

José Martínez Paz es el presidente del comité de agua potable de Santiago Tochimizolco, y como tal tenía que bajar desde el pueblo al río Atila todos los días a la 1 de la mañana a prender la bomba que desde el manantial conocido como La Fábrica subía el agua 140 metros arriba. Dejó de hacerlo con el terremoto. Ese sistema de agua potable es uno de los que el sismo destruyó al desgajar cientos de toneladas de tierra sobre la tubería que a saltos trepaba por la cañada hasta el pueblo para el consumo de sus 1600 habitantes, y desde hace 40 años. Sobrevivió el manantial, pero el ducto metálico, roto en pedazos, quedó inservible en la barranca.

Para este día 12 de octubre el SOAPAP ha logrado recuperar el sistema. Con el auxilio de 57 hombres que organizó José Martínez Paz metieron en un par de semanas una nueva línea con manguera de polietileno de alta resistencia para sustituir a la averiada, todo con un costo de 395 mil pesos a cargo de los dineros del organismo operador de agua de la ciudad de Puebla. La enterraron en el monte o la colgaron de los peñascos, pero la treparon en línea recta para llevarla hasta el depósito 140 metros más arriba. El proyecto suma otros 295 mil pesos para una línea alterna que llevará el agua a las partes más altas de la comunidad.

José cuenta rápido su historia: “Antes la gente bajaba hasta el río al ameyal de nombre Tecama, ahí venía con sus cántaros y sus burritos; pero se organizaron las familias y construyeron con gobierno en el manantial que llaman La Fábrica –a saber por qué--, y se puso la bomba y la tubería hasta el depósito que mentan Ametépetl, y de ahí, por etapas, la red para casas, señor, no de un jalón, pero ya a hoy todas.”

José está contento y agradecido. Cuatro veces me pide que no deje de decir que agradecen a la alcaldesa Albertana Cayenca Amelco y a los funcionarios del SOAPAP –y me da sus nombres, Gustavo, Daniel, Edmundo-- que en tan poco tiempo hayan logrado recuperar su sistema. Yo lo veo ahí, trepado en la caseta que guarda la bomba, justo sobre el manantial a la orilla del río Atila que 45 kilómetros más abajo desembocará en el río Nexapa a la altura del pueblo de Atzala. Y pienso en su trabajo de todas las madrugadas.

“Mire, acabo rematado. Bajar a prender la bomba, porque no hay un suitch, y subir a checar el llenado del depósito, de menos tres a cuatro horas yendo rápido, y luego abrir válvulas en el pueblo, y cerrarlas más tarde. El día entero. Y no se diga el fin de semana, todos los días, señor, y sin paga, todo por la comunidad. Y si hay una fuga, a colgarse con sogas de un árbol para soldar el tubo a medio barranco…”

Los ingenieros del SOPAP lo escuchan. Pondrán un timer para que la bomba prenda y apague automáticamente. Se acabarán las carreras del presidente del comité.

“No, señor, necesitamos una moto…”, me dice José al despedirse.

Señoras

Los hombres han traído los elotes tiernos desde las milpas arriba en el llano hasta la cañada. Ellas han cortado los aguacates, sazonado las salsas y elaborado unas maravillosas gorditas. Atienden así a los ingenieros y funcionarias del SOAPAP en un paraje a la orilla del rio Atila sombreado por ailites, amates, encinos y aguacates. Son las mujeres campesinas, productoras de maíz, frijol, amaranto. Son las madres de los hijos que se han ido al norte. Son las mujeres a las que el terremoto ha destruidos sus casas. Escribo sus nombres de izquierda a derecha: Yolanda Cacique Oliva, María de los Ángeles Rivera Rivera, Alicia Pérez Ramos, Martha Atenco Guerrero, Leidy Laura Alonso Torres, Angélica Martínez Cacique.

Convento

Albertana Cayenca Amelco, presidenta municipal de Tochimilco, nos lleva al interior del templo desde la casa parroquial en el ex convento de San Francisco. Los muros y contrafuertes dominan todo en el patio del curato. Tras una puerta encristalada, en una sala se refugian los santos y patronas sobrevivientes; al fondo, un cuadro de la Guadalupana del estilo de los que pintara en el medio siglo XIX Agustín Arrieta; a la derecha unos Santos Reyes todavía ofrecen oros y mirras en cofres y recipientes dorados a una virgen recién alumbrada; por ahí un San Martin de Porres mira impávido el revoltijo de cajas y envoltorios de ropa que ahogan ángeles y vírgenes.

Por un pasillo Albertana nos guía al interior del templo de Santa María de la Asunción, parte del convento que para la orden de los franciscanos edificara en los alrededores de 1560 Fray Diego de Olarte. Ella se guarda sus palabras. Basta levantar la mirada al cielo para valorar la catástrofe. Sé que estoy en una de las maravillas del XVI mexicano, el siglo de la conquista y el exterminio de los pobladores de Mesoamérica; y que el convento de Tochimilco fue una de las puntas de lanza de esa brutal entrada a los dioses europeos y al mundo moderno de la nación mexicana. Pero no es útil pensar en ello frente a la destrucción que presenta el templo franciscano, con su nervadura gótica rajada en varios puntos a todo lo largo de su bóveda. Alberta no dice nada, sabe que sobran las palabras ante la quiebra de esa maravilla antigua que está a punto de venírsenos encima.

Del patio del convento han recogido todo el cascajo. Arriba, sobre la arcada del segundo piso, ha sobrevivido el reloj de arena.

Yo salgo al atrio y quedo frente al frontón de un templo que despliega la sobriedad de su piedra negra volcánica, puesta entre el mortero blanco con la mejor técnica del puntillismo pictórico. Ha sobrevivido la capilla abierta, igual que las almenas de la muralla que cerca el convento hacia el poniente. Me resguardo del sol a la sombra de la torre. Busco sus heridas. Parece indemne, como si ignorara que vengo de ver la desgracia de su bóveda quebrada, la soledad de su espacio sin bancas, sus paredes tiesas, sus nichos vacíos, como si los 450 años transcurridos de penas murmuradas y llantos cantados se hubieran desvanecido en el polvo y el silencio que dejó el estrépito del terremoto.

Pero la mirada certera descubre la rajadura en el segundo nivel de la torre, y la doble arcada rota a la izquierda. Y las huellas blancas de las heridas que dejaron otros terremotos en la fachada. Y la interrogante llana sobre lo que costará en dinero y sabiduría arquitectónica reconstruir este vestigio de lo sucedido hace casi ya quinientos años en estas faldas de nuestro volcán y sus pueblos originarios.

Albertana se guarda sus palabras.

La presidenta y el funcionario

No se conocen aún las cifras del censo de SEDATU –las darán en lo general el domingo 15 de octubre, con 27,782 casas dañadas (97.2 % del total) y 2,352 consideradas pérdida total --, pero a la vista está es que las cifras no coinciden en Tochimilco: el ayuntamiento cuenta alrededor de mil como inhabitables, y SEDATU sólo reconoce 600.

“La labor es titánica –dice Gustavo Gaytán, director del SOAPAP (Sistema Operador de Agua Potable y Alcantarillado de Puebla), el funcionario del gobierno estatal que llegó a Tochimilco el día 21 de septiembre para reconstruir el sistema de manantiales destruido por el terremoto en esta región de pueblos al sur del volcán Popocatépetl, y quien desde entonces coordina las tareas de reconstrucción en el municipio de Tochimilco--. El territorio es enorme y el tamaño de la afectación de casas, escuelas y templos nos rebasa a todos.”

Y el problema todavía está en reconocer la extensión del desastre.

La conversación arranca por una barda que entre el ayuntamiento de Tochimilco y los funcionarios del SOAPAP han decidido tumbar. Está en la calle de atrás del Convento. Por qué en este pueblo las autoridades históricas no se miran la cara --el convento tiene la vista al poniente, y la presidencia municipal mira a su propio parque y al sur—es un asunto decidido por alguien cuyos huesos descansan hace mucho tiempo bajo esta misma tierra zarandeada por el sismo del 19 de septiembre. Pero la barda del pleito anunciado entre el INAH y el ayuntamiento es la plantada enfrente de la que resguarda a la vieja iglesia del convento franciscano, a la que por cierto llega a dar el antiguo y extraordinario acueducto. Y cuando la gente vio que otra barda del vecindario se vino abajo unos días después del temblor, para angustia de un burro que por ahí discurría su jornada, presionaron a la alcaldesa para proceder contra el muro de cuatro metros que amenazaba con venirse abajo en la calle Libertad.

“Ahora el INAH dice que nos va a multar con 80 mil pesos por el derribo de una barda del siglo XVII –me dice Alberta…, presidenta municipal de Tochimilco--, que había mejor que apuntalarla ¿pero y si la barda me mataba un niño?, ¿qué le iba yo a decir a la gente?”

El INAH, por cierto, no pone un peso para apuntalar barda alguna. Todo eso, en su caso, tendrá que esperar a los recursos del FONDEN. El convento y su templo, severamente afectados, también tendrán que esperar sin apuntalamiento alguno, a pesar de las grietas en sus bóvedas. Pero si el muro de los tiempos coloniales es de un particular, las multas aplican, como es el caso de la señora Gabriela N., a la que también ya le llegó la amenaza de multa.

“Es cuestión de sentido común –dice Gustavo Gaytán, director del SOAPAP, al frente de las actividades de reconstrucción en el municipio de Tochimilco, el más afectado en su infraestructura de agua potable en toda la región afectada por el terremoto--, pero si los inspectores del INAH no vienen a campo, y todo lo resuelven vía telefonazos diciendo que casas y muros están dentro del catálogo del patrimonio histórico, no pueden ver el peligro en el que está la gente.”

Dice entonces la presidenta: “Nos dicen del gobierno: no cierren la carretera porque es la ruta de evacuación por el riesgo de erupción del Popo, y el INAH dice espérense, no tumben nada hasta que yo diga, pero no vienen a ver las casas, las bardas…”

Y cuenta de una escuela particular asentada en una vieja casa colonial, colapsada en uno de sus muros laterales. La gente la quiere demoler. Y muchas casas están sobre zonas de riesgo a la orilla de arroyos y barrancos, pero la gente no se quiere mover de ahí.

“Y si alguien se muere –acota Gaytán--, ¿a quién van a linchar? Porque aquí la gente no se va a quedar viendo, se van a ir sobre nosotros.”

Johnny

Tres semanas después del sismo no hay un acuerdo sobre el número de casas afectadas por el terremoto en Tochimilco. El censo que levantó el ayuntamiento habla de 1,300 viviendas señaladas para demolición. La cuenta del gobierno es de 600 menos. ¿A quién creer? ¿Cuáles criterios se aplican para decidir entre demolición y reparación? El FONDEN dispone que no entren bajo su cobijo las casas de dos pisos, y buena parte de las de adobe se quebraron porque sus moradores construyeron segundos pisos con losas y blocks; tampoco rescata las casas construidas con madera, como lo son muchas de las edificadas en Cuilotepec.

“Están con ese tema los de SEDATU –dice Johnny, funcionario de Obras del ayuntamiento de Tochimilco--. Nosotros contamos 1,800 casas dañadas, y de ellas cerca de mil ya no son habitables. Lo que vemos es que no cuadra la información que ellos tienen con la nuestra, apenas estamos intentando cuadrar los números. Es el caso de Cuilotepec, que tiene muchas casas de madera… Allá la gente nos dice, ustedes ayúdennos con materiales y nosotros nos arreglamos. Y lo que piden son láminas de cartón, ellos no esperan otra cosa.”

“SEDATU concentra la información –interviene Gustavo Gaytán--, y maneja sus reglas de qué casas sí y que casas no se tienen que demoler, pero el problema es que no comparten la información.”

Trascabos

Una mirada a las escuelas. De toda la infraestructura existente en el municipio sólo sobrevive un kínder, lo demás está en proceso de demolición.

Es el caso de Alpanocan, con la primaria destruida. Y Tecuanipan, con la telesecundaria ya demolida. Y Tochimilco, con la máquina que retira los escombros este jueves 12 de octubre, pero donde la gente alcanzó a salvar el mobiliario que ahora se amontona en la cancha de básquet techada. Es la escuela primaria José Ramírez.

Oswaldo

Oswaldo Alejo Vázquez tiene 38 años y es productor de amaranto en Tochimilco. No es propietario de tierra, así que esa semilla antigua la siembra en terrenos de temporal que él y su padre rentan en 4,000 pesos la hectárea. Él no mide en kilos, piensa en cargas y almudes. Piensa en los 1,600 pesos que le pagaron en la última cosecha por carga, en los 40 almudes que contiene cada una.

Realmente no piensa en ello ahora. Observa al trascabo que recoge los escombros de lo que quedó de su casa. Me lleva al cuartito en el que guarda lo que sobrevivió del derrumbe de los viejos paredones de adobe de la casa que habitaba a la entrada del pueblo: un ropero, una lavadora, algunas cajas y otros menajes amontonados en una habitación de dos por dos metros.

“Yo estoy agradecido con la ayuda que me dieron para demoler la casa”, me dice.

Alejandrina

Alejandrina Rendón Sánchez ha plantado flores de plástico en macetas que se alienan contra la pared de lámina de cartón que terminaron de construirle hace dos días. Hoy por la mañana le dijeron que ya había fraguado el cemento del piso que le pusieron a la vivienda de 6 por 3 metros que con iniciativa del pastor de la iglesia de El Calvario le construyeron el fin de semana. La suya es una de las veintiséis casas provisionales que en el barrio cristiano de Santa Cruz Cuautemotitla se han edificado en la última semana. Hoy mismo están en construcción cuatro más. La gente pone la madera necesaria y ayuda con su mano de obra.

Desde su casa miramos el volcán que pelea con las nubes su vista. Ella sonríe: “Cuando viene la gente se esconde…”

La casa de Alejandrina quedó destruida por el terremoto. En ella vivía con su marido, cuatro hijos y una nuera. Llevan dos semanas resguardadas en una casa de lona azul a la que se le trasmina el agua por los costados; un tendido de cuatro colchonetas se seca al sol como prueba. Pero ya hoy dormirán todos en la casa de cartón plantada justo en el sitio de la casa derrumbada.

“Perdí todas mis flores –me dice-, pero para alegrar he puesto estas de plástico.”

Ella sabe de plantas. Con sus hijas y su marido siembran todos los años maíz, frijol y amaranto en media hectárea de tierra. Pero el panorama no es grato: les pagan cuando más a 1800 pesos la carga de 40 almudes. Ella mide en maquilas de a 1.5 kilogramos, cien para cada carga. Ya no les costea ese cultivo antiguo: el fertilizante se lleva 500 pesos por costal de 50 kilos; y los peones, al menos 50 jornales se tienen que pagar, y ya cobran 100, a veces 120, pesos más el refresco y la comida. No, no resulta.

“Desde que tembló no hemos regresado al campo”, me dice.

Eva

Eva Álvarez Andrade tiene 36 años, es madre soltera de un niño de diez años y trabaja en el servicio doméstico en una casa de Cuernavaca. Regresará al trabajo el lunes 16, luego de unas vacaciones, dice ella, en las que ha sido testigo de la demolición final de su casa. Sólo el pórtico sobrevivió, construido con castillos y adobe, con la fecha de 1956 grabada en el cemento.

“Me dieron mis días los patrones, entendieron lo que me ha pasado”, dice en la cocina que ha habilitado en la caseta de lona que llegó como ayuda desde la ciudad de Puebla, y que plantaron en el sitio que ocupaba la casa de adobe que construyeron sus abuelos hace más de sesenta años.

Qué sigue ahora para ella. Reconstruir con la ayuda que llegue de donde sea, pero primero valerse por sí misma. “Mi papá se apuntó con los antorchos, que dicen que van a dar casas. Él no cree en nada, todos prometen, pero no cumplen. Mejor nuestro trabajo y nuestro esfuerzo.”

Y ya sueña con su nueva casa: “Yo la prefiero de adobe, tampoco mi papá quiere que se pierda lo antiguo, y es más bonito. La verdad es que yo no quería que la tumbaran, pero ya que podemos hacer.

Alfredo

Alfredo Mantilla observa recargado en la pared de una casa de adobe al grupo que a marrazos demuele su casa. Era la suya también de adobe con una losa de concreto encima, como tantas más que no sobrevivieron al sobrepeso echado sobre los viejos muros de tierra. Ahora vive en un cuartito de madera y cartón en el patio trasero de lo que fuera una construcción de dos pisos, por cierto la primera que los tuvo en esta calle principal del pueblo. Es un hombre mayor, arriba de los sesenta, campesino productor de amaranto, como tantos otros en Santa Cruz. No puede ayudar, pues lleva ya días con un dolor que le corre de la espalda a la pierna derecha. Los marrazos no tienen reparo y posan sin descanso para lo foto que Alfredo acepta que le tome como testimonio de la pérdida total de su patrimonio.

El Pastor

Un terremoto puede volver a unir el corazón de una comunidad partido por la religión. Algo así ha ocurrido en Santa Cruz Cuautemotitla.

Lorenzo Calderón Solís es un hombrón de unos 40 años de edad que llegó desde Tabasco a Santa Cruz hace doce años como pastor de la iglesia evangelista pentecostés El Calvario. Hasta el 19 de septiembre pasado presidía el culto de los domingos desde un templo con la mejor vista al volcán Popocatépetl que se pueda imaginar para una comunidad religiosa en este territorio. En la punta de una loma al sur del pueblo, en su rededor viven las familias que en los últimos años abandonaron a la iglesia católica. Casi la totalidad de las casas resultaron con pérdidas graves que han obligado a la demolición de buena parte de ellas.

También el templo cristiano quedó destruido por completo. Hoy en su lugar existe una explanada con escombro blanco molido: en un extremo, el fierro retorcido que se ha rescatado de losas y columnas está a la espera de que se lo lleven a vender a Atlixco como una recuperación mínima de dinero ante la pérdida del edificio. Sobrevivió la casa comunal, y ahí han organizado la cocina colectiva que ha dado de comer a los brigadistas desde el día 21 de septiembre.

“Son alrededor de 160 casas las que se perdieron en Santa Cruz –me dice en un momento que tiene libre pues ahora organiza la salida de un grupo de voluntarios que levantarán una de las cuatro casas de lámina de cartón que se construirán el día de hoy--, y hasta hoy no ha habido mayor ayuda de gobierno local, sólo a dios gracias estos señores del SOAPAP que han coordinado la demolición de las casas en riesgo y construcciones como nuestro templo. Pero aquí ahora se trabaja parejo, no se ve si son cristiano o no, eso no importa. No soy de aquí, pero las carencias de aquí las sufro yo también. Ahora tenemos ya 26 casas de lámina de cartón terminadas, y cuatro más hoy, treinta. Pero fíjese, hablé de 160 casas destruidas.”

Así que en Santa Cruz la división entre católicos y cristiano se ha dejado de lado. Tan es así que se han organizado para dar de comer a los brigadistas y funcionarios del SOAPAP un día unos y al siguiente los otros.

Al pastor Lorenzo se le ocurrió la idea de levantar cuartos provisionales de lámina de cartón, como el de la señora Alejandrina.

“La gente sigue encapsulada en casas antiguas, buenas para el frío y el calor, pero ojalá haya la oportunidad de que se construyan mejores casas, una vivienda digna, con un espacio particular. Ojalá las personas del gobierno escuchen y vengan a ver, porque es fácil hablar desde el cabildo, desde una tribuna, pero aquí no ha venido ningún diputado, ningún gobernador, no ha venido Gali, y lo digo con todo el temor…”

Faustino

Al atardecer, en San Miguel Tecuanipan, Faustino Martínez García no duda: “Que nos haga caso el gobierno, nos tiene en el abandono.”

Lo que sí ha hecho el gobierno es mandar a un equipo de PEMEX experto en demoliciones y su experiencia sirvió para que hoy del edificio que albergaba la presidencia municipal no quede más que un montón de escombros blancos. “Lo puedes ver en yutub”, me dice. Ya se había caído en 1985. Así que parece que es costumbre. Sobre la loma está el templo, pero desde la carretera sólo vemos el portón del atrio quebrado. El hijo de Faustino lleva las cuentas de la dimensión de la catástrofe en su pueblo: en San Miguel el sismo tumbó totalmente 60 casas; la suma de la pérdida total en viviendas es de 146; daños graves, 90; parciales, 81. ¿Se puede dar una mejor imagen de lo que significa la palabra catástrofe?

Nacido en San Miguel Tecuanipan tampoco duda en asuntos de amaranto y de pobreza: “El de Tecuanipan es el mejor de toda la región, señor, pero somos un pueblo de alta marginación, pura sobrevivencia. Maíz, frijol, amaranto, no hay otro trabajo. Sólo el norte. ”

El amaranto.

En la región de Tochimilco lo siembran desde siempre. A pesar de que los misioneros pronto prohibieron su cultivo por el uso pagano que los antigos le daban al minúsculo grano. Tanto pesó el anatema que ya no existe la costumbre de mezclarlo con el maíz en el nixtamal, Ahora en octubre vez sus racimos rojos y verdes se miran casi a punto, pero será en noviembre cuando los productores lo cosechen. Abundan los sembradíos, pero también puedes verlo en las milpas, o envuelto entre las flores de cempasúchil. Tochimilco es la región más importante para la producción de amaranto en el país. Una maravilla de estas tierras de pueblos pobres. Levantar una tonelada se lleva al menos tres hectáreas, y la pagan a 12 mil pesos si bien va. Pocos en estos rumbos tiene más de media hectárea. Si quieres levantar un par de toneladas, tendrás que rentar, y ya piden cuatro o cinco mil pesos por la hectárea, y suma los peones, y el fertilizante, y la preparación de la tierra... El amaranto sufre igual la maldición del maíz. Y la condena de sus productores a la pobreza.

¿Logrará el terremoto modificar esta historia amarga del grano más rico en proteínas y que nos comemos en alegrías?

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...