No es una película de vaqueros: la violencia en Puebla refleja la escala masiva de la criminalidad Destacado

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Miércoles 18 a mediodía, atorado en el tráfico por un plantón de piperos en Atlicáyotl. Tiempo para perderlo en la reflexión sobre nuestra realidad absurda. Y en la visión del alcance colectivo que tiene ya la criminalidad en Puebla.

Los piperos han aprisionado la avenida enojados porque entre el huachicol que les roba sus tanques y la burocracia gubernamental que no devuelve los que logra recuperar la fuerza pública, su economía se ha ido a pique. Aquí estoy, con tiempo de apuntar en la libreta mis preocupaciones de reportero. ¿De qué me vale venir del encuentro entre el precandidato Enrique Cárdenas con estudiantes y académicos de la Ibero Puebla? ¿Irá a cambiar la posibilidad de una mejor política la realidad de violencia que a la vista de todos ha colapsado las condiciones mínimas de seguridad por las que se puede hablar de sociedad?

Mañana es 19 y cumpliremos un mes del quiebre de la tierra, las casas, las escuelas, las iglesias. ¿Habrá tiempo para reflexionar en lo que esta catástrofe dejará para la vida de cada uno de nosotros? ¿O será ya un pasado al que nuevos acontecimientos que colman cabezales digitales en diarios y noticieros dejarán en el olvido? Ahora mismo en el radio el Z-55 alias el Cacarizo se lleva las ocho columnas tras su muerte a manos de la Marina. Así que el Cacarizo fue ajusticiado. Y hace unas semanas el Buchanans y el Cachetes y el Toñín eran los nombres que por ahora están fuera de la mira de redacciones y operativos y fiscalías.

Son demasiados acontecimientos para asimilarlos de un golpe. Pero en el atorón tengo tiempo de anotar algo en mi libreta: Pareciera que el terremoto del 19 de septiembre no hubiera quebrado la vida de miles de personas, y que la memoria del temblor fuera un mal corte que merece perderse de nuevo en el ruido de las voces y la música de las estaciones de radio comercial.



Pero el tráfico es terrible, así que logro sumar al análisis tres eventos de las últimas horas:

La Marina mató en la madrugada del martes al Cacarizo, un Z-55 que controlaba la región de Cañada Morelos, la planicie por la que como en una película de vaqueros las turbas asaltan los trenes que suben desde Maltrata y que paran con barricadas en las vías, con mujeres y niños por delante y con la conciencia de que la fuerza pública tardará lo suficiente para permitir el mercadeo. Al Cacarizo ya lo habían detenido en mayo de 2016 con las manos en la masa de un cargamento de 13 motocicletas que había robado de un trailer, pero, como siempre dicen las notas policíacas, "inexplicablemente la Fiscalía lo dejó ir", por lo que con una tal Oliva N., alias La Güera --hoy en fuga-- se dio tiempo de organizar los asaltos masivos a los trenes rigurosamente vigilados por una policía especializada en llegar siempre veinte minutos después de que la turba arreara con refrigeradores, estufas y cuanto trajeran estibados los furgones. Leo la nota en e-consulta:

“El Cacarizo” y tres de los integrantes de su banda fueron abatidos la madrugada de este martes, durante un operativo conjunto entre la Policía Estatal y la Marina Armada de México en la comunidad de Tezuapan. De acuerdo con datos proporcionados a Municipios Puebla, el “Z-55” dejaba que la gente cargara sus vehículos con la mercancía robadas del tren a cambio de una cuota. Luego su grupo de seguridad cuidaba la salida de los “clientes” para que no fueran asaltados. Llenar la batea de una camioneta pequeña costaba 2 mil pesos, entre 5 mil y 8 mil pesos por una de tonelada y media, mientras que por cargar una de 3.5 toneladas se debían pagar entre 10 mil y 18 mil pesos. Es así como la gente se llevaba granos, vino, licor, polietileno, electrodomésticos y todo lo que pudiera ser sacado de los vagones de Ferrosur, Ferromex y Kansas City Southern de México.”



Y otra nota más: en Chiautla, en el paraje “Los Zapotes” en el cerro del Titilintzi, encuentran a un ejecutado con el anuncio en lo que quedó de su cabeza un cartel que ponen sobre sus restos descuartizados nombres a los siguientes ejecutados:

“Estos son los siguientes los roba vacas y los roba carros y venta de drogas; Águila, Gallina, Diablo, Pulga y otros más. Empezó la limpia, y otros más”.

Y de remate, en Texmelucan, ahora mismo que estoy en el atorón de los piperos, un grupo agarra a plomazos las oficinas de Antorcha Campesina. Reviso la información, y sólo encuentro que se repite un boletín dado a conocer por la organización política. El tema viene de lejos: la disputa por el control del tianguis de San Martín, con unos tales Manuel Valencia y Martín Gallo, los caciques del lugar contra los que Antorcha empieza a moverles el tapete.

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No se deshace fácilmente el atorón de los piperos en la Atlixcáyotl. Tengo tiempo de otra anotación en la libreta:

Lo que ahora confirmo es que de lo que ocurre a lo que nos dicen que ocurre siempre habrá un abismo insondable. ¿El Cacarizo murió en un enfrentamiento o lo ejecutó la Marina? ¿Al descuartizado de Chiautla lo torturó y mató un grupo rival que llega a tomar la plaza? ¿Chiautla es una plaza? ¿De quién? ¿Cuántos muertos llevan encontrados así en parajes desiertos? Y Texmelucan: ¿alguien tiene una idea de lo que se disputa en ese tianguis?, ¿quiénes son estos Valencias, Gallos y Antorchos en guerra por el control del comercio informal más grande del país? Y ya en esas, ¿por qué de la nada se levanta un edificio de cien metros de altura a la entrada de Cerámica Santa Julia?

Anoto algo más en la libreta:

Por la mañana asisto a la presentación de Enrique Cárdenas en la Ibero Puebla con una audiencia académica y estudiantil que lo acoge bien. Más tarde me encontraré con Alonso Aco, también postulado a la candidatura de Morena al gobierno de Puebla, sometido ahora a la presión de un crimen en el corazón de la sierra de Puebla, con la organización Antorcha acusándolo de ser el autor intelectual del asesinato del alcalde de Huitzilan Manuel Hernández Pasión. Entre los dos personajes, un plantón de piperos en Atilxcáyotl y el asedio de los sucesos ligados al crimen organizado como materia del día a día de unos medios de comunicación que no son más que asentadero del caos y la rebatinga por la audiencia, como si no mereciéramos más que escenas partidas de una película de vaqueros en la resequedad del desierto mixteco a la que no tiene caso encontrarle sentido.

Pero no es una película. Es la vida nuestra, sometida en sus noticias por los muertos. Por la realidad de la escala colectiva que ha alcanzado en Puebla la criminalidad.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...