Postales del país del agua y la piedra milenaria I Destacado

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Mundo Nuestro. El cuadro que ilustra este texto es de la artista plástica Ana Mastretta Yanes.

Términos

De Términos la llamaron hace tiempo a esta laguna. Es difícil de creer este paraíso sin fin.



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Ir al sureste es viajar al país del agua. Al final terminamos hoy en Isla Aguada, pegada al extremo norte de la laguna de Términos, en un hotel de nombre La Gringa. Aquí nada de lo que se dice es: la isla está en tierra continental, pero la gente recuerda que los conquistadores todavía la vieron atrapada por el agua; la gringa se llama Thelma, y no para de hablar y contar historias --su papá fue uno de los ingenieros que construyeron la autopista México-Puebla--, nació en Huimanguillo, tiene 75 años y es la más extraordinaria anfitriona que he podido conocer en mucho tiempo; y Ciudad del Carmen mira en silencio las plataformas del boom petrolero reciente y se pregunta si valió la pena la trampa que le vendieron de futuro.

Increíble este lugar. Como nunca en mi vida he visto delfines rondar por la barca que nos ha llevado adentro de la laguna. Qué serenidad la suya en el festín de corvinas que imagino bajo el agua.

Nada de lo que veo ha sido siempre así. Playas en Islas formadas recientemente por los huracanes que desbordan pájaros y -materialmente-- millones de conchas y caracoles. Rasco el fondo y la arena deja su eterna construcción calcárea en mis manos. No hay vestigio que no haya guardado la vida de todos los tiempos.



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De no creer Isla Aguada.

Del otro lado del puente, la verdadera isla con Ciudad del Carmen en el extremo poniente, varada en la ilusión del petróleo, con la vista perdida en el pasado que perfilan las plataformas de aceros columpiados en el Golfo.

"Ya no hay camarones en el mar --me dice el joven guarda en el museo del faro en Isla Aguada--, se fueron con el petróleo que descubrió el pescador Cantarell en tiempos de mi abuelo"

Eso fue en los años setenta. Descubro que tengo la edad de su abuelo. Y que como a este mar desgastado, la vida no ha dejado de batir la arena de mis días.

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En el Golfo las plataformas y todo lo que dejaron consigo son el reflejo de la ilusión pérdida en la herrumbe que ha dejado el progreso en el país.

Al final, para todos llegará el término.

En la laguna la palabra Términos, apretada en el imaginario de los buscadores de madera y los piratas que merodeaban para robarla. Tiempos de intercambio de teja francesa traída como lastre en los barcos por el Palo de Campeche de la milenaria selva. Tal es la historia de estas aguas y tierras. La depredación del petróleo y la madera.

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Ahora pienso que contra esta mirada a tajos que nos deja la violencia sinsentido en México, aquí ese malpais encuentra un término: el atardecer con una familia de pescadores que desde el atracadero busca una corvina, la imagina guisada más tarde para acompañar una conversación simple que alumbra a un mañana de sol y trabajo.

Simplemente otro día.

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Kabah

Qué privilegio de país, dice Gabriela con sus ojos sensatos, habilitados para descubrir lo que hemos dejado de ver.

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A lo lejos el promontorio de la que fue la más alta de las estructuras que albergaron casas y templos, ventanas, pasillos, recovecos.

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Y a la vista, estructuras que fueron funcionales como habitaciones, recámaras guardadas por techos que figuran el arco maya, trunco en su pico. Soluciones arquitectónicas que dan al visitante la idea de un centro vivo. La gente entra y sale, sube y baja, discute, tramita, resuelve. Piramides vivas...

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Los dos señores cuelgan espectrales. A uno lo descabezó en algún momento la depredación de las ruinas. ¿A dónde habrá ido, a mirar a quién, a reposar sobre qué regazo? Al final, todas las cabezas pierden su sitio.

Y atrás la selva, las ceibas, la memoria de la epopeya que fue la instalación humana en esta tierra calcárea, de lluvias intensas y secas mortales.

Una iguana posa para la artista. Le da tiempo. Lo contiene desde siempre.

El agua, la batalla por contenerla. Ahí están las cisternas, todavía útiles. Guardarla en grutas, imaginar los escurrideros, jugar con la gravedad a costa de imaginar un humedal en cavidades del cerebro de los arquitectos mayas. Sobrevivir mil años en el territorio calizo del trópico.

Contemplo las piedras acomodadas una por una hace mil 200 años. Ahí están firmes con un mortero mágico que los mayas descubrieron y acicalaron. Cuánto puede durar la palabra siempre.

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Para dejar Kabah un Zopilote decide tomar el campo. Ocupa la punta del templo del fondo. También los de su especie estarán aquí por siempre.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...