Postales del país del agua y la piedra milenaria II Destacado

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Kankirixche

La palabra remite a las profundidades. De la tierra, de la lengua, de la historia. De un sendero que cruza el breñal de lo que algún día vio crecer el henequén. Del vuelo de las golondrinas contra la redondez de este templo del agua.



Cenote Kankirixche, dice el muchacho que cobra los veinte pesos por cabeza de visitante. Una vez no basta, ni dos, ni tres, pero no se aburre en repetirla ni espera a que el turista se trabe entre la x y la che y no lo logre nunca pues para pronunciarla se necesitan siglos de sed y de gargantas insatisfechas. Fruta amarilla del árbol, dice luego. Y yo entiendo fruta amarga del árbol, porque el sigue sacando las palabras del fondo de su lengua milenaria. De inmediato me corrige, amarga no, amarilla de Kan…

Luego no sé más.

Sólo las golondrinas en el circuito nervioso de su vuelo en esa garganta de la tierra caliza.



Y el agua sobre la geometría de los cuerpos que nadan y se olvidan del mundo.

Senderos

Los mayas son amables a la hora de indicar el sendero a un destino. Y no paran, sus manos viajan y apuntan cartografías imaginarias, dan vueltas y quiebres hasta que dan con él, pero no se detienen, te vuelven a llevar y pasas por árboles, cruceros, pueblos y ya estás de nuevo ahí pero te enteras de historias de niño y de fortunas laborales para regresar con un sonrisa cantarina al lugar de partida.

En el estacionamiento un hombre baja de un Land Rover de los años setenta. Le pregunto por Kankirixche sin saber que es él es el indicado, el guía más experto. No lo ha descubierto él, Gamaliel Pereira, pues ya los ancestros iban desde las aldeas cercanas por la bendición del agua, pero los ha recorrido de niño por esos breñales antiguos y después hasta conocerlos uno a uno, así, que claro, los del hotel que lo tienen de mesero lo promueven como el guía fenómeno que en un solo día te puede dar cenotes, haciendas, ruinas y lo que resulte. Yo seguiré los pasos que nos ha marcado en la plática sin perderme hasta llegar al crucero que abre la ruta final al cenote en el camino de Abala a Mucuyche.

Si ustedes gustan yo los llevo, dice.

Que bien, pero ahora vamos a las ruinas. No terminaré como gringo trepado en el Land Rover de Gamaliel.

Uxmal

La cisterna es la vida. No se explica este atorón de piedras sin ellas. Chultunes, les nombran.Toda la cuadratura de los dioses corre a las cavernas forradas de estuco armadas por los ingenieros de Uxmal. En ellas está el sentido original del hacha y del espíritu, toda la imploración por la lluvia, todo el movimiento de las estrellas, todas las peregrinaciones en la selva, las ciudades extintas y sus guerras, todos los cantos y los faisanes, los jaguares y los zopilotes. Todo el esplendor húmedo oculto en los ríos subterráneos asomados por las gargantas que respiran por el gran Chac señor de estas tierras.

Y ahí estoy yo de niño, y canto para el casting del coro del quinto de mi primaria en Puebla El caminante del Mayab, que lo repito porque lo repite incesante en una selva de árboles desconocidos una maestra de tímpanos incorruptibles a pianazos de jueza de sonidos lentos indescifrables, hasta entender que aquel hombre mítico no buscaba más que el agua y ella nunca me eligiría para cantar el señor es mi pastor y nada, nunca, ni el agua ni el aliento del desvalido, me faltará.

La redondez del templo del Adivino. La geometría de la escalera. La boca en arco maya a media altura, el sacerdote imaginado mirando la sabana verde y la masa reseca que implora por el agua: Chac, Chac, Chac, dice la voz en la noche de la luz y sonido que así le grita al dios cuando la sequía ya está a punto de ordenar el abandono de la ciudad. En ese quiebre de la historia Uxmal sobrevive, descubre la cal y el estuco, construye el esplendor de los palacios, los relieves fantásticos y las esculturas que hoy vemos en retazos. La extinción sobreviene después, cuando Canek príncipe de los Itzáes se enamora de Sak Nikté para convertirse en una leyenda de amores y guerras en el Mayapán con lances de serpientes negras y flores blancas que mejor nos explican las elucubraciones históricas narradas en el Chilam Balam.

Las voces mayas en francés, en inglés, hablan de túneles y adivinos. Los edificios ocultos. Los ciclos del tiempo. El sol contento de que los humanos no han desaparecido. Son los guías de Uxmal. Sigo en un minuto la pista disparatada de uno que lleva su rebaño hacia la explanada del juego de pelota: …compra de martes a domingo, no las dejes ir el lunes. Así controlamos a las mujeres los mayas…. Somos supersticiosos, le tenemos miedo a la muerte, no hay cuarto trece en el hotel, te saltas al catorce. Por eso construimos en piedra para remarcar la sujeción del pueblo bajo… No salió la boa, encontró por ahí su conejo… Un helado de coco, el estuco, como un cemento Portland, para sellar, lo aplican y luego los artistas llegan con sus trazos muy precisos… Ah, aquí estamos en el lugar de los campeones…

La rueda perfecta del gol antiguo, el sol primigenio, el sexo más florido. El juego rotundo en el golpe de los cuerpos y el alarido de la masa que estalla cuando la pelota se cuela por el aro mítico de todos los estadios del mundo.

Yo miro entonces el costado oriente del palacio del Gobernador. Hacia el sur el cerro vivo, la pirámide como la habrán visto sus descubridores, con las piedras por miles apelmazadas a golpe de mano y tino de alarife para no ser más que pirámides reconstruidas. Hacia el norte están ya los cantos perfilados con sus relieves de búhos y seres decapitados. La historia empieza en la invención de palabras atadas a la especulación originaria de los guías.

La costumbre de ver las ruinas. La dificultad de mirar lo que fue. Imaginar los colores de la piedra, la cultivada mano que cuenta historias en tintes rojo maya, azul maya y a saber qué mezclas de plantas y minerales ordeñados a la selva.

Pensar la política desde aquí. Pablo Yanes recuerda el libro Una selva de reyes: el verdadero éxito de los mayas fue el de la política. Construir este mundo en el territorio de agua y piedras más adverso: las selvas del Usumacinta, la sábana agreste del Mayab. Preguntar por los reyes que encandilan con su versión de la historia en los relieves, sin ignorar a los cargadores de piedras y a su labradores ni a los alarifes constructores. Tiempo y manos, y miles de estómagos habilitados por el maíz de los agricultores en comales más ardientes que el sol de mayo.

El templo de los falos. Los mayas también glorificaron el sexo, lo esculpieron, lo utilizaron de gárgolas para encausar el agua de la lluvia a las cisternas. Falos perfectos en su cúspide rotunda, en su tronco enhiesto, en su nervadura de sangre. Pero el camino está vedado, y no hay sendero más allá del letrero de no pase. Guías nerviosos miran a otro lado, señor no interrumpa que estoy hablando de cosas serias de los dioses. El INAH no se atreve más que a una exposición en el traspatio del Adivino con penes cortados por el hacha flamígera de la censura. Cuidado con los animales, si van es por su cuenta y riesgo…

Cuántas cosas no miramos en México, de cuánto no se quiere hablar. Qué no lo sepan los turistas de nuestra corrupción, de nuestros crímenes, de nuestros penes floridos por el semen maya.

Desde la Gran Pirámide se logra la vista abierta a la sabana. Los templos de la plaza de Las Monjas y el Adivino están en el medio plano. A los pies la escalinata para los pies cortos de los antiguos moradores. En todo momento imaginar lo que fue. Acudir a los historiadores. Agarrar en el aire las palabras alucinadas de un guía. Sentir la piedra corrugada en la que vuela una guacamaya. Mirar el rostro de dios oculto en un nicho.

Todo queda entre las palabras y las piedras.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...