Ventisca: la tragedia en el Izta la noche del 4 de febrero de 1968 Destacado

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Mundo Nuestro. La noche del 4 al 5 de febrero de 1968 una tormenta reconocida como ventisca atrapó a un grupo de jóvenes alpinistas, todos ellos estudiantes del colegio jesuita Instituto de Ciencias de Guadalajara. Once de ellos perdieron la vida. Una noche de domingo, igual un 4 de febrero como la de hoy, hace cincuenta años.

Los volcanes de cerca. Tal vez al atardecer del 4 febrero de 1968, cuando una ventisca atrapa a un grupo de jóvenes montañistas en las rodillas del Iztaccíhuátl.

Pepe, quien con el tiempo llegará a ser el Padre Provincial de la Compañía de Jesús tres décadas después y rector de la Universidad Iberomericana en la ciudad de México, reconocido como uno de los más importantes jesuitas en el mundo, tiene entonces 25 años. Religioso jesuita, es Maestrillo en el colegio Ciencias de Guadalajara, y forma parte de una excursión al Izta con el Club Alpino del Instituto de Ciencias de Guadalajara, un grupo similar a lo que en el colegio Oriente de Puebla llamaban CAIMO (Club Alpino del Instituto Militarizado Oriente), es decir, preparatorianos miembros de un grupo que trepa montañas, jóvenes alpinistas liderados por algunos veteranos en la arriesgada tarea de trepar la alta montaña.



El grupo de 32 alpinistas ha iniciado el descenso poco después de las 4 de la tarde. Sea lo que sea que haya ocurrido, no vieron venir la ventisca. Junto con dos compañeros más, Pepe ha logrado llegar al albergue Esperanza López Mateos en medio de la más atroz de las tormentas que pueden caer en un instante, como cae una piedra en el río, sin avisar, rompiendo el tiempo que un par de horas antes relumbra de sol. El grupo había logrado llegar sin problemas a la cumbre, pero en la bajada los ha sorprendido una nube densa que azota sin recato los riscos de las rodillas de la mujer dormida. Peñascos y abismos, y todos rumbo a la oscuridad de la noche y a los vientos helados que traerán la hipotermia, el delirio y la muerte. En el albergue, arriba de los 5 mil metros, Pepe sabe que son muchos los muchachos no han logrado alcanzar el refugio. Sale a buscarlos. Encuentra a dos, pero la tormenta alcanza un grado extremo que durará doce horas. Están a menos de cincuenta metros del albergue, lo sabe... ¿Pero dónde está el albergue? No hay horizonte a medio metro, la pesadez de la nube es una muralla que los encierra minuto a minuto. No hay que moverse, les dice. Hay que brincar, les grita a los dos jóvenes paralizados. No se muevan, brinquen, ¿lo puede entender la mente a -20 veinte grados? Sí, tal vez, los primeros instantes.

Así que brinca, salta, brinca sobre ti mismo, sobre ese pedazo de mundo que ahora te contiene...

Pepe no deja de hacerlo. Corre para siempre sobre ti mismo si quieres vivir. Todavía alcanza a ver que uno de los jóvenes se mueve. Ver es un decir, el viento helado es la única imagen que cuenta. No hay alerta que valga. Desparece. El otro dónde está... ¿Todavía aquí? ¿Sigue él mismo ahí?

Amanece el 5 de febrero y Pepe sigue corriendo enfebrecido. A su lado yace muerto el muchacho que no se movió. Dejó de brincar. A unos metros puede verse el acantilado. Al fondo se encuentra el cadáver del muchacho que se movió en busca del refugio.

Once muchachos de mi edad entonces, no llegarían a viejos.



Todavía hoy, en las rodillas de la montaña, se puede ver la Cruz de Guadalajara.

“Afrontaron la inmensa incertidumbre y acudieron puntuales al Encuentro. No murieron, llegaron a la Cumbre”

Archibaldo Lancaster Jones Cortina

Francisco Fernández del Valle Bickel

Gabriel de la Torre Rodarte

Guilermo Araiza Aguilar

Guillermo Alvarez Paramo

Jorge Javier Nepote Barba

Jose de Jesús Garcia Chavez

Juan Jose Nuño Sanchez

Miguel Pardo Acevez

Pablo Perez Vargas Garcia Bedoy

Pedro Chavez Martinez

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...