Regreso a Lido Destacado

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Vida y milagros

(Ilustración: Timothy Easton, Venice at Dawn


Todos tenemos lugares a los que no debemos volver, sobre todo si ya una vez logramos salir con vida de ellos. Los lugares son reales o figurados: un territorio peligroso, negocios de riesgo, nadar de noche en un mar impredecible, una pasión destinada al fracaso, amistades erráticas, una adicción.



Encontré una carta que me enviara hace años una amiga, escrita en el papel beige de un hotel veneciano, una amiga de triple banda a la que nunca volví a ver y de la que nada supe desde entonces. Me conmovió la vieja carta que hoy leo de otra manera, como si ya tuviera el código para descifrar los mensajes escritos entre líneas. La carta dice así:

"En el enorme y bizantino reloj de lápislazuli que daba a la gran plaza de Venecia estaban dando las tres de la tarde. El reloj de mi muñeca marcaba ocho horas menos, la hora de mi país. La hora era lo único que aún podíamos compartir él y yo. Quizás ni eso, porque hoy no sé ni por dónde ande, pero a mí me gustaba pensar que era así. Habíamos decidido ir a comer a la isla de Lido, en donde una vez, cuando pensaba que el hoy sería eterno, estuvimos juntos él y yo durante un verano. Quise regresar, ya sabes cómo me gusta recordar los naufragios. Si tomábamos la lancha llegaríamos al antiguo hotel con suficiente luz por delante, aunque haría mucho frío. Llegamos al embarcadero y nos fuimos en el último viaje de ese día. En marzo el hotel estaba cerrado, aunque funcionaba un pequeño restaurante bar que daba a la playa. En ese hotel se había filmado muchos años atrás la película "Muerte en Venecia", basada en la novela de Thomas Mann. Dirk Bogarde fue el actor que Luchino Visconti elegió para representar al personaje de una historia de amor desesperado y secreto que moriría de tristeza en esa exacta playa. Ir a Lido ese día era una necedad y un capricho, y sin embargo fuimos. ¿Cuántas cosas no hacemos por esas dos sin razones? Contumacia y capricho.

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“No me gusta pensar en ese viaje a un casino que me recordaba mi desfalco y mi férrea voluntad de nunca volver a jugar. Yo jugaba con fuego como otros juegan a las cartas o a la ruleta rusa. Era adicta pero no lo sabía. Según yo, lo había perdido todo en una última y equívoca jugada. Todo. Ahora sé que no es cierto, que siempre encontraremos recursos y tentaciones para regresar al juego y a los riesgos en los lugares más recónditos e inesperados de nuestros bolsillos emocionales mientras tengamos vida. Una sola moneda bien jugada y estamos de regreso. En este caso la moneda fue la maldita conversación. Esa es una moneda engañosa porque parece inofensiva. Crees que una moneda de cobre no te permitirá alquilar una lancha que te lleve a las pedregosas e inhóspitas playas de Lido. No puede ser llamado de otro modo un lugar que te invitó abiertamente a darte un tiro debajo del pezón, en la base del pecho.

“Llegamos a la isla. Todos los cuartos del hotel estaban cerrados, todo estaba vacío, excepto el restaurant en donde pedí dos martinis rojos, uno tras otro. Para llegar a la terraza que daba al mar tuvimos que pasar por las desiertas salas de juego. De las mesas de tapete verde imaginaba que surgía el eco de voces apostando y gritando mientras los dados rodaban antes de detenerse. En realidad no había voces en Lido. Sólo el ruido del mar chocando con las piedras que ahí juegan a ser arena, sólo el ruido del viento poderoso barriéndolo todo, todo menos los pensamientos y recuerdos adueñados de mi cabeza. Me imaginaba un cuarto acogedor, un cuarto en el que todo es posible adentro de una cama y adentro de uno mismo. Un solo cuarto con nosotros adentro hubiera bastado en otro tiempo para incendiar el hotel más gélido del mundo.

“Nunca, lo juré, nunca regresaría a las playas de Lido. Y sin embargo, estaba de regreso..."

Hasta ahí la carta. Qué hermoso es el papel que la conserva.

Leyéndola me digo: ¿Cuál es tu Lido, cuál el mío?

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Sobre el autor

Verónica Mastretta