La insensata violencia y nuestra común humanidad/Contra los promotores del odio en las elecciones de julio Destacado

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Vida y milagros.

Invocar a la violencia, ni de broma. Nunca. Invocarla es echar mano de lo peor de nosotros mismos. En relación al meme de Ricardo Alemán que pretendió ser gracioso y que no quiero repetir, hoy quiero recordar el discurso de Robert Kennedy al día suguiente del asesinato de Martin Luther King en 1968. Robert moriría asesinado también dos meses después. Durante una parte de su vida no fue tolerante, pero aprendió a serlo ante la realidad de la violencia estúpida que se llevó las vidas de su hermano y la de Luther King. Creo que hoy vale la pena retomar su discurso, del cual hice una traducción que intentó ser lo más apegada posible al sentido de sus palabras.



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El twett en el que Ricardo Alemán alude al asesinato de López Obrador.



“La violencia y el abuso no construyen nada que permanezca”: Robert Kennedy. 1968

La pequeña pieza oratoria que a continuación reproduzco fue escrita para que la escucharan los habitantes de un país que cruzaba por un momento histórico tan difícil y violento como el de nuestro país de estos años. Quien las escribió fue Robert Kennedy. Independientemente de sus virtudes y defectos, en este discurso supo elevarse por encima de sus limitaciones para escribir un mensaje poderoso y vigente hasta el día de hoy. El discurso fue escrito el 5 de Abril de l968, al día siguiente del asesinato de Martin Luther King, el joven líder pacifista negro, activista de los derechos civiles y premio Nobel de la Paz, abatido a sangre fría por un francotirador en Menphis. Sus palabras fueron como una premonición de su propio asesinato dos meses después en un hotel de Los Ángeles, también a sangre fría, mientras hacía campaña para la presidencia de los Estados Unidos. La traducción del texto es mía pero está apegado al sentido del texto original.

Atentado en Bangladesh.

Jóvenes y sonrientes, estos hombres asesinaron horas después a veinte personas al grito de “Allahu Akbar” (Dios es grande).

"Hoy quiero hacer a un lado la política y aprovechar este espacio para hablarles brevemente de la insensata violencia que de nuevo mancha nuestro país y la vida de todos nosotros. Esta violencia no incumbe a una sola clase social, o a una etnia; las victimas abarcan a todos los ciudadanos que forman nuestro país. Pueden ser como tú o como yo, blancas, negras, morenas, ricas, pobres, jóvenes, niños, viejos, famosos o desconocidos. Las víctimas son, sobre todo, seres humanos a los que otros seres humanos querían y necesitaban. Nadie, viva donde viva o haga lo que haga, puede predecir quién va a sufrir un acto insensato de abuso, injusticia o derramamiento de sangre el día de hoy. Sin embargo, el deterioro de quienes ejercen el poder de matar sigue y sigue en este país nuestro. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué construyen la violencia y el abuso? Nada que permanezca. Siempre que un ser humano pone fin a la vida de otro ser humano, ya sea en nombre de la ley, o desafiando a la ley, ya sea un hombre solo o de una banda que mata a sangre fría o con rabia, en un ataque de violencia respondiendo a otro ataque de violencia, siempre que se rasgue el viento de una vida que otro hombre ha tejido laboriosa y penosamente para él o sus hijos, siempre que hagamos eso, la nación entera será degradada. Y sin embargo parecemos tolerar un nivel creciente de violencia, abuso y deshonestidad que ignora nuestra común humanidad y nuestro anhelo de civilidad. Demasiadas veces celebramos la arrogancia y el abuso, celebramos a los bravucones y a los abusivos; demasiadas veces disculpamos y permitimos la conducta de los que construyen sus vidas sobre los sueños rotos de otros seres humanos. Pero hay una cosa clara: la violencia engendra violencia, la represión, venganza, y solo una intención clara y de voluntad de cambio de nuestra sociedad puede arrancar este mal de nuestros corazones. Cuando los hombres aprenden a abusar de sus hermanos, otros aprenden a temer y a odiar. Cuando enseñas a los seres humanos a creer que son inferiores por su condición social y económica, sus creencias, su color, o su partido político y les haces creer que son distintos a ti, parecerá que amenazan tu trabajo, tu hogar, tu libertad o tu familia. Es entonces que surge el enfrentarse unos con otro y que se aprende a ser intolerantes; aprendemos a vernos no como conciudadanos sino como enemigos; nos tratamos unos a otros no como personas a las que podemos sumar a la construcción de un país, sino como invasores a los que hay que subyugar y someter. Al final todos nos miramos como extraños. Extraños que compartimos una ciudad pero no una comunidad, ligados a un espacio común pero no a un esfuerzo común. El desacuerdo se supera entonces a base de fuerza y violencia. Por eso es importante dejar de compartir un miedo común. Nuestra vida en la tierra es demasiado breve y el trabajo por hacer demasiado grande. No podemos dejar que esa pobre manera de actuar prospere en esta tierra nuestra. ¿Para qué, si los que la habitan con nosotros comparten el mismo corto momento de vida, y buscan, como nosotros, la oportunidad de vivirla con bienestar y felicidad? Si somos conscientes de este vínculo, podemos empezar a ver a los otros con nuevos ojos para así empezar a trabajar con algo más de entusiasmo por nuestro país, cerrándonos mutuamente las heridas para convertirnos, otra vez, en hermanos y compatriotas de corazón."

Robert Kennedy, candidato a la presidencia de Estados Unidos, asesinado en 1968.

Estas palabras llegan a través del tiempo en el momento preciso y han sido escritas también para nosotros, los que estamos unidos por la tierra que llamamos México, en donde hoy todos nos miramos como extraños, intentando construir inútilmente sobre los sueños rotos de otros seres humanos. Hemos dejado de compartir una mirada común y carecemos de un proyecto de país que nos de espacio a todos. No logro imaginar cómo podemos rescatar el vínculo invaluable de compartir este corto momento de vida, la breve vida que tendríamos que aprovechar para construir una comunidad razonablemente justa y feliz, hoy rota en tantos lados y en tantos frentes, contaminada por las ideologías y desconectada de la compasión y la sensatez indispensables para cerrarnos mutuamente las heridas. ¿Cómo mirar y entender al otro más allá de nuestra limitada visión? Un alto en el camino es necesario para pensar en cómo construir exitosamente una comunidad de conciudadanos y no de enemigos. Un tiempo para pensar que no sé si aún tenemos, un tiempo para escucharnos antes de dar pasos fatales que pueden no dejar nada que permanezca, solo un país en que todos nos sintamos extraños y enemigos.

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Sobre el autor

Verónica Mastretta