Las desterradas hijas de Eva Destacado

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Vida y milagros

La Iglesia Católica sigue anclada a su machismo tenaz. Se supone, dentro de sus enseñanzas, que todos somos iguales a los ojos de Dios, aunque dentro de la jerarquía eclesiástica, hay unos más iguales que otros, más bien, que otras. Hombres primero, mujeres detrás, por favorcito. Y si alguien no fue machista fue Jesucristo. En una sociedad como en la que él vivió, en el que a las mujeres infieles se les enterraba hasta los hombros y se les apedreaba hasta morir, hubiera tenido mil motivos para serlo, pero no lo fue. Ante la ocasión de ser un machista, sacó esa sabia frase de- "El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra" - y salvó de morir a una mujer que había pecado nada menos que idéntico que un hombre al que no iba a pasarle absolutamente nada por pecar con la víctima. Siempre dispensó un trato amable, cordial e igualitario a las mujeres. Martha y María fueron sus amigas del alma. Y a Martha le decía: ¿Qué haces en la cocina? Vente aquí a platicar, que es donde está lo importante. A la hora de la hora, al pie de la cruz estaban solo dos mujeres: su mamá y María Magdalena, y el más joven de los apóstoles, Juan. De los demás, ni sus luces. ¿Cómo es que la iglesia católica vino a parar en la organización centrada en el poder masculino que fue y aún es? No lo acabo de entender. De fondo no han evolucionado. No comparten el poder ni mucho menos la forma de elegir a la cabeza de la Iglesia. Al cónclave no entra una mujer ni a servir agua, ni mucho menos tienen un voto para elegir al sucesor del Papa. No debiera importarme porque ya no milito ahí, pero no puede dejar de intrigarme el que esta institución que influye en tantos continúe con esta radical diferencia entre el trato jerárquico que otorga a mujeres y hombres.



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Hace 5 años fui a la misa de difuntos del papá de una amiga. Hace mucho que no estaba en una misa de principio a fin. ¡Qué de ritos! ¡Que de ideas atrasadas puede decir un sacerdote en un sermón! El que ofició la misa habló sobre San Francisco de la Salle, haciendo énfasis en que sobre todo era muy amable con la gente, en especial con los opositores del poderoso movimiento protestante que se gestaba ya en Ginebra, en donde él era obispo y los calvinistas cuestionaban muchas de las formas contradictorias de la iglesia católica de entonces, como por ejemplo la venta de indulgencias. Era amable con ellos aún cundo dudaban acerca de la virginidad de la Virgen María. Mientras eso nos recordaban en el sermón, yo pensaba si Dios iba a venir al mundo, ¿por qué tendría que nacer de una manera anti-natural? ¿No todos somos, de acuerdo a la iglesia católica, hijos de Dios? Si Dios se iba a tomar la molestia de mandarse a sí mismo al mundo en la forma de su hijo muy amado, que era él mismo, ¿Para qué elegir casi casi una fertilización in-vitro de parte del Espíritu Santo? Si lo más bello de la creación son las reglas de la naturaleza, en la que nada es ocioso y en la que la forma de engendrar humanos, cuando es con amor, es muy bonita. Así seguí oyendo muchas ideas que había olvidado pero de las que siempre dudé. El señor cura que dio la misa se refirió a una escena en que el supuestamente amable San Francisco de la Salle salió a caminar por el campo y se encontró a un campesino con una vaca muy bien cuidada y le dijo: -¡Qué bien cuidada está tu vaca! ¿Cuánto tiempo le dedicas?, y el campesino le dijo: "Dos veces al día la llevo a pastar y la ordeño. Pero además también trabajo mi campo y mis siembras seis horas al día ; hago quesos y mermeladas con los frutos de mis árboles." Y aquí el supuestamente amable y piadoso obispo se arranca a decirle al trabajador campesino- "Si algo de ese tiempo se lo dedicaras a tu espíritu y a atender a Dios nuestro señor otra cosa sería tu alma".- ¿Qué podía saber el señor obispo del alma de este hombre trabajador? Si le hubiera dedicado más tiempo al "Señor”, andaría de procesión y tendría a la pobre vaca descuidada, sus campos desatendidos



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¡Qué sermón más equívoco! Sin embargo todos en la iglesia asentían piadosamente con la cabeza mientras yo la movía negativamente. ¿Qué no se puede trabajar y honrar a dios al mismo tiempo? ¿No se puede al trabajar tu campo y estar en profundo contacto con la naturaleza, estar amando a dios? Seguro el obispo sí tenía tiempo para "dedicarle horas de ocio a su espíritu", ya que por bueno y atento que fuera, vivía de las limosnas, en el palacio episcopal de Ginebra y muy bien atendido por las monjas, que en realidad siempre han tenido dentro de la iglesia la jerarquía de amas de llaves, lo cual le dejaba al obispo ese tiempo libre para andar rindiendo cultos de forma a Dios. Eso pensé del sermón que estaba oyendo. Me impacientó. También me impacientó que el señor que ayudaba al sacerdote a oficiar era un seglar, ahora llamados "diáconos". Una mujer también andaba en el altar asistiendo a los dos, al diácono y al padre, pero con mucha menor investidura, porque el que armó la echada de incienso del final, tocó las campanas a la hora de la elevación y protagonizó en segundo lugar, fue el devoto diácono y no la devota señora, que lo más que pudo hacer fue trajinar detrás del altar pasando las campanas y recogiendo lo que hiciera falta del cuidadoso rito. -No, si estos no van a cambiar-- pensé--, las señoras por favor en segunda fila y atendiendo al macho dominante del altar y de su casa. A la hora de la comunión el diácono y el padre atendieron a los comulgantes, todos los cuales se fueron con su hostia en la boca, pero por ser jueves, el padre anunció que daría la bendición con el Santísimo expuesto. Se fueron de nuevo al sagrario, en donde acababan de guardar las hostias sobrantes y al cual le habían puesto encima una cobertura blanca de encaje. Lo volvieron a abrir con gran ceremonia para sacar una hostia de tamaño mayor, la colocaron dentro de una custodia de oro y plata...y entonces la asistente del asistente, salió de atrás con una chalina dorada de aparente seda, que le dio al diácono y el diácono al padre. Con dicha estola el padre envolvió la custodia para no tocarla directamente con sus manos porque adentro ya estaba la hostia, una igual a la que se acababa de comer... entonces ¿por qué no puede tocar la custodia sin chalina? ¡No! Entre sus manos , la custodia y la hostia tenía que haber una chalina, un freno, un tope. Ahí fue cuando el diácono se puso loco con la echada de incienso, y la verdad fue la mejor parte, porque a mí el incienso me encanta, huele a pecados perdonados pero antes puntualmente cometidos. Hacía mucho que no me tocaba oler esas cantidades de incienso. ¡Fue mucho el que echó el diácono en el incienzario! Y para mi fortuna yo estaba en las primeras filas, me tocó un montón. Una mujer con una discapacidad mental muy evidente, con la inocencia absoluta de su condición, jalaba con sus manos el humo hacia ella, con una felicidad envidiable. Con el diácono ocupado en la ceremonia del incienso, a la señora le dieron la oportunidad de tocar las campanas, lo cual hizo con mucho más entusiasmo. Una vez que el diácono terminó de ahumar a la feligresía, recuperó las campanas y cayó de rodillas a recibir la bendición, con una mano al pecho y la otra en las campanas, dejando a la esmerada colaboradora con las manos sin quehacer. ¡Díscolo! Si la otra tocaba las campanas mucho mejor. Pero bueno, era de esperarse.



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Terminada la bendición, el diácono acompañó al padre a guardar la hostia, cerrar el sagrario y a correr el telón primorosamente bordado. Manos de mujeres para bordar siempre han sobrado, y ya desde la edad media decidieron meterle al altar toda clase de aditamentos hechos por las dóciles mujeres dedicadas al servicio de Dios. Y como la iglesia es gran conservadora de costumbres, pues siguen teniendo todo eso en los altares y vistiendo a los padres con más capas que una cebolla y de una manera que sería impensable en Jesucristo. ¡Vean la ropa de los Cardenales y las cosas que se pone todavía en la cabeza el nuevo Arzobispo Primado de la ciudad de México! (cualquier cosa que ese título signifique).

Como última ocupación, a la señora asistente del diácono le tocó doblar y guardar la chalina, cosa que hizo con gestos devotos y lentos. Tenía que darle algo de ceremonia y boato a las sencillas labores que le permitían hacer en un altar dominado por la masculinidad. Decía Krisnamurti que las ceremonias visibles son para espíritus poco desarrollados y que necesitan ritos para conectarse con la espiritualidad. ¿Ahora qué impide el desarrollo de un espíritu? ¡Los ritos! La gente se queda con el rito y con lo que otros les dicen en lugar de ejercitar su mente en la búsqueda de la espiritualidad, y en su caso, en la búsqueda de la nada o el todo. ¿Será que por eso el símbolo de la iglesia son los borregos? De todo lo que vi, me quedé y me sigo quedando con el incienso. Es imprescindible. Lo demás, por el momento, no ha cambiado. Acabo de ir a otra misa de difuntos. Todo fue más o menos igual, aunque esta vez no estaba la entusiasta señora asistente del asistente.

Cinco años después a la iglesia católica la dirige un Papa jesuita. ¿Tendrá demasiados problemas como para meterse con esas "minucias" de darles un lugar igual a las mujeres en el orden de la iglesia? Forma, dicen en México, es fondo, y las formas siguen igual. Para mi fortuna soy panteísta y encuentro algo superior en observar las nubes, las olas del mar, una tormenta eléctrica o un conejo escapando de un perro. Para hombres y mujeres la naturaleza es la misma y se muestra igual. Afortunadamente, por lo menos hasta hoy, sin las hijas de Eva, los Adanes dejarían de existir

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Sobre el autor

Verónica Mastretta