Elegir las batallas frente a los alimentos, la cultura y uno mismo Destacado

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Ilustración de Kathia Recio, tomada de la revista Nexos.

Han pasado meses, incluso un par de años, en los que no he podido comer como lo haría la mayoría de las personas. Ha sido ya bastante tiempo en el que uno tarda más en hacer peticiones que en pedir un platillo del menú: “¿tiene grasa?; ¿es con aceite?; ¿no tiene algo asado?; ¿tendrá otro tipo de queso?; ¿le puede cambiar esto por aquello?” Todas estas solicitudes envuelven (hasta ahora y en mi vida personal) tres palabras: frustración, impotencia y (mucha) paciencia.

Lo que voy a describir en este texto no es desde una mirada clínica o de expertos, es simplemente, lo que experimento en el día a día.

Frustración



Imagínate ir a comer a casa de un amigo o a un restaurante y que tengas que revisar minuciosamente el menú. En el primer caso, probablemente exista la confianza para decir lo que puedes o lo que no puedes ingerir, pero he de decir que nuestra cultura mexicana nos confronta –a la vez- con la pena de pedir algo diferente o decir: “no, gracias”. En el segundo caso, es jugarte tu salud por el resto de la tarde, noche o incluso días, pues muchas veces los establecimientos no toman en serio las indicaciones que les das. Pongamos un escenario común: una reunión de trabajo en la que tienes que estar bien durante el resto de la tarde y, unas, tan sólo unas gotas de aceite lo pueden arruinar todo. Ante estos extremos, he llegado a decir que soy “alérgica”, para que los meseros o gerentes puedan dimensionar el problema en el que me pueden meter, aunque en realidad lo que dimensionan es el problema en el que “ellos” se pueden involucrar.

Entonces, sí, frustración porque antes podía comer todo y ahora por distintos factores, uno debe elegir distinto. Saber que un agua mineral puede ser tan peligrosa como una garnachita… Ahora, pongamos esto en la vida de una persona de menos de 30 años en la que las fiestas o convivencias involucran pizzas, cervezas u otros alimentos con grasas saturadas, que no puedes ni acercarte a ellas; aun cuando te mueres de ganas por probarlas. De ahí que se desate la siguiente palabra…

Impotencia

En numerosas ocasiones lo que viene a la mente es un enojo ante la realidad que enfrentamos y, sobre todo, al ser juzgado o etiquetado: “seguro que no comes porque quieres estar delgada”; “mira a “x” persona, ya estás de anoréxico como él/ella”; “cómetelo no te va a pasar nada”; “a un amigo que vive más o menos lo que tú….”; “ya deja de estresarte”; “es tu ansiedad, ya bájale”; infinidad de frases que en lugar de llevarte a un espacio donde te sientes comprendido, te vives completamente excluido; “no encajas”.



Estuve con nutriólogos y con más de tres gastroenterólogos, probé medicina alternativa, homeopatía, yoga y nadie podía decirme qué tenía, eso me llevó a una desesperación por no saber qué le sucedía a mi cuerpo, qué tenía que hacer o dejar de hacer; qué tenía que tomar o dejar de tomar para curarme; un horizonte tan abierto como el universo, pero sin respuestas, pues como no es un padecimiento “grave”, tienes que aprender a sobrellevarlo. A veces me pregunto si de verdad no es grave.

Paciencia



Y, entonces, llega a ti un momento (el mío fue una camilla de hospital) en el que sabes que las decisiones las tomas tú y que debes tener mucha paciencia contigo y con lo demás, pues estás aprendiendo a vivir de manera diferente por el cuidado a ti mismo, y eso conlleva un sinnúmero de reconfiguraciones. En el supermercado aprendes a mirar distinto, le das espacio a nuevos alimentos, aunque normalmente tengas que pagar más por consumir “lo sano”; resulta que lo que la naturaleza nos da, ahora es más caro ¡Vaya paradoja! (No solo gastas en doctores y medicamentos, sino también pagas más por alimentos que tengan menos).

Aprendes a tenerle mucha paciencia a tu cuerpo, pero sobre todo a la mente y al espíritu, pues aun cuando sabes que no es lo peor que te puede pasar, estas cierto que no es vida estar mal todos los días, así que el ánimo debe prevalecer, pero sobre todo una vida disciplinada y de decisiones certeras. Aprendes a que las caídas duelan menos y que no eres una víctima de nada, sino todo lo contrario, tienes posibilidades por delante.

Todos los días, sin duda, son una batalla, pero hay que saber enfrentarse a ella.

A ti lector, te pido un favor, no juzgues, mejor acompaña; lo/nos necesitamos.

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Sobre el autor

Ana Karen Barragán

Ana Karen Barragán trabaja en la oficina de Rectoría en la Ibero Puebla.