Un pueblo casi adolescente, rebelde y sin ley Destacado

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Vida y milagros

Dicen quienes saben de psicología que el rol de los padres con los adolescentes es ponerles límites y aceptar que en ese tramo de sus vidas serán su oposición y su límite; los padres no van a ser muy queridos y populares en esa etapa, pero si deben lograr que sus hijos los respeten si quieren darles herramientas para entender las normas y las consecuencias de saltárselas. Rebelarse o desconocer a la autoridad es normal en un adolescente. La madurez llega cuando se acepta y se reconoce que hay límites. Después de lo sucedido en la explosión de Hidalgo solo podemos pensar que somos un pueblo infantilizado o en su más temprana adolescencia, apenas en la transición de pasar a ser un pueblo adulto. Somos un pueblo que apenas empieza a conocer las reglas y la necesidad de respetarlas. No sé si en algún momento de nuestra historia reciente fuimos distintos, por convicción o por la fuerza. No sé si es que ya somos muchos y no dio tiempo de que creciéramos en saber y gobierno de manera armoniosa.



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No encuentro otra manera de entender la tragedia anunciada por horas en la explosión de la semana pasada, con su enorme saldo de muertos de todas las edades y diferentes ocupaciones, como la del maestro de una primaria.



El testimonio de un soldado no deja lugar a duda de que algo está perdido en México con la autoridad y los límites:

"Les advertimos que era muy peligroso oler los gases que desprendía la fuga, que todo podía explotar. No nos hicieron ningún caso e incluso algunos empezaron a estar agresivos. La gente jugaba y se mojaba con la gasolina."



"Las mujeres y los niños también iban y venían con bidones. Primero eran pocos, luego eran cientos"

El testimonio de una persona de la comunidad que tiene un puesto de barbacoa dice:

"La gente solo quería un poco de gasolina para sus carros".

Con esos simples testimonios arma uno la película del porqué de la tragedia.

Hubo cero credibilidad a la advertencia reiterada de una autoridad.

Hubo cero respeto hacia la autoridad misma.

Hubo burlas hacia la autoridad que les advirtió del riesgo.

Hubo irresponsabilidad total de los adultos ante un riesgo manifiesto. Tanto que los niños iban y venían con cubetas o bidones. Sus familiares los colocaron en una situación de riesgo extremo.

Imperó la fuerza de la masa y no la fuerza de la ley y la razón.

La autoridad no se atreve a aplicar la legítima fuerza, aunque se trate de salvar vidas. Saben que sus vidas corren peligro ante la debilidad numérica.

En medio de la ya larga historia del huachicol, no ha habido una eficaz y continua comunicación social desde el gobierno para señalar los riesgos a los que se expone la población cuando se acercan de manera voluntaria a una fuga de gasolina, ni de la conducta culposa de los adultos que acercan ahí a los niños-

Adolecer es padecer o carecer de algo. Y sí, aquí faltó todo. Faltó por completo la conciencia de peligro de toda una comunidad ante un derrame de 30 metros de altura de gasolina. Faltó la credibilidad de la ciudadanía ante los llamados de alerta de la policía y el ejército, y sobre todo, faltó que la autoridad pudiera hacerse respetar ante el inminente peligro.

No sé a ustedes, pero a mí me sorprende la forma de minimizar la responsabilidad ante lo acontecido. "La gente solo quería un poco de gasolina para sus carros".

Señor: la gasolina explota. Si la autoridad le advierte del riesgo, aunque no quiera, se detiene. En masa es fácil ignorar a la autoridad. La cultura del manejo de riesgo fue inexistente. Las tragedias se suceden unas a otras y luego se olvidan sin dejar lecciones.

La pregunta que nos tenemos que responder es cómo volver a poner límites entre lo que queremos hacer y lo que podemos o debemos hacer,

Todos los límites hacia la autoridad, por las razones que gusten y manden, están completamente borrados en México. Ni siquiera importa si los límites son para protección de uno mismo o los demás.

La autoridad y la ley al parecer están para ser transgredidas, no respetadas. Las señales de alerta no han sido atendidas ni comprendidas. En el caso del saqueo de gasolina han sido más que evidentes:

Las explosiones y muertes por ordeña de ductos de gas y gasolina han ido al alta y no a la baja.

Las gasolineras que han comprado por años combustible robado han sobrevivido impunemente.

El enriquecimiento ostentoso del líder de Pemex ha paseado por las redes sociales sin que nada lo afecte y las complicidades en Pemex han sido muy bien descritas por Ana Lilia Pérez Mendoza en sus libros Pemex RIP y El Cártel Negro.

El mensaje es muy claro: si usted puede transgredir, hágalo. Su porcentaje de sufrir consecuencias es mínimo. ¿Qué tanto es tantito? A saber.

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¿Por qué llegamos a esto? ¿Cuánto tiempo para llegar al absoluto desprecio por el estado de derecho? ¿Cuánto para no saber ni medir que estamos atentando contra nosotros mismos? ¿Cuánto tiempo para volver a construir un mínimo respeto a las reglas que nos hacen posible convivir en paz? Para eso y no otra cosa son las leyes. Son los mínimos para poder vivir en sociedad.

Hoy la falta de estado de derecho es la principal carencia de nuestro país.

Dice mi hermano Carlos en el chat: "El no respetar las normas mínimas es un problema de país adolescente que solo arreglarán los años"

Cuando un adolescente falla y sufre graves consecuencias, son los padres los que deben preguntarse primero en qué fallaron.

Están bien las preguntas que hace el presidente López Obrador y que el Estado mexicano en su conjunto debe responder: "¿Cómo y por qué pasó esto?"

No concuerdo en que la gente estaba juntando gasolina solo por necesidad. Lo estaban haciendo porque el vacío de autoridad lo permite. Decir lo contrario es darle rienda suelta al caos. Minimizar la responsabilidad de los adultos involucrados en el accidente no ayuda en nada. Hacer a un lado que ignoraron a las autoridades, tampoco.

No podemos caer en la tontería de que esto pasó para agredir a la 4T, o por incapacidad del nuevo gobierno, ni en la simpleza de que las víctimas solo querían un poco de gasolina para sus carros. Nada de esto es ya casualidad.

Una explosión enorme sucedió en Puebla en enero del 2010 y dejó 30 muertos. En este caso las víctimas vivían cerca de un ducto que explotó en una madrugada, mientras aún dormían. Pero nadie respondió entonces desde las instituciones del Estado mexicano el cómo y el porqué de esa explosión. El escenario para estos desastres estaba montado desde mucho antes. Ordeña de ductos, asentamientos irregulares a la orilla del río, un río que se volvió de fuego porque estaba contaminado con gasolina. Ausencia de estado de derecho e impunidad.

La clave está en escuchar a los que han estudiado el tema de la impunidad y se han tomado el trabajo de plasmarlo en libros y documentos duros. Está en buscar y escuchar las respuestas, aunque nos lleve años construirlas. Nada exitoso se construye en un país por decreto.

Mientras tanto, creo que es fundamental difundir hasta el cansancio por parte del gobierno que ignorar o no escuchar las recomendaciones de las autoridades y de protección civil, específicamente en los casos de derrames de gasolina, sí ocasiona la muerte. Es importante difundir que lo que sucede a los niños en casos como el de la explosión de Hidalgo sí es responsabilidad de los adultos que los tienen bajo su cargo.

En México hemos aprendido mucho de los temblores y se han difundido extensamente los protocolos a seguir cuando tiembla. Aprendimos y se han salvado muchas vidas. No sé si lograremos generar una cultura de protección civil alrededor del fenómeno del derrame de gasolina que ocasiona el robo de combustibles. Detenerlo no va a ser fácil. Evitar, como sucedió en Hidalgo, que cerca de mil personas se acerquen llevarse una cubeta de gasolina, sí puede ser posible.

La sociedad requiere recibir información útil, dura y puntual. Todas las campañas de propaganda salen sobrando.

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Sobre el autor

Verónica Mastretta