Una inesperada experiencia con morfina Destacado

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Vida y milagros

Largo ha sido el camino de la opiáceos desde que los seres humanos domesticaron a la planta de la amapola y empezaron a cultivarla hace siete mil años en el sureste mediterráneo europeo. Los opiáceos fueron usados a lo largo de los siglos como medicina contra el dolor, pero también como planta ritual, mágica y sagrada. Hay vestigios de ello en Italia y Alemania, pero también se encontraron cápsulas de esta planta en una cueva cerca de Granada.

500 A.C. de Cristo, el médico griego Hipócrates desechó la idea de que el opio era mágico y la definió como una sustancia analgésica y antihemorrágica. También como una sustancia de cuidado. 320 años A.C., cuando Alejandro Magno extendió sus dominios, llevó consigo a la amapola y la introdujo en Persia y la India. Desde de ahí llegó hasta Egipto y China, en donde se arraigó para múltiples usos. Durante siglos se consideró a los efectos que producían los derivados de la amapola como mágicos y místicos, aunque desde siempre supieron de su cara oculta y dañina cuando se abusaba de ella.
Durante la edad media, casi todo lo que venía de oriente era considerado demoníaco, así que el opio fue prohibido en su lugar de origen, Europa. El gran incremento de la navegación en los siglos XV y XVI reintrodujo el opio y se volvió común usarlo entre los marineros y viajeros frecuentes. Poco a poco se experimentaría para otros usos.
En 1522, Paracelso creó el láudano, un brebaje alcohólico en base al opio, que podía ser usado con precaución y moderación para combatir el dolor. Aún no se comprendía el mecanismo que generaba su adicción, pero sí que su abuso podía destruir a las personas. Debe de haber sido una maravilla tener ese menjurje para un dolor de lo que fuera.
En 1804 el alemán Sertüner sintetizó y comercializó el alcalino de la amapola y de ahí extrajo la morfina, la llamó así en honor a Morfeo, el dios del sueño, porque su uso suele inducir un sueño profundo. Este compuesto activo aislado fue comercializado por su compañía farmacéutica a partir de 1817, fue usado como analgésico, anestésico, y , curiosamente, como tratamiento para combatir la adicción al alcohol y al opio. Se ignoraba lo adictiva que podía ser. Su uso se extendió y varias de sus formas se llegaron a usar para tratar enfermedades comunes o dolores terroríficos.
Durante la guerra civil americana se usó ampliamente para abatir el sufrimiento de los soldados heridos y dejó una secuela de 400 mil soldados adictos, por lo que al abuso de su consumo se le llegó a conocer como "la enfermedad del soldado".
Hoy en día hay diferentes métodos, patentes y formas de procesar el alcaloide de la morfina. El estudio de la fuerte adicción que puede producir en quienes la usan la volvió no solo una droga controlada, sino prohibida y mal entendida.
En México, particularmente durante la segunda guerra mundial, el gobierno de Estados Unidos fomentó junto con nuestro gobierno la siembra de amapola de manera legal e intensiva con la finalidad de tener morfina accesible para sus soldados en el frente. Cuando terminó la guerra, los campesinos dedicados a cultivarla fueron advertidos de que el estatus de la amapola había cambiado y había sido proscrita. Nunca se asimiló tal esquizofrenia. No se dejó de producir, pero su cultivo se volvió ilícito y perseguido. La enfermedad del soldado regresó y proliferó en el siglo XX en Estados Unidos y contagió a muchos que jamás habían pisado un frente de guerra.
Como toda prohibición, se construyeron caminos para darle la vuelta. Los que la querían para un viaje alucinante o para alimentar una adicción, podían encontrar caminos para llegar a ella. Para quienes la necesitaban para paliar el dolor de una enfermedad progresiva o terminal, el producto se volvió casi imposible de conseguir. Eso sucedió en México durante la segunda mitad del siglo XX . Eran tantos los requisitos que se le exigían a los médicos para poder recetarla y a las farmacias para poder venderla, que en la práctica desapareció del mercado. En 1995 viví de cerca la dificultad para conseguir morfina de manera legal y a tiempo para una queridísima señora con un cáncer terminal. Lo que pudo ser una muerte piadosa usando la morfina como paliativo no fue opción en esos años; miles de pacientes murieron sin poder acceder a ella a pesar de ser muy barata.
Cada organismo procesa la morfina de manera distinta. En general produce un poderoso efecto relajante, analgésico y narcótico. La morfina es un bálsamo extraordinario para paliar el dolor más violento, ese dolor que ya no es útil para alertar al cuerpo acerca de que algo está mal y debe corregirse, sino al que ya lo tiene tomado sin utilidad alguna para el organismo.La morfina produce silencio en el cuerpo desde el cerebro. En el libro de Manuel Puig, El beso de la mujer araña, los torturados en una cárcel argentina eran enviados a la enfermería a mal morir. Ahí, un piadoso enfermero les inyecta morfina, les induce la muerte en secreto y los salva del horror del dolor.
Es importante el entender el porqué de la regulación. Yo pensé que la morfina era relativamente inofensiva y solo peligrosa por adicción o sobredosis. En lo personal tuve la experiencia de usar un parche de morfina por una operación de hombro. El hombro no se mira como algo que pueda causar grandes molestias. Falso. El hombro, como la morfina, son de cuidado. El dolor de hombro y la morfina te comen territorio a base de tenacidad.
Hay a quienes un solo parche de liberación prolongada les quita el dolor, aunque produce muchos efectos secundarios, principalmente somnolencia y alucinaciones de moderadas a graves. Hay otros, como a mi, que durante cuatro meses usé el parche según lo indicado sin haber cambiado mi percepción del mundo y sin haber soñado nada que fuera digno de recordar. Ni siquiera dormí de más y estuve dichosa de haberle dado el esquinazo al hombro que había decidido tener vida propia sin mi consentimiento. Digamos que el hombro y yo nos odiábamos y queríamos cosas distintas e incompatibles. La morfina lo aplacó y lo volvió parte del silencio propio de un organismo sano. Dejó de protagonizar en las noches y a obedecer de día.
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El problema vino cuando creí que podía dejarlo como quien se quita una curita. Cinco días después de haber abandonado el parche en la basura, el síndrome de abstinencia se apareció con un amplio menú de efectos secundarios: ansiedad, temor, intolerancia al ruido, una manada de caballos a galope en el lugar del corazón, tremor, y lo más sorprendente, los sueños vívidos. Tenía razón Hipócrates ¡Qué magia ni que conversaciones con los dioses! De repente aparece en tu cuarto una fiesta oriental, un calabozo del medioevo, una persecución , un abismo de riesgos físicos, olas embravecidas, amigos que te engañan, situaciones absurdas, tiburones en una alberca, oscuros callejones sin salida, lo que menos deseas en la vida, o lo que mas quisieras y no tienes, todo, ahí en vivo, la experiencia que sea, del calibre que sea, la oyes, la ves,la hueles, la sientes, la saboreas, todo en tercera dimensión. Lo que te sucede estando despierto lo puedes ir sorteando, pero los sueños vívidos son incontrolables. Cuando despiertas, crees que detrás de la puerta, o a tus espaldas, ahí sigue todo el tinglado. Cuatro o cinco veces por noche.
Como la ignorancia es muy atrevida, pude dejar el parche con pequeños y grandes engaños al cuerpo. El primero fue decirle que en cualquier momento le volvería a regresar el parche al punto que quisiera de la espalda. Solo le pedí que esperara un día. Y al día siguiente, otro. Le fui echando pedacitos de opiáceos sintéticos, cuartitos de ansiolíticos, inhibidores de la adrenalina mala, lecturas larguísimas acerca de la morfina y sus secuelas, caminatas interminables para cansar al cuerpo. Lo último que se fue, fueron los sueños vívidos.
Si volviera a estar en la misma situación, volvería a echar mano de la morfina. Me hubiera gustado saber lo que era y lo que producía antes de empezar a tratarla con exceso de confianza. El dolor que no alerta y solo desquicia merece ser combatido adecuadamente con las herramientas medicinales que la naturaleza y la sabiduría nos han dado. Desde luego sí hubiera debido saber ampliamente quién era la morfina y qué producía antes de usarla. Lo único que no se puede ni debe es tomarla a la ligera. Los pacientes terminales o con dolor a largo plazo tienen derecho a tenerla entre los cuidados paliativos que existen. Toda la que necesiten. Todos deberíamos de recibir una educación fundamental acerca de sus bendiciones, las dosis adecuadas y sus efectos secundarios adversos.

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Sobre el autor

Verónica Mastretta