Dar el casting: sobre el racismo en México Destacado

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Mundo Nuestro. Este texto, escrito por el actor mexicano Alan Uribe Villaruel, fue tomado del portal Teatro mexicano, y se publica en nuestra revista con autorización de su autor.

Ilustración de IRaquel Moreno, tomada de la revista Nexos.

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“¿Me acomodas bien el Seat rojo?”, dijo aquel joven actor que se disponía a hacer casting en la escuela privada de actuación donde daba clases, confundiéndome con un viene viene, a pesar de ir vestido formal para una clase teórica. Todo sucedió frente a algunos de mis alumnos, que lo tomaron a broma.

“Cuidado con Alan, la gente como él suele hacer problemas por el dinero”. Eso señaló la alta funcionaria, advirtiendo al director que había sugerido contratarme como su asistente en un proyecto grande e importante; puesto para el que me creía capaz por el mérito de mi trabajo en proyectos anteriores con el mismo director.



“¿Christopher Alan? ¿Y con cuál de esos dos nombres sajones tan inadecuados a tus rasgos quieres que me dirija a ti?”, preguntó un maestro en el primer día de mi tercer año. Explicó que aplicaba bullying el primer día para empatizar.

“Ahorita todo el cine mexicano se trata de historias de jodidos”, dictaba cátedra cierto profesor en la cafetería de la escuela en que estudié teatro, mientras lxs alumnxs soltaban risas descolocadas mirándose entre sí. Lxs morenxs reían menos.

“¿Me permite una revisión?”, escucho frecuentemente al salir de alguna tienda departamental o simplemente al caminar por algunas colonias de la ciudad de México: gente de seguridad revisando mi ticket o policías deteniéndome en la calle para que me identifique, para que diga quién soy y a dónde me dirijo. Esto no sucede cuando voy acompañado o cuando me visto para ocasiones especiales.

“Yo no quiero tener un maestro negro”, balbuceó una pequeña de apenas cuatro años cuando suplía a una compañera en las clases que daba en un colegio privado de Polanco.

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Cuesta trabajo comenzar. Cada línea es un cartucho que potencialmente puede estallar en manos de quien denuncia, cuando la esfera en la que lo hace se encuentra aliada fundamentalmente con el objeto de la denuncia. Si denuncias el sistema racista y has invertido tu vida en ganar un lugar en él, corres el riesgo de incendiarte a ti mismo por la desaprobación que obtendrás de quienes no perciben la realidad del mismo modo. La detonación de estas palabras generalmente es sólo un fuego artificial que se apaga rápidamente y se extingue sin encontrar ecos convencidos.



Voy a empezar con esto:

Soy un hombre cis mexicano, artista escénico de treinta y cinco años, criado en Ecatepec, Estado de México. Trabajo desde hace más de quince años en la capital del país. Soy homosexual, tengo tez morena oscura y una licenciatura completa y otra trunca, ambas por escuelas públicas, a las que pude acceder por medio de becas para combinar estudio y trabajo desde los trece años de edad. Ser de piel oscura, he descubierto, es lo que los otros ven más de mí.

Prieta, jota y pobre, como me bufan las hermanas.



Afortunadamente he encontrado un lecho creativo en el teatro y he logrado, con mucho esfuerzo, destacar en algunos ámbitos y vivir dignamente de mi profesión. El rozar otros círculos sociales me permitió descubrir un mundo de personas que crecieron con oportunidades muy distintas. Y en esa distinción vino un mundo de preguntas. Casi todas tuvieron que ser guardadas, no había tiempo de atenderlas, había que seguir trabajando. Había que pagar cuentas. Pero esos episodios siguen ahí. Esas advertencias, esas miradas, esas mejillas y manos que se niegan al contacto, esa conmiseración implícita en gestos y palabras, esas ganas gremiales de seguir desplazando la atención porque una y otra vez “no hacerla de pedo” es mejor en la comunidad y todo se sabe. Si la cagas una vez eres fichado y te ganas fama de “problemático” (la misma que se le impone a divxs insoportables o, sutilmente, a los que transgreden la ética del oficio) por señalar que el sistema es injusto y necesita cambiar. “Nadie quiere trabajar con un actor que da problemas” es una máxima que no indaga en la importancia de resolverlos.

Estoy harto de no dar el casting. De silenciarme cómplice y doblar las manos porque ya me hicieron merecedor de un lugar en su esfera racista y clasista. ¿De qué sirve tener el micrófono si no vas a cantar para las demás? ¿Para qué tanto reflector si otra vez vas a aceptar el papel de El Ratero? ¿Por qué esperar a ser yo el violentado otra vez cuando hay tantas voces que viven amordazadas por lo mismo?

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Hoy hablo desde el privilegio temporal de tener un trabajo estable, solvente y reconocido. Hoy miro atrás y me reconozco lleno de suerte. Hoy me resuenan con mayor potencia también la lucha del colectivo LGBTI, de las mujeres y tantas otras. Hoy observo con impotencia el presente, pues resulta imposible comenzar una discusión acerca del racismo en nuestro país y en nuestro ámbito, y es imposible sobre todo ante la enorme distancia con el mínimo de empatía necesario para siquiera preguntarnos si somos racistas o no. Spoiler alert: lo somos. Y toda acusación o señalamiento que haga a partir de mi experiencia y la información que pudiese recopilar, será siempre filtrada por la etiqueta de la frustración, del enojo y la “ardidez”, esa señora que corona las justificaciones más macabras y ciegas en nuestro país. Ahí está el problema: la descalificación sistemática del disentimiento. El sistema: a él pertenecemos tú y yo. A él perteneces tú, que lees esto y te has quedado callado.

Nunca vas a terminar de entender por qué es necesario denunciar que ambos merecemos el mismo trabajo, cargo, espacio, foro o apoyo cuando mi educación costó el triple de trabajo que la tuya pero el 1% de tu colegiatura mensual. Te parecerá una exageración que señale que, en una junta de trabajo, mis ideas hayan tardado diez veces más tiempo en ser consideradas que las tuyas porque mi rostro les recuerda más a la servidumbre que a algún líder de opinión. Jamás será lo mismo que yo haya descubierto el arte por un accidente afortunado, cuando en tu ambiente fue siempre una opción cercana. Nunca va a ser claro por qué la gente te sonríe de antemano porque “luces amable” y se cambia de banqueta cuando me mira porque “me veo peligroso”. Te parecerá absolutamente circunstancial el hecho de que la gran mayoría de los puestos directivos los tengan personas que coinciden en el tono de piel, los círculos de amistad, los intereses políticos, la colonia en la que viven, el gimnasio al que asisten y la escuela a la que llevan a sus hijos. Pensarás que la razón por la que mi propuesta no fue considerada y la tuya sí es por la superioridad de tu proyecto y no por el prejuicio que ni siquiera permitió que se leyera el mío. Ignorarás tal vez toda tu vida la existencia de un nutrido número de personas que viaja diariamente en transporte público, que lee de pie tomado de un tubo, que usa el internet de un parque para tomar clases, que no se levanta temprano porque está destrozado física y emocionalmente por intentar e intentar e intentar mejorar su nivel de vida y no poder lograrlo.

Todo eso es real y todo eso tiene que ver con el tono de tu piel y de la mía, con el tamaño de tu cabeza y la mía, con nuestra estatura, el tamaño, forma y color de nuestros ojos, la cantidad de vello facial, el atuendo que usamos y cómo combinan los colores pastel con nuestro rostro, con el nivel de blancura y alienación de nuestros dientes, la cantidad y forma y color de cabello que tenemos sobre nuestra cabeza, el timbre de voz y el acento, la orientación sexual, el medio de transporte que usamos para encontrarnos. Todo esto es, en pocas palabras, una cuestión de prejuicios racistas y clasistas.

Nos dijeron que nos parecíamos a la pobreza y lo compramos a precio muy alto. Nos convencieron de las patrañas del mestizaje y las razas para mantener la conquista y no bajarse del trono. Nos acercan a ustedes día a día y nos “dan chance” de ocupar algunos puestos por cuota para figurar en la estadística. Nos escribieron obras de teatro, series de televisión y películas que perpetúan la idea de que somos ineptos, tramposos, faltos de educación y condenados a destinos trágicos y sufrientes, y guardaron para ustedes los roles que les acomodan, que los retratan como nuestros jefes, nuestros verdugos, nuestros modelos a seguir por encima de quienes somos, en una constante narrativa de élites que no nos representa.

Ocuparon y ocupan los altos mandos y siguen sin hacer nada al respecto, abandonando la lucha cada que la marea baja, callando las protestas y esperando pacientemente a que el fuego se controle y se instaure de nuevo el modo de vida al que nunca estarán dispuestos a renunciar.

Ellxs, es decir ustedes, son los que han determinado los cánones de belleza y nosotros los compramos sin preguntar desde hace mucho. Sus educaciones caras nos arrasaron de alguna manera y nos colocaron por debajo como si nosotros fuéramos los que no nos esforzamos. Sus negocios y sus herencias y sus “amigos de la familia” y sus afinidades europeizantes y sus discursos nos dejaron afuera, muy lejos. Nos atragantaron de fotografías, comerciales, productos y héroes de pieles delgadas que se colorean solo en camas de bronceado como una opción estética. Gente a la que no nos parecemos, ni nos vamos a parecer nunca. Seres tocados por los dioses que sonríen y abren las puertas del éxito. Y ciertamente no damos el cast. Ni lo daremos. No para sus historias que no hablan de nosotros.

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Nuestras historias podrían comenzar a ser diferentes si disolvemos los muros ideológicos con los que hemos cooperado todxs hasta hoy. Si fuera así, el público para el que trabajamos, que siempre recuerda personajes complejos e historias variadas, podría enunciar sin problemas una lista de actrices y actores morenxs, que claramente no viven en el imaginario colectivo porque una persona de tez morena no es precisamente la estampa de actor/actriz famosx.

Hablaríamos de Ángeles Cruz, Noé Hernández, Tenoch Huerta, Sonia Couoh, Mónica del Carmen, Gabriela Cartol, Luis Alberti, Patricia Meneses, Teté Espinoza, César Enríquez, Zaide Silvia, Hoze Meléndez, Eileen Yañez, Myriam Bravo, Yoshira Escárrega, Krystian Ferrer, Benny Emmanuel, David Illezcas, Leidi Gutiérrez, Rodolfo Domínguez, Josué Maychi, Jorge Antonio Guerrero y muchos otros que aún no conozco, pero esta vez sólo por su trabajo en pantalla o en escena. Tendrían más cabida en las escuelas gente como ellxs y como yo, y lxs veríamos mucho más una vez que se graduaran. No estaríamos obligados a demostrar que nuestro talento justifica nuestra lejanía de la hermosura blanca (y tampoco, dicho sea de paso, heteronormada). Cualquier niñx podría imaginar que cuando sea grande podría dedicarse a la actuación, porque los que ve en pantalla y en escena se parecen a él o a ella.

Les hablo a ustedes porque claramente hay un ustedes y un nosotros. Tristemente he dejado de creer que somos una comunidad, cuando mi gente sigue oprimida y ustedes solidifican sus fortunas, sean materiales o ancladas en la preciada visibilidad artística. Eso que no ven, eso que se oculta detrás de historias de éxito, de nominaciones al Oscar, de conflictos “peores” en el extranjero, de cuotas y discursos bonitos, está ahí, está aquí: están rodeadxs. Ustedes quienes están en puestos de poder, quienes escogen, quienes reparten, quienes le hablan a mucha gente, quienes convocan, quienes deliberan: es tiempo.

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Es tiempo de modificar las historias, los diseños, los elencos, las convocatorias, los exámenes de admisión, la moda, la educación, el lenguaje, los métodos de reclutamiento, los equipos de trabajo, la división de tareas, la publicidad masiva. Es tiempo de crear espacios de diálogo y de representación, de renunciar a privilegios, de hacer donativos, de pronunciarse, de defender, de reconocer una identidad digna y amplia, de sumar a la diversidad. Es tiempo también de denunciar, confrontar, frenar, educar, escuchar desde otros lugares, ser lxs otrxs. El tiempo es éste: apostemos diferente, desplacemos las miradas, honremos la belleza que cada ser humano tiene, repudiemos el racismo, pronunciémonos al respecto y actuemos en consecuencia.

Llevo muchos años luchando amablemente y con una sonrisa por dar el cast. Estoy satisfecho con mi trabajo y tengo grandes aliadxs y amigxs. Pero no estamos percibiendo un mundo con las mismas oportunidades y eso me llena de rabia. Me molesta enormemente saberme cooperando con un sistema que aplasta pasivamente por omisión. En el sistema que otorga valor a las personas en esta sociedad, el “ser pacífico” es una cualidad apreciable, pero esta cualidad tiende a diluirse en el silencio y la apatía convirtiéndose en un concepto mucho más simple y conveniente para quienes viven más cómodos: la pasividad. En una sociedad ejemplar, nunca pasa nada; no sólo nada malo, sino nada. En casi cualquier oficio, pero especialmente en el de los artistas, este postulado seca el terreno del desarrollo de las ideas y genera una ilusión de inmovilidad que ebulle silenciosamente bajo una tensa red de amabilidades y acuerdos tácitos, encerrando y repudiando los descontentos. Calificando al individuo inconforme (o visionario) como un “inadaptado social” o un “incendiario”. Pero el arte es precisamente lo contrario. Y eso difícilmente alguien podrá ponerlo a discusión.

Y, debo agregar, es frustrante y desesperanzador más aún el hecho de pensar que levantar la voz es dispararse en un pie, renunciar al prestigio tan sobrevalorado y tan mal entendido, ser un malagradecido por traicionar la élite que tan amable me ha prestado un espacio para figurar y más vale que lo cuide. Desafortunadamente esa rabia no basta y no tiene un sujeto depositario pues la red es enorme y nos involucra a todas y a todos y a todes.

La rabia ebulle debajo de las sonrisas amables de los rostros “violentos” por nacimiento. Los dientes presionan un insulto debajo de un “sí, señor”, de un “bueno, gracias” apenas perceptible. Los oprimidos superamos en número y en falta de temor por perderlo todo, por apostarlo todo. Yo no tengo la solución a este problema pero tengo muchas preguntas, y sigo transitando con toda la fuerza que puedo para acercarme al micrófono a hacerlas y cantar fuerte una canción que nos dé sentido a los que hemos cedido el lugar desde hace muchos siglos. Más que nunca, hoy damos cast de mexicanxs, de morenxs, negrxs e indígenas, con muchas historias nuestras por contar: de amor, de dolor, de felicidad, de violencia, de dignidad, de complejidad, de pura diversión, de inteligencia, de ambigüedad y de tantas otras cosas que no hemos podido encarnar.

Hay un numeroso pueblo oprimido que ruge en silencio desde hace siglos. Mi gente se ha dado cuenta que es la que jala la maquinaria de sus enormes máquinas. No vamos a ser cómplices silenciosos nunca más. “Nosotros te llamamos” ya no es válido para el rol que hemos venido a desempeñar. Es por fin un rol protagónico en la pantalla más grande y es un personaje que posee riquezas y talentos, en una historia con altas y bajas como la que todxs vivimos, pero marcada por la segregación, la injusticia y la violencia. Es nuestra historia y vamos a contarla.

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Sobre el autor

Alan Uribe Villarruel

Alan Uribe Villarruel (Ecatepec, Edo. Mex. 1984). Actor de teatro y cine, director de escena y diseñador de movimiento. Actualmente forma parte del elenco estable de la Compañía Nacional de Teatro. Fue nominado al Ariel como Revelación Actoral en 2019.