Puebla: el horror de nuestro propio abismo Destacado

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¿Justicia? ¿Aquí en la tierra? Sólo esperamos justicia divina, porque aquí en la tierra… Yo creo que unos ocho días más y lo metemos al archivo del olvido, este país lo que no tiene es memoria histórica, entre más rápido se olvide, mejor. Anastasio Hidalgo (Padre Tacho)

Hay historias nuestras que no pueden ir a dar al archivo del olvido.



49 personas murieron en la masacre la comunidad gay en Orlando. La mayor infamia homofóbica en la historia de Estados Unidos. Omar Siddiqui Mateen nació en ese país, ahí vivió su vida hasta que le quitó la vida a 49 personas con un rifle de asalto que compró legalmente en una armería de su vecindario. En ese abismo está sumido nuestro vecino del norte.

31 asesinatos en los primeros 13 días del mes de junio en el Estado de Puebla, una tierra en la que, por lo demás, la vida de las mujeres no vale nada. La prueba del vacío institucional, la realidad de una sociedad en la que priva la impunidad y la ausencia de ley. En ese abismo de violencia estamos sumidos nosotros.

En el fondo el horror es el mismo, sólo cambian los escenarios: un club gay de la Florida, los llanos de Tepeaca-Tecamachalco, un caserío misérrimo en la Sierra Negra. En los tres escucho el tableteo seco del fusil de combate y me asomo triste e impotente al abismo insondable de la barbarie. Y al dolor más antiguo, la explicación última de la condición humana.



Un llanto así, de dolor total, el de las mujeres de San José El Mirador, identifica la derrota de la sociedad poblana. (Fotografía de la Agencia Enfoque para e-consulta).

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El abismo del poder frente al espejo: el terror lo lleva dentro.

Un hombre llega a las dos de la mañana a una discoteca en Orlando. No es cualquier centro nocturno, es un reconocido club gay, el Pulse, que da idea de la profunda diversidad que se vive en la sociedad norteamericana. Pronto sabremos que el atacante acaba con la vida de cuarenta y nueve personas, y que pone en predicamento al mundo entero. En las siguientes horas una investigación frenética arrojará a Estados Unidos a su abismo, porque no le alcanzará para descubrir lo que Omar Mateen tiene en la cabeza cuando jala sin descanso el gatillo del R-15: que si alega fidelidad al ISIS en una llamada al 911, pero en las redes expresa su soporte a grupos terroristas opositores al Estado Islámico, y que al final el FBI no logra descubrir vínculos con organización terrorista alguna; y que por principio su exmujer lo declara enfermo mental; y que para nublar más el perfil del asesino, los investigadores confirman sus visitas a los clubs gays y a las dating apps en un intento por desentrañar sus odios de género; y mientras Obama declara sobre el “terrorismo doméstico” y la necesidad imperiosa de prohibir la venta de fusiles de asalto, los medios republicanos afilan la guerra de civilizaciones que impulsa el racismo de Trump. Y todos miramos a la tormenta por venir en la elección de noviembre en ese país.

Imagen del reportaje publicado en Vox.com: ¿Por qué un norteamericano común y corriente decide convertirse en terrorista? (Oleg Zabielin/Shutterstock)

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Nuestro propio abismo: la pobreza, la violencia estructural, el crimen organizado que va de la mano, los gobiernos cómplices y la degradación social.

Es el domingo en la tarde en un recién estrenado campo de béisbol en Acatzingo, en el centro del estado de Puebla. Un grupo armado baja de unas camionetas cuando juegan los equipos de los poblados de la Candelaria, de Felipe Ángeles, y Santiago Acozac, de los Reyes de Juárez. Se meten al campo y acribillan a mansalva aquienes están en la tribuna observando el partido. Pero buscan a una persona en particular, José Luis Vélez Robles, reconocido después como un “huachicolero”, uno de tantos chupaductos de PEMEX que se disputan a balazos el territorio, y quien ya había estado preso por ese delito en el 2011, cuando lo aprendieron en posesión de 22 mil litros de gasolina dentro de una cisterna en su casa. Ahora él perdió. Lo vemos muerto junto al home. Pronto sabremos que dos personas más murieron con él, y que efectivamente el boletín de la fiscalía local guarda el hecho en el casillero de “crimen asociado al robo de combustible”. Claro que cualquiera sabe que las bandas de chupaductos han penetrado en estos pueblos campesinos, que sus líderes se pasean en las plazas, que patrocinan equipos de beis y fut y que cuentan con la mirada cómplice de mandos altos de la fuerza pública. Hace más de una año que la policía federal detuvo a los jefes de la policía estatal vinculados a este delito. Y que sea quien sea el que los mande, los delincuentes están en guerra.

Imagen de municipiospuebla (e-consulta).

Alcanzo a contar cerca de 50 vasitos de plástico utilizados por los forenses en el área acordonada. Al fondo las unidades de Seguridad Pública. La tarde nublada. Veo el cuerpo tirado en el círculo de espera del bateador. La chamarra con la que han cubierto su cabeza. El pantalón vaquero. Las botas mineras. La vida cegada por fusiles de asalto con los que han rafagueado la tribuna.

El Archivo del Olvido, lo denomina el padre Tacho, párroco en Coxcatlán.

Veo la línea larga de ese abismo oculto bajo tierra, asomado en válvulas y respiraderos aquí y más adelante y a lo largo de los cien kilómetros que cruzan de oriente a poniente el territorio de pueblos entre Esperanza y Santa Rita Tlahuapan. Un abismo de acero y gasolina, una serpiente a la espera de la precariedad de la vida humana, los ductos de Pemex y su cuenta de balas: tan sólo en los últimos diez días, con los crímenes de Acatzingo y Palmar de Bravo –municipio este último en el que murieron rafagueados el día 1 de junio cuatro personas en la comunidad de La Purísima de Bravo--, son siete los muertos y once los heridos relacionadas con la ordeña de los ductos petroleros. Personas con nombre y apellido, como José Luis Vélez Robles, preso un tiempo por huachicolero, liberado en algún momento por un juez, y sepultado en un panteón de su pueblo en una historia de la que mañana ya no se acordará nadie hasta la próxima reseña de esa pequeña guerra civil que recorre por la superficie de ese trazo de sangre que sigue la línea serpiente de los ductos de Pemex.

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Pero hay más abismos insondables.

El horror de la pobreza campesina, la marginación histórica de los pueblos originarios ocultos en la montaña. Y por encima de todo, la violencia descarnada contra las mujeres.

La Sierra Negra. A la izquierda, hacia el valle de Tehuacán, la cabecera municipal de Coxcatlán; en un desfiladero lejano, la comunidad de Potrero.

El caserío de Potrero.

Amanece el viernes 10 de junio en la comunidad de Potrero, en el municipio de Coxcatlán, en la Sierra Negra muy cerca de la frontera con Oaxaca. Según una versión de la prensa, las dos niñas llegan caminando y dan la noticia; no es posible saber cómo han escapado con vida, pero las dos han sobrevivido al horror. Muy cerca, por una vereda colgada en el filo del barranco, está el caserío disperso de San José el Mirador en la que vive desde hace unos años una familia de religión protestante, y hasta donde ha llegado un hombre para cumplir su promesa de venganza contra la mujer que se atrevió a denunciar su violación. Lo acompaña un grupo de sicarios encapuchados. La fiscalía confirma el uso de rifles R-15 que les quitan la vida a cinco mujeres, cuatro hombres y dos niñas.

La nota de Yomara Pacheco y Enrique Hernández en municpiospuebla.mx registra sus nombres: Alejandra, Ángel, Jonhy, Isabel y Belén –embarazada con ocho meses de gestación--, todos de apellido Hernández, y Plácida, Baltazar y Silvia de apellido Sánchez. Las niñas se llamaban Montserrat y Carolina.

Con la tierra de la misma montaña los adobes de la casa de la familia Hernández Sánchez. Fotografía de Enrique Hernández, para Municipios Puebla, de e-consulta.

La fuerza pública en San José el Mirador. (Fotografía de Agencia Enfoque para e-consulta)

Los pobladores de El Potrero bajaron los cadáveres. Fotografía de Agencia Enfoque en e-consulta.

Sus cuerpos, envueltos en sarapes, fueron cargados en tablones improvisados hasta la comunidad de El Potrero.

La información no sigue el curso científico del FBI, y sí la tradicional composición de la prensa y la procuración de justicia mexicana cuyos procesos y seguimientos terminan en el “archivo del olvido” referido por el padre Tacho: primero las suposiciones –que si se trata de un conflicto religioso, que si está involucrado el crimen organizado--, y muy pronto la versión más llana que llega en declaraciones del presidente municipal de Coxcatlán, quien afirma se trata de una venganza personal. En ninguna de esas reseñas se menciona el nombre del presunto agresor, pero la historia refiere que hace unos años, Silvia Sánchez, una de las mujeres asesinadas, fue violada por el hombre que encabezó a los matones, a quien hoy los testigos sobrevivientes identifican; a la denuncia entonces siguió la detención y encarcelamiento del violador –la relación destaca que la violación produjo el embarazo de la mujer y el nacimiento de un niño--, quien desde entonces juró venganza. No se dice si el hombre purgó su condena, pero el hecho es que ya liberado regresó el viernes a cumplir su promesa. Israel, el hombre con quien Silvia vivía está entre los muertos, y sus asesinos se ensañaron con él, pues su cuerpo fue apuñalado innumerables veces. El hijo que la mujer tuvo producto de la violación, inexplicablemente, salvó la vida.

El lunes 13, después de la pesadumbre burocrática que sigue a todo crimen, la conciencia del absurdo extremo: el funeral en Coxcatlán registrado por la Agencia Enfoque:

Los féretros están alineados en una especie de fosa común que han abierto en el panteón municipal de Coxcatlán. Cuento nueve e incluyo el pequeño para la nunca nacida. Con block han delimitado en una parrilla el espacio para cada uno, y en un extremo han dispuesto un pequeño rectángulo para albergar el de la niña que llevaba en el vientre Belem, una de las mujeres asesinadas a sangre fría.

El padre Tacho en la misa

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Al final del abismo, el eco de las palabras del padre Tacho en el funeral de las víctimas en Coxcatlán, y la conciencia de la violencia estructural. La pregunta apunta al futuro inmediato de México: ¿De quién esperar justicia?

“Ellos son hermanos nuestros de la Sierra Negra. ¿Cuándo han sido tomados en cuenta los hermanos de la sierra? ¿Cuándo se les ha dado los servicios que merecen? Ellos vivían casi una hora a pie… siempre han sido marginados, siempre han vivido en la extrema pobreza. Por eso cuando yo digo: exigir justicia ¿pero a quién le exigimos justicia? Decía uno de los familiares al llegar: ¿Justicia? ¿Aquí en la tierra? Sólo esperamos justicia divina, porque aquí en la tierra… Yo creo que unos ocho días más y lo metemos al archivo del olvido, este país lo que no tiene es memoria histórica, entre más rápido se olvide, mejor. ¿Tienen que ser 11, tienen que ser 12? ¿Alguien que ni siquiera conoció la luz de la vida? ¿Tienen que ser 43 en Ayotzinapa, tiene que ser Tlatlaya, tiene que ser Apatzingán, tiene que ser Tetelcingo? En este país, repito ¿quién va a hacer justicia? Aun así tenemos que seguir, como Juan Bautista, como una voz en el desierto, exigiendo justicia.”

Mundo Nuestro. Este texto se ilustra con el reportaje gráfico de la agencia Enfoque publicado en el portal Municipios de e-consulta.com.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...