El bien y las estrellas. Ángeles Mastretta sobre la filantropía Destacado

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¿Para qué hacer un libro? Los libros son objetos solitarios, sólo se cumplen si otro los abre, sólo existen si hay quien esté dispuesto a perderse en ellos. Como la filantropía. Como este quehacer de ustedes, en el que hay que perderse para encontrar a los demás.

Los que hacemos libros nunca estamos seguros de que habrá quien le dé sentido a nuestro quehacer. Escribimos un día aterrados y otro, dichosos, como quien camina por el borde de un abismo. ¿A quién le importará todo esto?, nos preguntamos, mucho más egoístas que quienes dedican una parte de su tiempo, o su tiempo todo, a la filantropía.

¿Para qué hacer una novela? ¿A quién le importará?, nos decimos a veces.



En cambio ustedes, quienes dan por dar, los filántropos, no parecen tener esta duda. Sin embargo, sé que la tienen. Quienes practican el raro arte de dar porque sí, porque así están hechos, porque para eso viven, también dudan. ¿Valdrá la pena? ¿Por qué dedicar horas a los demás?

A veces los escritores gastamos tiempo en dudar. ¿Qué será mejor? Escribir fuego o escribir lumbre, escribir mar o escribir deseo, escribir deseo o escribir anhelo, afán, absoluto, capricho, pasión, sed, vehemencia, antojo, luna, luciérnagas.

Escribir filantropía o escribir egoísmo, ustedes no se lo preguntan.

Menos certeros que los físicos, más empeñados en la magia que los médicos, los escritores trabajamos para soñar con otros, para mejorar nuestro destino y, si fuera posible, para mejorar, siquiera a ratos, la vida de alguien.

Lo que yo hago cuando escribo no es filantropía, pero es también un afán de apego a los otros. Por eso, con toda humildad, sé lo lejos que estoy de quienes, como muchos de ustedes, dedican sus vidas, cabal y resueltamente a compartir y mejorar la vida de otros. Al mismo tiempo, sé lo que procura, lo que da, esa pasión.



Los escritores cumplimos con el deber de inventar cada mañana un mundo y escribimos para sentir que en algo mejora nuestra realidad si podemos invocar otras, crear y creer en otros. Los filántropos, tanto como los escritores, saben que la vida tiene su barbarie y sus dificultades, pero ellos quieren, tratan y muchas veces consiguen cambiarla con más que las puras palabras. Por eso resulta fascinante conocer y acompañar su trabajo. Admirarlos.

Yo muchas veces creo que la vida está regida por el azar y que poco puedo hacer para contradecir sus leyes. En cambio ustedes, los aquí reunidos, ese otro tipo de soñadores, sin duda más útiles que quienes sólo cambiamos el mundo al recontarlo, prueban para bien de muchos, que se puede lidiar con lo que parece un destino inevitable y trastocar su ley. Creen que las cosas tienen remedio. Y, para sorpresa de muchos, van probando que así es.

Que la injusticia deje de ser natural y aceptada requiere de un arte difícil de practicar. Un arte que no es ficción y que antes se llamaba caridad, que acompaña al generoso, aunque desgastado, verbo amar. Ya no está bien visto usar “caridad” como sinónimo de “filantropía”. Pero vistas las dos cosas, desde afuera, por más que una tenga más orden que la otra, son parientes cercanas.

Imposible hacer filantropía sin asirse al amor. Más difícil aún, sin acudir a la compasión que ahora no vamos a equiparar con la piedad, sino con ese otro arte que es el de compartir pasiones. Con-pasión. O el de padecer con otros. Con-padecer.

Sé, ustedes lo han oído unos de otros cuando se reúnen a pensar en su trabajo, que se encuentran dichas y abismos extraordinarios en el arte de dar. Se encuentra un regocijo que no es equiparable con otros. Hay gente que dedica su vida a los niños en situación de calle, --raro modo de llamar a los antes indescifrables niños pobres-. Quienes esto hacen cuentan su experiencia con un entusiasmo que da envidia. Entendido por envidia no la definición del diccionario: pesar por el bien ajeno, sino el sentido que le hemos dado a la palabra, acompañándola. Decimos: “envidia de la buena”. Gozo por el bien ajeno. Los filántropos me provocan esta envidia, me provocan y deberían provocar en todo el mundo, el deseo de compartir su pasión. El bien de quienes lo hacen y el de quienes al recibirlo encuentran bienes. Lo veo de cerca muchas veces, quiero pensar ahora en mi valiente amiga Leonor Ortiz Monasterio, directora de APAC, Asociación, Pro Personas con Parálisis Cerebral.

Tantas cosas arduas e incomprensibles suceden bajo las estrellas, entre nuestra gente, en nuestro país, que es un crimen no saber mirarlas, no querer detenerse a comprenderlas y buscarles remedio. No sólo a temer su sin remedio, sino, fundamentalmente a intentar remediarlas. Esto que de nadie, sino de nosotros, depende.

Elegimos modos extraños de convocar y asumir el mundo que nos rodea. Los filántropos eligen el mejor, muchas veces el que parece más arduo, creo que siempre, el que más compensa.

Yo escribo además de por el gozo y las penas de hacerlo, para contar mi certeza de que estos tiempos tienen remedio. Creo que los filántropos son también escritores. De donde no se deriva que los escritores seamos filántropos, pero sí que podemos serlo, como puede serlo cualquiera.

Yo tengo epilepsia. Lo digo, porque aún ahora es difícil oírlo. Más difícil oírlo que vivir sabiéndolo. Lo digo porque la epilepsia me ha hecho vulnerable y porque siéndolo, sé que todos somos, en algo, vulnerables. Todos, por eso, necesitamos de la filantropía de otros.

Con la epilepsia hay quien ve luces o fantasmas o sueños. Yo no. Yo, antes de perder la conciencia, escucho ruidos como luciérnagas, siento una música que parece un sueño, el sonido excepcional de un clarinete imaginado por Mozart. No dudo en afirmar que algo así les sucede a los filántropos. Yo he querido ver la epilepsia como un desafío. Como ven los filántropos la pobreza, el desamor, la violencia, al tiempo en que saben verlas con la certidumbre que en las noches oscuras nos dice despacio: habrá de amanecer.

La realidad como un desafío y el desafío como algo que nos enriquece, nos enseña la pasión y la compasión. La vida como una dádiva inevitable que uno no debe guardar sólo para sí. La vida como el deber de crear.

“Hay más cosas bajo el cielo de las que sueña tu imaginación”, dice un personaje de Shakespeare. Y claro: hay las cosas que sueña la imaginación de otros. Y con esas y con las que sueña nuestra imaginación, es posible enmendar cualquier espanto.

Porque es cierto que a diario nos espanta el espanto.

¿Y qué hacemos? Casi siempre, temer.

¿No podemos dar con algo más noble que el temor?

Vemos en los periódicos y la televisión las sombras del espanto. Amenazan con adueñarse de nuestras noches. Nos entristecen, nos asustan.

Y ni modo de no verlos, ni modo de negarse al mundo que nos tiene en vilo.

Este nuestro país se rompe a diario y según casi toda la información no parece tener remedio, pero los filántropos creen que sí. Por eso son tan valiosos. Por eso se reúenen, para reconocerse y apoyarse.

Tantos de nosotros asustados, discurriendo juicios inútiles, quejas, desesperanza. Tantos pensando que ya no existe un lugar desde el cual puedan verse las estrellas. A ratos inseguros de que existan unas estrellas que no alumbren el cielo de eso que nos espanta. Presos dentro de nuestra impávida libertad. Sin remediar nada. Mirando.

Se nos olvida con tanto temer, con tanto discurrir en vano, darles valor a encuentros como el de hoy.

Atestiguar la esperanza y el trabajo de quienes en vez de asirse al miedo lo exorcizan con su diario quehacer y su certeza de que el mundo no se enmienda de golpe.

El mundo se va cuidando, se zurce, se le acompaña y, sobre todo, se ama porque es el único que tenemos.

¿Se puede imaginar un quehacer más noble?

Yo no. Ni más arduo ni más noble que combatir el temor, desafiándolo.

Contra el miedo y la desesperanza, el trabajo en lo urgente.

Es una alegría y un privilegio estar aquí. Saber que ustedes, los que tienen esperanza, los que trabajan en construirla y promoverla, me cuentan en su haber.

No hay sin remedio entre la gente que hoy se reúne aquí. Sé que ustedes acuden todos los días a la aceptación de que éste es el mundo que los necesita, éste el tiempo que les llama, éste el lugar desde el que pueden verse las estrellas, al que a veces es necesario bajar, para encontrarlas.

Quién sabe si el mundo tiene remedio, pero para remediar nuestra vida tenemos que mantener con nosotros la certeza de que sí lo tiene.

La certeza de quienes cada día son capaces de recobrar el valor y llevarlo a donde sea necesario. Personas dispuestas y puestas en hacer el bien, en recuperar lo que se desmorona, en mantener a salvo lo que parece que no tiene remedio y rescatar lo que no estuvo a salvo.

Según los ojos, el testimonio y el ejemplo de ustedes, los miembros de la Junta de Asistencia Privada, nuestra vida y nuestro mundo tienen un mejor destino del que imaginan tantos.

Y vale la pena, y la existencia, buscarlo. Y no es fácil, pero compensa.

No hay temor que se alivie, que encuentre consuelo, que reciba ayuda, sin devolver a cambio algo crucial. Quienes esto saben encuentran primero esperanza, y luego paz. Quienes esto saben, se llaman filántropos.

Sí podemos encontrar algo más noble que el temor. Sí hay un exorcismo contra el espanto, un remedio más callado y sencillo, pero sin duda más elocuente que la inútil diatriba o la queja sin destino: hay el gusto, la filiación, por los demás.

Quienes saben esta verdad escriben la novela más digna de elogio y compañía, el libro que desafía el espanto con la vocación de compartir el bien y las estrellas. Hagamos nuestro este libro, escribamos junto una novela urgente: que sean verdad el bien y las estrellas.

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Sobre el autor

Ángeles Mastretta

Novelista poblana. Entre sus principales libros están Arráncame la vida, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes, y los más recientes La emoción de las cosas y El viento de las horas. Publica todos los meses su Puerto Libre, además del blog Del absurdo cotidiano.