"Yo quiero que la gente vea..." Entender el mundo con los ojos cerrados

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La vida que se escucha en los ojos de Salvador Flores.

Mirar el mundo por sus sonidos. Escuchar el caos para percibir el paso del tiempo. Con los ojos cerrados. Entender que desde el principio, todo es ruido.

Caminar en el centro de la ciudad de Puebla. Llevar en el maletín unos CDs de los noventa para los clientes que te han hecho el pedido. Cargar la memoria con la música que identificas entre las mesas de un restorán por los gruñidos de un joven roquero que trabaja la propina.



Salvador no tiene problema en reconocer lo que interpreta el cantante:

Es Zoe, una banda a la que por cierto nunca he escuchado hasta hoy. Pero él la identifica sin chistar, y me dice que ya tiene tiempo esa rola, tal vez de hace unos quince años. Así que Zoé. Salvador ha llegado a vender algún disco suyo.

“Nada más tienen dos canciones –me dice--, bueno, al menos las que pegaron. Esa que canta el muchacho es Soñé.”

El roquero termina la interpretación, y ahora pasa la charola guitarra en mano. Sí, soñé, así se llama la rola, me confirma. Salvador sonríe.

“También la anterior está bonita –sigue--, la de labios rotos.“



El muchacho intérprete se emociona. Sí, está chida la rola, y el hombre de lentes negros se las sabe todas.

“Toda la música la conozco, todos los géneros, nada más se trata de escucharlas.”

Vende de todo, de pop, de cumbia, de ranchero, de salsa: “Compré muchos discos, cuando salían, compré como cien, y como ya salieron las memorias, pues las copio y las vendo. Y como la gente tiene el celular, pues me las compra.”

Las memorias. No entiendo. Ah, las memorias electrónicas. Y el celular.

Luego me da una demostración:

“Lo desarmo fácil, le quito la batería y… acá está la memoria, mire. Entonces meto mis discos en ella y ya puedo venderlos.”

Los discos, entiendo, vende los discos. A diez pesitos. O chips de teléfonos. El chiste es buscarle de todo.

Ladran los recuerdos

Lo conozco desde hace muchos años. A su papá, Don Goyo, pintor de brocha gorda en el barrio de Santiago hace cincuenta años. A él, cuando jovencito que iba a la radio en los noventa, a la Radiante 105, y participaba con una sección en el programa Revista 105. Y hablaba de temas en los que es un experto: los perros capacitados para guiar a los ciegos, el bastón, las vialidades y la infraestructura para caminar en ellas. Todo eso quedó grabado, me dice, y espera mi respuesta, ¿qué fue de esos audios de la estación en aquellos años noventa? Habría que buscarlos, me dice.

Buscar en sus recuerdos. Eso hacemos ahora.

“Así, así, ¿cuántos años me calcula, señor Mastretta?”

A ver, ¿cincuenta? Me fui de largo. 44. Lo veo más cascarón.

“Es que la vida me ha tratado mal –me dice riendo--, pero me ha dado tiempo de escuchar la música.”

Lo veo en su programa en la radio en 1996. ¿Claro y oscuro se llamaba? Ninguno de los dos lo recuerda bien. Ha pasado el tiempo.

Lo veo en su viaje a Estados Unidos en 1994. Solo. Se fue a Rochester en 1994 en busca de un perro. Regresó con Alex.

“Un tío y mi mamá me fueron a dejar al aeropuerto de México –cuenta--, y allá estuve un mes. Me patrocinó un Club Rotario, estaban en la 27 y la Avenida Juárez, aquel día el presidente era un doctor que se llama Heriberto Gómez, él fue el que me mandó. Yo fui solo a conseguir la visa y el pasaporte, y ya nada más mandé la solicitud a Estados Unidos y me la dieron dos meses después. Y en septiembre de 1994 ya estaba yo volando a Rochester, porque fue en avión. Después de un mes regresé con mi perro. Me dieron capacitación y cuando vieron que ya estábamos adaptados, me mandaron de regreso. Se llamaba Alex, estuvo diez años conmigo. Pero ya no he vuelto a tener un perro, lleva mucha responsabilidad, comida especial, y luego el veterinario, es mucho gasto.”

Salvador ríe. Son muchos recuerdos de Alex. Lo veo en una esquina, a la espera del camión. Prueba de fuego resuelta rápidamente con el civismo reprobado por los choferes.

“No nos dejaban subir a los camiones. Decían que los iba a morder. Ahí me quedaba yo, a la espera del siguiente y el siguiente, hasta que alguno se acomedía. Una vez me subí a un ruta Azteca, y el chofer me cobró el pasaje de Alex, ¿qué te parece?, me cobró lo mismo que a mí. Le dije, ¡cómo cree!, si se va a ir en el suelo, pues aun así tiene que pagar, me dice. La gente se quedó callada. Otro día iba yo a entrar a SAMS a comprar un costal de alimento de perro, y no me lo dejaban pasar, y no entré hasta que llegó el gerente y le expliqué.”

Radio

Pero ya no lo extraña mucho. Salvador se ha independizado.

“Ahorita yo sé dónde estoy. Estamos en los portales, el zócalo está atrás, la 3 Poniente hacia mi izquierda, la Reforma a la derecha, o sea, siempre estoy ubicado, ¿qué le parece? Aquí enfrentito está Telcel, y más para allá estaba el banco Scotiabank, pero ya no, lo pasaron para la 2 Poniente. Así que no extraño mucho a mi perro, desde pequeño me gustó tener iniciativa, ya ve, así llegué a su estación de La Radiante, ahí fui a tocar su puerta pa que diera chance de platicar con la gente.”

Y no fue la primera estación. Antes un locutor de nombre José Luis Ramírez Sánchez le dio la oportunidad en grupo Oro, y como tenía una tarima de sonido local en el mercado de la Cocota, ahí hizo sus prácticas, y por cuatro años estuvo anunciando a los locatarios, y daba la hora.

“Por ejemplo plásticos Aredo, que vendían tasas, platos, cubetas, todo eso lo anunciaba. Orita un ejemplo, ¿así nada más?, sale, decía ‘Plásticos Aredo, abierto de lunes a viernes, de ocho a ocho, aquí en el mercado de la Cocota, en la 16 Norte y 4 Oriente, precios accesibles, pasen a comprar…’ Así más o menos, es que yo a este locutor de radio le pedí la oportunidad de que diera chance de hacer prácticas ahí en radio oro en la avenida Juárez, y me dice a ver, demuéstramelo, vete al mercado de la Cocota y ahí haces prácticas, y sí, llegué solo, y ahí me quedé con él cuatro años.”

Cuatro años en la tarima del mercado. Entraba a las cuatro, las cinco de la mañana, y hasta mediodía, o hasta la noche cuando no aparecía el locutor. A veces comía una torta, una cemita, otras nada. Le siguió la pista al locutor hasta la Fayuca, ahí abrió otro sonido local y ahí estuvo Salvador. Todo eso le sirvió para llegar a la Radiante. Le pidió una oportunidad al productor Polo Noyola, y ahí empezó su programa los sábados por la mañana en Revista 105.

“En el 2005, cuando se acabó el proyecto de la Radiante, Polo me recomendó con el vulcanólogo Alejandro Rivera, él tenía un programa de lunes a viernes en Tribuna Radiofónica, igual, igual con mi tema de los perros, el bastón, las calles y los invidentes, ahí estuve un año, igual con la idea de concientizar a las personas que nos escuchaban.

Radar

La ciudad se camina, se reconoce en sus alcantarillas y sus baldosas rotas, en los letreros tramposos, en las casetas telefónicas malditas. Salvador habla y yo cierro los ojos, por un momento lo escucho venir desde Xochimehuacán. Sale a mediodía, porque él es gente de la tarde, en la mañana se queda en casa, deja que su mujer trajine y él escucha su música. Luego toma el camión, reconoce los tráficos por los tiempos y los parones, por las calles cortas y largas. Sabe cuándo queda atrás el mercado Hidalgo, cuándo el camión ya va por la 7 Norte y da vuelta en la 14 Poniente y cuándo por fin por la 15 Sur cruza Reforma, porque ahí se baja y camina. Lo veo andar con su maletín, con los discos, hacia sus clientes, ya está con uno que le hizo un pedido.

Abro los ojos, ahí sigue Salvador con sus lentes negros. ¿Cómo lo hace? ¿Cómo camina por esta ciudad sin ojos?

“Cuando ya tienes la idea de andar en la calle nosotros ocupamos el oído, y todo lo calculamos. Sabemos si viene o no el coche, si viene de la izquierda o de la derecha, y si se mueven, ya sé que el semáforo está en verde, todo eso lo tengo calculado.”

Y no se espera a que le ayude la gente, yo no carga silbato, no le gusta, es hacerle menos, no le gusta llamar a la gente.

“Conozco toda la ciudad –dice Salvador--, desde aquí del centro para donde quiera. Caminando hasta el hospital Universitario, a Plaza Dorada, el Paseo Bravo, el hospital de San José.”

El bastón es la extensión sobreviviente de los ojos perdidos. El bastón es la herramienta crítica, el radar implacable para un urbanismo moroso y vil.

“Las líneas en el suelo al principio sirvieron –arranca con la severidad de un profesor de arquitectura que nunca será presidente municipal--, pero como es un trabajo muy mal realizado, las placas se despegan con la lluvia y paso de la gente, así que en lugar de que sea fácil, nos complica, los bastones se traban con el concreto levantado, te tropiezas. No sirven. Tapan el sol con un dedo. Hay muchas cosas en la calle que no tienen por qué estar, pero están ahí, como esos fierros grandes en los que ponen letreros, están para que uno se estrelle con ellos. La ciudad no piensa en uno. Estamos muy olvidados. Aparentemente hay reglamentos, pero no se cumplen, no se llevan a cabo. No vamos lejos, aquí en esta calle de la 16 de Septiembre, usted ha pasado seguro por ahí, la carretera está al nivel de la banqueta, más bien no hay banqueta, no hay escalón, y pa cuando nos damos cuenta ya estamos a media calle, ¿qué le parece?”

Le digo lo que opino: que esa calle la construyó un güey que no piensa en Salvador. Se ríe. Y apunta:

“El problema de fondo, desafortunadamente, es que nosotros no contamos, no tenemos opinión. A lo mejor con esto que se publique alguien se pone la pila. Y si así estamos en el centro, imagínese en las colonias, allá todo es peor.”

Civismo

“La ciudad es agresiva. Lo veo con los choferes, les dices, oye, por favor me bajas en la Reforma y la 15, y ellos no te dicen nada y te bajan en la 5 Poniente. Y siempre prepotentes, hazte para atrás, a gritos, que estorbas, con esos tratos. Y si caminas por la 10, la gente nos empuja, nos codea, nos quita de su carril, y allá va uno rebotando de aquí para allá. O llegas a una tienda y pides algo en el mostrador, y el empleado no contesta, se queda callado, como si no hubiera nadie, como si fuera uno a pedirles limosna, como si no fuera uno a comprar algo; y si contestan te dicen no está el dueño, o si llega otra persona a esa atienden y no respetan que uno haya llegado primero. O qué tal que haces una fila, haz de cuenta un teléfono, y ahí estás, y se mueve y entonces no te avisan, se pasan delante de uno, adiós, te brincan, se pasan uno o dos. Pero la situación está complicada para todos, en todas partes, no nada más para uno que no puede ver. La sociedad está muy alterada, hay mucha violencia, nos agredimos todos contra todos, vivimos enfrentados, y vivimos sólo pensando primero en nosotros, primero en nosotros, lo que le pase al otro nos da igual.”

Salvador se involucra, habla en primera persona. “Yo he tratado de que no ser así, pero veo que así es la mayoría.”

Y de nuevo: ¿qué le parece?

Y él: “Vivimos una época terrible, tenemos que despertar, tenemos que alzar la voz.”

La felicidad

Ahora ya es un monólogo. Yo ya he cerrado los ojos:

“No es fácil ser feliz con este asunto de la vista, se pierden muchas oportunidades de trabajo, de hacer deporte como los demás. Felicidad, felicidad, casi no la conozco, nada más intento pasar la vida, ¿qué le parece? Nada de esto platico con personas como yo, cada quien anda en sus asuntos personales. Empecé a venir al zócalo hace más de veinticinco años, entonces conocí a una amiga justo a la entrada de la escuela Zapata. Ella veía bien, pero hablaba mucho al radio, cuando me daba oportunidad José Luis Ramírez en Radio Oro, ella me escuchó un día y me llamó, y aquí nos citamos, tenía un poco de emoción. Luego le perdí la pista.

“Yo vengo desde Xochimehuacán, porque ya vivo allá con mi familia, ya no estoy en Amalucan, pero es que me junté apenas con una chava, y me llevaron a vivir para allá. Ella es ciega como yo, pero no sale al centro, se queda en el quehacer en casa. La conocí en un curso de costura aquí en la 5 Poniente. Yo tomé la iniciativa, porque uno siempre tiene que ser caballero. Ella tiene 42 años. Ya tengo esa responsabilidad, todo depende de mí. Su familia nos prestó un cuarto en la casa de ella. Ai vamos con sus familiares, nos respetamos, como en todos lados se tiene que portar uno bien, aunque no falte el gandallita, siempre hay alguien en la calle, en el trabajo, en la familia, por eso siempre hay que andar preparado.

“Todo es ruido, todo viene por los sonidos. Los coches, ese ruido siempre va primero, lo escucho, percibo por dónde viene. Si arranca, ya sé que no puedo atravesar. Por ejemplo ahora, guarde silencio diez segundos… Mucha gente, de todas partes las escucho, y atrás de mí, los coches. Caótico, desordenado, como el mundo, descontrolado. Y ahí está uno, dentro del ruido…

“Me dice un día un cuate, un vendedor de no sé qué, me dice tú ya te acostumbraste a andar así, y yo le contesté, ¿tú te acostumbrarías a pegarte con los teléfonos, a caerte en las alcantarillas? Le digo, yo no me he acostumbrado. Acepto mi realidad, pero a pesar del tiempo, de los años, no me acostumbro, ¿cómo te vas a acostumbrar a los golpes? ¿Te has caído por una alcantarilla sin tapa? Y estoy así desde los seis años de edad. No veo, esa es mi realidad, pero a pesar del tiempo, no me acostumbro a los golpes contra los coches, al desprecio de la gente, no, soy muy necio, no me rindo, la gente tiene que hacer conciencia, por eso he tocado puertas, para que la gente haga conciencia. Pero yo no soy débil de carácter, quiero que la gente vea.”

Ahí quedamos los dos. Los ojos cerrados. Afuera el caos. Entender el mundo con los ojos cerrados.

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Sobre el autor

Sergio Mastretta

Periodista con 39 años de experiencia en prensa escrita y radio, director de Mundo Nuestro...