Voces en los días del coronavirus

Voces en los días del coronavirus

Mundo Nuestro. Vivimos tiempos que marcarán la historia del mundo. COVID-19, le dicen los enterados. Coronavirus, para el vulgo. En esta mudanza estamos en el arranque de la primavera del 2020. De ahí recogemos estas voces.

Voces en los días del coronavirus

Helio Huesca / Compositor

"Empezar" Letra, música e Interpretación: Helio Huesca



Voces en los días del coronavirus

Carlos Figueroa Ibarra, sociólogo

En estas vacaciones de mi trabajo universitario, en realidad he estado agobiado con el trabajo domiciliario. La pandemia ha hecho cotidianas las reuniones virtuales de trabajo, las conferencias y eventos por zoom, las clases y asesorías por esta y otras aplicaciones. La única entretención que he tenido ha sido leer dos novelas de Leonardo Padura, "Herejes y "La transparencia del tiempo". Estoy comenzando "La novela de mi vida". Hace un tiempo "El hombre que amaba los perros" me dejó boquiabierto. En estas últimas dos semanas confirmé mi admiración por este enorme novelista cubano, una suerte de Balzac injertado en Kundera, un escritor que en realidad termina siendo un gran sociólogo. Debe leer a Padura cualquiera que quiera saber las múltiples contradicciones y paradojas que ha generado en Cuba su condición de isla, el bloqueo, el periodo especial, el derrumbe soviético y el asedio imperialista.



No me gustan mucho las novelas policíacas, pero estas de Padura son distintas, son verdaderos exámenes sociológicos de la reaparición en mi amada isla de las clases y barreras sociales, de la pobreza y los nuevos ricos, de los barrios marginales y de las casas y aún zonas residenciales lujosas, de la corrupción y oportunismo en las distintas esferas políticas, de las creencias religiosas, los inmigrados y sus secuelas, la migración hacia afuera y hacia el norte así como la interna del oriente de Cuba, hacia La Habana. Y en medio de todo eso, se encuentra Mario Conde, un ex-policía convertido en un detective informal, desencantado y desordenado, fuerte fumador y bebedor empedernido de ron y café. Viviendo en las entrañas de la patria de Martí, Conde ve desde afuera mucho de lo que en su país acontece. Distante del discurso oficial, es lo suficientemente inteligente y ético como para ser un vulgar reaccionario. Cómo policía y después como investigador freelance, Mario Conde se mete en las cañerías y bajo mundo de la sociedad cubana y tiene incursiones ocasionales en su élite política y en su naciente élite económica. Y con ello nos ofrece un retrato estremecedor de la Cuba de ahora.

Les comparto mi reflexión y dos fotos de tres Paduras, un desayuno y una taza de café. Ese café y desayuno que con un cigarrillo suele disfrutar Mario Conde en las páginas de las novelas de la zaga policiaca. El cigarrillo se los debo porque a diferencia de él, yo detesto fumar.

Voces en los días del coronavirus

Verónica Mastretta / Vida y Milagros

En el pueblo por donde vivo de repente empecé a oír cohetes o campanas a horas muy raras. Creí que ya iban a regresar las fiestas o que las iglesias ya habían abierto. Dice Juan, quien trabaja en mi casa y lo sabe todo de estos rumbos, que es la forma de despedir a los que se mueren de Covid, ya que solo les están dando dos o tres horas para enterrarlos. Nada de velorio. Si les toca turno a las tres de la mañana, pues aunque sea a esa hora les echan sus cohetes -Se les está despidiendo de esa manera -me informa-, porque al panteón solo pueden ir dos familiares. Los que se mueren del Covid, pero sin registro, ésos sí hacen su velorio largo y como se acostumbra, con comida y todo lo de siempre.



De sus hermanos y parientes se han enfermado y recuperado tres. De la calle larga en donde viven sus hermanos se han muerto varios. ¿Cuántos? Difícil saber, porque ha dejado de ir a ese lado del pueblo, dividido en dos por la carretera desde hace décadas. No va del lado donde no se creyó en el virus, entre otras cosas porque corrió el rumor de que era un invento de los gobiernos para que no salieran de sus casas. Por aquí muchos tienen Facebook y ahí se va uno enterando de cómo piensa la gente. Dos de sus hermanos se celebraron sus cumpleaños en abril, también como se acostumbra, con mucha gente, y por aquí cerca anduvieron los sonideros haciendo de las suyas, aunque sí empezaron a llegar las patrullas a callarlos y a acabar con las fiestas. Desde mayo no hay festejos grandes. Más tardan en sacar las bocinas que en llegar a callarlos. Juan no ve a ninguno de sus hermanos desde marzo, por la razón de que no querían creer en el asunto, aunque ahora ya creen. Abandonó también la mayordomía de la iglesia desde entonces. Y cuidado que ha sido un buen mayordomo cuando le ha tocado serlo. La iglesia cerró y por eso no se habían tocado las campanas; no ha habido ni misas, ni rosarios, ni ningún santo celebrado, nada a qué llamar, hasta apenas, en que decidieron que con cohetes y campanas se podía decir adiós a los difuntos. Hoy le mandaron decir de la iglesia que abrirán parcialmente el 26 de julio. Él ya mandó decir que no cuenten con él, porque además de que su hija está embarazada y no quiere dejar de verla, también él ve por su mamá desde que se murió su hermano, el xocoyote, el hijo menor, que por costumbre son los responsables de cuidar a los papás y de vivir con ellos. Él ha asumido esa responsabilidad. El problema ahora es ir buscando clínica para el parto de su hija, porque ahorita no están atendiendo embarazadas, les dicen que mejor se busquen su partera y tengan a los niños en su casa. No atienden muchas cosas que antes sí se atendían en las clínicas de por aquí. Desde abril cambió por completo su rutina. Por eso no me sabe decir a detalle las cosas que siempre sabía, no solo por la mayordomía, sino porque es un comunicador y líder natural. Es compadre de medio pueblo y sus predicciones y dichos son más certeros que una casa encuestadora profesional. Como a todos, esto del virus lo agarró desprevenido, pero muy rápido se dio cuenta de lo que era lo más conveniente. Usa la mascarilla para salir desde hace semanas. En su familia sufren de diabetes, por eso no ha ido a bodas, ni fiestas, ni velorios. Ni irá. No hasta que vea que el virus tome su rumbo. Un verdadero sacrificio para alguien tan sociable y querido en su comunidad. No se guía por lo que dice el gobierno sino por lo que él deduce de todo lo que oye y mira. Sería un magnífico asesor del gobierno.

El Centro de Control y Prevención de Enfermedades del gobierno de los Estados Unidos emitió esta semana un comunicado diciendo que, si todos los estadounidenses se pusieran mascarilla en espacios públicos, el coronavirus estaría bajo control en ocho semanas. Trump se niega a decretar el uso obligatorio porque quiere que la gente tenga una cierta libertad. En México la política pública al respecto es igual. En ambos países los fríos números indican que el virus sigue al alza.



Son las doce de la noche, el sonido de tres cohetes seguidos despide al que se va.

Voces en los días del coronavirus

Polo Noyola, escritor, guionista, productor de radio

Se dice que cada vez se lee menos, discrepo; lo evidente es que, como nunca, existe la necesidad de leer y escribir para hacer funcionar las redes sociales y el internet. Cada institución, empresa o individuo tarde o temprano se enfrenta a la vital necesidad de expresar sus heterogéneos estados a través de plataformas de telecomunicaciones en donde todavía se necesita un ser humano.



En esta larga cuarentena es la primera vez que soy consciente de que la electricidad ha provocado en mí necesidades de una era de la que no sé ni su nombre, pero es nueva y nos obliga a comunicar, a transmitir, a escribir; decir, ver, escuchar, recortar las palabras y las imágenes, signos, ruidos y música que van formando una especie de huella individual o institucional que convertimos en mutuo entendimiento, lenguaje, hipervínculos, intelecto. No sé siquiera si estoy conforme, si eso me gusta.

La parte física de esta operación, dependiendo de la edad histórica, va desde pesados cables de fierro a la filigrana milimétrica de la fibra óptica, por donde viaja un estímulo eléctrico –la electricidad en sí–, transformada por nuestra civilización en signos que vamos interpretando con naturalidad y algo de socarronería; todo comenzó con una señal de puntos y rayas que un telegrafista transmitía al otro lado de un cable, era necesario otro telegrafista que lo interpretaba con una rústica clave. Transmitían sentados ante sus mesas de trabajo, operando la llave con la mano derecha, raya punto punto raya, raya raya, en realidad idénticos a los modernos internautas sentados con una mano sobre el mouse. En lugar de la clave telegráfica ahora enviamos signos, imágenes y sonidos a través de los mismos impulsos eléctricos que generamos con códigos, números y letras por medio de un teclado.

En estos meses de encierro comprendí que esa multimedia a la que accedo en internet se ha apoderado de casi toda mi atención la mayor parte del día; por primera vez en mi vida he permanecido conectado a la red de una u otra forma; al menos disponible: ora música, ora correo, ora chat, video, documental. Observo que la era digital me interpreta como individuo –me clasifica, me escribe, me desentraña, me expone–, me indica cosas que necesitaba ver o que alguien me hizo creer que me interesaba o veo por obligación profesional.

Así ha estado nuestra pequeña comunidad familiar de cuatro miembros comunicada a través del signo eléctrico, neo-morseano, binario, el bit, la telecomunicación, comunicando palabras, imágenes, grabaciones, videos, emoticones, likes, películas, series y cualquier cosa a la que podemos acceder desde nuestra democrática condición de usuarios del paquete estándar Telmex Infinitum.

Transmitimos también humores, reclamos, estímulos sensoriales, educación, cultura, risas, doble sentido, bromas de toda índole y más emoticones –ahora con la forma de mano, de carita sonriente, de animales, gente, pies; balones, figuritas humanas que corren, se sientan, caminan y asumen posiciones que nos envían mensajes; nos van marcando rutas, caminos que seguimos obedientemente (tal vez los deseamos) y no hace falta recordarlos porque, al poco, Google nos lo recuerda: “a ti te gusta esto”. Es verdad que me gusta, soy consciente de que fui bastante fácil de clasificar; así se me han ido definiendo también una multitud de nuevos gustos, de placeres, ahora que permanezco conectado todo el día esa comunicación resulta ser una parte esencial de mi vida, de mi trabajo, mis relaciones humanas; sin ella transcurrieron dos tercios de mi vida, un pasado para el que debemos remontarnos a una época que ya no existe ni existirá jamás. La de los seres pre-conectados, para bien y para mal.



Durante la cuarentena las habitantes de esta casa, en este sentido, estuvimos pegadas a nuestros aparatos todo el tiempo, cada quien con su respectivo cada cual, respondiendo mensajes, enviando señales, recibiendo correos, platicando por WhatsApp; sin horario específico de trabajo, disponible las 24 horas del día; en poco tiempo nos hemos convertido en humanos eléctricos, en seres enchufados, sin una pila bien cargada no llegamos ni a la esquina. Soy de la generación de los que hicieron un gran esfuerzo y aprendieron a los 45-50 años a moverse en Word –con eso me hubiera confirmado, sinceramente– y ya de ahí fuimos agregando otras aplicaciones a nuestras habilidades, tan útiles y sorprendentes para aquellos que hicimos la licenciatura con fichas bibliográficas de cartulina. Ahora edito sonido en Mixcraft 8 Pro Studio, un programa de edición; aprendimos. Una vez tuve que escribir cien cápsulas sobre nutrición; conseguir la información me costó días, terminé en una pequeña biblioteca de la colonia Roma. Imagino que hacer esas mismas cápsulas hoy sería pan comido. En los años ochenta éramos tan pobres, tecnológicamente hablando, que escribíamos un borrador interminable, hacíamos copias intercalando hojas de papel cabrón entre el papel bond, escribíamos en ruidosas máquinas de escribir y entregábamos tareas y guiones impecables.



Cada investigación implicaba tiempo, viajes, consultas en periódicos de la hemeroteca nacional sobre noticias de la instalaciones de líneas telegráficas, hacia 1850, cuando llegó la electricidad que entonces producían con dínamos y concentraban en enormes baterías; crearon entonces al tatarabuelo del internet, pero básicamente lo mismo –comunicación eléctrica–, bautizado como telégrafo; una vez trabajé en el archivo histórico de Telégrafos Nacionales en la ciudad de México, iba dos o tres veces a la semana hasta la casona que lo albergaba a tres cuadras del zócalo de Tlalpan; removía cajas humedecidas porque había goteras y sacaba –y secaba– expedientes sobre los detalles de las instalaciones de líneas en todo el país, de México a Toluca, a Querétaro, a Guanajuato; cuánto costaba cada línea, quién era el constructor, cuántos postes había que disponer, cuántos kilómetros de cable, cuántos peones; cuántos muertos de cólera en cuadrillas que se internaban en las selvas de Tabasco para la instalación de postes que soportarían cables para llevar la comunicación eléctrica. Por entonces el conocimiento, el proceso de la investigación, de la disponibilidad de datos trocaba nuestra comprensión y asumía otras vías. Lo cierto es que nuestra cuarentena sería mucho muy diferente sin la existencia de esta telecomunicación –novedad del último tercio de mi vida–, no necesariamente para bien, pero tampoco para mal. Gracias a nuestros chocantes y temperamentales aparatitos las habitantes de esta casa (son mayoría absoluta), hemos podido mantener separados nuestros intereses vitales (vemos películas juntos pero escuchamos diferente música y trabajamos cada quien lo suyo); en ocasiones veo a cuatro mamíferos deambulando todo el día por la casa comunicada; convivimos en paz y así hemos podido seguir con nuestras labores, asistiendo a reuniones virtuales, dando clases; trabajando casi de modo normal, sin horario; conectados con nuestros comensales cibernéticos y sosteniendo prolongadas juntas de trabajo y reuniones sociales a través de Zoom –la novedad– o de otras aplicaciones como hangouts –la postnovedad– que condescienden tales excesos, como el festejo de los setenta de mi hermano en plena cuarentena (CDMX) organizado por su primogénita (Austin) a la que asistimos todos los hermanos (Tlalmanalco, Chihuahua, Puebla) en un alarde de tecnología festiva. Me gustaría que lo hubieran visto mis papás. Solo la música faltó.

En e-consulta leo que del total de jóvenes que tomaron sus cursos en línea, el 13 % lo ha hecho a través de Facebook; el 8 % lo hizo por Drive, repositorios o YouTube; mientras que el 6 % lo hizo por mensajería instantánea; el grueso del total, el 73 %, usó las plataformas Balckboard, Gclassroom, Mteams y Edmodo (28/05/2020). Pues ni modo.

Nuestros hijos y amigos millennials y zetas (las postmilennials, también llamados posmilénicas​ o centúricas, porque ahí también son mayoría las mujeres); bueno, decía que estos jóvenes de hoy no sospechan que este tema de la electricidad comunicante que hemos añadido a nuestras vidas, esta perenne comunicación multimedia que ahora nos gobierna, comenzó aquí en Puebla hace muchísimos años, concretamente el 20 de mayo de 1854, cuando se transmitió el primer telegrama desde la ciudad de México a la estación de Nopalucan, Puebla; desde ese momento, hasta la actualidad, la comunicación eléctrica nunca ha dejado de evolucionar, ha ido mejorando en cada generación y transmitiendo con un uso más eficiente de la electricidad; por si fuera poco, los mexicanos siempre hemos estado cerca del mitote, que en cuestiones tecnológicas representan los Estados Unidos; cuarenta años después del telégrafo (1853) se logró el habla a través del teléfono (1878), después el cable subacuático (1902), que permitió la comunicación transcontinental Londres-NY; la radiotelegrafía (1914), sin el uso de cables, de Cabo Haro, Sonora a Santa Rosalía, B.C.; se consumó la radiotelefonía (1919) desde un avión hasta una estación de Balbuena; la radiodifusión (1921), con el doctor Gómez en la ciudad de México y el Ing. Constantino de Tárnava en Monterrey, que transmitieron los primeros programas de radio; el teletipo (1930), en pleno Maximato, que arrolló impetuosamente a la clave Morse, tras 82 años de existencia, que ahora resultaba obsoleta; Miguel Alemán, el primer civil en la presidencia de ese siglo, inaugura la televisión (1950) con un informe presidencial; la radiotelefonía (1955), que comunicó a las ambulancias y las patrullas; luego el satélite “Pájaro Madrugador” (1968), que permitió a los ingenieros mexicanos transmitir las Olimpiadas; en los años ochenta dos discretos y utilísimos sistemas denominados télex y fax (1980), muy importantes en la administración de gobiernos y empresas; en los años noventa usamos unos eficientes radios “Nextel” en el equipo de reporteros, hasta llegar al internet (2000) y la transmutación de la telefonía celular a esa pequeña computadora desde la que puedes hacer básicamente lo que te dé la gana. Ir o quedarte, estar y no estar.

La era smart. Nuestro control remoto era como una caja de zapato, con palanquitas; ahora mi control toma decisiones sobre mi futuro inmediato –shhh, descansa en la mesita de la sala–. Leonard Kleinrock, que contribuyó en la creación de la red ARPANET, dice que el internet será tan común como la propia electricidad, que estará en todos lados, en las calles, las paredes, los coches y en las personas. Lo que yo digo es que eso ya ocurrió. Al menos aquí, en mi entorno, en mi ciudad, con mi gente. En You Tube podemos ver las condiciones vergonzosas en las que viven tantos habitantes de nuestro planeta, el vacío humano que ha provocado la prolongada corrupción del sistema capitalista que nos tocó vivir, que ya ha gastado hace tiempo sus reservas racionales y humanistas ilustradas para convertirse en un adefesio asesino e insaciable, que defiende la propiedad sin ningún límite al maltrato y la explotación.

No hay manera de imaginar un mundo feliz, es demasiado larga la cauda de imbecilidad que ahora se demuestra con pesimista evidencia científica. Sabes a qué me refiero, océanos contaminados, ríos y lagunas muertos. Stephen Hawking, por ejemplo, alertaba de que el internet podría terminar en un sometimiento de la especie. ¿No lo ha hecho ya? El propio Kleinrock prevé un peligroso futuro en el que ciudades o regiones enteras podrían quedar sin conexión, “creando un caos indescriptible”.

El artista de medios y curador con intereses en poética digital, sistemas autogenerativos e interactivos, Simon Biggs, piensa que la evolución del internet podría encaminarnos a la extinción. Y que el mundo estaría mejor si nuestra especie no sobreviviera, como lo hemos podido comprobar en esta cuarentena con la tranquilidad de las ciudades, las calles apacibles, sin tráfico, sin smog, con el retorno de la fauna silvestre. ¡Bueno, hasta el río Atoyac ha tenido días con aguas transparentes! La única verdad de todo esto es prueba de que la naturaleza no nos necesita, por más que nos creamos los irremplazables del planeta. La enseñanza de esta cuarentena fue constatar que la naturaleza se sentiría mejor sin nuestra presencia, que no somos dignos habitantes de este noble entorno que depredamos sin piedad. Todos los seres humanos estamos involucrados. Tenemos la información para entender que cada vez que realizamos ciertas acciones, como consumir agua y tirar la botella –así de simple–, contribuimos a la destrucción del medio ambiente, a la contaminación de los ríos y los océanos; contamos también con la formación educativa para aceptar que no tenemos idea a dónde van a dar las llantas que sustituimos de nuestros vehículos. El plástico duro que sustituye al plástico blando ahora, en la era del ecologismo tupperware.

Como se ha comprobado en esta cuarentena, no se trata de dejar de contaminar, porque tendríamos que estar muertos para eso, sino de contaminar con cierto grado de conciencia; de bajar nuestra huella ecológica, de contribuir al esfuerzo mundial para combatir el calentamiento global que ya no es ningún futuro ni mucho menos. En casa descubrimos que necesitamos pocas cosas para estar bien. Aunque somos conscientes de que lo que tenemos –así sea el modesto Netflix–, es mucho frente a un mundo con tanta necesidad. No necesitas ir muy lejos para comprobarlo.

Mi “activismo” ciudadano deja mucho que desear porque no existe en realidad, pero tal vez así comienza, con una angustia como la que me causa el deterioro del medio ambiente, la contaminación; muchas de nuestras costumbres y otras cosas imprácticas de los gobiernos de las ciudades; por ejemplo, hay mucha basura. A los gobiernos municipales parece no molestarles que existan lugares sucios y abandonados de las ciudades sin que nadie, ni autoridades, ni vecinos, ni ongs resientan que existen esos vergonzosos basureros que forman parte, además, del proceso de calentamiento global. En mis caminatas semanales en las que subo por avenida Nacional hasta la plaza Crystal, hay por lo menos dos basureros banqueteros estables (el puente del río San Francisco un kilómetro antes de unirse al Atoyac, tierra de nadie) y otros tantos espontáneos que aparecen cada semana.

Más penoso pensar en el sistema agrícola y ganadero que hace posible el bestial consumo de carne a escala global; esos sistemas que producen cantidades bestiales de alimento para alimentar a multitudes surrealistas de ganados vacunos y porcinos que terminamos comiéndonos los carnívoros. Se consumen 75 hamburguesas cada segundo, 15 mil millones al año. De tacos mejor ni hablamos. El panel intergubernamental sobre cambio climático, IPCC, asegura que la agricultura, la ganadería y la silvicultura generan 23 % del total de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) cada año.

“¡Nos vemos en el bar de las alitas de pollo!” Una orden de alitas estándar de diez piezas equivale a cinco pollos que fueron descuartizados para mi deleite personal. Las alitas de pollo representan un mercado anual de 4,500 millones de dólares a la industria avícola. “¡Otra orden, por favor!” Me incomoda mi participación en el trato cruel y la triste vida de los animales sacrificados; los pobres pollos sin plumas y miles de adefesios biotecnológicos animales y vegetales para mantener mi dieta colonizada cada día de mi vida, desde que nací hasta que muera. También produzco desechos orgánicos a diario.

Nadie gana mientras el virus errante se difunde por nuestra patria en donde nada es demasiado importante para que lo discutamos con seriedad republicana, pero cualquier chisme puede adquirir una dimensión apocalíptica y desatar pasiones irracionales.

Mi conclusión es sombría, pero gracias por invitarme.

Revista Sin Permiso

Cuidar a una persona adulta dependiente implica aceptar que, como sabiamente señaló uno de mis hijos, ella no aprenderá una cosa nueva cada día, sino que más bien las irá perdiendo, como quien desgrana una fruta, una granada más precisamente, o irá tirando al agua los limones redondos de Federico. Y el agua no será de oro, sino de pena.



Alejandra Ciriza / Activista feminista y Profesora de Filosofía, Mendoza, Argentina.

A Ileana

Mi madre se fue en estos días, a los 90 años.

Inteligente, bella y educada, cultísima, tuvo, dentro de los márgenes establecidos para las mujeres de su tiempo, una buena vida.

Los últimos meses fueron difíciles. Varias caídas y una quebradura de cadera desmoronaron su cuerpo ya muy fragilizado. Entonces su vida empezó a consumir la mía, y las de otras personas. Con su vida no alcanzaba para la vida.

Cuidar a una persona adulta dependiente implica aceptar que, como sabiamente señaló uno de mis hijos, ella no aprenderá una cosa nueva cada día, sino que más bien las irá perdiendo, como quien desgrana una fruta, una granada más precisamente, o irá tirando al agua los limones redondos de Federico. Y el agua no será de oro, sino de pena.



He cuidado a lo largo de mi vida, desde que era muy joven. Pero esas experiencias procedentes de lo que alguna vez nombré, para asombro de lectoras de Beauvoir, como el mundo de las mujeres, fueron las del sorprendente aprendizaje de los sentidos abiertos al mundo, de los nuevos nombres y las sabidurias escondidas en los cuerpos pequeños de mis hijxs, que me enseñaron miles de gestos y complicidades nacidos de la leche y el cuerpo materno. Ellxs trajeron a mi vida la ternura más extrema y el aflorar de miedos desconocidos ante sus salidas intempestivas, o sus exploraciones audaces, que me enfrentaron a la fragilidad de sus vidas. Avatares de lo que Adrienne Rich nombró como la experiencia de la maternidad, con sus contradicciones de cólera y amor intensos.

Hay en el cuidar seres humanos y en la reproducción de la vida una densidad difícil de percibir para quienes viven en una sociedad dominada por la lógica mercantil del capitalismo. Como bien supo verlo Rosa Luxemburgo el capitalismo avanza sobre la base de la canibalización de otras formas de organización de las relaciones sociales a las que devora e incorpora subalternizándolas, utilizando a las personas como mano de obra gratuita merced a la racialización y la sexualización, utilizando sus producciones como materias primas de novedosas mercancías para expandir el mercado.

De allí la relación estrecha entre capitalismo y colonialismo, de allí la articulación profunda entre capitalismo y patriarcado. Merced la división social, racial y sexual del trabajo la maquinaria quebrantahuesos gobernada por la lógica de la ganancia se apropia de diversas formas del trabajo gratuito. Expulsa el cuerpo y la materialidad de la vida: la necesidad natural y social de alimento, descanso, afecto, la mortalidad del cuerpo que somos, el lazo con otros y otras, lo que nuestras compañeras feministas de Abya Yala nombran como la comunidad.



La escisión entre producción y reproducción invisibilizó el trabajo doméstico a la vez que lo feminizó generando una forma de control sobre las vidas de las mujeres que articuló hondamente capitalismo y patriarcado. Edulcorado bajo la gruesa cobertura del amor romántico, el trabajo doméstico pasó a ser un servicio … de cama, cocina, sexo y limpieza.

A medida que el capitalismo fue avanzando, en las últimas décadas, miles de mujeres migraron hacia el norte global para cubrir el puesto vacante que dejaban las blanqueadas que se incorporaban al mercado de trabajo. Ellas, las blancas, las europeas, las educadas, eran sustituidas por otras, migrantes y por eso desaventajadas en el trabajo inevitable de lidiar con esas necesidades corporales.

En su fase actual el capitalismo apuesta a la producción acelerada de mercancías inmediatamente desechables transformando al planeta en un inmenso contenedor de basura, acelera la apropiación del tiempo, desmaterializa las relaciones entre los sujetos merced las tecnologías de la comunicación y la información.

Sin embargo en ese mundo inmaterial que apuesta a la extinción de la corporalidad humana resiste, empeñada en nacimientos, enfermedades y muertes, en sangre y carne real, en olores y sabores. De eso trata la vida de los seres naturales y sociales que somos.

Los tiempos de COVID19 nos ubicaron en un registro para muchas personas desconocido

El virus operó de muchas maneras. Confinándonos y aislándonos, hiperindividualizándonos, si cabe, pero también como un revelador de las brutales desigualdades sociales, de lo escasamente comunes que son nuestras vidas.

Los medios repiten discursos de “sentido común”, el menos común de los sentidos, suponiendo que hay una “casa” donde refugiarse de la intemperie y permanecer a salvo del contagio, o a salvo del hambre, porque hay un salario, o a salvo de las enfermedades, porque hay un sistema de salud que responde, o a salvo de la distancia, porque hay conexión de internet y dispositivos electrónicos. La vida, para las clases medias acomodadas, y ni decir para lxs ricxs, se llenó de zoom, jitsi, whats app, mientras en las barriadas, para los sectores populares urbanos, se llenó de ollas y falta de agua, hacinamiento e intemperie, desocupación y, en el mejor de los casos, magros subsidios estatales.

La imperiosa y suicida lógica del capitalismo requiere de una virtualidad intensa para reforzar el mundo de la fantasmagoría. También instaló la urgencia de la invención de una nueva normalidad construida sobre la base del expolio de lxs trabajadorxs. Allí fuimos muchxs a aprender cosas insólitas como dar clases virtuales, como si fuesen “reales”, a procurar resolver virtualmente cosas irresolubles.

Inútil. Bajo la ficción de la virtualidad la máquina quebrantahuesos se apropia de miles de horas de trabajo gratuito bajo la ilusión de: estamos en casa, trabajamos en pantuflas.

Sería interesante una mirada precisa y determinada. ¿Quiénes pueden hacerlo? La mayor parte de las científicas mujeres han escrito menos que los varones y producido en condiciones peores que las habituales. Una larga lista de publicaciones da cuenta de esa desventaja. Los costos subjetivos del teletrabajo, en términos de estrés y presiones para quienes cuidamos seres humanxs pequeñxs y viejxs son feroces. Las formas de presentarlo en cambio edulcoran la pérdida de derechos bajo la ficción de las ventajas de la no-presencialidad, que sólo ha estirado las jornadas de trabajo hasta límites insostenibles.

Los beneficiarios del mundo de la mercancía sueñan con instalar un mundo en el que todo pueda ser reemplazado por convenientes e impalpables ficciones sin miseria, ni cuerpo, con un tiempo que ya no es siquiera el de los relojes, sino el tiempo estirable de la virtualidad… Todo muy soft, mientras la vida se adelgaza hasta límites incalculables en un sistema en el que todo se calcula.

La pandemia también hizo visible el trabajo doméstico y de cuidado. Comer, limpiar, cuidar, ingresaron como asunto de debate público y preocupaciones gubernamentales. De repente el trabajo doméstico y de cuidado fue nombrado como trabajo y miles de palabras sobre el asunto se reprodujeron en diarios, programas televisivos, radios, etc.

Todo debidamente urbanizado y convenientemente blanqueado, transformado en una aventura de escobillones en manos masculinas y experiencias culinarias en personas que no lo hacían en forma regular, e incluso no lo habían hecho jamás. Esta ola de discursos sobre lxs trabajadorxs esenciales no ha impedido la explotación extrema de las cuidadoras reales. En Argentina salió a la luz a través de historias horrorosas de personas transportadas en baúles de autos de alta gama.

Muchas palabras sobre el cuidado no protegen a las cuidadoras reales, y digo las porque son mujeres racializadas y pobres, que cobran los peores salarios del mercado y pierden sus trabajos sin que se active ninguna forma de protección social. Ser “trabajadoras esenciales” no las hace esenciales en el momento de los derechos. Las leyes existentes apestan. Eso, por supuesto, no se debate. Por qué no tienen jubilaciones, y cobran miseria no es un tema.

Y es que la pandemia llega bajo condiciones que no elegimos, como alguna vez señalara Marx a propósito de los avatares que, en 1848, llevaran al poder a Luis Bonaparte.

La elegía del cuidado y la saturación de discursos y debates sobre su significado no transformará la conciencia social sobre su importancia, ni abrirá un espacio para considerar la corporalidad y la mortalidad humana si no nos empeñamos en sostener una perspectiva feminista y anticapitalista.

Y esto es así porque la maquinaria infernal del capitalismo no puede parar, y mientras la vida humana es frágil, vulnerable, marcada por la carnalidad del cuerpo y sus necesidades, se consume (la mía y la de mi madre, que terminó en estos días) la inercia de la maquinaria demanda tiempo y trabajo, productividad y aceleración. No importa qué sea lo que te suceda. La maquinaria ciega continúa generando inercias.

Imposible pausar

No hay espacio para la muerte, para el cuerpo, para el duelo.

Una opresiva sensación de suspensión me persigue en estos días. Es que incluso quienes desacordamos y llevamos años de puesta en cuestión de la insensatez productivista no podemos hallar el freno de mano.

Esta imposibilidad de pausa es hondamente personal a la vez que profundamente política. Si no indagamos en ella, si no nos preguntamos por los límites de este sistema bajo el cual se desencadena la pandemia y se nos incita a imaginar lo nuevo, lo que advenga lo hará bajo el sello de la productividad desenfrenada que impone la lógica capitalista. Lo hará imaginando tiempos flexibles en beneficio de otrxs. Lo hará suponiendo que cada unx es un individuo aislado, y no un sujeto ligado a otrxs corporal, afectiva, socialmente.

La clave se halla, a mi entender, en un freno de mano que nos permita detenernos a pensar el sentido de la productividad, que nos habilite a poner en cuestión el brutal expolio de la naturaleza en/de la cual vivimos, que desnaturalice el caráter individual de las posibles soluciones, que desprivatice el cuidado y la reproducción de la vida, que nos instigue a dudar de los beneficios de la virtualidad, puesto que nos está privando de la materialidad gozosa y trágica de la vida y de la muerte.

Maria Mies lo dice de un modo sencillo: el mundo virtual ha alterado nuestra manera de percibir arrasando con las conexiones que nos ligan al mundo material, ofreciéndonos a cambio un mundo ilimitado en el cual todo es posible, en el cual se han diluido las fronteras físicas, incluso las que existen entre la vida y la muerte, y por lo tanto también la necesidad de los rituales, las despedidas, la morosidad del duelo.

Fuente: www.sinpermiso.info, 11 de julio 2020

Voces en los días del coronavirus

Enrique Pimentel / escritor

Hoy rompí el confinamiento para acudir a la entrega de la oficina que estaba a mi cargo. Hacía días que no caminaba por el antiguo barrio de San Sebastián que no ha cambiado mucho desde el inicio la cuarentena: pocos negocios abiertos, pero el mismo tráfico de antes de la pandemia. Y escasos lugares para estacionar el coche. La iglesia del antiguo asentamiento indígena está dedicada al mártir condenado a morir bajo un aluvión de flechas por el emperador Maximiano. Yo la recordaba por un novenario de misas de difuntos al que acompañé hace muchos años a mi abuela. La esposa y la hija de don Juan Durante, un empresario poblano, habían fallecido en un accidente automovilístico en la recién inaugurada autopista México-Puebla. Junto con ellas había perdido la vida el conductor, don Trino, un viejo y muy estimado chofer del sitio de taxis del Gallito, enfrente del cual vivíamos entonces. Habían ido a la capital a una cita médica en el coche familiar. La hija tenía algún padecimiento crónico que había exigido muchas consultas y alguna intervención quirúrgica. Era la época en la que los buenos médicos y los mejores hospitales había que ir a buscarlos al DF. Un tráiler sin frenos los aplastó en algún tramo del camino cuando regresaban a Puebla.



Volví a entrar a San Sebastián el año pasado cuando encontré una pensión de autos más cercana al trabajo, y a unos metros del templo. Ahí descubrí, cerca de la entrada, en una especie de capilla, una réplica del Señor de las Maravillas, muy venerada y visitada desde tempranas horas. Varios de los fieles pasaban, antes de comenzar con las labores cotidianas, a encender a sus pies los clásicos cirios amarillos que se venden alrededor del templo de Santa Mónica donde se encuentra la imagen original. Dos o tres veces a la semana yo solía hacer lo mismo (para lo cual tenía que ir a comprárselos a los ambulantes de la 5 de Mayo y 18 Poniente). La capilla es un compendio de las devociones más acendradas de la actualidad. Atrás y a los costados del Jefe de Jefes de la milagrería poblana, se pueden apreciar cuadros y esculturas de San Charbel, San Judas, la Guadalupana, la Virgen de Juquila, el luminoso Jesús de la Misericordia. Desde el muro contrario, los acompaña San Martín de Porras que fue un santo muy socorrido durante las décadas 60 y 70 del siglo pasado. Quizá él ya estaba ahí cuando yo acudía al novenario de las familiares de don Juan Durante. ¿Cuántos en esta ciudad conservarán memoria de aquel brutal accidente? ¿Cuántos se acordarán de don Trino y de su enorme taxi negro y amarillo? Si sorteo la pandemia y la nueva normalidad, espero regresar a prender un cirio a los difuntos de esas lejanas fechas, y a los que resulten de esta época cruenta que nos tiene, igual que al mártir romano, pero por motivos diferentes, bajo un aluvión de flechas.



Voces en los días del coronavirus

Juan Carlos Báez, escritor, estudiante de literatura

¿Ya eres más hombre? Reto: Sé Más (o menos) Hombre, parte 3



Día 15, Reto 15: Más allá del reto, necesitaba hacer esta actividad. Tendrá cuestión de meses que empecé a sentirme incómodo con la manera en que vestía. Poco después de notarlo supe que era por la forma en que combinaba algunas prendas. Así que, de un modo u otro, pensé que debía variarle a las combinaciones y ponerme algunas playeras con ciertos pantalones y viceversa.

Concluí que me veo bien de camisa porque, en el fondo, soy un señor y toda ropa de señor al parecer me hace ver de acuerdo a mi personalidad de señor.



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Día 16, Reto 16: Esto lo hice entre diciembre de 2019 y enero de 2020, si no me equivoco. Y sí, lo he hecho. Y he sufrido. Y cada que puedo me reitero que no lo estoy haciendo. Y me siento mal por ello. Y lo sigo haciendo. Y es complicado. Y lo es mucho pero lo hago. Y cada que puedo reviso lo que he avanzado. Y sigo haciéndolo. Y escribo. Y leo. Y grabo. Y mando. Y sigo haciéndolo. Y lo hago. Y lo hice. Y lo haré. Y no sé cuándo acabe ni menos cómo pero lo hago. Y hago. Y duele. Y creo que nunca dejará de doler. Y me voy acostumbrando. Y sigue doliendo. Y lo sigo haciendo. Y duele más. Y más. Y más. Y y y y y y

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Día 17, Reto 17: Hará cuestión de tres años que mi abuela falleció. La considero la única persona de la tercera a la que era verdaderamente unido. Por ahí, sí, tuve abuelos también, abuelos hombres, vaya. Pero creo que con ninguno me llevaba en sí. Al poco tiempo de fallecida mi abuela, murió, primero, su esposo, es decir, mi abuelo materno y, luego, el papá de mi papá, es decir, mi abuelo paterno. A partir de la muerte de mi abuela mi mamá, quien también ya es grande –este año cumple 62–, y yo creamos una rutina completamente distinta de la que ya he platicado en anteriores ocasiones.

No podría decir que yo ayudara mucho a mi abuela. En realidad era –y soy– muy inepto en la vida y me la pasaba –y paso– ensimismado mucho tiempo. Mi excusa siempre ha sido que tenía diecisiete, dieciséis, quince, catorce y réstenle a esos más años como para concientizarme de las cosas que había a mi alrededor y las necesidades que debía cubrir. Y, sin embargo, en ocasiones me parece que sigue siendo así. Pero la quería como quizás a pocas personas he querido en mi vida. Bromeábamos, peleábamos, debatíamos. En una palabra: nos acompañábamos en nuestras respectivas rutinas diarias pues a su casa llegaba de la escuela para comer y nos íbamos muy tarde. Me quedé con ganas de decirle lo mucho que la quería pero en los últimos días de vida me costó trabajo encontrar las palabras adecuadas para ello y mejor preferí escribirle un poema que ahora prefiero olvidar. –Cosa curiosa: en algún momento mi mamá me dijo que ella prefería que escribiera a que me volviera músico. Y, bueno, pues heme aquí en este trayecto de sufrimiento que es la literatura. –

Aún procuro ayudar a mi mamá. Hoy, 18 de junio, avisaron que el siguiente semestre de la universidad comenzará a mitades de agosto y será virtual hasta nuevo aviso. Qué bueno ya que así podré apoyarla en lo que pueda en las actividades del hogar. A ver qué pasa. Igual e incluyo dentro de mis actividades ir al super y, así, quitarle ese peso a mi papá, quien lo ha hecho en las últimas semanas.

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Día 18, Reto 18: El más difícil de todos por la sencilla razón de que nunca, jamás, en la vida he podido poner mi cabeza en blanco, callarla, decirle que se ciña a una actividad y no piense en ningún otra, en ninguna otra cosa que no sea eso preciso que estamos haciendo en el momento. Dificilísimo. A los siete años a un grupo de doctores y a mi mamá se les ocurrió buena idea inventarme una enfermedad casi incomprobable –pues incluso su inventor ha dicho en años recientes dudar de la existencia de ella– llamada Trastorno déficit de atención e hiperactividad, conocida por sus siglas como TDAH o por la abreviatura en inglés ADHD –Kendrick Lamar hizo una canción al respecto–. Hasta casi los catorce tomé un grandioso y mágico medicamento llamado Ritalin, que, según dicen, puede crear dependencia y, más tarde, cuando ya se levantó el tratamiento, pensamientos suicidas, depresión y ansiedad. No me falla la memoria al decir que a los trece, catorce años empecé a experimentar dichas ideas en mi cabecita ahora supuestamente curada pero que más pronto que tarde me diría: no, cómo crees, curado nunca, nunca estarás curado a menos que vuelvas a medicarte y estés así gran parte de tu vida. Hace unos años ideé un horario para que me rindiera el tiempo y mi cabecita no estuviese volando en la nada. Organicé mis proyectos de tal modo que pudiera leer y escribir –lo que más importa– y también pudiera sacar las tareas de la escuela y cumpliera con mis demás compromisos. En ocasiones algunos amigos creen que tengo un horario por mamón pero no es así: lo tengo porque de lo contrario me volvería loco haciendo todo y llegando a nada. No. No puedo callar mi cabeza. Aunque sí me han recomendado meditar. Quizás empiece a hacerlo. Suena bien. Suena a un reto para mi cabecita que piensa todo y llega a nada. A nada. A nada. A nada de nada.

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Día 19, Reto 19: No sé cocinar, amigos, así que les ahorro la lectura de este reto. En cambio les dejo una foto de unos Ruffles original. ¿Les gustan?

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Día 20, Reto 20: Hoy platiqué con mi mamá sobre la violencia que vive el país desde hace casi catorce años. Por ahí salió el tema de los desaparecidos y los muertos porque días antes se me ocurrió poner una entrevista que le hicieron a Rulfo en el setenta y a ella le llamó la atención. Me dijo algo como que Pedro Páramo era muy particular pues hablaba de muertos. Yo le dije que lo interesante de ella era que los muertos hablaban. Tal cual. El tema acabó en que yo le mencioné un pasaje de Bulgaria Mexicalli, de Gerardo Arana, en la que dicen que tres mexicanos y un chileno velan el cuerpo de Juan Rulfo y de repente éste se levanta y dice: “En México todos están muertos”. El verso me gusta muchísimo. La idea aún más. Y pensaba hacer para el reto de hoy un collage con algunas revistas y libros que ya no uso en las hojas recicladas sobre las cuales imprimo todo el tiempo otros textos. Pero el tiempo me venció. Fue, sin embargo, un tiempo invertido en algo bueno pues me reuní con mis amigos después de mucho tiempo de no hacerlo. Ellos del otro lado de sus cámaras y yo de la mía. Platicamos largo y tendido. Espero acabar el collage pronto y ponerlo en algún lugar de mi habitación a modo de recordatorio de qué tan buenos fueron Rulfo y Arana.

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Día 21, Reto 21: Bueno, pues. Hoy se concluye esto. Fue lindo mientras duró. Sirvió bastante. Como conclusión sacó que muchas de las actividades propuestas en el reto deberían hacerse de cuando en cuando, si no es que diario en algunos casos específicos –como la ayuda en la casa.

Se supone que el último reto consiste en hacer algo en lo que tengas talento. Y si bien no considero que tenga el talento del mundo, o, más aún, que esté cerca de saber que ese ‘talento’ me dejará algo, sí digo que me gusta escribir. Ya tiene tiempo que le dedico gran parte de mi esfuerzo y energía a esa actividad. Prueba de ello es que parte de este reto se haya publicado en este espacio. Les agradezco a Ana y a Sergio la oportunidad para hacerlo. Todo lo que quise decir en mis comentarios de Facebook y no pude quedó plasmados aquí.

Los quiero. Nos leemos luego.

Voces en los días del coronavirus

Verónica Mastretta / Ambientalista

(Este texto fue publicado originalmente en la revista Nexos, dentro de la serie "Covidiario")

(Ilustración de portadilla, Kathia Recio. revista nexos)



Mi intención era escribir acerca del errático mundo de los sueños, de sus reglas, que son las que parecieran regir y desordenar estos largo días del covid. De hecho, lo hice. Y como pasa en sueños, en que todo se desbarata cuando está a punto de suceder algo definitivo, di un clic equivocado y el texto quedó definitivamente borrado. Lo supe en el instante en que lo hice. Que el texto se había ido al carajo. Mejor. Ya iba sin alma. A la mitad del texto supe que Amy Camacho no había sobrevivido al derrame cerebral que sufrió la semana pasada. Este día no sería parecido a los últimos cien. No lo recordaré como esos días.

El 2020 nos repartió unas cartas desconocidas con las que aún no sabemos lidiar. Los humanos somos la única especie que mide el tiempo, aunque los físicos cuánticos dicen que no existe, que todo es presente. Como sea, nos hemos organizado para ponerle horas y nombre a las vueltas de la tierra sobre su eje o alrededor del sol, lo hemos medido con relojes de arena, calendarios de piedra o con precisión digital. Pero el covid ha arrasado hasta con la percepción que teníamos del tiempo, y de marzo para acá tenemos en la mente un amasijo de días y horas confundidos entre sí. La cuenta exacta del tiempo ha sufrido un serio revés y hoy me parece esquivo e inmanejable, como en los sueños.

Anochece en este 25 de junio de 2020. La muerte de una persona querida fija las fechas en nosotros. Pienso en Amy muy joven, casi niña, la mayor de ocho hermanos, aprendiendo a trabajar en equipo para lograr sacar adelante a Africam Safari hace tantos años, y en cómo se transformó en una eficaz , intensa y generosa líder de múltiples causas. En los últimos tiempos, larga fue su batalla por vivir, largo su encierro. Y no por el covid. Su salud se volvió frágil hace ya tiempo. Tanto batallar desde los trece o catorce años le pasaron factura. Ella quemaba su energía en cada idea que consideraba fundamental, pero en particular en todo lo que fuera su familia nuclear y laboral y todo lo que tuviera que ver con la protección y preservación del mundo natural. Si la energía se transforma, se volverá cometa. Así me la imagino. No la imagino quieta. Contar su historia es motivo de un relato aparte. Varias veces se lo dije, cuando con entusiasmo buscaba quien le escribiera un buen texto con la historia de su papá y los orígenes de Africam, —Para mí el personaje eres tú. La historia que hace falta contar es la tuya—. No se veía a sí misma como una heroína. Tampoco como víctima. Yo vi en ella tanta complejidad, tantos dilemas, pero como primera cualidad, una generosidad inmensa, un desbordamiento y compasión hacia los demás que rara vez se encuentra en las personas.

Si algo caracterizó a Amy fue su capacidad para entender que había que trabajar y actuar más allá de nuestros pequeños mundos personales. Cuando tuvo su vida resuelta, guardó en la memoria lo importante que es que alguien te ayude cuando estás en problemas. Traía a flor de piel la pregunta —¿En qué te ayudo ? ¿Qué necesitas? ¿Cómo lo resolvemos?—. La generosidad como una insignia. Fue y vino por la mixteca poblana después del temblor de 2017. Conseguía ayuda, sí, pero junto a las cosas, ella sumaba su presencia. Justo cuando empezó el covid, un aneurisma hizo crisis en su cabeza. Los hospitales eran un lugar de altísimo riesgo para ella. En marzo la mandaron a su casa, a esperar a que bajara la pandemia, cuando todos pensábamos que para abril o para mayo iríamos de salida. Ya va acabando junio. El covid nos obliga a esperar. Obliga a la paciencia. Hablé con ella en esos días. Ella que era tan cariñosa, sensible y espléndida, llevaba el aislamiento drástico con muchísima gracia y valor. En estos tiempos en que reinan las quejas, no se quejó ni una vez. Sólo me dijo que estaba asustada de que el riesgo del virus no diera tiempo para que la pudieran curar —Pero es poco lo que necesito, solo necesito paciencia. ¿Y tú, cómo vas? ¿Estás tranquila? ¿No necesitas nada?—.



Cuando se va una persona como Amy, todos perdemos algo. Cuando vemos vivir a alguien como ella, siempre aprendemos mucho.

Comienza otro día, a ver si lo podemos volver extraordinario.