Voces en los días del coronavirus

Voces en los días del coronavirus

Mundo Nuestro. Vivimos tiempos que marcarán la historia del mundo. COVID-19, le dicen los enterados. Coronavirus, para el vulgo. En esta mudanza estamos en el arranque de la primavera del 2020. De ahí recogemos estas voces.

Rosa Borrás

Voces en los días del coronavirus

Rosa Borrás, bordadora



(Ilustración de portadilla: Bordando resistencias: puntadas de memoria/Transferencia de fotocopia sobre bramante, impresión digital de chorro de tinta sobre manta de algodón, paliacates. Relleno de acrílico. Soporte posterior de manta de algodón. Cosido a mano y máquina. 100 X 120 cm. 2019)



Tengo un nudo en la garganta. Lo he sentido esta mañana, después de otra noche de dormir mal. Estoy confundida y me siento vulnerable. La seguridad que me brinda mi casa no es suficiente. ¿Por qué?

Hace unos días recordaba que, en abril del 2009, cuando fue declarada la pandemia de AH1NH, tan mal manejada por el gobierno de Felipe Calderón, sin información y causando pánico y desconfianza, decidí coser unos cubrebocas de telas de colores y convocar a través de Facebook a una reunión para regalarlos en mi taller, al que llamo Espacio rosa y que en ese entonces estaba en la 11 oriente #11, en el centro de Puebla. Sería una “reunión anti-pánico” para abrazarnos y hacer frente a la orden de aislamiento que dejó vacías, de golpe, las calles de Puebla. Claro, las circunstancias eran otras y me atreví a hacerlo como un acto de rebeldía quizá un poco imprudente e ingenuo, pero que tuvo resonancia: llegaron varias personas, amigas y también desconocidas. Platicamos, intercambiamos opiniones, nos sentimos acompañadas y, quizá, con menos miedo después de abrazarnos. Con una de estas personas entonces desconocida sigo en estrecha comunicación y somos amigas. Pensaba en todo esto y me preguntaba ¿Que es distinto ahora? Aún no tengo clara la respuesta.



Para responderme a mí misma esta pregunta, trato de organizar mis ideas en dos grandes grupos: el de lo personal y el de lo colectivo. En este último grupo, una de las primeras cosas que se me ocurre es que hoy, en México, a diferencia de antes, tenemos un gobierno legítimo, es decir, un gobierno que elegimos por voto directo la mayoría de los mexicanos. No nos robaron la elección, pues. Para mí eso es muy importante pues, como ciudadana, me da tanto la esperanza de que poco a poco las cosas funcionarán mejor, como la fuerza para exigir transparencia, compromiso y acciones contundentes. Aunque este gobierno dista de ser perfecto, percibo actitudes distintas a las de siempre y veo una disposición más clara a estar más cerca de la gente de a pie, de la gente que menos tiene. También es clara la apertura del gobierno a compartir con claridad la información sobre lo que ocurre con esta pandemia en México. Todo esto es muy distinto a la realidad del 2009.

En el ámbito de lo personal, una de las cosas que es claramente diferente es que mi hija y mi hijo ya no viven en casa, ya no son niños. En este momento están viviendo juntos en la Ciudad de México. Aunque son adultos perfectamente capaces de afrontar esta situación, me angustia no tenerlos aquí al lado, no poder abrazarlos como cuando eran pequeños y decirles “no pasa nada, todo estará bien”. Esta pandemia les ha truncado los planes que tenían a corto y mediano plazo e intuyo que los tiene sumidos en la incertidumbre más angustiante que han enfrentado hasta ahora, y que es, probablemente, la primera gran crisis que tendrán que enfrentar en su vida adulta. Uno se pregunta qué pasará con el resto de sus estudios; la otra, si será capaz de encontrar trabajo, y ambos si podrán ser del todo independientes, tener cierta seguridad para dedicarse a sus respectivas profesiones y vivir mínimamente bien. Ya no puedo protegerlos como hice en el 2009.

Pienso en muchas otras cosas que son distintas ahora, quizá incluso mejores que antes, pero recurrentemente y desde hace un par de semanas me pregunto ¿qué les digo yo a mis hijos? ¿cómo les hago sentir que hay esperanza? ¿qué puedo aportar yo ante esta tragedia que se nos viene? Y es que en este país vamos de tragedia en tragedia, de desgracia en desgracia. No se me ocurre nada muy espectacular más allá de hacerles ver las ventajas que ellos tienen sobre la mayoría de la población, compartirles mi opinión e invitarlos a reflexionar al respecto. Creo que nos toca a todos, sobre todo a los que tenemos ciertos privilegios, vigilar que en esta crisis se haga lo más posible para proteger a los que menos tienen, pedir a nuestros vecinos que colaboren como puedan; aportar todos, con buena fe, nuestros conocimientos o talentos para que esto sea menos doloroso y devastador y exigir que no se vulneren nuestros derechos humanos. Nos toca a todos, también, mantener viva la memoria de los agravios de sexenios anteriores, nos toca no olvidarnos de nuestros muertos, víctimas de una guerra que no pedimos, nos toca tener presentes a nuestras personas desaparecidas. Nos toca a todos construir una realidad más pareja y con menos desigualdad, más amorosa y sensible.

Todavía siento el nudo en la garganta y tengo más preguntas que respuestas. Me parece que la sensación de angustia no desaparecerá pronto, creo que será mejor aceptarla por ahora y recordar las Palabras para Julia, de José Agustín Goytisolo, de las cuales les dejo aquí estos versos:

Tu destino está en los demás

tu futuro es tu propia vida

tu dignidad es la de todos.

Bordando resistencias: puntadas de memoria

Esta pieza está compuesta por fotografías que he tomado a lo largo de los años durante las reuniones de bordado que realizamos desde el 2012 y hasta la fecha, tanto en plazas como en cafeterías, universidades y casas y está cosida a mano.

La cobija muestra momentos de bordadas en apoyo a la comunidad LGBTI, contra los feminicidios y contra el olvido de aquellas personas asesinadas o desaparecidas. Refleja la construcción de paz y la memoria colectiva y de la restitución del tejido social roto por la violencia de una guerra que no pedimos. Los paliacates rojos y verdes simbolizan el color de los hilos que se usan para bordar los pañuelos: el rojo para las víctimas de la violencia y el verde es el color de la esperanza, con el que se bordan los nombres de las personas desaparecidas. Esta pieza está dedicada a todas las personas que bordan por la paz y la memoria y que resisten a través de cada puntada que dan sobre la tela de la esperanza.

La acción Bordando por la paz Puebla fue iniciada en Puebla en agosto del 2012 como réplica de la misma acción realizada en la Ciudad de México desde 2011. Las reuniones de bordado se convirtieron en un espacio de desahogo social, en manifestación pacífica y en una especie de rito protector: la violencia no llegará a aquellos que bordan y hacen suyos, otra vez, los espacios públicos que nos pertenecen. Bordar colectivamente propició relaciones horizontales, basadas en el respeto mutuo y la confianza en nuestros congéneres, aún desconocidos. También generó la transmisión de conocimiento de manera natural y fluida, sin importar el grado de escolaridad, edad, ni origen de cada persona. La autoría inicial del proyecto desapareció y éste se desarrolló de manera orgánica de acuerdo con las necesidades del contexto específico. Nadie es dueña o dueño de los pañuelos, solos los resguardamos y son bordados, casi todos, por muchas manos.

Esta pieza obtuvo una Mención honorífica en la XII Bienal Puebla de los Ángeles, Ibero Puebla: Ética del cuidado: Diversidad y cultura de paz.

Bordando resistencias: puntadas de memoria

Transferencia de fotocopia sobre bramante, impresión digital de chorro de tinta sobre manta de algodón, paliacates. Relleno de acrílico. Soporte posterior de manta de algodón. Cosido a mano y máquina.

100 x 120 cm

2019

Voces en los días del coronavirus

Alicia Mastretta Yanes, bióloga



Es estos días de cuarentana he estado pensando mucho en las burbujas epistemológicas y las cámaras de resonancia. México es el perfecto ejemplo, y esa será, si seguimos así, la causa de que nuestro país sea terriblemente golpeado por la epidemia del covid19.

Una persona está en una “burbuja epistemológica” cuando sólo esta expuesta a las opiniones y noticias de gente que piensa de determinada manera. Esto evidentemente influye cómo pensamos y nuestra percepción de la realidad. Las redes sociales ayudan bastante a que nos metamos en burbujas, porque seguimos a gente que coincide con nuestra forma de pensar, e incluso bloqueamos a quienes no. Además, los algoritmos de facebook, twitter, youtube y hasta la búsqueda más cotidiana en google, favorecen resultados conforme a nuestras preferencias. Así, nuestro cerebro está continuamente sobrealimentado con información que nos confirma lo que nos gusta oír.





Ahora vamos a las cámaras de resonancia, o de eco pues. En ellas, podemos estar expuestas a información externa, que difiere de nuestra forma de pensar. Pero las fuentes de dicha información, sean una persona o una institución, han sido sistemática y tajantemente desacreditadas. Es decir, tacharemos a la información externa de falsa y difícilmente evidencia de lo contrario nos hará cambiar de opinión. Esto siempre ha existido en la historia de la humanidad. Los cultos de cierta forma son una cámara de resonancia. Otros ejemplos incluyen a quienes niegan el cambio climático. Pero también cosas mucha más cotidianas como posturas radicalmente opuestas entorno a las vacunas, o a la efectividad de tales o cuales formas de alimentación. Y por supuesto la política.

En las cámaras de resonancia de nuevo las redes sociales juegan un papel interesante: estamos expuestos a muchísima más información (o des-información) que podemos difundir masivamente a la velocidad de nuestros dedos en la pantalla de celular. Aquí, observo yo, entra otro fenómeno al juego. Las cámaras de resonancia pueden construirse porque a alguien le interesa que así sea. Pero las cámaras de resonancia también pueden crearse –y amplificarse- “sin querer”. Sin que nadie jale los hilos, o más bien, si todxs jalamos los hilos inconscientemente.

Me explico: en las redes sociales tendemos a difundir aquello con lo que estamos drásticamente a favor, y a descalificar agresivamente aquello con lo que estamos drásticamente en contra, pero no comentamos ni compartimos lo “intermedio”. Por eso, creo yo, varios medios de comunicación y personas en general buscan publicar notas con titulares que nos hagan aplaudir o por el contrario gritar ¡qué barbaridad!, dependiendo en qué lado de la disputa estemos. Porque esas notas/tuits/videos son los que se viralizan.

Querer que se haga viral algo, ya sea porque de eso depende tu presupuesto si eres un medio de comunicación, o simplemente porque tienes la tan común adicción a los likes, hace que sea muy sencillo citar a medias, sacar de contexto o exagerar lo que dijo un político. La mayoría de tus seguidores no vamos a revisar el video original. Y quien sí lo haga, y salga a decirnos que lo mal citaron, o no le haremos caso, o no le daremos importancia. Compartimos tu nota/post/tuit porque sabemos que ese político es capaz de decir eso. Qué importa si esta vez lo mal citaron, en esta otra ocasión sí dijo tal cosa peor, nos decimos. Nos gustó leer evidencia que descalifica a quien de a por sí ya descalificamos, porque confirma que tenemos razón. Y tener razón se siente bien.

A quien ya hemos descalificado, consiente o inconscientemente, no le vamos a escuchar, no vamos a dar click en el video para enterarnos qué dijo en los otros 40 minutos de conferencia sobre el covid19. Y si, por fin, dijo algo sensato: vamos instintivamente a buscar cómo descalificarle también. No importa que la noticia sea de una semana atrás, y su comportamiento hoy sea distinto. No le creemos, no le queremos, punto.

“No señalar cuando un político se equivoca lleva a dictaduras y cultos a la personalidad” estás pensando. Y sí. No digo que dejemos de señalar errores. En un momento normal te diría que no hay que dejar que se les vaya una, que no pueden andar por el mundo diciendo tanta sandez cuando tienen un país en sus manos.

El problema es que no estamos en un momento normal. Estamos ante una emergencia donde la vida de mucha gente está en riesgo y la economía también. Cada tuit, cada video de whats que reenviamos a nuestros contactos tiene un papel en cómo avance o no la pandemia. Porque cada cosa que compartimos influye en qué información reciben, y creen, quienes están dentro de nuestras burbujas y nuestras cámaras, así sean miles de seguidores o solo nuestra familia. Es un poder enorme ese que tenemos. Y ya saben que conlleva un gran poder.

¿Queremos con ese poder dejar en claro que AMLO no entiende la magnitud del problema? ¿Qué fue un error elegirle? ¿Ayudar a que baje su popularidad y las elecciones siguientes sean otra historia? Es válido. Pero tiene un costo.

Conozco de primera mano gente que no ha visto ni una de las conferencias diarias de las 7 pm de la Secretaría de Salud, dirigidas principalmente por López-Gatell y equipo. Que no sabe que puedes solicitar al IMSS tu incapacidad tan solo diciendo que tienes los síntomas por un cuestionario por internet. Que el Gobierno de la CDMX repartirá kits médicos a domicilio para personas contagiadas con covid19. Que no conoce las decisiones con las que México trata de balancear una pandemia del calibre del covid19 en un país con tanta pobreza como México.

Podemos no estar de acuerdo en esas decisiones. Podemos discutirlas. Pero no podemos decir que no existen. Es querer no enterarse. ¿Por qué alguien querría no enterarse? Pregunto. Y me responden: “no creo nada de lo que diga ese señor”, “no veo para qué escucharlos, todo lo que digan es una estupidez”, “ Lopez-Gatell es un charlatán”, “nada de lo que venga de ese gobierno podrá ayudarnos”, “están ocultado la verdad, ya hay muchos más muertos”. Esto es alarmante, porque una sociedad dividida, desinformada y que no confía ni tantito en las autoridades es un caldo de cultivo para que prosperen el covid19, el pánico, el desorden público, los saqueos y la crisis económica.

México tiene todo para que auto-saboteemos nuestra reacción al covid19 por andar enfrascándonos en discutir desde cámaras de resonancia opuestas. Un presidente soberbio, provocador y qué no mide las repercusiones de “pequeñas” acciones suyas. Una prensa ávida de viralizar, y en algunos casos hasta diría que de plano incompetente. Una sociedad auto-complacida en confirmar sus preferencias políticas por encima de su propio futuro.

El gobierno mismo ha fomentado estas cámaras de resonancia. Sí. La prensa también. Tú y yo también. Pero en estos momentos de emergencia, lo garantizo, el único beneficiado es el covid19.

No sé si podamos romper la división donde nos hemos metido. Pero creo que sí podemos hacer una tregua. Dejar de difundir masivamente lo que no ayuda a enfrentar el covid19 y enfocarnos en lo que sí. Después volvámonos a recriminarnos todo, si quieren, pero ahorita difundamos lo que sí importa, lo que sí construye. Leamos artículos objetivos que expresen, sin desacreditaciones, opiniones técnicas que difieren con las del gobierno. Y escuchemos, aunque no nos guste quien lo diga. Si el gobierno comete errores, que los ha cometido y seguirá cometiendo, se los señalamos. Pero asumiéndonos parte del mismo equipo.

Yo he firmado esa tregua antes. No voté por Felipe Calderón. Estuve en desacuerdo con la mayoría de sus decisiones, fui a más de una manifestación en su contra. Pero de él aprendí la importancia del estornudo de etiqueta. Durante el H1N1 escuché lo que él y su equipo tenían que decir. Sus buenas y malas decisiones. Frente al covid19 he decidido hacer la misma tregua con el gobierno de AMLO.

Página de la secretaría de salud sobre el coronavirus https://coronavirus.gob.mx/

#QuédateEnCasa

Voces en los días del coronavirus

Stella Cuéllar, editora



El tiempo a veces camina ligero y otras como que lo hace con zapatos de cemento, y se vuelve lento, muy lento… Y así han sido estas dos semanas de aislamiento voluntario y solidario, con sus días ligeros y otros pesados, densos.

Son ya dos semanas que no he ido a visitar a mi madre, porque, como debe ser, suspendieron todas las visitas hasta nuevo aviso. Sé que es por su bien, que es un encierro protector, pero no por eso me quedo por completo conforme.

La última vez que la visité, no fui sola, me acompañó Miguel, y eso fue muy bueno, porque me hace la visita más ligera. Preludiaban los tiempos de aislamiento.

Ese día, como nunca antes, la encontramos sentada en una silla de ruedas, amarrada a ella con una venda, y además tenía un brazo lastimado. Los pelos se me pusieron de punta. Fui a hablar con la jefa de enfermeras. Me explicó que como ha estado un poco violenta había forcejeado con una de las enfermeras, mientras la bañaba; me dijo que durante ese forcejeo fue que se lastimó el brazo, que sabía que yo le pediría una explicación, y con mucho gusto me la daba. Me contó que ahora la sentaban ahí, en la silla de ruedas, para evitar que se fuera a su cama, porque siempre quiere estar aislada, dormida; ajena a todo; que no quiere comer bien, ni bañarse, ni lavarse los dientes.

Mientras hablaba con ella Miguel paseó a mi mamá por los pasillos. La llevó a que viera las hermosas rosas amarillas y “su árbol”, el de naranjas que tanto le gusta. Ella le contó algunas cosas inconexas, pero se le notaba feliz. Cuando yo terminé mi charla, la propia jefa de enfermeras la desamarró, para que el resto de la visita estuviera libre, caminando con nosotros, los tres enlazados de los brazos.



Mientras paseábamos vimos a una señora con un golpazo en la cara. Tenía los ojos morados, hinchados aún, sobre todo uno. Pregunté qué le había sucedido y me dijeron que se les cayó… Era el último día que podía visitar a mi mamá, y no me gustó nada lo que vi. Para variar, salí con el corazón estrujado.

Quizá por lo sucedido en el asilo, hace unas noches soñé que la maltrataban, que la golpeaban, y desperté aterrada. Marqué a la casa de reposo y la pusieron al teléfono.

--Hola, ma, ¿cómo estás?



--¿Quién eres?, ¿Stella?, ¿qué Stella?

Hablamos de la comida, de su “clase de gimnasia”. Me contó que ya regresó a las clases de antes, porque le gustan más, y porque le quedan muy cerca de su casa; me platicó que se va en su coche y que a veces pasa a ver a su mamá. No sabe por qué su tía Belén ha dejado que se instalen ahí, en la casa familiar, tantos enfermos y tanta gente que se ve que no están nada bien. Me dice que aunque la familia siempre ha sido solidaria, esto ya es un extremo…

Nos despedimos. Nunca supo con quien habló, pero la noté tranquila y eso me ofreció un poco de paz. No la que yo quisiera.

Me desahogué con Miguel, con mi hermano, con mi almohada… Me aferro a la idea de que ese día se sumaron circunstancia funestas, pero que ella está bien, que está mejor que con cualquiera de nosotros, y más aún porque se avecinaban los días de aislamiento.

Pero lo cierto es que mis días hoy no son muy diferentes a los de antes de la contingencia. Me gusta trabajar en casa, en mi entorno, ya sea aquí en Toluca, o en la CDMX. Aquí, en San Pablo, se escuchan todo el día los pájaros. A veces parece que chismorrean y otras en verdad cantan. Desde la ventana del estudio se ven un par de laguitos, y al fondo una montaña que poco a poco pierde árboles. No todo es calma, porque Taco no para de ladrar. Le ladra a Remi, a las chatas, a quien sea que pase por aquí. Porque aquí en San Pablo, Taco hace vida de perro, de perro feliz.

Sí, lo sé, soy privilegiada. A diferencia de muchas, demasiadas mujeres, yo no vivo el aislamiento con alguien que me violente; que me agreda. Tampoco tengo niños pequeños a los que tenga que buscar como entretener, o atender. No me desesperan sus correderas y pleitos y risas por toda la casa, no, para nada. Yo vivo el aislamiento en paz, tranquila, haciendo lo que me gusta. Por eso mis días no son muy diferentes a los de antes de la contingencia.

Pero no quiero imaginar cómo han sido estos días y serán los incontables días que faltan para las personas que viven recluidas en instituciones de asistencia, en albergues o en prisiones. Niñas, niños, mujeres, hombres, enfermos, ancianos, migrantes…, que no tienen con quién quejarse, o memoria para registrar los maltratos, si los hubiera.

Para muchos de ellos, los días y horas de visita son la única ventana al mundo exterior; la única posibilidad de hablar de algo distinto al entorno del encierro, al motivo del encierro, sin importar qué fue lo que lo causó, la razón por la que se encuentran así, ahí, recluidos. Lo sé, porque he estado encerrada, recluida, atrapada en una cama durante meses y meses. Por eso sé que esos días y horas de visita se esperan desde el segundo en que termina el que se acaba de experimentar.

Los recluidos, los encerrados, los atrapados, se aferran a esas horas y momentos de contacto con los otros, porque en mucho ayudan a que uno no se sienta totalmente perdido, abandonado, solo. Se me eriza la piel al recordarlo.

Estoy convencida de que para quienes así viven, este nuevo aislamiento se suma al de su día a día, y lo imagino terrible, mucho más duro que el difícil aislamiento voluntario, porque ahora están doblemente aislados. Si llegaran a contagiarse, a enfermar, y su cuerpo no fuera lo suficientemente fuerte y su ánimo sereno o entusiasta, entonces el futuro pinta aterrador.

Pienso también en los muchos que no tienen posibilidad de aislarse y deben salir y arriesgarse porque de eso depende que coman, paguen sus cuentas, lleven el sustento a sus casas. La solidaridad de la palabra no es suficiente para ellos. No es suficiente para nadie.

Entonces, yo soy privilegiada, porque mis días no son hoy muy diferentes a los de antes de la contingencia.

Voces en los días del coronavirus

Antonio Ramírez Priesca, anticuario e historiador experto en gastronomía poblana



(La fotografía que ilustra este texto probablemente fue tomada a principios de los años 40 del siglo pasado. Es el mostrador de la tienda "El Genio Mercantil", cuyo propietario era Hermilo Ramírez Gaspar, abuelo paterno del autor de este texto. La tienda estaba en la esquina de la 4 Norte y la 6 Oriente, frente a la iglesia de San Cristóbal, justo en la casona que ha albergado durante décadas el famoso restaurante "Nevados Hermilo".)

No hace mucho, en verdad, que en Puebla las cosas eran muy diferentes. Y de ello me acuerdo muy vívidamente ahora que nos toca estar en casa, guardando una reclusión que hacemos más por solidaridad con los nuestros, que por obligación.

Hace menos de 50 años, por ejemplo, no existían siquiera supermercados o centros comerciales. Y viene a colación esto, porque en mi lejana infancia sesentera del siglo pasado, la compra semanal o quincenal de abarrotes y alimentos que no se hacían en los Mercados Municipales – en ese entonces en La Victoria o en El Parral – se hacían precisamente en unas tiendas que hoy, casi no existen. Pero era, sobre todo, el modo en que se realizaban estas compras, que quiero resaltar. Todo se basaba en la confianza. Un valor, ese sí, que está ahora en peligro de extinción en Puebla.

Muy azarosa fue nuestra vida familiar cuando murió mi madre, dejando a seis chamacos entre 2 y 12 años, a cargo de un padre que se dividía entre dos trabajos para sacarlos adelante. A la cabeza, me tocaba realizar una tarea que había visto hacer incontables veces a mi madre y a mi bisabuela, que vivió un buen tiempo con nosotros: elaborar una lista, manuscrita a lápiz sobre papel de cuaderno de La Tarjeta, de la compra que se haría telefónicamente a Don Ernesto, el dueño de La Covadonga. Para esos años en Puebla existían varios comercios dedicados a la venta de abarrotes y ultramarinos en la Ciudad, entre los que figuraban, además, La Sevillana, La Luz y media docena más.

Mucho antes de cumplir los quince años, yo o cualquiera de mis hermanas, llamábamos los viernes a Don Ernesto, y le dictábamos por teléfono – un aparato de baquelita negra, con un auricular que costaba sostener por su peso, la lista de lo requerido: jabón para ropa, detergente, aceite para comer, pasta de dientes, pasta para sopa, papel higiénico, etc. Del otro lado de la bocina, un afable hombre de avanzada edad –o así me lo parecía entonces– tomaba pacientemente el pedido e invariablemente terminaba la conversación diciendo: ‘Allá se lo enviamos’.

Por la tarde del mismo viernes, tocaban el timbre de la casa –donde estábamos los chamacos completamente solos, mi padre estaba a esa hora en su segundo trabajo-- abríamos la puerta y un señor entraba con su bicicleta al patio, llevando una gran caja de cartón en su portabultos. Pasaba a la cocina donde, sobre la mesa, vaciaba el contenido de la caja y al mismo tiempo anunciaba parsimoniosamente cada artículo: ‘pasta para sopa’pasta de dientes’… y yo iba tachando de mi lista de cuaderno cada artículo recibido. Después ‘firmaba’ la nota de remisión y el señor volvía al patio, para irse con su bicicleta. Sabíamos que Don Ernesto mandaba cada mes a cobrar a papá a su trabajo, adjuntando las notas firmadas por nosotros.



¿Cuánto costaban las cosas que enviaba? ¿Estaban a precio y calidad competitivas y justas? ¿Quiénes eran esos amables y respetuosos señores que con su bici iban cada semana a casa de unos niños completamente solos a entregarles el mandado? ¿en que se basaba Don Ernesto para recibir una lista de compra telefónica de un preadolescente que semanas después mandaría a cobrar?

Todo se basaba en la mutua confianza. No había nada que dudar o temer, así era Puebla. Y así o parecido, serían los usos y costumbres en nuestras ciudades mexicanas de entonces.

Muchas son las lecciones que yo he obtenido de estos recuerdos, ahora en esta muy cálida e inhóspita primavera poblana del 2020, y la reclusión me ha hecho voltear a ver mis propias vivencias. De alguna manera tenemos que regresar a una sociedad de convivencia de mutua confianza, de respeto a los demás y a las Leyes que rigen y sustentan el Estado de Derecho.



Voces en los días del coronavirus

Verónica Mastretta, ambientalista, escritora



Vida y milagros

¡Qué largo me ha parecido marzo! Cuántas cosas que creímos inamovibles han cambiado en tres semanas. "¿Y decían que enero era largo?¡ Hoy parece lunes 80 de marzo!". Apenas el día 9 hacía planes para visitar a mi hija en Colombia. Ese día hablé con ella y me dijo que en Bogotá ya nadie podría salir por las noches, y que en unos cuantos días ya no entrarían vuelos del exterior. Mientras hablaba con ella y a nuestro encuentro le salían alas, caminaba despreocupadamente por un parque que visito con frecuencia y en el que algunos nos conocemos bien. Si te encuentras a alguien es normal saludar o platicar un rato, como también lo es sentarte en una banca a contemplar el espejo de agua y a los árboles y las aves que viven ahí.

A principios de marzo las noticias de lo que sucedía en Italia parecían como parte de un mal sueño que no nos sucedería a nosotros. En España empezaba a crecer la tormenta. En 20 días todo ha cambiado también para nosotros. Apenas conocemos a este raro virus que ha venido a hacer evidente cuán valiosa es la normalidad que ha dejado de serlo. En la entrada del parque desde hace dos semanas se colocó un comunicado con las medidas de seguridad sanitaria que deberán cumplir los usuarios mientras el parque permanezca abierto- " No toque el mobiliario”, “No venga si tiene el menor síntoma de gripa", "Guarde un metro y medio de distancia entre los demás". Las normas de distancia parecían fáciles de cumplir porque no somos conscientes de que nos acercamos al conversar, que es fácil dar la mano, o un beso y un abrazo. En estos 80 días de marzo sucedieron cosas que hoy parecen extrañamente lejanas: hace dos semanas que mis nietos de cinco años me visitaron y se quedaron a dormir en mi casa y vimos la televisión hechos bola en el mismo sillón. Dos semanas desde que salimos a caminar y de regreso traía la mano sudada de cada uno entre mis manos. Dos semanas desde que se fueron y solo oigo sus voces por teléfono porque los niños son de riesgo para los abuelos. Hace menos de dos semanas que comí en casa de una prima y nos reímos viendo una película juntas, picoteando del mismo plato una botana. Doce días desde que mi otra hija me dijo que por el trabajo que tiene, en el que obligadamente tiene que tratar con mucha gente, dejaría de verme por tiempo indefinido porque ella es un agente de riesgo. ¿Agente de qué? De riesgo, de contagio. Trece días en que cancelamos la comida en que nos reuniríamos los cinco hermanos. Ocho días en que vi a mi hijo desde el umbral de una puerta que no cruzó. Diez días en que supe que de Colombia no saldrá un vuelo ni entrará ninguno por lo menos hasta el 30 de mayo, si bien nos va. Unas horas desde que me encontré a mi hermano entrando a su casa y solo pudimos platicar de muy lejos, como si el infierno fuera él o fuera yo. Diez días en que regar las plantas es un lujo y un distractor asiático. Siete horas desde que crucé una ciudad extrañamente silenciosa que me recordó la de mi infancia. Seis días en que a la farmacia cercana se entra de uno en uno. Tres horas desde que mi hija llegó a dejar las compras del mercado ya lavadas y desinfectadas y me saludó a diez metros de distancia con una mano extendida como freno a cualquier osadía de mi parte a romper ese cerco. Tres siglos sin ver a mi hermana. Un día y medio desde que el atribulado López Gatell por fin pudo decirnos abiertamente que nos mantengamos lejos, guardados en casa, sin los otros. Todo este marzo nos agarró de sorpresa porque el ruido con el que hemos llenado el mundo nos ayuda a hacernos los idiotas y a actuar como si la vida estuviera llena de certezas. ¿La certeza de poder tocar y acercarnos a los otros no era una gran certeza?



La sana distancia es corta hasta que te topas o recuerdas a alguien con quien no has platicado en muchos días, los niños, tus hijos, tus hermanos, los compañero de trabajo, las amigas, y de nuevo, los niños de tu vida. Nada más natural que cerrar las distancias cuando quieres o estimas a alguien. Nada más difícil en este largo marzo que la sana distancia.



Voces en los días del coronavirus

Martha Ríos Yanes, Maestra en Administración de Empresas



Estamos viviendo algo inédito. No nos había tocado vivir en una situación como en la que nos encontramos ahora. El mundo, en una gran parte, paralizado. Al contrario de lo que ha proclamado algún político, esto no es cosa de ricos o pobres. El coronavirus nos afecta a todos, ricos, pobres, gordos, flacos, guapos, feos, letrados o analfabetas, creyentes o ateos; a países prósperos o a los que se encuentran luchando por salir adelante. Como dijo el Papa Francisco en su reciente homilía, todos estamos en la misma barca.

Atravesamos una situación que compartimos con nuestros hermanos viviendo en otros países del mundo. La tecnología moderna nos permite estar en comunicación cercana con los nuestros que viven en otros lugares. Tengo tres hijos. Mi hija mayor vive y trabaja en un hospital en Seattle, en un piso donde tienen a los enfermos contagiados con este virus. Ahí está en el ojo del huracán. El segundo, vive en Austin y ahora trabaja desde casa en una cuarentena de seis semanas. La menor es profesora en un colegio en Madrid. Lleva semanas sin ver a sus alumnos. Ahí sí la cuarentena es cosa seria. Puedes salir siempre y cuando sea para comprar víveres o ir a la farmacia. No puedes caminar en las calles. De hacerlo te para la policía y te multa.

Estos días que he estado en casa me han servido para reflexionar ampliamente y hacerme tantas preguntas. ¿Qué va a pasar en México cuando los hospitales se encuentren sobrepasados y no haya más lugar para dar cabida a los contagiados que necesitan un respirador? ¿Qué va a pasar con toda la gente que se ve privada de su empleo y por lo tanto no puede llevar el pan diario a casa? ¿Qué va a pasar con todos esos pequeños y medianos negocios? ¿Cómo va a empezar a reactivarse la economía? ¿Cuándo regresaremos a la “normalidad”? ¿Cuánto tiempo más de vivir en esta incertidumbre? ¿Cuándo volveremos a abrazar a nuestros seres queridos? ¿Cuál es la lección que tenemos que aprender de todo esto? ¿Acaso nuestro planeta Tierra quiere decirnos algo?

Muchas incógnitas, y sólo el paso de los días nos irá dando las respuestas. Mientras vivimos en una terrible incertidumbre. Este es un problema de todos y cada uno de nosotros desde nuestra trinchera tenemos que ir dando lo mejor de nosotros mismos para hacer de éste un mundo mejor. Quizás para estos momentos todos nos hemos convencido y sabemos que no somos una isla, que lo que yo que haga o deje de hacer le afecta a mi entorno. Que no podemos seguir viviendo en estas atroces desigualdades económicas. Que no podemos seguir maltratando a nuestro planeta de la forma que lo hemos venido haciendo.

Hace unos días salió una noticia de que se había vuelto a ver un jaguar en la Riviera Maya. De hecho, parece haber entrado en un hotel en Tulúm que se encuentra vacío. También había venido a desovar una tortuga laúd cuyo caparazón mide dos metros y que difícilmente aparece. En Venecia se ha limpiado el agua. Hay mucha menos contaminación. Y me pregunto, ¿estamos oyendo el mensaje que nos está llegando? ¿Nos estamos dando cuenta de que tenemos que encontrar, porque la hay, una forma mucho más amorosa de convivir con la naturaleza?



Así mismo espero estar encontrando más solidaridad entre nosotros. Saber que no hay de otra, que nos tenemos que ayudar y proteger los unos a los otros. Que hay que tender la mano a quien está más necesitado. Que en situaciones tan drásticas como estamos experimentando ahora lo mejor de nosotros puede y debe salir a flote. Estamos aprendiendo a apreciar, aún más de lo que lo hemos hecho hasta hoy, el calor del hogar. Ese abrazo de los nuestros. Apreciar al vecino que también tiene las mismas incógnitas y preocupaciones.

Quisiera tener la respuesta a todo esto que planteo. No la tengo. Lo que espero es que de esto tenemos que salir más humanos, más comprometidos, buscar una vida más simple. Pensar más en nosotros y menos en “yo”.



Voces en los días del coronavirus

Carlos Mastretta Guzmán, empresario



Voces en tiempos del coronavirus, eso busca Mundo Nuestro.

Sentimientos y pánico aparte, es obligado hacer unos pronósticos:

1.- Para el domingo de resurrección, el próximo 12 de abril, no habrá en México ni 20,000 casos ni 100 muertos.

2- Casos y muertos son inciertos, la quiebra, segura.

3.- La Fe cristiana demostrará su ineficacia.



4. – Si todo tiene un propósito divino, esto demostrará ser un despropósito muy natural.

5- USA acabará entendiendo que los errores se pagan, los electorales, más.

6.- El clima ayuda a los desprevenidos.



7. Nadie fue capaz de saber cuándo esto acabaría.

8.- El daño económico será mucho peor que el problema de salud pública.

9. Los enfermos totales no superarán el 1% de la población mundial.

10. Las personas fallecidas en total por esta calamidad no superarán 3 días de muertes diarias en el mundo.

11. Los muertos en México serán menos que los asesinados en una semana.

Y sí soy optimista.

(Fotografía de portadilla: el autor de estos pronósticos cuando era niño)

Voces e los días del coronavirus

Héctor Sánchez Guzmán, dentista



Ahora sí que la fiebre del Coronavirus está más fuerte que la fiebre de Oro en su mayor apogeo!!

Nadie habla de otra cosa, ninguno pensamos en otra cosa, lo venimos haciendo, prácticamente, desde que empezaron los primeros brotes en China. Yo fui de los que opinó que simplemente era algo pasajero e intrascendente, pero siguió creciendo. Luego cuando llegó a Italia, dije; bueno ahora sí, seguro hasta ahí llega!!

¡Y qué se la devora! Al igual que a España y a Estados Unidos, Y ahí viene... ¡Y ahí viene! ¡Y parece que no llega! Sigo esperando de corazón que no nos pegará tan fuerte, que en México somos chingones y nuestro bendito valemadrismo nos salvará. Y escucho la advertencia de Italianos y Españoles; a nosotros nos pasó lo mismo!!

La realidad del asunto es que aunque sigo creyendo que no nos irá tan mal, que aunque Amlo no da pie con bola, de corazón espero que, al menos en esta única, tenga razón!!

Hasta ahora no ha llegado la ola, o la han podido tapar con "neumonías atípicas". El tsunami vendrá, eso es innegable, pero sería maravilloso que no fuera tan apocalíptico como parece.



Dentro de esta fiebre del Coronavirus, estamos todavía más inundados, por todo tipo de especulaciones acerca del origen y consecuencias que tendrá. Sí, también estoy seguro de que cambiará al mundo como lo conocemos. Que nuestra vida como la conocíamos ha quedado atrás, así como quedó atrás nuestra adolescencia.

Hay también muchísimos remedios, curas y sanaciones para no contagiarse o salir de esto. Al final, todos, TODOS, estamos ante una realidad: No tenemos idea de lo que nos espera!! No tenemos ni la más remota idea de cómo será nuestra vida cotidiana. Ante esto, lo que la mayoría siente es MIEDO!! Bueno, no miedo, pavor; el pánico más espantoso, jajaja.

Como contraparte ha sido impresionante la cantidad de mensajes, memes, videos, escritos, etc., animándonos a estar en el AMOR, ¡a soltar el temor! En verdad es maravilloso ver esta explosión de tanto positivismo y consejos verdaderos. Nunca imaginé que hubiese tantos en el mismo canal.



Sí, yo también soy de los que pensamos que esto es el mayor regalo de la vida, que nos lleva a despertar a una mejor idea, un mejor sentir, una vida más congruente de la que hemos vivido hasta ahora.

Sin embargo, aunque es muy fácil decir; "no temas, nomás pásate al amor". Cuesta trabajo tomar esa postura. Podríamos especular y alegar que sí es así de fácil, pero sería como tratar de razonar con un niño asustado. Lo que termina moviendo al niño es cuando la madre o padre le dice; confía en mí!!

Realmente, ¿qué hace falta para confiar? ¿Saber el resultado de antemano? Claro, sería ideal. Sin embargo lo único seguro es el cambio, y lo que menos nos gusta es cambiar.

Hay una manera que nos ayuda a confiar y es puro sentido común, es tan sencilla que a muchos nos pasa de noche, esta es; sin importar lo que venga, aunque no tengamos ni idea de cómo lo podamos resolver, no será mejor elegir pensar que algo bueno vendrá, que saldremos adelante, que podemos confiar, en lugar de darnos por perdidos de antemano? ¡Claro que SÍ! Pero qué tal, parece que para aprender a confiar, hay que confiar de antemano, Y sí, ese es el truco.

¿Necesitamos una razón para hacerlo? En realidad no. Justamente es lo que creo: la vida nos está ofreciendo, la oportunidad más clara para confiar,

Así que, será el sereno, yo hoy elijo ¡CONFIAR! Confío en la humanidad. Confío en nuestro país. Confío en que todos estamos unidos. Confío en que todos actuamos de manera responsable, se vea cómo se vea. Confío en la vida. Confío en el bien. Suficiente de dudas e incertidumbre, las probé de antemano y se multiplicaron. Al igual como se multiplicará la confianza. Y lo más importante: confío plenamente en todos y cada uno de nosotros.

Ya es hora de dejarle de temer a esta pinche fiebre. ¡Sí, se puede!