Voces en los días del coronavirus

Voces en los días del coronavirus

Mundo Nuestro. Vivimos tiempos que marcarán la historia del mundo. COVID-19, le dicen los enterados. Coronavirus, para el vulgo. En esta mudanza estamos en el arranque de la primavera del 2020. De ahí recogemos estas voces.

Voces en tiempos del coronavirus

José Luis Pandal, comunicador, historiador



Hace muchos años, mientras tomábamos ron en su casa y hablábamos del Comandante, con la discreción que se acostumbraba entonces, un querido amigo cubano me regaló varios libros, de esos que editaba el ministerio de Cultura y distribuía entre la población.

Entre estos, había uno que se llamaba ‘La prisión fecunda’ y contaba como se había organizado una escuela de pensamiento y reflexión entre los condenados por el asalto al Cuartel Moncada que se encontraban presos. No encuentro el ejemplar en este momento ni recuerdo datos del autor o autores, cuando lo halle los haré saber.

Por otro lado, cuando era joven, se decía, ‘paren el mundo, que quiero bajarme’, a modo de rebelde protesta. Seguramente alguien produjo la frase, ¿sería Quino?, y tuvo éxito.

Traigo a la memoria estos recuerdos para pensar, a la luz de las circunstancias, qué hacer con esta condena al aislamiento que a mí me imponen, no lo hubiera esperado, los que me quieren, no los que me odian que espero sean pocos y no tan furibundos, en este mundo que de repente se detuvo.

A muchos, a la mayoría en nuestro país, el parón les cambiará poco la vida; seguirán muriendo de pobreza, de ignorancia, de violencia y de superstición o sobreviviendo con astucia, maña, trabajo durísimo y fe en un mañana menos cruel.



Pero a los privilegiados, que tenemos manera de aislarnos sin hambre ni carencias mayores, nos toca pensar. No puede ser, no debe ser, que esta circunstancia nos deje como nos encontró, con avaricia, envidia, individualismo y poca conciencia del otro, el llamado prójimo. Nos deje contaminando el mundo, acomodándonos en el sistema patriarcal y explotador, que exprime lo mismo naranjas que personas y arroja desechos industriales o sangre de víctimas donde se pueda.

Tenemos que definir qué mundo nuevo queremos, por donde seguimos caminando, cómo producimos lo necesario y repartimos lo indispensable. Qué hacemos para darnos nuevas normas de convivencia, gobiernos que nos sirvan, industrias y negocios que consideren las necesidades humanas y no sólo las utilidades. Un mundo que no tolere la desigualdad abismal, que se avergüence del hambre de otros, que entienda que la acumulación desmedida es vía para la extinción del género humano.

Creo que asistimos al final del sistema político que ha dominado los últimos años desde principios del siglo veinte. El capitalismo neoliberal depredador está en su fase terminal y el socialismo tradicional se está ahogando en palabrería y demagogia, ineficiente e ineficaz; no van más.



Pero no cambiará el mundo sólo porque apareció un virus que también mata a los privilegiados. Hay que pensar, teorizar, ensayar nuevas formas, otros senderos, mejores alternativas. Eso toca a filósofos, políticos, economistas y toda gama de científicos.

No será inmediata la transformación de la humanidad, pero la tecnología y la comunicación que cambian velozmente, ayudarán a acelerar la evolución-revolución de la sociedad.

Yo creo que el feminismo, con lo que significa de igualdad, democracia, respeto a los derechos humanos y exaltación de valores reales, por un lado, y el ecologismo, con la importancia que da al cuidado de la casa común, al medio ambiente donde todos, al fin, respiramos, son el camino hacia el mundo nuevo que urge encontrar.

Estos movimientos son incontenibles. Cambiarán las cosas, más pronto o más tarde, según la resistencia que encuentren, y construirán mejores estructuras que aliviarán al planeta. Eso creo y, desde luego, eso quiero.

Voces en los días del coronavirus

Gerardo Sánchez Yanes, comunicador, conductor de noticias en radio



Tiempo extraño, tiempo oscuro con momentos muy luminosos, tiempo de heroísmo y de egoísmo a la par, tiempo de muchos datos y de muy poca información, tiempo de incertidumbre, tiempo inédito.

No estaba preparado para lo que llegó. Se sentía y se veía lejos muy lejos. Aun cuando sabía que era inevitable que llegara, algún tipo de defensa emocional lo hacía sentir lejano, ajeno. Mi parte racional sabía de la inminencia, de lo inexorable.

El miedo es un pésimo consejero y en mi actividad actual, con un micrófono público y la responsabilidad que conlleva, tengo que ser muy sereno, prudente y creativo.

Me doy cuenta de que muchos ya estamos saturados de la información de la pandemia y sus consecuencias económicas y de salud.

¿Cómo lograr darle a la audiencia información práctica, sustentada y de una forma amable?



¿Le sirve de algo a mis escuchas saber cuántos contagios, cuántos muertos o cuántos negocios han cerrado?

¿Cómo hago para poner un granito de arena en medio de esta crisis?

Estoy convencido de que hay mucho más luz que oscuridad en este proceso. ¿Cómo lo trasmito?, ¿cómo lo investigo?, ¿cómo lo cuento?



Tengo claro que esta crisis sólo la podemos afrontar con cierto éxito de manera solidaria, unidos, hombro con hombro, pensando y actuando más allá de nosotros. *Buscando la forma de ayudar al otro, siempre habrá alguien que lo necesite más que tú.

Constantemente me pregunto, ¿qué debemos aprender de este tiempo? Y después de muchas respuestas que aparecen en mi mente me quedo con una palabra: equilibrio.

Equilibrio entre la distribución de la riqueza. Nunca, desde mi punto de vista, ha sido más clara la desigualdad. Hay quienes podemos recluirnos sin mayor daño, hay muchos más para quienes hacerlo es un asunto de vida o muerte.

Equilibrio con la naturaleza, con nuestra madre Tierra. Somos los humanos el peor virus que ha conocido nuestro tiempo.

Equilibrio entre mis intereses personales y saber que vivo en una comunidad, que soy parte de un todo, un engranaje más.

Equilibrio entre ese ser desbocado que trata de vivir la vida a toda velocidad y el regreso a la esencia de lo básico, de los amores profundos, de la convivencia cercana, de lo que nos hace humanos.

Mi gran duda es si como humanidad tenemos la disposición y la capacidad de aprender la lección.

Voces en los días del coronavirus

María Antonia Yanes Rizo, dramaturga y experta en casting



Es viernes 27 de marzo. Salgo de mañana por primera vez desde hace cuatro días. He ido de la sala al comedor, de la recamara al baño. Subido a la azotea. Desde mi balcón observo un silencio profundo. Ni los perros del edificio parecen querer ladrar. Es temprano, en un viernes normal las avenida estarían congestionadas de coches y prisa.

Los pequeños comercios están cerrados. Uno que otro coche pasa y circula. Hay una sensación de ilegalidad. Llego a la farmacia. Un viene, viene se aproxima al coche para abrirme la puerta. Le pido que no lo haga.

Entro a la farmacia. Los empleados tienen tapabocas. ¿Estarán enfermos?

La Secretaría de salud ha dicho que los tapabocas solo se usen si estás enfermo, para no contagiar. Hay que dejárselos a los enfermos, pero en la farmacia parece no importarles. No hago fila, de inmediato me dan la medicina que pido.

Al darle mi tarjeta el empleado me pide que la introduzca a la terminal con mi mano. Supongo que es una medida de higiene. Me parece bien. Sin embargo me extiende su pluma, una insignificante pluma Mac que debe tener todos los virus de todas las firmas, de todos los clientes. Con la mirada busco gel antibacterial y me baño las manos con él. Salgo. El viene, viene se acerca a mí. En ese momento pienso que no quiero darle la propina en la mano. Tampoco puedo aventársela. Coloco la moneda en el techo de mi coche y le indico que se acerque. Me doy cuenta de que todo lo que toco es un peligro.



Me dirijo a Wall Mart. El estacionamiento está casi vacío. Me acerco a los carritos de auto servicio. La misma imagen recorre mi mente; todas las manos de todos los clientes que han tocado la barra del carrito, que un empleado me acerca. Esta vez saco de mi bolsa un gel que yo llevo.

Camino directo a la sección de frutas y verduras, hay poca gente. Tomo algunas de las frutas que necesito. A un lado está la panadería. Todo el pan empacado en cajas, un letrero de advertencia explica que por seguridad de los clientes toda la mercancía estará empaquetada. El panadero tiene un tapa bocas. A mi lado un cliente con un tapabocas negro que me recuerda a Antony Hopkins en la película El silencio de los inocentes toma algunas latas.

En los anaqueles hay varios letreros que advierten que la mercancía se ha agotado, sin embargo tienen mercancía. Tomo un par de leches pequeñas, unas latas, y bolsas con nueces y almendras. La imagen regresa; imagino las manos de todos los empleados, de todos los empacadores y de todos los cargadores que las han tocado. Saco de nuevo mi gel. Los ojos del cliente Hopkins me observan.



Voy hacia las cajas quiero pagar rápido e irme. La cajera no tiene tapabocas. Tampoco hay nadie que me ayude a guardar las cosas. Me extiende la pluma y en mi mente están otras vez esas manos anónimas que dejaron su huella y el coronavirus en esa pluma. Firmo. Me pide mi boleto de estacionamiento y otras vez pienso que ella va a tocar el boleto. Camino apresurada hacia mi coche. Quiero llegar rápido a mi casa a lavarme las manos. Me arde las garganta. Aun así me detengo a ver una enorme jacaranda haciendo sombra. El sol hace que el silencio se vuelva distinto.

Llego a mi casa siento que he recorrido una enorme cantidad de obstáculos. Saco las cosas de las bolsas. Lavo cada lata, cada leche. Desempaco las nueces y las almendras. Tiro las bolsas. Me lavo las manos.

Estoy cansada, me asomo al balcón. Todo sigue igual. Y a mí me duele la garganta. Me tomo el Omeprazol que me recetó mi amigo Hugo, que se llama igual que el otro Hugo el Sub secretario de Salud, que ya parece Secretario y Presidente, lo que tienes es un reflujo que te irrita la garganta. Pregunta si he tenido fiebre, le digo que no.

Ahora tengo calor. Me toco la frente y la siento caliente. Debajo del brazo coloco el termómetro digital que por fin encontré después de recorrer varias farmacias, es el más barato. Marca que tengo 35 grados. Lo vuelvo a colocar ahora dice que tengo 34.5. El termómetro no funciona. El dolor de la garganta ha disminuido. El silencio continúa. Me siento a mirar pasar la mañana. Y es cuando me acuerdo las veces que he tocado tantos objetos, tantas manos, tantas espaldas y brazos. Y pienso en mi amiga Mónica que murió el domingo y yo no he podio llorarla.

Extraño los abrazos y comer con mis hijos y toser sin miedo y ya no quiero lavarme las manos una vez más. Las siento secas y rasposas de tanto jabón.

Por rutina tomo el teléfono; los mismos chats de siempre, cada vez más duros y más absurdos. Me digo que ahora sí voy a salirme de algunos, ya nos los aguanto. Ponen la misa del papa al tiempo que desean que “López Obrador tenga coronavirus por irresponsable”.

Esta Pandemia me ha llevado a la más grande de las soledades. No por estar encerrada sino por oír lo que dicen, odio y resentimientos desmedidos. ¿Quién tiene la razón? Limpio mi celular con alcohol y gel. Y pienso que ahora sí tal vez me salga de los chats donde lo único que siento es impotencia por leer todos esos mensajes en los que no les importa lo que piensen y sientan los otros. Ahora sí escucho algunos ruidos y el ladrar intenso de una pelea los perros del edificio.

Voces en los días del coronavirus

Gabriel Wolfson, escritor



Hay una parte, una zona, entre los miles de comentarios, las miles de tomas de palabra que he leído en estos días de semiencierro, que me conmueve. No: prohibido el verbo conmover. No sé qué decir. Una zona de pequeñas ayudas, pequeñas y discretas, de compartir hallazgos, de chistes desesperados. En especial eso, la burla aterrorizada, las ganas de aligerar, sobreponerse. Y la otra zona, de imponerse. Regañar, alzar el dedo y la ceja, convocar la culpa. La pintura de la catástrofe casi orgullosa, el “se los dije”, o bien el mural de la perfección, el sueño de una tarde dominical, luego de la cuarentena, en la alameda de la 4T.

No sé qué decir. Cómo dejar constancia de que me gustaría guardar silencio, convenir varios, todos, en callarse tantito.

Mi madre debe cuidarse. Salió hace muy poco de una gripa con tos muy fuerte. Tiene 72 años. Lleva muchos trabajando en un laboratorio. Aun con las precauciones, lleva décadas respirando sustancias extrañas, sus pulmones no han de ser los más resistentes. Platicamos, a dos metros de distancia, uno y otro a cada lado de la reja de su edificio. Su gato, dice, ya está harto de ella, de que esté en casa todo el día.

O bien, la vasta región de los textos expertos, sensatos, de las gráficas en tiempo real, de los grados, puestos, currículums, que avalan uno u otro análisis. Leemos cosas informadas, especializadas incluso, y concluimos: sepa. No tenemos ni idea. Tranquilos.

Veo a mis alumnos en la pantalla. Hay una intimidad curiosa, la de saber que cada uno estamos en nuestras casas, en nuestros cuartos o estudios o patios. No sé cómo, hay momentos en que la clase fluye, la tomamos en serio. A la vez, al margen, en el chat se deslizan chistes, caritas. Nada, sin embargo, como la presencia. Que nadie por favor vaya a derivar de estas semanas de clases a distancia que se puede proseguir así, bajo este modelo. ¿Se puede? Claro. Ahí están las ted talks y demás tonterías. Pero educar, educarnos, no es eso.



Una sola salida al día. A las 7, más o menos, ya sin el sol absurdo de esta semana. La acompaño, ella camina en la banqueta, yo en la calzada, entre uno y dos metros de distancia. En las mañanas –antes– la colonia acoge al menos a diez tamaleros, cuatro vendedores de jugos, puestos de café. Una camionetita que lleva todo lo necesario para repartir desayunos banqueteros. Coches estacionados hasta en las esquinas curvas. Tacos de canasta, botes o sillas para apartar lugares, camiones en carreritas. Y en las tardes –antes– a la inversa: la película del panal corriendo al revés. Ahora, a las 7, de pronto no pasa nada. Apenas se enconcha el olor a lluvia. Yo aprovecho para arrancar los anuncios pegados en los postes, excepto si son de búsqueda. De mascotas o personas. Y de pronto nada. A lo lejos tres siluetas. Ningún coche. Mi madre aprovechando sus únicos 20 o 30 minutos afuera de su casa. El olor, la calma. Luego de todo esto, si es que existe un luego así de fácil, habrá, eso es, habrá que recuperar la ciudad.

(Foto de portadilla: Günter Petrak)



Voces en los días del coronavirus

Luis Lapuente, teziuteco, Maestro en Programación Neuro Lingüística Certificado en The First Institute Rahard Bandler



Marzo del 2020, por fin entramos a la etapa en la que vemos en la televisión a los italianos y españoles cantando en los balcones de sus departamentos, se entretienen unos con otros y unos a otros, le dedican canciones a médicos y enfermeras, médicas y enfermeros, valientes profesionales que se están jugando la vida con equipos sofisticados en hospitales equipados e improvisados. Los comentaristas narran aciertos y errores cometidos en la heroica tarea de defenderse del CORONA VIRUS que avanza haciendo crecer el número de contagiados y muertos; también los números decrecientes de los chinos, las primeras víctimas de la pandemia, que recuperan poco a poco su bienestar; vemos cómo el personal médico de la ciudad china donde empezó la tragedia se quitan los tapabocas enseñándonos sus caras sonrientes de ya pasó, tengan confianza y échenle ganas, como decimos los mexicanos.

En los Estados Unidos de Norteamérica Trump dice sandeces y presume del poderío gringo y aprovecha la ocasión para molestar a los chinos, pero la llegada del virus a USA no se demora y su expansión resulta exponencial como en China, Italia, España y todas las demás naciones de globo terráqueo.

En México Don Ocurrencias aprovecha la oportunidad para hacer de las suyas, mientras el pequeño López (subsecretario de salud) recomienda la sana distancia, el estornudo sobre la manga, el saludo con el codo, evitar aglomeraciones (como las del inevitable METRO de la CDMX), lavarse las manos y usar “gel antibacteriano”. Don Ocu (como le decimos los que le queremos…) continúa con sus asambleas en pequeñas poblaciones, reparte besos y abrazos, diciendo en todas ellas prácticamente lo mismo: “los culpables son los conservadores, neoliberales, mis adversarios, culpables de que: prácticamente de todo”. En las conferencias mañaneras del Palacio Nacional, Don Ocu jura hacer lo recomendado por el pequeño López, luego a la calle hacía exactamente lo contrario ¡viva México!

Frente a los Hospitales del Gobierno se multiplican las manifestaciones de médicos y enfermeras, se quejan de que no cuentan con medicinas ni elementos de protección sanitaria como guantes, cubre bocas, batas, instrumentos de quirófano, etc. Se manifiestan también los padres de niños con cáncer, se quejan de la falta de medicamentos para las quimioterapias de sus hijos. Se quejan las señoras con cáncer en los senos, cuyos tratamientos fueron suspendidos días después de haber protestado Don Ocu como Presidente de la Republica. Se quejan los miembros de la Policía Federal de haber sido despedidos sin indemnización. En diferentes Secretarias de Estado se quejan despedidos sin indemnización por casa de recortes presupuestales.

Todo este sainete nacional se comunica por todos los canales de televisión. Pero ya toma relevancia el coronavirus. Los discursos mañaneros toman al fin la dirección del Virus y el tema gira hacia el titipuchal de elementos sanitarios, médicos y enfermeras debidamente protegidos, camas de hospital, respiradores mecánicos, etc. Etc. Debo aclarar que todo ese titipuchal antivirus es literario, porque médicos y enfermeras se siguen quejando de falta de todo. Un médico amigo de muchos años y una médica vecina coinciden en que en el hospital regional de mi pueblo carece hasta de papel del baño.



Ya para entonces las recomendaciones de la sana distancia, el estornudo en el antebrazo, evitar aglomeraciones, etc., es un tema de mayor frecuencia e intensidad. El temor de la población también crece; las asambleas campiranas de Don Ocu siguen igual, muy nutridas, besos y abrazos del presidente a los asistentes, la misma historia. He llegado a pensar que Don Ocu cree que los habitantes de las comunidades no tienen televisión y no se enteran de lo que recomienda el pequeño López y que los televidentes de las ciudades no ven las noticias filmadas de las visitas del Presidente a las comunidades. Todo esto porque en una mañanera un periodista le pregunta al pequeño López, si no es peligroso que Don Ocu esté besando y saludando de mano a sus visitados en las comunidades; el pequeño López monta en cólera y aclar al periodista que la energía del presidente era moral y por lo tanto trasmitía fortaleza.

Para ser congruente con la intervención airada de López ante el periodista, a Don Ocu se le ocurre una idea extraordinaria que lo hace más famoso en el mundo: saca de su bolsa una estampita del Sagrado Corazón y la muestra a los presentes en la conferencia y a las cámaras de TV, y nos dice: “ésta es mi protección”, unos lloramos de emoción y otros nos reímos a carcajadas,

Yo creo que tanto la risa como el llanto son curativos o por lo menos consoladores.



Hasta aquí vamos por ahora en esta breve encerrona sanitaria, las ocurrencias del Presidente han ocupado gran parte del dialogo conyugal en mi caso, si esto tomara otro giro prometo comunicárselos.

Voces en los días del coronavirus

Jaime Sánchez Guzmán, ingeniero y agricultor toda su vida.

Sergio, espero te sirva lo que se me ocurrió, son ideas sueltas que me salieron de mi misma cabeza, dijera el campechano, casi sin pensarlas.



Era tan feo el pobre, que Beto el encargado del rancho le puso de apodo “el Virus”. Desde luego en esos tiempos, el bullying se practicaba de manera cotidiana y ni el mismo maistro Virus se molestaba, o por lo menos aguantaba vara.

Ahora que estamos empezando a convivir con el recanijo COV-19, lo que cuento me ha regresado a la memoria; no sé si como ironía o evasión, o como virulento y malicioso ocio.

Ayer salí a la calle, y éstas, mucho menos transitadas, me hicieron recordar mi época de la secundaria, es un poco ocioso y hasta irresponsable recomendarlo, pero no creo que ver las calles tan vacías se repita, o como decía la nana Pipa ¡Ni Dios lo quiera, niño! Pensándolo bien, ojalá se siguieran viendo así, sin tanto automóvil, con más bicicletas y mejores servicios públicos de transporte y en general. No sé si el aislamiento cause alucinación, en mi caso creo que sí.

Que si salir, que si no. Tanto se escucha y se lee del tema coronavirus, que ya me siento empachado. Ya sea desde la azotea o de la banqueta, hay que salir a respirar y echarse unas buenas aspiradas de aire limpio, el que imaginemos más parecido al aire del campo. Y si es posible con un sorbito de té de manzanilla o hierbabuena, es la receta más parecida al tenmeacá de mi niñez.

Marzo 26 2020



Voces en los días del coronavirus

Ruby Soriano, periodista y politóloga



Regreso a los orígenes de una soledad acuñada desde la cuarentena sorpresiva que inundó mi cotidianidad en la vida misma, para mostrarme vulnerable frente a los tiempos virulentos que ponen en riesgo finanzas, familia, proyectos.

Vivir el encierro en la catártica demora de pensar qué hacer y cómo resolver todo lo que vendrá, no es fácil.



Figuro en el ejército de los que no podemos permanecer tanto tiempo en el encierro, y no por gusto, sino porque vivo de mi trabajo independiente.



Desde hace años camino en la dualidad de la mujeres rebeldes que han roto con los estereotipados modos de vivir en un núcleo familiar. Esta libertad me lleva a reinventar diariamente mi pequeño nido que se mueve de acuerdo a los modos, afectos y exigencias laborales.

Desde hace 25 años vivo y escribo sin retoques. Hallé en el periodismo la forma de mirar lo que hoy veo desde mi parcial encierro, con la agudeza y sarcástica ironía de describir momentos, cuestionar a personajes e increpar a políticos.

Del otro lado de la moneda, acuño mi bastión de opciones en un barco propio, donde mi empresa navega a contracorriente, sin más destino que mi independencia.

Han sido horas de muchos silencios, pensando en la peligrosidad y rápida propagación de un virus que ponga en jaque mi salud.

Soy estruendosamente animosa para buscar los rasgos de oportunidad y volver a tender las redes.

A veces me cansa ser nómada, ir de puerto en puerto asesorando Señores de Horca y Cuchillo, los mismos que manejan los hilos del poder. Y sin embargo, mi trabajo alienta pasión a mis sentidos para olfatear con asertividad puertas abiertas.

Pienso en la marea de fallos que se cometen por parte de autoridades empeñadas en politizar, dividir y confrontar en tiempos donde una sociedad está quebrantada por el riesgo de perder la salud.

También pienso en los aciertos, que desde abajo, empuja una sociedad mexicana acostumbrada a desafiar la muerte.

El encierro de los últimos días, lo apaciguo escribiendo. Mi computadora y teléfono son los antidepresivos para producir cientos de opiniones, frases y textos. Me gusta generar ideas que se transformen en proyectos. Pienso como unir, conectar, vincular.

También pienso en las mujeres que como yo vivimos puramente del trabajo que hacemos al dar una asesoría, un curso, un seminario.

Entiendo la angustia de quienes tienen familias numerosas que en el propio encierro saben que habrán de salir para vender lo que tengan a la mano y soportar los meses por venir.

El espectáculo de las pandemias

En este encierro intento pero fracaso dosificar lo que leo, oigo y veo en las redes sociales. Mi naturaleza es vivir de la información.

Voy del desencanto al arrebato de mentar madres a muchos políticos y funcionarios que han hecho de esta pandemia un verdadero espectáculo.

Desde los que se sienten deidades hasta los que usan esta terrible circunstancia para confrontar, desafiar o mostrar una ignorancia disfrazada de excesos de poder.

Sería bueno que los señores y señoras de la política también armaran un fondo de apoyo a la ciudadanía. Este es el momento que dejen de darnos videos o sólo contenido digital en sus redes sociales.

Alejandro Armenta, Nancy de la Sierra, Nadia Navarro, Fernando Manzanilla, Nay Salvatori, Inés Parra, Verónica Sobrado, Roberto Moya, Nelly Maceda, Lucero Saldaña y muchos otros que tienen sus dietas aseguradas para los próximos meses, es momento que devuelvan por lo menos en recursos y apoyo lo que anualmente perciben gracias a los votos o apoyo de una ciudadanía que los llevó a tener su curul.

A los que llegaron ahí no por votos, con más razón tendrían que valorar cómo ayudar.

Es momento que se bajen de la silla y extiendan la mano no para RECIBIR sino para DAR.

Mujeres Poderosas

Desde hace tiempo fomento la dinámica de reunir a mujeres de la política, las empresas, el activismo, la comunicación, la consultoría y la gobernanza entre algunos otros sectores.

Me gusta sentarlas en una misma mesa donde puedan coincidir y disentir. Que entre todas abramos ojos y oídos para dar paso a la tolerancia, la inclusión y la diversidad.

Ahí entre todas hemos construido cadenas de sororidad, no para el reflector o para hacer negocios a costa de posiciones.

Ahí hemos hecho intercambios de ideas que van sumando.

En estos momentos de incertidumbre, comparto con ellas la suma de acciones desde sus diferentes escenarios para instalarlas a apoyar, a movilizar desde sus bastiones la ayuda y el apoyo sin etiquetas políticas.

El poder también se ejerce desde una pluralidad con madurez que permita movilizar la conciencia social de quienes tenemos a la mano.

Hoy algunas de ellas han extendido la mano, no sólo a mí, sino a más gente, como yo también extiendo la mía en este escenario donde, como en la cubeta de cangrejos, tenemos que empujar pero hacia arriba.

Cierro este texto con una mirada futurista de optimismo, porque elijo creer que cualquier circunstancia se revierte con la decisión de salir, de empujar, de crear y ayudar al que siempre necesita una mano mayor a la que nosotros podemos requerir en estos momentos.

Que la virulenta cuarentena nos enseñe cómo construir una mejor sociedad.

@rubysoriano

mediatikosconsulting@gmail.com

Facebook: Mediatikos Consulting

Voces en los días del coronavirus

Carlos San Juan, historiador



…y peor a mis vecinos, me dice Miguel, un joven espigado quien me vende una malla jardinera. --Si apenas y tenemos agua para tomar, imagínese don, malgastarla lavándonos las manos. No jodan.

Camino por los puestos de la central de abastos de Cuautla a las nueve de la mañana.

--Han bajado los marchantes, pero gracias a dios no nos faltan --me dice doña Refugio que vende nueces y arándanos. Los que hacen su agosto son los puestos rebosantes de naranjas a 25 pesos los 5 kilos, y los paquetes de limones criollos pues el pequeño y amargo sólo se consigue en el super.

Subo a mi bici rumbo a la Mega por un buen pescado. Los pasillos, casi vacíos, son desafiados por una banda de la tercera edad que se apiñona en los panes. Una señora canosa y altiva se come sin pudor y gratis un pastelito. Por la avenida Reforma y en las esquinas del Hospital General se mantienen contra viento y marea las trincheras perennes de la economía popular. Ahí se levanta el humo de las tamaleras. Aquí se desprenden los aromas de los atoles de piña y guayaba. Mas allá los tacos acorazados, uno de los secretos de la sobrevivencia morelense. Hay de pollo empanizado, de un bistec sospechoso y de carne enchilada. Son del tamaño de un plato.

Le pregunto al policía que resguarda la puerta principal del Hospital General: ¿Cómo van? Tranquis, dice, y me invita un cigarro. Regreso a salvo a Tetelcingo sin el castigo del calor africano de 36º grados. En el jardín las buganvilias avanzan sin piedad sobre los muros de la casa y le tejen un manto a la medida, amarillo, anaranjado y violeta. Los guayacanes explotan en manojos de flores blancas y rosas que se cuecen rápido en el sol de las doce. Ni una nube en el cielo de un azul que asusta de tan bello.



Llega don Francisco, un viejo jardinero, y colocamos la malla en una sombra de gruesos otates para proteger a las suculentas y a los cactos enanos. Trabajamos un rato abonando y cambiando tierra a las macetas. Es mi maestro. Me dice que por fin le entregaron su pensión de viejito. --Pero no le llega a mi mujer y bien que nos urge, ella también es viejita.

A las 5:30 el sol inicia su lento declive. Prendo la computadora y los whats hierven de opiniones encontradas, de partes de guerra con el número diario de muertos y heridos, de consejos y tips para evitar el contagio. Imagino un ritual no exento de ironía: primero convocar al miedo y la discordia, y luego los conjuros seculares contra la peste. Como en todo videojuego es muy fácil salir del apocalipsis zombi. Le apago, adiós Whats.

A las siete, ya con los primeros vientos que bajan del volcán y amansan el incendio cuautlense, llega puntual mi amigo David. Platicamos bajo los árboles degustando el sabor exquisito de una amistad de más de 45 años.



--¿Qué tal te va con el encierro?

--Bien, sin novedades --respondo.

--En mi caso cerramos la casa de la editorial, pero estamos trabajando por Internet, al momento, sin mayor problema.

Se nos va la noche recordando un viaje que hicimos a Zirahuén cuando éramos unos muchachos. El búho empieza a entonar su canto. Los murciélagos danzan tras su comida. Regreso a casa y reviso un pequeño librero de favoritos, tras un librito de Marco Aurelio con una frase que resuena en la memoria: “No es la muerte lo que un hombre debe temer. Debe temer que nunca empiece a vivir”.

Carlos San Juan Victoria

Tetelcingo, Morelos.

27 de marzo del 2020