Sociedad

Miércoles 21 de septiembre. Cae el día en el pueblo. A la hora incierta de la luz en el poniente Chietla sigue sacando escombro de las casas. Las manos de chango y los camiones materialistas trajinan ahí donde las montoneras son tales que impiden todo tránsito. Todavía pasarán días enteros sin que las familias sepan cuál será el destino final de sus casas.

Estos retratos guardan el momento. Al interrogante por el futuro, sin embargo, añaden la memoria. Y por ella a la ruta hacia una historia que merece contarse.



Soledad y Filogonio

Filogonio mira jugar a sus nietos en el jardín, al fondo de una casa grande, sobreviviente del terremoto con todo y sus adobes y sus concretos acumulados en una construcción abigarrada por dentro pero hermosa por fuera, que ahora evalúa un grupo de arquitectos.

La casona de Soledad Anzures Vázquez en la calle de Guerrero 24 es de las más viejas en Chietla. 200 años le calcula su marido Filogonio Jorge Cabrera Campos. Nombres largos los suyos, como los años de este edificio de dos pisos con muros que rebasan el metro en su planta baja. El techo se mira entero, con sus fuertes vigas de mamey, en el mejor estilo de las construcciones en este pueblo. Las grietas se ven en el segundo piso, al que le plantaron una losa enorme que lo cubre por completo, en un ejemplo fiel de las modificaciones que la gente ha hecho en sus casas a lo largo del tiempo.



Filogonio acompaña a las arquitectas Karla González, egresada de la BUAP y empleada de la empresa COADUVE Construcciones, y Diana Ortega, supervisora de obras en el ayuntamiento de San Pedro Cholula, quienes han llegado hoy a Chietla por su cuenta a colaborar en la evaluación de las afectaciones provocadas por el sismo.

“Tenemos que ver qué tan afectado quedó el muro –dice Karla en la azotea, y confirma lo que los arquitectos traen a flor de boca--: cada sistema funciona distinto, y aquí han metido la losa sobre el adobe… Es muy difícil hacer un diagnóstico. Y si usted ve, la humedad en las paredes también ha hecho su parte.”

Qué difícil hacer un diagnóstico. En eso medita Filogonio, pero no lo veo muy preocupado por la plática con las arquitectas, sobre todo si en la planta baja tratas de abarcar con la vista los enormes muros.

“Mire –me dice la señora Soledad mientras arriba las arquitectas y su marido continúan con la evaluación de los daños--, ya vino mi pastor, él es arquitecto, y ya nos dijo, no se preocupen, poco a poco recuperaremos la casa…”

El pastor. Soledad es cristiana. Y por esa ruta me explica su tranquilidad:

“El corazón debe ser de sangre, no de piedra…”

Esa frase me dijo Soledad.

“Esta es una casa de oración, señor. Por eso no tuve ningún temor. Simplemente cubrí a mis nietos y me dije ‘no va a pasar nada’. Esta casa es muy vieja, y aquí vivimos desde 1957, el año en que mi papá la compró. Él era comerciante ambulante, iba por los pueblos con su camioneta, vendía tinas, cubetas, bacinicas, molinos, vajillas, licuadoras. Así se hizo de esta casa. También era cañero, y antes de eso, sembraba jitomate, cebolla, melón, frijol… Pero a últimas de su vida, pura caña, como todas estas tierras. Y aquí murió. A sus 86 años, me dijo, ‘hija, yo vi nacer, te amo…’, y en mis brazos quedó. Nuestra familia viene de lejos, a mi abuelito lo trajeron de España a los siete años de edad, creo que para que no se lo llevaran a la guerra de África, no sé, pero por él aquí estamos.”

Baja Filogonio con las arquitectas. Sus nietos, despreocupados, siguen en el juego.

Las García

Magdalena y María de los Ángeles Cortés García son hijas de Juanita García, y las tres han perdido sus casas en la calle Victoria, a una cuadra del zócalo de Chietla. Juanita y Magdalena son vecinas, sus casas han compartido el muro medianero que este martes se derrumbó por la mitad. María de los Ángeles vive en la esquina, al otro lado de la calle. En la calle han dispuesto sus haberes, a la espera de llevarlos a algún lado, asunto que ahora no tienen resuelto. Y no son sus casas, las tres le rentan a una familia que vive en Guadalajara y que les cobra 1,500 pesos mensuales por vivienda. Desde hace 21 años.

Ahora todo lo resume Magdalena en una frase: “Van a demoler toda esta calle, desde allá, desde las casas grandes que dan al zócalo.”

Y remata María de los Ángeles: “Así es, señor, van a demoler todo lo que es el centro…”

Ahí están reunidas afuera de la casa derruída, las cuatro generaciones de mujeres chietlecas, las García.

Magdalena y María de los Ángeles viven de vender picaditas y quesadillas en el puesto que plantan en la esquina todas las tardes. Una semana trabaja una, otra semana la otra. Ahora todo está en entredicho. Y a pesar de ello, sonríen y platican con el extraño que les ha sacado plática. Por lo pronto no piensan en lo que será de sus cosas que han sacado a media calle. Piensan en sus hijas: “La escuela, señor, qué van a hacer las autoridades, los baños quedaron destruidos, no podemos mandar ahí a nuestras hijas.”

Luego me dicen: “Si viene mañana a medio día, puede probar nuestras picaditas, nosotras aquí estaremos.”

Migrantes

Juan e Isaac Cortázar Gutiérrez viven en New Jersey desde hace más de veinte años. Su trabajo en una plantación industrial de árboles en el campo les ha servido para construir sus casas en Chietla a la manera moderna. El temblor no les dejó buenas noticias.

Las dos casas se distinguen del conjunto por un hecho simple: no son de adobe. Las dos lucen sus dos plantas en un entorno de casas bajas. Pero las dos tienen dos cosas más en común: no están habitadas y no les ha quedado un muro sano en el segundo piso. Sus cuidadores ya les han mandado a los señores Cortázar una buena reseña fotográfica del estado en que quedaron sus viviendas. Uno de ellos se enterará de que tres de los gallos de pelea del grupo que en diez o doce jaulas vive en el segundo piso de su casa se encuentran entre las únicas tres pérdidas de vida en Chietla.

Recorro la casa de los gallos en la calle de Independencia esquina con J.O, de Domínguez. No hay un muro vivo

Pedro Rodríguez es el cuidador de la otra casa de los migrantes Cortázar, en la calle J. O. de Domínguez. A cambio le han permitido ocupar como oficina de Alcohólicos Anónimos la planta baja de la casa ubicada en la calle de Doña Josefa. Es el grupo “Tres Legados”, me dice mientras me permite ver el estado en el que quedó la casa. En una esquina de la habitación a la entrada están los retratos de los dos norteamericanos fundadores de esta asociación que establece 36 principios, con doce pasos de recuperación, doce tradiciones y doce conceptos de servicio que dan cuerpo al programa. Hoy no habrá reunión, pero para mañana aquí estarán conversando los miembros del grupo que encabeza Pedro desde hace años, cuando decidió de dejar la copa.

A la vuelta de la casa que cuida Pedro, sobre el muro en un costado de la iglesia de San Agustín, han pintado esta consigna:

“La fe es el medio para conocer lo que no vemos.”

Un hombre viejo

No hubo manera de comunicarse con él. A sus oídos sólo llegan murmullos inasibles. Pero él pregunta por un marro. Ha venido al pueblo en busca de un marro. No necesita por lo pronto algo más. No pide que un especialista haga una valoración de su casa. Ha aprovechado para que en la clínica improvisada en una carpa en el zócalo ausculten su pecho y le hagan preguntas que él se encarga de no responder. Luego ha ido al sitio en el que se acumulan víveres y otros enseres, palas, picos y marros, por ejemplo. Él pide un marro. A gritos acaban diciéndole que no pueden dárselo. Él no entiende porqué. Yo tampoco.

Ochoategui

Rocío Burgos Ochoategui es una reconocida psicóloga en la ciudad de Puebla. Su apellido paterno la liga a Chietla y a la casona en la esquina de la calle Morelos y Vicente Guerrero. Ella y su familia han organizado ahí un centro de acopio para distribuir en el pueblo toda la ayuda que en relación con la Volkswagen ha logrado traer desde la ciudad de Puebla. Por fuera la casa no se ve maltrecha. Por dentro los daños son manifiestos. Rocío afirma sin más que la casa entera tendrá que ser demolida.

La casa rompe con lo que he visto en Chietla. La construcción no, pues como la mayoría está fundada en adobe y techos con vigas de madera de mamey. La bóveda catalana ha resistido muy bien. Desde el jardín, frente al ángel en bronce y el árbol de tamarindo uno puede imaginar que la catástrofe no ha caído encima sobre el pueblo.

¿Entera?, le digo. Me lleva entonces a las habitaciones que esta misma mañana han terminado de limpiar de escombro. Los boquetes en los muros. Las grietas abiertas de lado a lado. Los candiles que se vinieron abajo.

No es fácil averiguar quién construyó esta casa. Pero en el pueblo recuerdan que un señor Ochoategui llegó un buen día vendiendo máquinas de coser, y pronto se estableció en Chietla. Familia de comerciantes, entonces. En el pueblo también se acuerdan de las hermanas de aquel hombre, conocidas como las Pepitas, quienes no se quedaron ociosas, pues establecieron una academia de corte y confección. Y una tienda de abarrotes. Y más, una funeraria. Con el tiempo la familia puso un hotel, el San Francisco, que hasta la fecha da servicio.

La de los Ochoategui es una casona de las viejas. Y la familia es de los apellidos rancios en el pueblo. Se reúnen en ella de cuando en cuando, para las festividades. Unos vienen de Puebla, otros de México. Rocío Burgos menciona a un tío suyo magistrado, un hombre que ha hecho mucho para el mantenimiento de la casa.

Pero ahora la palabra demolición se cierne sobre ella.

Dos tierras

Rubén Márquez, de oficio mecánico automotriz, observa el movimiento de un grupo de voluntarios desde la esquina de su casa. A las 3 de la tarde el calor arrecia, y no deja de ser cómica la carrera que traen a esa hora los jóvenes enfundados con palas y picos por la calle de Morelos. No se deciden y van y vienen y no salen de la esquina de Morelos e Iturbide.

“¿Dónde fue el derrumbe?” “Que está atrapado un anciano.” “Que por el rumbo de la clínica del Seguro.” “No, que fue atrás de la Iglesia.”

Por fin arrancan en un solo cuerpo hacia el zócalo, pues se han decidido por el rumor que los dirige hacia la iglesia. El mecánico Rubén y el arquitecto Efrén Meléndez Balbuena opinan que es mejor ir a ver si es cierto el motivo del ajetreo brigadista. Con ellos descubriré que Chietla tiene dos tierras: la barrosa, en la que se planta el pueblo viejo, desde el zócalo por toda la calle Vicente Guerrero que corre de norte a sur y desde la que se desplanta la cuadrícula de calles hacia el poniente, y que concentra la mayoría de la casas quebradas; y la del cerro, que ya contiene al templo y un conjunto de casas construidas sobre un durísimo tepetate y que no han resentido mayormente el sismo.

El templo de San Agustín, el más antiguo, justo por la llegada primera de los misioneros agustinos en el siglo XVI, se puede ver rajado su frente desde la entrada de un callejón sobre la calle Iturbide. Imposible acercarse: está cerrada la puerta de herrería en el arco de acceso. Sólo me queda la frase de Rubén que acompaña a cualquier chietleco cuando se refiere a esa vieja iglesia: “Dicen que hay un túnel que va a dar hasta San Francisco, pero aquí nadie lo ha visto…”

En la calle Victoria que lleva directo al zócalo desde la entrada al pueblo por el rumbo de Atencingo y la carretera federal, la vista es demoledora: los montones de escombro que la gente y los voluntarios sacan a la calle de cada casa. No hay una de la que no broten muchachos con botes y carretillas. Y soldados, también ellos sacan la casta. Nada sacan de la antigua arrocera, cuyos muros de piedra han resistido y permanecen en el abandono de décadas. Tampoco en el cine Carmela, igualmente cerrado y sin que alguien recuerde cuál fue la última película que programó. Hay pasados que ocurrieron hace tiempo en Chietla a los que el sismo ha respetado en su irremediable olvido.

La calle Victoria termina con dos casonas que hacen esquina con el Zócalo. Las dos están quebradas y la amenaza de picota es incuestionable, a pesar de que están en el registro que el INAH tiene de los monumentos históricos. El balcón en esquina de una de ellas es evidencia de su antigüedad. Ahí estaba el hotel Víctoria en la planta alta, y en la baja una de las tiendas de raya en manos de españoles que provocarían la revolución en México.

Dos tierras y dos épocas, me explican Efrén y el mecánico Efrén.

“Aquí hay dos épocas de caciques –me dice Efrén--, esa de los españoles y la que llegó después con el gringo Jenkins con sus caporales. De ahí vienen los apellidos que mandaron después de la expropiación: Austreberto Martínez, Franco Rodríguez y Filiberto Tapia.”

La casa de Franco Rodríguez, una de tantas de las que tuvo en Chietla, se encuentra entre las quebradas.

El templo de San Francisco se ve entero, aunque se le cayó tan solo la almena del campanario a la izquierda, pero la única torre está intacta y el cuerpo central y la cúpula no registran grietas ni riesgo. Han caído al menos dos de los angelitos que engalanaban los tres arcos del enrejado que circunda el atrio; sólo queda el de la derecha, que no deja de mirar circunspecto la recién estrenada plancha del zócalo remodelado justamente por el contratista Efrén Meléndez Balbuena. La herrería de ese pórtico todavía contiene bien amarrado el 1810 que asegura la memoria arquitectónica del templo.

El rumor del derrumbe y el anciano atrapado ha resultado falso. Y ni idea de a dónde habrá ido el grupo rescatista que vimos tres cuadas atrás. Decidimos valorar la situación de las casas construidas loma arriba, sobre la tierra dura.

Por la calle Cuauhtemoc rodeamos el cerro. Efectivamente, las casas han resistido, igual las antiguas de adobe que las de block y losa de concreto. Y sobre todo ha aguantado el templo de San Francisco, cuyos contrafuertes en arco lograron sostener la cúpula sin quebrante alguno.

“Quién se va a acordar de Chietla? –se pregunta el arquitecto y contratista Efrén cuando bajamos hacia el zócalo por la calle Jiménez, con el templo a la izquierda. Lleva todo el día analizando la incertidumbre de los pobladores con sus casas tronadas. Está convencido que muchas de ellas se pueden recuperar, y que ahora lo que se va a necesitar los más pronto posible son materiales de construcción, como polines, arena, grava, varilla, alambrón.

“Yo te tumbo y te limpio tu casa, eso es lo que propone el Ayuntamiento –dice Rubén, cuya casa ha sido declarada inhabitable por uno de los jóvenes arquitectos voluntarios que la ha inspeccionado--. ¿Y con qué vamos a levantar otra?”

De regreso en el zócalo, entre ajetreo de los voluntarios y la gente que revoletea en las carpas en las que se reparte el auxilio que ha llegado al pueblo, han plantado una palmera nativa. Yo no tenía idea de ello: “Chietla viene de la palabra chichitlán –comenta Efrén--, que quiere decir ‘lugar de la cosa amarga’, y se refiere al sabor del dátil, aquí todavía encuentras mucha palma como esa…”

Tiene sentido esa palmera. Chietla es la tierra caliente de Puebla. Tendrán que pensar en ello todos aquellos que quieran venir a ayudar a reconstruir la Mixteca.

¡Topos reconquistó el del Campeonato Nacional de Fútbol Sala Para Ciegos!

A las 10.30 de la mañana es la cita para ver el partido inaugural del Campeonato Nacional de Fútbol Sala Para Ciegos. Es en la ciudad de Puebla, la sede de los Topos, que ya han sido bicampeones. Hoy quieren recuperar el campeonato contra el equipo que representa a la ciudad de México.

El árbitro suena su silbato y se inician las hostilidades. ¡Voy…! ¡Voy…! ¡Voy…! Ese es el grito que invade el terreno de juego. El balón no corre, cascabelea; su sonido va y viene, pasa por la piernas, rebota en las mentes de los espectadores, acaba en la red.

El balón es un solo grito ilusionado… ¡El fucho para ciegos es un juego que se escucha…!



Los capitalinos arrancan a la defensiva, pero muy pronto les marcan un penal a su favor. 1 a 0 ganan los visitantes. Nervios en la tribuna. Pero el ánimo se relaja con el empate.

Uno tras otro caen los goles de los Topos. El marcador final será de 5 a 1 para los poblanos.

No hay manera de explicar lo que en la cancha se vive: el ambiente, la unión que los Topos tienen. No es el primer partido que veo y sigo sin explicarme cómo lo pueden lograr: parece que ven, corren con seguridad, con fuerza, manejan el balón (que tiene un cascabel interno) con destreza, dan pases de un lado al otro de la cancha con precisión y el compañero lo recibe de igual manera. No hay mayor gozo y emoción individual y como equipo que anotar un gol y celebrarlo corriendo como cualquier jugador.

Y a sus fans la piel se nos eriza.

Al final del partido viene la celebración. Jugadores y público somos uno. Las porras que motivan y dan aliento para esperar el siguiente partido y llevan a pensar lo que este momento representa para todos nosotros.



¡Finalmente los Topos consiguen el Tricampeonato!

Los días pasan y ya se cuentan los del nuevo mes.

Nos cuesta trabajo contemplar la extensión de los daños que provocó el terremoto y nuestra manera de ser sociedad.

Cada historia merece contarse.



RELACIONDA:

19S: Retratos del día siguiente en Chietla/Primera Parte

Selma



Selma atiende a los papeles y a la computadora. Es atenta conmigo, no le importuna que quiera revisar los registros que lleva. Y el día después para ella y sus compañeras se les ha ido en registrar en un formato que les mandó Protección Civil desde Puebla el nombre del propietario de la casa afectada, la dirección y los daños que estén a la vista. Ellas no descansan.

“Aquí no han venido más que los voluntarios…”, consigna. Por ahora, en este miércoles 21 no han aparecido los funcionarios públicos de la ciudad de Puebla.

Yo le doy una vuelta a las oficinas. En un pasillo descubro el pasado burocrático de Chietla: el mosaico de los cincuenta, con los escritorios y anaqueles H Steel, las máquinas Remington, el funcionario bigotón y de chaleco, las Selma de la mitad del siglo XX, cuando Chietla aparecía en el mapa político como territorio absoluto del gringo Jenkins.

En otra foto aparecen tres muchachas, también de los años cincuenta. Tienen la edad de Selma. Se les ve felices en algún festejo ahí en el zócalo, a unos metros de donde ella trabaja sin descanso. Alguna de ellas puede ser la abuelita de esta joven secretaria del registro civil.

Imposible llevar a Selma a ese pasado. En su mente están los registros. En algún momento hará el suyo propio.

Jorge Aguilar Torres

El ingeniero Tomás Jiménez Cerezo, director de Obras del Ayuntamiento de Chietla, le dice sin miramientos a Jorge Aguilar Torres que su casa no tiene remedio. Tumbar y limpiar, pero hasta ahí. Esa es la oferta para las casas de los hermanos Aguilar Torres en la calle de Morelos. El funcionario municipal me ha llevado hasta su casa para explicarme que de ninguna manera demolerán una sola casa sin autorización del propietario.

El panadero de 73 años lo escucha y no se turba. Su casa la construyó su padre en 1960. Y la de su hermano Víctor Manuel, con la que colinda y comparte pared frontal y muro interior, tiene según su cuenta 120 años. Y tantos asi lleva como panadería.

“Demolición, lo demás está en chino”, me dice.

“Saqué cargando a mi mamá –recuerda Jorge el momento del terremoto--, ella todavía me gritaba ‘¡mis sandalias, mis sandalias!’, pero logramos salir a la calle.”

Magdalena Torres tiene 92 años. Hace tiempo que se retiró de la actividad panadera. Pero de ella aprendió su hijo el oficio. Y los nombres de las maravillas que han salido del horno de adobe que el terremoto ha quebrado: nido, beso, caracol, pitaya, elote, tornillo, gallina, gusano, chino, pluma, taco, borracho…

Jorge el panadero ya piensa en el futuro y deja para otro momento la preocupación por la casa. Hemos entrado por la casa de su hermano, a la que e le ha caído medio techo de la habitación frontal. Comparten el patio del fondo, y es posible ver dos hornos en medio de vigas rotas y destrozos. El panadero observa uno de los dos hornos de pan construídos hace años por su abuelo: la base de ladrillo y piedra y la concha de adobe de la que ha brotado el pan que los chietlecos comen desde que se acuerdan. Visto de frente no se ve derruido, pero es visible un boquete en la bóveda. El covertizo que lo cubre, montado sobre los viejos muros de adobe y armado en vigas de mamey, también ha soportado el temblor. ¿Reconstruirlo? No, señor. Ahora a pensar en un horno nuevo, de gas, de los que venden en la 25 Poniente en la ciudad de Puebla. Y lo describe: metálico, firme, sin riesgo de colapso. 90 mil pesos, eso le han dicho que cuesta.

"¿Por qué de leña?, pues porque nos estamos acabando el monte, aquí en Chietla hay no menos de diez hornos. Llegan las camionetas con la leña verde, porque la gente mejor tumba las huertas para meter caña, así que no falta. Verde se mete en el horno y ya que se coció el pancito, y con el puro calor la leña ya está seca al día siguiente. No, señor, tenemos que cambiar al gas, con un horno de nueve charolas tengo..."

Para el panadero Jorge la reconstrucción de su casa empieza por un nuevo horno. Y para ello pide ayuda. ¿Derribarán su casa? Eso no es preocupación por el momento. Ya vendrán los del Fonden a declarar la pérdida total. Ya se verá después qué hace el gobierno para reconstruir.

Crescencio

Crescencio Salgado Ponce y su hija viven puerta contra puerta en la calle de Morelos. Ella ocupa una casa de adobe y ocotate que le heredó su papá. Un terremoto anterior le tumbó enterito el techo de un cuarto, que ahora utiliza de tendedero, pero ha logrado construir una nueva recámara al fondo, a la que ahora se pasarán sus padres, pues su casa por lo pronto es de alto riesgo. Ella es madre soltera de tres niñas, una gemelas de 11 y la mayor de 13, a las que mantiene con un negocito de venta de papayas aquí mismo en Chietla. Va al día, y por eso apenas logró poner la herrería de las ventanas de la recámara que terminó de construir hace unos meses y que resistió muy bien el sismo del martes.

Qué hacer entonces. Dice su padre desde sus 78 años:

“Dios quiera que el gobierno nos ayude, porque esto no es cosa de uno, ni culpamos a dios nuestro señor ni a ninguno se culpa, es cosa de que solamente dios el motivo que sea, pero a nadie se culpa.”

“Aunque sea con los materiales –sigue ella--, porque ahora es al revés, ellos se tienen que pasar para acá. Tumbar es fácil, ¿pero parar?”

“Yo he sido cañero, señor –dice su papá--, estoy jubilado, pero usté sabe que es una miseria lo que nos dan, mil 200 pesos, y eso que mis tierras las sigo trabajando con piones, yo ya no puedo. Y pagan la caña a como ellos los industriales quieren, y nosotros no, tenemos el compromiso de entregarles, y si pasa algo, un siniestro, que se quema la caña, no les importa, nos mochan.”

Crescencio es hijo de cañero. Pero a él también le tocó reparto. Cárdenas le repartió a su papá. A él un gobierno que vino después.

Estudiamos lo ocurrido en su casa, en la acera de enfrente. El techo ya no es de ocotates, sino de losa de concreto. El muro medianero, que soporta la techumbre de su casa y de la casa vecina está agrietado, pero la viga está bien soportada y su cabezal no está dañado.

“Pa que voy a ser mentiroso –me dice--, esta casa la compramos asina, era de un señor don Carranza… Pero ya es una casa muy vieja.”

Pero ya les dijeron que hay que tumbar. Al menos eso le dijeron a su hija.

“No, señor, qué tumbar ni que la fregada…Tumbar es muy fácil, pero construir no es muy esto lo otro. Pero para esto está el gobierno. El dinero no lo a desembolsar el presidente de la república, es dinero de impuestos y etcétera, etcétera… Yo agradezco si me ayudan con material, varilla, cemento, grava, pero tumbar no más así no le hallo ningún chiste. Todo tiene solución, pero ni muy fácilmente.”

Daniel Vargas

El viejo cuidador de vacas Daniel Vargas vive en Independencia 1, a una cuadra de la escuela secundaria que quedó inservible. Su casa de adobe y techo de ocotate y teja resistió, aunque hay cuarteaduras visibles. En el patio le han plantado una tiendita de campaña pues ya declararon inhabitable su casa. Es una sola habitación, la de un hombre solo que ha visto pasar el tiempo como para explicar qué es lo que ha ocurrido en este pueblo antiguo.

“Aquí nací, señor –me dice este hombre risueño de 70 años--. Hijo de un pastor de vacas, a ese oficio me dediqué de niño yo también. Sacábamos al monte cien, ciento cincuenta vacas y chivos a pastar entre los mezquites, cubatas, huizaches y guayacanes…”

Luego, ya en su veintes, Daniel se convirtió en uno más de los cientos de cortadores de caña que dejaron su vida en el corte

Y de eso ha vivido hasta hace no mucho tiempo. En la caña, trabajando por el día. Y ha sido testigo de cómo a los ejidos les dieron en el reparto de tierras montes y selvas y llanos de temporal que no habían sido habilitadas para el cultivo de caña. Y caña fue lo que decidieron sembrar en los últimos cincuenta años, y arrojaron a Chietla al despeñadero del monocultivo. Se perdieron las huertas en su mayoría: ya no se ven fácilmente los mameyes y zapotes, los mangos y ciruelos, mucho menos el café y los ocotates, precisamente el tipo de bambú con el que se construyeron centenares de casas como las del pastor Daniel Vargas.}

Una casa que el sismo no tumbó pero que un vistazo rápido de un joven arquitecto sin conocimiento del adobe y sus menesteres, declaró inahabitable.

Serena

Serena García es la viuda de Joaquín Soriano, un cañero ejidatario que murió en el año 2003 pero que le dejó para vivir un terreno junto a la huerta de Ixpingo y Arrieta asomada el río Nexapa. Y una casa de adobe y ocotate que ya estaba ahí cuando nació su marido en 1951. Ahí ha vivido desde hace tal vez cuarenta años. Su casa quedó severamente afectada por el sismo. Un claro grande en el muro de adobe da cuenta de ello, pero el techo y el muro frontal y los laterales resistieron, igual que la habitación de la casa de junto que su hija utiliza como tendejón al final de la calle Morelos. Son los cuartos de atrás los que se derrumbaron. Por ello Serena se ha pasado con sus cosas a la vivienda de su hija, construida en el patio trasero, bien armada en castillos y losa, que resistió bien al temblor.

Serena le hace honor a su nombre. La encuentro a la sombra de un zapote a la media tarde del día después.

“Pasaron los del ayuntamiento –dice--, ni sé quién, y dijeron que en dos o tres meses venían a reparar, pero que ya lleváramos los papeles a la presidencia.”

Carmela

Hay sismos que duran más que el marcado a la 1.14 del martes 19 y que quebró por la mitad a Chietla. El edificio del cine Carmela sobrevivió el traqueteo de la tierra cuando a su lado se desmoronaban los paredones de adobe. Pero ya lleva años en el olvido. Su cierre tiene que ver con la derrota de la vida rural en México amarrada a los cacicazgos políticos y sindicales que barrió una modernidad que no ha rendido otros frutos. En Chietla ha sobrevivido el Ingenio en Atencingo, a últimas fechas en manos de particulares. Pero ya no existen los líderes sindicales que imponían diputados y presidentes municipales. De los dirigentes cañeros queda la memoria e los panteones. Pocos hablan ya del gringo Jenkins.

Pero en el salón del Cabildo encuentro otra fotografía, una prueba de que hay pasados que no se han ido. Es Austreberto Martínez, uno de los hombres de poder en los tiempos de William Jenkins, el Gringo, como lo recuerdan en Chietla. Austreberto fue el más importante comprador y distribuidor del arroz que se producía en estos campos antes de que todo lo dominara el azúcar. “Uña y mugre de Jenkins”, me dirá después el mecánico Jorge al pasar junto al cine Carmela, llamado así por la señora Carmela Levién, una mujer hija de una familia de libaneses. Su marido inauguró el cine en 1939, un año después de que el Tata Cárdenas expropiara las tierras cañeras y los cerros enmontados en acuerdo con el propio magnate norteamericano. En los campos la guerra civil entre agraristas y ex peones acasillados.

Alguien en Chietla ha puesto el pie de foto a esta fotografía:

Aparece al centro la srita. Ma. De la paz Ceballos, conchita Ochoategui, Alicia Martínez (la del cine Carmela), doña Josefina Mendoza (mamá de Oscar Balbuena), la chinita Camaño (la que hace ricos polvorones y los vende a la entrada del mercado), Gloria la Pipis, doña Ofelia Maicotte (la del portal), Sofía Rodríguez Ibarra (Chofi), Petrita (la del rico pozole y del mole en pasta tan famoso en Chietla), Albina Arnal. En los señores se encuentra don Eloy Marquina, don Miguel Arias, don Enrique Balbuena (cargando a su pequeña hija Irma Balbuena). Esta foto fue tomada en el aniversario den la srita. Paz Ceballos como maestra. En el mes de diciembre de 1948.

En el pueblo, la vida cotidiana y el retrato de un momento que tal vez ahora se haya ido para siempre con la caída de los paredones del caserío de Chietla.

Mundo Nuestro. Padres de familia de la escuela Héroes de la Reforma cierran este lunes 2 de octubre el paso en la Avenida 11 Sur a la altura de la 11 y 13 Poniente. Lo hace en reclamo ante la ausencia de dictamen del edificio y lugares alternos para que sus hijos estudien. La representante de la SEP ha dicho que el el gobierno no tiene fecha para el dictamen, ni por lo pronto escuela alterna. Visiblemente molestos los padres de familia exigen que no se derrumbe la escuela y la presencia del gobernador Tony Gali, de quien dicen sólo se presentó para tomarse la foto. En la escuela Leona Vicario, señalaron, el lugar alterno para las clases es insuficiente y no hay condiciones para estudiar ahí. Urgen respuesta de las autoridades.

Apenas el sábado el gobernador Tony Gali había afirmado que la Héroes no será más una escuela:

"Les adelanto --dijo-- con toda seriedad y responsabilidad que no voy a permitir, independientemente del dictamen que se dé, que escuelas resentidas de sismos anteriores o reblandecidas por lluvias vuelvan a albergar a niños". Y más: “La Secretaría de Educación Pública comentó otro proyecto, pero definitivamente ya no albergará a niños, serán reubicados en otros lugares y serán rescatados estos inmuebles históricos para que sean utilizados con otro fin y les estaremos avisando la próxima semana."



La erupción civil

Tres días después del gran sismo, el volcán Popocatépetl, Don Goyo para los lugareños, hizo una discreta erupción y cerró la boca, por el momento. A trece días de que esa tragedia asolara al centro sur mexicano, otra erupción, pero social, aún destella. Arrojó un ánimo civil y solidario que alumbró ciudades y pueblos, zonas de clase media alta y poblaciones precarias. En el corredor de clases medias de la Roma-Condesa afectadas en la ciudad de México surgieron iniciativas civiles que organizaron información y apoyos. El Centro Cultural Horizontal, convocó a “más de un centenar de desarrolladores, diseñadores, economistas, matemáticos, internacionalistas, antropólogos y sicólogos” que crearon una plataforma llamada #Verificado19S que verifica y organiza información para hacer más eficiente la respuesta ciudadana. En el pueblo náhuatl de Hueyapan, trepado en la falda del Popo, el 90% de las casas de sus casi seis mil quinientos habitantes fue derrumbado junto a su palacio municipal e Iglesia. La asamblea popular activó su Guardia Comunitaria quienes organizaron tanto al pueblo como a las ayudas de los brigadistas que empezaron a llegar. Ahí no llegó el Ejército ni la Cruz Roja. En ese abanico tan dispar y abarcador surgió esa fuerza civil que rescató y ordenó la vida cuarteada.

Desastres naturales y sociales



El centro sur mexicano está cruzado por dos grandes fallas, una geológica y otra creada por el orden social dominante. Se asienta sobre cinco placas que en sus acomodos la someten hasta a 40 sismos diarios. Y ahí se anudan algunas de las ciudades triunfadoras de la globalización con miles de pueblos, las riquezas Forbes con las mayores pobrezas de América Latina y del mundo, el individualismo extremo y viejas raíces comunitarias. Su condición frágil y precaria se alimenta por esas dos grandes fallas. Dos masas de fuerza que destejen patrimonios y horizontes de individuos, familias y comunidades. Los grandes negocios mexicanos no consideran su “socio” a la población, a sus propiedades, recursos y habilidades. Optaron por un capitalismo de compadres, de impunidad, de apropiación indebida, de asociación delictuosa con gobernantes y castas políticas. Su historial inmediato acumula actos ilegales para recibir subsidios ante la quiebra de bancos, los desastres carreteros, los engaños inmobiliarios, la apropiación de propiedad comunal y ejidal asentada en materiales mineros, energéticos, acuíferos y de biodiversidad. La población es el rehén para ofrecer los salarios más bajos de la región de América del Norte y de la América del Sur, el acceso al más bajo costo a sus riquezas naturales. Ese orden social impuesto ha creado a una población frágil y vulnerable. Pero el desastre natural liberó, en franca paradoja, el magma ciudadano.

El cuarto de al lado

Con las elecciones presidenciales en la antesala (julio del 2018), surgieron los super ciudadanos “apolíticos”. Primero en febrero de este año, los dirigentes de las grandes corporaciones empresariales avisaron que ante el riesgo de ruptura del Tratado de Libre Comercio con USA creaban Fuerza México, una instancia para abrir puertas a otros mercados. Ya con las negociaciones de ese tratado, se constituyeron en un cogobierno en las pláticas de los Ejecutivos para el caso mexicano. Y se autonombraron “el cuarto de al lado”. El sismo les hizo virar, de afuera hacia adentro, y Fuerza México se convirtió en su manera de capitalizar, literalmente, la fuerza simbólica de la movilización ciudadana. Un fondo privado que llamó a aportar a la población y que intenta sortear su desconfianza hacia la política asegurando manos limpias empresariales y eficiencia oportuna. “Es un tema empresarial” afirmó Manuel Herrera Vega, presidente de la Confederación de Cámaras Industriales (Concamin) e implica la intervención de la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción (Cmic), la Cámara Nacional de la Industria de Desarrollo y Promoción de Vivienda (Canadevi), la Cámara Nacional del Cemento (Canacem), así como otras industrias asociadas. ¿Qué significa un “tema empresarial”? Que la entrega gratuita de tiempo, bienes y saberes que realizó la población civil después de los 40 segundos de terror, ahora, ya en la reconstrucción, se transforma en negocio limpio con super ciudadanos vigilantes. Como nada se los impide, estos socios del capitalismo de compadres se convierten en empresarios éticos que nada deben a los políticos de manos sucias, en supuesta racionalidad de mercado para la asignación de recursos y prioridades, y en un momento climático para crear otra burbuja del negocio inmobiliario que a todos (los asociados) conviene, aunque violen normas y protocolos y el suelo tiemble. Para fortalecer este gobierno ético de la “sociedad civil” los poderes republicanos débiles y desprestigiados empezaron con la aportación de los Senadores, y luego el partido en el gobierno, el PRI, le cedió también sus recursos de este año, a pesar de que existe una bolsa pública, el Fondo de Desastres Naturales de México (Fonden). El cuarto de al lado privatizó la vida pública. ¿Será?



Escuchar con calma las voces del día siguiente en Chietla. Mirar sus retratos. Tratar de entender las dificultades que se enfrentan en la reconstrucción del mundo rural quebrado por el terremoto del martes 19 de septiembre.

Recorrer sus calles. Reconocer a sus sobrevivientes. Por fortuna todos, algo inexplicable por la magnitud de los destrozos ocurridos en su caserío. “Estamos vivos, lo demás poco importa”.

Encuentro en esa frase el inicio del día después. La reconstrucción que sigue. Y en estas voces la conciencia de que este es un pueblo con una historia larga, que merece contarse.

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19S: Retratos del día siguiente en Chietla/Segunda Parte

Teresa

La encuentro con su mantón floreado, en tela de paliacate verde, que la cubre por entero. La abrazo. Su espalda está húmeda en la recámara fresca. Poco le importa. Apenas me ve. Apenas murmura una palabra que el polvo desvanece. Recoge del ropero su ropa en montones que arroja en un costal. Y salva a un niño dios que tiene cien años y que le regaló una tía. Y no halla a cuál de todas sus muñecas de porcelana guardar, ¿dónde?, si todo está revuelto, si su casa se le vino encima, si la vida entera está en el suelo, entre las piedras, como si el polvo grueso que lo cubre todo fuera el tiempo pasado caído en un instante, y nadie habitara en años esta casa que ayer antes de la 1.14 era el territorio pleno de vida de una mujer de 75 años de edad.



“No tengo cabeza –alcanza a decir--. Estoy temblando, y ya me tomé mis pastillas, porque soy hipertensa… Pero es que tengo que recoger, no puedo dejar esto así, pero por dónde empiezo…”

Es Teresa Balbuena, de los Balbuenas de Chietla, hija de Jesús Balbuena Valero y Elvira Sánchez Aguilar, rancheros en tierra de hacendados y acasillados que le hablaron de tú a tú a los zapatistas y que sobrevivieron la guerra y al agrarismo y a los sicarios del gringo Jenkins allá en Atzala y aquí en Chietla. Su hermano Gilberto Valbuena es el Obispo Emérito de Colima --escribe su apellido con V, y bien a bien nadie sabe por qué--, hoy ya retirado en la ciudad de Puebla, y tiene su casa en esta misma calle Porfirio Díaz, enfrente de la de su hermana; y Fidel, el hermano mayor que le escribía a ella de niña las cartas a los reyes y volaba de niño de lado a lado del atrio colgado de la cuerda del campanario como todos los niños que en los años cuarenta crecieron en este pueblo caliente, mi amigo de Radio Matamoros fallecido hace unos años, pionero de la radiodifusión en Izúcar de Matamoros. Son muchos los Balbuenas en Chietla. Doña Tere es una de ellas. La adivino altiva en su vecindario, en sus setenta y cinco años ocultos en el cabello crespo, bien cuidado el tinte, peinado con esmero, como si no tuviera la carga de su casa revuelta por una fuerza insensible a todo historia, a todo recuerdo, a todo aviso de pasado que se expone en las vitrinas con su cristalería, sus porcelanas, sus floreritos.

No. No hay pasado aquí, a pesar del esmero puntilloso de Teresa. Ayer el pasado se vino abajo y dejó a la memoria dislocada entre las piedras. Ya no lo encuentro en la habitación principal que por una puerta estrecha da a la calle. A la derecha el comedor, con su consola y sus vitrinas, con sus ocho sillas con respaldos de terciopelo bordado, con su espejo dorado que expone el desastre como si de una pantalla de televisión se tratara, con sus juegos de tasas en dorado, en plata, en rojo, en floridas vistas de pájaros y campos y filigrana. A la izquierda la sala, el librero, las fotos de sus viejos, de su pueblo. Un retrato sumido en la soledad de una mujer atrapada en el movimiento brutal de la tierra que atasca la puerta y que la deja en un grito segado por el pedrerío que destroza las recámaras interiores. A Teresa vinieron a sacarla los vecinos, cuando tuvieron tiempo de escuchar sus gritos.

Teresa no deja de moverse. Poco caso hace de su sobrino que le brinda sus manos y la de dos peones que esperan en la calle a la indicación de su patrón. Ella busca sus valores, y pasa de una sombrilla a los alhajeros, del niño dios a sus camisones, de la muñeca que deposita con cariño en la mesa a la vista del halcón disecado que extiende sus alas seguido por un angelito que también quiere aprovechar los alerones de yeso para escapar de ese sinsentido, todo atropellado en bolsas de plástico, en costales, en maletas sobrevivientes. Cuánto ha guardado Teresa en sus años convertidos en un minuto en polvo. Cuánto ha quedado en la recámara al fondo, una tercera habitación que los pedregones han destruido con la insolencia intrusa del desvarío de la tierra. Ya no se ve la cama pero el teléfono ha sobrevivido en el buró junto al despatarrado ropero.

Miro todo esto para no pensar en los paredones rotos, en las piedras de río expuestas entre la tierra negra que por decenas de años han sostenido la vida de Teresa Balbuena.

Marco Antonio

El grupo de arquitectos que ha llegado de Cholula para realizar por su cuenta peritajes se reúne en la calle de Morelos, justo a la entrada de la casa de Marco Antonio Vital Ríos, de 38 años de edad, trabajador de la Comisión Federal de Publicidad. Su casa está herida de muerte: el segundo Piso se ha derrumbado en techos y paredes. Los arquitectos discuten la mecánica a seguir. Marco Antonio escucha, pues ya por su casa ha pasado un ingeniero de minas de la empresa Orica que ha declarado inhabitable la casa. La suya es ejemplo fiel de lo que ha ocurrido desde hace décadas en Chietla: las viejas casas de una planta, con techo de morillos de ocotate y teja, han sido intervenidas con la construcción de un segundo piso con planchas de concreto montadas sobre los paredones de adobe, sin castillos amarrados desde el suelo. La casa de Marco Antonio resistió en su planta baja, pero la construcción nueva no resistió el sismo, y la destrucción quebró la estructura entera.

Marco Antonio duerme ya desde ayer en Matamoros, en una casa que ha rentado. Allá ha llevado los muebles que no se afectaron con el sismo. Recorro su casa con él. Su esposa espera afuera. La habitación principal, que da a la calle, ha resistido, pero la siguiente, con la escalera al segundo piso, presenta fracturas en las esquinas y un boquete al fondo. Una reja con candado impide el paso a la planta superior. Marco Antonio la ha puesto, y la explicación la encuentro en que en la práctica la casa está dividida en dos, abajo y arriba, y es la última la que está destrozada.

“Escuché al alcalde decir que no había afectación en Chietla, a ver, usted qué dice. ¿Y a dónde están los de la dirección de Obras del Ayuntamiento? Que vengan a ver cómo están las casas. Aquí nací, aquí he vivido toda mi vida, aquí estaba cuando tembló en el 85. Era yo un niño. Ahora me dicen que hay que demoler, pero yo creo que se puede quitar la planta alta y conservar la casa, ir a un solo perfil, una sola altura…”

Afuera continúan los ingenieros y arquitectos. Ricardo Acosta, el ingeniero zacatecano, le informa al equipo cholulteca que él ha revisado la casa de Marco Antonio, y que su diagnóstico es que no tiene remedio.

“Yo creo que nuestro trabajo aquí es el de concientizar del riesgo que corre la gente si permanecen en sus casas.”

Marco Antonio, un hombre recio, de voz serena, no aguanta las lágrimas.

Enrique Amigón

Enrique es un hombre mayor –es un decir, es de mi época, apenas rebasa los sesenta años de edad--, obrero jubilado en el ingenio de Atencingo. Vive en Vicente Guerrero 13. Me dice de entrada que su casa no sufrió daños severos, pero que sus hijos ya decidieron: hay que demolerla. Subo con él al segundo piso. Como la de Marco Antonio Vital, también ha sufrido intervenciones, como dicen los arquitectos. Un segundo piso en desniveles que arrancan de los muros viejos de adobe. Altos como son, elevan la construcción lo suficiente para observar desde una terraza que mira a la calle el centro del pueblo, con la iglesia al fondo. La de Enrique Amigón también ha sobrevivido en la planta baja, pero las paredes de la segunda están quebradas, al igual que las cadenas que armaron para armar la plancha de concreto que cubre las habitaciones.

“Ya uno de mis hijos iba a construir una nueva habitación aquí, pues no tiene donde hacerse su casa --me dice mientras observamos cómo el vecino de enfrente recoge el escombro de una pared de ladrillos que ha caído sobre la azotea de su casa--. Ya le había dicho que sí.”

La familia tiene la opinión dividida. Enrique no quiere demoler. Los hijos no quieren que sus padres sigan viviendo ahí. Y ya decidieron.

“Mi papá ha hecho de todo en la vida –dice uno de sus hijos, ingeniero en alimentos que ha venido desde Huamantla, donde trabaja en una de las plantas de La Morena--, obrero, transportista, músico. Y nos ha dado a todos sus hijos una casa, y somos nueve. Ahora yo le digo, papá, que decidan los expertos, escuchemos lo que tienen que decir, sin apresurarnos. “

Lo escucha Enrique. No ha dejado de ver el sitio que ya tenía dispuesto para que otro de sus hijos plantara una recámara nueva en esa segunda planta tronada por el terremoto.

“Mire usted –me dice--, ahorita es gratis la demolición, ya lo dijo el ingeniero de obras del ayuntamiento, ahorita tumban y limpian y no nos cuesta, ¿pero dentro de tres meses?, ¿con qué dinero vamos a hacer eso si al final hay que derribar todo…? Si no la tumbo ahorita ya no la tumbo nunca. Y mire, ya hicimos mesa redonda con mis hijos, y ya decidimos, que se tumbe.”

Enrique tiene la mirada serena. No veo turbación en sus palabras. Sus últimas para mí lo explican:

“En la vida estamos a la buena de dios, lo que él decida. Él es mi guía…”

Mientras, sus hijos ya decidieron.

Agustina

Cuatro generaciones viven en la casa de Agustina Rufina Mendoza Gómez en la calle de Porfirio Díaz 43. Enfrente de la casa de Teresa Balbuena. Ella es la primera, y ahí está, ya serena al día siguiente, mientras observa a un grupo de voluntarios que acarrean el escombro que le derrumbe de la barda de adobe de la casa vecina ha dejado sobre el solar de su casa.

“Todo se dañó –me dice--… Pero estamos vivas.”

Antes la vi caminar por el centro de la calle Porfirio Díaz del brazo del ingeniero Edgar, un hombre joven, embutido en casco, que lleva el mando de un grupo de voluntarios que recorre las calles para evaluar el estado de las casas afectadas por el sismo. Van como en procesión hacia las oficinas del ayuntamiento en el zócalo, a donde el ingeniero lleva a Agustina con ánimo de que inicie los trámites de reconocimiento de la pérdida de su caso. CURP o IFE, le explica, y fotos de la casa, y las escrituras, y un comprobante domiciliario. Agustina se deja llevar.

Cuando regresa la visito su casa, en el patio al fondo, junto a un tanque de agua que ha resistido el embate de la tierra. No tuvo la misma suerte un cuartito en el que ella guarda sus cosas, pues en las habitaciones del frente de la casa, tres, que resultaron dañadas en paredes y esquinas, viven sus hijas y nietas con sus esposos.

“Dicen que hay que tumbar, señor… ¿Y a dónde voy a poner mis cosas?”

Ella no espera una respuesta de mí.

“Yo soy de Ocotlán de Morelos, en Oaxaca, pero me trajeron a Chietla a los cuatro años, y desde entonces no he salido de aquí. Aquí fallecieron mis padres, aquí murió mi marido y a mi hijo aquí lo enterré, señor, era maestro, murió en un accidente lejos, señor, por la sierra norte, se fue a un barranco… ¿Cómo me voy a ir de aquí?”

Recorro su casa. En un rincón hay un arreglo de santas y vírgenes. Josefa Pinzón Pérez, nieta de Agustina, me explica que su abuelita es mayordoma de la Virgen del Perpetuo Socorro, y lo es desde hace veintisiete años, y todos esos años lleva cada 27 de junio de regalar pan bendito a la gente, hasta 500 panes manda hacer. Josefa señala entonces un retrato: es Agustina en sus quince años, y otra más, ya mujer soltera. La retrato con ella.

A la media tarde Ana, hija de Agustina y madre de Josefa, aguarda su turno en la oficina del registro civil en la presidencia municipal de Chietla. Abraza los papeles de la casa de Agustina.

“Estamos vivas, lo demás poco importa.”

Mundo Nuestro. Hemos visto centenares. Imágenes frenérticas de la última semana. Pero hay que verlas así, con la mirada comprometida del fotógrafo que sabe que cada una de las escenas cuenta una historia. Y que la mirada en conjunto puede ayudar a conformar una mejor memoria.

¿De dónde venimos? ¿Por qué nos ha pasado esto? ¿Tan frágiles somos frente a una naturaleza que en un minuto derrumba el los cimientos de una vida serena, en tu casa, en tu trabajo, en la creencia de que siempre habrá un mañana?

En ello pienso al observar una a una la reseña gráfica del fotógrafo poblano Daniel Beronda Mastretta. Una a una estremecen. Pero es el conjunto el que nos arroja a ese mediodía del martes 19 para recordarnos sin más: ocurrió, ya no podemos ser los mismos.



Fotografías de Daniel Beronda Mastretta/Cada imagen cuenta una historia

La angustia se siente en Atzala, Puebla una de las comunidades mas afectadas por el sismo del pasado 19 de septiembre​



Viviendas afectadas por el sismo en San Francisco Xochiteopan, Puebla​.

Derrumbe del portal en el zócalo de Chietla, Puebla​.

​Víctimas del temblor del pasado martes 19 de septiembre, algunos perdieron sus casas y otros a seres queridos.

Habitantes de Atlixco, Puebla observan mientras es demolida una casona que quedo seriamente afectada en las primeras calles del centro histórico.

Viviendas afectadas por el sismo en Chietla, Puebla​.

Funeral de los once integrales de la familia que perdió la vida al interior del templo de Atzala, Puebla al celebrar un bautizo el pasado martes 19 de septiembre.

Víctimas del temblor del pasado martes 19 de septiembre, algunos perdieron sus casas y otros a seres queridos

​Iglesia de Atzala, Puebla en la que perdieron la vida 14 personas mientras se celebraba un bautizo al momento del sismo.

En las calles de Chietla, Puebla dos mujeres observan mientras su casa es derribada​.

Viviendas afectadas por el sismo en Chietla, Puebla​.

Un hombre entre las mujeres hacen linea en espera de recibir víveres de parte de brigadistas de apoyo.

Habitantes de Atlixco, Puebla observan mientras es demolida una casona que quedo seriamente afectada en las primeras calles del centro histórico.

En la comunidad de San Lucas Tulcingo, la vieja escuela, la parroquia y gran parte de las casas sufrieron serias afectaciones​.

Atlixco, Puebla fue una de las ciudades mas afectadas.​

​Imágenes religiosas al interior de una casa en Acteopan, Puebla.​

Niños del municipio de Tochimilco, Puebla se forman en espera de recibir juguetes, dulces o ropa que llevan brigadistas de apoyo en las comunidades mas afectadas por el sismo del 19 de septiembre.

Residentes del centro historico de Puebla son evacuados de sus casas. Estos desplazamientos a causa del sismo que dejo dañadas.

​Familiares de víctimas que perdieron la vida durante el terremoto que sacudió al centro de México.

Funeral en Atzala.

Terremoto.

La región de Tochimilco una semana después. Entender lo que ocurre tras un terremoto como el del 19 de septiembre en una comunidad, la de Santa Cruz Cuautemotitla, en la falda sur del volcán Popocatépetl que en la madrugada del miércoles 27 ha deslumbrado al mundo con sus exabruptos. Entender la magnitud del desastre, la capacidad de respuesta que tienen las comunidades rurales, la respuesta organizada desde el gobierno, la importancia de los grupos civiles. Y lo que se viene, la dimensión del esfuerzo de reconstrucción de los pueblos afectados por el terremoto más devastador en la historia moderna de Puebla.

Vale pensarlo desde aquí, desde estos nombres antiguos plantados en la entraña del volcán poblano: La Magdalena Yancuitlalpan. San Antonio Alpanocan. San Antonio Alpanocan. San Francisco Huilango. San Miguel Tecuanipan. Santa Catarina Tepanapa. San Martín Zacatempan. Santiago Tochimizolco. San Lucas Tulcingo.



Empezar por los hechos:

La magnitud del desastre se puede comprender en una comunidad de apenas 1,200 habitantes, la junta auxiliar de Santa Cruz Cuautemotitla, en el extremo poniente del centro sur del estado, pegado a la frontera con Morelos, y a la vista del Popo: 40 viviendas destruidas totalmente, 110 más con daños severos; 20 manantiales segados por los deslaves y el colapso total del sistema de agua potable. Si ve el conjunto de la región de Atlixco afectada, probablemente 3,200 viviendas tronadas, pero las cifras todavía están por confirmarse.



El galerón repleto de bastimentos de la casa parroquial que sirve de resguardo de las toneladas de ayuda que ha llegado al pueblo de Santa Cruz da una idea también de la dimensión a la que llegó la movilización de la sociedad civil mexicana. Y de que los tenderos en los pueblos por unos buenos meses no tendrán mucho que vender.

La precariedad de la instalación de los pueblos, asentados en las laderas de las barrancas que bajan de la montaña. De nuevo el ejemplo es Santa Cruz, asentado a 15 kilómetros en línea recta del cráter del volcán: un buena parte de su caserío descansa en unas lomas empinadas con grados cercanos a los 45 grados. Muchas de las casas sobrevivientes están amenazadas por el riesgo confirmado por los deslaves que trajo el sismo. Y las lluvias intensas. Y el tremor del Popocatépetl que zangolotea al pueblo y que en la mañana de este miércoles 27 duró al menos una hora. Como en el resto del estado –salvo la excepción de Cuetzalan--, no existe para las regiones rurales programas de ordenamiento territorial. El ayuntamiento no cobra prediales, y su responsable de protección civil es eso: un funcionario que no terminó la secundaria.

La dificultad de las instituciones de gobierno para coordinar las acciones ante el desastre. Apenas este jueves 28, nueve días después del terremoto, los funcionarios del gobierno del estado sostendrán una reunión en Tochimilco: SEDATU, SEDESOL y SOAPAP, con este último organismo aplicado directamente en el municipio por orden expresa del gobernador Gali, y promotor de la reunión.

La eficiencia de la acción directa del gobierno cuando se aplica con una dirección correcta. Es el caso de las brigadas que el SOAPAP, de la mano de su propio director Gustavo Gaytán, y que desde el día 20 trabajan el día entero en la rehabilitación del sistema de agua potable colapsado por los derrumbes que cegaron los más de 20 manantiales que surten de agua y por centenares de mangueras a cielo abierto a las comunidades. Los trabajadores del organismo operador de agua en Puebla dan cuenta de su capacidad operativa: saben de pozos y manantiales, de mangueras y sistemas; manejan recursos con un Consejo que decide acciones concretas y mantienen relaciones con empresas contratistas que responden a la demanda de facilitar maquinaria para los trabajos que se necesitan. El resultado es que muy probablemente este viernes 29 queden rehabilitado el sistema de agua potable de esta comunidad. Otro ejemplo fue la rehabilitación de los caminos que desde Tochimilco comunica a las comunidades, con maquinaria de la Secretaría de Infraestructura, que quedaron listos el mismo día 20.

Tras el quebranto de las comunidades, cuando las brigadas de remoción de escombros y demolición todavía trabajan, ya se pasa a la etapa de la reconstrucción, que se llevará meses enteros, dos o tres años tal vez, y que con la cifra que se maneja ya de 24 mil casas perdidas en todo el estado se puede comprender la dimensión de la catástrofe que se nos vino encima hace una semana.

1

El SOAPAP toma el control de la región de Tochimilco. Eso es lo que se puede entender en la base de operaciones que ha montado en una esquina del palacio municipal a espaldas del viejo y agrietado convento --sobreviviente del terremoto para fortuna de todos nosotros. Gustavo Gaytán es un abogado queretano con más de treinta años de experiencia en el servicio público. Las mudanzas políticas en Puebla lo trajeron como director jurídico del SOAPAP, y hoy es su director. Llegó con su equipo el 20 de septiembre a Tochimilco, cuando el día después del terremoto confirmaba el colapso de los sistemas de agua potable en varios pueblos del volcán cuando los deslizamientos de la tierra taponaron decenas de manantiales. Pronto el gobernador Gali decidió dejar a ese organismo como responsable de la acción de gobierno en la región. Una semana después Gaytán encabeza lo que parece ser poco a poco la respuesta más organizada del gobierno del estado a la catástrofe. Con recursos del SOAPAP han traído de Puebla centenares de metros de mangueras de todos los calibres y las cuadrillas y la maquinaria trabajan en la rehabilitación de los manantiales. Y ha llegado de Puebla la mitad de los trabajadores del organismo para ese trabajo. Con el acuerdo de los propietarios de las viviendas –firman un documento en el que expresan su consentimiento y autorizan la demolición—las brigadas de voluntarios que han llegado de la ciudad de México han derribado al menos siete casas que un peritaje declaró inhabitable. Y a la vista está la escuela, rota de principio a fin, a la que la maquinaria que llegará este jueves terminará de borrar del mapa.

“Yo no me espero –dice Gaytán--, ahora lo que sigue es la reconstrucción. Un gran número de casas están ubicadas en zonas de alto riesgo de deslave. Tenemos que actuar, pues muchas familias siguen en sus casas. Hay un verdadero peligro. Por eso estamos pensando ya en la alternativa para la construcción de nuevas casas. Y por eso hemos traído a los especialistas de la Facultad de Arquitectura de la BUAP, ellos están elaborando una propuesta que recupere el escombro de las casas destruidas. Vamos a comprar con recursos del organismo, y eso ya lo aprobó el Consejo, una trituradora de escombro y una ladrillera, y estamos en pláticas con la autoridad de Santa Cruz para plantar casas refugio en el terreno plano que pueda aportar la comunidad. Esto es urgente.”

2

Se llega a Santa Cruz por un camino atrapado en la niebla del mediodía. Ni trazos del Popo, mustio como siempre, de él sólo tenemos las imágenes que la gente logró tomar al amanecer. Se cruzan campos de amaranto y milpas en estos rumbos de los 2,800 metros sobre el nivel del mar. Y los barrancos que valle abajo formarán el río Nexapa en su camino al sur. En un quiebre y otro se observan los pedregones de dos, tres, cinco metros que las máquinas han hecho a un lado. De un lado los deslaves, del otro el barro que esta misma mañana ha saltado al camino desde la temblorosa tierra de las laderas.

Santa Cruz es un pueblo de calles empinadas y casas asomadas a los barrancos. En un breve plano está la presidencia y la explanada en la que se ha instalado un comedor que todo el día alimenta al que por ahí se aparezca. En un extremo el templo católico y la casa del cura, ambos quebrados por el sismo. En una calle que sube tres casas derribadas esta mañana y la escuela, que espera su turno para ser demolida el jueves. En otra, muy estrecha y con barandales para auxilio del peatón, se trepa por un encementado con casas derruidas o quebradas cuyos pobladores verán mañana desaparecer entre la bruma que tome el cerro por la tarde.

En el frontal del edificio de la presidencia auxiliar resaltan los números 1952-1963. Once años se tardaron los abuelitos en construirla, dicen los hombres que conversan a la espera de que les sirvan su ración de huevo revuelto en salsa, frijoles y arroz. Ellos son la autoridad aquí, y ven hacer a los brigadistas y confirman que por muchas de sus casas hay ya poco que hacer.

“Son cuarenta las que ya no sirven –me dice Sabás Carranza Carmona, el presidente auxiliar--, y ya contamos 110 más que están muy amoladas, pero que pueden reconstruirse. Ahora lo inmediato es el agua potable. Ya hemos recuperado algunos de los manantiales. Pero al menos veinte de ellos quedaron cegados por la tierra…”

3

De la calle empinada baja por sobre las casas un entramado de mangueras. Imposible contarlas cuando están amarradas y se pelean con los cables de la luz. Pero cuando en un punto se despliegan para buscar la casa a la que cada una alimentará, forman una red que cubre la calle y los techos, brinca de un lado a otro y se pierden en los patios traseros de las casas quebradas. Y vienen de lejos, una por una, y en grupos. Y tienen su historia. Cuentan diez los hombres que han muerto desbarrancados en algún momento de los últimos años, cuando se dejaron de lado las acequias que desde el cerro atravesaban el pueblo y se crearon estos muy particulares sistemas de agua potable. Particulares porque lo son: una manguera por casa, y desde los manantiales, cientos de metros más arriba.

“Esto le costó la vida a mi papá.” Esa frase la escucharán los técnicos del SOPAPAP cuando intenten ofrecer a los vecinos un sistema alternativo, por ejemplo plantar una represa en arroyo cincuenta metros al fondo del barranco, con una bomba y un tanque en cada barrio del que se conecten las mangueras. No, hay que pensarlo mejor. Cada manguera tiene su historia.

4

¿Cuánto costará reconstruir este pueblo? Lo que sea, el doctor Jaime Ríos Maceda, investigador y maestro en la Facultar de Arquitectura de la BUAP, lo piensa por ahora en módulos refugio, de construcción inmediata (tal vez una semana, si logran llevar adelante el proyecto que se proponen), y con una cocina, baño y habitación en quince, veinte y hasta veinticuatro metros cuadrados. Entre 10 mil y 60 mil pesos, según el tamaño, dice. Jaime y su compañero Ricardo Sarabia, estudiante de arquitectura del cuarto semestre y consejero universitario, recorren algunas de las calles del pueblo. Miran con cuidado las grietas en los adobes, los agujeros en los paredones, el colapso de las losas. Las ven aquí, y las imaginan desde sus programas de cómputo en un programa certero de reconstrucción. Y por un momento imaginan a la universidad comprometida en ello.

Después me despliegan la idea de su proyecto, nombrado OCH8.20 que se puede encontrar aquíhttps://drive.google.com/file/d/0BwBGGa1kF8ORcjhSUEx2bTFIQm8/view, y que es sin duda una expresión de lo que puede lograr una universidad si se propone responder a sus responsabilidades como centro de producción de conocimiento:

No son los únicos que de la universidad pública han subido hoy hasta este pueblo del volcán. A la salida encontramos una comitiva organizada por el Centro Universitario para la Prevención de Desastres, el CUPREDER. Los del SOAPAP no hana entrado en contacto con ellos. Al menos no el día de hoy. Coordinación. una palabra elemental que tendrá que ganar espacio como lo ha hechco la niebla esta tarde. Universidad, gobierno, grupos civiles, pueblos originarios con sus autoridades y costumbres. tal vez sea posible pensar en una reconstrucción inteligente. Más nos vale.

5

Gustavo Gaytán ha buscado la ayuda donde ha podido. Habilitó con la presidencia municipal el albergue del DIF para alcohólicos anónimos que está en la carretera saliendo de Tochimilco, y ahí duermen sus cuadrillas del SOAPAP y los voluntarios que han llegado de la ciudad de México. Allá encontró la ayuda entre los rescatistas que en estos días han llenado las planas de las redes, casi siempre jóvenes, anónimos. Casi siempre mujeres que pelean a los hombres el mazo y la pala, que meten el hombro y le reclaman a todo aquel que las mire menos por su capacidad de carga. Así me lo cuenta Gustavo, y describe un territorio que yo no había visualizado: el de hermandades que aparecen en las catástrofes, que dejan todo, casa, chamba, amistades y se desvanecen en esa masa abigarrada que mueve los escombros y casi no duerme.

“Son unas chavas y chavos todo terreno –me dice--, se la rajan, y no paran. Este grupo llegó ayer, tuvieron dos días de descanso en los derrumbes de allá, y se jalaron para acá.

Han llegado hasta Santa Cruz, los escucho entre la niebla tumbar una pared a marrazos. Son los brigadistas que le han cambiado una vez más la fachada obtusa y egoísta a México.

6

Carlos Alcaraz Gutiérrez también llegó desde Querétaro. Ocupa un alto cargo en una secretaria de gobierno en ese estado. Pero ha pasado la semana por aquí, igual, inspeccionando casas, cargando un marro.

“Yo decía que mi trabajo era complicado, pero no conocía Puebla –dice--. Hoy en la mañana me sentí en Discovery Channel: había llovido todo el día de ayer y por la noche. Y de repente la explosión, y no entiendes, y sales a la calle y ves al cura salir corriendo de sus casa, y luego el tremor y la tierra que no para de estremecerse. Una hora duró temblando, hasta la gente de aquí estaba admirada, nunca había durado tanto un tremor así.”

7

Una reunión bajo el enlonado que guarda al comedor de los voluntarios, frente al edificio de la presidencia auxiliar. Gustavo Gaytán presenta al Doctor Jaime Ríos a la autoridad auxiliar, y expone en corto la idea de construir estas casas que proyectan los universitarios. Platican del riesgo que corren las familias que todavía duermen en sus casas tronadas, en los patios a los que han sacado sus muebles. Y plantean el problema de los asentamientos asomados al barranco, y las consecuencias de un nuevo deslave. Sí, asiente la autoridad, la gente está consciente de eso. Se necesita un terreno plano, les dice. Los señores le dan vueltas a la idea. No hay muchos aquí en Santa Cruz, enclavado en estos abismos. Miran su plaza. Pues sí, aquí puede ser. Pues piénsenlo.

“Presi –le dice el director del SOAPAP al Sabás Carranza--, necesito que piensen en el tema de la represa en el arroyo, ya le dije, con la bomba podemos abastecer a la comunidad mientras se reparan todos los manantiales…”

No es un tema simple. El agua, el manantial, la conversación toca terrenos que lindan con lo sagrado, y con los usos y las historias. Que si de un lado los católicos, que si del otro los evangélicos. Y que si este atado de mangueras es de tal familia, y aquel de la otra. No es fácil. Recuperar algunos de los manantiales es tarea imposible: están taponados por miles de toneladas de tierra del monte que se vino abajo con el temblor. No hay dinero que alcance para recuperarlos.

“Sí, señor –dice Sabás--, ya mañana tendremos una asamblea, ai lo vamos a proponer, ai vamos a decidir…”

Muy bien, dice el funcionario estatal. Pero resuelvan, le dice.

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“Todo esto que se ve es para repartir a todos”, me dice uno de los hombres que trabaja en el desmenuce de centenares de cajas y bolsas que se atiborran en el galerón del curato que ha salido bien parado del temblor. Ahí han amontonado lo que el mundo exterior ha llevado hasta Santa Cruz.

“Y ya nos dijo el padre Víctor Hugo Oidor: señores, aquí no hay que católicos y evangélicos, aquí es parejo, para todos y hasta donde alcance. Y nada de partidos.”

Se oye bien eso, me digo. ¿Y los tenderos?

“Ah, esos por un tiempo no tendrán nada que vender…”

A lo mejor refrescos, atina a decir.

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En Tochimilco a la media tarde. Hemos dejado atrás la niebla y los aguaceros repentinos de Santa Cruz. Atestiguo la conversación entre funcionarios públicos y trato de hacerme una idea del nivel de coordinación existente.

Albertina Calyeca Amelco es la presidenta municipal, y se ve tranquila. Escucha el reporte de Gustavo Gaytán: han tenido que derribar siete casas con el consentimiento de los propietarios. Y el jueves que lleguen las máquinas irán por la escuela. Y señora, muchas casas construidas en terrenos de alto riesgo también tendrán que derribarse… Ella asiente.

Escuchan dos funcionarios de SEDESOL estatal. Javier Pascual Mier y Adrián Huerta Rivera. Luego dicen que ya ellos están haciendo su registro de afectaciones. Y que también ya están por ahí los de SEDATU. Se toma nota de sus recorridos. Entiendo entonces que una semana después estos señores no se han reunido ahí, en campo. Que quienes se reúnen todos los días en Atlixco bajo el mando del secretario Trawitz para la coordinación de los trabajos en los 9 municipios afectados en esta región (son 112 en total) no entran en el detalle de los municipios y las comunidades. Eso apenas va a ocurrir.

“Mañana –dice Gustavo Gaytán--, aquí nos vemos y conjuntamos la información.”

Nunca será tarde para Santa Cruz.