Sociedad

En las próximas semanas, meses y años se publicarán una gran cantidad de artículos y libros sobre los terremotos del 7 y 19 de septiembre de 2017 que afectaron Oaxaca, Chiapas, Morelos, Puebla, Tlaxcala, el Estado de México y la Ciudad de México. En los terremotos de 1985 el número de víctimas se estima en 10 mil y hay quien sostiene fueron 20 mil y ahora no llegan a 400, 226 de ellas en la Ciudad de México.

Los inmuebles afectados suman 200 mil. Las viviendas son 153 mil y de éstas 55 mil totalmente destruidas, de ellas 49 mil 800 en Chiapas y Oaxaca. Las escuelas dañadas son 12 mil 931, según la SEP y las edificaciones del patrimonio monumental llegan a mil 500, de acuerdo con la Secretaría de Cultura. En la Ciudad de México tienen que ser demolidos mil edificios y mil 500 están en revisión más profunda. La lista va a elevarse.

¿Cuál es el sentimiento de la ciudadanía ante los sismos? ¿Cómo evalúa a los actores involucrados en ayudar a las víctimas? ¿Se está ahora mejor preparados que antes para enfrentar estas contingencias? ¿Sufrió algún daño su inmueble? ¿Cómo se informó? ¿Participó en las tareas de rescate? ¿Se siente orgulloso de los ciudadanos y de la ciudad?

En los siete días posteriores al terremoto, diarios de la Ciudad de México publicaron encuestas que permiten conocer la repuesta de la ciudadanía a las preguntas anteriores. La de Reforma (24/09/17) se realizó en cinco entidades golpeadas y las de El Economista (25/09/17) y El Universal (26/09/17) sólo se centraron en la Ciudad de México. Las encuestas fueron telefónicas, en algún caso acompañadas con entrevistas en sitio, y el índice de confianza es de 95%.



Foto Vanity Fair.

Sentimiento ante el terremoto

En la encuesta de Reforma, el sentimiento que mejor describe su situación ante los sismos es la tristeza en el 29% de los casos, la impotencia en el 25% y el miedo en el 24%. Al ver la reacción ciudadana la esperanza es el sentimiento más fuerte para el 15% y el de orgullo para el 5%. En la de El Universal, el sentimiento prevalecente es el miedo para el 60.4%, la tristeza para el 15.5 %, la impotencia para el 6.9%, la angustia para el 6.6 %, la inseguridad para el 4.3%, la desesperación para el 3.2%, el dolor para el 1.4% y la resignación para el 1.3%. En ambas encuestas los sentimientos más presentes, aunque con valoraciones distintas, son el miedo, la tristeza y la impotencia. Estos tres son los que describen cómo las personas se sienten ante el impacto de los sismos.



Valoración de los actores

Los que encuesta Reforma a la pregunta sobre el desempeño de los actores ante los daños causados por los sismos, el 94% responde que en el caso de la sociedad civil fue bueno / muy bueno. El 86% piensa lo mismo de la Marina, el 85% del Ejército y el 76% de Protección Civil. Sobre los gobernadores y el jefe de gobierno de la Ciudad de México, el 36% de los encuestados piensa que lo hicieron bien / muy bien y el 64% mal / muy mal.

Los que entrevista El Economista, el 98% asegura que los voluntarios lo hicieron bien y muy bien; el 92% dice lo mismo de Los Topos; el 88% de los bomberos; el 81% de los integrantes de las Fuerzas Amadas; el 77% de la CFE; el 68% de la policía; el 50% del gobierno federal y el 47% del gobierno de la ciudad.

En la encuesta de El Universal, el 92.9% califica el desempeño de los ciudadanos de muy bueno y bueno; el 50.5% piensa que las autoridades lo hicieron muy bien y bien, el 30.6% que muy mal y mal y el 17.3% que ni bien ni mal. Las otras encuestas distinguían actores entre las autoridades y ésta las ve como un todo.

Los ciudadanos en las tres encuestas evalúan muy bien a los ciudadanos, en segundo lugar, con una distancia menor, a los actores que estuvieron implicados de manera directa en la ayuda a las víctimas. Los gobernadores, el jefe de gobierno de la Ciudad de México y el Presidente de la República no salen bien evaluados.

La preparación ante los sismos

El 79% piensa que los ciudadanos estaban mejor preparados que en 1985, el 10% que menos y el 8% igual. Y en el caso del gobierno el 56% que estaba mejor preparado, el 19% que menos y el 17% igual, según la encuesta de Reforma.

En el caso de El Universal el 69.6% piensa que el país estaba mejor preparado para hacer frente al problema, el 15.3% que igual y el 12.1% que peor. La mayoría considera que se estaba mejor preparado y que las autoridades actuaron con rapidez. El 54.3% estima que la reacción de las autoridades fue oportuna y el 41.3% que no fue oportuna.

Los daños sufridos

El 80% dice que ellos y sus familiares no sufrieron ningún daño en sus viviendas y el 20% que sí. El 88% que sufrió algún daño dice que son reparables y el 7% que no lo son, según El Economista.

Los encuestados de El Universal a la pregunta sobre si sufrió algún tipo de daño en la vivienda el 76.2% dice que no y el 20.5% que sí. De los que sí tuvieron el 81.8% aseguran que fueron grietas en las paredes, el 5.9% caída de azulejos, el 4.9% vidrios y ventanas rotas, el 4.4% caída de la barda y el 3% hundimiento del piso.

El 70.9% de los que sufrieron algún daño en su vivienda dicen no saber a quién acudir para recibir ayuda y el 28.6% que sí lo sabe. El 79.3% no se siente respaldada por las autoridades y el 16.3% sí, según El Universal.

Las dos encuestas coinciden, el 20% sufrió algún tipo de daño en la vivienda y el 80% no. Del 100%, el 80% de los casos que sí tuvieron algún tipo de daño todos son menores. El Economista anota que sólo el 6% dice tener seguro contra este tipo de daños y el 86% no.

Solidaridad, identidad y orgullo

De los que entrevista El Economista a la pregunta sobre cuánta solidaridad hubo en la ciudad 93% responde que mucha, el 50% que la solidaridad va a continuar y el 43% que se va a apagar.

El 87% dice estar muy orgulloso de los habitantes de la ciudad y el 77% de vivir en ella. Los ciudadanos evalúan muy bien la solidaridad que se vio en las calles y la mitad tiene la esperanza de que permanezca. Además, fortalecieron sus lazos de pertenencia con la ciudad y valoran positivamente a quienes la habitan.

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Foto de National Geographic

Información y participación

En la encuesta de El Economista a la pregunta de cómo recibió la información para ayudar o incorporarse como voluntario, 22% afirma que por las redes sociales; 16% por grupos y asociaciones; 15% por la radio y la TV y 4% de otras formas. Las redes ganan espacio.

De los encuestados 29.7% dice haber participado como voluntario en alguna actividad de ayuda relacionada y el 70% que no. De esto se deriva que una tercera parte de los nueve millones de habitantes de la ciudad se implicó en alguna tarea, según El Universal.

Una reflexión

Estos datos muestran una ciudadanía consciente, participativa y solidaria, que confía y valora a sus iguales. Se percibe también una mala valoración del Presidente y los gobernadores y un rechazo general a los políticos y a la manera en que hacen política.

Los ciudadanos han expresado la necesidad de que todos los recursos destinados a la reconstrucción sean auditados por instancias creíbles. Hay desconfianza en el gobierno. Se teme que muchos de estos recursos vayan a manos de la corrupción.

El gobierno de la República y de los estados afectados serán vigilados por millones de ciudadanos. La reconstrucción puede ser un momento único y para cerrar la brecha entre el gobierno y la ciudadanía, pero también un espacio para que ésta se profundice.

El terremoto se metió de manera central en la campaña electoral de 2018. Los mexicanos, después del terremoto, van a ver con ojos todavía más críticos a los candidatos y sus partidos. Los que sean más sensibles a la visión que tiene la ciudadanía van a tener más oportunidades de ganar. Quien siga con sus viejas formas y anquilosados discursos no tendrán ninguna oportunidad.

En 1912 Jack London publicó un libro de ciencia ficción que se desarrollaba en el remotísimo año 2013 del siglo XXI. La peste escarlata es el título del libro y de la enfermedad que aceleraba el ritmo cardiaco, subía la temperatura del enfermo, para al final llenarlo de manchas rojas antes de morir. Todo en cuestión de minutos. De esa epidemia solo se salvaban gracias a la suerte de un buen sistema inmunológico algunos pequeños grupos de hombres, mujeres y niños, que se agrupan y organizan en pequeños clanes. El mundo que London imaginó, muy parecido a la realidad del 2013, colapsaba totalmente. Europa, América, África, todo volvía a quedar totalmente aislado como hace miles de años. Las ciudades y su tecnología se derrumban como consecuencia del abandono, el pillaje y la violencia desatadas en los breves días en que la peste roja acaba con casi toda la humanidad.

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La voz narrativa es la de un viejo profesor universitario de San Francisco, John Howard Smith, que en el momento de desatarse la epidemia era ya un reconocido profesor de 30 años. Él pasa a formar parte de los niveles más bajos de las nuevas organizaciones sociales, los clanes. Predominan los fuertes, los choferes y los mecánicos, los seres más aptos para sobrevivir. La voz narrativa de John es la del último sobreviviente de la peste escarlata, un anciano de 90 años que les cuenta a sus nietos en el año 2073 cómo era el mundo antes de que la peste acabara con la civilización, de la que sólo quedan vestigios y ruinas cubiertas de maleza.

Gran parte de las actuales generaciones humanas estamos condenadas a oír demasiado de todo y a entender casi nada.

¿Cuáles serían nuestras habilidades para sobrevivir si una epidemia arrasara con la gran mayoría de la humanidad? ¿Cuántos sabríamos prender fuego, encontrar alimentos, cazar o desollar un animal? Podríamos dibujar en la arena signos que poco a poco serían olvidados e inútiles. Muy probablemente seríamos, aún con todo lo que hemos leído y visto en el inmenso abanico mediático, los más desvalidos e inútiles del grupo. Estoy segura de que nuestro manejo del tiempo cambiaría brutalmente y que no tendríamos espacio para dedicarle a casi nada que no fuera sobrevivir. No podríamos explicar lo minúscula e insignificante que es la tierra comparada con el resto del universo ni tendría ninguna utilidad hacerlo. Los que tuvieran necesidad de ritos y ceremonias para intentar comunicarse con un espíritu superior, si es que creyeran en eso, se darían cuenta de que los intermediarios entre lo que se llama Dios, Alá, Yahvé o Espíritu Superior, son absolutamente innecesarios y que toda persona trae en sí la capacidad para tratar de descifrar la inmortalidad del cangrejo o de imaginar un posible más allá a la medida de su talento creativo. Volveríamos a mirar las estrellas con detenimiento y aprenderíamos a ubicar a Venus junto a la Luna, pues ya no habría ningún distractor que nos alejara de mirar con atención el cielo; sin televisión, teléfonos, noticias, periódicos. Lo único que tendría relevancia sería nuestro diario vivir. En las noches obscuras tendríamos miedo de los animales salvajes y estaríamos más que dispuesto a rendirle tributo y obediencia a quien nos protegiera aunque solo fuera por interés. El idioma se deterioraría y solo se conversaría de cosas inmediatas, cotidianas y de información de primera mano. El mundo sería inmenso y nuestra información pequeña y concisa como una guijarro. No imaginaríamos ni especularíamos sobre el futuro porque lo único cierto sería que habría que salir para intentar sobrevivir el día siguiente.



Pienso todo esto de regreso a mi casa, después de haber escuchado en una comida todo tipo de teorías y dichos acerca del destino de nuestro país, especulaciones múltiples acerca de los datos de los crímenes en aumento en el mes de octubre y de quién es quién en las redes del huachicol, descalificaciones totales hacia cualquier forma de autoridad, nuevas curas contra el cáncer, pronósticos del ganador de las elecciones del 2018 o la historia de una escalera eléctrica que se tragó a una mujer la semana pasada. Noticias y datos que se consumirán y extinguirán para dar paso a nuevas historias sin haber resuelto ni entendido las anteriores. Flotamos sobre un inmenso mar de información con el mismo diseño de cerebro de hace miles de años. Con ese cerebro saturado de información se aborda la desaceleración de la economía, se esgrimen rebuscadas especulaciones acerca del poderío de las mafias financieras mundiales y de la nueva nobleza que son los que salen en películas o en la tele, o son cantantes o deportistas. Un rato más tarde la conversación desmenuza la última modalidad de asalto en los semáforos o en las casas habitación y se dan datos inciertos acerca de los grupos huachicoleros. Poderoso clan que de llegar una peste escarlata dominaría el escenario sin lugar a dudas. Después de una pausa, la conversación regresó a nuevas teorías de las mil y un formas en que aún se pueden robar las elecciones, sin explicar bien quién se las va a robar a quien si ya todos los partidos saben cómo hacerlo.

Como volví a leer de nuevo La peste escarlata, pues a mí me dio por preguntar quién sabía hacer fuego sin cerillos. Nadie. Quien cazar un conejo con solo un cuchillo. Nadie. Quién buscar agua para tomar. Nadie. Quién qué plantas y raíces son comestibles en el valle que habitamos. Nadie. Todos iríamos a dar al último escalafón del clan. Terrible mal de nuestra época. Puestos a sobrevivir solos, en el campo y a expensas de nuestros múltiples pero inútiles conocimientos, no duramos ni un día; somos unos parásitos inexplicables y contradictorios porque como especie hemos sido capaces de crear arte, anestesia, vacunas, poesía y música divina, pero también basura, consumismo, prejuicios, religiones mortíferas, bombas, granadas, crueldad innecesaria, estupidez en abundancia y una falta enorme de respeto por la vida del resto de las especies que comparten con nosotros un planeta que de repente se volvió demasiado pequeño.

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Como culmen de la conversación de antier, una comensal descubrió a un infeliz ciempiés a la entrada del baño. Inmediatamente se decretó la muerte del intruso. Yo me acerque a verlo y lo vi mover sus múltiples patitas tratando de huir de los gigantes que habían decretado su muerte por el hecho de ser un bicho amenazador y fuera de lugar en una casa. ¡Qué buen diseño de la naturaleza! Sus cien patas lo ayudaron a esconderse detrás de un mueble, mientras uno de los hombres decía "denle un pisotón". Contra un ciempiés en una sala todos resultaron grandes conocedores de cómo darle muerte súbita. Yo logré conseguir en la cocina una cajita de cartón y lo esperé del otro lado del mueble. Entró a la cajita y lo saque por la ventana que daba al jardín. ¿Por qué y a título de qué habría que darle un pisotón? Cafres.

No nos comprendo. Estamos sobre valorados como especie. Somos microbios poderosos, soberbios e ignorantes caminando sobre la delgada piel de la tierra a la que le estamos dejando múltiples cicatrices. Y sin embargo, alguno de nuestra especie esculpió La Piedad, escribió sonatas y conciertos, dibujó un bisonte perfecto en las cuevas de Altamira o escribió la Comedia Humana. ¿Dónde y cuándo perdimos el rumbo? Es hora de retirarse a una caverna de ermitaño o de regresar rutinariamente a La Caverna de la que hablaba Saramago, que no es otra cosa que un Centro Comercial lleno de ociosidades y satisfactores que nos ocupen mientras nos sorprende la muerte.

En el marco de madera de una ventana donde tengo macetas, he visto que hay un nido. Está al alcance de mi mano. Ningún gorrión podrá escribir en un periódico: "Irresponsable o estúpida pareja de gorriones construye nido dejando a sus críos al alcance del temible depradador humano". Ellos no documentan su existencia, ni juzgan. Tan solo sobreviven. Son sabios.

Esta mañana regué las plantas de la manera más cuidadosa posible y ahí vi a las crías. Dos pares de ojos negros brillan y me miran desde sus minúsculos cuerpos apenas cubiertos de pelusa; con los picos abiertos, esperan a que sus padres les traigan un insecto, quizás un ciempiés que ayer se salvó de un pisotón.

¿Nos mereceremos una peste escarlata? El autor dejó bien claro que la peste solo atacaba a los humanos.

Mundo Nuestro. Martín Bermúdez, campeón mundial de marcha en 1979, viajó a Moscú con el equipo olímpico mexicano comandado por el entrenador polaco Jerzy Hausleber, apenas unos meses antes de las olimpiadas de 1980 en la capital de la moribunda Rusia Soviética.

Son los años de mayor gloria para el deporte de nuestro país, con figuras hoy míticas en los nombres de Daniel Bautista, Raúl González, Ernesto Canto, y más allá, del carismático Sargento Pedraza, aquel de los gestos de coraje al no poder arrebatarle el oro a un soviético en las olimpiadas de 1968 en la ciudad de México. Los mexicanos, entonces, imponían el ritmo y la ley en la competencia mundial, dice Martín al describir la fotografía que da cuenta de la lucha cuerpo a cuerpo entre Daniel Bautista, un competidor gringo y él mismo.

En este viaje Martín Bermúdez es el novato del equipo, pero ya lleva enfundada la intuición del escritor, y los ojos abiertos y sensibles a ese mundo radicalmente distinto que tiene la oportunidad de conocer. Son los años finales del imperio soviético fundado con la revolución bolchevique de 1917.



Tavarish, Sovieski Zayúz, sigvognie savaristavagnie, Zamolot, Mockba

Algo así oímos en ruso dentro del avión, en el aeropuerto de Varsovia, cuando nos anunciaba la azafata que el vuelo de la línea aérea de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, salía con destino a Moscú. Después lo dijo en un inglés siberiano rústico y de mala gana. Dio unas cuantas recomendaciones señalando las puertas de emergencia y terminó diciendo: da, da, spaziva; luego caminó unos pasos y fue a sentarse con sus otras compañeras en la zona de tripulación. Ahí quedaron, frente a los pasajeros. Nosotros estábamos en las filas donde dice “Niet pali” y nuestro entrenador polaco, de 20 y 50 kilómetros de marcha olímpica, Jerzy Hausleber, como siempre, ocupaba los últimos asientos del avión. Esta vez no era la excepción, así que se fue al área de fumar, donde no estaban los letreros de “Niet pali”. En seguida llegó el aroma a tabaco de su pipa, mezclándose con los olores a sebo y ajo del avión entero.

A los pocos minutos, el avión soviético despegó haciendo estruendosos ruidos. Unas rejillas y compuertas se abrieron y de ellas salieron rebotando unas cebollas, jitomates y pepinillos que rodaron por los pasillos hasta los últimos asientos, mientras íbamos tomando más y más altura. A los pocos minutos cruzamos las nubes y después, volábamos sobre ellas.

Mis nueve compañeros me decían “Novato”. No supe en qué momento se fueron quedando dormidos, ni se despertaron cuando las azafatas pasaron dando unas cajas de plástico. Dentro había carnes frías con trozos de cebollas, jitomatitos y galletas. La mayoría de los pasajeros las regresó, estaban rancias. Minutos después las sobrecargos pasaron arrastrando unas bolsas negras de plástico y recogieron las cajitas. Volvieron a sus asientos y sentadas en hilera frente a los pasajeros abrieron algunas cajitas y empezaron a comer en trocitos las galletas rancias, masticaban lentamente, viendo al techo del fuselaje sin parpadear, como viendo al cielo a través de la nada.



Aquello quedó en silencio, giré el cuerpo hacia atrás para ver dónde estaba el entrenador polaco. Allá, cerca de la ventanilla observaba el vacío…a su Polonia, a pesar de que ya no se veían más que las espaldas de las nubes.

Recordé una semana antes, cuando nos llevó a la ciudad vieja de Varsovia. “A Polonia la han cagado hasta los perros, todos le pasaron por encima” y dijo unas groserías en alemán y ruso. Al entrar a la ciudad vieja vimos muchas bardas caídas, otras con perforaciones de balas, las casas con boquetes en las paredes “Éstas son las ruinas de la guerra. Eso ha quedado así para que no se nos olvide” (a mí me pareció que aquel lugar aún olía a pólvora y gasolina). “Ustedes, como mexicanos, no han sufrido más que en las telenovelas”, nos dijo. Tal vez por eso al día siguiente, cuando terminamos los entrenamientos, le ordenó al chofer que se adentrara al bosque sobre una brecha de tierra.

Acomodados en los asientos traseros de la furgoneta, un poco apretados, solo veíamos las hileras de pinos al pasar. El profesor iba al lado del chofer hablando en polaco, mientras nosotros, tal vez por el entrenamiento fuerte o por el arrullo del motor, nos quedamos dormidos.

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“Bájense que ya llegamos”. La voz nos despertó. Bajamos, caminamos y entramos. Vimos unas barracas y galerones en hileras, una cerca de alambres con púas que se interconectaban. En el fondo, el bosque rodeando.

Entramos a la primera galera: las suelas de los zapatitos quemados. Los huesos y esqueletos incompletos, carbonizados, formados en cerros; los hornos como abriendo la boca con hollín. Tal vez íbamos a la mitad del recorrido cuando sentí que se me bajó la presión y empecé a vomitar. El profesor Jerzy nos retiró del lugar. El regreso a la ciudad fue distinto. Todos teníamos la vista fija en los árboles del bosque, no hubo palabras, se podían escuchar las hojas y las puntas de agujas de pino que arrastraba la furgoneta. Sentíamos que nos faltaba el aire a pesar de estar en el bosque. Me perseguían las imágenes que dejamos atrás, junto con el letrero, en trazos grandes, que decían: Auschwitz.

Esa noche, el entrenador Jerzy cenó rápido y regresó al dormitorio. Saltó por la ventana trasera, cruzó entre el bosque para esperar a que pasaran por él. Lo llevaron a una cabaña, donde se reuniría con un grupo de obreros, encabezados por Lech Walesa. Todos ellos, dispuestos a defender a Polonia contra el poder Soviético.

Mientras pensaba en lo sucedido por esos días, el avión entró en zona de turbulencia, después se quedó quieto, como si estuviera suspendido en el aire. Quise dejar de pensar por un momento en esas imágenes. Esas imágenes feas de los días pasados, pero volvían a aparecer: La ciudad vieja de Varsovia y el campo de Auschwitz. Además, ahora había un aroma en mi nariz, un aromilla extraño y pegajoso, era muy similar al de otros países del bloque comunista, como Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria y Alemania del Este, donde habíamos estado compitiendo.

La pregunta que me hacía es ¿Por qué estos países huelen casi a lo mismo? Estas tierras tienen su propio aroma y color. “¡Qué chistoso!”, pensé, ¿Cómo puede oler un país? Alemania del Este, huele como a sótano abandonado y flores olvidadas en un panteón. Y es que el problema no es que el Muro de Berlín sea tan alto, sino las torretas con militares y sus armas largas, listos para disparar a quien se acerque. Yo no sé, pero para mí éstos países huelen como a miedo y olvido, pero ¿acaso eso tiene aroma? ¡Qué cosas pienso, Dios mío! Pero claro que hay colores marchitos, desde el cielo se da uno cuenta cuál país es comunista y el que no lo es, yo me di cuenta cuando cruzamos por avión las Alemanias: hay multicolores en la Alemania Federal, colores y más colores. En cambio, la Alemania del Este tiene un solo color: cemento militar. Se ve triste. En eso iba pensando cuando escuché la voz del capitán hablando en ruso y luego en inglés. Unos minutos después, el avión empezó a descender.

Al llegar al aeropuerto de Moscú el avión aterrizó sin problemas. Cuando dio la vuelta y se paró cerca de los hangares, un grupo de militares nos rodeó y nos condujeron a un camión largo, unos se colocaron en las puertas, otros entre los pasajeros. En la parte exterior del aeropuerto colgaba La Hoz y el Martillo en color rojo. Al entrar a la sala de migración, otros militares nos formaron en varias filas y ordenaron declarar y escribir en libretas cada moneda, joyas, ropa de vestir, libros o revistas que trajéramos. Después, a cada uno nos fueron pasando a una cabina de inspección, había en el techo un espejo y otro en la pared de atrás; el militar podía verte por todos lados, se te quedaba mirando fijamente, sin parpadear; volvía a ver el pasaporte y te volvía a fijar la vista.

Al profesor Jerzy lo interrogaron aparte por más de cuatro horas, le preguntaron por qué traía tantos dólares, marcos alemanes, francos, coronas noruegas, suecas y pesos mexicanos. Les mostró el documento oficial donde el gobierno soviético nos invitaba a participar en los Campeonatos Nacionales de 20 y 50 kilómetros de marcha. Les explicó que él era el entrenador en jefe del equipo mexicano y que ahí estaban los campeones del mundo y el campeón olímpico de Montreal ‘76, lo que al oficial militar le molestó mucho y más que se lo dijera un polaco y en polaco.

“Ahora está en territorio ruso, los polacos aquí hablan ruso, no lo olvide. Usted lo aprendió muy bien” le reclamó el militar, alzando la voz como para que se oyera, no solo en toda la sala, sino en todo el aeropuerto (en el momento no entendíamos nada, pero al día siguiente el profesor nos detalló el suceso). Ordenaron que metiéramos en bolsas tipo militar cosas como revistas, perfumes y jeans nuevos. Nos recogieron hasta una Virgen de Guadalupe que llevábamos, “cuando salgan del territorio, se las regresamos” dijeron.

Pero el profesor Jerzy traía tres imágenes en miniatura: la Virgen de Chestojova, San Charbel y la Virgencita de Guadalupe que no detectó el militar. Por último, le ordenaron que debía cambiar los dólares por rublos ahí mismo, pues si lo hacía en la calle, en el mercado negro, iría a la cárcel. Él obedeció de inmediato.

Al salir del aeropuerto, se acercó un hombre quien dijo llamarse Dorovski, “yo soy el traductor, Profesor, voy a trabajar éstos quince días con ustedes”.

Hablaba un español rasposo. “Allá está el autocar” señaló al frente, tomó una maleta y la sopesó como descubriendo qué contenía. Otro hombre fornido como un oso, pero de pie, aguardaba bajo una farola rústica, usaba una chamarra color caqui y un gorro típico ruso; un bigote mal recortado, como de foca. Al exhalar le salía vaho, eran los primeros días de abril, él también hablaba español, pero con acento cubano. En cuanto subimos las maletas, se colocó al volante y aceleró al centro de Moscú. Entró a una avenida asfaltada, después por varias calles angostas y empedradas, a los lados unas unidades habitacionales amarillentas y pálidas. La noche cayó sin que lo advirtiéramos. Tras varias vueltas llegamos al centro, rodeamos la Plaza Roja y cruzamos un puente sobre el Río Volga y desembocamos al hotel más grande del mundo: el Hotel Rocía, con más de cinco mil habitaciones, según el traductor Dorovski.

Para entrar nos formaron de nuevo en una sola fila, con pasaporte en mano, pasamos de uno en uno; cuando terminó el registro, nos dijeron como debíamos comportarnos dentro del hotel: no hacer ruido, no gritar, no correr; cuando salgan, deben llevar su pasaporte en mano. Las comidas las haremos en grupo y en éstos y éstos horarios. Al principio nos dio risa. Al día siguiente, a la hora del desayuno, bajamos por un elevador, caminamos por unos pasillos estrechos, bajamos por unas escaleras de hierro reforzado y de madera desgastada, llegamos a un sótano y dimos vuelta a la derecha como rodeando el edificio, para tomar otro pasillo largo y entramos al comedor. Dos mujeres y tres hombres, meseros, esperaban. La mesa era rectangular y de fierro, nos sirvieron té negro en vasos delgados de cristal, pensé que podían explotar de lo caliente del agua. En seguida en platos grandes pusieron trozos de mantequilla, carnes frías, pan negro, mermelada, unos jitomates, cebollas y una especie de remolacha. Cada movimiento de platos y cucharas, parecía retumbar en todo el salón. Entre ellos solo señalaban las cosas y alguien ejecutaba la acción (yo sentía que nos observaban entre las gruesas paredes de concreto frío).

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Todos los días nos quedábamos con hambre. Habían dicho algunos turistas que en los almacenes frente a la Plaza Roja podíamos conseguir de todo. Así que salimos para allá, burlando al traductor Dorovski. Descendimos por unas escaleras traseras, abrimos una puerta, al parecer, de una bodega de carga. Al salir, nos conectó a las escaleras que desembocan al Río Volga, cruzamos el puente y subimos a la Plaza Roja. Vi que había una fila enorme de gente formada que daba vuelta hasta atrás del Kremlin. Nosotros seguimos derecho hasta los almacenes. Recorrimos cuatro pisos y en todos había lo mismo: artesanías y más artesanías, cucharas de todos tamaños. Uno de los compañeros, que hablaba inglés, le preguntó a un turista que dónde podíamos comprar comida “en las tiendas para turistas: las Beriozkas, ahí puede ser. Sólo te aceptan dólares”, dijo.

Al entrar a la tienda nos pidieron los pasaportes. Había ropa francesa, rusa, holandesa, alemana; relojes suizos, diamantes de Holanda y artesanías rusas. Pero para comer, solo había caviar, refrescos, galletas y chocolates. Solamente compramos chocolates, refrescos y galletas. Salimos de ahí, cada uno cargaba su bolsa, destapamos unos refrescos y empezamos a beber. Al pasar por la Plaza Roja, volví a ver la fila de gente formada y me pregunté para qué sería. El que hablaba inglés le preguntó a una persona y dijo que era para ver la Tumba de Lenin. “Él está momificado allá en aquél lugar”. “¿Quieren que nos formemos para verlo?”, preguntó nuestro compañero. Para mí, el solo hecho de imaginar un animal disecado, me daba miedo, ahora ver a una persona, me puso los pelos de punta, así que les dije que yo no quería formarme.

--¿Saben que nos están siguiendo?

No nos percatamos que unos jóvenes nos aguardaban. Caminamos aprisa pero cada vez nos iban recortando la distancia. Cruzamos el puente y al pasar cerca del Kino (un cine que proyectaba solo películas del bloque comunistas en blanco y negro), nos dieron alcance. Nos rodearon. Señalaban arriba y abajo mientras hablaban unas palabras en ruso e inglés. No sabíamos lo que querían hasta que uno de nuestros compañeros, que entendía algo, nos dijo: “dicen que en cuánto les vendemos los pantalones y las chamarras”.

--Los pantalones? --casi lo dijimos en coro.

--Sí, los pantalones y chamarras…

Los jóvenes sacaron de una bolsa unos ositos Misha, era el símbolo de los Juegos de Moscú 80. Decían unas palabras y volteaban para todos lados. También ofrecieron pagar con las monedas conmemorativas de esos Juegos. Acordamos encontrarnos en el Estadio Lenin al día siguiente, ya que los entrenamientos estaban programados por la mañana y sería más fácil llevar la ropa deportiva y los pantalones que ellos querían. Nos preguntaron si podíamos regalarles las latas de aluminio de refrescos, las querían guardar como colección. Les regalamos unos refrescos llenos, las empezaron a beber rápido y ya vacías las ocultaron.

El más joven preguntó: ¿Han probado las naranjas?

--Sí, sí las hemos comido.

--¿Pero las naranjas de América? Las de Florida.

--En México hay mucha naranja.

--¿Pero han comido las de Florida?

--Creo que sí.

- ¿A qué saben?

Todos nos volteamos a ver. El mayor de ellos dijo unas palabras. En seguida se dieron la vuelta y caminaron aprisa por la orilla del Rio Volga.

Al llegar al hotel, pusimos las cosas en la cama. La camarera entró para hacer el aseo, volteaba y volteaba para observar las galletas y chocolates que habíamos traído. Un poco después entró el profesor Jerzy para decirnos que nos tocaba sesión de entrenamiento. La recamarera se sintió con más confianza al ver al profesor, pues sabía que él era polaco y por lo tanto hablaba muy bien el ruso. Como todo un caballero, el profesor vio a la señora de nombre Lena y le regaló unas galletas y chocolates. Ella los guardó de inmediato y dijo “no me las voy a comer, se las voy a llevar a mis hijos, ellos nunca han probado algo como esto”. Todos nos quedamos impávidos con la traducción del Profesor, la señora Lena le pidió al profesor si le podíamos conseguir para su hija un paquete de toallas femeninas y maquillaje en la tienda para turistas. Que ella podía pagarnos con un osito Misha y monedas conmemorativas de los Juegos.

Al día siguiente desayunamos lo mismo. Solo esperamos un poco y salimos al Estadio Lenin, siempre acompañados de Dorovski. En la entrada principal del Estadio colgaban los símbolos de la Hoz y el Martillo; adentro, gente lavando las escaleras y pintando. En el centro del campo empastado, un oso enorme: el Misha inflado. Cuando terminamos el entrenamiento, entraron los jóvenes, se acercaron para intercambiar la ropa. Les dimos los pantalones de mezclilla, chamarras y ropa deportiva. Ellos estaban felices. No nos percatamos que el traductor Dorovski apareció de la nada, les habló fuerte e hizo una señal y en seguida llegaron tres autos negros y un camión tipo militar. Subieron a los jóvenes y todo quedó en silencio. Salimos rápido del Estadio Lenin.

Tomamos la avenida del otro lado del Río Volga para regresar al hotel. De nueva cuenta reinaba el silencio. Dorovski hacía como que no pasaba nada. Al pasar cerca de la Plaza Roja, volví a ver la fila ante la Tumba de Lenin. Al llegar al cuarto del hotel, el profesor nos dijo que Dorovski era militar y que pertenecía a la KGB, “no vuelvan hablar tonterías frente a él”, hasta ese momento me di cuenta que hacia más de una semana que ya no reíamos, mis compañeros y yo ya no éramos los mismos de antes.

Nos avisaron que la salida a la provincia para asistir al Campeonato Nacional Soviético la haríamos por la noche y en tren. Al llegar a la estación no se escuchaban los silbidos de los trenes como se oyen en otras ciudades, solo se escuchaban los rechinidos de los rieles en seco. Los militares rondaban los andenes. Entramos a un vagón. Dorovski habló con otros militares que estaban dentro. Nos sentaron juntos en asientos de fierro, las ventanas no se podían abrir, era como si estuvieran de adorno solamente. Tal vez eran cerca de las diez de la noche cuando el tren salió. Nunca supimos si entramos al bosque, pues la visibilidad de la ventana no era clara, la luz dentro era tenue. Solo se escuchaban las botas que golpeaban el piso cuando los militares hacían el rondín. “Aquí no hay sueño, se fue a otro vagón”, dijo un compañero.

El tren hizo la entrada al pueblo. Era sábado, pero parecía como un día inexistente. Al día siguiente sería la competencia.

Nos despertamos a las cuatro y media de la mañana para desayunar; había lo mismo de siempre, pero solo comimos pan y mermelada con té negro, pues la competencia arrancaría a las siete de la mañana.

En la zona de salida nos esperaban más de dos mil marchistas soviéticos. El comité organizador, en vez de poner vallas metálicas en el circuito de dos kilómetros, mandó colocar una línea de militares. Estaban intercalados uno y uno: uno veía al centro y el otro veía hacia fuera. Es decir, un arma apuntaba al competidor y otra al espectador. Además, habían colocado unas tribunas kilométricas de fierro y tablones de madera para sentar a decenas de soldados. En el centro había una carpa, donde estaban los oficiales. Ahí pendía, en letras rojas, un estandarte con la Hoz y el Martillo.

El disparo de salida de la prueba de 20 kilómetros no lo hizo el juez de salida, sino un militar, y disparó un cañón de verdad. ¡El arranque fue explosivo! Los marchistas soviéticos salieron entonando un himno al unísono. El plan era derrotar, a como diera lugar, al mexicano campeón del mundo y campeón olímpico. Él tenía 5 años sin perder una competencia. Durante 15 kilómetros hicieron una especie de relevos para “tronarlo”, pero lo único que lograron fue que aumentara tanto la velocidad que rompió la marca del mundo. El resultado sería un golpe duro al sistema soviético del deporte. Los primeros lugares los ocupó el equipo mexicano, tanto en los 20 como en los 50 kilómetros. La derrota había sido una ofensa a los mandos militares. Algunos competidores locales, del esfuerzo, terminaron en hospitales. Los que eran militares, fueron arrestados. El enojo fue tanto que esa misma noche nos regresaron a Moscú, de nuevo, en tren. Y así fue.

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Llegamos a la pequeña estación del pueblo, el tren parecía ser el mismo que nos había llevado. Dorovski estaba serio y ahora se hacía acompañar con dos elementos más. Volvimos a sentarnos juntos. Nos fuimos hundiendo en la noche, las horas iban pasando. Empezamos a sentir sed, el agua se había acabado. Dorovski les habló a sus asistentes y enseguida aparecieron con las bolsas de plástico con carnes frías, jitomates y cebollas, pero el bote de aluminio donde traían el agua estaba vacío. Tratamos de dormir, pero la deshidratación y el esfuerzo de la competencia, nos trajo como insomnio. Nos dieron calambres, teníamos que pararnos para estirar las piernas. Ya en la madrugada traté de dormir y cerré los ojos. Así permanecí por no sé cuánto tiempo. Sentí el cuerpo hirviendo en fiebre...y me vi a un lado del Rio Volga. El tren iba en sentido contrario al del agua, a gran velocidad. Yo me dije, “sería capaz de beber de esa agua, aunque sea un poquito”, pero el agua del río estaba turbia. Sentí algo sobre mi cabeza, me espanté y abrí los ojos. Vi la mano de uno de mis compañeros que me decía “ya despierta, despierta”. Me contaron lo mucho que se divirtieron al verme con pesadillas.

“Tengo mucha sed y hambre”, les dije, y uno de ellos respondió “ah, qué Novato este. Así queda uno después de terminar los 50 kilómetros, medio loco. Ya te acostumbrarás, ya lo verás”. Todos rieron, “no te preocupes” dijo otro compañero, “hoy nos vamos a Holanda, ahí si te vas a atragantar” y volvieron a reír todos.

El profesor nos calló, Dorovski estaba parado en el estribo del tren. Era un lunes y tal vez serían como las siete de mañana.

Al fin nos iremos, pensé. Así fue. Nos esperaba la furgoneta que nos llevaría al aeropuerto, pero haríamos una escala en el hotel Rocia para recoger el equipaje. Cuando íbamos sobre el bulevar de cuatro carriles a un lado del Río Volga quise ver la fila de gente que siempre estaba formada, no había nada. Le pregunté a Dorovski y nos dijo que los lunes, los miércoles y jueves, el Mausoleo estaba cerrado.

En el aeropuerto nos regresaron lo que nos habían quitado. Salimos rumbo a México, vía Amsterdam.

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Trece años después regresé a Moscú. Tres meses antes habían derribado el Muro de Berlín. Fui acompañando a un grupo de jóvenes marchistas.

Nos hospedaron en las orillas de Moscú, en un hotel remodelado. Ahora nos habían puesto un traductor más joven que hablaba un español con acento madrileño. A la hora de la cena sugirió ir a un lugar especial.

--¿Tenéis dólares? --preguntó.

--Sí.

--Anda, pues vamos de cena.

Caminamos unas cuadras y entramos a un edificio con poca luz. Pasamos unas puertas secretas, pues debía dar unas contraseñas, y por fin se abrió una puerta, adentro había un gran alboroto. En cuanto nos sentamos apareció una rusa, sobre la mesa puso un menú lleno de fotos a colores: langosta, hueva de esturión, cervezas alemanas y holandesas. Ella giraba su cuerpo de un lado a otro, con sus labios bien pintados, uñas largas y rojas, cejas depiladas, pestañas rizadas. El traductor nos presentó diciendo que éramos mexicanos muy deportistas. Ella dijo:

--¿Dolarus?

--Da --asentó con la cabeza el traductor.

--¿American Dolarus?

--Da. Americanski dolarus.

--Very good --dijo.

Ella se acercó a mí, tomó mi mano suavemente, me puse de pie, se quedó fijamente viendo mi rostro, fue bajando la vista hacia mi mentón y pectorales. El traductor le sonrió y ella también, al tiempo que terminó su recorrido visual. Levantó su brazo izquierdo y lo doblo dejando el codo apoyado por su cintura, mientras la muñeca doblada apuntaba hacia abajo. Después se llevó la mano a su boca y con el dedo índice tocó sus labios, sopló un beso y dijo: I am Moshinska Nazareva.

El Traductor pasó de la sonrisa a las carcajadas, pegaba en la mesa con sus manos como un niño, con su acento español, dijo: “Sí parece mujer este chico. Es bastante majo ¿A poco en México no tenéis de estos Tíos?”

Moshinska Nazareva, dio la vuelta y se perdió entre los comensales y el humo de cigarro.

Fue un viernes al mediodía cuando salimos rumbo al aeropuerto. Al pasar sobre la avenida del Río Volga, volví a ver aquella fila de antes, solo que ahora no estaban formados uno tras otro, había más de diez hileras de personas. Más y más se formaban desde el Río Volga. El gentío subía y pasaba cerca del adoquinado de la Plaza Roja y daba vuelta por los almacenes que están frente al Kremlin.

Yo pregunté: ¿Ahora hay más gente formada para ver la Tumba de Lenin?

--No, no es para eso. Es para comer... hoy Inauguran el primer restaurante...

En ese instante estábamos cruzando a un lado de la Iglesia de San Basilio que nos impedía seguir con detalle la fila de gente. La furgoneta seguía a velocidad media. Cruzamos debajo de un puente y más adelante entramos a un túnel. Al salir, frente a nosotros quedó a la vista el “espectacular” con el anuncio del restaurante: arriba, en la estructura metálica se leía el nombre, con la primera letra “M” más alta que las otras. Abajo, dentro del ovalo del cartel, el logo con la imagen, con su cara, con su sonrisa, ahí él, completo, como viendo la cúpula del Kremlin: El payaso Ronald, cerca del Río Volga.

FIN

Martín Bermúdez

A mis compañeros:

A un lado del Río Volga, en los Juegos de Moscú ‘80, fue descalificado el campeón olímpico Daniel Bautista, cuando ganaba la medalla de oro. Estaba por entrar al Estadio Lenin y al pasar bajo el túnel desapareció de las imágenes de la televisión oficial. Al día siguiente salió de Moscú. En el aeropuerto de México fue un desconocido entre los desconocidos. De ahí mismo se fue al lugar del que salió 10 años antes: Monterrey. Nunca más volvería a competir.

También el subcampeón del mundo, Domingo Colín, fue descalificado en el kilómetro 12, cuando luchaba hombro a hombro por la medalla de plata.

En entrenador de origen polaco vivió cerca de 50 años en México. Con su método evolucionó la técnica de la marcha olímpica. En el año 2000 acompañó a Lech Walesa a una misa en la Basílica de Guadalupe. Recibió y convivió con el Papa Juan Pablo II, durante sus visitas a México. Jerzy Hausleber murió lleno de promesas incumplidas del Gobierno de la República.


En todas las cárceles de México hay 210,991 internos y de éstos el 73.9% al ser apresados no tenían antecedentes y el 26.2% ya había estado recluido en otra ocasión, de acuerdo a la Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad (Enpol) 2016, que realiza el INEGI.

La mitad de los reos tiene entre 28 y 34 años, el 66.0% trabajaba en oficios de bajos ingresos, el 71.0% terminó la educación básica, el 42.0% dejó de estudiar porque empezó a trabajar y 20% porque no tenía dinero.

El 60.0% de los delitos son robos de diversos tipos, el 12.9% posesión de drogas, el 9.7% portación ilegal de armas, el 8.8% lesiones, el 5.4% homicidio, el 4.6% comercio de drogas, el 2.1% daños a la propiedad, el 1.5% violaciones, el 1.2% violencia familiar y el 1.2% secuestro/secuestro exprés.

Al momento de ser arrestadas, al 41.5% se les sustrajo de donde estaban sin que se presentara la orden de aprensión correspondiente, el 25.5% fue retenido después de cometer el presunto delito, el 13.1% con una orden de aprensión, el 13.0% durante la comisión del presunto delito y el 2.4% de otra forma.

El 60.0% de los presos al momento de ser detenido sufrieron agresiones físicas y psicológicas de parte de las autoridades. Las físicas más comunes son patadas y puñetazos (59.0%), golpes con objetos (39.0%), lesiones por aplastamiento (37.0%) y descargas eléctricas (19.4%). Las psicológicas son que las personas permanecen incomunicadas (58.3%), se les amenaza con levantarles cargos falsos (52.5%), se les desviste (46.0%) y se les amarra (40.2%).

El 62.6% rindió declaración en el Ministerio Público (MP) y la mitad de éstos fue presionada por las autoridades, para dar otra versión de los hechos y el 47.5% se declaró culpable por agresiones físicas, por presión y también por recomendación del propio MP o de sus abogados. Ya en la cárcel el 39.3% ha sido objeto de actos de corrupción.

Las prisiones de México no cumplen con la normativa internacional conocida como Reglas Mandela, que establecen un mínimo que se debe cumplir para dar un trato digno a los presos y lograr su readaptación social. El gobierno mexicano las ha adoptado de manera formal, pero el sistema penitenciario no las garantiza.

Las cuatro cárceles que tienen el mayor grado de incumplimiento son: Centro de Prevención y Readaptación Social de Ecatepec, Nezahualcóyotl y Tlalnepantla en el Estado de México y el Reclusorio Preventivo Varonil Oriente en la Ciudad de México.

Las prisiones de México están llenas de personas de bajos recursos que están ahí no por delitos violentos sino por robo perpetrado, en buena medida, para sobrevivir. Están en una situación de riesgo permanente y de manera sistemática se violan sus derechos humanos. Cada una de las cárceles y el sistema penitenciario todo es una bomba que siempre está a punto de estallar.

Mundo Nuestro. Construir una narración periodística para estos tiempos del mundo digital. No es fácil. Todo se va en prueba y error, en búsqueda de un acuerdo entre la volatilidad de los acontecimientos y la retención del espacio contenido en la pantalla del celular. Las palabras se arrinconan contra la andanada sin fin de los memes, los mogis, los videos de mil suertes y banalidades. Poco queda al final del día. Poco tiempo para el análisis y la reflexión sustentada en la lectura bien informada, en la imagen precisa, en el planteamiento de hechos concretos, en la emoción por la vida de los otros. Cómo romper esa inercia terrible en la que la realidad encalla en el desvarío de las tecnología. Cómo construir modelos periodísticos alternativos.

En todo esto pienso al valorar el reportaje Atzala, vida, tradición y muerte. Entre los escombros del sismo, presentado este lunes 7 en e-consulta, realizado por Abraham Torres y Luis Martiíez, un relato que apuesta por la creación de un espacio propio para la historia, un sitio web aparte para la investigación de fondo, un portal que juega con las herramientas tecnológicas sin dejar de lado la estricta narración periodística en su género extremo, el más antiguo, por cierto: la crónica que cuenta una historia. Una historia que los reporteros han decidido contar con espíritu alternativo.

Así empieza la historia de Graciano, el hombre en el que se concentra la tragedia absoluta del terremoto en Puebla:

"Uno no a uno, Don Graciano recorre, ante quien se lo pregunta por enésima vez, los nombres de sus familiares muertos el 19 de septiembre; señala con su dedo las fotografías de su esposa Carmela Mérecis Ramírez, sus hijas Feliciana y Susana Villanueva Mérecis, sus nietos Samuel y Azucena Flores Villanueva, su cuñado Florencio Flores Nolasco, quienes murieron tras acudir a un bautizo aquel medio día en la iglesia del pueblo."



Un arranque de crónica que cumple con todos los básicos de un historia que merece leerse entera.

Pero también una propuesta que se funda en el uso creativo de la tecnología como sustento fundamental de la narrativa. Dicen sus autores:

"La base es un video en 360° y Realidad Virtual. Periodismo de inmersión puro. Esta es una forma diferente de narrativas digitales. Muevan su celular..."

Es una apuesta que seguramente ganará territorio para la lectura y la apreciación de fondo la una realidad que en su tragedia nos contempla.



Ir a Atzala, vida, tradición y

muerte entre los escombros del

sismo

Las matanzas van en un hilo: en un campo de futbol de Huejotzingo, a la vista de jugadores y público, un comando asesina a dos personas al mediodía del domingo; muy cerca, en San Pedro Tlaltenango, un pueblo trepado en una loma atrás de la acerera ex HYLSA, huachicoleros se agarran a balazos y cuatro quedan muertos a media calle de esa antigua comunidad prehispánica, y hoy, en una carrera infernal, un comando mata a cuatro personas en una clínica de Chachapa, y en la huida por la autopista a Orizaba matan a dos más.
Qué exitosa la muerte en Puebla.
Doce muertes para alumbrar esta semana de Muertos. Poco ayuda preguntar cómo caímos en esta barbarie, pero es un hecho que mucho de lo que ocurre está fundado en el desmantelamiento del aparato de procuración de justicia que ha dejado indefensa a la sociedad poblana contra el desenfreno del crimen organizado y la violencia gansteril.
¿Con qué cara la señora Martha Érika pedirá el voto para convertirse en gobernadora? ¿Moreno Valle se asomará a las tres de la mañana a los encabezados de la prensa para ver qué se dice de él por estos territorios de sangre y mantas blancas sobre los cuerpos tendidos en el pasto, en el pavimento, en el pasillo de una clínica?
Por eso bien hacemos al respaldar la crítica de Juan Carlos Canales que señala el fracaso del Estado al enfrentar la violencia en Puebla por la marcada impunidad y corrupción que prevalecen en las instituciones de seguridad pública. Y es incuestionable su reclamo a Tony Gali, quien ha amenazado con sancionar a los grupos civiles y universidades privadas que critican pero "no dan cursos para prevenir los delitos..."
Es lo menos que puede uno hacer, levantar la voz y cuestionar: pero qué cara dura de estos servidores públicos, como les gusta recordarnos que lo son en sus discursos vacíos.

Vida y milagros

No sabemos qué efectos causará en el cerebro humano el montón de estímulos e información que recibe constantemente y que apenas hace un siglo eran impensables. Para la historia del cerebro humano cien años no son nada. No sé si fuimos diseñados para recibir el universo entero cada día. ¿Qué fortalece nuestro cerebro y qué lo daña? ¿Funciona más y mejor nuestro cerebro que hace cien años? ¿El cerebro de una persona informada está empleado a fondo como el cerebro del escritor, científico y poeta Goethe, que en su casa no solo tenía, sino comprendía y dominaba todas las tecnologías disponibles al principio del siglo XIX? ¿En lo individual sabemos más que él dos siglos después? ¿Razonamos mejor, somos más hábiles para sobrevivir en medio del alud de información?



He tenido que pasar casi un mes sin salir en la quietud de un cuarto, mientras el cuerpo trabaja en regresar a su lugar un disco columnar. Ahora sí, como dice el clásico, he tenido que serenar la mente voluntariamente a fuerza. He ido dejando lejos la tiranía del ruido que todo lo invade en la vía pública , saliendo de las turbinas de un avión que cruza el cielo, del claxon de corneta de un camión, del motor de una moto, de las bocinas de las farmacias a donde uno va en busca de un remedio. Todo el espacio público está regido por el ruido. Los mercados, el súper, las salas de espera de los hospitales, los colegios, las iglesias. Ya ni de las iglesias puede uno esperar cierta cordura, ya llaman a misa con bocinas que imitan con pésima calidad pero altos decibeles el sonido de las campanas. En general las ciudades se han vuelto escandalosas y nuestras vidas cotidianas se han ido acostumbrando a ese tremor, aceptándolo como definitivo.

El otro tremor es que de todo lo grave o considerado importante que sucede en el mundo, nos enteramos casi en tiempo real.

--¡Qué bueno que ya no oigo bien! --decía mi padre--, para lo que hay que oír.

Eso decía pero no dejaba un solo rincón del Excélsior sin leer, ni ningún edicto ni esquela de El Sol de Puebla sin revisar. Todo devoraban sus ojos y oían sus oídos curiosos en el radio y la tele del siglo XX. Era un adicto muy serio a la información, pero ni en sueños se imaginó que llegaríamos a tener el teléfono en la bolsa y el mundo entero en él. Desde ahí nos siguen no solo nuestros lazos amistosos y familiares, sino todos los fenómenos públicos del país y del mundo. Difícil sustraerse a ellos, pero enfermizo vivir pendientes de ellos. Vivimos llenos de información inútil, pero no nos conocemos a nosotros mismos. Ya poco usamos y ponemos a prueba las potencias del alma, las llamadas memoria, entendimiento y voluntad.



Bioinformatics. Ilustración de Ticatla, 2013.

Tenemos derecho a que no nos perturben de tiempo completo los sucesos del mundo, pero no lo ejercemos. Horror. De verdad. Tenemos colonizado por completo el disco duro del cerebro. Ya no dejamos lugar para guardar la memoria de un cielo de octubre, o la luz tímida de una luna menguante, o el brillo deslumbrante de la llena. Ya no hay lugar para guardar los sonidos admirables de una casa, esos que solo se oyen cuando nos quedamos a solas. Las casas no son silenciosas del todo. Tienen sus propios ruidos, sus horarios, sus propios quejidos, su lenguaje secreto. Solo hay que darse el tiempo de escucharlas. Descubrimos qué ruido produce una rama que roza un cristal, o cómo rechina una puerta aunque sea idéntica a la otra. Cómo suenan las pisadas de un niño que llega, o de un perrito. Tic, tic, tic, tic. Esa es la perrita vieja. Tacatan tacatán tacatán tan tan... esa es la joven. A las seis de la tarde, en medio de una última escandalera, se retiran a dormir los gorriones. Puedo oír los ruidos de la casa porque he dejado fuera al mundo estrepitoso por un rato. Y todas sus noticias.

Las noticias del mundo. De repente me asomo y meto la cabeza de nuevo del puro espanto. En particular las de los díscolos partidos. Qué pesados están todos. Ni a cuál irle de mal portados, gastalones y groseros. Qué barbaridad. Que feos son y qué mal se llevan. Tendrían que castigarlos como nos castigaba mi mamá de niños cuando nos daba por pelear entre hermanos. Nos sentaba frente a frente a los peleoneros un buen rato y nos dejaba pensando. Nada de hablar ni de volver a las manos porque nos recetaba otra media hora de muda contemplación. Hasta que acababas viendo al enemigo como amigo y cómplice, hasta que regresara la concordia y la risa.

--Si son hermanos, no villanos -nos decía--. Están groseros por no gastar energía y por estar viendo tanta televisión, por estar de ociosos. ¿Tanta televisión? Si solo nos dejaban verla los viernes y sábados y un ratito el domingo.

--Tanta televisión hace daño. Váyanse a hacer algo de provecho o pónganse a jugar. Ordenen sus cajones.

Los partidos están de ociosos porque son unos mantenidos. Sí. Unos mantenidos.

Trabajar para ganarse el sustento, eso es lo que tendrían que hacer los partidos. Y ordenar por completo sus cajones de ideas. Pensar menos en la televisión y en andar de lucidos y en hacer algo de provecho, como por ejemplo mantenerse a sí mismos. Imposible. Ni a cuál irle. Ya son tan parecidos que mejor debería haber elecciones por sorteo. El resultado sería muy parecido a lo que seguramente quedará después del mentidero de promesas incumplibles de parte de todos.

Estoy pensando en el Clan del Oso Cavernario. Hace 30 mil años nadie sabía si un tigre dientes de sable o un mamut era el que había dado cuenta final del jefe de un clan. No había periodistas cavernarios. No se sabía de cuál papá eran los hijos, solo que todos eran de la misma tribu. Si había eventos catastróficos, solo te enterabas si te pasaba a tí. No había países. No creo que existieran las lágrimas sentimentales. ¿Cuándo se empezaría a llorar de una emoción? La historia de las lágrimas... no había pensado en eso. Nadie supo nunca cuándo es que se extinguió el mamut. Ni que hubo dinosaurios. Sabían solo lo útil y necesario para sobrevivir, y ese conocimiento era muchísimo. Y hubo quien se hizo un hueco para mirar la belleza del mundo para luego plasmarlo en la pared de una cueva con líneas sencillas, audaces y elegantes. Hoy, si se murieran todos y solo quedaran dos adultos y algunos niños, seguramente regresaríamos a la edad anterior a la edad de las cavernas, a bien morir de manera inmediata. Los que vivimos en las ciudades no sabemos nada, no controlamos nada. Dependemos de todo. Solo sabemos puras ociosidades.

Escribir es una ociosidad y hace tres semanas que no escribo porque estoy de ociosa. El círculo vicioso o virtuoso perfecto.

Hace mucho bien eliminar el universo entero por un rato, vivir por unos días una orgía de silencio. Al final es todo lo que nos quedará. Nuestro silencio y su universo entero.

Contla, el arte de lo posible para imaginar imposibles.

Según pasa la vida, uno se entera que no encuentra lo que busca, sino lo que debe encontrar. Por ejemplo, que Contla tendrá su asamblea de coordinación con todas las instancias civiles que le han apoyado este viernes 27 de octubre a las 10 horas.

Vine a Axochiapan, al suroriente de Morelos porque se dice que fue el epicentro del sismo. Pero en el Santuario del Padre Jesús, lugar donde se desplomó la bóveda y murió la única víctima del 19 de septiembre, doña Leonora A., de 91 años, me dijeron: no, aquí lo tuvimos muy cerca, pero en realidad ocurrió como a 12 kilómetros. Fue en Contla donde tronó el sismo, ahí sí que se cayeron las casas. A tres kilómetros de Axochiapan está una comunidad de nombre sugestivo: Quebrantadero. De ahí sale la brecha hacia Contla, en el estado vecino de Puebla. «Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja».

“Yo estaba en el campo, haciendo la labor para preparar la cosecha, de repente sentí que me empujaban hacia arriba, algunos dicen que se escuchó un ruido terrible, como que venía de debajo de la tierra. Los árboles se mecían y se empezó a levantar una gran polvareda justo donde se encuentra el pueblo. Me embargó una gran tristeza. Ahora sí, se acabó todo”; dice don Juan N., vecino de Contla.



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“Fue una gran nube polvorienta porque se rajó la Cantera, este cerrito que nos cobija, y que tiene adentro un gran depósito de yeso. Y sí se cayeron y dañaron muchas casas, pero no tuvimos un solo muerto o herido, alcanzamos a salir de las casas, incluso un grupo de señoras que estaba escuchando una plática sobre sismos en la Inspectoría y que se derrumbó, pudo salir corriendo” comenta Indira Pérez. En Puebla, la autoridad civil y su casa en las comunidades se llama así, Inspectoría.

En 2014 los habitantes de Contla cooperaron en el documental Los Jinetes del Tiempo sobre la cabalgata que realiza el Grupo Actoral de la Revolución del Sur, compañía de teatro campesino en la vecina comunidad de Quebrantadero, Morelos. Año con año recrean la histórica cabalgata del General hacia la ciudad de México en 1915, cuando los ejércitos campesinos de la Convención de Aguascalientes llevaban las de ganar. Cuando cundió la noticia de los daños en Contla por la fuerza del sismo, Los Jinetes del Tiempo se presentaron y levantaron una Inspectoría con varas de Otate de un día para otro y que ahora se distingue por su bella simetría y sus tonos café verdosos entre los escombros de las casas derruidas. La autoridad, el señor Inspector, recuperaba su lugar, indispensable para afrontar el desastre. Luego se regresaron a Quebrantadero para instalar un centro de acopio a fin de abastecerlos.



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Fue el inicio de un huracán benéfico de ayudas. Vecinos de los pueblos, universidades públicas y privadas de la ciudad de México, de Morelos y Puebla, empresarios, grupos religiosos, hicieron su cabalgata de solidaridad. “La Iberoamericana, la Universidad Nacional, Chapingo, El Tecnológico de Monterrey, La de Morelos y Puebla, todas han estado aquí”.

Hacia los niveles de gobierno distinguen entre la acción de la Gubernatura y la falta de información y de presencia en el lugar del Municipio de pertenencia, el de Teotlalco, Puebla. Llegó Protección Civil, hizo sus estimaciones, pero no ha regresado ni enviado información. Saben que hay Juntas del Centro de Mando del gobierno del Estado donde la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL) y de la Secretaría de Desarrollo Agrario, territorial y Urbano (SEDATU) informan de sus labores para crear el censo y los padrones de damnificados y beneficiarios. Y que hay fecha para el término del censo a nivel estatal, a fin de este mes, y que van a iniciar la entrega de tarjetas personales, no saben de cierto las cantidades que se darán para reparar o para demoler y reconstruir. Pero la presidencia municipal de Teotlalco brilla hasta el momento por su ausencia.

En un espacio deportivo ahora habilitado como centro de acopio, lugar de reunión e intercambio, destaca la cocina comunal. “Luego nos traen comida los pueblos vecinos, pero aquí siempre hay trabajo, sea para servir o para recalentar”. Las señoras con frecuencia son las primeras en reaccionar, organizarse y pasar a la acción. Establecieron un calendario para distribuirse las faenas, dieron prioridades para las donaciones, por ejemplo, el abasto de tanques de gas, el cuidado de lo perecedero. Se estaba sirviendo un pozole con pollo y todos sus ingredientes de rigor, acompañados por tostadas gigantes de frijol refrito con queso. En una banqueta jóvenes brigadistas con sus chalecos y cascos a un lado descansan en esta tarde con sol cantando canciones rancheras.

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Indira Pérez es una joven encargada de una de tantas comisiones de un pueblo que se abre paso en este tiempo insólito donde se encadenan las asambleas que informan y que deciden. Terminó la carrera como Técnica Superior en Administración en la Universidad Tecnológica de Izúcar de Matamoros. Y mientras comemos el sabroso pozole va señalando la ruta del orden propio que ya se trazaron, una vez realizadas las tareas urgentes del rescate y la sobrevivencia como familias y pueblo. Ahora se vuelcan hacia las prioridades de la reconstrucción según su propio querer y pensar, en diálogo con los que si están: las redes sociales y civiles, sus muy diversas organizaciones, las universidades y los empresarios. Al gobierno también lo esperan, ya tratarán con él cuando se de su tiempo. El pueblo ya tiene lo principal, sus prioridades.

Primero, que esa reconstrucción conserve la belleza del lugar y sus tradiciones de habitar. Luego que se levanten casas seguras, no vulnerables a la condición sísmica del terruño. “Nos dicen, les mandamos cemento, les mandamos varillas, y si, muchas gracias, pero necesitamos otras cosas.” Deben tener mucho cuidado después de las experiencias con los temblores, y las grandes losas de cemento no les inspiran confianza aquí en lo que fue el corazón del epicentro. Por ejemplo, les interesa probar con técnicas y materiales alternativos de construcción, tal vez las pacas de avena y arroz que luego se recubren de lodo o adobe. O las mezclas de tierra, cal y un poco de cemento que se vierten en bolsas o costales y se cohesionan con alambre de púas. O el uso de placas de micro concreto, ligero y térmico.

Quieren también que haya un orden en las entregas, pues luego resulta que se concentran sólo en algunas personas los beneficios, y no por mala voluntad, sino por falta de información y organización. También que se les dé prioridad a las mujeres solas, a los adultos mayores y a las familias con niños. Quieren tener certidumbres sobre la naturaleza de los suelos y de las peñas que rodean al pueblo. Quisieran impulsar una iniciativa de “apadrinamientos” donde asociaciones, sindicatos, empresas, organizaciones religiosas o universidades se hagan cargo de una o varias casas, ya sea para la compra y la elaboración de materiales adecuados, alguna mano de obra especializada o de apoyo a cabezas de familia exigidos por el levantamiento de las cosechas, o que se encarguen de iniciar y terminar una casa para los más desvalidos.

En esta fase de la reconstrucción les piden a las universidades que les apoyen con el conocimiento especializado en técnicas y materiales alternativos de construcción. Es la hora de geólogos, topógrafos, ingenieros y arquitectos, especialistas en energías solares, en cuidados ambientales. El orden interno que están procurando tiene que organizar las ayudas de universidades, de los pueblos vecinos, de gobiernos y de empresas, no al revés como está ocurriendo mayoritariamente en el centro – sur del país. Ese orden interno les dice que van a reconstruir su pueblo en respeto a su antigua belleza. Y esa tal vez sea la muy importante aportación de Contla, su arte de lo posible cuando ese posible se redujo a los deseos de los poderosos, donde aprenden que pueden lo que hacen, y que en el interior de ese hacer se va gestando hasta empezar a latir, lo imposible unas horas antes. La utopía a la mano de la gente común.

Para ese asunto vital a la hora de la reconstrucción, Contla les pide a todos los interesados en colaborar con ellos y sus planes, a acudir al pueblo este viernes 27 de octubre a las 10 de la mañana.