Sociedad

Mundo Nuestro. En este cierre del año presentamos algunas de las crónicas destacadas a lo largo de los meses de este 2016. Aquí febrero.

Ciegos que ven

Verónica Mastretta/Vida y milagros

02 Febrero 2016

No he sido mucho de ir a fiestas y esas cosas. Entre otros motivos porque a veces me tomo no solo las bebidas de la fiesta, sino la fiesta en sí. Muy peligroso, pero también muy ilustrativo, aunque he preferido sociabilizar con quien me voy encontrando en la vida cotidiana. En mi entorno familiar me consideran rara por departir con todo dios, por hacer migas con el de junto en la fila para entrar al cine, por sostener una larga conversación con alguien que acabo de conocer en el mercado o por establecer lazos de amistad e intercambiar información con quien me ayudó a levantarme después de caerme a media calle. Es una cualidad y un defecto que ha terminado sumando a mi favor, porque es así como he conocido personas extraordinarias que de otro modo jamás habrían tocado mi vida.



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1913: el amor en Madruga

Esther Rizo Campomanes (1921-2013) 4 Febrero 2016

Pablo y Juana se conocieron de la manera más disímbola.

Estrenaba Pablo, con sus escasos dieciocho años, su uniforme como conductor en el ferrocarril que iba de La Habana a Madruga y viceversa, conduciendo a la escogida clientela.



Famosa por la bonhomía de sus habitantes, en Madruga el turista gozaba no sólo de las virtudes salubres de sus aguas, sino de un trato amable. No se sabía bien porqué, pero la amabilidad de sus habitantes era famosa en la región. Gozaba de cómodos y no estipendiosos hospedajes y sus habitantes eran famosos por su trato.

Era motivo de orgullo ser conductor de ferrocarril que conducía a los veraneantes y eran escogidos por ser afables y, si era posible, por su postura.

Pablo contaba con ambas cualidades. Alto, erguido y apuesto con ojos castaños que trasmitían dulzura y un carácter alegre y dicharachero que se trasparentaba siempre con una sonrisa. Pero a pesar de su entrenamiento y natural agradable, sus ojos no pudieron dejarse de abrir con asombro ante la extraña comitiva que se aprestaba a abordar el tren.

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“¡Game is over, dad…!” De gringos adictos y estreñidos en el Super Bowl y la guerra del opio en México

Esta es la historia de los niños ralladores en la Montaña de Guerrero, la furia de un gringo viejo contra el espejo-televisor por el que ha mirado el mundo, el guapo estreñido y adicto en el Super Bowl, la denuncia premium de Beyoncé y la amarga y absurda guerra del narco en México que nos ha dejado en diez años más de cien mil muertos y, al 31 de diciembre del 2015, la cifra precisa de 27,659 desaparecidos. Escribo un día después del juego, y lo hago a flashazos, como si la vida nuestra fuera un permanente ir y venir de cortes comerciales y nunca sabremos si nuestros sueños y desgracias son reales.

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Esta historia empieza ahora mismo, cualquier día de este febrero invernal, en un paraje perdido en la Montaña de Guerrero, con un grupo de niños y niñas a gatas y ocultos entre las matas de amapola que fácilmente los cubre. Son los niños del opio en Guerrero (El Universal, 13/7/2015). Cada uno lleva un instrumento corto de madera del que se amarran dos navajitas filosas. Cada uno sabe lo que tiene que hacer entre las flores rojas que encienden un filito de la sierra, un campo en el que los adultos no pueden andar so pena de aplastar la fuente de su sobrevivencia, pero los pequeños sí: cuidan de no pisar tallos y flores caídos, identifican los bulbos que están a punto y cortan en circunferencia para que brote una lechita blanca que recogen en latitas de jumex. Si la cosecha es buena, la ralla que esa familia logrará de ese campo les dará 700 gramos, 900, chance hasta un kilo de la goma que en cientos de escurrideros hormiga baja hasta los caminos que se disputan las bandas que controlan las montañas agrestes asomadas a la cañada ardiente del río Balsas.

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  • Cuando te entierran así… /Voz de las madres para sus hijas muertas

Mundo Nuestro. Estas son las voces de las madres de siete mujeres asesinadas o desaparecidas en la ciudad de Puebla que el jueves 25 de febrero en el zócalo de la ciudad de Puebla hablaron por ellas para exigir justicia.

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No vivimos tiempos gratos. El asesinato de Samai Alejandra Márquez Salgado nos recuerda que vivimos en la barbarie.

No hay otra manera de iniciar este relato que con la voz de Argelia Romero Sosa, madre de Olga Nayeli Sosa Carrasco, asesinada por su marido, Moisés Torres López, algún día de junio del año 2014:

“Pido justicia para mi hija Olga Nayeli. Hace un año su marido la mató, la descuartizó, le machacó los huesos, la quemó y la fue a enterrar allí a Atlixco... Y a estas horas, a estas fechas no han hecho nada… Su tío del agresor es el magistrado Manuel Nicolás López Ríos…”

Cinco verbos brutales y precisos en el tiempo de la muerte, el pasado más absoluto: mató, descuartizo, machacó, quemó, enterró. Y no hay otro presente hoy en México. Porque lo que narra Argelia Romero, el calvario de Olga Nayeli, le ha ocurrido a Puebla en último año a por lo menos 55 jóvenes mujeres más. Son cifras que con diligencia ha recogido el Observatorio Ciudadano de Derechos Sexuales y Reproductivos (Odesyr) Es nuestro presente de feminicidios que barre inclemente el sistema de justicia en nuestro país.

Con el añadido insondable de la corrupción de la justicia: “Su tío del agresor es el magistrado…”

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Se supo por esta tierra… Un relato histórico de los totonacos desde la radio en Nueva York

"Se supo por toda esta tierra, que habían llegado al puerto de la Veracruz Vieja, que está de este pueblo catorce leguas, unos navíos, y en ellos venían unos dioses hijos de ellos, los cuales se dejaban tratar de los naturales; y viendo esto el Señor del pueblo, tomó otros dos principales y otros indios de carga, en que llevó algunas gallinas de la sierra, y gallos, y maíz, y mantas, y miel, y un poco de oro, y fue allá y hablo con el Marqués y le presentó lo que llevaba, y el Marqués le dio gracias por ello y le rogó que fuese su amigo y de aquellos españoles, y que no venían a hacerles mal, y se volvieron a su pueblo, y de ahí adelante siempre acudieron a la Veracruz a llevar servicio y tributo de maíz y gallinas; y esta dicen que fue su conquista y descubrimiento…”

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Mundo Nuestro. En este cierre del año presentamos algunas de las crónicas destacadas a lo largo de los meses de este 2016. Aquí el mes de enero.

El Atoyac en Atoyatempan: el río que renace por la serranía del Tentzo

Mundo Nuestro/Galería fotográfica y texto



14 Enero 2016

Mirar el 2016 con ojos que quieren romper la miopía perversa de los políticos. Mirar el territorio poblano en el que nos ha tocado vivir, pero hacerlo con el sustento que brota de la investigación científica y el compromiso por la recuperación de la naturaleza. Mirarlo con los ojos de una sociedad que contra todos los malos ánimos construye una nueva relación con el medio ambiente.



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Seguirá habiendo chapos, circo, negocios y elecciones

Verónica Mastretta/Vida y milagros

11 Enero 2016

Ya el nuevo año de por sí pintaba trepidante: vértigo financiero, elecciones para gobernador en más de la mitad de los estados del país, un gobierno federal montado en un potro aparentemente indomable que es el del recorte financiero a costa de la debilidad del estado mexicano en áreas estratégicas que requieren presupuesto y atención, como lo son la impartición de justicia, la seguridad pública y la preservación de los recursos naturales, sin los cuales, acabaremos perdidos tarde o temprano. Y para remate, la vanidad del Chapo, seducido por el pecado capital del siglo XXI, la necesidad del pasaporte probatorio de que existimos por medios de nuestra aparición en las redes sociales, la televisión o el cine. Sin la vanidad y la adrenalina que la acompaña, este pecado favorito de políticos, o de ricos y famosos, el Chapo podría haber terminado su vida en el anonimato que le pudo haber comprado el dinero. Cedió a la tentación de coquetear con radical chics como Kate del Castillo y Sean Penn, a los que no solo les concedió una entrevista en persona en Octubre para la revista Rolling Stone, sino con los que cultivó la loca idea de ser el productor de una película sobre su vida en el que el héroe, guionista y director fuera él mismo. Menospreció que un estado mexicano, profundamente herido en su orgullo, lo estaba esperando. La película, de la que él ya no será ni director ni guionista, va a tener un final distinto, y de momento, desconocido.

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Memoria urbana: 1948, narco y vida social en la ciudad de México

Emma Yanes Rizo

28 Enero 2016

La casa parece un castillo. Ocupa casi la mitad de Zaragoza, entre Pedro Moreno y Violeta, en la colonia Guerrero. Construida con cantera rosada, pulida, tiene también un ventanal inmenso, arriba de la puerta principal de madera tallada, con su marco de piedra en forma de estrella. Hay dos torres en los extremos, con sus ángeles labrados y arriba de cada una de ellas unas flores también de piedra acentúan su parecido con un castillo. Tiene ocho balcones que dan hacia Zaragoza; el escudo en el balcón del centro indica que es el principal. En la torre derecha, otro vitral inmenso alarga la vista.

Hoy la casa está en ruinas…

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El gobierno contra la 28 de Octubre: las razones de Rita Amador

Sergio Mastretta

14 Mayo 2015

“Soy un perro de ataque, en las fiestas me guardan, pero cuando es necesario me sacan.”

Con esa frase un alto funcionario del gobierno estatal explicó a los dirigentes de la organización 28 de Octubre lo que se les vendría encima en el 2015. Hoy es diputado en el Congreso de la Unión. Entonces, en el 2013, era el responsable de negociar con los líderes de la única organización popular independiente con más de cuarenta años de existencia en la ciudad de Puebla.

“Los operativos van a seguir --explicó a los reporteros hace una semana Mauro Nava, el funcionario municipal a cargo de convertir en realidad la amenaza de su colega en el gobierno estatal--, y los vamos a realizar en la madrugada, para no afectar a terceras personas.”

“Queremos una Puebla que se vea bonita, lo demás no nos interesa…”, le había dicho este mismo Mauro Nava a Rita Amador para justificar las acciones contra los ambulantes de la 28 de Octubre.

El 29 de marzo empezaron los desalojos. Y no han parado: La Margarita, Loreto, El Calvario, Amalucan, San Aparicio, Xonaca La Bola, Centro Escolar, Zaragoza. Con repeticiones en La Margarita y Loreto. La marca oficial es conocida: operativos policiacos y pandilleros de la mano, con el respaldo de una organización afín al gobierno, en este caso, la que lleva por nombre Doroteo Arango. Y un viejo enemigo de los 28 desde los desalojos de 1995: Antonio Ordaz.

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¿Por qué la rebelión de los calcetineros explica a los políticos piratas?

Sergio Mastretta/Primera parte

28 Enero 2016

Dos escenarios para abundar en la historia de la piratería tierra adentro de México.

En el escenario 1 de nuestro mar absurdo el fracaso de un operativo de la Procuraduría General de la República contra la piratería de los calcetineros del volcán por denuncia penal interpuesta por Tommy Hilfiger Licensing, una trasnacional de las modas con valor de 3 mil millones de dólares. En el horizonte la Izta todavía luce el manto blanco que le da nombre y del que se acuerda por las nevadas intensas de la semana pasada. En el primer plano un pueblo pegado al bosque, San Rafael Ixtapaluca, levantado en piedras y barricadas, en defensa de sus talleres de calcetines que han transformado la vida de un pueblo campesino, por sí mismos, sin plan de gobierno alguno, sin banco que les preste, sin pertenencia a cámaras textiles, parte de la corriente insondable de la economía informal de México. En los radios y los celulares de los oficiales de policía la alarma encendida: negativo, jefe, sin éxito el asalto, no se detuvo a nadie, no hay mercancía requisada en el cateo… y más: los pobladores retienen a cien de nuestros, están encabronados y amenazan con quemar los 21 vehículos entre patrullas y camionetas, y para acabarla, en la huída parece que nuestra gente atropelló a una mujer… Así es mi jefe, manden refuerzos.

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La cocaína del mar que mata a la vaquita marina en el Mar de Cortés

Portal del Agua en México

21 Enero 2016

Mundo Nuestro. El Portal del Agua en México publica cotidianamente los sucesos más importantes en el mundo en torno a la temática del agua. Esta semana documenta, por ejemplo, el ecocidio en Cancún por la devastación de 56 hectáreas de manglares. Presentamos esta denuncia contra la pesca ilegal del pez endémico del golfo de Cortez llamado Totoaba –él mismo en peligro de extinción conocida como la cocaína del mar por el altísimo costo que alcanza en el mercado chino su vejiga, y que está acabando con la vaquita marina en el Golfo de California. La fuente es el portal SINC La ciencia es noticia

Un nuevo informe de la Agencia de Investigación Ambiental (EIA, por sus siglas en inglés) llama a una acción de urgencia contra el comercio ilegal de pez totoaba (Totoaba macdonaldi), en peligro de extinción, y que se captura de forma ilegal para satisfacer la demanda del mercado chino. Su precio alcanza en este país los 16.000 yuanes por cada 100 gramos de su vejiga natatoria, por lo que las han apodado como la ‘cocaína del mar’.

CUERPOS/Eros desarmado

Günter Petrak/Narrativa

21 Enero 2016

Las fantasías deben ser irrealizables. La fantasía que se cumple mata el deseo y el deseo es el motor, no sólo de la fantasía, sino de la vida. Lacan

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Crónica de un pasón setentero en la Lacandona: Esto está a tope, tío

Sergio Guzmán

07 Enero 2016

Partimos rumbo a Chiapas por primera vez en auto a mediados de los 80. Los viajes anteriores habían sido en tren. Memorable. Se trataba del Peras, Sopas, Hell, Peco y yo, a bordo de un VW Caribe diésel. Nuestro único contratiempo: el mal humor de todos. Éramos mucho más que camaradas. Carnalitos pues. Pero en esa ocasión no más no se dio la química. Iniciaba una de las aventuras más intensas y maravillosas de mi vida.

Llegamos al Mayabel; el mítico camping park en las afueras de Palenque dónde tocaba base todo jipiteka nacional y extranjero que se aventuraba por esos rumbos. Teníamos la intención de encontrarnos con Charlie, un buen amigo que estaba chambeando con comunidades marginadas en un cargo semi burocrático y semi populista lopezportillista. Para nuestro desencanto resulta que el Lic Charlie (sic) andaba de "ruta" y a lo mejor volvía en cinco días o más. Esto no estropeaba el plan, pero si nos restó la posibilidad de aventurarnos al corazón de los Montes Azules, al Usumacinta y nuestro último destino: Bonampak. La primerísima noche en la cafetería del Mayabel, conocimos italianas, quebecuas, gabachas, vascos, y muy particularmente a unos muchachones de Villahermosa que sacaron un churro gigantesco que nos puso a girar. Obviamente nos hicimos cuates.

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Vida y milagros

Reiterativo, pero las buenas amistades si son la sal de la vida. Sin ellas la vida puede ser insípida o desequilibrada como una mesa a la que le falta una pata. La amistad es un camino de doble vía que requiere de reciprocidad, y cuando esta se da, la verdad es que uno encuentra hermanas o hermanos entre los amigos. Yo tengo la doble fortuna de que mi hermana es también mi mejor amiga. Francesco Alberoni dice, y coincido con él, que la amistad requiere de cultivo y empeño y no es incondicional como puede serlo el enamoramiento, el amor a los hijos, a los hermanos o a los padres.
Tengo en mi haber tres amigas con las que durante el año comparto un montón de cosas, pero aparte, religiosamente festejamos la temporada de Navidad con una comida especial, una ida al cine, una larga plática, un intercambio de libros o alguna cosa pequeña pero significativa. A principios de diciembre oí en el radio el anuncio de que el ballet ruso se presentaría en el Complejo Universitario de la Universidad Autónoma de Puebla con la obra El Cascanueces de Thaikovsky y estarían acompañados por la orquesta sinfónica de la BUAP. El Cascanueces es una obra que me sé de memoria gracias a mi mamá y a su amiga Martha Castro, una bailarina, maestra y coreógrafa extraordinaria que cruzó por nuestras infancias en la academia de danza que ambas compartieron. Entre las dos nos enseñaron a escuchar música fantástica y a medio movernos con gracias a un hato de niñas no necesariamente tocadas por el don de la danza.
¡Ir al ballet como festejo me pareció ideal! El problema era que soy una perfecta inútil para ir a comprar boletos de eventos y conciertos; oigo los anuncios , me entusiasmo, pero rara vez llego a la taquilla y cuando me doy cuenta el ballet ya está de regreso en Moscú, la obra de teatro en gira por Sonora o Joaquín Sabina luchando por su vida en un hospital. Esta vez acudí al auxilio del hombre más entusiasta que hay en Puebla en lo que se refiere a eventos: es capaz de ir a una pastorela de kínder que promete, de partir a Argentina a ver bailar tango, de treparse a una pirámide a recibir las vibras del cambio de estación y desde luego, ha asistido a todo lo que valga la pena de música y danza que por esta ciudad haya cruzado. Si ha faltado a un concierto es porque ha estado en artículo mortis, aunque él no es de los que se muere con facilidad como sí suelen hacerlo casi todos los hombres que conozco, que se mueren, literal, ante el menor achaque, como por ejemplo un padrastro mal cortado o un catarro inofensivo. Paco Sánchez va de todas, a todas. Por lo tanto es el rey de la taquilla. Por el chat le pedí el favor de que me comprara los boletos con aseguramiento de pago inmediato. Dijo que sí con mucho entusiasmo y tuvimos boletos.
El 14 de Diciembre las cuatro alegres comadres comimos en una casa llena de recuerdos preciosos y vibra excepcional. De tres a ocho no nos paró la boca y nos pusimos al corriente de todo agravio, alegría ,desfalco o acierto del año. A las ocho partimos al Ballet.
Hay que reconocer que la BUAP presenta desde hace ya muchos años eventos extraordinarios que solo fueron vistos antes en Puebla cuando el mencionado Paco Sánchez y Jorge Cubillas fundaron Puebla Ciudad Musical y lograron traer a artistas que era impensable que vinieran a México en el último tercio del siglo pasado. Entonces solo había dos foros, el Auditorio de la Reforma y el antiguo Teatro Principal. Hoy hay muchos, pero el del Complejo es francamente precioso. La BUAP ya logró consolidar una orquesta sinfónica llena de jóvenes talentosos que cada vez tocan mejor.
Ya instaladas en nuestros lugares nos llamó la atención y nos gustó ver a un público verdaderamente plural, de todas las edades, muchos asistentes mayores de ochenta años, cosa muy bonita, pero también niños de pecho o demasiado pequeños que no debieran estar ahí porque lloran y se aburren. Una cosa que nos sorprendió para mal es que ya dada la ter cera llamada, las puertas del auditorio no se cerraron y la gente siguió entrando hasta que se le pegó la gana.
Divino el ballet, la orquesta de la BUAP estuvo a la altura de los bailarines y la coreografía y la escenografía fueron perfectas; el único pero es que la administración del auditorio no logra poner reglas de urbanidad en el público, que a la menor provocación es proclive al desorden pues no se les pone límite alguno; entraron y salieron a su antojo con todas las cosas propias de una cafetería de cine: refrescos tamaño jumbo, papas fritas con chile y limón, cheetos y palomitas de maíz, que no sé porqué irremediablemente caen al suelo. En medio de un ballet suenan como un alud además de ser una majadería. Los administradores del complejo necesitan corregir esa enorme falta de respeto hacia los artistas y hacia el resto del público que no está entregado a comer. Es inadmisible que artistas talentosos y esforzados reciban el trato que podría ser normal en una arena de lucha libre , en un partido de futbol o durante una función en un Cinépolis. En el cine también son una molestia los comelones, pero por lo menos no se interrumpe a los artistas. Está mal que no cerraran las puertas después de la tercera llamada y que permitieran consumo de alimentos dentro del auditorio. Increíble también que durante el intermedio parte del público volvió a refaccionarse de comida y refrescos y volvió a entrar tarde después de la tercera llamada, estorbando y circulando con dificultad porque venían cargando sus sagrados alimentos. ¿Es necesaria la venta de comida chatarra en un espacio cultural del tamaño y nivel del Complejo Cultural Universitario? Valdría la pena un reglamento, y si ya existe, aplicarlo.
Fuera de eso, la música, la escenografía y la perfección con la que bailó todo el elenco nos hicieron pasar una noche especial. Mientras veía en el escenario tanto talento y disciplina y escuchaba la música preciosa que el ser humano es capaz de crear, tenía sentimientos encontrados por las barbaridades que uno sabe que también es capaz de hacer la raza humana. Afuera del escenario y su simbólica belleza del bien humano acechan tipos como Trump, sus malas copias y lo que significan: corrupción , discriminación, violencia, injusticia, codicia, prepotencia, abuso de poder. Todo cabe en la impredecible raza humana.
A la salida del ballet nos recibió el gran árbol de Navidad instalado en la plaza frente al auditorio, mágico y azul ; tenía de fondo a una luna llena preciosa y naranja, tan redonda y completa como lo fue nuestro último encuentro de fin de año. Qué bonito es lo bonito. Y de nuevo, no guarden muy alto sus adornos de Navidad, que la del 2017 está a la vuelta de la esquina. Así de rápido se pasa la vida...

Mundo Nuestro. Una noticia buena: en la categoría de Artes y Tradiciones Populares, el Premio Nacional de Artes y Literatura 2016 se otorgó a Manuela Cecilia Lino Bello, una mujer serrana dedicada a la elaboración de piezas textiles tradicionales. Ella y las mujeres bordadoras de Hueyapan han rescatado las técnicas de tintura, bordados y de piezas tradicionales como el tomicotón y el chal. Las productoras crearon la organización Tamachichíjhuatl, que congrega 200 mujeres nahuas.

Esta semblanza escrita para la revista Nexos por la antropóloga María Álvarez Mavido, investigadora de la UAM Iztapalapa da cuenta de esta buena historia.



Fotografia tomada del reportaje Into the Blue Yonder: The Making of "Blue Alchemy"

Manuela Lino nació en Hueyapan, Puebla, y es la ganadora del Premio Nacional Arte y Literatura 2016 en la categoría de Arte y Tradiciones Populares. La trayectoria de Manuela no se cuenta en un listado de publicaciones o en un largo currículum académico, la cuentan los hilos que sus manos han teñido y bordado con la firme convicción de conservar la tradición textil de su comunidad y de impulsar la comercialización justa de artesanías cargadas de identidad y memoria comunitaria.

EXPOSICION DE LA ELABORACION DEL CHAL BORDADO HUEYAPAN 2011



Video de Salvdor Santos Posada en Youtube

La historia de Manuela es colectiva y, por ello, el reconocimiento también. La creadora fue presidenta de Tamachichijhuatl durante 12 años, una organización de 200 mujeres de origen nahua que comenzó a finales de la década de los 70 cuando personal del Instituto Nacional Indigenista renuió a las bordadoras de Hueyapan para orientarlas en la comercialización sin intermediarios de sus textiles. El textil tradicional que busca conservar la organización desde hace más de 30 años es el producto de un largo proceso cuya etapa final es el bordado.

Tamachichijhuatl se traduce al español como como “hecho a mano”, y es que el proceso lo hacen las manos y el saber colectivo de las mujeres artesanas de la comunidad. Comienza con la trasquila de borregos, de la cual se obtiene la fibra de lana que se convertirá en hilos a través del proceso de “cardado”. Después, los hilos son teñidos con tintes naturales obtenidos de flora de la región que se mezclan para conseguir las diferntes tonalidades y finalmente colorean los diseños imaginados por las artesanas.

Las manos de Manuela y las de los cientos de artesanas preservan las técnicas tradicionales de elaboración y teñido del hilo, así como el contenido del textil que se crea a partir del entorno natural de Hueyapan y los símbolos que conforman su cosmovisión. “Los productos de Tamachichijhuatl se basan en estándares de calidad que han determinado como grupo, cuidando que todos los hilos que utilizan sean teñidos con tintes naturales, que la tela sea tejida en telar de cintura o en algunos casos en telar de pedales, y que el bordado sea con la iconografía tradicional de Hueyapan”,1 como el árbol de aguacate y la magnolia que pueblan la comunidad.

Las mujeres que producen el “tomicotón” o saco, el “quechquemitl” o huipil, el chal tradicional, las blusas y mantas de Hueyapan, también conservan el valor del textil como producto y resisten ante un mercado que no valora la diferencia entre un producto único de una mano artesana y el de una máquina que produce en serie; se enfrentan al reagateo de quien no conoce el proceso detrás de cada prenda y a los diseñadores transnacionales que “se inspiran” en sus diseños para exponerlos en pasarelas sin reconocer la autoría colectiva de un pueblo indígena.

En Huayapan se ha construido un camino para vender artesanías dentro de un mercado justo, a pesar de un marco legal que aún no encuentra la forma de defender la autoría de las comunidades dentro de los estándares internacionales de derechos de autor. Mismos que reconocen indivduos, pero no pueblos..

La manos de Manuela, de 70 años, recuerdan los movimientos que sus ojos ya casi no ven. Esas manos recibirán el reconocimiento por las historias que han contado entre hilos de algodón, así como por las décadas al frente de mujeres que trabajan como ella en aras del comercio justo de sus textiles tradicionales y de la identidad cultural que enriquece a este mundo.

María Álvarez Malvido
Antropóloga Social por la UAM Iztapalapa.

Mundo Nuestro. Con esta crónica cierra el texto Contigo al norte, Guadalupe, escrito por Sergio Mastretta, que acompañó la realización del largometraje documental del mismo nombre.

Libros Libres/Contigo al Norte, Guadalupe



Anticlímax

El puente George Washington: catorce líneas de automóviles en dos niveles, más de mil metros de longitud, una tensión frenética de cables y vigas de acero erguidas para sostener el paso de cien millones de autos al año que entran y salen del puerto de Nueva York. “It is the only seat of grace in the disordered city”, escribió Le Corbusier sobre él en 1947. Una bendición, dijo el arquitecto frente a la plenitud del caos que se le venía encima cuando cruzó desde New Jersey. Porque por ese puente entra uno al encierro de la vivienda neoyorquina, con sus edificios grises de diez, quince plantas de promiscuidad metropolitana.

Por esa estructura pura y resoluta en arco del acero entra la antorcha al paraíso guadalupano del trabajo.

12 de diciembre. Figuritas blancas antes del puente, estampitas blancas después del puente. Sólo una, bigotona y greñuda, custodiada por la chamarra deportiva amarilla del policía en bicicleta, ha recorrido sin freno el George Washington Bridge. Media mañana, el resplandor del agua sacude los barrotes de las rejas que protegen el puente, la vista se entretiene, los autos dejan atrás al hombrecito con el antiguo símbolo del fuego. Cruzar el puente. Cuántos puentes se cruzan en la vida. Cuántos para llegar al norte. Cuántos para cumplir una meta. Cuántos para convertir en rutina una odisea. Y el puente termina en un complejo trébol en el que no hay lugar para los peatones: las rampas de concreto se sobreponen en anillos enloquecidos que se desvanecen hacia las calles en el extremo norte de Harlem, como pétalos abatidos sobre los monótonos bloques de las viviendas neoyorquinas.



“Con su vida me responde por ella”, dice el muchacho que ha cruzado el río Hudson a quien le entrega la antorcha para el primer recorrido en Manhattan. Es una mujer, igualmente menuda, el pelo negro ceñido por un gorro tejido para escurrir el frío. Sonríe ella sin tiempo de pensar en la vida que se compromete, yo sin tiempo de preguntar su nombre, pues la mujer corre de inmediato a donde la lanzan los corredores al grito de viva México. Le piden que grite y grita, viva la virgen de Guadalupe; y así las consignas que acompañan la intención primera de la carrera: viva Lupita, vivan los mexicanos, vivan los emigrantes, viva san Juan Diego. ¿Habrá intención profunda? Pero no se escucha la demanda política, no grita qué queremos, justicia, no se oye, más fuerte, qué queremos, amnistía, no se oye, amnistía, muchas veces, no se oye, no, sólo viva la virgen de Guadalupe. Que vivan, sí, los mexicanos.

De mano en mano entonces, por calles terceras que apuntan a Central Park desde el norte, en un cerco de edificios que poco a poco ajustarán los cuerpos a los rascacielos que nos oprimirán después. Por dónde vamos, por Broadway, por Saint Nicholas, o por el corazón de Harlem, por la avenida Malcom X… A quién le importa la ruta, esa la traza la autoridad, que ha desplegado una cuadrilla de policías en motos y patrullas para encarrilar un grupo que poco a poco, calle a calle, se convierte en una línea de sudaderas blancas arreada por su enjundia hacia el parque al que no tan fácilmente acudirán un domingo cualquiera. Busco los rostros de los portadores, tan parecidos a los de quienes hemos encontrado a lo largo de la carrera, desde los territorios del sur, desde los pueblos tlapanecas y mixtecos, nahuas y popolocas; los rostros que hemos encontrado estas semanas en los estacionamientos del 7 Eleven o las cocinas de los restaurantes italianos, o en los andamios sobre la 5ta Avenida o en los techos del Barrio Chino o en las salas de máquinas de los apartamentos de Greenwich Village. Vienen de todos los barrios de la metrópoli, por las líneas del Metro que llegan a Manhattan desde Queens o Brooklyn, desde el Bronx o Union City. Ellos corren y no se detienen y no hay mirada que los abarque, no hay razón que los contenga esta mañana. Tal vez haya imágenes.

En Central Park, la caravana corre por East Drive, bordea el lago mayor hasta que la motoneta policiaca que guía a la columna ordena terminar con el paso veloz. Es domingo, no hay que perturbar, así que se camina por un sendero encementado que curvea entre lagos, arboledas y prados. Vemos la espalda del Metropolitan Art. Aparecen los estandartes y muchos más corredores. Han armado un desfile. De la nada, se diría, se materializan las imágenes de Guadalupe y Juan Diego. Muy orondo, el recién estrenado santo no se intimida por el paredón de cristales y hierro que guarda al corazón de la mentada Gran Manzana. Yo sí estoy helado: Nueva York visto desde abajo envuelve el corazón en un alfiletero. Por un instante imagino a todos los que gritan viva México como puntitos de bronce colgados en las cristaleras y ocultos en los sótanos, lo que los tiene aquí, lo que no encuentran en su tierra, el mundo inhóspito y sombrío del trabajo.

La salida del parque es por la Grand Army Plaza. El Estado mexicano quiere aparecer en la figura del cónsul y un discurso que no atiende nadie. Por el Estado gringo se apunta una nueva carga de policías motorizados que abren un corredor hacia la Avenida 58, de ahí hasta Madison, para mirar la mole enorme del edificio de Met Life al fondo, con la bandera mexicana alzada en primer plano: un cuadro que veremos en la película. Lo que sigue es un estruendo de voces que se asume único y profundo, alzado desde cada barrio y cada motivo del exilio, la voz rotunda del éxodo que se sabe nacional y antiguo. Un hombre con vozarrón de estadio grita las consignas: “¡Vivan todos los mexicanos!”, “¡Viva la villita!”, “¡Somos cien por ciento qué…!”, “¡Mexicanos!”, “¡Se ve, se siente, Lupita está presente!”.

De nuevo, no hay demanda política.

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En todos los minutos que siguen la vista no se mantiene al ras de los ojos de los marchistas. Será el encierro que producen los edificios en torno a San Patricio: el Swiss Bank Tower, el Rockefeller Center International, el Olympic Tower, de más de 50 pisos. Un poco más allá los imponentes 70 pisos del General Electric. Observo esas masas que aprietan nuestros gritos y divago alrededor de las miles y miles de horas de trabajo y capitalismo concentradas en esta utilería de acero, piedras y cristales. El Centro Rockefeller es uno de los 19 que formaron el enorme proyecto de afincamiento de la prototípica firma desde los años treinta del siglo pasado. La catedral se llevó veinte años de construcción entreveradas con la guerra civil norteamericana, y dio buenas entradas a las canteras de mármol en Massachusetts y Nueva York. Ahora mismo, gran parte del trabajo mexicano en esta ciudad se sostiene en el mantenimiento de estas moles. Los muñequitos de bronce colgados de los andamios para sacar lustre a los espejos del delirante imperio.

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Es una pelotera la que aguarda frente al portón principal de San Patricio. Ya es mediodía y la ciudad se ha nublado en serio. En un momento todo es entusiasmo: porras a la virgen, la consigna de sí se pudo, sí se pudo de los corredores. Jorge Vergara, dueño de las Chivas y patrón de Omnilife, y Alex Lora, el viejo roquero del Tri, son los invitados principales, le dan lustre al evento. Alex carga la imagen de la virgen y ondea una banderita de Tepeyac; en un ratito, dentro del templo, cantará su rola a la Guadalupe. El aire cálido de llegar a la meta. Así que no es inmediato el disgusto. Las imágenes y los estandartes destacan sobre cabezas apretujadas en un murmullo que poco a poco se alza. Pero los portones están cerrados. Y como el cordón policiaco ha dejado libre la circulación en la 5ta Avenida, quienes esperaban la llegada de la Antorcha y la avanzada de los corredores no encuentran otro lugar que el que deja la banqueta y la escalinata de la catedral. Un apretujadero digno del atrio de la villita un 12 de diciembre, como hoy. ¿Pero por qué están cerradas las puertas? La pregunta es elemental. Y nadie explica nada. Joel Magallán, el director de Tepeyac, alega con los portadores y se escuchan voces que piden echarse para atrás. De algún modo, alguien considera la opción de las puertas laterales, las que dan a la Calle 51. Y ahí vienen de regreso la antorcha, los estandartes y las imágenes. Es tiempo del anticlímax.

--No van a abrir –dice una voz femenina.

--No, no van a abrir --responde una mujer con la seguridad de quien lleva ahí toda la mañana--. Ya está llenecita la Iglesia, no dejaron entrar a nadie.

Hacia un costado va la romería, guiada por el humo negro que deja escapar la antorcha. Una puerta lateral se abre y permite el paso a los portadores. Los demás se quedan fuera.

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“Open the door, open de door, open the door”.

La nueva consigna ha suplido al sí se pudo. La repite con un énfasis mínimo y por sólo unos momentos una masa formada por la mayoría de los corredores que hicieron el recorrido desde el puente Washington. Adentro ha dado inicio a la misa. Ha sido un final tan inesperado y rápido que muchos de los corredores no ha advertido el suceso, así que no atinan a comprender el propósito de Joel Magallán de explicarles lo acontecido. ¿Cuándo se ha visto que se cierren los accesos de un templo en México, y justo en medio del festejo? Vista de lejos, era previsible el comportamiento de los funcionarios del templo: cuándo hemos visto una iglesia en una película gringa, la que sea –evangelistas o luteranos, blancos de Virginia o negros de Tennesse--, que no estén ocupados los asientos hasta el último, pero solo los asientos, nunca los pasillos. Así que San Patricio sigue la regla, sólo entrarán los feligreses en número justo para llenar las bancas. Y nadie más.

El religioso jesuita arma un pequeño mitin en el pasillo lateral de la catedral, ahí sobre la 51, con un grupo distinguido por las sudaderas blancas de los corredores. Todos esperaban que el amontonadero continuara, pero dentro de la iglesia.

Joel: En esta catedral hay racismo, ¿por qué?, porque no dejaron entrar a la virgen y a San Juan Diego y a la antorcha por la puerta del centro, eso significa que a nosotros nos ven solo como sus sirvientes, tenemos que entrar por la puerta de atrás, somos sus trabajadores, no somos importantes por eso no podemos entrar por la puerta del centro, ni si quiera la virgen... lo que le han hecho es algo muy malo a la virgen... nosotros tenemos que protestar porque le han hecho eso... hay asientos para todos reservados adentro, hay todavía como trescientos asientos en la iglesia y ahí están vacíos porque no nos han dejado entrar... entonces nosotros necesitamos estar alrededor de la catedral y si la prensa, los periódicos nos preguntan: “¿Qué están haciendo?”, tienen que decir: “esta es una protesta en silencio porque hay racismo en esta catedral”, ¿ok?

Voces: Ok... ¿ya la empezamos?... ¡vamos!

Joel: ¡En silencio, tomados de las manos alrededor! ¡Son racistas! ¿Entiende lo que es el racismo? Quiero explicarles por favor qué está pasando...

Voz: Ok, un minuto, un minuto...

Joel: ¡Quiero explicarles que...! ¡Por favor quiero explicarles lo que está pasando, vengan por favor!, ¿sí?, vengan por favor. Quiero explicarles lo que está pasando. En esta catedral hay racismo, en todas las catedrales, en todas las iglesias la antorcha ha entrado hasta adentro, desde el año pasado no la dejaron entrar, tuvimos que subir a prender el cirio, está bien, pero esta vez lo que hicieron fue que no dejaron entrar a la virgen de Guadalupe por el centro, porque la gente importante entra por el centro y nosotros, la virgen nos representa a nosotros, quiere decir tenemos que entrar por la puerta de atrás como los sirvientes, somos sus sirvientes nada más, si entramos por la puerta de enfrente es que ya estamos igual que ellos y no nos han dejado entrar porque no somos importantes, por eso no entramos por la puerta del centro. Estaban reservados los asientos para ustedes, están vacíos esos asientos porque no quieren que la iglesia se vea llena de mexicanos, tenemos que protestar porque a nuestra reina, nuestra madre no la dejaron entrar por el centro. Vamos a hacer una protesta humana, quiere decir no violenta, no vamos a gritar, simplemente haremos una cadena alrededor de toda la catedral; si los periodistas nos preguntan: “¿qué están haciendo?”, decir: “esta es una protesta porque en la catedral hay racismo, no dejaron entrar a la virgen por el centro, por la puerta del centro”, ¿Se entiende eso?

Voces: ¡Sí... sí... sí!

Joel: Entonces, los que piensen que no pueden hacerlo, pues se pueden ir, pero los que quieran protestar por la virgen...

Voces: ¡Aquí nos quedamos!... ¡todos!... ¡nos quedamos!... ¡racistas!

Joel: ¡Y no vamos a gritar por favor!

Voces: ¡No griten!... ¡Sin gritar, sin gritar!

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Rosa se ha quedado fuera también. Ahora observa como la fila blanca de los corredores da la vuelta a toda la manzana de la catedral. Ella no usa la sudadera de Tepeyac. Ha venido al cierre de la carrera con una chamarra negra que deja libre un cuello blanco que contrasta con su cabellera negra. Está llorando.

“Es injusto –dice--, las imágenes están adentro, pero a todos los que les hacíamos el honor de traerles las imágenes nos dejaron fuera. Es injusto, estamos aportando, estamos trabajando, venimos a dejar nuestra limosna, y nos hacen esto.”

Contigo al norte, Guadalupe, largometraje documental realizado por Sergio Mastretta y Melchor Morán en el 2010.

Mundo Nuestro. Este texto fue leído en la presentación en Profética del libro La gula, la gala y la golosina: comer a la poblana, de la investigadora Lilia Martínez y Torres.

¿A dónde me lleva este libro de historia, memoria y recetario que Lilia Martínez y Torres ha escrito como una secuencia de su Cocina a Cinco fuegos?



A una felicidad de la que no siempre queremos acordarnos. Aquella sin medida, la que se oculta en nuestros tiempos idos.

Escribí para la presentación de ese portal de maravillas en agosto del 2015:

La memoria se acerca a todos los fuegos. La historia de todos nosotros pasa por la cocina. En ella corre la vida, y va con la certeza amorosa de quien enciende el fuego para preparar la comida.

Y ahí ha estado Lilia abriendo las hornillas de sus textos para todos los paladares. De esto ha escrito últimamente:



Los cocteles. Tragos sugestivos.

Las ofrendas de Tochimilco: mole, chocolate y pan.

Chalupas y molotes, antojitos para los sibaritas, voraces y glotones poblanos.

Una probadita de la exposición “del plato a la boca…”

Los cocineros, personas sensibles a la magia del fogón.

Son textos que alumbran a la felicidad de los otros.

Me gustó lo de los sibaritas, voraces y glotones que somos los poblanos. Cuando la mirada se relaja y los otros se nos aparecen en su manifestación más feliz, aquella que ronda por los amplios balcones del exceso, asomados al halago de los cuerpos, la que prefigura todos los desenlaces del encuentro amoroso, la del gesto simple y llano que le sigue al estómago pleno de la memoria intacta.

Ahora nos regala este himno a lo mejor de nosotros poblanos: nuestra comida. La dicha pura, la gula, la gala y la golosina: comer a la poblana, la acción que día a día nos reconcilia con la vida.

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Pero qué rutas descubro con el libro de Lilia: las que me abren mis ojos, mis oídos, mis manos. Y no he abierto aun las que deslumbran desde el olfato. Ni las que se derraman en el gusto, el más ciego e inquisidor de los sentidos.

Todos los sentidos entonces expuestos…

Estamos en Pueblo Nuevo. Mis ojos de niño siguen las manos de la mujer de Ausencio. He dejado de mirar todo: ya no veo la olla enorme en el que regurgita el mole, ni la pala con la que no lo deja de menear la más robusta de sus hijas, a tono ella con las tres redondas piedras del Atoyac en las que descansa el barro de La Luz y entre las que se queman trozos de madera que uno de sus hijos ha traído de algún embalaje de la fábrica El Patriotismo, al otro lado del río. Tampoco escucho nada: la voz de mi papá que se diluye entre las hebras de las anécdotas campiranas de su compadre, el bigotón Ausencio, ese hombre con la edad escondida en unos ojos negros que reflejan el sol reclinado en una tarde de octubre en ese pueblo de casas grises que llaman Pueblo Nuevo. Nada, sólo están las manos ingrávidas de la mujer de Ausencio. Y las moscas. Todavía no he oído hablar de la masa y la energía escondida e infinita en el átomo del corazón de un niño. Ahí están, y zumban en un revuelo encantado de diminutos hoyos negros. Las moscas en el patio de Ausencio. Miles. De tanto que giran en ese concierto de luces ya no las veo. Desaparecen, una y otra y otra, se las tragan las manos de la mujer de Ausencio que han decidido una cacería implacable, como si retener una en el puño, agarrada, adivinada, esfumada, hiciera que todas se disolvieran en un instante y el aire fuera todo vacío, sin mundo…. Shiiii… silencio. Se han ido. La mujer ha detenido el tiempo, lo encierra en un puño, lo zarandea como si no fuera infinito, hasta que mis ojos obnubilados despiertan cuando ella extiende la palma para volver a encender el mundo.

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Tic, tac, tic, tac… el mundo se sostiene en un sonido. Afuera ha quedado el árbol soñado de los priscos, y el fresno indomable que levanta el pavimento del frontón del abuelo. Y la 11 Poniente esquina con la 15 Sur, la calle de mis años niño. Tic tac… el mundo resguardado de sí en el comedor de la abuela, que abre al ventanal del mediodía la terquedad de su parsimonia. Tic tac… la soledad del mediodía se rompe contra el trajín de la cocina y la voz grave del viejo mozo Joaquín, que regresa de La Victoria con el mandado y con la abuela, que no deja de ir a pesar de sus últimos diez años replegada en la silla de ruedas y la sobrevivencia de una embolia. A todos dejará ir: a sus hermanas Deifilia y Helena, a su hija Alicia, a su yerno Carlos, a su marido Sergio. Y hasta allá llegará ella, más allá de los 87años, cuando ya no haya nadie de su edad, como se quejaba con sus nietas…

Pero ahora está ahí mi abuela Mané. Y ya labra los molotes de tinga con los que acompañará las calabacitas rellenas y gratinadas al horno con las que servirá lo que ella llama el cuarto de los siete platillos con los que rellena a su nieto adolescente. Es martes, tal vez de un septiembre de 1972, y ahí estaremos a las 3 de la tarde para comer con ella los Mastretta Guzmán que vivimos en Puebla. Mi mamá y yo. Mis hermanos estudian en México y regresarán hasta el fin de semana. Como los siete platillos que prepara mi Mané como si intentara alimentar a un desvalido. Pero este día también prepara las frituras, el más recio de los eslabones que sostienen la felicidad primeriza de los paladares que se forjan para lo que se espera será una vida larga y grata. Su memoria es precisa: 2 tazas de harina, 4 cucharaditas de royal, ½ cucharada de sal, 2 cucharadas de azúcar, 3 huevos, 1 ½ tazas de leche, 6 manzanas, 2 plátanos y el copete de raspadura de limón. Cernirá tres veces los ingredientes –¿y por qué tres y no dos o cuatro?--, y añadirá las yemas muy bien batidas y la leche poco a poco sin dejar de batir hasta que se disuelva la harina, y agregará la fruta y la raspadura de limón y al final las claras batidas a punto de turrón, nada más como envolviendo, y a freír y a revolcarlas en el azúcar.

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Ahora tengo seis años y la encomienda de repasar con el moldeador de galletas que mis manos sostienen. Es una especie de rueda de la fortuna de latón con sus carritos dispuestos en forma de estrella, triángulo, rombo, florecita, y vuelta a empezar. Es una tarea que atiendo cada que mi mamá ve venir una reunión en casa. A veces son de nuez, otras de nata, cuando no ha decidido que será mejor contar los palitos de queso para las visitas o de plano los polvorones de nuez. En cualquier caso mis manos sostendrán el cernidor de harina, a veces con sal y siempre con azúcar. Esa es una labor inquietante, pues el cilindro de latón que sostengo por el asa con mi mano izquierda debe permanecer vertical, de manera que al girar la manivela con la derecha el movimiento sea parejo y las aspas que giran al interior del cilindro repasen los grumos, los disuelvan con ese sonido rasposo del metal contra la redecilla y el montículo que crece sobre el papel encerado sea eso, un montículo y no un regadero de polvo por toda la mesita blanca, sí, también de latón, plantada en el centro de la cocina. El cernidor y el moldeador llegaron a casa con el propósito oculto de hacerme sentir que la vida, por un instante, puede ser cernida y modelada con la certeza de que producirá un bien tan certero y dulce como una galleta de nuez.

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Nada más como envolviendo…

Esa frase es de mi mamá en su recetario. Entiendo que la escuchó de la abuela algún día en esa misma cocina tras el desayunador con su vista al frontón del abuelo, la cocina con sus azulejos amarillos a la que ahora no quiero entrar desde el comedor en el que mi memoria me ha ido envolviendo.

Ahí está el tic tac, y los sabores labrados en el oído.

Labrar y cernir la historia y la cultura. ¿Cuánto se salva de nosotros en un recetario, en una mesa puesta, en un fogón refulgente? Este libro me ayuda a entender cómo nos hacemos de una identidad, con cuántos secretos culinarios rotos por la indiscreción de un recetario heredado se vuelve uno ciudadano particular de una región, de un pueblo, de un barrio, gentilicios universales contra nacionalismos intolerantes. Y es así, tan fácil, nada más como envolviendo, así de nebuloso el tránsito a volvernos identificados por algo. Tan estricto y simple como se perfila el sabor de una fritura decimos soy poblano, soy huasteco, soy mixteca, cuando de lo que sea que se quiera decir con ello sólo queda el sentimiento de que estamos envueltos, y que la ruta más corta para entendernos discurre por el estómago y cierra con un buen provecho.

El culto guadalupano estuvo a punto de morir

Día con día



Durante La República Restaurada, entre los años de 1867 y 1877, el culto guadalupano estuvo a punto de desaparecer en México.

La crisis del culto está unida a la desgracia política del obispo de Puebla, Antonio Pelagio de Labastida y Dávalos, infatigable promotor de la Guadalupana, junto con el papa Pio Nono, creador de los cultos marianos en la oleada conservadora que siguió a la revolución de 1848.

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La Virgen de Lourdes puso el ejemplo a seguir para el culto mariano con su oportuna aparición en 1858. Labastida y Dávalos emprendió en México la cruzada del engrandecimiento de la Guadalupana de aquellos años, pero cometió el error político de aceptar la regencia del imperio de Maximiliano de Habsburgo. Renunció al puesto unos meses después, cuando fue claro para él que el emperador austriaco no devolvería a la Iglesia católica los bienes eclesiásticos expropiados por las leyes liberales de 1857.

Labastida quedó unido, no obstante, a la suerte del Imperio. Cayó en desgracia en 1867, junto con el propio Maximiliano, y partió al exilio a Roma, dejando a su Virgen desamparada, en tierra de triunfantes jacobinos. La Virgen del Tepeyac la pasó mal, igual que toda la Iglesia católica, maltratada por los liberales. El culto guadalupano se adelgazó angustiosamente, al punto de diluirse, y desaparecer.

En 1869, refiere el historiador David Brading, el capellán de la virgen morena hizo saber “a la Sociedad Católica de la Ciudad de México que el santuario del Tepeyac ya no contaba con fondos suficientes para mantener su colegiatura, y que de la liturgia sólo podrían encargarse uno o dos sacerdotes. La religión se hallaba mermada y los fieles cesaron de ofrendar la limosna tradicional, de modo que ‘poco a poco ha ido cayendo en el olvido el culto de la Virgen de Guadalupe’” ( Brading: La virgen de Guadalupe (Taurus, 2002, p.448)