Sociedad

Vida y milagros

Este adiós no maquilla un hasta luego,



este nunca no esconde un ojalá.

Estas cenizas no juegan con fuego,

este ciego no mira para atrás.

Ahórrate el acuse de recibo,

estas vísperas son las de después…



Joaquín Sabina.

Hoy es el último día de Octubre y comienza el largo festejo y remembranza de los muertos. Hace dos días que corre el aire frío y una luz dorada ilumina el ambiente. El campo sigue inesperadamente verde y cuajado como nunca de flores amarillas. El viento ha dejado a los volcanes envueltos en un aire transparente. Son días propicios para morir. Morir en un día hermoso. Morir en día de muertos. El campo hiere con tanta belleza. Una larga fila de hormigas rojas pasa cargando flores de colores y hojas despedazadas. Se preparan para el invierno. Apenas supe que llevan y guardan todas esas plantas porque en la humedad debajo de la tierra producen hongos, de los cuales se alimentan durante el invierno. ¿Cómo y de qué forma morirán las hormigas? ¿De viejas? ¿Las matarán las jóvenes hormigas cuando se vuelven inútiles? ¿Existirá la eutanasia en los hormigueros? ¿Qué hacen las otras hormigas con las hormigas muertas? Para ellas no hay doctrinas de ninguna iglesia que las haga bolas con respecto a sus restos. Dicen que todas las hormigas del mundo pesan lo mismo que todos los humanos. Yo no lo sé de cierto, me lo han dicho --dice nuestro poeta.

Mientras camino por el campo, una querida amiga combate a la muerte entrando y saliendo de los hospitales, indefensa ante el tratamiento de última generación que le recetan los doctores porque tiene un seguro de vida que lo puede pagar y ella está segura de querer seguir viviendo. Yo nunca he tenido un seguro de vida, no me interesa. Me quiero morir sana. Y si no, en caso de que sea cuestión de morirse para no dar molestias a los demás o sufrir en vano, buscaré la receta de la "Banda de las asesinas de las gotas" ¿Las recuerdan? Esas mujeres que mataron a los luchadores enanitos en un motel poniéndoles gotas oftálmicas en sus cubas libres. No pretendían matarlos, solo robarlos, pero quizás les falló la dosis debido a la corta estatura de sus clientes. En los periódicos se cuidaron de dar la dosis mortal para no dar ideas al respetable y no tan respetable lector que pretenda morirse la víspera.

Pero qué tema éste de la verdadera puerta falsa para un día tan emblemático, bello y respetado. La tradición de muertos es preciosa, y no te impacta realmente hasta que se te ha muerto alguien tan querido que te deja el corazón en los huesos. Las cenizas de mis padres están en el jardín que tan bien cuidó mi mamá, debajo de un árbol y rodeados de helechos y pensamientos. A ese lugar lo llenaron ayer de flores de cempasúchil y nubes las hijas de mi hermano. Son grandes seguidoras de la tradición de muertos. Por chat me llegó la foto de las dos sonriendo junto al rincón del jardín que para mí es sagrado, aunque no cuente con bendiciones oficiales. Hace siete años, mis hermanos y yo tomamos la decisión de que preferíamos tenerlos más cerca, ahí, en ese espacio junto a los columpios, donde hoy juegan los niños. Así lo hicimos porque ya todos éramos agnósticos. Nos pareció más cercano que ir a un panteón o a un nicho de ésos que se han puesto de moda en las iglesias y que son un espléndido negocio para alguien y señales de estatus para otros. ¿Hasta en la muerte tiene que haber clases?

Y ahora desde el Vaticano han salido con nuevas reglas para el destino de los restos o cenizas de los difuntos católicos. No entiendo el porqué de estas últimas disposiciones de la institución que suplió a la Santa Inquisición y que hoy se llama Congregación para la Doctrina de la Fe o Dicasterio Romano, cuyo fin es promover y tutelar la fe y la moral en todo el mundo católico, incluido el mundo de los difuntos. Han de meterse hasta con el polvo de los muertos. No contentos con tutelar en vida a sus feligreses, ahora también han de meterse con el polvo que eres y te has de convertir. Si Dios todo lo puede, qué más les da que unas cenizas estén en un jardín, o en el mar, o colocadas en la mesa de una sala acompañando a alguien cuando esté muy sola su soledad, si al final, dicen los geólogos, en cien millones de años, cuando la tierra ya esté tan fría como todos los muertos que en el mundo han sido, solo quedará de nuestro paso por la tierra, incluidas todas las magnas construcciones y las criptas de todos los tiempos, una capa geológica no mayor a 20 centímetros. No entiendo esa necesidad de controlar todo, si hasta el hijo de un Dios tuvo tumba prestada y la devolvió a los tres días para irse a volar por el universo. Las nuevas reglas para que los cuerpos de los fieles difuntos tengan derecho a ceremonia oficial, que por supuesto incluyen paquete de excepciones para acomodarlas a conveniencia, prohíben cosas que antes permitieron, ordenando que las cenizas o cuerpos de los muertos deben quedar en lugar consagrado, iglesias católicas o panteones, como si no todo el mundo fuera sagrado en su grandiosa belleza. Las nuevas normas también indican que no vale distribuir las cenizas en dos lugares distintos, ni muchos menos dejarlas en lugares como una montaña, un lago, un bosque, un río o el mar. Si soy agnóstica no debieran importarme tales designios, pero como dicen los que encuestan que el 85% de los mexicanos son católicos, me importa que enreden con más cosas a ese enorme y fiel universo de personas entre los cuales hay muchos que quiero. Los que ya dispusieron de cenizas o cuerpos de otra manera distinta a esta última disposición, se llenarán de congoja y crujir de dientes. Querrán ir a tratar de juntar las cenizas que quizás echaron en el mar caribe y que hoy forman parte de la arena de Cancún. Qué pesadez. Qué necedad. Mi abuelo materno perteneció a una gran familia liberal, católica y espiritista, o sea, esquizofrénica. Adelantados a su tiempo, todos fueron incinerados excepto mi abuelo, que se casó con mujer católica conservadora, que lo enterró en panteón consagrado aunque él era agnóstico. El que vive, manda. Una de sus hermanas, en cada velorio se llevaba una cucharadita de cenizas del difunto en turno, que al final fueron revueltas con las suyas. Si viviera ahora, tal dicha le sería negada y tendría que devolver lo que con tanta ilusión se llevó.

Divagar, eso es lo mío. Regreso al tema de que en ciertas circunstancias, a veces morir parece atractivo. Antes de que el deterioro nos alcance, antes de que no deseemos dar los besos que más calan, los que aún no hemos dado; antes de que ya no hablemos de sexo cuando salimos a comer con las amigas, antes de que empecemos a pensar que los jóvenes de hoy andan mal, antes de que se te muera el más querido de tus seres queridos . Antes de que estés, como decía la difunta madre de Gamés, hasta la coronilla.

Quizás a muchos en algún momento se nos ha hecho fácil pensar “sale, nos vamos, se acabó, que ya no le encuentro chiste al mundo”, y sin embargo, escucho a Sabina cantando más de cien palabras más de cien motivos, para no cortarse de un tajo las venas... y pienso en mis motivos: las manos largas de mi hija guisando con una perfección que aprendió de su abuela, mi otra hija saliendo a media noche a ver ofrendas a un panteón de acuerdo a su particular y versátil horario de vivir, los hijos de mi hijo y sus pupilas claras llenas de asombro ante el mundo, la burra que vive en mi casa salvada de la muerte prematura en un rastro , que se cree perro y que te sigue como tal. La perrita que me despierta en las mañanas lamiéndome la mano que sale de la colcha; el último libro que estoy leyendo, el próximo que leeré, todas las sonatas de piano que me faltan por escuchar, una conversación interminable y cómplice con mi hermana, la caja de herramienta de juguete que carga a perpetuidad mi nieto Pedro y el uniforme de fut bol que a sus dos años no se quita ni para dormir Mateo; no darles aún el disgusto de morirme a las personas que me quieren, ni el gusto de hacerlo a quienes les caigo fatal. Vivir para contar que nuestro país mejoró en todos sentidos aunque muchos lo duden. Ver la luna más grande del año hace dos semanas, el contar los huevos que hoy pusieron las gallinas, el éxodo de obscuras golondrinas que llegan a mi ventana puntualmente, cada año. El saber que alguien te prestará cuando menos lo esperas una pluma mágica de tinta invisible con la que escribirás palabras innombrables que nadie verá nunca. La dicha de tener hijos razonablemente felices, el rincón incondicional de una mesa en la que se sientan mis amigas, las inesperadas lluvias de noviembre, la sola idea de que no ganen siempre los mismos, los acuerdos silenciosos a los que de repente llego con quienes vivo. El saber que tenemos la canción de Sabina que nombra motivos raros e inocentes: tenemos zapatos, orgullo, presente, amores que matan, la lengua, los dientes, los pies en el barrio y el grito en el cielo. Y siempre, el recurso de la risa, la risa interminable, el don de la risa que nos hace saber y sentir que aún estamos vivos.

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Hay mentes obtusas… y jueces, y ministerios públicos, y curas, y policías. Y también periodistas.

Y primero que nadie, legisladores. Y tras de todos ellos los moralistas y ese transtorno que provoca el miedo al cambio.

Unos y otros contribuyen al absurdo de una guerra que paraliza que tiene sometido al país por su resistencia obtusa a la legalización de la marihuana.

Voy al diccionario en busca de nuestra perdicion: obtuso igual a tardo, lerdo, corto, torpe, zafio, zote, cerril, necio, rudo, eso y más ante la cotidiana repetición de nuestra caída en el abismo que provoca la prohibición de la marihuana en México.



Y luego regreso a la historia de unos intrépidos cocineros:

Ayer en cualquier esquina del centro histórico, dice el redactor que ha manejado el boletín de la Procuraduría, unos polis interceptan a tres personas. Así lo dirá su parte:

“Al marcarles el alto se realizó una revisión preventiva a sus pertenencias, y se les hallaron 113 pasteles elaborados a base de hierba verde con las características propias de la marihuana. Las personas aseguradas manifestaron que pretendían comercializar todas las piezas.”

113 pastelitos marihuanos. Y a la cárcel por no sé cuántos años.

Cuando en Estados Unidos este próximo diciembre la marihuana estará legalizada en todo el territorio norteamericano. Cuando en Colorado ya han logrado hacer un ahorro de ese comercio por 140 millones de dólares que aplicarán en vivienda para homeless.



Mientras en México sostenemos una guerra irremediablemte perdida y que en las cuentas ya se acerca a la quinta parte de todos los muertos que la historia oficial dice ocurrieron en los diez años de guerras civiles que en esta década nuestra cumplen un centenario.

La nota en e-consulta no dice nada más que lo de siempre y que el mismo redactor tanscribe sin el menor asomo de indignación por el futuro de esos ahora tristes reposteros:

“En razón de lo anterior y ante la comisión de un hecho constitutivo de delito, las tres personas quedaron a disposición de las autoridades correspondientes para determinar su situación jurídica”

Recojo en el archivo de Mundo Nuestro la voz del antropólogo norteamericano Wade Davis, un hombre que ha visto durante décadas la tragedia de la guerra del narco en Colombia:

“La prohibición es el acto de locura humana más grande de la historia. Deberían legalizarlas. Debo decir que comparar coca con cocaína es como comparar la fruta de un durazno con el veneno que se encuentra en su semilla. La cocaína es un anestésico muy útil. Creo que no hay tal cosa como drogas buenas y malas, sino buenas y malas formas de usarlas… Es un acto de lucura y me refiero a los 30.000 millones de dólares que todos los años se gasta Estados Unidos en esta guerra mientras aumenta cada vez más el consumo. Y es que jamás me he encontrado con alguien cuya decisión de consumir o no haya tenido que ver con que se trate de sustancias ilegales. Sospecho que si las drogas fueran legalizadas, el aumento en el consumo sería mínimo. Cualesquiera que sean los riesgos de la legalización, estos terminan siendo triviales si se comparan con las consecuencias de la prohibición. Esta ha creado hábitos de consumo en Europa y Estados Unidos que han destruido la democracia colombiana, una de las más fuertes y admirables de América Latina. Ha llevado a que en California se gaste más plata en cárceles que en universidades.”

Por eso han dado este vuelco los gringos.

En contra de eso en México seguimos siendo estúpida, criminalmente, trágicamente obtusos.

Puerto LIbre

Quiero tener la voz más rápida del mundo. Y la más serena. Quiero contar historias como quien ensarta las piedras de un collar.



Quiero pedirle al cielo que me permita no pedirle nada.

Quiero patear un bote, quiero jugar al toro. Quiero dormir diez años, despertar con diez menos.

Quiero ir a un mar que no conozca, a la Isla de la pasión, a la Garganta del diablo.

Quiero entender a mi país, quiero salvarlo. Quiero que se salve, saber que no está en mí salvar a nadie.

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Ilustraciones: Gonzalo Tassier

Quiero apretar las ideas que ruedan en el desorden de mi cabeza. Quiero comerme un camaleón y digerirlo hasta que me salgan estrellas por los ojos. Quiero ser buena como el pan, culta como la sal.

Quiero hacer poesía como si fuera yo cantante y cantar como si yo fuera poeta. Quiero saberme en buen inglés todas la canciones de los Beatles y al menos cuatro versos de T.S. Eliot hablando de los gatos:

The Naming of Cats is a difficult matter,
It isn’t just one of your holiday games;
You may think at first I’m as mad as a hatter
When I tell you, a cat must have THREE DIFFERENT NAMES.

Suena a campanas. Lo mismo que decir en español: “Con dulce voz y pluma diligente/ Y no vestida de confusos caos”, como empieza un poema de Lope.

Así quiero decir la odisea de sus gatos. Quiero recitar la Gatomaquia, pensando en que todo aquel pleito del que hablan la Academia y la fábula, entre Góngora y Quevedo, Lope y Góngora, se resumió en dos palabras: Siglo de Oro. Siglo que casi duró dos. ¿Quién mejor? ¿Cuál más grande? “¿Mariposa en cenizas desatada?”, “¿Letras de luz, misterios encendidos?”. Se parecen. Son de dos que se creyeron enemigos.

Siglos después, no hay que elegir. A ellos les da ya igual. Viven entre el XVI y el XVII. Viven también ahora. Están en paz.

Me disculpan entonces cuando quiero reverenciar a Lope diciendo algunos de sus versos. De los que no se consideran los mejores pero son fiestas en las fiestas.

Vosotras, musas del castalio coro,
Dadme favor en tanto
Que, con el genio que me distes, canto
La guerra, los amores y accidentes
De dos gatos valientes;
Que, como otros están dados a perros,
O por ajenos o por propios yerros,
También hay hombres que se dan a gatos,
Por olvidos de príncipes ingratos,
O porque los persigue la fortuna
Desde el columpio de la tierna cuna.

Yo soy de las que a perros está dada. Por eso quiero, como perro, agradecer los elogios y no penar los insultos. Quiero la memoria como un tren de vagones afilados. Uno tras otro, en un orden que sólo ella conoce.

No vi a mi padre desatar los cordones de sus botas de guerra. Pero lo recuerdo. Está en un vagón sin puertas, yendo de Stradella a Génova, diez horas en penumbra hasta llegar al mar por el que habría de salir rumbo a México. Mi padre que vivió en la guerra, aunque dijo su novia que no fue a la guerra, que en la guerra estaba, como estaban todos en Italia. Temblando. Igual que estuvo la tierra de Nuncia y Amatrice, Accumoli y Arquata, hace un mes que tembló en el centro mismo, de la misma Italia. Nombro los pueblos porque son pequeños, para no olvidarlos como a todo lo grande. Como a todo el todo que vivimos olvidando. Al final del rescate, cuando la escasa luz de los escombros dijo ya no hay nadie, tras nueve días brotó, entre las tejas y los techos rotos, un perro olfateando las ruinas que lo tuvieron encerrado tantas noches.

Lo he visto en el video. No sabe qué hace ahí, ni en dónde están sus dueños. Sabe que estuvo a oscuras mucho tiempo, pero que ahora está vivo y tiene hambre. Él no sabe que hay siglos, ni que hubo guerras, ni que las sigue habiendo en donde no está él, resucitando entre las piedras.

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Los vagones de la memoria pasan en desorden. Teníamos una gata de nombre Casiopea y una perra llamada Campana. No recuerdo sus ruidos. Imagino que cuanto animal he conocido aceptaría decir de sí en amores anduvo, con la misma lealtad de los humanos. Esto que algunos aprendimos en la secundaria y otros no saben porque cambiaron los planes de estudio:

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

Yo andaba enamorada y en Metro, diciendo este soneto como quien en anda por un río dócil. Andaba en los vagones naranja cuando la estación de Chapultepec tenía un piso con mármol de Santo Tomás y esta ciudad que ahora veo hecha de rutina y ruidos, me parecía una musa, “del castalio coro”.

Mundo Nuestro. ¿Por qué hablar de la violencia? Con ese interrogante inician esta importante reflexión las psicoterapeutas Beatriz Flandes Olvera y Lucero Rosales Lima, miembros del Grupo de Psiquiatría y Psicología Infantil de Puebla, para invitarnos al evento IV Jornadas sobre la infancia y la adolescencia: La normalización de la violencia en el Siglo XXI a realizarse los próximos 9 y 10 de noviembre en esta ciudad de Puebla en las instalaciones de la Universidad del Valle de México, Campus Puebla.

Con los temas de Psicomunidad, Abuso y violencia infantil, Psicoanálisis y Religión y Adopción infantil, y con la participación del reconocido investigador José Cueli García, este grupo de psicólogos mexicanos parten de una realidad que encuentran día a día en sus consultorios: la violencia cotidiana, su "normalización". es un rasgo indeleble en la vida de las personas y las familias mexicanas.

Aquí el cartel de invitación de un evento que seguiremos con detalle en nuestro portal.





¿Por qué hablar de la violencia?

Desde hace cuatro años un grupo de colegas nos reunimos con la finalidad de pensar los problemas actuales en el devenir del desarrollo infantil y adolescente. Es un hecho que los motivos de consulta cada vez refieren un mayor sufrimiento emocional.

No es posible dejar de lado la realidad de la violencia en la vida cotidiana de las personas en nuestro país.

En el trabajo del psicoterapeuta clínico dentro del consultorio hoy en día la violencia no es tan solo un tema de discusión, nos parece una responsabilidad social que todo profesionista debe tener.

Y la responsabilidad va desde la reflexión de la violencia en el área de trabajo profesional hasta la creación de acciones que permitan contribuir socialmente a un cambio. Partimos de las trincheras que a cada uno le compete al relacionarnos con las historias y emociones de los pacientes, sean niños, adolescentes o adultos; y se abre así un abanico de escenarios que competen al ámbito de la realidad interna y externa del sujeto, así que la violencia en muchas ocasiones entinta de un clima emocional la sesión. La violencia de género, la violencia en la crianza infantil, el abuso sexual, las problemáticas en los jóvenes adolescentes, la lista es larga. Sin embargo, lo más preocupante en la atención clínica parece estar en un punto ciego, y es lo que denominamos como “la normalización de la violencia”.

El término violencia proviene del latín violentĭa, cualidad de violentus. Esta viene de “vis” que significa fuerza, y de “olentus”, abundancia. Y se verbaliza en “violare”, actuar violento, agredir, y de ahí violar, violación.

La organización mundial de la salud define la violencia como “el uso intencional de la fuerza física, amenazas contra uno mismo, otra persona, un grupo o una comunidad que tiene como consecuencia o es muy probable que tenga como consecuencia un traumatismo, daños psicológicos, problemas de desarrollo o la muerte”

Sigmund Freud vive la represión y la consecuencia de ser judío en la segunda guerra mundial con en el exilio en Inglaterra, en donde muere. Él habla de la violencia y la agresión antes de estos desgarradores hechos en el desarrollo teórico de la pulsión de muerte. La situación de postguerra también logró que las aportaciones teórico-clínicas a la comprensión y atención de las víctimas de los holocaustos fueran creándose.

Este mes de septiembre se cumplen dos años de la desaparición de los 43 jóvenes estudiantes de Ayotizinapa, víctimas de la violencia que se ha desatado desde hace más de dos sexenios en nuestro país. En Puebla la ola de feminicidios[1] en los últimos años enmarca la violencia contra las mujeres como una problemática grave para la que urgen acciones más específicas; tan solo en el 2015 se registraron 30 asesinatos contra mujeres.

Esta violencia que se ha vivido como parte de la humanidad y que hoy en día se convierte en una realidad social cada vez más cercana tiene una consecuencia al parecer aún más grave, y es la forma en que tiende a “normalizarse”, es decir, a formar parte de una cotidianidad en la vida del día a día: la sensación de sorpresa o de terror emocional en el ser humano se atenúa, se desvanece.

Así, la violencia entendida como el uso de la fuerza para conseguir un fin, especialmente para dominar a alguien o imponer algo, ya no tan sólo se ejerce francamente, sino se vale de estrategias perversas para infiltrarse de manera oculta en la vida y en la mente del ser humano. La violencia deja de valorarse como algo ajeno, egodistónico (incongruente) a sí mismo, sino algo que es tan cercano a uno mismo que ya no se ve ni se percibe.

La “normalización de la violencia” tiene que ver con su denegación, es decir, con las formas mentirosas con las que el sujeto queda atrapado al discurso de otro bajo el dominio del poder. Estas conveniencias de violencia son dadas no por metralletas, drogas, ejército o las organizaciones criminales; más bien están acobijadas, resguardadas por instancias de poder que generan en el otro (sometido, más débil, menor,) la sensación de “todo está bien”, no pasa nada”.

La normalización de la violencia se puede encontrar en la televisión, en la religión, en la educación, en las instituciones, en la familia, y sobre todo en la crianza. Es decir, impacta desde lo macrosocial a lo micro social. Los analistas entonces observamos y escuchamos en los pacientes la enorme dificultad que se presenta en el pensar-se; en el mirar-se, en el cuestionar-se.

El paciente niño, adolescente o adulto, trae consigo la dificultad para poder discriminar las formas en las que puede ser, es o ha sido violentado o él mismo ejerce violencia; porque la denegación de la misma se convierte en un arquetipo mental que le impide identificar en sí mismo sus partes violentas o las formas en cómo ha vivido y aceptado la violencia.

El tema de la crianza infantil ha entrado en extremos que van desde el co-lecho hasta la independencia forzada y adelantada en los niños pequeños que se les obliga a tener experiencias sociales y académicas cuando aún no están preparados neurológica y emocionalmente para ello; los adolescentes precoces o los adolescentes prolongados que están cercanos al monstruo de las redes sociales, con sus fallas aun en la construcción de la identidad y la conflictiva sexualidad.

Así, se pueden enumerar escenarios en donde la violencia no está tan sólo en el secuestro, o en narcotráfico.

La “normalización de la violencia” es un tema que compete a los profesionales de la salud mental, es un tema que atañe las trincheras del quehacer profesional y que se pone de manifiesto en hechos mismos ya violentos como son el abuso sexual, el abandono y la adopción infantil, el divorcio etc., y que a su vez son abordados de forma violenta por las instituciones.

De todo esto hablamos entre nosotros los psicoterapeutas clínicos.

El trabajo en los consultorios de profesionales de la salud mental, el tema es una constante preocupación.

Comprender causas y consecuencias de la violencia en el ser humano es tarea de vital importancia, y no solo en nuestra realidad mexicana, ya que es parte de la historia de la humanidad.

Consideramos de vital importancia señalar que la búsqueda de las causas se centra mayormente en el mundo interno del individuo más que en el externo. La preocupación de los adultos en relación a la problemática infantil y adolescente se cree que es influenciada por los medios a los que tienen alcance hoy día desde muy temprana edad. Lo cierto es que estos medios son parte de una tecnología actual y que su control se centrará necesariamente en el uso que se les dé.

Nosotros encontramos que la dificultad se encuentra en los vínculos que se establecen con las figuras de mayor significación como son los padres o cuidadores. El sociólogo Zygmunt Bauman refiere el término amor líquido al hablar de la sociedad en el mundo globalizado y de los cambios que esta realidad implantan a la condición humana, y menciona el miedo al establecimiento de relaciones duraderas.

Es un compromiso y una responsabilidad entonces trabajar sobre el tema.

Tomemos consciencia.

[1] http://www.proceso.com.mx/431484/en-puebla-se-han-cometido-50-feminicidios-de-2015-a-la-fecha-fiscal

Gonzalo Rivas

Día con día

Las opiniones contra la postulación de Gonzalo Rivas a la medalla Belisario Domínguez tienen los rasgos del periodismo de causa. Lo que no puede alterar ese periodismo es el hecho puro y duro del heroísmo que está en el centro de lo sucedido.



El hecho heroico es simple:

Las llamas del incendio de una gasolinera hacían correr a todo mundo. Gonzalo Rivas corrió hacia ellas para apagarlas. Murió en el intento.



Las circunstancias del incendio son deleznables en cualquiera de sus versiones. Que alguien haya prendido fuego a una gasolinera poniendo en riesgo la vida de cientos de personas que estaban detenidos con sus automóviles en la caseta de cobro cercana, no tiene justificación bajo ningún supuesto político o moral.

Pero eso es lo que sucedió: el incendio intencional de una gasolinera cuya propagación ponía en riesgo la vida de muchos. El acto simple e irrefutable de Gonzalo Rivas fue correr a apagar el incendio mientras todos los demás huían de él.

Este es el acto de valor, de heroísmo puro y duro, que muchos juzgamos dignos de la medalla Belisario Domínguez.

¿Por qué? Por la extrema virtud que supone el hecho de arriesgar la vida para salvar la de otros. Otros a los que Gonzalo Rivas ni siquiera conocía. No eran sus parientes. No eran sus compañeros en una misión de riesgo. No eran sus conocidos del pueblo. Eran sólo seres humanos, desconocidos para él, seres humanos genéricos, puestos en riesgo por un siniestro que él controló, al precio de su vida.

En todas sus versiones, repito, los incidentes que dan lugar a la acción de Gonzalo Rivas son deleznables. Su acto, no. Su acto es ejemplar, como quiera que se le vea.

Representa lo mejor que hay en esta hora oscura de México donde los rasgos del carácter nacional parecen marcados por la violencia, el miedo, la corrupción, el hartazgo, la desesperanza.

Gonzalo Rivas habla de la existencia de otro México, el México que está dispuesto a correr riesgos por los demás, el México anónimo y solidario que habita esa otra cara de la moneda mexicana: la cara del temple, del valor, de la solidaridad.

Si Gonzalo Rivas fue posible, no todo está perdido en México.

Mundo Nuestro. Esta crónica fue publicada en el 2014, en el quinto aniversario de la Orquesta Esperanza.

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Notas para cantar a la esperanza

Cinco años, y aquí estamos en la Sala Nezahualcóyotl.
Se dice fácil: cinco años después contamos 16,500 niños, 82 orquestas y 1,280 maestros en todo el país.
Hay esperanzas que empiezan a convertirse en certidumbres.
La Orquesta Esperanza Azteca.

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El lunes 23 de febrero, alrededor de las 5:30 de la tarde, llegamos al Centro Cultural Universitario con una plática llena de risas y buenos momentos vividos en estos cinco años. Venimos al concierto nacional de la Orquesta Esperanza Azteca que festeja hoy su quinto aniversario. Nos recibe una tarde dorada en el complejo de la UNAM; el aire corre suave, y el ambiente, por la naturaleza física del espacio, es distinto, permite olvidar el trasiego caótico de la metrópoli que hemos atravesado para llegar hasta aquí. A pie nos dirigimos al Espacio Escultórico mientras llega la hora del concierto, pero lo encontramos cerrado, así que nos encaminamos a la explanada hacia a la sala. Nos detenemos delante de la escultura que da testimonio del 2 de Octubre, y comentamos en torno del papel de la Universidad en la vida nacional. La tarde sigue espléndida.
A la entrada de la sala están los niños. Nos espera apostado a lo largo de las escaleras un centenar de niños que recibe a cada visitante con una cascada de aplausos para revivir el ánimo y el corazón. Es imposible que las sonrisas no alumbren los rostros y es un placer, ya dentro del recinto, ver las reacciones de los invitados, algunos sorprendidos, y los más, igual que nosotros, alegrísimos.
Entrar a la sala es ya un regalo en sí, la disposición, los colores, el mobiliario y el alma del lugar lo impregnan a uno. Cierto sentimiento de paz y de respeto aflora, y ya entonces comienza uno predisponerse a que algo sucederá. No sabe uno qué, pero así será.
Se anuncian la primera, la segunda y la tercera llamada. La gente ocupa sus lugares y pronto el silencio gana, la sala llena está quieta, expectante.
Desde algún punto del foro que uno no distingue entra el coro de la Orquesta Nacional. Estos son chicos que, al igual que los miembros de la orquesta, han hecho su audición en las 82 orquestas del país, más la de Los Ángeles y las dos de El Salvador, y se han ganado a pulso su puesto en este concierto. Poco a poco ocupan toda la parte trasera del segundo piso, justo arriba del escenario y los laterales. Todo en silencio, de repente y a capela el sonido de sus voces se abre espacio entre el mutismo que hemos hecho los demás. “Hope for a resolution”, es lo que llega a nuestros oídos. Es una canción compuesta para Frederick Le Clerk y Nelson Mandela, la primera parte en inglés la segunda en zulú, en honor a todos los esfuerzos hechos por allanar los caminos de aquella sufrida nación sudafricana. Pero aunque no se conociera el contexto de la canción, el encanto de las voces nos envuelve, nos hace estar presentes en esta sala, con esos niños y jóvenes, estáticos, maravillados. Cuando terminan, se mueven entre las notas que dejaron en el aire y se acomodan en sus lugares para el concierto.
Todo queda dispuesto para ellos.

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Por un instante repaso todo lo sucedido en este tiempo. Reconozco una a una a todas aquellas personas que hace más de seis años comenzaron con una idea vaga en la mente, sin poder concebir siquiera en lo que ese sueño se convertiría; ni un atisbo en la imaginación de la cantidad de gente que sería tocada, abrazada, rescatada, animada y acompañada por este proyecto. En el principio un grupo de 30 niños y un director desanimado; en el presente, 82 orquestas, 16,000 niños tocando y cantand0, 1,280 profesores y un número incontable de personas que dan, tejen, entrelazan, contactan, cooperan y crecen cerca del proyecto. Una inmensa cantidad de gente y los propios chicos que se transforman y transforman a sus familias, a sus comunidades y sus entornos, que hoy son un ejemplo a seguir. Pienso en los padres de familia, en su esfuerzo y entusiasmo para acompañar a sus hijos en los menesteres de la orquesta, en presencia o en espíritu, soñando con una vida diferente para ellos. Y en los maestros, quienes han descubierto sus propias raíces y sus ganas de seguir creciendo en la música, y que comparten lo que llevan dentro y logran sacar lo mejor de los chicos, siendo sus amigos, sus compañeros y sus padres en ocasiones. Y siguen los coordinadores y administrativos, quienes organizan, distribuyen, acomodan y dan forma a la orquesta. Y por supuesto los directores, quienes revisan y escogen repertorios, hacen audiciones, promueven conciertos, y sienten la música en sus entrañas y hacen que los niños y los jóvenes la encuentren también para sacarla a través de su voz y sus instrumentos. La sociedad civil que coopera en campos como apoyo a transporte, salud física, salud mental, ayuda legal, nutrición, becas universitarias y vivienda.
Personas que quizá se han cruzado en la vida de la orquesta tan solo una vez pero que su aportación ha sido valiosa y afortunada para seguir construyendo.
¡Cuánto esfuerzo cabe en cinco años!





Ilustraciones del libro Colores y sonidos de la Esperanza, editado por el Patronato Orquesta Esperanza Azteca.

http://www.orquestaesperanza.org.mx/index.php

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Los miembros de la orquestan salen y se acomodan sorprendentemente cautelosos en sus lugares. El concertino afina las diferentes familias de instrumentos y toma su lugar. El director hace su aparición al tiempo que la orquesta se levanta para recibirlo y el público aplaude. El Himno Nacional nos pone a todos de pie y después de entonarlo vigorosamente el director levanta su batuta para dirigir y regalarnos la Obertura Festiva de Shostakovich. El tiempo corre sin darse a notar y pasamos por el Magníficat de John Rutter, por el concierto para trompeta y orquesta en Mi bemol mayor de Haydn, y por el concierto para violín tocado generosa y armoniosamente por Ponchito, quien está en la orquesta casi desde sus inicios, cuando tenía 5 años. Nos da un respiro a tanta emoción un popurrí de Agustín Lara tan solo para prepararnos a escuchar las danzas Polovtsianas de Borodin. Una cantidad tal de energía se acumula y se arremolina en la sala de manera que nos baña a todos con sus fuertes y a la vez suaves notas rusas.

El coro nos toca y nos estremece.

El concierto termina entre grandes aplausos y nos espera otro regalo de la tarde. El encore… un extracto de la Segundada Sinfonía de Mahler: Resurrección. Con especial cariño y énfasis la tocan y la cantan haciendo que las lágrimas aparezcan en los ojos de muchos de nosotros como testimonio de que la melodía ha logrado abrir puertas que quizá llevaban tiempo cerradas.

En el efusivo aplauso, la sala completa de pie, los mambos de Pérez Prado se hacen escuchar y son como una catarsis de los niños y de nosotros su público que se va lleno de esperanza, de cariño, de agitación, sabiendo certeramente que las cosas en nuestro país pueden ser muy diferentes.

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En la explanada la noche es serena y plácida.

Me quedo pensando en lo que sentirán todos esos niños cuyos espacios han sido llenados y desbordados por la música que poseen dentro, en lo más profundo y que la llevarán consigo sea dónde sea que vayan por la vida. ¡Qué emoción tan grande la que me invade completa!



Ilustración del libro Colores y sonidos de la Esperanza, editado por el Patronato Orquesta Esperanza Azteca.

http://www.orquestaesperanza.org.mx/index.php

Vida y Milagros

Para Lenis

Hace casi ocho años, platicando en una sobremesa, una sobrina platicó con entusiasmo la posibilidad de crear una orquesta infantil que pudiera incorporar y capacitar a niños con habilidades para la música, en particular a niños sin posibilidades de pagar un maestro o de aprender música de manera formal. En las escuelas de México a la música no se le ha dado mayor lugar e importancia. En la escuela a la que yo asistí el énfasis se ponía en leer y escribir a la perfección y en operaciones matemáticas básicas. La lección de música se reducía a media hora a la semana, en la que cantábamos acompañadas por una maestra que tocaba divinamente el piano. Para mí no había momento más dichoso que esa miserable media hora. Por eso oír a Leonor hablar de su idea me pareció fascinante, y aunque ella tenía muy claro el camino, a mí entonces me pareció casi imposible de lograr.



Ocho meses después, en noviembre de 2009, Leonor me invitó a asistir al primer concierto de la orquesta infantil que entre varios habían logrado conjuntar. La cita era a las siete de la noche en el espléndido templo de Santo Domingo, en el corazón de la ciudad de Puebla. Esa noche, una orquesta y un coro de 300 niños entre los cinco y los trece años nos regaló a los asistentes una de las vivencias más bellas y memorables de nuestras vida, una vivencia llena de talento y pasión.

¿Cómo fue posible este milagro? ¿Cómo y quiénes lograron conjuntar una orquesta que se desempeñó magistralmente en tan solo unos meses? Leonor Mastretta, la gestora de éste esfuerzo, Julio Saldaña, el maestro y director de la joven orquesta y Benjamín Zander, el reconocido director de la Orquesta Filarmónica de Boston, son las piezas claves para entender el fenómeno de esa noche y de mucho de lo que ha sucedido después.



Un año antes, en 2008, uno de los ponentes en el evento de la Ciudad de las Ideas que se presentó en Puebla fue precisamente Benjamín Zander, "el maestro de los ojos brillantes". Ahí habló del trabajo experimental de orquestas infantiles que se desarrollaba en Venezuela desde hacía 30 años. En 2008, 500 mil niños participaban ya en diferentes orquestas por todo el país. Leonor lo escuchó, se acercó a él y lo convenció de acompañarla a conocer al maestro de violín de sus hijos, Julio Saldaña, quien estaba tratando de formar una pequeña orquesta infantil en Cholula. Zander supo ver el talento del maestro y la tenacidad de Leonor, así que los animó a seguir y les ofreció su asesoría. Leonor y Julio buscaron apoyos para hacer del caso de Puebla un proyecto piloto para reproducir orquestas infantiles en todo el país. Se dieron a la tarea de buscar talentos no solo en las comunidades cercanas a Puebla, sino en regiones tan alejadas como Serdán o la sierra norte de Puebla. Y los fueron encontrando: el hijo de un músico de banda de pueblo por acá, una niña con voz de ángel por allá, y casi sin darse cuenta, como jugando, a partir de mayo ya tenían a trescientos niños ensayando de cuatro a ocho de la noche en una escuela que rentaron por las tardes para estudiar y preparar su primera presentación pública.

Cuando hace ocho años iba rumbo al concierto pensé que disfrutaríamos de algo decoroso pero modesto. Jamás imaginé lo que escucharíamos esa noche. Nos hemos vuelto el país de las dudas y hemos perdido de vista el talento, la creatividad y el espíritu de compañerismo y solidaridad del que somos capaces. Al llegar a Santo Domingo todo era algarabía y bullicio en el atrio. El espíritu juguetón de los niños invadía el ambiente. Los papás y parientes ya tenían tomada la iglesia. No había un solo lugar que no estuviera lleno o apartado con rebozos, bolsas y hasta canastas en las bancas. El pasillo central, los laterales, los escalones, todo estaba colmado de un público de todas las edades, curioso y diverso, el público más feliz que he visto en mi vida. Los niños tomaron el altar. Vestidos con una sencilla camisa blanca y una falda o pantalón obscuros, no llevaban más adorno que la espontaneidad y vitalidad propias de la infancia. Era como si una parvada de pequeñas aves hubiera invadido la iglesia. Los ceremoniosos dominicos no daban crédito de lo que estaba pasando adentro de su siempre bien controlado recinto y en vano intentaron imponer orden entre un público que hasta ese momento se comportaba como en un desfile del cinco de mayo.

Pero en cuanto el director se paró enfrente de su orquesta y los niños se enderezaron orgullosos y atentos a los movimientos de la batuta, todo cambió: un expectante e imponente silencio se impuso en el aire. El director tomó la palabra y nos contó que su primera experiencia musical la tuvo cuando escuchó a la Filarmónica de Berlín, ahí en Santo Domingo, hacía treinta y tantos años, cuando él tenía cinco. Puebla Ciudad Musical fue la institución que los trajo a Puebla. Los nombres de Jorge Cubillas y Paco Sánchez revolotearon en mi cabeza. Su esfuerzo de hacía tantos años estaba a punto de dar un fruto inesperado. Nunca sabemos quién cosechará lo que algún día sembramos, pero da gusto saber que esas cosas suceden.

Los niños tocaron un programa difícil y lo hicieron de manera impecable. Abrieron con Terranova, de Meyer, y luego el concierto se sucedió mágicamente: un niño de cinco años fue el solista del concierto para trompeta de Charpentier. La trompeta medía lo mismo que él, y él no se equivocó ni en una nota. ¡El solista del concierto de violín de Sets, tenía seis años! Los solistas del concierto de Navidad, una niña y un niño de siete y ocho años, dueños de unas voces divinas y potentes, llenaron en su totalidad la enorme iglesia. Bueno, éstos 300 chiquitos se dieron el lujo de tocar y cantar la parte coral de la Novena Sinfonía de Beethoven. Al final se despidieron con el Danzón número 2 de Márquez en medio de una lluvia de aplausos de manos que no hubieran querido detenerse. No sé si existen los milagros, sí que existen quienes son capaces de acciones que lo parecen. Esa noche mil personas fuimos testigos de uno. Salí del concierto a sentarme y reflexionar un rato en la banca de un zócalo extrañamente solitario y silencioso. Sabía que había presenciado el comienzo de algo extraordinario.

Han pasado ocho años. La orquesta ha recorrido ya un buen camino y lleva un largo rato apoyada no solo por Fundación Azteca sino por otras instancias y personas. Las orquestas Esperanza Azteca ya existen en muchos otros lugares del país. También han logrado el apoyo fundamental del actual gobierno de Puebla, que con recursos públicos mixtos rehabilitó la primera fábrica textil de América, La Constancia Mexicana, en donde hoy la orquesta infantil tiene un excelente espacio para su escuela sede. En la reciente inauguración de AUDI, el evento artístico fue la presentación de la orquesta infantil que ahora patrocinarán. Muchas instituciones ya acompañan bien a este esfuerzo, pero no hay que olvidar que nunca han dejado de trabajar los corazones ciudadanos que lo hicieron posible.

Personas como las que menciono, íntegras, que hacen aquello que consideran correcto e indispensable sin necesidad de tener espectadores, héroes anónimos como Gonzalo Rivas, a quien por supuesto y sin duda debieran darle la medalla Belisario Domínguez sin mezquindades, son las que verdaderamente sostienen a nuestro país.

¿Por qué demonios cuesta tanto trabajo reconocer el esfuerzo de quienes de todos modos nunca actuaron para obtener reconocimiento, sino solo porque era lo que debería hacerse en el momento preciso, con o sin reflectores?

Orquesta Esperanza: El concierto de todos/Viernes 14 de Octubre

Mundo Nuestro. La Orquesta Esperanza, uno de los más importantes movimientos culturales generados y desarrollados desde la sociedad civil en Puebla, y sin duda uno de los más impactantes esfuerzos de promoción de la música en nuestro país, llevará a cabo este viernes 14 de octubre un concierto de recaudación de fondos para el mantenimiento del proyecto.

85 orquestas infantiles en todo el país. Cinco de ellas en el estado de Puebla.

Un proyecto que ha logrado el respaldo del conjunto de la sociedad, igual personas y grupos civiles que gobiernos e instituciones públicas y empresas privadas. Un orgullo poblano que prueba que México sí puede ser --y por supuesto lo es en muchísimos sentidos-- un mejor país.



El donativo solicitado es de 1000 pesos por persona.