Sociedad


Mundo Nuestro. El blog Los Cinco Fuegos, historias de comidas, cocina y comedor, de la historiadora de la fotografía en Puebla, comunicadora y gran cocinera Lilia Martínez y Torres, cumple un año de cumplir con su objetivo de recordarnos que la vida es una conversación eterna en la sobremesa de una comida en familia. Y de que en Puebla en ello somos expertos. Para celebrarlo recuperamos el texto presentado por Sergio Mastretta en Profética en ocasión del arranque de este proyecto de comunicación.
Cocina Cinco Fuegos El de historias de comida, cocina y comedor

La memoria se acerca a todos los fuegos.

La historia de todos nosotros pasa por la cocina. En ella corre la vida, y va con la certeza amorosa de quien enciende el fuego para preparar la comida.

Estas, las de Lilia Martínez y Torres, serán historias asociadas a los sabores, las palabras y los cuerpos. La mesa en los preliminares del amor. La sobremesa para vislumbrar que todavía será posible una mayor exaltación de los sentidos.

Todos venimos del encuentro de los cuerpos, pero somos producto de la conversación inagotable con la que las mujeres gobiernan el mundo.



Porque de conversaciones están hechas las recetas.

Y de escenas que cada cocina guarda, que en cada mesa se sirven. Muchas de ellas las veremos desde el archivo de la fototeca Lorenzo Becerril. Y por ellas, cada quien empezará a recordar sus propias historias.

Las Imágenes asociadas en la memoria brotan fáciles: un mediodía de 1961 en la casa de la 15 Sur en el barrio de Santiago; en el centro de la cocina la mesa con patas de latón y plancha de granito en la que Margarita, la lozana muchacha de Quecholac, la imagen más fiel que tengo de nuestra patria morena, prepara una salsa roja; en el comal vemos rebotar los jitomates, escuchamos el quejido de la piel que se tuesta y luego la piedra que canta en el molcajete cuando sus manos muelen los chilitos toreados. Ella se distrae, y yo, que nada sé del mal de amores que la embarga, no entiendo sus lágrimas, y juego con los jitomates saltarines ocultos en los cristalinos ojos de mis seis años.

En la esquina de la 15 con la 11 Poniente está todavía la casa que construyó mi abuelo en 1925. Y su fresno enorme junto al frontón, y el árbol de nísperos. Ahí está mi abuela Mané, la veo abrir la pesada puerta de su refrigerador comprado en 1950. ¿Era un Phlico o un Kelvinator? Qué más da si de él ha sacado las frituras de manzana que preparó de regreso del mercado de la Victoria por la mañana. Es martes, tal vez de un septiembre de 1972, y ahí estamos a mediodía para comer con ella los Mastretta Guzmán que vivimos en Puebla. Mi mamá y yo. Mis hermanos estudian en México y regresarán hasta el fin de semana. Comemos los siete platillos que prepara mi Mané como si intentara alimentar a un desvalido. Devoro los chayotes horneados y gratinados, la única manera, hasta la fecha, en que soy capaz de comer a esos espeluznantes erizos. Me reservo un hueco para los frijoles negros refritos, sasonados con hoja de aguacate, y los plátanos machos. Para los postres ya no puedo hablar, ya no escucho nada, pero sí la veo sonreir desde su silla de ruedas. Tiene la misma sonrisa del día de su boda, allá en Teziutlán en 1920, luego de un noviazgo poco arrebatado por el resguardo en que la tuvo la bisabuela Sauri. Meses enteros de plática desde el balcón, con un tempranero “hasta mañana, doctor” con el que lo despide la campechana abuela Sauri; meses más largos todavía de entrevistas en la sala, nunca en el mismo sillón sentados, y bajo la vigilancia de la Sauri que no le quita de encima la vista a la hija desde la otra recámara. Las imagino a las dos una mañana, atentas en la cocina a la composición de las fruturas de fruta; por fin se sentará a la mesa ya como novio invitado Sergio Guzmán, el sacamuelas que recorre en motocicleta India el lomerío caliente totonaco, allá abajo, muy lejos de las nubes y el chipi chipi eterno de la perla de la Sierra; María Luisa cierne la harina, la levadura, el azúcar; ya ha batido muy bien los huevos y ya revuelve en un tazón los ingredientes con la leche, poco a poco, como se amasa el cuerpo amado que pronto será el de su marido. Piensa en ello cuando agrega los plátanos magníficos que traen de Tlapacoya. Sus ojos refulgen con la rayadura de limón, pero se concentra con las claras batidas a punto de turrón. Ten cuidado ahí, dice la abuela Sauri, nada más las vas envolviendo… Y ella imagina, sueño yo, que son sus manos las que envuelven la espalda de su marido. Yo regreso a mi mesa de 1972: veo los ojos socarrones de Mané cincuenta años después. Y sonrío, lleno, pleno de las frituras de la abuela.

Papá ha regresado del trabajo a las dos en punto. Como estoy en quinto de primaria y es el año 1965, estoy en casa para escuchar su silbidito. Luego sigo sus pasos que persiguen los aromas hasta la cocina. La pasta la trajo papá desde lo que quedó de su vida en Italia, desde lo que quedó de esa sufrida tierra europea, cuando regresó de la guerra. Ahora lo veo en la cocina pescar con un tenedor un hilo de espaguetti, para cortarlo y buscar el punto blanco en su medio. Al dente, nos ha dicho mil veces. Mamá interviene sin decir pío para rescatar su pasta del interventor marido, ella mejor lo azota, al espaguetti, contra los mozaicos relucientes, y si se pega, de inmediato apaga el fuego y echa un ojo al hervor de la salsa. El espaguetti rojo es el orgullo nunca dicho de mi papá, ella lo sabe, y hace mucho que aprendió sus pequeños secretos: la mantequilla y el aceite de oliva con la cebola finísimamente picada, con la zanahoria y el tallo tanbién picaditos, y la lumbre no muy fuerte, con atención total hasta que alcanzan el color dorado –lo sé bien, un descuido y la cebolla se te quema; luego la albahaca y la mitad del tomate molido y colado y la otra mitad pelada, sin semillas y picada; un poco de pimienta, una pisca de azúcar y una tasa de agua. Y entonces, al fuego, muy suave, y ponte a hacer otras cosas, porque esa salsa a gritos te pide tiempo. El tiempo corre suave en casa este mediodía en la ciudad provinciana, como el fuego que no impacienta el centenario sasón rojo de la salsa italiana.



Es 1965. Y no hay manera de conseguir un vino de los campos dorados de Stradella, el pueblo de los abuelos, la tierra en guerra en la que mi papá dejara su juventud pero en la que no olvidó para mamá la memoria de su salsa.

Todas las primas nacidas de la familia Yanes Abaroa pasaron por la receta del Niño Envuelto de la abuela Chave. Para el panqué, las seis cucharadas de harina, las seis de azúcar y los seis huevos, con las claras a punto de turrón y las yemas añadidas una a una, y una a una las cucharadas de harina; y la charola forrada con papel encerado, engrasado y enharinado, pues la mezcla se pega fácilmente; al horno veinte minutos; luego lo volteas sobre una servilleta húmeda rociada con azúcar y con ella lo enrrollas y esperas un ratito, lo desenrrollas, le pones la crema y lo vuelves a enrrollar para dejarlo reposar en un platón. Y así de detallado el sendero para la crema y el betún. Pero las primas Yanes, en el punto de meter al niño envuelto en el horno, siempre se toparon con un misterio: “Cortar cinco centímetros en cada extremo”. Todas las primas Yanes, católicas muy creyentes –aunque muy capaces del divorcio, hay que decirlo—así lo hicieron, mutilaban con rigor al niño, pero cada una guardaba para sí el interrogante que por años se ahorraron de hacer a sus madres: “¿Y por qué se tiene que cortar cinco centímetros en cada extremo de el Niño Envuelto?”

Las nietas de Chave crecieron a sus propios hijos. Todos, ellas y ellos, sus maridos, los que se fueron y los nuevos que llegaron, felices, se comieron hasta el último chupete de betún decenas de niños envueltos. Nunca vieron a la abuela Chave llegar al punto de meter a uno de esos niños al horno: con sus dos manos al frente se plantaba frente a la estufa para medir el ancho de la puerta de entrada al infiernillo, y así, como si fuera a enrollar el estambre de sus tejidos, regresaba sobre la masa enrollada. Y muy diligente, le cortaba en cada lado cinco centímetros. Y seguramente sonreía al pensar en sus fervorosas y leales nietas.



Los cinco fuegos, este resguardo de memorias que Lilia Martínez empezará a construir seguramente con el auxilio de muchos de nosotros, será, por lo que ella nos ha dejado ver en su texto con el que arranca este portal de historias de cocina, un espejo de todas nuestras mesas. De voz en voz, de receta en receta, las familias construyen sus vidas contándose historias y trasmitiendo sus recetas.

Mamá guardó para el final de su recetario, y bajo el título “Azúcar”, los postres. Y, caray, es el suyo un homenaje a las mujeres reposteras de la familia. Van los nombres y sus creadoras:

Pastel de los ocho huevos, de mi abuela Mané, igual que su Gelatina de Naranja, su pastel de chocolate, las chanclas, las Galletas de Nuez y Cocoy el Lemon Divinity Pie; el relleno de limón para pastel, de mi mamá, Ángeles Guzmán, con sus Bueñuelos de molde y sus Galletas de Chocolate, y laCarlota de Moca, la Nieve de Naranja y el Dulce de Coco; el Ponche romano, las Hojuelas, losCuadritos de mermelada de chabacano, el Rompope y el Pastel de nuez, de la Tía Nena; el pastel de ciruela pasa, de Doña Chabela; el Panqué de manzana, de mi prima Martha Escalera; el Envinado, elPastel de Queso y el Pastel de Manzana con Streusel y los Polvorones de Nuez de María Lapuente; elNiño Envuelto, de mi prima Maichita Sánchez; el Turrón de almendra y el Merengón, de mi Tía Maícha; los Palitos de Queso, de Elenita de la Concha; las Galletas de Nata, de mi sobrina Daniela; lasMantecadas de Astorga, el Flan de Vainilla y las Priesquitas, de mi tía Tere Mastretta, casada con el tío Priezca; las Natillas, de Emérita Velázquez, la suegra de mi hermana Verónica; la Trufa sencilla, de mi cuñada Pilar; el Rollo de Nuez, de Conchita Molina.

Sigue la página en blanco. El recetario abierto. Ahí está Los cinco fuegos, el blog de Lilia para que cada quien empiece con ella a conversar sus propias recetas.

Los cinco fuegos en Profética: presentación del blog de Lilia Martínez y Torres

Vida y milagros

En unas vacaciones de invierno nos fuimos en coche al sureste en un viaje familiar. Recorrimos 3600 kilómetros. México en carretera siempre será una aventura que te transporta rápidamente del cielo al infierno y viceversa. Pasas de ver los paisajes más exuberantes, inhabitados y fantásticos, a pueblos que han perdido la identidad arquitectónica y el mínimo sentido de la limpieza, ayudados por la falta de autoridad y la infaltable presencia de los camiones de Bimbo, Coca Cola y otras empresas que se han encargado de vender sus productos sin dar valor a lo retornable, llenando selvas, ríos y mares con sus envolturas y botellas. Aunque se llaman a sí mismas empresas socialmente responsables no han logrado diseñar empaques que no generen tantísima basura.



Cuando recuerdo ese viaje se me llena la memoria de todos los tonos de verdes y de agua. ¡Tantos ríos que cruzamos! El Papaloapan, el Usumacinta, el Coatzacoalcos; todos como avisándonos que llegaríamos a la tierra del Poeta Carlos Pellicer y a su obra increíble del Parque Museo La Venta. Carlos Pellicer (1899-1977), gran poeta de la generación de los Contemporáneos, el poeta del trópico y de los grandes ríos, maestro de literatura en la UNAM, viajero incansable, Premio Nacional de Literatura y amante de la cultura prehispánica, nació en Tabasco, y aunque se educó y vivió en la ciudad de México, nunca se desligó de su lugar de origen y le regaló parte de su vida y su energía.



Tenía poco más de 50 años, la peligrosa edad en que muchas personas deciden retirarse y cortar de tajo la ilusión de emprender, cuando se echó a cuestas la tarea de trasladar a un lugar seguro las fantásticas esculturas olmecas encontradas en l943 en la Venta, entre Tabasco y Veracruz, en el municipio de Huimanguillo. Las monumentales cabezas olmecas, los altares y estelas y los mosaicos enterrados como ofrendas de más de 2500 años de antigüedad, no tenían ni destino ni protección. Él supo que tenía que salvarlas y supo imaginar también a dónde llevarlas. Tuvo la visión de escoger para su resguardo el espacio de selva que colindaba con la Laguna de las ilusiones, ahora en el corazón de la ciudad de Villahermosa. Pocos museos en el mundo reúnen de manera tan artística y armoniosa lo creado por la mano del hombre enmarcado por un entorno natural excepcional. El visitante entra a un jardín botánico y a un museo al mismo tiempo. Si Carlos Pellicer no se lo hubiera propuesto, ese lugar no existiría. Aportó lo que yo he dado en llamar "un corazón ciudadano" a un proyecto que implicaba necesariamente la voluntad de los políticos en turno pero unido a una visión civil. López Mateos lo entendió así y supo ayudarlo. En l958, después de varios años de trabajo, el Parque Museo la Venta abrió sus puertas. Años después, Julieta Campos, quien fuera esposa del gobernador Enrique González Pedrero, con la sensibilidad que la caracterizó siempre, terminó de perfeccionar y renovar el lugar. Es un Parque -Museo en el que se cobra una cuota baja; ha funcionado muy bien porque aunque el gobierno administra y aporta, existe un patronato que trasciende a las administraciones y a los tiempos políticos. Existe una idea rectora aún vigente que provino de la mente luminosa de Carlos Pellicer. La seguridad y la limpieza son impecables. Una enorme ceiba con un busto de Carlos Pellicer te reciben a la entrada y luego unas huellas humanas marcadas en el piso te guían por el sitio. No hay ruido, ni música ambiental, ni venta de nada. Solo la belleza impactante de las piezas que pesan cientos de toneladas colocadas entre plantas maravillosas perfectamente señalizadas. Al terminar el recorrido hay una tienda de artesanías con productos muy bien escogidos y hermosos. Dentro del parque hay un zoológico. Yo he dado en odiar ver a los animales en cautiverio, pero ahí estaban, en su imponente y salvaje belleza. Vimos a una pareja de jaguares, a una hermosa pantera solitaria, monos araña, guacamayas y loros, todos muy bien cuidados pero languideciendo en sus jaulas. Afuera es probable que ya estarían muertos o de adorno en la casa de algún fantoche vanidoso.



Finalmente llegamos al estanque donde vivía un cocodrilo de más de cuatro metros y que el mismo Pellicer llevó al parque cuando lo inauguraron. Cuando lo conocimos tenía 80 años y le llamaban Papillón en honor al nombre del personaje de una novela que logra escapar tres veces de la cruel prisión francesa de la isla del Diablo. Según fue creciendo, el estanque le fue quedando chico al cocodrilo. Se había escapado tres veces rascando por debajo de su estanque y buscando la libertad hacia la Laguna de las Ilusiones; La última vez que se había escapado apareció en el patio de una casa de Villahermosa ubicada a la orilla de la Laguna y se fue sobre el perro de la casa. El dueño de la misma le dio un tiro en el ojo y lo dejó tuerto. Papillón fue regresado a su prisión y ésta fue reforzada con una malla de metal para evitar que escapara de nuevo. Todo eso nos lo contó un guardia cuando mi hija se dio cuenta de que le faltaba un ojo. Supimos que en cautiverio, Papillón podría vivir otros cincuenta años más. También nos contaron que en un tiempo le echaron a una cocodrila demasiado pequeña y se la comió. En libertad ya no existían cocodrilas de su tamaño. Estaba condenado a morir solo, rodeado de tortugas y alimentado por los pollos que le echaban cada cierto tiempo. Papillon parecía tan triste y aburrido. Su único ojo era como de otro mundo. ¿Cómo liberar a Papillon si el mundo de afuera nos lo hemos robado los humanos?

Dos datos más para terminar este recuerdo. Treinta de las mejores piezas encontradas en La Venta están en el parque - museo La Venta. Actualmente, una gran parte del sitio en donde fueron encontradas se encuentra cubierto por una refinería de Pemex y cualquier excavación ahí hoy es imposible. Pellicer hizo lo que tenía que hacer justo a tiempo. México está urgido de muchos nuevos Carlos Pellicer, urgido de anhelo de belleza.

El otro dato es que hace poco Papillón murió en cautiverio, nadie sabe muy bien de qué. Un día simplemente dejó de comer. Se murió en calidad de preso en su estanque. Había sido capturado en Comalcalco a la edad de 20 años. Murió de 83. Por su genética podría haber vivido 45 años más. Qué bueno por él que no fue así.

El cocodrilo podría haber hecho suyas las palabras del poeta Pellicer:

"Tu eres más que mis ojos,

porque ves lo que en mis ojos llevo de tu vida...

y así camino ,ciego de mí mismo,

iluminado por mis ojos,

que arden por el fuego de ti...."

Qué bueno que ya te fuiste, Papillon....Qué bueno que exististe, Pellicer.

Me he visto en las fotos con unas botas blancas, pero ésas no las recuerdo sino de ahí, de las estampas, de una en la que estoy parada en la cubierta de un velero, detenida del mástil y con un rehilete en la mano izquierda.

Perfecta imagen para la memoria de una mujer que espera llegar al 2035, sin haber perdido por completo la propensión romántica del siglo XIX.

Cada quien sus pesadillas. Algunas de terror, otras del diario afán. De estas últimas, la mía es comprar zapatos. Tengo unos pies cuyo enigma es muy superior al teorema de Pitágoras. La hipotenusa de mis empeines tiene siempre tamaños distintos, entre uno y otro pie, entre un día y otro, entre el calor y el frío. No hay manera de uniformarlos. ¿De qué número calzo? Adivinar. Cada par de zapatos es su propio enigma, cada uno va poniendo en entredicho mi razón.



01-zapatos

Ilustración: Gonzalo Tassier

Cuando entro a una zapatería dejo ir los ojos por el inexorable horizonte de la tienda y pienso que esa vez sí será fácil, al menos posible, salir con un par al que no ponerle reparos. Pero nunca sucede. Y como en toda pequeña pesadilla el final es un túnel dando vuelcos.

¿Será porque apenas mido uno y cincuenta y ocho que los zapatos me importan tanto? ¿Será porque los tengo más cerca de los ojos? ¿Será por presumida? Sin duda debe ser por presumida. Nunca pude, pero ni con las seis décadas puedo, aceptar la comodidad de una zapatos feos.



¿Por qué es que esto les cuento? ¿De qué mundo me escondo dilucidando en torno a la belleza de los zapatos y la fealdad de algunos pies? Mi deber es contar. No dar cuentas. Siempre me he sentido incapaz de traducir el mundo, no doy con las razones y mucho menos puedo imaginar cómo resolver los problemas de nuestro país. Para eso está la revista nexos con su colección de sabios. Esta revista en la que he abierto un puerto que a veces se llena de barcos entrando y saliendo hasta que todo es un desorden sin retorno, como el túnel en la pesadilla de los zapatos.

¿Qué tienes tú que decir? ¿Te duele un pie? Y nos lo cuentas como si importara. Hablas de nimiedades. ¿Qué con la democracia? ¿Qué con la ley? ¿Qué con este lío que es vivir en un país que anochece con unos destripados y amanece con unos descabezados? ¿Y los índices de pobreza? ¿Y la equidad? Todo igual que el día aquel en el que te compraron los primeros zapatos para ir al colegio. Unos choclos blancos. No podían ser más feos, ni más idénticos. Todas las niñas íbamos al colegio vestidas igual. Unas eran más ricas, otras menos, pero vestidas iguales, daba igual. Más o menos teníamos lo mismo aunque no fuera cierto. Entre nosotros se hablaba poco de dinero. Para muchos, tenerlo obligaba a la discreción. No tenerlo en abundancia, también. Si mis papás dirimían esos asuntos cerraban la puerta. O lo hacían cuando las luces de la casa ya se habían apagado. Una vez los oí, atando los cabos del tema, cuando me acerqué a su cuarto en mitad de la noche, despierta con un dolor de cabeza que aparecía de repente como una flecha iluminada. Había que pagar no sé qué deuda. Regresé a mi cama con tal susto que no recuerdo a dónde fue a parar mi cabeza. Amanecí con las trenzas desbaratadas y el pelo hecho una madeja de alambres.

No pasó nada. Nunca nos faltó nada. Éramos siempre los primeros en pagar la colegiatura. Y la renta. También es cierto que nuestro coche era el más pequeño, y que nuestra mamá tenía un trabajo. Daba clases de ballet. De cinco a ocho. Tres grupos. La verdad es que le fascinaba tanto como avergonzaba a mi papá. Ahí y en ese tiempo, los hombres tenían que ganar el pan y las trifulcas de su familia. Todos sabemos que ella se habría aburrido muchísimo con cinco hijos y una máquina de tejer, por más que platicar con su hermana la divirtiera tanto, pero me aprieta el corazón como un zapato nuevo si recuerdo la pena que le daba a mi padre no pagar hasta el último centavo de lo que se gastaba en nuestra casa. Tonterías como botas viejas, pero que a él le importaban como una guerra.



No sé por qué, nuestra madre, cuando hacía el recuento de esos años en que pasaron trabajos y tuvieron disgustos económicos, se preguntaba por cuál motivo no había tomado a sus hijos y se había ido a Jalapa con ellos y su marido. Nunca entendí esa suerte de jaculatoria, ni le pregunté por qué irse y por qué a Jalapa. Un lugar al que nunca fuimos más que como parte del único viaje a Veracruz que atravesó nuestra infancia. Un viaje en el que aprendí el gozo de andar descalza, con mis dos hermanos, buscando pedazos de nácar en una playa de arena gris.

En esos años los niños pobres, así se les llamaba, por su nombre —no existían escondrijos ni asociaciones de palabras—, no tenían zapatos. Andaban descalzos. Pero del diario. Con el pelo rapado para no llenarse de piojos. No vivían lejos de nosotros, iban a la misma iglesia, de repente tocaban la puerta para pedir un taco. Se los dábamos, pero nada más. “Bienaventurados los pobres porque de ellos es el reino de los cielos”. Eso decían las enseñanzas, y había quien así las aceptaba. Pero a nuestros progenitores siempre los redimió la culpa. Así no podía ser, así no debía ser: esa certidumbre nos heredaron. No era lógica la pobreza como no era lógico el poder en manos de unos a los que se llamaba rateros, pero eran intocables. Mucho más intocables que los de ahora. Veinte años después de su muerte, el nombre de un cacique parecido al que yo di en llamar Andrés Ascencio, seguía diciéndose en voz baja.

En privado, cuando los grandes creían que no los oíamos, hablaban de sus varias mujeres, de sus indescifrables crímenes, de sus cincuenta pares de zapatos.

Yo tenía proclividad por esas conversaciones, apenas nos mandaban al jardín, me descalzaba para volver, sin que nadie oyera, a meterme tras un sillón y escucharlas. Sólo entonces brotaban los malos como fantasmas a media tarde. Pero no había estadísticas, ni estudios comparativos, ni encuestas. Todo era rumor o experiencia. Alguien había visto un muerto, todos supieron de una huelga en la que mataron a los trabajadores de un ingenio azucarero, nadie quería seguir oyendo y por eso llamaban a los niños a merendar gelatina de naranja.

¿Cómo eran aquellos años mis zapatos? Recuerdo unos azules. Estuve mirándolos en el suelo, junto a mis piernas dobladas para caber en un rincón al que llegó la historia de una mujer torera, dos veces valiente porque había estado enredada con el mentado general cuyo nombre no se mentaba.

En los zapatos cabe de todo. Y de todo hablan. Cabe el mundo, la historia, las finanzas. Cuentan quién tiene qué y quién no. Mis zapatos de aquellas vacaciones eran los mismos que los del año anterior, ya les habían puesto medias suelas y si les ponían suelas corridas se achicaban. Iban a comprarme otros el siguiente año, pero mientras había más de dos zapateros por barrio y la gente les cambiaba el tacón una o tres veces a cada par. No había marcas. Ni tiendas para princesas. La zapatería se llamaba Miguelito y los zapatos Ponchito. Los hacían en León, Guanajuato, y había que domarlos.

Con razón los escarpines de mis abuelas eran un amasijo de bultos y deformidades. Crecieron con los pies apretados. Era lógico tener callos a los sesenta. Yo me quejo mucho, pero no tengo ninguno, porque ya mis zapatos, hasta los de los chinos, que ya no hacen las cosas tan duraderas como su muralla, son suaves.

¿Desde cuándo son menos duros tus zapatos? ¿Podrías contar la historia con los pies? ¿Tu país con los pies? ¿Tus miedos con los pies? ¿Tu valor? ¿Tus apegos? ¿Cómo es que decía el dicho? “Con que te vas y me dejas, déjame tus chanclas viejas para acordarme de ti”. Parece que estoy oyendo a mi padre repetirlo, tras la lluvia, cuando le pedí que me diera permiso de venir a México, a estudiar quién sabe ni qué, con tal de no andar sin novio, solterona de veinte años, por la ciudad sitiando mis zapatos de entonces.

Mi madre había dicho que sí. Ella quiso siempre que nosotros viéramos más que sus ojos y anduviéramos más que sus zapatos. Mi madre tenía unos pies largos, elegantes y delgados como plumas Mont Blanc. Yo no los heredé. ¿Qué genes me despojaron de tal legado? Me lo pregunto muchas veces, sin duda siempre que enfrento el túnel de esa pesadilla. Sí, me digo, podría contar la historia con los pies.

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"¡Ya basta!": el grito de un sacerdote jesuita contra la violencia criminal en Chihuahua.

La colección Tarahumara 100 años, del cual este texto es parte, se ha hecho para celebrar los cien años del retorno de los jesuitas a la misión de San Pedro Clavé, en la Tarahumara Alta. Éste es el relato que el padre Pablo Louvet, S.J. redacta en Sisoguichi, primer lugar al que llegan los jesuitas. El padre escribe en el diario de la residencia: “el día 12 de octubre del año 1900, quinto aniversario de la Coronación de Nuestra Señora de Guadalupe, después de 133 años de ausencia, motivada por la expulsión de los jesuitas de todo el territorio de ambas Españas, llevada a cabo por orden de Carlos III, tres sacerdotes y un hermano coadjutor, volvían a hacerse cargo de la misión tan floreciente en otro tiempo de los indígenas tarahumares”.

El primer grupo al que toca la restauración está integrado por los padres: “Antonio Arocena, de cincuenta y seis años de edad, natural de Azcoitia, Guipúzcua, España, que entró a la Compañía el año de 1886, superior de la misión; P. José Vargas, de treinta y cuatro años de edad, natural de Morelia, Michoacán, que entró en la Compañía en el año de 1879; P. Pablo Louvet, de treinta y cinco años de edad, natural de Carquemont, Doubs, Francia, que entró en el año de 1884. H. Coadjutor Nicasio Gorgorza, de treinta y dos años de edad, natural de Azpeitia, Guipúzcua, España, que entró el año 1886. Todos hicieron ya sus últimos votos”.


Louvet lleva el diario de octubre a diciembre de 1900 y de enero a octubre de 1901. El siete de noviembre él, junto con el padre provincial, el padre Borbolla, de superior, y el hermano Nicasio Gogorza, parten a fundar la residencia de Norogachi. El 10 de octubre queda oficialmente establecido el segundo puesto de misión. El diario en Sisoguchi queda a cargo del padre José Aguirre, S.J. El padre Louvet en noviembre y diciembre de 1900 estructura el diario con el registro de las visitas que los padres hacen a las comunidades de: Cusárare; Norogachic; Santa Anita; Guachochic; Cavórachic; Papajichic; Pahuichic; Tetahuíchic; Samachique; Guaguachique; Guagüeivo; Pamchic y Bacíburiachic. En 1991 el diario lo organiza por meses.

En el texto se habla del deterioro de las iglesias y las casas adjuntas. Todo está destruido. Los recorridos son largos y a veces sin guía. Los padres duermen sobre paja y tienen dificultades para conseguir comida. Intentan aprender la lengua tarahumara. En estas visitas el trabajo se concentra en administrar los sacramentos de manera particular la confesión, la comunión y el matrimonio. Celebran misa, y predican.

En el texto Louvet deja constancia de lo que piensa sobre los indígenas y el trabajo misional. Realiza juicios de valor desde la perspectiva de su cultura. Ve a la Compañía y a él mismo como un agente civilizador. Al mismo tiempo se plantea la necesidad de una vida más justa y plena para los indígenas. Es un relato de época que ofrece mucha información muestra con claridad cómo entienden su trabajo, que piensan de los indios y cuál es su propósito.

La caligrafía es muy buena, vienen algunas páginas para verla. Se respeta la ortografía de la época. Hay anotaciones y notas al calce del propio Louvet. Hay 33 fotos en blanco y negro, la mayoría sobre las iglesias. Hay fotos de los años veinte, treinta y cuarenta y algunas de los sesenta. Hay un mapa que sitúa los pueblos visitados. El texto es claro y se lee con facilidad. Es testimonio de una época que debe ser juzgada en su propio tiempo y no desde el hoy.



En el año del retorno
Relato del padre Pablo Louvet, S.J.

Ediciones Diocesanas de la Tarahumara
Sisoguichi, Chihuahua, 2000

El Partido Republicano quiso enjuiciar a Bill Clinton y quitarlo de la presidencia de la república por, literalmente, una mamada. Bueno, no solo por eso, sino por envidiosos, pues además de lo ya mencionado, Bill se dio el lujo de jugar a las muñecas con sus finísimos puros en el salón oval antes de fumárselos. La vida privada y secreta del presidente Clinton se filtró junto con el humo de sus Cohibas por debajo de la puerta y por ello estuvo a punto de perder no solo la presidencia de los Estados Unidos, sino a Hillary, su inteligentísima esposa, compañera y cómplice desde 1971.



Grandes expectativas hubo en la convención demócrata acerca del discurso que daría Bill Clinton para apoyar a su esposa en sus aspiraciones a la presidencia. Si forma es fondo en política, digamos que Bill con sus bonitas formas dio en el fondo correcto con una elegante manera de mencionar y disculparse al mismo tiempo del famoso " error oval" sin tener que arrastrarse ante el llamemos "repetable" público americano. Mucho se especuló sobre si mencionaría el específico episodio de su original aventura en el corazón de la Casa Blanca. Pues no, claro que no, si el hombre es muy inteligente y ella puede que un poco más que él; las obviedades burdas no son para ellos, así que hizo un despliegue de su talento para cruzar el charco de lodo del obligado paso sobre el tema con una elegancia y equilibrio dignos de un malabarista del Cirque du Soleil: "Ella y yo hemos pasado por momentos felices, por momentos de tensión y trabajo arduo y por duros momentos de corazones rotos". ¡Qué tal! Lo dijo todo en dos palabras: corazones rotos, en plural. No sé si a él se le rompería el corazón por haber sido descubierto o por el genuino pesar de haber hecho sufrir a quien, por lo visto el miércoles en la convención, lo tiene comiendo de su mano. Pero más dijo con su cara de marido viejo y embobado. Nada mal. Un viejo gavilán cansado, echando a su paloma, pan.



Yo no había vuelto a ver una foto o un video de Bill Clinton desde hace varios años. La última vez que lo vi estaba pasado de peso, jugando golf y proyectando una sensualidad y despreocupación seguramente acompañada de placeres varios, pero mayoritariamente gastronómicos, que le habían dejado la figura de un perro San Bernardo con el que se podría retozar amigablemente en un sofá. Claro, en el sofá quizá podría fumarse aún un puro o dos. A la Convención Demócrata del miércoles llegó otro Bill. Un hombre que, o es un gran actor, o está absolutamente cautivado por lo que él llama coloquialmente "la chica que conocí en 1971". Ahora, pensándolo bien y como decía el poeta, los amantes son infieles, pero no desleales. La fidelidad es una cualidad perruna, la lealtad, humana. No tiene por qué ser un gran actor para aparecer embobado ante una mujer a la que clara y lealmente admira y apoya, aunque haya existido hace mucho tiempo, en ese Camelot moderno y pervertido de la Casa Blanca, un suceso amoroso con una dama de la corte, mientras jugaban con un puro en el sillón de brocado del salón oval. Lástima que la dama de la corte se llevara un recuerdo estampado en el rojo vestido. Lástima que una mala amiga, de esas que nunca faltan, haya decidido contar las confesiones quizás no tan inocentemente contadas, y que la señorita hubiera decidido guardar el vestido de recuerdo con todo y ADN del fumador de puros. Lástima, porque sin ese vestido y esa prueba no hubieran existido los corazones rotos. Nunca es bueno que las personas sufran por asuntos de celos que solo pueden ser evitados si se ignoran. La vida secreta dejó de serlo y obligadamente llegaron los corazones rotos. Y no dudo que Hillary supiera de otros deslices, pero una cosa es saberlo uno y otra que lo sepa la república entera. Por eso digo que fue inteligente. En lugar de darle gusto a su ego y a la masa, privilegió las cosas que solo ellos saben que tienen, lloró en el hombro de buenas personas , fortaleció su propia vocación y su carrera y regresó con su marido.



Pues ahí estaba Bill, muy delgado, dando su discurso con una chispa en los ojos que es indudablemente una forma de amor, una variante, porque el amor tiene miles de formas, y solo a veces logramos conocer algunas de sus caras.

Como sea, este matrimonio está junto desde hace 43 años y tienen una complicidad y una unión que de momento parecen imbatibles. De todos modos, los supuestamente liberales demócratas y los archí conservadores republicanos aún levantan la ceja ante el episodio del salón oval y aún pasan la factura si hay ocasión propicia.

Y fíjense en la paradoja: los republicanos, tan castos, mustios y rígidos, tan mencionadores de Dios en todo momento y discurso, tan cuestionadores de las infidelidades de Bill al grado de haber tratado de derrocarlo llevándolo ante un juez a jurar sobre una biblia acerca del tipo de relación sexual que había tenido con la dama de la corte, hoy tienen como su candidato a la presidencia al hipopótamo sin gracia corporal alguna que es Donald Trump, casado varias veces, promiscuo como pocos, un grosero echador de sus atributos sexuales y de las medidas de su seguramente disminuido miembro. Toda una ficha.

Volviendo a los Cohiba y al asunto de los corazones rotos, que bueno que Bill fumaba puros, porque de otra manera, es muy probable que lo hubieran derrocado de la presidencia y también que hoy no estaría a los pies, como parece estarlo, de la mujer que hoy aspira con sobrados méritos a la presidencia de su país.

(Texto ilustrado con Fotografías de Mariana Mastretta Larracilla)

Vida y milagros



Entiendo perfectamente bien que uno debe de escoger sus batallas y que no se puede ir a todas. Pero de eso a ser solo expectador y crítico de lo que acontece a nuestro alrededor, en especial en nuestro entorno público más cercano, creo que sí hay una gran diferencia que me ha interesado entender.
"Hay que" es la terrible frase que sueltan algunas personas como el pétalo de una margarita que se deshoja irresponsablemente."Hay que" no es una acción, es una irresponsable frase que deja al que la dice con la sensación engañosa de que ya hizo algo: Sí, ya se preocupó, pero no se ocupó de nada. "Hay que evitar que tiren ese árbol", "hay que pedir que tapen ese bache", "hay que avisar que en esa esquina un señor pide apoyo para una receta médica cargando a un niño al que previamente adormeció con un narcótico", "hay que avisar que alguien venga por ese perro que está amarrado en una azotea." "Hay que, hay que, hay que" es la invitación tramposa a que alguien más haga lo que nos da flojera o temor hacer. Con respecto a la relación con las autoridades, muchos magos del "hay que" se quedan en eso o porque no conocen cómo funciona el engranaje administrativo público, o porque lo conocen y lo detestan. Por eso muchas veces no dan el paso siguiente para saber cómo es que se relaciona uno con ellas para pasar del "hay que" a la acción constructiva. Ahora si que hay que decidirse a dar el primer paso. Cuando por fin se da, a fuerza se aprende. Y también se lleva uno grandes sorpresas con respecto al pequeño poder de las acciones individuales que sí pueden hacer la diferencia.
Hace unos años fui invitada a Sonora por unos amigos empeñados en defender un viejo parque de Hermosillo cuyo valor estribaba en 135 árboles centenarios que serían derribados con una autorización de esas raras que suelen conseguir los fraccionadores con buenos conectes políticos. El parque se interponía en el paso a unos terrenos en los que se haría un moderno desarrollo y ya había sido catafixiado con las autoridades municipales a cambio de cuentas, espejitos y la promesa de sembrar miles de árboles nuevos de incierto futuro en otros predios. Parecía inútil defender 135 árboles enormes y hermosos pero lo hicieron. Ante la promesa de miles de arbolitos nuevos, se aferraron a la realidad de árboles ya logrados y con muchísimos años de vida por delante.
Es fácil derribar un árbol sano y hermoso y prometer sembrar miles a cambio. Muy difícil garantizar que sobrevivan y lleguen a adultos en nuestras agresivas ciudades de cemento.
Aquí en Puebla, en el último mes se ha dado una resistencia respetuosa pero tenaz y consistente al proyecto de ciclovía elevada propuesto por el Gobierno del Estado de Puebla sobre la avenida central de acceso a la ciudad de Puebla. El proyecto original de ese tramo de 7.5 kilómetros requería quitar de la avenida 770 árboles maduros y bien logrados para que en su lugar "volara" la pista; el retiro venía endulzado y disfrazado en una solicitud de permiso al ayuntamiento en el que se hablaba de "transplante y sustitución de individuos arbóreos" a cambio de futuras promesas de miles de árboles en hipotéticos e inexistentes lugares. A otro perro con ese hueso. ¡Qué transplante ni que ocho cuartos! La avenida es un desastre en cuanto al mantenimiento de sus banquetas y en cuanto a su accesibilidad , pero es una de las pocas avenidas grandes y bien arboladas de la ciudad . Como suele suceder con las obras estatales, la obra se inició sin un solo permiso municipal, aunque en el Código Reglamentario Municipal los pasos a seguir están más que claros. No se hacen obras públicas sin permisos. Por otro lado, en el Programa de Movilidad en bicicleta que firmaran SEDATU, el Gobierno de Puebla, el Ayuntamento de Puebla y Banco Mundial en diciembre de 2014 para irse implementando en 10 años, ese tramo de ciclovía solo costaría 6 millones y no era recreativa sino de conectividad. Cosa buena es el planear, cosa pésima es pasar por encima de lo planeado.
Desde que se conocieron los alcances y extravagancias de la obra, se fue generando una buena interacción entre los interesados en una ciclovía austera y funcional, los interesados en la preservación del arbolado y un acercamiento a las autoridades con la finalidad de preguntar y argumentar. De momento las obras se detuvieron para ser discutidas antes de seguir derecho y sin quitarse. El acudir con el cabildo y los funcionarios , el pedir y conseguir documentos, el hacer presencia en la avenida para contar los árboles y conocer su estado sin afectar derechos de terceros ni interrumpir el tráfico , la búsqueda, manejo y divulgación responsable de documentos oficiales en redes, el entusiasmo alegre de los jóvenes y la participación de los mayores, todo, ha servido para por lo menos detener un tren que venía encarrilado y a todo velocidad con el gobernador al frente de la máquina, pues la "Ciclovía Elevada Recreativa" es una de las obras de despedida de un gobierno que termina.
Se han presentado ya nuevas propuestas que incluyen 500 derribos menos. Se regatean en redes y mesas de trabajo los árboles a quitar o dejar como si estuviéramos en el mercado. Así es Mexiquito lindo. Mejor el regateo que la aceptación cual borregos. El sábado se llevó a cabo la tercera rodada-caminata en defensa de un proyecto que sacrifique menos árboles y administre mejor la inversión de los 278 millones destinados a una ciclo ruta que es demasiado cara.Parte del dinero podría destinarse a mantener la infraestructura de la avenida y a bajar a la ciclovía a piso, ya que sobra espacio y está muy mal aprovechado. El proyecto definitivo aún no se conoce.
Ayer, como contra parte a la caminata, las autoridades se presentaron con un gran camión cargado de 1,200 árboles que en un costado traía una lona que decía "Campaña de reforestación de la Avenida Hermanos Serdán".¿Van a sembrar antes de iniciar una obra? ¿No es como vestir a la niña antes de bañarla? ¿No sería más sano ver primero cuántos árboles adultos y hermosos no deben tirarse por una obra que podría plantearse mejor? Los gobiernos suelen ver a estos movimientos como críticos ociosos o enemigos, cuando deberían verlos como aliados y garantes para que una obra bien discutida y aceptada sea preservada a lo largo del tiempo,mucho tiempo después de que un gobierno se haya ido.
Los gobernantes deben entender que no solo tenemos derecho a defender y preguntar por lo que es de todos, sino que esa participación es indispensable para transformar una cultura de muy poca participación civil en los asuntos públicos.El que resiste apoya. Y vaya que nuestro país necesita apoyos y el gobierno de compañía. La participación civil debe de ir más allá de votar en cada elección. Debería de recibirse con gusto el que estemos no solo interesados, sino involucrados en que las autoridades se muevan dentro de los marcos jurídicos y normativos que como sociedad hemos ido construyendo y que ellos deberían ser los primeros obligados en respetar.
Como sea, este próximo sábado habrá otra caminata a favor de salvar los más árboles posibles en la Avenida Hermanos Serdán y a favor de un proyecto mejor pensado para una ciclovía que debe de ser todo menos un capricho de fin de fiesta.

Mundo Nuestro. La fotografía del fotógrafo poblano Raúl Gil obliga a pensar en esos puntos extremos de la vida nuestra que en todo momento se tocan. Vida y muerte, amor y desamor. Aguila y serpiente. Luz y sombra. Sobre esta fotografía del vuelo de los estorninos en la laguna de Loma Roja, en San José Chiapa, en ese territorio del esplendor del altiplano mexicano a donde hoy se ha impuesto una industrialización extrema, vuelan todavía los pájaros negros contra el último resquicio del sol. Y frente a ella la reflexión del artista que aquí les presentamos.

Entre risas y lágrimas

entre blanco y negro



el águila y la serpiente

alegrías y tristezas

el bien y el mal

el cielo y el infierno

los amigos y los que no



la salud y la enfermedad

el amor y la soledad

compasión y desdén



buenos e inmorales`

aves y ratas

ballenas y cucarachas

poderosos y debiles

vecinos buenos y dementes paranoicos

benditos y malditos

médicos de corazón y hienas vestidas de blanco

altruistas y sinvergüenzas

caras de ángel y enmascarados

mi familia y los chacales

benditos y criminales

la fotografía y la impunidad

las estrellas y los abismos

el día y la noche

las cimas y los barrancos

los ángeles y los demonios

los de siempre y los de nunca

la libertad y el encierro

los verdaderos y los cobardes

entre sabios y patanes

el elixir y el veneno

mis amigos y los hipócritas

los agradecidos y los ojetes

sinceros y ladrones

amables y bastardos

valiosos y negligentes

los que vuelan y los que se arrastran

los amores de verdad y las putas

sueños y pesadillas

fe y desesperanza

la armonía y las tragedias

buenaventura y rencor

la calma y las tormentas

de gloria y tristeza

oceanos y desiertos

viajes y accidentes

los santos y las brujas

la vida y la muerte

el alma y el vacío

Cristos, Budas y Judas, Pilatos

brillantes y mediocres

honestos y desgraciados

gentiles y barbajanes

el alfa y el omega

el bien y el mal.