Sociedad

(Este texto se publica también en el blog de la autora Historias desde el biogalón)

Las y los ciclistas de la Ciudad de México fuimos uno de los grupos que se levantó en las horas críticas tras el sismo del 19 de septiembre del 2017.

Pedaleamos en todos los sentidos, recorrimos frenéticas la ciudad de Chapultepec a Xochimilco. Llevamos y trajimos las mochilas retacadas, frenamos en una ubicación desconocida sólo para verificar si era cierto que se había colapsado un edificio. Éramos cientos ¿miles? de bicicletas con sus ciclistas abordo.

No éramos un hormiguero pisado. Éramos una red de individuos y contingentes que pusimos nuestras piernas y nuestras bicis al servicio de quién necesitaba lleváramos herramientas, comida o medicamento a donde el tráfico estancado y las calles cerradas no lo permitían.

Algunos salimos desde la primera noche. A los primeros centros de acopio que brotaron en las redes sociales en medio de las delegaciones sin luz ni semáforos.

Algunas respondimos a múltiples tuits de "se requieren ciclistas mañana en Estela e la Luz":


Otros rodamos con los grupos ya organizados de @Bicitekas, @AcopioEnBici o nuestro grupo de ciclistas amigos:


A otros nos reclutó @Verificado19s para rodar a donde había duda sobre la información, o seguimos su hashtag para ver dónde se necesitaban nuestras llantas:



Otros acudimos al llamado para hacer rondines de y desde hacia CU:




Las motocicletas se unieron también. Nos complementamos con esas que guardamos cierto recelo secreto. Ellas fueron más rápidas y más lejos, pero ahí donde los puños pedían silencio apagaron sus motores y le cedieron el paso a nuestras ruedas.


Estábamos por todos lados, llegamos a todos lados y los coches nos cuidaron y respetaron.



En biología decimos que la diversidad de especies ayuda a la resiliencia de los ecosistemas, es decir a que regresen a su estado inicial después de una perturbación. Quizá tener una movilidad diversa ayude también a la resiliencia de las ciudades ante desastres que están pensadas solo para automóviles.


La #AyudaEnBici fue posible y efectiva no sólo por las ganas de ayudar desbordadas de la juventud, sino porque en la CDMX algo ha cambiado en la última década: ya hay ciclovías e infraestructura, ya hay mucha gente que rueda al trabajo, o por lo menos que sale los domingos al Muévete en Bici, y que por ende sabe que se puede cruzar la ciudad en dos ruedas y se sabe capaz de pedalear con las alforjas cargadas a tope.
Ojalá que se construya un Museo de la Memoria de los Sismos en México (que no solo en la CDMX). Ojalá que dentro de eso que recordemos esté que la cultura de la bici no es un capricho para ciclistas, sino parte de la resiliencia de la CDMX ante los momentos de crisis.

#FuerzaMéxico

El ingeniero Carlos Bello fue hijo, al igual que Mariano, Rodolfo y Francisco, de José Luis Bello y González, un joven patriota que peleó contra la invasión norteamericana en Veracruz y luego contra la invasión francesa en Puebla y a favor de la república. Posteriormente Bello y González fue adquiriendo bienes inmuebles, estableció una fábrica de cigarros y otra textil y formó una importante colección de arte que heredó a su hijo José Mariano. El patriarca murió el 11 de junio de 1907.

Bello y González heredó a sus hijos además de capital, un lugar destacado dentro de la sociedad porfiriana y un gusto particular por el arte y la cultura.

Rodolfo, el primogénito (13 de julio de 1854), siguió a su padre en el mundo de los negocios, primero como su colaborador en la fábrica textil La Concepción, después como socio en la compañía de cigarros Penichet. En 1871 fue regidor del Ayuntamiento de Puebla y dos años más tarde responsable en el mismo del Departamento de Obras Públicas.

Francisco estudió medicina, obtuvo el título de médico cirujano en la ciudad de México el 24 de marzo de 1882. En 1883 regresa a Puebla como catedrático de la Escuela Normal de Profesores. De 1884 a 1914 fue director de la Sala de Medicina Interna de hombres del Hospital General del Estado. En 1907 fungía como director de la Escuela Normal de Profesores.



José Mariano, el menor (26 de julio de l869), inició sus estudios en el Colegio Lafragua, de la ciudad de Puebla y los concluyó en el Colegio del Estado. De joven trabajó como aprendiz en la fábrica de puros de su padre La Flor de Nicociana. Contrajo nupcias con Guadalupe Grajales en febrero de 1898. Posteriormente fue gerente y accionista de la fábrica de tabaco Penichet Co. Y a la par se dedicó a la compra y venta de inmuebles. Fue consejero del Banco Oriental de Puebla al finalizar la etapa porfiriana y aún durante la revolución, etapa en la que se opuso al saqueo de dicha institución, lo que lo llevó a prisión. Terminada la etapa revolucionaria volvió a los negocios inmuebles y a la fábrica de cigarros. Heredó de su padre la casa de Victoria 2, donde resguardó y amplió la colección de arte de su progenitor. Inmueble que a su muerte se convertiría en Museo.

Por su parte, el personaje que nos ocupa, Carlos Bello, nació el 5 de marzo de 1858, estudió en el Colegio de Minería o Escuela Nacional de Ingenieros en la ciudad de México la carrera de ingeniero de caminos, puentes y canales, se tituló en 1885. Participó activamente en la reconstrucción de la ciudad a fines de siglo xix, la reconstrucción de varias casas coloniales y la construcción de otras con una nueva propuesta arquitectónica de estilo afrancesado como las de la 9 sur y Reforma, Reforma 517 y Reforma 717, entre otras.

En efecto, a partir de la segunda mitad del siglo xix la fisonomía de Puebla tuvo cambios sustanciales. Suprimidos los conventos con las Leyes de Reforma, gran número de estos edificios fueron divididos en lotes y los antiguos frentes sustituidos por construcciones románticas. La sucesión de asedios militares y la destrucción de diversos inmuebles forzarían la creación de nuevas propuestas urbanas. La alta tasa de mortalidad, producto de la insalubridad imperante, dio pie a nuevas construcciones con espacios airados, sol, secos y limpios, en los que el uso del agua se volvió fundamental. Como parte de ese proceso el cuartel de San Javier, destruido durante el sitio de 1863, fue reparado bajo la dirección del arquitecto Eduardo Tamariz y más tarde se instaló en él la Penitenciaría del Estado, inaugurada en 1891. Entre 1879 y 1885, en el terreno que anteriormente ocupaba la plaza de San Agustín, el arquitecto Eduardo Tamariz edificó la Casa de Maternidad. En 1894 se reconstruyó el edificio del antiguo colegio de San Ildefonso, destruido en gran parte por el sitio de 1863 y se estableció en él la Escuela de Artes y Oficios del Estado. Entre 1897 y 1899 se reacondicionó el paseo Bravo, y entre 1897 y 1901 se construyó el nuevo palacio del Ayuntamiento, bajo la dirección del arquitecto Carlos J. S. Hall.

A fines del porfiriato, el nuevo Ayuntamiento, con Francisco de Velasco a la cabeza (1907-1910), continuó la transformación de la ciudad. De entonces datan la construcción del Mercado de la Victoria, las modificaciones al Panteón Municipal, la plantación de árboles en el cerro de Loreto, el establecimiento de la Escuela Manuel Meneyro, la construcción de la calzada México-Puebla y la renovación del alcantarillado, la tubería y el servicio eléctrico de la ciudad, entre otras obras.[1]

La riqueza de las clases prósperas influyó en la bonanza de la construcción. Gran número de edificios coloniales pronto fueron sustituidos por mansiones que siguieron el estilo romántico de la época, construidas con costosos materiales, en ocasiones importados de Europa. La vieja fisonomía urbana se transformó. A la antigua arquitectura le sucedió otra a imitación de los modelos franceses.[2]



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Por su parte, correspondió justamente al ingeniero Carlos Bello sumarse a esa tendencia. A decir de Israel Katzman, el estilo de Carlos Bello pertenecía a la corriente ecléctica que “busca respetar la identidad de los estilos de la antigüedad pero con el criterio de actualizar y hacer más personal una tendencia pasada o integrando elementos viejos en una arquitectura nueva,” tal como hizo en la casa de Victoria 2, hoy 3 poniente 302, el actual Museo Bello y González. A Carlos Bello correspondió también reparar en 1889 el Salón de Sesiones del Palacio Legislativo del Ayuntamiento.[3] Ese mismo año participó en la construcción del Panteón Municipal, del que diseñó la puerta lateral con “marcos de cantería y puerta de fierro”.[4] En 1895 construyó, junto con el ingeniero Pablo Solís, el gimnasio del Colegio del Estado, descrito más tarde como “amplio, elegante y espléndido local, montado con modernos aparatos”[5], hoy bajo resguardo de la BUAP a un costado del Carolino sobre la avenida Palafox. En noviembre de 1902 Carlos Bello fue regidor del Ayuntamiento[6] y responsable del empedrado de la ciudad.[7] En 1908 construyó junto con el arquitecto Alfredo Giles el Banco Oriental.[8]

El edificio de la actual escuela Héroes de la Reforma, en la avenida 11 Sur 1102, perteneció originalmente a la Compañía de Jesús, la cual a finales del siglo XIX volvió a su labor educativa en Puebla gracias a la fundación del Colegio Católico del Sagrado Corazón, por Dionisio José de Velasco y Carballo, originalmente se estableció en la calle de Carlos Pacheco, posteriormente, alrededor de 1903, se encargó la construcción de un nuevo y amplio edifico al arquitecto Carlos Bello, quien estableció el Colegio ocupando toda la manzana. En 1918 el edificio fue incautado por las fuerzas carrancistas. Fue recuperado por la Compañía de Jesús poco después. En 1926, en la etapa de la persecución religiosa, el Colegio del Sagrado Corazón fue clausurado. Ese mismo año se estableció en el edificio el Instituto Normal del Estado, que capacitó para su labor a innumerables maestros y maestras. En 1973 la Normal cambió de sede y el edificio acorde con su vocación educativa, pasó a ser la Escuela Primaria Héroes de Reforma, fungió sin percances hasta el 19 de septiembre del 2017 en que lo cimbró el terremoto.

El Museo José Luis Bello y González, hoy en pie, fue rehabilitado luego del sismo de 1999, a pesar de que parte de su colección no permanece en su sitio. Toca su turno la reconstrucción del hoy edificio de la Escuela Héroes de la Reforma, como parte no sólo de la arquitectura poblana decimonónica, también como patrimonio heredado de una familia poblana ejemplar.

[1][1] Francisco de Velasco, Mi proyecto y mi gestión en el Ayuntamiento de Puebla de 1907 a 1910, Puebla, El Escritorio, 1912, pp. 9, 23 y 69.

[2] Puebla a través de los siglos, Puebla, Ediciones Culturales García-Valseca, 1962, p. 146.

[3] aap, tomo 327, legajo 35, año 1889.

[4] aap, tomo 371, legajo l8, año 1893.

[5] Enrique Juan Palacios, Puebla, su territorio y sus habitantes [1917], Puebla, Junta de Mejoramiento Moral, Cívico y Material, 1982, p. 349.

[6] aap, tomo 434, legajo 4, ff. 432-372. En el documento que corresponde al 2 de noviembre de 1902 se incluye un ejemplar del diario The Mexican Republic, con el informe de 1902 del Ayuntamiento de Puebla, en el que se menciona a Carlos Bello como regidor.

[7] aap, tomo 434, legajo 4, ff. 432-437.

[8] Cordero y Torres, Diccionario…, op. cit., t. I, ficha 1468.

Mundo Nuestro. El edificio del Museo Bello y González sufrio graves afectaciones en el sismo de 1999 en Puebla. Fue restaurado en la primera década de este siglo y como tal resistió el embate del terremoto del pasado 19 de septiembre. Vale entonces la memoria histórica. Aqui esta crónica escrita en aquel año por la historiadora Emma Yanes Rizo.

Somos nuestras costumbres, nuestros hábitos, lo que vemos a diario y el lugar donde estamos. Nuestra seguridad reside, las más de las veces, en la repetición casi desapercibida de los sucesos cotidianos: el hombre a nuestro lado, los niños y sus sueños, la taza de café para empezar el día, la ropa del colegio, la avalancha en el jardín, la nochebuena en flor cada temporada, las campanadas de la iglesia, el tráfico en la avenida, el volcán que humea desesperado y la mujer dormida que nunca le hace caso.

Nuestros lugares señalan las coordenadas del quehacer cotidiano, no hay recuerdo posible sin saber quiénes somos y dónde estamos. Por eso, las grietas en los monumentos históricos son heridas en la memoria colectiva de la ciudad. En las postrimerías del siglo xx, el sismo de junio de 1999 pareció sacudir de un tirón todas nuestras certezas, hasta entonces amanecíamos con la tranquilidad y la confianza, el gusto de saber íntegros y sólidos los elementos básicos de nuestra identidad; somos porque aquello existe: la catedral, el palacio del Ayuntamiento, la Compañía de Jesús, la iglesia de San Agustín, la de San Roque y San Francisco, la de la Virgen de los Remedios sobre el cerro-pirámide de Cholula, la legendaria Tonantzintla y su mundo indígena, Santo Domingo y la capilla del Rosario, la Biblioteca Palafoxiana, el Museo José Luis Bello y González, entre otros recintos. Lastimada la historia, lo nuestro fue la orfandad. A diferencia del temblor de 1973 que afectó a Ciudad Serdán y Tecamachalco y tuvo un amplio saldo de muertos, el sismo de 1999 registró menos vidas perdidas, pero lastimó de tajo la propiedad urbana y rural, escuelas y hospitales y el patrimonio histórico de la ciudad de Puebla y sus alrededores. La réplica del día 20, aunque de menor intensidad, volvió a llenarnos de angustia. Fuimos un poco nómadas aquellos días, una especie de turismo del desastre nos hacía recorrer las calles para quejarnos una y otra vez de las heridas abiertas: quizá tardamos en entender que debíamos cerrarlas. ¿Dónde rezar con los templos en obra? ¿A qué santo encomendarnos? ¿En qué biblioteca documentarnos? ¿Cómo pedir ayuda si el edificio del Ayuntamiento se desplomó? ¿En qué museo refugiarnos ante la agresividad del polvo y los derrumbes? Qué extraño localizar a las autoridades en recintos prestados, qué difícil hacer trámites en otros lados. Cuánta desconfianza al mirar lo que antes estaba aquí en otro lado. Y luego las lluvias de octubre parecieron quitarnos también nuestro habitual contorno, la sierra Negra y la sierra Norte, y ahora sí se perdieron comunidades enteras, vidas. El propio gobernador se quedó aislado en Cuetzalan ante la fuerza de la tormenta y la destrucción de las carreteras. “Una garra de tigre trató de quitarnos los cerros”, nos dijeron en el pueblo luego de las lluvias. Nos sentimos entonces aún más simples mortales, sin más puntos cardinales que nosotros mismos. Quizá por eso, por la angustia de no saber dónde estábamos, por la necesidad de recuperar las vidas que se fueron como despidiendo el siglo, quizá por eso se juntaron las manos, de la ciudad y de otros lados, y volvimos a ver los recintos con la convicción de levantarlos, con la esperanza de recuperar nuestra identidad y recordar desde nuestros espacios colectivos a los que ya no están.



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A las tres de la tarde con cuarenta minutos del 15 de junio de 1999, como muchos inmuebles del centro histórico, el edificio del Museo José Luis Bello y González, a una cuadra del zócalo, en la avenida 3 Poniente 302, se cimbró. Una de las guías, Dina Castillo, vio con horror como la lámpara de plata del siglo xviii en el salón rojo se movía sin parar, salió de ahí junto con una pareja de norteamericanos y se agarraron de las manos en el patio, justo cuando el domo de cristal de la escalera se venía abajo, cayendo a un costado suyo. Jaime García, el responsable del mantenimiento, miró caer parte del vitral de cacería que adornaba el pasillo, antes de lograr salir. En la pinacoteca, en el primer piso, Teresa Orea, secretaria y también guía, recorría el lugar con un grupo bilingüe cuando los candiles empezaron a moverse y los cuadros a golpearse unos con otros; salió de la sala junto con los turistas, pero no pudieron bajar por la escalera principal porque faltaban dos escalones y había un boquete. Caridad Saldaña, con veinticuatro años de servicio, estaba en la sala de calaminas, ya al final del recorrido, las puertas empezaron a moverse y a tronar, saltó a la calle y observó un espectáculo desolador: la caída de la torre de San Agustín, a sólo una cuadra del museo; el ruido y el polvo impidieron que los trabajadores lograran verse entre sí. Y ahí se quedaron, en medio de la avenida, con el miedo de que su propio edificio se les viniera encima.

Cuando el movimiento telúrico pasó, los trabajadores regresaron al inmueble preocupados por el estado de la colección. El beato de Calasanz, un busto de José Contreras que adornaba el vestíbulo, estaba tirado, roto, al igual que una de las esculturas de mármol. Al caer, el domo de cristal destrozó parte del vitral firmado por la casa Pellandini; alguien, prudentemente, recogió los vidrios. Las lámparas seguían moviéndose. Por instinto, los guías acostaron algunas de las piezas sobre las mesas. En la pinacoteca el cuadro de Santiago el Mayor, del siglo xvii, atribuido al pintor novohispano Juan Tinoco, estaba en el suelo. Los cristales, la talavera, la porcelana, permanecían en su lugar como por arte de magia. Los trabajadores bajaron al patio a esperar instrucciones.

Al día siguiente se inició la evacuación. La obra fue trasladada al edificio del Museo Poblano de Arte Virreinal, un inmueble del siglo xvi recientemente restaurado y que no sufrió daños durante el sismo. El movimiento de la obra duró un mes, el embalaje de la misma y su registro fue cuidadoso. Para mover la colección de porcelana, cristales y talavera, por ejemplo, se usaron cajas de madera rellenas de pequeños trozos de unicel. El marfil, por su parte, no debía perder humedad, y al ser las piezas pequeñas y delicadas no era fácil envolverlas; seis días tardaron en encontrar la manera de embalar el barquín de marfil del siglo xvii, de origen oriental: colocando pequeños trozos de cartón no muy flexibles entre sus distintas áreas hasta abarcar y cubrir todo su contorno. Por su parte, los cuadros fueron resguardados con una tela especial y posteriormente cubiertos con plástico de burbuja. El enorme armario que adornaba la sala Mariano Bello, en el primer piso, fue bajado con la ayuda de catorce jóvenes armados de cuerdas, ya que no podían utilizarse las escaleras. Y así, cada pieza una historia.



Hasta antes de ese día, las guías acompañaban en su recorrido al visitante y dos de los trabajadores estaban encargados de la limpieza de las salas. Ninguno de ellos imaginó que iban a ser responsables también del rescate de las obras de arte. Tener las piezas en sus manos, embalarlas, sentirlas frágiles, admirar su consistencia, sus colores, se volvió para ellos fascinante: pudieron apreciar de cerca la mirada desolada del rey que regresa a su hogar en el cuadro del Retorno del vencedor; el trabajo delicado y finísimo de la muñequita de porcelana de Bisquet, del siglo xix; el fondo rojizo a contraluz en las piezas auténticas de cristal de La Granja. Fueron sólo unos cuantos minutos de dicha antes de que los diversos objetos yacieran en sus respectivas cajas.

El edificio se quedó solo y herido, desnudo. Una lona de plástico sobre el segundo piso evitaba la entrada del agua. Las grietas en los muros de ese nivel, del lado de la calle 3 Sur, parecían irreparables. El torreón afrancesado de la esquina recordaba mejores tiempos, los plafones de la sala de música, en cambio, amenazaban con caerse ante los estragos de la humedad; la yesería ornamental en el marco de una de las puertas se desprendió, y había que acceder al inmueble por la escalera de servicio, por mencionar sólo algunos detalles.

Desnudo el edificio pudimos recorrer sus entrañas. Porque solamente así, sin la magnífica colección que lo adorna y engrandece, vimos por vez primera lo que siempre estuvo ahí: la amplitud del galerón de la pinacoteca, el color original de la alfombra de la sala de música, los muros pintados semejando papel tapiz en las que fueron la recámara principal y las contiguas, la pila de agua de la época colonial usada para sostener un muro, la chimenea ornamental y el parquet clásico en el comedor, los vitrales, la elegante escalera de madera al segundo piso, el mosaico inglés de la cocina, el sistema eléctrico de principios de siglo xx, en fin, una residencia de gusto porfiriano. Fuimos pasando de un espacio a otro, de una pregunta a otra: ¿Quién construyó la casa? ¿Cómo era la vida en ella cuando la habitó José Mariano Bello y Acedo? ¿Cuáles fueron los cambios que sufrió para su conversión en museo? ¿Qué mejoras o problemas ha tenido desde entonces? Porque sólo así, cuestionándonos todo, buscando respuestas en el sitio mismo y en los archivos, podíamos llegar a entender el valor histórico de la casa en sí. El inmueble de la otrora Victoria 2, lo sabemos ahora, fue una reconstrucción de una casona colonial realizada en el porfiriato por Carlos Bello, hermano del nuevo propietario Mariano Bello y Acedo, que la recibió en herencia de su padre José Luis Bello y González, nombre que actualmente lleva el Museo.

(Las fotografías que ilustran esta crónica son de Sol Mialma y de la propia autora)

Hoy es 20 de septiembre, ha pasado un día de del sismo que ha movido a todo México. Me decido a llevar víveres y asistir como voluntaria al centro de acopio del zócalo de Puebla. En mi recorrido dentro del súper mercado, veo con mucho asombro que casi toda la gente está comprando víveres para donar, no hay paso al centro así que caminamos mi hijo Miguel Ángel de 19 años, Tabatha, compañera del trabajo, y yo hacia el zócalo; pasamos por la Cruz Roja, coincidimos en que no queremos dejar los víveres aquí porque no confiamos más que en los ciudadanos para la entrega de los mismos.

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Al caminar por la calle 6 norte veo el Museo Casa del Alfeñique de lado, despidiéndose de su acervo, muchos voluntarios apurados en sacar lo más que se pueda; la casa de dulce me hace añorar mi infancia, me detengo unos segundos y seguimos. Llegando al zócalo veo mucha gente, me acerco, son en su mayoría jóvenes, rápidamente mi hijo Miguel Ángel se une a ellos cargando cajas, me siento inútil ante tanto esfuerzo de estos chicos; una señora, Lupita, llega con cacerolas llenas de arroz, frijoles huevos cocidos rajas, garrafones con agua de fruta. Me apresuro y le ayudo a llevarlos a los chicos que descargan las camionetas que llegan con víveres; ellos mismos cargan las camionetas que salen al destino que los voluntarios designan, según la necesidad que se ha reportado. Pasa el tiempo, horas, pero los chicos no descansan, no quieren comer, desesperados, eufóricos solo quieren ayudar; les ruego que coman o les regaño como a mi hijo, así al fin logramos que se turnen para comer; de pronto otra señora a la que no tengo tiempo de preguntar me dice, “yo traigo café”, así que terminada la comida, reparto café a los que van a manejar y a muchos de los chicos que cargan, que piden un café, incluso los policías que vigilan nos piden uno.



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Terminamos comida y café. Ya es de noche, me siento inútil otra vez. Tomo unos minutos para pensar, qué más puedo hacer. recuerdo entonces que el Dr. Pascuale Calone, un compañero de la Escuela de Cinematografía del ARPA BUAP me ha dicho que quiere fotografiar los lugares de desastre, lo llamo y le propongo salir con estos voluntarios para documentar y ayudar, así mismo llamo a Sergio Mastretta, periodista, a Sol Mialma, fotógrafa y quedamos en salir al día siguiente a Chietla que es uno de los lugares más afectados. Durante la noche Fabián me contacta por Facebook, me dice que él lleva camionetas que podemos llenar con víveres.

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Por la mañana después de esperar casi dos horas a que la gente del DIF, así como la gente del Gobierno Municipal se organicen, ya que ahora son ellos quienes organizan este asunto que ya se ha vuelto un caos (como todo lo que tocan). Salimos al fin, acompañados de Jorge y dos amigos más que levantan la mano cuando Mauricio, el encargado de los voluntarios que ayudan a retirar escombro dice: “¿Quién va a Chietla?” (Ellos no saben dónde está esta comunidad, porque son de Veracruz y el DF) sin dudarlo se apuntan, les entregan palas, cascos, y guantes. Y así sin pensar salimos a Chietla dos camionetas cargadas y un auto con todo, del papá de Nery, quien tiene una empresa de construcción.

Dos horas después llegamos a Chietla. Nos recibe “la maestra” a quien ayudamos un poco a sacar cosas de su casa que ha quedado inhabitable, caída por completo, la maestra no sabe por dónde empezar, y sin pensar que somos gente extraña, llora cuando nos dice que tuvo mucho miedo porque no podía salir de sus casa, por que vive sola, llora.

En el centro de acopio bien abastecido nos dicen que en Chietla la gente no necesita víveres, sino ayuda para remover muebles pertenecías y escombros, necesitan saber si sus casas se pueden habitar, o tirarlas, el pueblo se ha caído y “nadie nos dice nada”, como afirman algunas personas mayores; nos dicen también que la comunidad de Soledad ha quedado muy mal por el sismo. Alguien más no dice, no hagan caso a nadie, que no los lleve nadie, que nadie les comente nada, aquí hay muchos intereses políticos entre la gente, no hay ánimos para ayudarnos a los ciudadanos. Así que decidimos ir en busca de esta comunidad, solos, para dejar ahí los víveres que nos han encomendado.

En La Soledad nos damos cuenta de que ahí la necesitan, así que avanzamos a El Platanal donde la gente muy honesta nos da la respuesta: “Aquí ya hay víveres, mejor llévenlo a quien necesite más”. Seguimos avanzando con el sol picante y el sudor profuso. Vemos sobre la carretera muchas, muchas camionetas con víveres, buscando un destino donde lo necesiten realmente.

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En Huehuetlán el Chicho vemos a gente con cartulinas pidiendo ayuda. Decidimos parar, ya que hemos ido y venido más de dos horas; nos dicen que las autoridades no dejan que la ayuda llegue a la gente. Nos dicen sígannos, y los seguimos a la oficina del DIF, entramos mientras nos dicen a señas que ahí no es el lugar, aun así decidimos entrar. Nos comentan que hay una lista que tiene la autoridad donde se han anotado las personas que si necesitan el apoyo, otra persona se acerca y nos comenta que la lista es de la gente afiliada al partido, que a las personas que no están con ellos no les quieren dar víveres. Decidimos sin dejar que nadie intervenga hacer dos filas con y sin lista de nombres, y repartir lo que los ciudadanos de Puebla han acopiado, y repartirlo hasta acabarlo. Iniciamos la repartición y la desesperación de la gente se hace notar, cada vez nos repliegan más a la camioneta, pedimos que nos den espacio, de la nada surge una señora que a grito pelado dice: “Aquí no queremos a nadie de partidos políticos, a nadie del gobierno o del DIF.” La gente se enciende, comienza discutir entre ellos acaloradamente, a la vez que nos ven con ojos de extrañeza, van conmigo más de ocho personas a las que yo convoqué, así que me siento responsable de su integridad. Grito lo más fuerte que puedo para hacerme oír: “Señores escúchenme, estos víveres se los envía la gente de Puebla, el acopio lo hicieron las personas como ustedes, a nosotros no nos manda nadie, venimos solo para dejarles esta ayuda, y nos arriesgamos por puro gusto de estar aquí, así que déjennos trabajar.”

Sudé, pero la gente reacciona bien y entre aplausos seguimos con el reparto. Mi nueva amiga fotógrafa, Sol Mialma me dice que va a casa de una señora que le pide tomar fotos. Neri, que al parecer es una mujer caprichosa, me dice: "Esta gente no tiene tanta necesidad por el sismo, esta gente ya está mal desde antes. Me enojo y le digo: “Nos vale madres, por lo que sea necesitan esta ayuda, así que hay que dejarla aquí”. Obvio, se molesta por lo que al percatarse que Sol no está me dice, sino llega Sol nos vamos, pensé (no quiero discutir con esta tarada) así que busco a la gente del DIF para que por megáfono llamen a Sol, por lo que Neri y su “comitiva se ríen y comentan, “seguro que va a oír”. En mi desesperación busco a un señor de la comunidad que con moto se ofrece a buscar a Sol de entre los dueños de las veinte casas que se han caído, en menos de cinco minutos Sol vuelve, nos vamos.

Camino a Chietla me dice Fabián, novio de Neri, no pasamos a Chietla ya nos vamos a Puebla, y pregunto ¿pero los amigos de Jorge?, ellos están levantando escombro en Chietla”. Fabián responde “Pues ellos dijeron que tal vez se quedarían aquí para ayudar, pues que se queden”. Pienso… ¡además son mal plan!, y decido que si ellos se quedan yo también. Mi teléfono muerto, hasta que logro comunicarme con el Periodista Sergio Mastretta quien afortunadamente me dice que va con estos amigos camino a Puebla. Me preocupa mi nueva amiga Sol, tiene migraña, me agobian los gritos y las discusiones de Fabián y su mujer, al parecer todo lo que se haga está bajo el mando de esta mujer. En la gasolinera llegando a puebla nos comentan que las camionetas de “papi” se quedan en Las Ánimas, ¿se quedan aquí?... en la gasolinera. Nos hacen la caridad de llevarnos a Las Ánimas; les pido, aguantándome el coraje que acerquen a Jorge al Zócalo, él debe llegar al albergue.

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No importa la mala experiencia al convivir con estos chicos: poco entienden de necesidad, nada saben de humildad, no tienen criterios de ayuda al otro que lo necesita, pero pienso que como sea ayudaron. Y lo que importa es que he hecho algo, me siento útil, me veo al lado de los jóvenes que en serio, se han movido a apoyar a nuestra gente en desgracia, que en serio se duelen del cuerpo cargando y del alma levantando los pedazos de mi país, un país donde no hay gobierno que ayude ni autoridades que sirvan en esta contingencia.

Es la tarde del primer lunes de otoño, faltan pocos minutos para que den las cinco. Poco a poco llegan familias, jóvenes en grupo, maestros y jubilados a la 11 Sur y se plantan frente al edificio de la Escuela Héroes de la Reforma y que antes fuera la Escuela Normal Superior del Estado de Puebla y más antes aún la escuela primaria de los Jesuitas en Puebla para dar el último adiós a esta institución que ha visto pasar a miles de poblanos. Su representación más reciente está aquí. Y han cerrado el tránsito de la avenida, apoyados en tres patrullas de tránsito municipal. No hay quejas de los automovilistas, no hay claxonazos, todo mundo entiende que la mole de piedra que nos mira está en riesgo por una decisión apresurada del gobierno.

El encuentro de los amigos y compañeros de generación es muy emotivo, los abrazos, las emociones, los recuerdos afloraran, y también las preguntas ¿de qué generación eres?, ¿te acuerdas de mí, fuimos compañeros?, ¿qué sabes de Eduardo? Todos intentan ponerse al día rápidamente, cuentos breves de la historia de sus vidas.

Algunos de los presentes son miembros fundadores de la Escuela Normal de Educadores y de Educación Física en 1951, otros hablan del coro infantil, algunos se identifican como líderes estudiantiles en 1972, de los tiempos subversivos y contestatarios; otros más son egresados docentes; algunos, simplemente acaban de entrar este año a la secundaria. Con lágrimas en los ojos y llenos de nostalgia sueltan globos blancos para despedirse de su alma mater.



“Gloria a la escuela que forjó mentores de la niñez…mansión de luz, Normal…Gloria a ti, mi normal” corean entusiasmados los más jóvenes; muchos cantan con la voz ahogada en la tristeza, hombres y mujeres que lloran al recordar su época de estudiante y todo lo vivido y compartido en las aulas de esta institución.

La convocatoria de las redes sociales los ha traído, la noticia de la demolición de este edificio que hasta hace unos días albergaba a los alumnos de la Escuela Héroes de Reforma, pero que en el siglo pasado fue el Colegio Espina de los jesuitas en la década de los veintes, y ya en 1951 se convertiría en la Escuela Normal de Educadores.



“No a la demolición, si a la reconstrucción”, corean con fuerza algunos de los asistentes; otros levantan las pancartas que registran su tristeza, su inconformidad, su agradecimiento.

“No a la demolición”.

“Siempre te llevaremos en el corazón”.

“Son tus aulas fuente del saber”.

“Anexa no te olvidaré”.

Cada uno de los asistentes guarda una historia llena de alegría pero también añoranza. Para Dulce Arely apenas es su primer año en esta escuela, de entre muchos niños que aspiraban un lugar en esta institución “Me siento muy triste porque apenas entré, es mi primer año aquí. Voy en primero de secundaria y me gustaba mi escuela porque es una de las mejores. Mi salón es el de aquí enfrente.”

“Estábamos en tercero de primaria, era el año del 63, cuando se formó el primer coro de la escuela, éramos como cuarenta niños y niñas y ganamos muchos concursos y nos invitaban… Algo que nunca debieron haber hecho es quitar el escudo que tenía, era de piedra y cuando cambiaron el nombre a la escuela lo quitaron… Se siente una gran nostalgia porque pasamos aquí nuestra infancia… Realmente nos vimos como hermanos y esa amistad es lo que nos dejó esta escuela… El edificio tiene una excelente ubicación y si la arreglan bien puede seguir siendo escuela”. Todas estas frases las escucho de Víctor Manuel Palacios Tejeda, Alfredo Villegas y Eduardo Palacios de la Torre integrantes del coro.

Recuerda Pablo Erasmo Moreno, que en sus años de líder estudiantil en 1972, convocó a sus compañeros para defender el edificio que en tiempos del gobernador Gonzalo Bautista lo iban a convertir en Dirección de Tránsito: “Aquí dormimos para que nos recibiera el gobernador; para que no se convirtiera en oficina pública sino que fuera la Escuela Normal Superior. Siento que aquí fue un lugar por el que luché, y la tristeza me embarga porque no fue fácil rescatar un edificio. Este edificio se creó para la educación, y educación es lo que necesita nuestro país.”

Desde el punto de vista arquitectónico este edificio es emblemático, comenta César Pérez Córdova, ingeniero civil egresado de la BUAP, además hace hincapié en que las fallas que se presentan son 50 veces más pequeñas que las que presentaron el Edificio Carolino y la Catedral tras el sismo del 15 de junio de 1999, y en esa ocasión a nadie se le ocurrió demolerlos. “En este caso hay muchos intereses presentes, es una zona muy valiosa económica e históricamente hablando. No hay ninguna justificación para demoler este edificio.”

“La recuperación del patrimonio cultural es muy importante –afirma Álvaro, maestro jubilado--. Puebla es una ciudad turística y sin monumentos no hay turismo. Desde el terremoto del 99, se han recuperado importantísimos monumentos. Es impensable demolerlo, eso es una barbaridad. En mi humilde opinión debemos tener más conciencia de nuestro patrimonio y no pensar sólo en intereses económicos o inmobiliarios. Es una lástima.”

El periodista, Sergio Mastretta también acude a la cita en la escuela a la que asistió su padre Carlos Mastretta cuando el edificio pertenecía los jesuitas en 1926 y se llamaba Colegio Espina. “Aquí estudió mi papá –me dice--, y no se vale que deje de ser escuela. Es un recinto histórico pero es escuela; que el gobierno lo convierta en negocio de algún político, a mí no me gusta la idea. La iglesia de San Agustín la han tumbado las guerras, la han tumbado los terremotos y sigue siendo la Iglesia de San Agustín, no la convirtieron en oficina pública. Está más que probado que a estos políticos el patrimonio, la cultura y la historia les valen sombrilla. Por eso hay que defender este viejo edificio porfiriano”

Cae la tarde. La pequeña multitud es un solo murmullo. Saludos, abrazos, lágrimas, fotos para “el face” y las despedidas, la eterna promesa “nos llamamos para tomar un café” o “te llamo para vernos” flotan en el aire. Ex alumnos y alumnos se retiran con la esperanza de que el edificio no sea demolido sino restaurado, que esta vez el gobierno respete el sentir de los ciudadanos que desean que no desaparezca la ciudad de sus recuerdos.

(Las fotografías que ilustran esta crónica son de la autora)

La mixteca poblana aparece a lo lejos conforme avanzamos por la carretera. El paisaje cambia, los cultivos de caña adornan los campos. Nos dicen que está quebrado el puente en Chietla, así que tomamos un atajo por los cañaverales que llevan a Atzala. Nos adentramos en un pueblo que aprecio pequeño por sus calles, Atzala, hoy de luto por la pérdida de once personas que celebraban el bautizo de un pequeñito. El templo se les vino encima.



Avanzamos y entramos a Chietla por la espalda. En el cruce de la calle Vicente Guerrero con Morelos que nos recibe con el estruendo de maquinaria pesada por la demolición de una casa seriamente dañada por el pasado sismo del 19 de septiembre. Junto a ella, la casa de Don Efrén y su esposa, quienes nos saludan con un afectuoso apretón de manos. Entramos a la parte más dañada de su casa, la oficina, que guarda entre papeles bellas piezas arqueológicas que, según me dicen, salen de la tierra apenas escarbas un poco…me duele verlas rotas.

A un lado está la casa del panadero Jorge Aguilar Torres, quien me pide que entre y constate los daños. Me cuenta cómo alcanzó a sacar rápidamente a su mamá de 92 años, cargándola mientras gritaba: “¡mis sandalias, mis sandalias!”. Me platica sus impresiones y preocupaciones: se están quedando con un pariente, pero no saben por cuanto tiempo pues están aún sin saber si su casa será demolida totalmente. Jorge pide ayuda, le urge un horno para volver a trabajar.

–Si no, ¿pues cómo le hago pa’seguir?



Apenas he visitado dos casas y ya pesa en mí el panorama que veo apenas en una calle, la primera que visito. Conforme avanzo y platico con los lugareños me doy cuenta de la calidez y facilidad de sonrisa con la que reciben a quienes vamos a constatar lo ocurrido para tratar de hacer algo: la gente es franca, me saluda, me permite entrar en sus viviendas, me ofrece un vasito de agua… Me siento bien entre la gente sencilla que pese a su desgracia me mira con calidez y cierto optimismo por haber sido un pueblo en el que afortunadamente nadie murió aunque casi las totalidad de las casas presenten daños, unas más, otras menos.

Don Jorge habla por teléfono con uno de sus hijos que vive en Estados Unidos, lo acompaña su hijo menor que trabaja en una ciudad cercana, le preocupa perder el patrimonio que poco a poco fue construyendo para sus hijos. Es la constante… La gente se pregunta si será mejor tirar ahora lo que queda de sus viviendas y reconstruir poco a poco o, si deben esperar el dictamen oficial para ver qué tanto daño presentan. Se dejan llevar por la oportunidad que representa la demolición temprana sin costo que ofrecen de momento las autoridades. ¿Pero de dónde sacarán los recursos para volver a levantar sus viviendas?, ¿quién los ayudará en ese momento? Es una decisión que deben pensar con detenimiento y en consenso con la familia. Y si luego les dicen que la casa se tiene que demoler, ¿cómo pagarán la demolición ya sin ayuda del gobierno? La mirada pensativa acompañan tanto al hijo como al padre.

Cruzando la calle saludo a Georgina saliendo de la tortillería, me extiende su mano acompañada de una bella sonrisa, me platica que la casa que veo enfrente es de su familia, ya tiene la X de la demolición; afortunadamente estaba vacía. La usan sólo cuando hacen alguna “reunioncita familiar” en Año Nuevo o en algún cumpleaños. Entramos y me platica los momentos que vivió ahí de pequeña, cómo jugaban en la huerta trasera. Hace unos cuantos meses aventó cinco semillas de sandía que se sacó de la boca “Y viera usted que acabamos de cosecharlas, bonitas las sandías, cantaban bien apenas les pegabas”, me dice refiriéndose al sonido que emiten cuando les pegas con la palma de la mano para saber si ya están buenas. De igual manera se puede ver en la huerta un frondoso árbol de aguacate, matas de jitomate y otros frutos; la tierra es rica y fértil, el clima que acompaña los meses de calor permite esta fecundidad.

Al salir y encontrarse con la hermana que ha venido de Puebla para ver lo ocurrido en su pueblo, no puede evitar unas lágrimas en complicidad. Les duele tener que echar abajo la casa; la madre aún no sabe lo ocurrido. Ella vive en Morelos con otra de las hermanas. Le ofrezco un abrazo, una caricia, me acompaña la impotencia de no poder hacer más en ese preciso momento.

Regreso a la calle Morelos, donde Marco Antonio me espera para mostrarme su casa. Él y su esposa son muy jóvenes y no tienen hijos, con mucho esfuerzo levantaron junto a la casa de su hermano una de dos pisos, la mitad del segundo piso se vino abajo; una gatita que recorre a ratos lo que queda en esa parte de la casa. “No sabe que pasó --comenta Marco Antonio, y acompaña sus palabras aguantando el llanto, pero es inevitable…afuera lo espera su esposa y Heidi, la perrita que también forma parte de esta joven familia. “Se asustaron las mascotas, pero estamos bien y eso es lo más importante”.

Me conmueve la manera de referirse con cariño a su joven esposa: “Mija, ya vámonos…”

Ella me despide con una gran sonrisa.

Al salir de ahí veo la llegada de una brigada de muchachos exalumnos de la BUAP que se organizan para hacer un dictamen de cada una de las casas de Chietla. A cargo viene la hija de Don Efrén, orgulloso me presenta a una exitosa profesionista que labora en Puebla; los muchachos vienen bien preparados con un formato que hay que llenar de la situación de cada casa, están determinados a ayudar con su conocimiento.

Camino rumbo al centro y a la par me voy encontrando con personas que me saludan y me muestran lo ocurrido en cada una de sus viviendas; la constante es la preocupación sobre lo que se viene después: cómo reconstruir, cómo volverse a hacer de lo poco con lo que contaban. En el caso de las personas que rentaban una vivienda y ésta se vino abajo, ¿dónde hospedarse? No hay casas en renta y quedarse con familiares o amigos es una solución temporal.

Aunada a esta situación, el sentir general de la población hacia sus autoridades es de rechazo por situaciones pasadas y, porque en una circunstancia tan dura como ésta, no los han visto salir a las calles a ver qué necesitan; toda la autoridad se concentra en la figura de la representante de Obras Públicas en la oficina del Ayuntamiento.

El centro de la localidad es un hervidero de gente que llega de todas partes para brindar apoyo; familias completas, brigadas de jóvenes armados de picos y palas, camionetas con ayuda que proviene de otros estados…Reina el desorden pero la gente se siente acompañada, escuchada, comprendida… De un autobús descienden 25 ingenieros y arquitectos graduados del Tecnológico de Monterrey, se distribuyen las calles para picar desechos y recoger escombros; a la par forman una fila para anotar a las personas que requieren vayan a revisar sus viviendas.

Se me acerca un hombre muy anciano, no escucha casi, sirvo de intérprete entre la brigada y su necesidad; lo he visto antes auscultado por un paramédico en una carpa de primeros auxilios junto al quiosco; quiere que le regalen un mazo o una pala para poder arreglar su hogar. No escucha cuando le dicen que no pueden regalar equipo, le proponen visitar su casa pero él vive en el campo dice, no entiende por qué no le pueden regalar una pequeña ayuda. Yo tampoco…

Recorro las calles y me topo con más brigadas de ingenieros y arquitectos, de Querétaro, de Cholula, de Guadalajara; todos quieren apoyar. Falta liderazgo, coordinación entre el ayuntamiento y la ayuda que va llegando sin cesar.

Camino rumbo al cerrito, hogar de familias que percibo de más bajos recursos. La iglesia se encuentra muy dañada y cerrada al igual que el resto de las otras que he encontrado a mi paso. Me entristece la pérdida de símbolos que son importantes para la comunidad.

Bajando las calles, encuentro una camioneta con víveres, colchas y juguetes que trae placas del Edo. de México, me acerco a conversar con ellos y me dicen que les están impidiendo el paso hacia el centro, les piden que vayan a depositar el apoyo al Auditorio. Les digo que se vayan cuesta arriba para repartir directamente la ayuda a la gente del cerrito; me despido esperando me hayan hecho caso puesto que no sabemos a ciencia cierta si la ayuda que van guardando en el Auditorio les llegará realmente.

Nuevamente en el centro conozco a Doña Tere, que me platica sobre las cosas de valor que se le quedaron atrapadas dentro de su casa: papeles antiguos, joyas de familia, códices…habla y habla sin parar, me abraza, me cuenta un poco de su vida; todos tienen una historia que compartir.

Gracias a la generosidad de Don Efrén y su esposa nos reunimos con los chavos ingenieros y arquitectos de la BUAP a comer un delicioso arroz con huevos cocidos y tortillas que me sabe a gloria, a generosidad, a comunidad…

De regreso con los lugareños sigo escuchando historias; la mayoría de ellos quieren saber por qué no se hace presente el apoyo municipal…quieren ser escuchados, buscan respuesta a sus demandas.

Casi al final de mi estancia conozco a Doña Juanita que está revisando sus pertenencias en la calle. Ella y sus hijas platican su historia: viven en casas contiguas y no pueden habitarlas, por el momento van a guardar sus cosas con un vecino y otras, con amigos y familiares. Abrazo a Juanita…llora por no saber qué hacer, dónde vivir, de qué comer; vendía junto con sus hijas memelas y quesadillas en la calle. Me dice güerita y le digo ¡que no lo soy! que al igual que ella pinto mis canas y nos abrazamos en complicidad.

Logro sacarle una sonrisa; con eso me conformo de momento.

Es un ejemplo de la devastación que el sismo del martes 19 provocó en Puebla. El municipio de Santa Isabel Cholula peridió totalmente su cuatro escuelas. Esta misma semana serán demolidas. Son746 escolares los que están a la deriva.

Este es el llamado de auxilio que hacen los padres de familia desde esa población:

"Las 4 escuelas de Santa Isabel se tienen que derruir. Están inservibles. Tú sabes de alguien que pueda prestar una carpa o dos para que los niños puedan volver a clases lo más pronto posible? También se necesitan palas, picos , guantes de carnaza y carretillas. Material escolar en buen estado, como pizarrones y sillas."





Mundo Nuestro. El siguiente es el recuento de daños que la Fundación Comunitaria Puebla IBP, a travéz del fondo Mónica Geandreau, presenta del recuento de daños provocados por el terremoto del martes 19 en comunidades de los municipios de Huaquechula, Tochimilco, Atzitzituacán y Tianguismanalco, en las faldas del Popocatépetl.



FUNDACIÓN COMUNITARIA PUEBLA IBP/FONDO MONICA GENDREAU

Informe preliminar de daños en comunidades atendidas por la asociación civil:

Municipio: Atzitzihuacán

Localidad: San Francisco Xochiteopan



No. de viviendas con daños severos o derrumbadas: 249

No. de personas afectadas: 900 persona

Municipio: Huaquechula

Localidad: Soledad Morelos

No. de viviendas con daños severos: 100

No. de personas afectadas: 350

Municipio: Tochimilco

Localidad: San Francisco Huilango

Casas con daño total 45, daños menos severos 100, presidencia y primaria destruidas.

No. de personas afectadas: 195 familias afectadas y aproximadamente 800 personas afectadas

Municipio: Tochimilco

Localidad: Tulcingo

Casas con daños severos 35, daños menos severos 90

No. de personas afectadas: 400

Municipio: Tianguismanalco

Localidad: San Pedro Atlixco

La Iglesia pérdida total

La escuela destruida

Muchas casas destruidas

No. de personas afectadas: 600