Sociedad

El gobierno no puede actuar por la libre. Ahí están las universidades, y ahí la BUAP particularmente, para obligar a una discusión rigurosa pero urgente y organzada

Ayer en Chietla. Esa casona que observa un león atribulado es una de las reconocidas por el INAH como monumento histórico. El pueblo viejo y caliente, debastado en el siglo XX por los cacicazgos alentados por el gringo Jenkins, tiene en sus casas de adobe, de techos altos de dos aguas --muchos de los cuales sobrevivieron este último terremoto--, uno de sus principales orgullos. Sus pobladores tienen mucho que decir en la reconstrucción de las casas. Y por lo que vi y escuché, mucho saben de ello. Por supuesto que agradecen la ayuda generosa de los brigadistas que llevan ya tres días ayudando en la remoción de los escombros. Tienen la fortaleza de ese león dispuesto en la plaza.



Fuí nuevamente a Chietla. Una tarea que me he dado es la de documentar el enorme problema que supone la reconstrucción de miles de casas en el México rural. Chietla ha perdido al menos el 50 por ciento de sus casas. Ahora mismo nadie en ese pueblo viejo tiene idea de cuántas viviendas se han perdido. Tal vez mil, me atrevo a decir yo. Esta familia sacó sus cosas a la calle. Y como centenares de familias más, se preguntan qué será de sus vidas. Trataré de contar estas historias en los próximos días. Es lo que sé hacer, es como puedo ayudar.
El corazón partido. Pero tambiéln el corazón fuerte. La urgencia de soportar todo el ánimo de reconstrucción desde las propias comunidades. Escribió Octavio Paz tras el sismo de 1985:
"La enseñanza social e histórica del sismo puede reducirse a esta frase: hay que devolverle a la sociedad lo que es de la sociedad."
Y dijo más: "Los gérmenes del renacimiento están en el origen. Son los de nuestro comienzo. Han sobrevivido a muchas desdichas y tradiciones, a la seducción de la falsa modernidad y a las simplificaciones de las ideologías. Hay que preservarlos y vivificarlos. Sería funesto que se desvaneciesen o volviesen a ocultarse. De ahí que sea indispensable que en la tarea de reconstrucción-rectificación que será larga y penosa, participen todos los distintos grupos sociales. Tenemos que encontrar nuevas vías de participación popular. Es inaplazable asimismo que las autoridades oigan la crítica y acepten la fiscalización de la sociedad. Si el Gobierno quiere reconquistar la confianza popular y no exponerse (y exponernos) a un estallido más grave y profundo que el temblor, debe mostrarse más abierto y flexible. El Gobierno no es una fortaleza, sino un lugar de encuentro. No pido que abdique de su autoridad, sino que la comparta, que sea más atento y sensible a las voces de los que están fuera. El temblor sacudió a México, y entre las ruinas apareció la verdadera cara de nuestro pueblo: ¿la vieron los que están arriba?"

Si lo escucháramos como al rumor de un río lo sentiríamos: miles de personas movilizadas por el ánimo de ayudar de cualquier forma. Por un momento trato de observar a distancia todo este esfuerzo. Centenares de grupos, la mayoría de civiles, pero también de las autoridades. ¿Cómo lograr una buena coordinación? ¿Cómo asegurar que a la respuesta masiva de la ayuda vaya acompañada de la inteligencia para resolver problemas urgentes pero de muy difícil resolución. Uno, tal vez el principal para las próximas semanas: ¿demoler o reconstruir?

Pienso en ello a la vista de Chietla, con sus centenares de casas construídas con los antiguos --y por lo que vi, resistentes-- usos rurales (mudos de adobe, vigas y morillos de ocotate (un tipo de bambú que abundaba en esas selvas de la región hoy convertida al monocultivo cañero). Ayer eso encontré: casas severamente afectadas que obligan a primera vista a pensar en la demolición. Pero ahí mismo, las voces locales expertas en la construcción con elementos nativos. Y dicen, "ahí está el cemento expansivo para arreglar muchos de los daños que presentan los muros."

A gritos se pide aquí entonces la participación de expertos. No simples visores con casco que a la primera arremetan con la palabra demolición.

¿Lograremos organizar como sociedad y gobiernos a los grupos especializados para tomar tal decisión, casa, por casa, historia por historia de cada una de las familias que han perdido su patrimonio? El gobierno (y aquí me refiero a los funcionarios de Protección Civil estatal y a los directores de obras de los ayuntamientos, por pensar en algunos de ellos) no puede actuar por la libre. Ahí están las universidades, y ahí la BUAP particularmente, para obligar a una discusión rigurosa pero urgente.



Día con día

En el principio es el desbordamiento de la solidaridad, la emoción incomparable de miles de ciudadanos echados a las calles por su propia cuenta para ayudar a otros, para aliviar la tragedia de otros, para insertarse en una marea anónima, admirable, de unidad ante el sufrimiento.La cara de la solidaridad colectiva ante la desgracia desata una épica mediática, un reconocimiento universal, y confirma el orgullo de pertenecer a esta movilización autónoma, genuinamente espontánea, admirablemente generosa, irrefutable. Aparecen pronto las grandes historias de éxito y rescate, momentos de heroísmo anónimo que serán imborrables.Luego vienen los primeros choques de la colectividad solidaria con su propio ímpetu y con las restricciones que la lenta realidad y los limitados gobiernos van imponiendo al torrente. Empiezan a aparecer las frustraciones, las quejas, las derrotas ante los escombros.Crecen los desencuentros de la marea solidaria con las autoridades, el rumor y la desinformación. Se propagan grandes mentiras que acabarán siendo verdades de piedra. Empieza a ser irritante la descoordinación del gobierno con el gobierno, y de todas las formas de gobierno con la sociedad sobreexcitada en las calles y en los medios.

Pasan al primer plano la ineficacia y estupidez, las mentiras que tratan de ocultar el daño, la riña de la opinión pública con sus autoridades y con sus informadores.Se pasa poco a poco de la solidaridad a la queja, de la ayuda a la exigencia, de la emoción de comunidad sin fisuras al amargo sucedáneo de las fisuras de la sociedad consigo misma y con su gobierno. Poco a poco la tragedia busca responsables. Los damnificados voltean a la autoridad pidiendo auxilio. La autoridad está rebasada por el tamaño de los daños y por sus propias debilidades. La marea de la opinión pública cambia entonces. Pasa de la solidaridad espontánea a la búsqueda de responsables.

Las autoridades aparecen poco a poco como responsables y luego como culpables. Primero, de su ineficacia para responder a la tragedia. Luego, de la tragedia misma.



Las consecuencias políticas de esta cardiografía social del sismo apenas pueden exagerarse. Son el verdadero sismo secreto. La elección de 2018 está desde ahora cruzada por sus grietas.

(Fotografía de portadilla tomada de Muy interesante)

Chietla, Puebla. “Como no hubo muertos, el gobierno del estado nos tiene olvidados”.

Esa es la queja de los pobladores de esta cabecera municipal dos días después del sismo: más de 9 mil habitantes que han visto caer o quedar inhabitables a cerca de la mitad de sus viviendas. Esta población es probablemente la más afectada por el terremoto en sus casas habitación. Y el gobierno del estado de Puebla parece no tener la menor idea de ello.

Así puedo resumir lo visto en el recorrido realizado este jueves en este pueblo cañero al que el temblor del martes pasado le hizo pagar caro la existencia de centenares de casas construidas con adobe y piedra. Dos días en los que la gente se ha dedicado a recoger el escombro y a meditar sobre lo que será de ellos. Y a dejar correr el rumor de que el gobierno municipal empezará este mismo viernes 22 la demolición de las viviendas afectadas.

Pero ni luces del gobierno estatal. En algún lado andarán los técnicos de Protección Civil, pero no han puesto un pie en Chietla. Sí han llegado decenas de jóvenes de la ciudad de Puebla organizados en brigadas y que ayudan con picos, palas y carretillas a las familias afectadas a sacar el escombro a la calle. El ayuntamiento ha dispuesto maquinaria y camiones para ir limpiando poco a poco y calle a calle las montoneras en las puertas de las casas.



Esa es la gran noticia positiva en Chietla: grupos civiles, voluntarios provenientes igual de las universidades BUAP, Ibero Puebla, UDLA y Tec de Monterrey que de los barrios obreros de la ciudad de Puebla que se han trepado a las brigadas que desde el zócalo parten a la región mixteca desde el miércoles. Víveres, mano de obra y transporte aportados por organizaciones civiles. Y poco a poco, polines y materiales de construcción.

Pero nada que tenga sello de gobierno estatal o federal.

“No ha llegado nada del gobierno estatal”, confirma Olga María Carrillo Olea Velazco, directora del Registro Civil, quien con un equipo de tres funcionarias levanta un primer censo de las casas afectadas. A las cinco de la tarde del jueves ella me confirma que han logrado registrar la situación de catorce calles, con la identificación de entre 25 y 30 casas en cada una de ellas con daños severos que obligan a su desalojo y probable demolición.

Esa es la apreciación del arquitecto Edgar Arias, quien por su cuenta recorre con un grupo de jóvenes universitarios las calles del centro: “Por lo que hemos apreciado en esta inspección que realizamos desde ayer, de las casas afectadas, un 75 por ciento tendrán que ser demolidas. Es muy grave: la gente se aferra a sus casas, y con razón, han construido su patrimonio con el trabajo de muchísimos años y ahora se les dice que tienen que dejarlo porque se les van a venir abajo… Están aferradas.”

“No hay orden de demolición –me dice el ingeniero Tomás Jiménez Cerezo, director de Obras del gobierno municipal--. Hemos identificado algunas casas para las que no hay otro remedio, pero no lo haremos sin la firma de consentimiento de los propietarios afectados.”



“Ese registro es puro atole con el dedo –afirma el mecánico Jorge, cuya vivienda fue evaluada por el ayuntamiento como de pérdida total--, pero la verdad es que no ha llegado nadie del gobierno de Tony Gali. Los únicos que han llegado son los estudiantes de Puebla. Esos sí que están ayudando. Pero estos del ayuntamiento dicen ‘te voy a tumbar, te voy a limpiar el terreno, pero hasta ahí’. Ajá, y con qué dinero vamos a levantar una nueva casa…”

En el aire, entonces, el interrogante sobre la reconstrucción por venir. Y bien dice el arquitecto Efrén Meléndez: “Empezó todo con los huracanes, siguió el temblor en Chiapas y Oaxaca, y ahora este terremoto que afectó a México, a Puebla, ¿cuándo se van a acordar de nosotros.”

Como quiera, lo que en lo inmediato es urgente en esta región cañera es identificar las necesidades más importantes, de manera que los esfuerzos que se realizan desde la ciudad de Puebla tengan un resultado concreto: Lo que se necesita ahora son tres cosas: materiales de construcción, mano de obra para quitar escombro y equipos especializados de ingenieros y arquitectos y obreros especializados expertos en demolición, gente que conozcan de construcción con adobe para su la rehabilitación. De no ser así, lo que van a hacer los gobiernos es demoler y dejar a la gente a la espera de que un programa de vivienda los rescate.

Todo esto merece debate. Obliga a la participación de las universidades y los organismos especializados en construcción. Y compromete a una acción inteligente de las instituciones de gobierno. Y de inmediato.

(Las fotografías que ilustran esta crónica son del fotógrafo Juan Pablo H. Dircio)

A la enorme sacudida de la tierra la acompaña el rugir de las viejas casonas que nos sirven de escuelas. Salgo tratando de mantener la calma y veo cómo se estremece el Edificio Carolino. Tiembla más que yo. La calle se ondula bajo mis pasos. Trato de ubicar algún lugar seguro cuando la fachada del gimnasio se fractura y caen pedazos de cornisas que se estrellan en el piso y brincan sobre mí.

Entonces el tiempo se detiene, como en Los Recuerdos del Porvenir. Mi mundo y mis certezas se fragmentan. Siento la cercanía de la muerte. Segundos que se vuelven eternos. Escucho gritos, llantos y las casas que se desagarran por dentro y que lanzan objetos con furia hacia fuera. Siento el palpitar de la tierra y me invade el miedo.



19 de Septiembre de 1985: 8.1 grados. 7:20 horas. 20 mil muertos.



He vivido varios terremotos y muchos desastres: desde el devastador sismo del 19 de septiembre de 1985, del que se contabilizaron oficialmente 20 mil muertos. Aunque el número verdadero nunca se conoció, pero muchos edificios quedaron convertidos en cementerios. En ese entonces estudiaba yo en el mismo Colegio de Letras en el que ahora doy clases. Me preparaba para salir a la escuela cuando el terremoto me regresó a mi recámara para abrazar y proteger a mis bebés. El Distrito Federal convertido en Zona de Desastre. “Segundos y horas de terror prolongado, miles de edificios caídos y dañados, imágenes terribles y memorables, demostraciones de la cooperación internacional y pruebas de los alcances y límites de la burocracia”, consignó entonces Carlos Monsiváis en una enorme crónica. En Puebla también hubo graves daños.

15 de Junio de 1999: El terremoto de Tehuacán. 7.1 grados. 15:42 horas. Daños por 200 millones de pesos. 34 mil casas afectadas, mil 200 escuelas y 800 iglesias. 20 muertos. Este sismo me sorprendió cuando salía de trabajar de la Dirección de Comunicación de la BUAP. Entré al edificio Carolino y parecía que lo habían bombardeado. Los pasillos estaban partidos casi por la mitad. Se miraba el cielo desde el interior de las fracturadas cúpulas. La antena de radio Buap cayó. Los pináculos de la Iglesia de la Compañía estaban en el suelo. Muchas secretarias y trabajadores salían heridos y asustados del inmueble. De inmediato la ayuda y solidaridad por todos lados.

Después muchos sismos ligeros, de esos que hasta se sienten bonito, porque apenas si mecen un poco y sólo te recuerdan que la tierra está viva, pero que no dejan malos recuerdos.

7 de Septiembre de 2017: 8.4 grados. 23:49 horas. Cama que brinca, ventanas que truenan, cielo que se enciende y de irresponsable me quedo en mi cama para enterarme por las redes sociales de lo ocurrido: 96 muertos, 10 mil casas colapsadas, 50 mil dañadas y 1.5 millones de damnificados.

En clases revisamos algunas desgarradoras crónicas de los sismos más fuertes en la historia reciente de México y nos conmovimos de las desgracias pasadas. Los estudiantes extranjeros que están de intercambio en la BUAP se sorprenden porque en sus países nunca tiembla.

19 de Septiembre de 2017: 7.1 grados. 13:14 horas.

Jornada normal de trabajo que no se interrumpe ni con el simulacro convocado para conmemorar los 32 años del terremoto de 1985, a las 11 de la mañana. Cruzo el Zócalo y observo la evacuación de oficinas municipales. Todos disfrutan un rato de esparcimiento.

En mi escuela las actividades se desarrollan con normalidad. Subo al hermoso edificio Arronte por las escaleras. El elevador tiene letrero de “No usar”. A las 12:00 clase de Comunicación en el edificio Sor Juana. Recibo mensaje del secretario académico de la Facultad de Filosofía y Letras, Javier Romero Luna, de que debo firmar unos documentos importantes. Voy a su oficina, la antigua Casa del Pueblo. Justo ahí nos llega la sacudida: enorme, violenta, repentina.

Y todo lo leído se olvida. Ignorantes siempre ante la fuerza de la naturaleza.

¿Salir o no salir?

¿En dónde estamos más seguros?

Recordé lo ocurrido apenas hace dos semanas en Chiapas y Oaxaca.

Mejor salir. Ahí se desplomaron más de 10 mil casas, si la gente no hubiera salido, las muertes serían incontables.

Trato de trasmitir por Facebook live -malditas adicciones actuales-- mientras busco algún lugar seguro.

Veo como vibra de fuerte el edificio Carolino. La fachada del gimnasio se fractura y caen pedazos de cornisas que se estrellan en el piso y brincan sobre mí.

He vivido muchos sismos pero mientras no ves derrumbarse nada frente a ti piensas que no hay peligro. Todo cambia cuando estos enormes edificios se mueven de un lado a otro y empiezan a caer en pedazos o en pedacitos.

La telefonía se colapsa.

Por Whats logro tranquilizarme y calmar a mi familia.

Todos desalojados de las escuelas, sólo entramos a recoger pertenencias.

Las clases se suspenden hasta nuevo aviso.

Conforme pasan las horas nos vamos enterando de la magnitud y los daños de este terrible sismo, que ha cobrado más de un centenar de vidas en Puebla, en la Ciudad de México y otras entidades del centro del país.

El corazón se me parte. Camino por las calles desoladas, la tristeza y el polvo que hay en el ambiente me hacen llorar.

Las desgracias y muertes se multiplican.

La atención -como siempre- se centra en las grandes ciudades.

Las televisoras y los políticos –como siempre-- tratan de lucrar con el desastre.

La gente buena y solidaria –como siempre-- también aparece y nos hace recuperar la fe en la humanidad y en un México que debe renacer –como siempre-- de sus cenizas, o más bien de sus escombros.

A Mara Fernanda Castilla la enterraron en Veracruz el domingo. Recorro el lunes con una masa triste las calles de Puebla en su memoria. Resuena la voz estudiantil que repite apenas convencida “justicia para Mara”, pero que grita sin recato “ni una más”.

Mara está muerta. ¿Qué país es el que se reconstruye con esta tragedia?



(Con fotografías de e-consulta y Mundo Nuestro)

Esperanza viene sola a protestar. Y su voz rompe conmigo el silencio de la marcha por Mara Fernanda Castilla Miranda: “¿Por qué, si queremos ir solas, podemos acabar en el fondo de una barranca?”

Esperanza Domínguez camina sola por la Avenida Juárez a la que el Ayuntamiento aporrea por enésima vez en la historia. La falda blanca, larga, la blusa azul, la gorra de beisbolista, y su tristeza. Sola ha venido a protestar, me dice; sus hijas están trabajando. Porque ese es el reclamo que tiene, que las mujeres no puedan caminar solas por la calle un día cualquiera, sin una masa que la guarde de toda premura contra un mundo que las acecha. ¿Pero por qué?, insiste. Por el mal gobierno, por la falta de valores, por la ruptura de las familias. Porque no hay derechos en México, ella misma responde.



“¿Qué es lo que quieren todas estas muchachas que vienen a esta marcha?, me pregunta. Y se responde: “Igualdad. Y el derecho de caminar solas por la calle sin el miedo de que terminarán al fondo de una barranca.”

Dejo a Esperanza a la entrada del Paseo Bravo, sola con sus reflexiones, sola con un reclamo tan largo como la falda blanca que viste y refleja la posibilidad del mundo distinto que su nombre contiene.

Los reporteros y fotógrafos me recuerdan a las moscas. Aquí estoy a mediodía como una de ellas. El zumbido de los drones que grabarán la marcha me lo recuerda. Es el arranque, hay que tener la foto, la exclusiva. Como si fuera posible. Cuento de refilón tal vez unos cincuenta colegas trepados en cámaras y celulares a unas “redes sociales” que supongo escucharán ávidas lo que estas decenas de relatores cuentan en un segundo. Al otro lado de la línea los imagino atados a la consternación de sus jefes de redacción que se jalan los pelos al tanto de lo que sus competidores ya tienen hace un instante en el aire.

Saludos a algunos. Llevo treinta años y decenas de marchas por otros tantos asuntos amargos. ¿En la hora de las responsabilidades sobre la desgracia mexicana habrá oportunidad de sentar en el banquillo a este mar de ruido y palabrerío en el que nos ahogamos “los medios de comunicación”?

Los rectores se posesionan del espacio público. Para bien de todos nosotros. Adelante van los rectores de la Ibero Puebla y la UPAEP, Fernando Fernández Font y Emilio Baños Ardavín. Van en la segunda fila de la vanguardia de la manifestación. Los observo con sus guayaberas blancas, obligados por las circunstancias, poco a poco convertidos en cabeza de un movimiento civil de resistencia contra el colapso del Estado, un movimiento que ni siquiera es consciente de sí mismo, pero que en los discursos que estos dos rectores darán en unos minutos se perfilará con unos cimientos críticos y una fortaleza moral que hace tiempo han desaparecido de la política mexicana. El hecho es simplemente brutal: aquí los partidos políticos no tienen nada que hacer, y su ausencia es el reflejo del fracaso de la democracia en nuestro país.

Y lo resume Fernando Fernández Font en la denuncia de una autoridad cómplice del crimen organizado que en México conocemos como “los narcos”. Y la delinea Emilio Baños Ardavín en los puntos de un plan de seguridad que arranque con la declaratoria de alerta de género que los gobernantes poblanos han escamoteado durante los últimos cuatro años, cuando los asesinatos de mujeres se multiplicaron. Los dos discursos recuperan la plaza pública para la ciudadanía. Esa sí que es una gran noticia.

El Mayor Rodríguez Verdín se acuerda de Maximino. Ya no es un policía joven, pero no es tan viejo para ser testigo directo del mayor de nuestros dictadores poblanos. Pero ha estado en los sótanos de la Secretaría de Gobernación durante largos años, y ahí en las mazmorras en las que se construyeron los Piñas Olayas, los Bartletts, los Melquiades, los Marines y Morenos Valles las paredes trasminan la memoria del poder autoritario. José Ventura Rodríguez Verdín, militar de carrera, ya era jefe policiaco en 1989, cuando como prototipo del macho encabezaba a la fuerza pública que batía a los militantes de la 28 de Octubre. Ahora es el Secretario de Gobernación con el alcalde Luis Bank. Tiene buen aire para ir delante de los marchistas que han partido desde el edificio central de la UPAEP en la 21 Sur con rumbo del zócalo. Todo lo ha dispuesto, no habrá crucero en el que no aparezca una patrulla dirá cuando el rector Baños sale para encabezar el contingente.

“Este crimen es muy lamentable –me dice--, todos sabemos que a las damas no se les puede tocar ni con el pétalo de una rosa. Pero hay mucha gente violenta, y falta mucha educación en el hogar. Imagínate cómo andamos los que tenemos hijas, los que tenemos nietas…”

Lo encuentro más adelante. Tiene todo bajo control. Y tiempo para contestar a una pregunta absurda, pero al fin este jefe militar lleva una vida entera de policía: ¿por qué se producen estos asesinatos? No se queda callado: “Hay que recordar a Maximino, la manera en que resolvía estos asuntos…” Así que la aplicación de la ley fuga, el paredón o la horca simple y llana. ¿La pena de muerte? Esa postura gana en las encuestas, le digo. ¿Tendríamos que volver a los modos de Maximino, resolver esto con una soga al cuello y que alguien que le jale las patas al criminal?

El veterano policía se apresura a dejar de platicar con el reportero.

Las dudas de Stella sobre la versión de la policía. Las he leído en el Face mientras la marcha prepara su salida. Vivimos en México, me digo, y la memoria lleva a que la versión que arroje el Ministerio Público en una conferencia de prensa siempre habrá que ponerla en duda. Stella no es ingenua, y como editora de libros tiene claro que la verdad sobre la realidad puede someterse a los cortes y las velaciones, que puede administrarse en títulos y capítulos, que siempre habrá una autoría a la hora de decir “esto es lo que ha ocurrido”. Ella apunta al común sentir de que a la autoridad no se le puede creer nada así como así.

#quepasoconmaracastilla# porque yo no puede creer la versión que nos ofrecen hoy. Cómo creer que el tipo la mató y se quedó tan campante en Tlaxcala?? Cómo creer que tuvieron que pasar 8 días para que encontraran su cuerpo en Periférico?? Yo creo que la chica solicitó Cabify y se quedó dormida en el carro... el tipo la llevó a su casa y al percatarse de que estaba dormida le tomó fotos (de ahí los flashes que se ven) y las envió a quienes en verdad decidieron el destino de Mara. Esperó la respuesta de sus jefes (por eso estuvo media hora ahí), y una vez con la instrucción, se la llevó a Tlaxcala (tierra de trata de blancas). No creo que la haya llevado a un motel cómo dicen... eso lo tuvieron que armar después. Ante la presión en redes y la social, decidieron (los mismos que están detrás del chofer, sus jefes) desviar la atención del verdadero y gran problema de trata mujeres, con otro no menos grave, pero que tiene punto final: el de un feminicidio más. Y entonces armaron todo... lo del motel, la sábana, la toalla, y la aparición de Mara muerta... Esperan que ahí se detenga todo... porque Mara no les importa y sus intereses quedan a resguardo... ¿Quiénes están en verdad atrás de la trata de mujeres en el corredor Puebla-Tlaxcala? ¿Cómo es que ocho días después todo embona perfectamente? ¿Por qué no huyó el chofer desde el principio, con todo el tiempo del mundo que tuvo para hacerlo? ¿Quién es el dueño del motel? ¿Quién controla esa empresa de taxis "seguros"? En fin, ¿qué pasó en verdad con Mara? Yo no puedo creer su versión... sólo creo en la aversión que esos poderosos nos tienen a todos... creo que no les importamos; que nos ven como basura; que nos consideran idiotas... Mara, porque soy mujer, mamá, hija, amiga, víctima de violación y violencia; porque soy profesionista, porque soy mexicana, porque sin conocerte te quiero y me dueles, no puedo aceptar lo que dicen que te pasó... hay más, mucho más! Mara, no nos quedemos callados; no nos convirtamos en cómplices de quienes te asesinaron y matan en vida y de facto a muchas mujeres más.”

“Mara Castilla no es un caso aislado”, dirá más tarde en el zócalo la estudiante de la UPAEP Diana Galaviz. Yo lo confirmo en el volante que me entrega la madre de Guadalupe Zavaleta Benítez, una mujer de 40 años que salió de su casa el martes 1 de agosto pasado y no se le ha vuelto a ver. Miro las señas particulares que da a conocer la Fiscalía General del Estado: es bajita, 1.50 metros, su tez es apiñonada, sus ojos son claros, el cabello lo lleva teñido en rubio cobrizo y es lacio y largo, su frente es amplia, la nariz es chata, sus labios son delgados. Lleva el registro de desaparición CDI-12564/2017/ZC. El volante consigna escritos a mano dos teléfonos que hasta hoy no han ofrecido auxilio: 2224342786 y 2533780. Y el de la propia policía: 2286281.

Sí, no es el único caso. En esta revista digital Mundo Nuestro publicamos en marzo de 2014 el infierno de algunas familias que han sufrido en sus hijas la violencia de sus novios y sus maridos. Samai Alejandra Márquez Salgado, Olga Nayeli Sosa Carrasco, Paulina Camargo Limón, Myriam Manzola Heras, Alejandra Téllez Pérez, Fernanda Montes, Blanca Estela Solar, Brenda Michel Flores.

Recuerdo las voces dolidas de sus padres

No vivimos tiempos gratos, pero es posible rescatar al Estado desde la sociedad civil

Y la respuesta que entonces diera el gobernador de turno en Puebla:

Puebla no cuenta con el perfil para que se decrete una Alerta de Violencia de Género

Tres años y un gobernador después una multitud vuelve a salir a la calle. Perdidas entre la masa que camina van los familiares de esas muchachas muertas.

Alfredo Naime es el más importante crítico de cine en Puebla. Desde hace uno años encabeza la escuela de cine de la UPAEP, y por mucho tiempo fue director de la escuela de comunicación de la Ibero Puebla, a la que vio inaugurar en 1985. Desde entonces nos conocemos. Los dos hemos sido llaneros, y con su retiro a los 57 años –metió un gol en su último partido-- de seguro tiene el récord entre los futbolistas amateurs que han abandonado las canchas. Los dos tenemos hijas. Hablamos de ellas, de sus planes. Ninguno de los dos alcanzamos aún el título de abuelo. Caminamos por la Juárez y pensamos en Mara. A la una el sol se abate sobre nosotros. Implacable. Caminamos en silencio.

¡Alerta, alerta, alerta feminista! La consigna rompe el estilo monótono de la marcha estudiantil que encabezan los estudiantes de la UPAEP. “Aplaudan, aplaudan, no dejen de aplaudir, que el pinche machismo se tiene que morir…”

Bien dirá la reportera Laura Ruiz que esta marcha es muchas marchas. Y hay que saber descubrirlas. Y si te topas con las muchachas del Colectivo El Taller la tarea será sencilla.

Gabriela Cortés lleva un megáfono que guía el contingente de muchachas que caminan por Reforma casi con disciplina militar. Esto se parece más a la tradición de los ceceaches de los setenta: “A un lado, a un lado, a un lado reformistas… Adelante, adelante, marxistas leninistas”, coreaban entonces en pequeños escuadrones que se desplazaban por Paseo de la Reforma en la ciudad de México tal vez el 2 de octubre de 1978. Y a un lado tenía que hacerme yo y todo aquel que no se arrimara ante el paso férreo de aquellos iluminados. No sé qué vena oculta ha traído esa memoria cuando escucho a estas muchachas decididas gritar su alerta, alerta, alerta feminista, y tiemblen y tiemblen y tiemblen los machistas, que América Latina será feminista...

Pero es otro el trazo. Aquí la memoria perdió la ruta. Estas muchachas realmente están cambiando al país.

Gabriela es actriz y activista de este feminismo combatiente. Y así me lo explica al dar cuenta de su presencia este mediodía en la marcha por Mara.

“Venimos a exigir justicia no solamente por Mara, sino también por las otras 82 mujeres asesinadas, por las más de 200 mujeres desaparecidas. Y creemos que la voz de las madres de estas mujeres tiene que escucharse. Por eso vamos a ir a exigirle al fiscal que no ha hecho su trabajo, que no ha hecho nada para prevenir esta violencia, para prevenir los asesinatos.

Y así describe su lucha antimachista:

“Los hombre no quieren ceder, no quieren ceder esos espacios que las mujeres estamos ganando, no quieren ceder el poder que han tenido durante siglos, ni siquiera los espacios laborales en los que los machos están siendo desplazados por las mujeres. El machismo nos tiene miedo, los machos nos tienen miedo. Y no pedimos más de lo que ellos tienen, queremos los mismos derechos, pero ellos no quieren ceder, creen que les pertenecemos, por eso nos siguen violentando, asesinando…”

Los académicos aprueban los aplausos de la masa. Quedamos justo en medio, ya en la sombra del techado frente al costado de Catedral que da al zócalo. Juan Carlos Canales y Alejandro Guillén comentan los discursos de los dos rectores. Y les aplauden decididos. Los dos han convocado a un foro sobre la seguridad en Puebla. Uno es filósofo, el otro es politólogo, pero llevan semanas con este propósito, y el asesinato de Mara los ha obligado a adelantar el evento para el próximo 27.

Mara era alumna de Alejandro Guillén. Me cuenta de los sentimientos encontrados que su muerte le provocó: de la incertidumbre, la angustia, la desesperación, la impotencia a la rabia, el coraje, el encabronamiento.

“Estoy encabronado, pero estoy en shock –dice--. Ahora es el momento del duelo, de la resignación, pero viene el tiempo de la acción, este foro es un paso, pero tenemos que ir más allá, tenemos que generar políticas públicas, crear mecanismos de trabajo, como un observatorio contra la delincuencia. Tenemos que cambiar también como investigadores y académicos, tenemos que salir de nuestros castillos para acercarnos a la gente, sensibilizarnos para trabajar por la construcción de una Puebla que deje de ser este lugar inhóspito…”

“Mara es un símbolo –reflexiona el comunicador José Luis Pandal--, su muerte va más allá del dolor de su familia, puede ser la chispa que se necesita para que esto estalle…”

José Luis y yo fuimos compañeros de banca en la primaria del colegio Oriente de los jesuitas en 1961, y desde entonces somos amigos. Nunca se ha guardado para sí sus palabras. “Es una pena que no esté en el templete el rector Alfonzo Esparza”, dice cuando Fernando Fernández Font recuerda que el 4 de octubre del 2016 el rector de la BUAP en su tercer informe exigió a las autoridades que no permitieran una muerta más.

“Van cuatro estudiantes nuestras asesinadas en los últimos cuatro años – recuerdo yo que dijo Alfonzo Esparza Ortiz para referirse al asesinato de Tania Verónica Luna, la joven veracruzana estudiante de sociología en la BUAP asesinada --. Ni una más.”

A la izquierda del templete quedó un contingente de estudiantes de la BUAP. Al final harán un corrillo para escuchar a la mamá de Olga Nayeli Sosa Carrasco, asesinada y descuartizada en el 2013 por su marido. “¿La universidad vive?”, se pregunta un estudiante de Ciencias Políticas que ha hecho el recorrido desde Ciudad Universitaria. Me dice que está decepcionado de no ver una representación de la BUAP en el templete. Y cuestiona a los organizadores que no han permitido que la madre de Olga Nayeli hable en el mitin. “La realidad es que hay compañeras que ya no viven… Pedimos justicia para Olga Nayeli.”

Como José Luis Pandal, yo tampoco entiendo la ausencia de la universidad pública en el templete. Muchos de sus estudiantes y maestros sí están presentes, han marchado desde Ciudad Universitaria. Pero no están sus dirigentes.

¿Por qué siguieron las muertes?, se pregunta el sacerdote jesuita Fernando Fernández, rector de la Ibero Puebla. No deja la pregunta en el aire. “No somos ingenuos –dice--, el problema es difícil. Pero no lo resolveremos si no somos solidarios.” Antes nos ha dicho que la noticia de la muerte de Mara le descompuso el estómago. Y que Mara pudo ser cualquiera de nuestras hijas, de nuestras hermanas. Y que el dolor es enorme y no se quita con los gritos y las marchas, y que no podemos continuar así. Que todo esto ocurre por la connivencia entre las autoridades y los narcos, y hemos heredado el hecho de que por mucho tiempo no se persiguió a los criminales.

Pero ha dicho más: que el asesino de Mara es producto de esta sociedad que en su división, su injusticia, su pobreza nos vuelve a todos responsables.

Los académicos Canales y Guillén le aplauden con el mismo arrebato que la multitud que aclama el jesuita. Confirmo que la solvencia moral todavía puede recuperar las plazas públicas. El mitin entero alcanza con Fernando Fernández su punto culminante. Y todavía identificaré otros dos iguales.

El rezo reflexivo y aplaudido lo propusieron dos estudiantes de la UPAEP. Si ya me lo esperaba no lo imaginé como lo propusieron, la oración como un diálogo y que cada quien que le rece a sus propios dioses. Y llegó después de que desde el templete Diana Galaviz afirmó que “el asesinato de Mara no es un caso aislado, que la exigencia de justicia es categórica y que se debe castigar a los asesinos de tanta gente inocente.” Y después de que un nervioso estudiante de la BUAP dijera con buen tino que debemos todos empezar por ejercitar la justicia en nuestro propio entorno, y de que André, una estudiante de la UDLA afirmara en un discurso de dos frases que teníamos que exigir justicia y paz, y Adriana Castillo hablara por la Anáhuac para vislumbrar un futuro solidario construido por los jóvenes. El rezo incluyó un violinista greñudo y bien afinado y el llamado a la introspección y a entender que la oración no es una huida sino un impulso para trabajar con más fuerza para cambiar las cosas.

“Gracias, señor, por la vida de Mara –cerró Diana Galaviz--. Tu muerte no será en vano.”

Y el rezo se llevó el aplauso más importante de la jornada.

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A Emilio Baños se le quiebra pronto la voz. Poco después de que afirmara que una nación que desprecia a la mujer es una nación que no tiene futuro. Es que ha recordado muy pronto a Mara. “Te abrazamos… donde quiera que estés…”, le ha dicho.

Pero se recupera de inmediato y reaparece como orador de mitin político. Levanta la voz para cuestionar la insensibilidad de las autoridades ante la realidad de los ciudadanos de a pie, porque la inseguridad va en escalada. Luego tiene una frase memorable: debemos reconstruir el país desde los entornos del olvido. Y se refiere al abandono en el que se encuentra el sistema de procuración de justicia, que las acciones del gobierno frente a los asesinatos son claramente insuficientes y que lo que se tenga que hacer por lo pronto pasa por la urgente declaratoria de alerta de género que las autoridades han escamotado en los últimos años. Y debe seguir con un plan de seguridad pública transexenal, con una certera política de comunicación, con más y mejores y bien remunerados policías, con más recursos para los ministerios públicos y magistrados como mecanismo para combatir la impunidad.

Baños remata con algo más inmediato: revisar todas las concesiones de transporte y deslindar las responsabilidades de la empresa Cabify.

Y termina con una perspectiva casi jesuítica: que los estudiantes arrastren a la sociedad para cambiar las condiciones de pobreza que han provocado la situación que sufre México.

Así ganó tantos aplausos como su par Fernando Fernández Font.

Tere, contra su miedo, llámenme, vengan a casa… La encuentro en su Face. Ha ido a la marcha y llegará hasta el edificio de la Fiscalía, a donde las muchachas de El Taller han llevado sus mantas y sus consignas. Ella estudia literatura en la BUAP. Su voz resume mucho de lo que vemos en los carteles que se cuelgan de las estructuras que el ayuntamiento ha dispuesto para los alumbrados patrios en los pasillos de los jardines del zócalo.

“Hace años ya –ha escrito--, el miedo pudo conmigo porque el caso de Mara no ha sido el primero y los últimos años he visto el bombardeo de desaparecidas y muertas en mi Estado. Hace años que nos enteramos con tristeza que para esta sociedad podrida nuestra vida no vale nada. Y sí, el miedo ha podido conmigo al grado que no recuerdo la última vez que estuve sola en la calle de noche. Y es que el miedo aprisiona, te quita la libertad de vivir en los espacios públicos y sentirte segura. Hace años que temo por mis amigas cuando toman un taxi después de una fiesta o reunión. ¿Desde hace cuánto la frase "me avisas cuando llegues a tu casa" se nos ha pegado a la lengua? Porque sí, siempre que me despido de mis amigas nos decimos eso, porque nos valoramos y nos queremos vivas y felices. No sé a ustedes pero a mí el aire violento de Puebla me agobia, me agobia la impunidad, el desprecio por la vida ajena, la falta de empatía. Me uno con todas ustedes: cuando estén por mis lares y no se sientan seguras, llámenme y vengan a casa.

“El evento lo organizó el Consorcio Universitario”, me dice Fernando Fernández Font al final, cuando lo ha dejado libre la parvada de reporteros. Así entiende que no haya estado presente la BUAP, que a la fecha no forma parte de este grupo de instituciones de educación superior que en Puebla se ha organizado para cuestionar con fuerza el comportamiento de las autoridades en los asuntos públicos. “Tampoco estuvo el rector de la UDLA”, subraya.

Fernando es optimista: “Antes sólo se escuchaba la voz crítica de la Ibero Puebla –dice--, pero hoy has escuchado la voz clara y fuerte de Emilio Baños Ardavín y la UPAEP. ¿Qué otro sentido puede tener la existencia de la universidad si no es para desarrollar el pensamiento crítico?”

El himno nacional resuena contra los paredones de la Catedral. Pareciera que la masa que lo canta quisiera ser también música y piedra y sobrevivir al paso del tiempo. Aquí estoy yo también cantándolo justo en la estrofa de patria patria tus hijos te juran. Música y piedra.

A veces vale para el reportero el nudo en la garganta.

En México solo el 0.70 % de los delitos que se cometen llegan a la conclusión de un juicio, según el Índice Global de Impunidad (IGI) 2017, realizado por la Universidad de Las Américas Puebla (UDLAP). Es la segunda vez que se da a conocer este estudio, el anterior fue en 2015.

El índice de impunidad mide las fortalezas institucionales relacionadas con la funcionalidad de los sistemas de seguridad, la justicia y la protección de los derechos humanos. Cada uno de estos tramos recibe un puntaje y la suma de ellos da el total.

La investigación contempla 69 naciones de todos los continentes. Los ocho países de “muy alta impunidad” son: Filipinas (75.60 puntos), India (70,94), Camerún (69.39), México (69.21); Perú (69.04), Venezuela (67.24), Brasil (66.72) y Colombia (66.57).

Los ocho países de “muy baja impunidad” son: Croacia (36.01 puntos), Bulgaria (37.19), Eslovenia (37.23), Suecia (39.15);Noruega (40.90), Montenegro(42.13), República Checa (42.83) y Grecia(44.56).

En México se tiene una tasa de 359 policías por 100 mil habitantes que es superior a la media mundial de 319 por 100 mil habitantes. La realidad es que están mal pagados, mal capacitados y tiene malas condiciones de trabajo.

El promedio de los jueces en México es de cuatro por 100 mil habitantes y en América Latina de 16 por 100 habitantes.La diferencia es muy relevante. En el caso de Croacia, que tiene el más bajo índice de impunidad a nivel mundial, tiene 46 jueces por 100 mil habitantes.

La investigación destaca como un problema grave, los altos niveles de violación a los derechos humanos que ocurren en México. Esto, dicen, representa un factor crítico para entender los elevados grados de impunidad que existen en el país.

“El problema de la impunidad en México es funcional y estructural, no nació en el actual gobierno; sin embargo, se observa un aumento crítico en las estadísticas delictivas. Esto podría deteriorar futuras mediciones de la impunidad”, asegura el informe.

La impunidad, sostiene el estudio, se genera a partir de factores como la desigualdad social, la corrupción y un débil sistema de procuración de justicia. El estudio establece una correlación significativa entre el nivel de impunidad y la desigualdad social.

El rector de la UDLAP, Ernesto Derbez,afirma que “la muestra de los 69 países que conforma el IGI revelan que entre mayor impunidad existe, mayor es la desigualdad; o también, podría interpretarse como, entre mayor es la desigualdad, mayor es la impunidad”.

Del estudio se deriva, lo confirman otrasfuentes, que quien comete un delito en México tiene la seguridad, no importa quién sea y cuál es su crimen, de que nunca será llevado a la justicia. Las posibilidades de quedar impune es del 99.30 %.

Mundo Nuestro. Organizado por un grupo de académicos, empresarios y activistas de la sociedad civil, el próximo 27 de septiembre en las instalaciones de la Casa de la Cristiandad en la ciudad de Puebla se llevará a cabo el Primer Foro sobre la Seguridad Pública en Puebla. El siguiente es el programa propuesto para este evento que se propone como una respuesta concreta frente a la realidad de violencia que se vive en nuestro estado.