Sociedad

A la memoria de Carlos Mastretta, mi papá.



Yo era una adolecente. En las tardes ociosas me gustaba la sala en penumbra de mi casa porque ahí estaba el tocadiscos con su música, mi cómplice de toda la vida, y además, a la sala casi no entraba nadie. Estaba en la edad en que nuestros padres y sus vidas nos importan un comino y son invisibles para nosotros. Estaba en la edad en que también nos gustaría ser invisibles para nuestros padres y sus ojos vigilantes. Ahí, un ocho de mayo en la tarde, estaba repantingada en el sillón cuando vi entrar a mi padre al comedor a darle cuerda a un reloj de pared que mi madre había heredado de su abuelo. El reloj tenía números romanos y un gran péndulo dorado encerrado en una caja de cristal. Mi padre no me vio, pero yo lo vi a él concentrado en abrir el vidrio redondo que protegía la caratula del reloj y darle cuerda con todo cuidado. Me dio ternura verlo pero no le dije que ahí estaba agazapada en el sillón. Quería seguir rumiando mis tonterías y amoríos adolescentes sin que nadie me molestara; eso no me impidió sentir cariño y una seguridad extraña que emanaba de mi padre y su rutina de darle cuerda al reloj cada sábado en la tarde. Se alejó silbando...lo hacía todo el tiempo, cuando estaba contento y tranquilo o triste y nervioso. Uno podía leerlo en su silbido, pero no supe o no pude descifrarlo en su ánimo de esa tarde. Ya entonces no silbaba mucho, pero ese día todos sus pollos nos encontrábamos en la casa, en especial las dos mujeres, entregadas a la aventura de estudiar en México, tragadas por la capitalota, como él le decía al DF. Le daba miedo que anduviéramos por ahí, como chivos sin mecate, trajinando en camiones o pidiendo aventones para llegar a tiempo a la universidad, en especial Ángeles, que sufría de epilepsia y había decidido valientemente tirar su enfermedad a la basura, salir del capelo protector de mis padres e irse conmigo a México, hasta la UNAM, a buscarse una vida.

"Hoy puedo dormir tranquilo, están todos aquí", dijo esa noche antes de meterse a su cama con un libro. Una hora después, a las once, mi madre salió alarmada del cuarto y llamó a un amigo que era doctor. Mi padre había sufrido un derrame cerebral. Nuestro mundo cambió en ese momento. A nuestro círculo familiar, tan cercano, cálido y frágilmente seguro, había llegado a tocar la muerte.

Tres días después mi padre murió. Solo mi madre estaba con él en esa madrugada del once de mayo. Ingenuos como éramos entonces, creíamos que se salvaría. Cuando llegamos al hospital, su cuerpo tibio parecía dormido. Le dimos las gracias sin saber si los muertos escuchan, sin saber a dónde van, ni si nos oyen o nos pueden ver acongojados. Hay quien dice que sí. Ese mismo día por la tarde lo enterramos. Mi hermano Carlos, el mayor de los hombres, les tenía terror a los velorios que acaban en jolgorio y corrillos de personas contando chistes.



Todo en el entierro de mi padre fue sencillo, como su vida misma. Nos dimos cuenta esa tarde de cuántas personas lo querían. Llegaron convocados por la esquela de "La voz de Puebla", periódico en el que mi padre escribía todos los días, sin cobrar un centavo, porque para él escribir su columna que llamó "Mundo Nuestro" era un gusto. Como en un sueño o una pesadilla todo pasó a la vez, lento y rápido. La fuerza de mi madre ante la adversidad hizo que la casa siguiera funcionando esa semana, como si la rutina pudiera engañarnos, como si la comida servida en punto de las dos , cuando él llegaba, pudiera hacerlo entrar de regreso de su trabajo silbando como siempre.

Una mañana de esa semana adversa, entré al cuarto de mis padres mientras mi madre dormía aún. Vi el espacio de mi padre vacío en la cama, y la mano de ella depositada sobre ese hueco, como si así pudiera tocarlo o convocarlo. Nunca la vimos derramar una lágrima. Yo solo vi ese gesto, ese brazo tratando de llenar el espacio en que ya no estaba su marido.

El sábado siguiente, después de la comida, me volví a refugiar en la sala en penumbra. El tocadiscos estaba apagado. Mis divagaciones adolescentes ya eran otras, ya eran las de una mujer y no las de una niña estúpida. Pensaba en los labios delgados de mi padre, en su forma sensual de fumar después de la comida, en su olor a lavanda, en su forma de tratar con su vieja cafetera italiana cada mañana, en su voz, sobre todo en su voz suave que nunca nos hirió. En la sala en silencio solo me acompañaba el ir y venir del péndulo del reloj acompasadamente, como el latido de un corazón. Seis vibrantes campanadas me anunciaron la hora...y luego de nuevo el constante latir del péndulo dorado siguió acompañando mis atormentados pensamientos. No sé cuánto tiempo pasó, quizás media hora, y entonces el péndulo se detuvo. Me vino a la cabeza con una nostalgia que espantaba, la figura de mi padre de apenas una semana atrás, entrando en el comedor a darle cuerda al reloj, como cada semana. Como una puñalada recordé que no seguí mi impulso de levantarme a darle un beso a pesar de la ternura que sentí al mirarlo. Fue en ese momento, con el último viaje del péndulo dorado, que supe de verdad que mi padre había muerto y que no lo volvería a ver nunca.

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El valor y la mar/El Puerto Libre de Ángeles Mástretta



Haberle encontrado nombre al viento que a veces trastornaba mi cuerpo, convocó una tranquilidad misteriosa. Decir la palabra fue conjurar el peor de los hechizos: la oscura incertidumbre.

Epilepsia: deriva del verbo griego epilambaneim, que significa ser tomado, quedar avasallado por la sorpresa. Saberlo me llevó a enterarme de que entre los grandes desórdenes cerebrales convulsionar es uno de los más comunes. Y que lo provocan tan distintas causas que cuesta saber cómo curarlo. Por eso, por su condición de imprevisible, de repentino, de estupor, desde los tiempos más lejanos suele estar rodeado de mitos y prejuicios que es difícil desafiar.

He contado ya que descubrí un reporte médico en el escritorio del ingeniero Mastretta tras el naufragio que fue perderlo. Sin duda la epilepsia era un mal menor en mitad del verdadero asalto: la mejor mezcla de melancolía y humor que ha dado la especie humana dejó de hablar un sábado por la noche. Murió en la madrugada del martes. Frente a ese abismo, el miedo a la epilepsia era una canción de cuna: Yo te lego el valor y la mar, decía la tonada que una bisabuela llevó a Puebla desde un puerto abierto al Atlántico.

El tiempo es un miserable, por eso todo pasó hace tanto y tan apenas. Era mayo de 1971, hace cuarenta y cinco años. La sonrisa exhausta de ese hombre al que por décadas consideré un traidor traicionado me recibió con su dueño ya metido en cama. Ahí entré a preguntarle una sandez. Había vuelto de la universidad con la tarea de buscar cinco invenciones que justificaran la guerra de Vietnam. No olvido su gesto, ahora lo reconozco en mí cuando oigo de nuevo una de esas preguntas que se instalan sin más tregua entre nosotros: “¿quién delibera semejante necedad?”.



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Ilustración: Gonzalo Tassier

He contado ya que descubrí un reporte médico en el escritorio del ingeniero Mastretta tras el naufragio que fue perderlo. Sin duda la epilepsia era un mal menor en mitad del verdadero asalto: la mejor mezcla de melancolía y humor que ha dado la especie humana dejó de hablar un sábado por la noche. Murió en la madrugada del martes. Frente a ese abismo, el miedo a la epilepsia era una canción de cuna: Yo te lego el valor y la mar, decía la tonada que una bisabuela llevó a Puebla desde un puerto abierto al Atlántico.

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Ilustración: Gonzalo Tassier

La insoportable levedad de los 28 gramos

Verónica Mastretta



En México hemos dado un pequeño paso leve, como los 28 gramos de mariguana que podrá portar legalmente una persona para su consumo, solo un pequeño paso de 28 gramos como contrapeso a las absurdas y contumaces políticas de combate a las drogas y la criminalización de su consumo.

28 gramos contra los mil cuatrocientos millones de dólares del Plan Mérida que desde 2008 México conviniera con los Estados Unidos para la lucha contra el poder del narcotráfico y su capacidad de fuego. Mil cuatrocientos millones que se supone serían destinados en un quince o hasta un veinte por ciento para la prevención del consumo y el fortalecimiento de las instituciones de procuración de justicia. Estados Unidos dio con una mano miles de millones de dólares al estado mexicano para fortalecer su "capacidad de fuego" contra las ONT (organizaciones del narcotráfico) y con la otra se los reembolsó vendiéndole a México armas y equipo para atizar una guerra que tiene su origen en la enorme demanda de drogas en el mundo, pero especialmente en Estados Unido, lugar en el que originalmente se popularizó el consumo de la mariguana como enervante a partir de los años 30 del siglo XX. Antes de eso la mariguana convivió con el ser humano sin problemas, como fibra textil, como semilla comestible y como producto medicinal. Miles de años sin ser satanizada. Luego pusieron el espanto, se espantaron y nos espantaron a todos. Como sucedió con el alcohol, la prohibición ha generado un círculo vicioso y un desequilibrio entre el poder del estado y las ONT.



Con el Plan Mérida se intentó ampliar la capacidad de fuego del estado mexicano, pero no se acompañó con nuevas leyes y un enfoque moderno y audaz hacia la legalización y control de la producción de mariguana y amapola, que de todos modos siguen llegando ya procesadas y a la carta a los millones de consumidores de Estados Unidos; la apuesta fue por una guerra de sangre y fuego que vamos perdiendo porque el abordaje elegido es erróneo.

Lo del dinero destinado a fortalecer las instituciones judiciales fue un timo, casi todo fue a parar a la compra de armamento y equipos que produce nuestro vecino, el país que mayor cantidad de drogas consume en el mundo, según lo señala Sonja Wolf en un extenso y puntual documento titulado "La Guerra de México contra el narcotráfico y la Iniciativa Mérida: piedras angulares en la búsqueda de la legitimidad", Colmex, Diciembre de 2011. En parte de dicho estudio se describen las iniciativas de gasto y las categoría de su aplicación. La prevención fue muy mencionada, pero terminó mal ejecutada y muy disminuida.

Ocho años y muchas discusiones después, los tímidos 28 gramos son la delicada llave destinada a abrir una caja fuerte de mil combinaciones, cuyo alquiler y manejo deja mucho dinero a delincuentes sangrientos pero también a delincuentes de cuello blanco. 28 gramos contra un negocio de miles de millones de dólares. Dejará de ser delito portar 28 gramos de mariguana para consumo personal, pero seguirá estando prohibida su producción y su venta, o sea, toda la cadena perversa seguirá ahí y con tremendo candado ¡Qué llave tan frágil! Necesitaremos las habilidades del gran mago Houdini para que esa llavecita esperanzadora abra paso a políticas públicas que rompan paradigmas y nos saquen como país del baúl de guerra en el que estamos sumergidos.

Y en todo esto y desde 2007, Hillary Clinton aparece como senadora firmante que aprueba el Plan Mérida en 2008 ; de nuevo suscribe el acuerdo como Secretaria de Estado de Relaciones Exteriores de Obama y promueve y aprueba otra vez algo que no funciona. Como remate, la hoy candidata demócrata al gobierno de Estados Unidos se dio el lujo de decir hace unos días que si ella fuera presidente de México ya hubiera resuelto el caso de los estudiantes de Ayotzinapa, caso que no hubiera existido si el Plan Mérida hubiera sido eficaz e inteligente. Ligera y oportunista declaración de Hillary, siempre cercana al fracasado Plan Mérida y a quien ahora se le hace fácil hablar de las consecuencias de un problema que en su país también genera violencia y están muy lejos de resolver.

El Plan Mérida debió acompañarse de muchos cambios, pero el más importante era la despenalización y la no criminalización del consumo. Esa política prohibicionista ya fue fallida en la cruzada contra el alcohol emprendida por su país en los años 30 del siglo XX. Desde que Bill Clinton fue presidente de Estados Unidos hasta la fecha tampoco ha disminuido el consumo y el tráfico de drogas en Estados Unidos ni en México, ni con el Plan Mérida apoyado por Hillary. No señora Hillary, para nada. En cambio en Holanda, en donde está regularizado todo, el consumo es muchísimo menor y no se ha incrementado.

Leí que el 9% de los que consumen mariguana se quedan atados a ella, 15% de los que consumen alcohol se vuelven dependientes y consumidores de por vida y 30% de los fumadores se vuelven adictos al cigarro. Los dos últimos, más dañinos, no están penalizados en México, están regularizados. Leí también que el consumo excesivo de azúcar es el más grave problema de salud pública que México enfrenta hoy. No hay muertes por consumo de mariguana. Si las hay por consumo de alcohol, de cigarros y de azúcar en exceso. No por eso el estado mexicano los ha prohibido, solo los regula. Nadie paga de más por un cigarro ni se trafica con alcohol como en la época de Al Capone, pero se pagan impuestos duros por ellos. Tampoco un dañino Gansito Marinela o una coca cola se trafican ocultos en dobles fondos en un camión de Bimbo. La apuesta del estado mexicano para acotar el consumo de estos productos es la correcta: información, prevención, educación, más impuestos a su consumo, regulación de su venta y de la publicidad de los mismos. Esa política adecuada dejó a Chabelo sin patrocinadores, pero evita la existencia de los traficantes del azúcar, que seguro existirían si estuviera prohibida. La regulación y no la prohibición es la solución evidente. Regulación atinada incluso para dar alivio a los enfermos y moribundos con morfina accesible que hoy tenemos prohibido producir.

Pesan poco los 28 gramos de mariguana anunciados la semana pasada, y sin embargo, se mueven...

México está en el principio de un Estado totalitario: Fernando del Paso al recibir el Cervantes

Mundo Nuestro



Lo dijo nada más empezar su discurso de recepción del más importante galardón de las letras españolas, el Cervantes.

“Las cosas no han cambiado en México sino para empeorar, continúan los atracos, las extorsiones, los secuestros, las desapariciones, los feminicidios, la discriminación, lo abusos de poder, la corrupción, la impunidad y el cinismo. Criticar a mi país en un país extranjero me da vergüenza. Pues bien, me trago esa vergüenza y aprovecho este foro internacional para denunciar a los cuatro vientos la aprobación en el Estado de México de la bautizada como Ley Atenco, una ley opresora que habilita a la policía a apresar e incluso a disparar en manifestaciones y reuniones públicas a quienes atenten, según su criterio, contra la seguridad, el orden público, la integridad, la vida y los bienes, tanto públicos como de las personas. Subrayo: es a criterio de la autoridad, no necesariamente presente, que se permite tal medida extrema. Esto pareciera tan solo el principio de un estado totalitario que no podemos permitir. No denunciarlo, eso sí que me daría aún más vergüenza.”

Discurso completo de Fernando del Paso al recibir el Premio Cervantes.





Vivas nos queremos/Marcha nacional.

Este domingo 24 de abril diversas organizaciones convocan a la movilización nacional contra las violencias machistas bajo el lema #VivasNosQueremos.



Esta es la invitación que ha aparecido en redes sociales:

"Hacemos un llamado URGENTE a todas las mujeres que nos leen, a todas ustedes con las que hemos ido de fiesta, bailado, llorado, acompañado, a TO-DAS, feministas o no, bisexuales o no, lesbianas o no, peludas o no, abortistas o no, madres o no, solteras, casadas, viudas, niñas, jóvenes indígenas, negras, blancas, a ¡¡TODAS!!!!
Mujeres de todos los estados nos convocamos a la movilización del 24 de abril con el objetivo de encontrarnos, apropiarnos de los espacios que se nos han negado toda nuestra vida, para luchar, gritar juntas, porque estamos hartas y rabiosas de tanta violencia contra nosotras, ésta movilización es una advertencia al Estado, a todos aquellos que nos oprimen, y pasan por encima de nosotras todos los días; a quienes nos asesinan.

Este llamado es para que nos unamos y juntas defendamos nuestras vidas. Levantémonos y luchemos, somos muchas y seremos más.

* Si está interesada en participar, ubique a su amiga feminista más cercana.
* La movilización será a nivel nacional. repito, NACIONALl!!!"


#PorqueNosQueremosVivasYFelices
#PorqueLaRevoluciónSeráFeministaONoSerá
#24A
#VivasNosQueremos
#ElMiedoCambioDeBando
#SomosManada

Mundo Nuestro. El siguiente testimonio llega de un hermoso pueblo en la Sierra de Puebla, suspendido en la montaña al borde de la barranca del rio Zempoala. Ahí se ha detenido el tiempo. (Agradecemos a Weyi Alepetaj Taipixkej por el testimonio recabado y las fotografías que lo ilustran.)



En la Sierra Norte de Puebla la naturaleza se manifiesta en formas sorprendentes y exóticas. En sus pueblos se encuentra una gran riqueza de costumbres y tradiciones que nos hablan de nuestras raíces y de un pasado grandioso de cultura.



Xochitlán se asoma a la barranca del río Zempoala, y tiene el privilegio de sus atractivos naturales que son un encanto, pero posee una historia tan importante que muy pocos municipios de la región pueden igualar; sus pobladores a través del tiempo han forjado, con mucho trabajo y sacrificio, el perfil que ahora disfrutamos y que debemos valorar y conservar porque es parte de la herencia que nos legaron. Es lamentable que mucha gente no tenga idea de ello.

Pero hubo un tiempo en que no teníamos reloj.

Tal vez ayude para entenderlo esta historia simple que narro como si ocurriera hoy:

A media tarde de un día cualquiera del año 1951. Un grupo de Xochitecos entre los que se encuentran don José María R. Gómez y don Jesús Ramírez Nolasco departen en un despacho grande ubicado en La Palanca del Comercio. De momento, Jesús Ramírez, sale a la puerta y se queda viendo la torre de la iglesia y dice:

“¡Qué bien se vería el campanario con un reloj!”

A lo que don José María contesta:

“Pues manos a la obra, yo pongo tanto…”

Y esa fue la primera cooperación para la compra del reloj público de Xochitlán de Vicente Suérez. Los dos hombre pronto formaron un comité para recabar fondos, y en él estuvieron don Gonzalo Cabrera Jiménez, Adaucto Vázquez , José María R. Gómez, Jesús Ramírez Nolasco, y otros más, todos Xochitecos muy caracterizados en la comunidad que dejaron huella. Cuando reunieron una cantidad considerable se fueron a Zacatlán, derecho a la empresa EL CENTENARIO, y ahí compraron el reloj que de inmediato vinieron a instalar. Era el último año de la presidencia de don Anacleto Vázquez Sosa, 1951. Hubo una celebración muy suntuosa para el estreno del cronómetro, y lo vino a inaugurar el entonces Gobernador del Estado Ing. Carlos I. Betancourt. Entró al poblado en carro, lo que fue parte de la novedad, además de gran mérito, ya que no teníamos más que un camino estrecho hasta llegar a la Cumbre.

En un principio su maquinaria se movía con contrapesos que colgaban en la parte exterior. Don Filemón Vázquez Monroy lo mantenía en movimiento, y posteriormente fue don Ausencio Ramírez López, quien durante más de 15 años desempeñó esa función, pero fue don Jesús del Carmen Ramírez Vázquez quien durante su estancia en la Presidencia Municipal cambió el sistema de contrapesos por el motor. Los comisionados en hacer los cambios y reparaciones fueron Joaquín Chacón Pineda y Hugo Sánchez. Así tuvimos reloj público hasta la Administración Municipal de Alejandro Gómez Moreno.

A partir de esa fecha, 1951, tuvimos reloj, durante 63 años se escucharon sus campanas y armonías, hasta el año 2014, cuando dejó de funcionar. Hoy ya no existe tampoco esa tienda, La Palanca del Comercio.

El tiempo ha pasado, pero ya no lo cuenta el viejo reloj, ya no escuchamos las campanitas de ese emblemático y añorado aparato. El reloj enmudeció y el pueblo con él, es un adorno nada más, testigo de un pasado que estuvo pletórico de felicidad y tranquilidad. Quizás a algunos no les haga falta o tal vez midan su tiempo con los movimientos del sol o el canto de las aves, como en tiempos remotos. Pero si tenemos un poco de sentido común no deberíamos dejar de darle la importancia que merece al trabajo y esfuerzo que costó a quienes nos antecedieron, que se distinguieron por su amor al terruño. Así iremos perdiendo otras cosas.

¡Cómo añoramos a las personas de hace décadas! Aquellos que sin egoísmos, paranoia, resentimientos y deseos de venganza, solo pensaron en mejorar la imagen de la población y lograron muchos avances con bastante esfuerzo, sacrificio que hoy miramos con indiferencia, apatía.

Pero los tiempos cambian… ¿habrá que resignarse?

Dejo al pueblo mi última pregunta… ¿hasta cuándo volverá a sonar nuestro reloj?...

Xochitlán de V. S. Pue. Marzo 2016.

Del Blog de Alicia Mastretta Historias desde el biogalón



Llevo poco más de un año de vuelta en la CDMX. Dado mi historial de asma y sensibilidad a la contaminación pareciera que no podría haber escogido peor momento. Sin embargo aquí estoy, y creo que aquí seguiré. Primera necedad. Segunda: desde que regresé a la ciudad volví a montar mi vieja y pesada bicicleta, y con mi primer sueldo me compré otra más liviana con la que me transporto a diario. Escribo para contar los motivos detrás de esas dos necedades mías.

Nací en el DF 30 años antes de que fuera CDMX. Al edificio donde vivíamos (yo por 7 meses en la barriga de mi madre) hubo que derrumbarlo tras el terremoto del 85, gracias al azar ya con todos sanos y salvos. Mis primeros meses pasaron en casa de mis abuelos, pero al poco tiempo mi asma y la falta de un techo propio convencieron a mis papás de mudarse a Puebla. Ahí crecí, hasta que volví a los 18 años empedernida en estudiar en la UNAM.

Vivía cerca de la UNAM pero lejos de la Facultad de Ciencias. La solución innata me pareció irme en bici. Primero entraba por Cerro del Agua. El único punto temerario era el cruce de Eje 10 y las pocas cuadras antes de la puerta de CU. Después me mudé, pedaleaba un cacho minúsculo de Av. Universidad y entraba por la puerta peatonal de Economía. Una vez dentro de la UNAM me sentía el más libre de los espíritus y lograba hacer buena parte del recorrido soltando el manubrio. Durante la carrera mi mundo de ciclista urbana inició en CU y se expandió poco: a los Viveros de Coyoacán, donde asistía a un taller del INIFAP y a San Ángel, donde trabajé hacia el final de la carrera. A ambos sitios me iba por las calles menos transitadas y de plano caminando banquetas en el inevitable tramo de Av. Universidad y sus microbuseros abusivos.



Mientras pedaleaba mi pequeño circuito soñaba con una ciudad, esta ciudad, donde mi bici pudiera llevarme más lejos. En el 2006 fui por primera vez a Europa, en concreto a Alemania. En Berlín conocí lo que era una ciclovía y dije en voz alta que quisiera algo así para el DF. El primo con el que iba no tardó en meter mi comentario al oscurísimo cajón de lo imposible. No fue el único.

Pasaron los años y yo seguía siendo una chilanga nata para los poblanos y una provinciana irremediable para los chilangos. Para mí, yo era una ciudadana de Ciudad Universitaria, esa otra ciudad inmersa en el DF como el Vaticano en Italia. Hasta que llegó el primer ciclotón en el 2007. Al asistir esperaba la felicidad asociada a pedalear. Lo que no esperaba fue el sentimiento de pertenecer a aquí, de que esta era MI ciudad. La Ciudad de México era mi ciudad, sus calles eran mis calles. Solté el manubrio, extendí los brazos, iba sobre Reforma. Vi al Ángel, a las jacarandas ya sin flor, a los edificios altos, a los edificios históricos, a los colibríes que en realidad no veía pero que sabía estaban por ahí. Me pareció hermoso. Me pareció mío. Si eso no es despertar el sentido de pertenencia no sé qué cosa podría serlo.

Terminé la carrera en el 2009. Me fui a hacer mi doctorado en el 2010. Durante cuatro años viví en tres países distintos de Europa y me moví casi por completo en bicicleta. Durante mis dos años y medio en Inglaterra he de haber tomado el autobús a la universidad cuatro veces, sin exagerar. El resto fueron 20 minutos pedaleando y de vez en vez una caminata larga. Era una ciudad pequeña donde el ciclismo era lo más natural para los estudiantes, la profesora universitaria y cualquier humano promedio. Y así, supe, era también en ciudades grandes. Supe también que no había sido siempre así, pocas décadas antes los autos tenían la misma poderosa jerarquía que hoy tienen en nuestra ciudad.

Volví, título de doctorado en mano a finales del 2014. Yo soy de las que siempre quiso volver. El primer mundo no me funcionaría porque me parece prestado, porque siempre me sentí como una invitada que la pasa bien pero que tiene cosas que hacer en casa. Y en casa había oportunidades de oro para trabajar en la institución que dije que quería trabajar cuando tenía 14 años, de hacer el tipo de ciencia que me interesa hacer, de formar parte de los pocos equipos que estudian la diversidad genética en nuestro país, de incidir en la conservación de la biodiversidad mexicana. Estaba feliz de volver, pero fue difícil por motivos que no me esperaba.

En esos cuatro años, a pesar de los inviernos feroces, las temperaturas bajo cero y la nieve, me enfermé muy poco de las vías respiratorias. Y nunca tan grave como para tomar antibióticos. En cambio en mis primeros ocho meses en la Ciudad de México tuve una infección de la garganta, tras una gripa y tras un cuídate que se te vuelve neumonía. Durar un mes sana se volvió mi objetivo. Me recetaron antibióticos en pocas semanas de diferencia. Me dio colitis (sí, sí, mi nerviosismo habitual… pero borrar el microbioma con antibióticos no ayuda). Total que soy una deportista mujer de 30 años que se la vive enferma.

Eso, y lo dicen mis doctores, es consecuencia de la contaminación. La contaminación hace reaccionar a tu cuerpo, se te inflaman la garganta y las vías respiratorias. Esto le facilita la entrada a las bacterias, lo que te llena de mocos verdes y si anda un virus por ahí lo pescas también. Pero si bien que te ha pasado siempre, me recuerda la memoria. De niña venir al DF era sinónimo de enfermarse. Pasé el primer semestre de la carrera con la nariz hinchada y dolor de garganta. Yo siempre he reaccionado así a la contaminación. Supongo que eso me convierte en el grupo de “personas extremadamente sensibles” que deben guardarse en sus casas según la app Aire de la CDMX. Si cuando hice la carrera no me fue tan mal fue porque la calidad del aire no estaba tan horrible como ahora y porque yo estaba un poco más acostumbrada (total, ni que Puebla no tuviera smog).

Una no puede andar en bici cuando la calidad del aire es mala y menos si una es sensible. Eso duele mucho. De verdad que a mí me cala en el alma. Es un Hoy No Circulas del que sí deberíamos quejarnos.

¿Qué hacer ante eso? ¿Sentarse a llorar? ¿Decirle al hombre que amas que necesitas irte? ¿Sentirse el canario de la mina? Tal vez eso sí, tal vez las personas sensibles a la contaminación somo los canarios de la CDMX. Tal vez la ciudad debería dejar de recomendarnos no hacer actividades al aire libre y alarmarse como un minero cuya vida está en peligro.

Paseo nocturno Noche de Primaera en 2015, 8 años después del primer ciclotón.

Con todo cada vez más me muevo en bici. Mi ruta es de unos 10 km para llegar al trabajo. Al sur de Churubusco no hay ciclovia alguna, así que he trazado mis propios caminos optimizados para mi seguridad aunque sean menos directos que tomar una avenida llena de microbuses. Me compré una mascarilla especial que hace una sustancial diferencia. Estoy en un tratamiento que me hace “menos sensible” a la contaminación y trato de combatir la inflamación de garganta antes de que se convierta en una infección que requiera antibióticos. Ahí voy.

Soy necia, vivo en la Ciudad de México y me muevo en bici. ¿Saben por qué? Porque andar en bici aquí me hace más feliz que pedalear cualquier ciudad europea. Porque ya hay ciclovías. Ya hay ecobicis. Ya existe lo que hace 10 años se figuraba imposible.

Feliz día mundial de la bicicleta.

Lecturas para este día mundial de la marihuana, en la semana en la que los políticos en la ONU seguramente dejarán una vez más las cosas como están desde 1961, cuando decidieron equiparar en su persecución a la yerba con la cocaína. México y Portugal, ejemplos extremos a considerar este día.

Con la manita de puerco de la opinión pública Peña Nieto cambió su discurso. Aceptó en la ONU el “uso terapéutico” de la marihuana. Al menos fue a Nueva York, tendremos que decir ante un mandatario que ofrece todos los signos de no encontrar un solo rumbo.



La severa crítica de Héctor Aguilar Camín: México renuncia a hacerse oir en la ONU



La noticia en Proceso: en la ONU Peña Nieto y su “para fines médicos”

Muy lejos estamos todavía de un cambio en la política pública en relación a las drogas y su legalización. En el mundo la discusión ha avanzado mucho más que lo que el gobierno mexicano está dispuesto a cambiar. Muy lejos, por ejemplo, de Portugal, el país que sin mucho ruido ha transformado su realidad a partir de uno conjunto de medidas tomadas en el año 2000.

Portugal: qué ha pasado desde que despenalizaron las drogas en el 2000

4/20 A gozar de la marihuana donde la permiten, pero también donde no

Mientras, en Estados Unidos, miles de personas celebran el 4/20, algo así como el día nacional de la marihuana, y en los estados en los que ya es legal, como en Colorado, Washington State, Colorado, en capital norteamericana, los festejos alcanzarán diremos que el éxtasis.

Mientras, nosotros en México continuamos desgarrados con las noticias del día a día:

Militares torturan a una mujer en Guerrero