Sociedad

Mundo Nuestro. Ellas también juegan. Y este sábado en un partidazo: Topos Femenil contra Leonas Jalisco. . 1 a 0 ganan las poblanas.

La pelota suena, las chavas corren, gritan voy, voy, voy , y la pelota corre, los sonidos vuelan, los sentidos juegan y el tiempo por un instante se congela: la pierna acierta, el disparo va a gol...



El partido es en la Unidad Deportiva San Andrés en Tlaxcalancingo. La experiencia futbolera del club Topos Puebla se mantiene como uno de los procesos de organización civil más importantes en la historia reciente en nuestro estado. Una crónica en el periódico digital e-consulta recoge algunas frases de las participantes:

María de los Ángeles Ortiz: "Gracias a Dios encontré lo que es Topos Femenil y me cambió completamente la vida. Siempre me ha gustado el futbol y estando en casa piensas muchas cosas, pero hay que buscar algo para sobresalir."

Ellas también juegan, han dicho todos entonces. Ya no se acuerdan de que en un momento de su vida la conciencia fría les ha dicho: "ya no jugarás nunca más..."

La vida no para. Y se mueve en el balón de fútbol. Encontraron a Topos Puebla.



Mundo Nuestro. Con esta crónica de su viaje al sur americano, abrimos en esta revista la participación del escritor, periodista, antropólogo, guionista, radiodifusor, artista plástico Leopoldo Noyola Rocha con su blog Mitos sin sustancia. Y nos felicitamos por ello. Viaje al sur: se publicará por partes. Aqui el tercer capítulo, Cochamó.

Fotografías de Malú Méndez Lavielle.



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De Ensenada, en la costa sur del enorme lago Llanquihue, viajamos a la comunidad de Ralún en el borde superior del estero de Reloncaví que marca el fin del valle central y es considerado el inicio de la Patagonia chilena. No es un trayecto corto, atravesamos una zona alta y montañosa donde el monocultivo de pino radiata y eucaliptus vuelve a percibirse con fuerza, aunque localizados entre enormes porciones de abundante vegetación de lo que parece bosque nativo de distintas épocas. Dos tocones muy gruesos tirados a la vera del camino son emisarios solitarios del bosque anterior, más robusto y antiguo que el menudo bosque que se aprecia hoy.



Un afortunado implemento de las carreteras del sur chileno son las contenciones de las curvas hechas íntegramente de madera, con troncos cortados longitudinalmente por la mitad y enfilados a lo largo de la curva, de modo que dejan de ser postes y se convierten en contenciones tan útiles como los de metal. Asimismo, las casetas de buses que en ciertas comunas son verdaderas cabañitas, confortables y térmicas en invierno.

La mayor parte de estos caminos son de terracería en buen estado, dadas las secas, que nuestros amigos emprenden con entusiasmo como si se tratara de autopistas, apenas si bajan la velocidad. El enorme río Petrohué desemboca en el Estuario de Reloncaví, donde tenemos la primera vista del mar del sur chileno que se fragmenta más adelante en millares de islas que le dan sustento a la geografía chilena del sur. En este punto, me informa Frank, la cordillera de la costa inicia su final hundimiento (la isla de Chiloé) para terminar bajo el mar más al sur.

El estero de Reloncaví es un brazo del mar de unos 400 kilómetros por 10 de ancho que penetra el continente y marca una frontera entre el Parque Nacional Alerce Andino con lo que llaman el Chiloé continental, el territorio frente a la enorme isla que vamos a recorrer en los siguientes días, estacionándonos en primera instancia en Cochamó, un alegre pueblito conocido por sus enormes cerros y paredes verticales de granito, que son usadas por centenares de jóvenes y familias para escalar cada verano. Hay decenas de camping en paralelo al río Cochamó, algunas mejor equipadas que otras, y con un poco de suerte hasta con baños. Pero no tuvimos esa suerte y nuestro camping contaba con unas letrinas insufribles, obligando a los paseantes a utilizar el bosque de letrina. Mala idea.

Antes de acampar a unos 15 kilómetros del pueblo, recorrimos Cochamó, una comuna de reciente creación (1979) pero de antigua prosapia, pues se sabe de asentamientos prehispánicos en esta región. De hecho, Cochamó proviene de la voz mapudungun Kocha-mo, que quiere decir, "donde se unen las aguas", debido a que el estuario de Reloncaví lo une al mar. Cuenta con la iglesia completamente fabricada en madera dedicada a María Inmaculada, con las típicas tejas horizontales para el exterior de la arquitectura local, idea que se replica en todos lados, en las casas antiguas, los comercios y todo está construido con ellas. Por supuesto comemos moras empolvadas en las calles de tierra y nos abastecimos para una “encerrona” de tres días metidos en el bosque.

El camping nos recibe con millones de abejas habitantes de un centenar de panales a escasos 50 metros de nuestras tiendas, en un claro rodeado de árboles de ulmo cuyas florecitas blancas son el alimento básico de las pacíficas pero ruidosas recolectoras. La miel resultante es especialmente deliciosa. A pesar de estar permanentemente rodeados de abejas, nunca tuvimos el menor inconveniente con ellas durante tres días. Tampoco con unos caballos que atravesaban la zona de campamento con familiar sosiego.

La zona de camping está situada en un enorme cañón de unos 500 metros de ancho, rodeado de montañas arboladas que desde nuestra ubicación parecen dos enormes y gigantescos brócolis de follaje trabado. Decenas de camping abarrotados de turistas en la ribera de un río cristalino en lo que se sustenta el principal atractivo. Y escalar, que de eso se trata. Sentado en la espesura de la noche disfrutamos de un espectáculo estelar fuera de toda proporción. Una noche conté tres satélites artificiales cruzando la bóveda celeste; las imponentes nubes de Magallanes, la luminosa Sirio.

Con la encomiable voluntad en nuestros amigos por transitar los caminos de tierra, a los que se avocan sin pensarlo, luego de tres días bajamos a lo largo del estuario de Reloncaví y pasamos por pueblitos como Llaguepe, Chaparano, Puelche, Mañihueico, con la montaña nevada Martín de paisaje, que domina de Cochamó a Puelo, ante la indiferencia del volcán Apagado, muerto como su nombre indica.

Río Puelo es un hermoso pueblecillo que homenajea tal vez al famoso Lago Puelo de Argentina, me comenta Frank, sus casas con techos de lámina galvanizada de dos aguas, y claro, tejas de madera que usan para las paredes exteriores de las casas. En la placita, frente a una agraciada y pequeña iglesia de madera con una sola torre frontal, tres cóndores de lámina en diferentes poses dominan la acera. Son los únicos cóndores visibles en nuestra estancia.

Vida y milagros

Yo era una adolecente. En las tardes ociosas me gustaba la sala en penumbra de mi casa porque ahí estaba el tocadiscos con su música, mi cómplice de toda la vida, y además a la sala casi no entraba nadie. Estaba en la edad en que nuestros padres y sus vidas nos importan un comino y son invisibles para nosotros. Estaba en la edad en que también nos gustaría ser invisibles para nuestros padres y sus ojos vigilantes. Ahí, un ocho de mayo en la tarde, estaba repantigada en el sillón cuando vi entrar a mi padre al comedor, como cada sábado, a darle cuerda a un reloj de pared que mi madre había heredado de su abuelo. El reloj tenía números romanos y un gran péndulo dorado encerrado en una caja de cristal. Mi padre no me vio, pero yo lo vi a él concentrado en abrir el vidrio redondo que protegía la carátula del reloj y darle cuerda con todo cuidado. Me dio ternura pero no le dije que ahí estaba agazapada en el sillón. Quería seguir rumiando mis tonterías y amoríos adolecentes sin que nadie me molestara; eso no me impidió sentir cariño y una seguridad extraña que emanaba de mi padre y su rutina de darle cuerda al reloj cada sábado en la tarde. Se alejó silbando...lo hacía cuando estaba contento y tranquilo. Ya entonces no silbaba mucho, pero ese día todos sus pollos estábamos en la casa, en especial las dos mujeres, que estábamos entregadas a la aventura de estudiar en México, tragadas por la capitalota, como él le decía al DF. Le daba miedo que anduviéramos por ahí, como chivos sin mecate, trajinando en camiones y aventones a la universidad, en especial Angeles, que sufría de epilepsia y había decidido valientemente aventar su enfermedad a la basura, salir del capelo protector de mis padres e irse hasta la UNAM a buscarse una vida. -"Hoy puedo dormir tranquilo, están todos aquí", dijo esa noche antes de meterse a su cama con un libro. Una hora después, a las once, mi madre salió alarmada del cuarto y llamó a un amigo que era doctor. Mi padre había sufrido un derrame cerebral. Nuestro mundo cambió en ese momento. A nuestro círculo familiar, tan cercano, cálido y frágilmente seguro, había llegado a tocar la muerte. Dos días después mi padre murió. Solo mi madre estaba con él en esa madrugada del once de mayo. Ingenuos como éramos entonces, creíamos que se salvaría. Cuando llegamos al hospital su cuerpo tibio parecía dormido. Le dimos las gracias sin saber si los muertos escuchan, sin saber a dónde van, ni si nos oyen o nos pueden ver acongojados. Hay quien dice que sí. Ese mismo día por la tarde lo enterramos. Mi hermano Carlos les tenía terror a los velorios que acaban en jolgorio y corrillos de personas contando chistes. Todo en el entierro de mi padre fue sencillo, como su vida misma. Nos dimos cuenta esa tarde de cuántas personas lo querían. Llegaron convocados por la esquela de "La voz de Puebla", periódico en el que mi padre escribía todos los días, sin cobrar un centavo, porque para él escribir su columna que llamó "Mundo Nuestro" era un gusto. Como en un sueño o una pesadilla todo pasó a la vez, lento y rápido. La fuerza de mi madre ante la adversidad hizo que la casa siguiera funcionando esa semana, como si la rutina pudiera engañarnos, como si la comida servida en punto de las dos , cuando él llegaba, pudiera hacerlo entrar de regreso de su trabajo silbando como siempre. Una mañana de esa semana adversa, entré al cuarto de mis padres mientras mi madre dormía aún. Vi el espacio de mi padre vacío en la cama, y la mano de ella depositada sobre ese hueco, como si así pudiera tocarlo o convocarlo. Nunca la vimos derramar una lágrima. Yo solo vi ese gesto, ese brazo tratando de llenar el espacio en que ya no estaba su marido. El sábado siguiente, después de la comida, me volví a refugiar en la sala en penumbra. El tocadiscos estaba apagado. Mis divagaciones adolecentes ya eran otras, ya eran las de una mujer y no las de una niña estúpida. Pensaba en los labios delgados de mi padre, en su forma sensual de fumar después de la comida, en su olor a lavanda, en su forma de tratar con su vieja cafetera italiana cada mañana, en su voz, sobre todo en su voz suave que nunca nos hirió...En la sala en silencio solo me acompañaba el ir y venir del péndulo del reloj acompasadamente, como el latido de un corazón. Seis vibrantes campanadas me anunciaron la hora...y luego de nuevo el constante latir del péndulo dorado siguieron acompañando mis atormentados pensamientos...no sé cuánto tiempo pasó...quizás media hora...y entonces el péndulo se detuvo. Me vino a la cabeza con una nostalgia que espantaba, la figura de mi padre de apenas una semana atrás, entrando en el comedor a darle cuerda al reloj, como cada semana. Como una puñalada recordé que no seguí mi impulso de levantarme a darle un beso a pesar de la ternura que sentí al mirarlo. Fue en ese momento, con el último viaje del péndulo dorado, que supe de verdad que mi padre había muerto y que no lo volvería a ver nunca.

Mundo Nuestro. Con esta crónica de su viaje al sur americano, abrimos en esta revista la participación del escritor, periodista, antropólogo, guionista, radiodifusor, artista plástico Leopoldo Noyola Rocha con su blog Mitos sin sustancia. Y nos felicitamos por ello. Viaje al sur: se publicará por partes. Aqui el tercer capítulo, Lago Rupanco.

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El lago Rupanco tiene 23 mil hectáreas de extensión y unos 350 metros de profundidad. Su forma es angosta y se alarga hasta los 42 kilómetros de este a oeste, al borde de la cordillera de Los Andes, serpenteando entre las cumbres de muchas montañas entre las que destacan los volcanes Puntiagudo y Casablanca. Y al fondo, magnánimo, el volcán Osorno (2,493 msnm).

Rupanco está al sur de Entrelagos, una preciosa y pequeña ciudad ubicada precisamente entre los lagos Puyehue y Rupanco, pero a la vera del primero, con un mercado que anuncia la venta de carnes de venado y jabalí de criaderos; pan con chicharrones y por supuesto Lays, la marca de papitas que son las Sabritas chilenas, también de la Pepsicola. Estamos a unos cuantos kilómetros de la frontera con Argentina, a la altura de Bariloche, desde donde llegan parvadas de loros choroi color verde mayate.

En Rupanco vemos por primera vez un segmento grande de bosque nativo, tras recorrer 8 kilómetros de terracería para llegar a la casa del pescador que nos dará asilo durante tres días, a donde llegamos luego de cruzar un puente de madera con pequeñas rosas pintadas como adorno. Este comentario puede parecer ocioso, pero no lo es, en esta región de Osorno el detalle es lo que marca la diferencia. Así, vemos en la carretera adornos muy finos y singulares en las cercas, las casas o las caballerizas; adornos colgando de los árboles, los buzones, sobre los senderos de un gusto muy refinado; los residentes de esta verde zona en la Región de los Lagos tienen a bien poner esos detalles para deleite propio y de los numerosos visitantes que arriban a acampar al lago. A mí me dejan contrito, porque hablan del arte del buen vivir, de la búsqueda de la calidad de vida en sonrientes detalles, cálidos y humanos, a veces cursis, abstractos incluso, con los que esta gente acompaña su vida.




Es inevitable no ponerse poético desde el barranco de unos diez metros sobre el lago Rupanco donde tenemos instalado nuestro campamento, junto a la casa del pescador. El espejo de agua replicando nubes con jirones azules del cielo; el reflejo del Sol como una cascada durante el día y de la Luna por la noche, que estalla en el agua y se prolonga hasta nuestros pies como una alfombra luminosa en una premier de estrellas verdaderas. La cordillera de los Andes amuralla el Este y aun cuando no está nevada prodiga majestuosidad. Gaviotas hambrientas, oportunistas tiuques (halconcillo) y ruidosos queltehues (como ibis), y la incesante actividad de una planta de salmón coho y salmón chirú (Chinook) que replican el proceso vital de los salmones en tecnificadas plantas lacustres y oceánicas en las que mueven a los peces, todo el día transportan cajas en lanchas de carga. No soy capaz de entender aún el daño ecológico de estas plantas, un pescador de Punta Arenas nos ilustraría más adelante de sus desastrosos resultados.



Malú y Cris se solazan comprando lana amarilla pintada con una planta llamada michai y otra morada pintada con moras, el arbusto omnipresente en el sur chileno, las moras, las zarzamoras, traídas por los alemanes a principios del siglo XX y hoy convertidas en una deliciosa plaga que encuentras por doquier, en las banquetas, en el campo, en todos lados, fructificadas en este época con generoso exhibicionismo y al alcance de quien quiera comerlas. Por supuesto yo me apunté, de sur a norte las zarzamoras fueron muy sabrosas, numerosas y al alcance de la mano.

También en esta zona tuvimos ocasión de entablar contacto con las abejas mieleras, no fue ni accidental ni espontáneo, pues la presencia de un hermoso árbol llamado ulmo, que llega a tener alturas respetables, aunque no gigantescas, pero que se distinguen por estas profusamente floreados con una flores blancas que son el festín de las abejas, son la causa de tanto panal. Sabía que la majestuosa araucaria era el símbolo de la flora chilena, pero el ulmo, por su persistencia y fogocidad, debería ser símbolo del sur chileno porque está en todas partes con toda su belleza y utilidad.

Luego de tres días junto al Rupanco, el generoso lago de playas empedradas y cristalinas, partimos en caravana hacia el sur que era el único dato real de nuestro destino aventurero. Pilmaiquén, anuncia un letrero. De nuevo grandes y pequeños detalles arquitectónicos y ornamentales en las casas del camino. Nuestro destino es Ensenada, una ciudad al borde de la parte norte del lago Llanquihue, un pequeño mar interior de 860 kilómetros cuadrados cuya profundidad no se conoce aún, que aparece de a poco, en juguetones retazos del camino donde ahora me veo y ahora no, pero que sin embargo circunnavegaremos a lo largo de varias horas en lo que se conoce como el “Circuito Lago Llanquihue”. El lago natural más grande de Sudamérica, dice una información turística. ¿Y el Titicaca?, me pregunté ipso facto.

Es posible advertir grandes predios de monocultivos, pinos de 40 metros de altura con apenas un metro de separación. Y eventuales predios de monocultivo cosechados: un escenario triste y masacroso. La carretera flanqueada por florecitas amarillas y blancas es recolectada por una familia que camina temerariamente sobre la carpeta asfaltada. Un cartel informativo anuncia: Norpatagonia. Y otros Nochaco, Río Coihueco, cumbre del volcán Osorno “a la izquierda”. Por fin llegamos a las inmediaciones del majestuoso volcán que hemos apreciado los últimos días, al tiempo que vemos el primer accidente en lo que llevamos de camino; hay heridos, es una volcadura.

Las estadísticas de Chile son menos favorables que su apariencia, la miseria no existe a la vista del viajero, sin embargo es visible un caserío de pobres en los pequeños ranchos del camino, casas sucias y desastradas, pero nada que ver con la miseria mexicana, no hay casuchas de cartón y lámina de propaganda electoral, aquí las viviendas tienen una buena condición, paredes sólidas, techos de lámina y terreno.

En Ensenada también hay una elegante zona de restaurantes con numerosos turistas alemanes, ancianos en su mayoría, apuntadísimos para ingresar al restaurante “Donde don Pancho”. Es sábado temprano y el territorio por ahora es de adultos, casi no hay jóvenes, excepto las decenas de mochileros que esperan pacientemente en sitios estratégicos para ser recogidos por los automovilistas. “Pacos” (que son los polis, los tamarindos de por acá) de una susceptibilidad extrema, casi nos infraccionan por preguntar la ubicación de una bencinería (gasolinera). De miedo, los famosos carabineros, supuestamente muy respetados, pero todo mundo les da la vuelta.

Los ulmos “nevados” junto a álamos y pinos se arremolinan exuberantes en los bosques nativos del Parque Nacional Vicente Pérez Rosales, entre el dominante basalto volcánico muy antiguo, junto a variedades autóctonas como olivillo, luma, meli, tiaca, canelo, avellano, saúco, mañío y muchas más. Sobre todo mucho colihue, una especie de bambú y raulí, una variedad muy gruesa de pino nativo. Luego atravesamos un bosque enano, joven, derivado de un incendio relativamente reciente que por lo visto arrasó.

- Mira, ahí está una araucaria –me indica el informado Frank.

- Por fin –le respondo antes de estornudar ruidosamente.

“Salud”, decimos en México, pero en lo que vimos los chilenos no usan esta cortesía, aunque te agradecen si la profieres. Cuando pude le pregunté a Cris al respecto, me dijo que sí la usan, pero en la práctica comprobamos que no. ¿Qué importancia tiene? Ninguna, pero igual lo apunté. Ahora vamos hacia Cochamó, en el estuario de Reloncaví.

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3 de mayo



La violencia extrema es tan cotidiana ya que las noticias hace tiempo que no son asimilables. Todo es ya un periódico de ayer.

Hoy es miércoles y ya hay nuevos asuntos que se llevan a la “opinión pública” con su tolvanera a otra parte.

Pero el dolor por la muerte está repegado a la piel de mucha gente en este arranque de mayo. Escribir una vez más de nuestro abismo, del que ya no vemos el cerco. Contar tres historias para que no sea tan profundo nuestro olvido.

29 de abril por la noche en una avenida de la ciudad de Puebla

En el abismo se cae cuando vas a buscar a contracorriente a tu hijo una noche cualquiera, para encontrarlo muerto en el piso de una micro.

La noche del sábado 29 de abril un joven profesionista es asesinado en un micro por una banda de asaltantes. Erik tiene 23 años, y trabaja en la radio por internet Puebla Prioridad; tiene muchos planes, y tal vez piensa en ellos cuando escucha las voces de mando de los rateros que han subido a la micro 7 de la ruta 27A que lo lleva a su casa. La crónica afirma que intenta defender a una joven madre agredida por uno de los hampones. Recibe tres disparos, el primero en la cien, otro en el cuello, y ya caído, el último para rematarlo, en el pecho. Tres disparos. No más sueños. La novia espera el mensaje en el celular. Sus padres aguardan en casa. Nadie llama. Cerca de la media noche se deciden a tomar el camino inverso al de su hijo. Pronto aparecen intermitentes, azules, rojas, amarillas, deslumbrantes, las luces de las patrullas junto a la unidad de transporte. No es una película. El corazón se les quiebra para siempre.

Entonces pienso que es insondable este abismo nuestro.

Madrugada del domingo 30 en San Pedro Acoquiaco

A la misma hora un barrio se incendia en Tehuacán: en la esquina de la 9 Norte y la 8 Oriente los vecinos se ha decidido a hacer justicia por su mano y atacan las viviendas de la banda conocida como los Acevedos. El asedio a sus casas empieza a media tarde del sábado. No es un estallido espontáneo, llevan tiempo los vecinos urdiendo de coraje e impotencia la venganza. Las denuncias, una y otra y otra, se van por la coladera por la que jueces y ministerios públicos echan las órdenes de aprensión. Pero el secuestro y la violación de una joven a media semana han prendido la mecha. Han circulado panfletos contra la impunidad, claras señas de que el hartazgo tocó fondo. El Grifo es un hombre descamisado en el calor tehuacanero, y un video tomado desde la azotea de los Acevedos, va de avanzada hasta el número 620 de la 9 Norte: no se sabe nada de él, sólo que es un vecino, pero ahí está para patear la reja de los burlones Acevedos, y a la vista de dos policías municipales. Pronto el barrio lo hace fuerte, tanto que a pedradas ataca la primera de las casas de la banda, cuyos hombres resisten parapetados en la azotea. Nada de celulares, nada de registro de rostros. Es la hora del linchamiento. Hay niños… no importa que haya niños; y viejos, no importa que haya viejos; y mujeres, la primera que se aparece será la primera madreada. Pero van por los cuatro Acevedos. la noche cae entre piedras y disparos al aire. La policía interviene, y alrededor de la media noche logra rescatar a doce niños –ocho de ellos menores de cinco años-- y a un anciano de 110 años. Los hombres Acevedos siguen atrincherados en una azotea, tiran balazos al aire, devuelven las piedras. La turba logra tomar la planta baja, que arde de inmediato, y quema seis o siete carros en el solar trasero, logra prender con una molotov a uno de los delincuentes, y lo remata a patadas en la calle, cuando la tea y los gritos caen de la azotea. Jorge Luis N, dirá una crónica que se llama. Es el infierno el que ha caído en ese barrio de San Pedro Acoquiaco, a cinco cuadras largas del centro de la ciudad. Cuatro Acevedos rescatados por los granaderos van a dar con quemaduras al hospital, ya bajo custodia pues las autoridades hacen valer finalmente las órdenes de aprensión. Sus mujeres anuncian que irán a la comisión de derechos humanos a reclamar la apatía de la fuerza pública a la hora de salvar a sus maridos, sus hermanos, sus hijos. Del bando linchador también se llevan a varios presos.

Hace rato ha amanecido el domingo 30, ya no vuelan más piedras, ya no hay cargas granaderas contra la turba, y las autoridades –así se llaman a sí mismas--, levantan el campo y arrojan sus declaraciones: “El trabajo coordinado de la fuerza pública mantiene la gobernabilidad en Tehuacán, por eso las cosas no pasaron a mayores.” Eso declara Jesús Morales Rodríguez, del clan incombustible de los Melquiades y Chuchos Morales Flores. Para la presidenta Ernestina este es tan solo uno más de sus innumerables problemas. Para la ciudad de Tehuacán la memoria ingrata de su propio abismo en una de sus tantas bandas que florecen en la impunidad. El mayor de los Acevedo no pasa de los 24 años. En esa madrugada de la masa enfurecida no han visto llegar su hora.

Entonces pienso que el estallido de la masa es el abismo absoluto.

Madrugada del martes 2 en la autopista México-Puebla

La noticia llega el diario español El País en internet. La desgracia nuestra alcanza primera plana internacional.

En la madrugada del lunes 1 a la altura de Moyotzingo, sobre la autopista México-Puebla, en las inmediaciones de la Petroquímica Independencia, una familia es asaltada por una banda. Una versión refiere que el padre de familia ha detenido su vehículo para orinar; otra simplemente afirma que los asaltantes le cierran el paso en dos camionetas –una nissan blanca, una pick up roja, y que son ocho, nada más sabremos de ellos-- y lo obligan a detenerse. Lo que sigue es un nuevo infierno: uno de los hampones dispara y mata a un niño de dos años de edad. Los demás violan a las mujeres. Al padre de familia simplemente lo obligan a ser testigo. Después huyen con la camioneta robada por un escape que ellos saben existe por un puente peatonal. A medio día ya están las declaraciones de los funcionarios: “La autopista es federal, le compete su vigilancia a la policía federal”, dice Carrancá, el también incombustible fiscal poblano. "Lo que se tiene que hacer en este tipo de casos es hacer investigación adecuada, poder llegar a los culpables (...) sí, es federal, lo investiga la Procuraduría –General de la República–, pero lo vamos a hacer en colaboración, eso es mucho más eficiente…", dice en la ciudad de México el procurador Raúl Cervantes Andrade. Y da a entender que esta violencia inaudita puede tener que ver con una venganza del crimen organizado, esa tablita en la que los políticos en México salvan esta violencia sin sentido.

Mientras, tal vez ayer martes, en Quecholac han enterrado a un niño de dos años.

El miércoles 3 por la tarde.

Nuestro abismo está ahí, infinito en la brevedad de la fosa de un niño de dos años muerto de un disparo una madrugada cualquiera.

A Senna, óleo sobre tela 70x 60., óleo del pintor poblano José María Gavito.



(El cuadro que ilustra la portada de este texto, Cabalgata en Silverstone. Óleo sobre tela 110 x 80, de José María Gavito, refiere el histórico aventón de Nigel Mansell a Ayrton Senna en el GP de Silverstone de 1991. Atrás, el profesor Alan Prost, cuando corría para Ferrari.)

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¿Ayrton Senna es realmente el mejor Piloto de todos los tiempos?

Siempre he sido un convencido de que en todas las actividades a las que se puede dedicar un ser humano, en especial en aquellas que son de competencia, no se puede, ni se podrá, definir al mejor de la historia en forma absoluta. Puede ser el mejor en un evento, en un momento, en una época, pero nunca de la historia entera de una actividad cualquiera.

Siempre intervendrán factores y variables distintas derivadas de los tiempos en que los hechos ocurren.

Cuando en 1984 un joven brasileño debutó en la F1 con un equipo nuevo de nombre Toleman, inmediatamente comenzó a sobresalir su manejo, en especial en el GP de Mónaco de ese año, cuando en condiciones de lluvia y arrancando en treceavo, alcanzó al líder de la carrera, que era Alan Prost, pero la Dirección de Carrera sacó la bandera roja en la vuelta 32 y suspendió la competencia una vuelta antes de que el brasileño rebasara al francés, por lo que terminó segundo. Ahí se vio que la F1 recibía a un piloto que haría historia en los años que vendrían.

En 1985 pasó a Lotus, en 1988 a McLaren y en 1994 a Williams, época en la que obtuvo tres Campeonatos, ganó 41 GP's y consiguió 65 Poles. Esa historía se puede leer y repasar en mil lugares, hasta en la película que se hizo en su memoria (Senna, documental, 2010), pero éste no es el tema de éste escrito.

Fui Seguidor de él desde que apareció en la F1, lo soy todavía, y lo recordaré siempre como uno de los más grandes de está categoría. Considerarlo el mejor de la historia es faltarle el respeto a grandes pilotos como Fangio, Clark, Stewart, Lauda, Prost y Schumacher, a quienes considero junto con Senna y desde mi muy personal punto de vista, los Fuera de Serie de la F1.


¿Entonces porque muchos aficionados y expertos de la F1 lo consideran el mejor de la historia? Pues porque su carrera tuvo muchos elementos adicionales a su enorme habilidad para conducir.

Yo distinguiría en especial y entre muchos, los siguientes:

1.- Su rivalidad con Alan Prost. Aquí sí, sin duda y sin discusión, en términos absolutos la más grande de todos los tiempos. Dos fuera de serie peleando en el mismo equipo, con el mejor y más poderoso auto de la época, no se ha repetido.

2.- Su personalidad. Mediático, carismático, polémico y de fuerte carácter. El único piloto que se ha enfrentado abiertamente a un presidente de la FIA, Jean Marie Balestre, a costa de terminar su exitosa carrera deportiva.

3.- Su muerte. Hoy hace 23 años, en el GP De San Marino, en el Circuito de Imola, en la curva Tamburello, con la rotura de la barra de la dirección de su Williams FW16, perdió el control de su bólido y fue a estrellarse contra el muro de cemento a 218 Km/hr. Se convirtió en leyenda y en un Mito.

Hasta ahí llegó la vida de un Grande, de un superdotado, de un gladiador incontenible, de un ganador irreductible, pero...

No el mejor de la historia de la F1, sólo uno de los mejores.

Escrito por un sennista que lo será por siempre.

Mundo Nuestro. Con esta crónica de su viaje al sur americano, abrimos en esta revista la participación del escritor, periodista, antropólogo, guionista, radiodifusor, artista plástico Leopoldo Noyola Rocha con su blog Mitos sin sustancia. Y nos felicitamos por ello. Viaje al sur: se publicará por partes. Aqui el segundo capíitulo, Lleulleu.




El lago Lleulleu es enorme y tiene la forma de un corredor humano sin cabeza, es decir, un tronco de donde salen dos brazos y dos piernas extendidas, cuyo espejo de agua se explaya por 4,300 hectáreas en las faldas de la cordillera de Nahulebuta. Nuestro campamento queda ubicado en el “hombro” derecho desde donde se nos permite ver un fragmento del “brazo” y la profunda extensión de su “pecho”. Esta forma la vi después en Google Earth, por el momento era imposible percibir nada excepto su grandeza. El Lleulleu se dice que es el poseedor de las aguas más vírgenes de Chile y presumiblemente el lago más limpio de América Latina. Y sí, pudimos constatarlo.

En el camping fuimos recibidos por su joven propietario Felipe Meñaco, hijo del activista mapuche Domingo Meñaco, que estuvo preso en el fragor de alguna de las numerosas luchas que este pueblo ha entablado con toda clase de invasores, desde los españoles del siglo XVI. A la luz y el calor de nuestra fogata Felipe nos platica que el camping es “territorio recuperado” por el pueblo mapuche y que es mantenido por su familia en trabajo Mingako, que es trabajo comunitario; eltequio de ellos. El enorme lago está circundado por caseríos cuyas lucecitas vemos a lo lejos, que a veces llegan a formar incipientes aldeas, la mayoría dedicadas a servicios turísticos.



En la noche tuvimos la primera prueba de la resistencia al frío de parte de nuestros amigos chilenos, pues mientras nosotros tiritábamos abrigados con nuestra chamarritas, ellos andaban con camisetas y shorts. Y algunos de los muchachos descalzos. Estuvimos tres apacibles días con sus noches en el Lleulleu, es difícil describir tanta quietud debajo de un enorme sauce llorón, al borde de un lago apacible que solo en las noches desataba cierta actividad de olas y el ruido de su hipnótico vaivén. Uno de esos días lo aprovechamos para ir a la ciudad de Tirúa a entrevistar, gracias a las gestiones de Cris, a su alcalde mapuche, el primer munícipe indígena de los 15 que hoy tiene la república presidencialista (llamada así porque no existen regiones o estados autónomos, sino que la presidencia designa gobernadores, llamados intendentes, que gobiernan y aplican los recursos de las 15 regiones que componen el país). En el camino tuvimos que pasar por Quidico, una bonita playa atiborrada de paseantes en donde las olas advertían de un mar muy picado, vacío de bañistas que permanecían reunidos en la arena. No sé en realidad si se trataba de arena, vimos la playa de lejos, porque nunca vi arena en mi contacto con el mar del sur chileno. Son playas y lagos de piedras, de piedritas, millones de piezas alisadas por la erosión del viento y el agua por las que en ocasiones es difícil caminar. Y claro, la tentación de recoger piedritas es enorme, de forma tal que caminar sobre ellas es un asunto sumamente dilatado. Cruzamos el puente del río Tirúa para entrar a la ciudad, una municipalidad costera con calles amplias medio vacías en un mediodía de viento frío y sol opaco.

El alcalde Adolfo Millabur Ñancuil, de unos 45 años, nos recibió en su despacho. Me interesaba conocer su versión sobre algunas inquietantes noticias que había leído sobre los pueblos mapuches en el Chile de hoy. En concreto, la aplicación de la ley antiterrorista casi exclusivamente para ellos y la situación de la Machi Francisca Linconao, autoridad mapuche, que fue acusada junto con 10 comuneros mapuche de un ataque incendiario que originó la muerte del matrimonio Luchsinger-Mackay en 2013, y que este año de 2017 se puso en huelga de hambre contra la acusación de terrorismo que a sus 81 años es evidentemente insostenible. El caso de la Machi Linconao volvió a poner en el banquillo a la Ley Antiterrorista creada por Pinochet para encarcelar opositores e inexplicablemente mantenida por la democracia, entre sus efectos perniciosos dobla las penas en casos de incendio, homicidio y secuestro; permite el uso de testigos protegidos y extiende los períodos de prisión preventiva.

La guía espiritual cumplió nueve meses en prisión preventiva en medio de un gran debate nacional, en enero fue trasladada al Hospital Intercultural de Nueva Imperial y entre muchas protestas publicó un video dirigido a la presidenta Bachelet en el que le expresaba estas palabras:

"Le exijo que venga a verme, yo tomé la huelga de hambre, estoy sufriendo y usted entenderá, como mujer y doctora. Usted tiene que apoyar a la mujer, soy inocente del caso Luchsinger-Mackay, injustamente llevo encarcelada nueve meses, usted tiene que hacer algo."

La presión de diversos organismos de derechos humanos y parlamentarios provocó que la Machi dejará atrás los nueve meses de encierro y los 14 días de huelga de hambre para un arresto domiciliario mientras se resuelve el caso.1

El alcalde Millabur, que es un político formado, me respondió con inusitada sinceridad todas mis preguntas. El conflicto mapuche no tiene similitud con el fenómeno étnico de nuestro país, donde los pueblos originarios han sido doblegados en prácticamente todos los casos; allá los mapuche siguen en pie de guerra, no se reconocen como chilenos “más que formalmente” y tienen claro que su lucha es por recuperar lo que alguna vez fue suyo y que les ha sido arrancado por los españoles, chilenos, alemanes, italianos y cuanto extranjero ambicioso ha pisado su territorio. Sobre nuestro campamento, nos platicó:

“Cuando yo era niño pasaron cosas muy terribles, desde que tomaban a la gente, la subían a un helicóptero y los metían en botes en el lago LLeulleu, los amarraban y los metían al lago para que dijeran quiénes eran los que estaban ahí dirigiendo y quiénes estaban contra de gobierno.”

La entrevista se publicará por ahí, seguramente el blog “de antropología mexicana” lo pondrá a tu disposición. De regreso al Lleulleu vimos en la carretera dos mensajes: “Territorio río Mapuche” en una madera y “No a la minera” en la pared exterior de una parada de bus, por cierto ampliamente utilizadas para esos efectos.

A los tres días, adiós Bío Bío, partimos de la Región de La Araucanía para sumergirnos más al sur, con vistas espectaculares como la que se aprecia del mar desde Marihuen. Comenzamos a circular por tramos más o menos largos de terracerías en buen estado, pues ha sido larga la sequía, atravesando hermosos e impresionantes ríos como el Imperial, de al menos 150 metros de ancho; polvosas serranías pobladas de tupidos arbustos y, de pronto, el océano Pacífico, como nos ocurrió antes de llegar a Hueñalihuen. Las paradas de los autobús (“buses”) en la carretera son pequeñas y graciosas cabañas de 4 X 2.5 metros cuadrados.

Nos detuvimos a comer en Carahue, un pueblo grande de viejas casas de madera que mezclan lo mejor de las culturas huilliche, la rama austral del pueblo mapuche, y española, revestidas de tejuela. Una farmacia del Dr. Simi en una céntrica esquina (sin consultorio, por cierto) y una amplia plaza central con un pequeño mercado de puestos de artesanías. Comimos en el “Restaurante Histórico”, así se llama, contra esquina de la plaza, merluza con papas a la francesa y una salsa de chile (aquí “ají”, por favor) muy cocinada y sabrosa.

Al salir de Carahue atravesamos sus barrios de madera. Llama mi atención una pequeña parabólica en una casa marca “Telmex” y una serie de anuncios pulcramente elaborados por alguna autoridad que hacían indicaciones en lenguaje inusual para ese mexicano extraviado: “No virar izquierda” o “Arriendo sitio”. Y en alguna pared, con ignorante autoridad: “No botar vasura”, la primera falta ortográfica de muchas que me habría de encontrar en el trayecto, pues percibí que en este renglón los chilenos no son muy fijados.

Pasamos por la histórica Nueva Imperial, donde se firmó el Pacto de Negrete (Paz de Quilín) en 1641. Y en Temuco, pueblo arbolado, volvimos a tener una muestra de la arquitectura maderosa en agraciadas casas con techos de dos aguas y multifamiliares del mismo material, muy distintos, diversos y bonitos, construidos para seres humanos y no para palomas, como los de acá.

En esta zona de carreteras principales se multiplicaron los viajeros “a dedo”, es decir, mochileros, como también les llaman. En Osorno nos despedimos del territorio mapuche para entrar a una suerte de Sajonia chilena. A esta región llegaron sucesivas migraciones de alemanes desde finales del siglo XIX con infinidad de implicaciones para la flora, la fauna y el paisaje circundante. Hoy es la zona ganadera con los mejores pastos de Chile y rápidamente reconocí el fino ganado “cara blanca” pastando en la llanura, que proporcionan las mejores carnes y los mejores quesos con su leche selecta.

- Debe haber buena leche aquí –le dije a Frank, que manejaba extasiado.

- ¿Leche?, aquí está toda la leche de Chile –respondió.

Íbamos veloces, la idea era llegar al lago Rupanco antes de que cayera la noche.


Las fotos, cortesía de Malú Méndez Lavielle.

Cita:

1 El Mostrador, por Catalina Barrios, 7 enero 2017

Mundo Nuestro. Con esta crónica de su viaje al sur americano, abrimos en esta revista la participación del escritor, periodista, antropólogo, guionista, radiodifusor, artista plástico Leopoldo Noyola Rocha con su blog Mitos sin sustancia. Y nos felicitamos por ello. Viaje al sur: se publicará por partes. Aqui el primer capítulo, Bio Bio.

Salimos de Santiago con destino al sur, en donde Chile se incendia para desazón de todos. La mañana sigue siendo gris como en días anteriores, aunque a la distancia se atisba la esquiva cordillera de los Andes. La cordillera nevada en el invierno debe ser majestuosa, pero en verano es solo un muro impresionante de cerros secos y pelones.



Los viñedos Gauciño en el sur de la ciudad capital nos dan una probada de lo que nos espera adelante; ubicuos cartelones de Cervezas Cristal (la Corona chilena) serán también en lo sucesivo una presencia inamovible del paisaje.

Los incendios de bosques en la región de Constitución han sido la noticia, aunque nuestra llegada marca la fecha de su declinación debido a los ingentes esfuerzos del gobierno y las autoridades locales, desde luego los heroicos bomberos, así como arrojos espontáneos de empresas y potentados entre los que se cuenta un avión llamado el “Súpertanque”, traído por una millonaria, que propició innumerables bromas entre los periodistas y la gente; lo cierto es que los incendios declinan y llegan a su fin cuando nosotros iniciamos nuestro viaje al sur.



Un balance del 2 de febrero cuantificó en 547 mil las hectáreas consumidas por el fuego, 3,782 damnificados, 11 fallecidos, 1,047 casas quemadas y 1,108 ciudadanos albergados.1 El desastre desató la emergencia en 72 comunas de las regiones de O’Higgins, Maule y Biobío, precisamente en nuestro itinerario, lo que no dejaba de ser inquietante. ¿Qué veríamos?, ¿qué oleríamos? Como sea, nada más lejano de nuestro ánimo que la calamidad o la melancolía.

Nuestro primer tramo contempla el tránsito Angostura-Rancagua hacia la ciudad de Concepción. Rápidamente obtuvimos una primera postal de la cordillera de los Andes nevada y la extrañeza de una infografía carretera diferente a la nuestra: “No botar basura”, pide un anuncio. Primera caseta: 700 pesos chilenos; segunda caseta: 3,600. ¡Ah, jijo! Los chilenos llaman “lucas” a los miles (tres lucas seiscientos), a los millones “palos”. Un dólar: 20 pesos mexicanos, 707 pesos chilenos, centavos más o menos. Ya nos vamos entendiendo, aunque es fácil hacerse bolas.

El primer tramo del camino es acompañado por un hermoso sol, pero no con el prometido calor de un ardiente verano que habíamos previsto. Uvas, frutales, maíz. Cruzamos el puente del primer gran río, el Chachapoal. Seco. Hermosos y frondosos sauces llorones, palmas, perales, álamos. No nos sorprenden ciudades y pueblos llamados San Fernando, Talca, Curicó, Tinguiririca, Chimbarongo, pero Peor es nada y Las siete tazas sí nos dejan pensando.

La famosa Vía 5 atraviesa Chile de norte a sur. Por la región del Maule el paisaje se regodea entre verdes oscuros y claros de los diferentes cultivos de riego perenne. Tierra de abundancia la de aquí. Ahí está Parral, la breve patria de Neruda. Los anuncios espectaculares hablan de Enoturismo (relativo a vinos) y el volcán El Mocho (también llamado Descabezado grande y chico, me dice el informado Frank) y otro monte picudo nos acompañan a lo largo de cientos de kilómetros, entre los que contamos numerosos puestos de “frutillas” recién cosechadas. Parecen fresas: son fresas. Unos zopilotes (llamados jotes) circundan unos restos y, uno de ellos, joven y retador, atraviesa la carretera a baja altura.

Pronto son evidentes las numerosas áreas con monocultivo de eucalipto que se distinguen fácilmente por su segmentación, los árboles separados a una misma y breve distancia uno del otro; los tamaños parejos por tener exactamente la misma edad, distribuidos en bloques rectangulares. Tristemente bonitos, pues son árboles sanos, frondosos y sanos, pero que han sustituido el bosque nativo para llenarle los bolsillos a alguien.¿Creando nuevos bosques? Un despistado podría creer que sí, pero un joven estudiante mochilero que viaja con nosotros de rait me explica que el bosque, que es un ecosistema (un ecosistema está formado por un conjunto de organismos vivos y el medio físico donde ellos se relacionan, una unidad compuesta de organismos interdependientes que comparten el mismo hábitat, aprecio después en Wiki), ahí ha desaparecido. Ya no hay nada sino un monocultivo que en unos años será arrasado por las máquinas para volver a sembrarlo y así, en un ciclo en el que no existen organismos asociados. El eucalipto crece muy alto, regular y derechito, enfatizando su utilidad como madera de uso, con poco follaje y troncos de entre 30 y 50 centímetros de diámetro y entre 20 y 30 metros de altura. Hay campos con diversas edades: recién plantados, de unos años, casi listos y en vías de ser cosechados a los 10 años de edad aproximadamente. El predio cosechado luce como un campo de batalla donde se ha producido una masacre. Un páramo de palos desolado y sombrío. Y, en algunos casos, ya se ha sembrado la siguiente generación.

¿Acaso me bajé a medir el grosor de los troncos? No, no fue necesario. Innumerables camiones “bolilleros” recorren el camino cargados de troncos con el señalamiento de su grosor. Nunca menor a 30 centímetros, muy pocos de 50 y alguno extraordinario mayor a eso.

Antes de llegar a Concepción, por Talcahuano, es posible advertir los primeros signos de los incendios que han convulsionado a los chilenos en este inicio de año. Olor a quemado.

El océano Pacífico aparece de improviso un poco antes de llegar a la histórica ciudad de Concepción, escenario de acontecimientos, terremotos y tsunamis memorables. Un enorme puerto industrial ubicado en la bahía del mismo nombre fundada en el siglo XVI por el mismísimo Pedro de Valdivia. Ahora es una metrópoli de al menos tres ciudades que se extiende hasta la península de Tumbes.

Tras unas diligencias en el centro de Concepción seguimos nuestro viaje al sur y antes de abandonar del todo la ciudad contengo la emoción al contemplar el enorme puente que cruza el histórico y majestuoso río Bío Bío, protagonista principal en la larga lucha de varios siglos entre españoles y mapuches. En la preparación del viaje estuve leyendo muchos materiales sobre Chile, entre ellos el libro fundamental de José Bengoa,2 que narra a detalle los pormenores de esa lucha que dura encarnizada hasta la llamada paz de Quilín en 1646. Por supuesto la lucha sigue hasta el día de hoy, pero aquel tratado sin duda impidió una carnicería mayor de los enconados ejércitos tras un siglo de lucha sin cuartel, que además es un acuerdo inédito entre el reino español y un pueblo originario, en el que los españoles aceptan no encomendar, ni esclavizar y ni siquiera utilizar la mano de obra indígena en sus asentamientos; no recibir tributo alguno de esos pueblos y darles libertad religiosa para creer en lo que deseasen, así como de movimiento entre sus tierras siempre que fuera hecho todo eso al sur del Bío Bío, que marcaba ahora la frontera de Nueva Extremadura, llamada posteriormente Reino de Chile. Su única obligación era ser súbditos del rey español.

El Bío Bío es un gran río que en este punto luce hermoso y de una anchura impresionante. No lo sabíamos, pero la aventura nos habría de llevar, semanas después, a las tierras en donde se origina este enorme caudal, el Alto Bío Bío que en ese momento no tenía manera ni de soñar en conocer.

Pasando por las afueras de la población de Lota fue posible advertir los primeros signos de pobreza chilena (al fin), que había buscado inútilmente desde nuestra salida de Santiago en los pueblos y en las entradas de ciudades, pero que no había podido ver. Como sea, nada comparado a nuestra miseria, aquí se trataba de casitas humildes y un poco destartaladas. Lota también es una exitosa playa llena de paseantes.

Viajamos por la carretera costera hacia Araujo acompañados por el mar. Pequeños lagos habitados de patos rodeados de verdor. Aquí el camino adquiere súbitamente una singular personalidad. Una arquitectura muy definida y de la cual tendré oportunidad de hablar más tarde y los atisbos de una lucha social que no aparece en las páginas de sociales. “No a las cuotas regionales del bacalao”, reza un letrero en una lancha que ahora es escenografía a la vera del camino.

La comuna Los Álamos, a los pies de un gran cerro, es una población de casas bonitas de madera que veremos a lo largo de nuestro recorrido por sur chileno. Por ahora vamos hacia Cañete, en territorio de la Araucanía. Pasamos por Antihuala, el primer poblado netamente mapuche que luce extrañamente vacío a las 7:30 de la tarde (aquí anochece pasadas las nueve), ni un alma en las calles ni frente a sus casas. Huillinco, otro pueblito del camino, nos ofrece de forma más compacta y armónica otra muestra de la arquitectura del sur.

La luz del atardecer ayuda a resaltar los contrastes del verde e incrementa la belleza de estos parajes. Un anuncio carretero nos informa que vamos ahora por la “Ruta originaria”. A las 8 de la noche, con muy buena luz del día todavía, llegamos al pueblo maderero de Cañete, donde advierto una “desarmaduría” (un deshuesadero), pasamos Reputo (no quise investigar sobre su gentilicio), luego Lanalhue, el primer lago de nuestro recorrido y, unos treinta minutos después, Frank anuncia la llegada a nuestro primer destino del viaje al sur: el lago Lleulleu.

1 Navarro Brain, Alejandro, Incendios: se agotó el “modelo” forestal neoliberal, El Ciudadano, 2 de febrero de 2017

2 Bengoa, José, Historia de los antiguos mapuches del sur, Catalonia, 2008, un regalo, por supuesto, de Cris.