Sociedad

Vida y milagros

Carlos Puig y Alejandro Hope han escrito y descrito muy bien el procedimiento mediante el cual un brazo de la DEA mete a una persona en una lista negra de la OFAC, Oficina para el Control de Activos Extranjeros, a supuestos "colaboradores" o "cómplices" de organizaciones criminales sin pasar por la mesa de un juez. Esas listas se hacen públicas sin haberle dado a los inculpados el beneficio de la presunción de inocencia ni la mínima oportunidad de defenderse antes de ser difamados, antes de que se les congelen sus bienes y antes de que se les arrastre como toros después de una lidia por el ruedo de los medios, la opinión pública y las crueles redes sociales.



Al otro día de la publicación de la lista, en las redes sociales ya corría un meme de Rafa Márquez vistiendo una camiseta a rayas de presidiario. Los tibios dueños del Atlas también lo desconocieron e hipócritamente salieron a decir que se fuera a defender y que cuando resolviera su caso tendría "abiertas las puertas" del club. Podrían tener el valor de dejarlo jugar mientras se defiende de algo de lo que ni siquiera ha sido acusado. Según Alejandro Hope y Puig, el procedimiento de sacarlo de la lista puede durar años, como duró años sacar a un Club de Futbol de Colombia al que finalmente declararon inocente y sacaron de la lista. Así de absurdo.

En Estados Unidos, si al final el "enlistado" Rafa Márquez se defiende en tribunales y es declarado inocente, podrá recuperar sus bienes y le pagarán los intereses que su dinero haya generado en ese tiempo. Allá también podría demandar por difamación y daño moral y patrimonial a quien él juzgue conveniente. Si prueba su inocencia por lo menos podrá tener derecho a una compensación monetaria y a una amplia disculpa pública por el daño, aunque nada le devolverá sus últimos años perdidos como jugador.

Aquí en México la difamación ha dejado de ser un delito y se pueden decir las peores cosas de quien sea sin que exista más pena que una multa, o ni siquiera eso. El proceso jurídico para demandar a quien calumnia es tan lento y complicado y la multa tan menor, que los difamados optan por tratar de superar el episodio con el bálsamo del olvido y el paso del tiempo. En México difamar y calumniar sin consecuencias es una conquista absurda y perversa, una distorsión del derecho a la libertad de expresión, una patente y un premio al libertinaje de decir lo que sea del otro sin ninguna consecuencias para el que calumnia.

En México Rafael Márquez no será compensado de ninguna manera legal ni moral si prueba su inocencia, pero mientras se le prueba culpable de algo de lo que ni siquiera ha sido acusado, podría seguir jugando. Esa oportunidad ya se la negó el Club Atlas y la postura de la FMF seguramente será igual.



En México es ILEGAL publicar una lista con presuntos sospechosos sin pasar por un juez. Es ILEGAL que en base a esa simple lista se proceda a incautarle sus bienes a una persona o empresa. Sin embargo, en base a los acuerdos internacionales que como país hemos firmado y que estamos obligados a cumplir, sin mediar una orden judicial la Secretaría de Hacienda tiene que congelar las cuentas a Rafa Marquez y de todos los mexicanos que aparezca en listas como las de la OFAC. En este caso nuestro país se ve obligado a hacer a un lado los procedimientos y el derecho a defenderse que la ley mexicana nos otorga basado en los dichos de la abusiva DEA y los absurdos procedimientos discrecionales de su maldita guerra de las drogas y de todas las malditas guerras y frentes que tienen abiertos por todo el mundo.

Existen dichos tratados y leyes internacionales, pero Rafael Márquez es inocente hasta que se le pruebe lo contrario. Rafael Márquez o el más humilde ciudadano de este país tienen derecho a la presunción de inocencia.

¿Por qué tantos mexicanos son tan poco solidarios, porqué muchos medios de comunicación, la Federación Mexicana de Futbol, el Club Atlas y todos los que han visto a Marquez jugar y ser un deportista serio, entregado, y exitoso, le niegan ahora de la manera más mezquina el beneficio de la duda y la presunción de inocencia que las leyes mexicanas nos otorgan a todos? De boca lo apoyan, de facto lo han echado a los leones. Toda una demolición sin haberle dado el derecho a probar su inocencia.

Vida y milagros

Carlos Puig y Alejandro Hope han escrito y descrito muy bien el procedimiento mediante el cual un brazo de la DEA mete a una persona en una lista negra de la OFAC, Oficina para el Control de Activos Extranjeros, a supuestos "colaboradores" o "cómplices" de organizaciones criminales sin pasar por la mesa de un juez. Esas listas se hacen públicas sin haberle dado a los inculpados el beneficio de la presunción de inocencia ni la mínima oportunidad de defenderse antes de ser difamados, antes de que se les congelen sus bienes y antes de que se les arrastre como toros después de una lidia por el ruedo de los medios, la opinión pública y las crueles redes sociales.



Al otro día de la publicación de la lista, en las redes sociales ya corría un meme de Rafa Márquez vistiendo una camiseta a rayas de presidiario. Los tibios dueños del Atlas también lo desconocieron e hipócritamente salieron a decir que se fuera a defender y que cuando resolviera su caso tendría "abiertas las puertas" del club. Podrían tener el valor de dejarlo jugar mientras se defiende de algo de lo que ni siquiera ha sido acusado. Según Alejandro Hope y Puig, el procedimiento de sacarlo de la lista puede durar años, como duró años sacar a un Club de Futbol de Colombia al que finalmente declararon inocente y sacaron de la lista. Así de absurdo.

En Estados Unidos, si al final el "enlistado" Rafa Márquez se defiende en tribunales y es declarado inocente, podrá recuperar sus bienes y le pagarán los intereses que su dinero haya generado en ese tiempo. Allá también podría demandar por difamación y daño moral y patrimonial a quien él juzgue conveniente. Si prueba su inocencia por lo menos podrá tener derecho a una compensación monetaria y a una amplia disculpa pública por el daño, aunque nada le devolverá sus últimos años perdidos como jugador.

Aquí en México la difamación ha dejado de ser un delito y se pueden decir las peores cosas de quien sea sin que exista más pena que una multa, o ni siquiera eso. El proceso jurídico para demandar a quien calumnia es tan lento y complicado y la multa tan menor, que los difamados optan por tratar de superar el episodio con el bálsamo del olvido y el paso del tiempo. En México difamar y calumniar sin consecuencias es una conquista absurda y perversa, una distorsión del derecho a la libertad de expresión, una patente y un premio al libertinaje de decir lo que sea del otro sin ninguna consecuencias para el que calumnia.

En México Rafael Márquez no será compensado de ninguna manera legal ni moral si prueba su inocencia, pero mientras se le prueba culpable de algo de lo que ni siquiera ha sido acusado, podría seguir jugando. Esa oportunidad ya se la negó el Club Atlas y la postura de la FMF seguramente será igual.



En México es ILEGAL publicar una lista con presuntos sospechosos sin pasar por un juez. Es ILEGAL que en base a esa simple lista se proceda a incautarle sus bienes a una persona o empresa. Sin embargo, en base a los acuerdos internacionales que como país hemos firmado y que estamos obligados a cumplir, sin mediar una orden judicial la Secretaría de Hacienda tiene que congelar las cuentas a Rafa Marquez y de todos los mexicanos que aparezca en listas como las de la OFAC. En este caso nuestro país se ve obligado a hacer a un lado los procedimientos y el derecho a defenderse que la ley mexicana nos otorga basado en los dichos de la abusiva DEA y los absurdos procedimientos discrecionales de su maldita guerra de las drogas y de todas las malditas guerras y frentes que tienen abiertos por todo el mundo.

Existen dichos tratados y leyes internacionales, pero Rafael Márquez es inocente hasta que se le pruebe lo contrario. Rafael Márquez o el más humilde ciudadano de este país tienen derecho a la presunción de inocencia.

¿Por qué tantos mexicanos son tan poco solidarios, porqué muchos medios de comunicación, la Federación Mexicana de Futbol, el Club Atlas y todos los que han visto a Marquez jugar y ser un deportista serio, entregado, y exitoso, le niegan ahora de la manera más mezquina el beneficio de la duda y la presunción de inocencia que las leyes mexicanas nos otorgan a todos? De boca lo apoyan, de facto lo han echado a los leones. Toda una demolición sin haberle dado el derecho a probar su inocencia.

En memoria de Miguel Díaz

La vida de la gente cuelga de la memoria como la ropa en el tendedero.

Así la vida de un barrio del que cuelga la historia de una ciudad de extremos. Una ciudad a la que no sabemos mirar desde los barrios. Una ciudad que por política y por origen, excluye los barrios, como si no fueran ellos los que la sostuvieran. Una ciudad a la que se le caen sus techos.



San Antonio, El Refugio, Santa Anita, a diez cuadras del zócalo. Y desde hace cuatrocientos años.

Caminar el barrio. Reconocer nombres viejos, como la taquería “El Pipirín”, las motos Lerín, los mariscos de Maguito. Y plantarse en el atrio del templo de San Antonio, con su Santa Bárbara, la primera patrona del barrio, en relieve de piedra y custodiada por los frailes Antonios en talavera, envueltos los tres en el ladrillo rojo.

El rojo es el color del barrio. Escondido entre la piedra de los paredones de las vecindades. Colgado en los listones para los pedimentos al santo.

Rojo, barrio rojo. Mirarlo desde un libro, desde la investigación académica, desde los interrogantes que trae un grupo de arquitectos. Barrio Rojo San Antonio. ¿Será posible conocer el barrio desde la mirada de una investigación académica? ¿Será este esfuerzo indicador de una política sistemática de investigación social de nuestra universidad pública hacia los barrios? ¿O es una golondrina viajera que por un rato buscó la sombra en los cedros del parque, y que se irá para pensar en los cometas?



+++++

Encuentro para empezar en google earth el barrio que estamos perdiendo. La foto aérea me acerca a las techumbres derruídas. Son, a vuelo de pájaro, 30, 40.


Son dos vistas que saco rápido, las dos alrededor de la 5 de Mayo. Y puedo ver la fachada de una de ellas:


¿Testimonio de un barrio que ya hemos perdido? ¿Sabe alguien cuántas viviendas han dejado de serlo en los últimos veinte años? ¿Cuántas vecindades sin techo? ¿Cuántas familias han emigrado a las colonias del sur desde el terremoto de 1985? ¿Desde 1989?

¿Y qué responder a la pregunta de por qué el Estado poblano no ha invertido en vivienda popular para recuperar la vocación habitacional del centro histórico de Puebla?

¿Cuál es la lógica de las decisiones estratégicas que se toman sin consenso los gobernantes de turno? Bartlett con Angelópolis y San Francisco, Moreno Valle con teleféricos y ruedas y parques turísticos en la pirámide de Cholula…

Miro los 400 años de este barrio a diez cuadras del zócalo. Miro los techos derrumbados de las viejas casonas. Miro la ciudad que se come a los pueblos campesinos en su desbordamiento.A los gobiernos que hemos tenido no les interesa otro desarrollo que no sea el fundado en el capitalismo salvaje que respaldan. Pero el Estado sí que está obligado. Y la institución que mejor lo representa es la universidad pública, ella es nuestra más importante inversión pública,la BUAP, con sus institutos y sus científicos sociales, con sus arquitectos y sus urbanistas. Veo este libro. Y pienso que es posible construir con ella un mejor destino.

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Para comprenderlo vengo a caminar un rato en el barrio de San Antonio. Reconocerlo con el sol de mediodía de un jueves de abril; encontrar los trazos a un pasado vivo en la memoria de su gente. Entablar una conversación con Agustín Lara, adosado como está a la pared en la que lo pintaron en la calleja frente al templo de San Antonio.

Ahí está junto a Tin Tan. A los dos los pintó el Silver, un joven de 27 años que estudia artes plásticas y que me detalla la técnica de puntilleo --con las yemas de los dedos-- con las que plasmó en la pared trasera de los baños Neptuno el rostro del Flaco de Oro, la gracia pura del cómico arrabalero. La pared da, larga como es, al jardín de San Antonio, y muestra la plenitud del arte callejero que florece en una ciudad decidida a encontrar los colores propios de su historia oculta.

“Hay en la taberna un piano viejo que refleja en el espejo su sonrisa de marfil, y en la risa lleva una tonada que me parece arrancada de Paris…”

Casi puedo verlo en el relato de un viejo ferrocarrilero, el viejo Treviño, líder vallejista en Puebla, muerto ya hace años, al que veo arrebolado en 1928 poniéndole una cuña al piano en el que tocaba ese chamaco desconocido entonces sus canciones de putas y arrabal. Leyenda del barrio rojo: aquí, por rompecorazones, le marca la cara una mujer dolida en la taberna La Gata.

No sé si así fue, pero así lo recuerda Sílver, quien lo ha pintado ya maduro, para que lo imaginemos de bigotito y señorón, paseando por el parque de San Antonio, muy lejos del barullo cotidiano del barrio rojo en los años cincuenta, antes de que las autoridades se llevaran la zona de tolerancia a la 90.

No sé si fue así, y tal vez le importe poco al grupo de estudiantes de enfermería que practica los pasos del próximo desfile del 5 de Mayo frente a las dos leyendas. Ahí junto está la escuela de enfermería “Montserrat” que, al menos en asuntos formales, cumple con los requisitos de la SEP y los oficios de la educación física. Ahora a los estudiantes, en parejas, lo que les importa es el sol que los diluye contra el pavimento en sus uniformes blanquísimos, y la necedad del profesor descontento por su falta de entusiasmo, y el interrogante por su futuro en el sinuoso camino hacia un empleo… en un hospital, con un salario digno.

El barrio como leyenda, el barrio como mito de lo prohibido, pienso mientras los veo ir y venir por la explanada del parque de San Antonio. El territorio al que la ciudad no puede entrar. No en la noche. No si eres policía. No si eres un roto al que aquí nada se le ha perdido. Ese es el mito.

Ahora camino el barrio a las dos de la tarde. El barrio bravo, con el sol a plomo, furioso, que lo deja a esta hora en la soledad, rota tan sólo por el peregrino civismo de los maestros de enfermería.

En el paredón de la cancha futbolera dos muchachos aporrean un balón y entretienen a dos chamacas que no se salen de la sombra. Hace rato que salieron de la escuela. ¿Qué barrio han conocido? ¿Todavía van en familia los viernes al baño semanal en el Neptuno?¿Más duros que sus padres, Los Pitufos de los años ochenta, ahí en la 22, en el barrio de El Refugio, que se convirtieron después sobre todo en golpeadores pagados por uno y otro grupo de políticos universitarios?

¿Son ellos parte de la leyenda? ¿O son menos cabrones?, ¿menos capaces para sobrevivir en el barrio bravo?, ¿y más audaces para salir pronto de él, para buscar el lotecito a orillas de Valsequillo?

No lo sé. Cuánto ignoro de este barrio viejo. Cuánto ignoro de sus hijos. Poblanos de una ciudad desconocida.

En la 5 de Mayo observo la fachada señorial de la escuela Gustavo P. Mahr, inaugurada en 1908 y así apodada en memoria de un alemán que llegó a México con el ejército francés y que aquí se quedó para fundar la normal estatal de la mano de Juan Crisóstomo Bonilla; ahí está la escuela, y carga como si nada más de cien años de bullicio infantil.

Por el capítulo “Educación, infancia y juegos” del libro voy más lejos. Los investigadores acudieron al Archivo Histórico de la ciudad de Puebla. Veo en 1829 a José María Bermúdez en la calle de las Recogidas Viejas: es un profesor que ha aprendido el sistema de moda en Inglaterra fundado por el cuáquero Joseph Lancaster. Desde entonces nos vienen las revolturas en asuntos académicos, ¿dónde están hoy esos cuáqueros con alzacuello del padre Ripalda? Pero Bermúdez ya tenía 310 niños inscritos para un examen público, y 90 de ellos lo sustentaron para probar sus conocimientos en Existencia de Dios, Catecismo de Ripalda, modo de asistir a misa, urbanidad, moral, catecismo político, ortología, caligrafía, ortografía, aritmética, geometría. Y en 1838 la hija de veinte años del profesor Bermúdez, Josefa, abre la escuela para niñas que por nombre lleva “Amiga Lancasteriana del barrio de San Antonio”, en el número 17 de la calle de Gallos Viejos (hoy 14 Poniente). Es gratuita, la sostiene el Ayuntamiento, y ya en 1844 cuenta con 150 alumnas de entre siete y once años de edad que estudian todo lo que los niños más costura y labores de adorno, es decir “calado de papel, tejido de pelo, deshilado y otras curiosidades.”

No eran tiempos buenos para la nación que se construía. En 1847, por la invasión norteamericana, cerraron por varios años las escuelas. Años de guerra los cincuenta de la Reforma y del levantamiento de los conservadores al mando de Haro y Tamariz con el sitio de 1856 por el presidente Comonfort, años de guerra los sesenta del Imperio fugaz del liberal Maximiliano.

Revoltura académica. Revoltura política. ¿Qué fue de esos niños y la ortología, una palabra que desapareció del imaginario de la enseñanza gramatical?, me digo, ¿qué hicieron esos niñas de las guerras civiles sin la férrea postura de la señorita Bermúdez obsesionada por la correcta pronunciación castellana? Pegado a un ventanal de la Gustavo P. Mahr, atiendo a la disciplina impuesta por el profesor Bermúdez a los pequeños del barrio entonces, preocupado por la fonética del castellano en un territorio de pueblos mexicanos, de barrios indígenas metidos en la traza española: México con X, México con J, niños, no es lo mismo, aunque igual se pronuncien.

Puebla, blanco, bravo, barrio. ¿Qué país pronunciaban esos niños de los profesores Bermúdez? Un país siempre partido en dos, blanco y bronce, de españoles y criollos pudientes y de indios y negros pobres.

Exclusión. La palabra acompaña mi caminata. Es una palabra difícil. Tal vez la que mejor explica a esta ciudad si la vemos crecer ahora, desmedida en clústers y rascacielos en Lomas de Angelópolis que le da la espalda a los pobres al otro lado del río. Ciudad de extremos, persisten en ella los ríos fronteras, las reservas de tierra y de mano de obra.

San Antonio, así se mantuvo por trescientos años, cuando el caserío al otro lado del río finalmente logró el apelativo de barrio: Xanenetla, por ejemplo. Exclusión, me digo: allá llévate la cárcel (San Juan de Dios), allá que esperen las putas a los señores, allá que se abran las cantinas, allá que se maten los borrachos. Lejos del centro, a diez cuadras marcadas en el siglo XVI.

Camino por la 24 Poniente, por los callejones que llegan a ella, y aquí y allá, las vecindades, las accesorias, las cortinas que ocultan el cuarto oscuro. La luz quema. La mirada no sabe ver.

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Miguel defiende el barrio, lo busca, lo construye.

“Ser barrio, ser banda, entender el barrio siendo banda -- me dice--. Defender lo tuyo. Ser la fuerza de lo que la gente sabe que está ahí y que no quiere mirar.”

Banda urbana, así llaman a lo que ya es una exitosa agrupación del barrio, con su local en un extremo del jardín de San Antonio, en la esquina de la 28 Poniente con la 3 Norte, enfrente del Edificio Rojo, una de las vecindades más reconocidas y que sobreviven en este territorio de familias extendidas y concentradas en innumerables cuartos y patios. Lo que queda de las vecindades.

“La banda llegó a ser más fuerte que la familia”, le ha dicho Miguel a una entrevistadora en el libro.

Miguel nació y vivió en la Terraza, una casona con 50 viviendas en la esquina de 5 de Mayo y el boulevard del río. Una de tantas vecindades que desaparecieron con el lento empuje de la modernidad. Hoy hay un centro comercial. Hace treinta años vivían en ella 500 personas.

“Ya era mucho desmadre ahí adentro--me dice Miguel--, asesinatos, violaciones, drogas. Esa era la realidad. Yo era parte de ese desmadre. Un día le dije a mi papá, Jefe, mejor vámonos, no les vaya a pasar a mis hermanas algo… No, me dijo, no, a ver, cabrón, cuando se hunde un barco el último que lo abandona es el capitán y los primeros que saltan son las ratas… El barrio tiene que cambiar. Eso me caló, Sergio, me dolió.”

El barrio tiene que cambiar, desde adentro, con la banda como una familia, me dice. Lo veo ahora construyendo la suya.

Un local construido por el Ayuntamiento a fuerza de demandarlo Banda Urbana: un salón con dos computadoras y anaqueles para la biblioteca. Pósters y dibujos infantiles en las paredes. Tres hombres comparten cemitas y ver pasar la tarde. Reconocen a Miguel y por él saludan como viejo amigo al extraño.

Miguel tiene 44 años. Hace veinte escuchaba a su papá hablar del barrio, defenderlo. Por aquél herrero vine por primera vez a San Antonio, desde su taller transmitimos el noticiero Revista 105 en la radio.

Es viernes, y Banda Urbana trae el ajetreo organizador para mañana sábado, día de torneo futbolero en la cancha de fut 7, y de visita de la comunidad del Instituto Oriente, con su donación de libros para la biblioteca. Tres triciclos bicicletos convertidos en repartidores de libros, conocidos como las tamaleras, recorrerán las calles perseguidas por los niños. Banda Urbana, una organización civil del barrio. No la inventan los investigadores, no la imagino yo. Sí la ubican los funcionarios municipales.





“Para muchos somos los invisibles --sigue Miguel, de oficio herrero, pero sobre todo organizador social hecho por sí mismo--. Pero ser barrio es la fuerza, barrio es la vida misma, que transcurre y pasa sin sentirlo, como los amigos que ya no están y que se fueron por ser barrio. Es la fuerza, es la naturaleza, la que te da, la que te viste, la que te cobija. La gente sabe que estamos aquí, que existimos, pero no quiere vernos, no le conviene vernos. Sólo nos usan y nos utilizan. Pero nosotros salimos, gritamos, sentimos, y por qué no decirlo, progresamos. Para mí ese sentimiento es ser barrio.”

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Barrio rojo, San Antonio. El libro pasa de mano en mano de los niños que acompañan a Miguel en el atardecer del viernes. “Aquí estás, Gordo”, le gritan a uno cuando lo reconocen en una foto en la que un grupo pinta un mural junto a Agustín Lara. La silueta del Corcovado en un extremo recuerda que lo pintó con los niños un artista uruguayo brasileño que vino al barrio “en busca de una experiencia artística con los pobres”. Un artista enojado con los investigadores de la BUAP que lo invitaron pues decía que lo habían engañado, que en San Antonio no había pobres.

¿Qué es la pobreza?, se pregunta Miguel.

¿Qué son las palabras?, me pregunto yo. ¿Y cuál es su alcance?

Este libro empieza entonces, como motivación primera de su investigación, por el recuento de las palabras. El caló del barrio. Qué dicen, y cómo, de sí mismos los pobladores del barrio. Es su primer gran acierto. Porque en el caló del barrio está la conciencia de su exclusión. No me entiendes, no eres del barrio. ¿Ñero? ¿Cuándo hemos ido a robar juntos?

Así que las palabras se asoman: barrio, pobreza, exclusión. ¿De qué dan cuenta?

De entrada, y si se quiere entender el barrio, desinformación. Cuánto ignora la ciudad de sí misma. ¿Será posible entender que la historia va mucho más allá de la mera exposición de fachadas de templos y talaveras?

Justo lo que enfrenta este libro elaborado por un grupo de investigadores encabezado por arquitectos que afrontaron el reto de contar la historia de un barrio. La comprensión de su paisaje en los planos heredados, el primero, de 1698; la fuerza expresiva del arte religioso metido en la entraña de su identidad cultural, igual en la fiesta en la fiesta patronal que en el festejo profano. La historia que identifica acontecimientos fundacionales y quiebres catastróficos: el río con su fuerza hidráulica que lo marca como límite primero del trabajo colonia en porquerizas y caleras del siglo XVI contra el río que se destruye como albañal oculto en nuestros años sesenta; el barrio español-indígena que se construye en ese primer siglo del mestizaje rotundo y el barrio que se excluye y al que se relega como centro de presidiarios y putas: la cárcel de San Juan de Dios y los cuarenta y cuatro años (1913-1957) de los cabarets y las accesorias de putas.

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Barrio Rojo San Antonio es un libro construido colectivamente. Un equipo de jóvenes arquitectos aliado a investigadores del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP. Un esfuerzo de investigación que encontró en el barrio viejo de San Antonio una comunidad organizada que le abrió la puerta. No es un asunto cualquiera: son dos mundos distantes, el de la vida universitaria y sus propósitos académicos y el de la vida real de la sobrevivencia en el territorio agreste de la pobreza y la desigualdad social.

Es un libro impreso cuya lectura también hay que construir.

A través de internet, con el uso de las herramientas digitales, con la práctica que día a día se extiende en el uso de los teléfonos celulares como pantalla de exposición e intercambio de conocimientos.

Es un libro que apunta a la necesidad de vincular con mayor fuerza y creatividad a la universidad --en este caso la pública-- con la sociedad.

Ahí están las imágenes del sábado 25 de abril. Una jornada en el parque de San Antonio organizada por Banda Urbana, un grupo organizado de la sociedad civil. La prueba de que a pesar de todo en México se construye día a día un mejor país.

Vida y milagros

Había olvidado esta historia y ayer la recordé al escuchar el nombre de Nerón. Me la contó hace muchos años un primo mío que fue testigo y beneficiario de los hechos. Mi primo fue compañero en la preparatoria de un muchacho llamado Jaime, que a los 17 años ya era un experto visitador de la zona de tolerancia de la ciudad de Puebla en los años sesentas, conocida entonces como "la Noventa", pues ese era el número de la calle sobre la que empezaba la conocida zona roja de entonces. La sola invocación de la 90 Poniente sonaba a clandestinidad, borracheras, placeres prohibidos, sordidez y hasta crímenes pasionales . Ya en primero de preparatoria Jaime entraba en ella como si fuera la sala de su casa, acompañado por un grupo de amigos a los que les decían "los españoles", hijos de migrantes, algunos de ellos muy persinados y muy mochos. Con los años varios de ellos llegarían a ser grandes iniciados y promotores del catolicismo y las supuestas buenas costumbres, aunque en esos tiempos, locos de juventud y hormonas, en ese lugar olvidaban sus creencias y posponían sus arrepentimientos para horas más cómodas y luminosas del día. Al caer la noche, todo cambiaba, todo se podía y toda inhibición era arrojada al cesto de la basura.



En esa época Jaime ya era muy guapo y agrandado. Empezó a fumar muy joven para hacerse el interesante y luego acabó fumando compulsivamente con un placer hondo y sensual que con el paso del tiempo se lo llevaría a la tumba. Pero eso es parte de otra historia; los recuerdos son así, nos asaltan en desorden y cuando a ellos les parece oportuno aparecer.

En la escuela jesuita a la que Jaime asistía, la materia más difícil de aprobar eran las matemáticas. Un profesor de 40 años que aún vivía con su madre, que no era gay aunque lo parecía debido a su figura regordeta y sus boca pequeña, carnosa y afeminada, había fundado un taller de estudios de matemáticas que funcionaba por las tardes. A él asistían todos las rémoras que tenían dificultades para hacer las tareas escolares o que de plano tenían la mente en otras cosas más importantes, tales como la aventura de gozar de su juventud y pensar en las mujeres. Ir al estudio era garantizar de alguna manera la mínima calificación que evitaba reprobar el año escolar. A dicho profesor le decían Nerón, debido a que su físico se parecía al del famoso emperador romano. Mi primo iba al estudio obligado por sus papás, tercos en que aprobara matemáticas y pudiera seguir en la prepa. El estudio era la única esperanza de mis tíos para lograr dominar la total dispersión intelectual de su hijo, fantasioso y volátil como pocos. En alguna tarde de retozo de sus pupilos, algo habrá oído Nerón sobre las andanzas de los españoles por la Noventa, en especial de la fama y la facilidad con que Jaime trataba con las mujeres de la zona y las deferencias que recibía de parte de algunas de ellas, que ni siquiera le cobraban. Nerón y Jaime se agarraron confianza y pronto éste quedó al tanto de que Nerón aún no conocía mujeres en el sentido bíblico de la palabra: el pobre era virgen. Solícitamente Jaime contactó a una acomedida dama de la zona de mediana edad y profunda experiencia para remediar problemas de primerizos, como era el triste caso del profesor. Allá fue llevado Nerón con su iniciadora, muy recomendado por su alumno y ahora maestro y padrino en asuntos de sexo. Perdió la cabeza, fue feliz y no pensaba en otra cosa que en volver a los brazos de su mentora. Se fundió en las cálidas y sofocantes tardes del estudio con el pensamiento dominante de sus pupilos: los placeres del amor. Olvidó por un buen rato el papel de magnífico hijo que había desempeñado ya por demasiados años.



El contubernio entre Nerón y el grupo de españoles se volvió total. Los fines de semana inventaban que Nerón los llevaría a ver zarzuelas o teatro formativo a la ciudad de México. Nada más falso: se iban de putas sin tener que justificarse , pues Don Mariano, como era conocido el profesor entre las madres de los adolescentes, gozaba de la absoluta confianza de la comunidad de padres de familia y de una excelente fama en especial por su amoroso y solícito trato con su madre viuda. ¡La coartada ideal! Ni Nerón ni sus pupilos gozaron de año más felíz ni perdieron el tiempo tan bellamente como en ese tiempo. Los padres prestaban gustosos a sus hijos los coches para ir y venir a México. Dicen que una vez un padre y un hijo coincidieron cara a cara en la Noventa y que desde entonces el padre fue el más esmerado mecenas de los supuestos viajes culturales de los muchachos y Don Mariano.

Pero todo se acaba. Ese año fue el último en el que Jaime asistió a la escuela. Su padre, que entonces tenía ya 67 años, decidió sacarlo de la preparatoria para llevárselo a trabajar con él. Sentía que el tiempo y la vida no le durarían mucho y que tenía que educar a Jaime en las realidades de las matemáticas duras del peso sobre peso y no en álgebras y geometrías inaplicables en el mostrador de su papelería. Él a la edad de su hijo hacía mucho que había dejado de pensar en estudios y tonterías. La escuela de la vida y el trabajo duro era todo lo que le podía ofrecer a ese único hijo adolecente que lo observaba con su mirada dura e impenetrable. Dejarlo en la preparatoria era un lujo que en ese momento no podía permitirse. Su decisión fue inapelable.

El último día del último año en que Jaime fue a la prepa, él y Nerón inventaron un último viaje a la zarzuela. Se pasaron el fin de semana completo en la Noventa, Jaime en brazos de una prostituta joven de la que se había enamorado y que por primera vez le cobró para poder dedicarle todas las horas de esas últimas horas agónicas del estudiante que nunca más sería. Nerón los pasó en brazos de su experimentada matrona que por primera vez no le cobró, pues le había tomado un cariño especial a ese tardío discípulo , inagotable y tierno.

Nadie ha sabido darme razón de cómo fue después la vida del profesor, ni tampoco si él y Jaime conservaron algún tipo de amistad. Lo dudo. Cuando la vida separa suele hacerlo para siempre.

Día con día

I



Dice muy bien Luis Rubio en su artículo de ayer (http://bit.ly/2vOu31X) que son las pequeñas cosas y no las grandes reformas las que moldean la opinión que los ciudadanos se hacen de sus gobiernos.

Luis Rubio se refiere a las pequeñas terribles cosas que les suceden, individualmente, a millones de personas cada día.

Por ejemplo, dice Luis, el infierno del transporte público de Ciudad de México que toma dos y hasta tres horas diarias del tiempo de quienes van de su casa al trabajo y de regreso. O la terrible experiencia del enfermo al que le dan turno para su consulta en un hospital público para dentro de un mes.

En mi columna del viernes pasado, cedí la voz a un padre de familia de Zapopan que refería sus dificultades para inscribir a su hijo en una escuela pública primaria.



Hace tres semanas, mi refrigerador dejó de hacer cubitos de hielo. Vinieron a arreglarlo unos pillos especializados que lo acabaron de descomponer. Luego de la compostura, el aparato, que solo había dejado de hacer cubitos de hielo, dejó simplemente de enfriar.

Una diligente sobrina que cree en las instituciones fue a poner su queja a la Procuraduría Federal del Consumidor. La atendieron más que amablemente, pero le dieron como fecha para una junta de conciliación con los pillos ¡el 14 de octubre!

Todos los días millones de mexicanos se topan con alguna forma ofensiva de gobierno ineficaz y malos servicios públicos. Cuando no, con golpes irreversibles a sus personas o a su patrimonio por la inseguridad.

Me divierte todavía la sorpresa de mi cuñado Carlos cuando supo, hace 40 años, que el muchacho texano que estaba de intercambio en su casa no sabía lo que era “un apagón”: una interrupción brusca de la luz eléctrica.

Las pequeñas cosas son el último eslabón de las grandes, el verdadero escaparate de qué es lo que funciona y lo que no funciona en una sociedad.

El estado de las banquetas, por ejemplo, es un síntoma elocuente de la calidad del gobierno local. Y la manera como manejan los automovilistas, una expresión de su cultura cívica.

Todo esto, para decir que Luis Rubio tiene razón: al final de cada día, las pequeñas cosas son las verdaderamente grandes.

II

Si los gobernantes quieren saber realmente de dónde viene el rechazo o la aceptación que reciben de los ciudadanos, quizá les sea útil hacer cada semana por sí mismos un trámite o un viaje en transporte público, como los ciudadanos de a pie.

En las pequeñas cosas descubrirán probablemente quizá por qué no funcionan las grandes. O por qué no pueden convencer con las grandes.

México ha tenido en estos cuatro años un ciclo de grandes reformas y su gobierno es el más impopular de la historia reciente.

Acaso porque las reformas, como sabe hoy Macron en Francia, desafían lo existente en grados irritantes, y la sociedad real, bien prendida a sus hábitos y a sus intereses, se vuelve contra el reformador.

Las grandes reformas o los grandes propósitos asumidos por gobiernos ineficaces pueden empeorar notoriamente las pequeñas grandes cosas de la vida pública, hasta volver a los gobiernos insoportables.

Piénsese en el lugar de inseguridad y violencia a que nos ha llevado la gran decisión radical de sangre y fuego al narcotráfico.

Un gobierno eficaz con un mal proyecto de reformas puede ser mejor gobierno y más deseable que un gobierno ineficaz con el proyecto adecuado.

El reformador, dice en algún pasaje Turguénev, debe levantar la mirada por encima del horizonte de sus contemporáneos, pero mantener los pies puestos en el mismo piso que ellos.

Es justamente célebre el pasaje de Maquiavelo sobre el profeta desarmado: quien quiera cambiar un orden político encontrará que tiene en contra los intereses que quiere cambiar y la adhesión tibia de los intereses que su reforma creará.

El profeta armado puede cumplir su propósito de cambiar el orden, porque puede imponerlo. El profeta desarmado acaba quemado en la plaza pública, como Savonarola, o perseguido implacablemente y ejecutado en la derrota, como Trotski.

El acento terminal de estos ejemplos parece impertinente para órdenes políticos fundados en la democracia y en la gradualidad de los cambios inherentes a ella.

Pero su dimensión extrema habla con elocuencia de la dificultad de cambiar que tienen las sociedades y los gobiernos pese a que la esencia misma de su curso sea el cambio.

III

Hay un genuino espacio para sorprenderse por la baja calidad de nuestros gobiernos. Nunca han tenido más dinero público, nunca han tenido tantos instrumentos de administración y planeación más refinados, rápidos y baratos como tienen hoy.

Y quizá nunca hayan tenido un rechazo y una molestia mayor de parte de los ciudadanos.

Es verdad que sus equivocaciones nunca habían estado tan desnudas y tan visibles ante los mil ojos digitales de la ciudadanía y la ubicuidad de los medios.

Lo cierto, pese a todo, es que nuestros gobiernos actúan todavía sobre una masa ciudadana desorganizada y aguantadora.

La invocada sociedad civil es de altas calidades pero de bajos números en México. No hay organizaciones horizontales de consumidores, capaces de poner su experiencia diaria de estafas y sobreprecios en la agenda de los grandes abusos nacionales.

Las pequeñas cosas que afrentan el bolsillo y el humor de millones de consumidores es una cadena invisible, y por lo tanto impune, de millones de desfalcos cotidianos.

Algo similar sucede con el trabajo. Nadie pelea ahí por derechos y garantías de los que trabajan. Los tribunales laborales son parciales al trabajador que litiga, pero, salvo en los grandes cascarones del viejo sindicalismo mexicano y las grandes empresas, los trabajadores de México no tienen representación ni asociación que los defienda, por ejemplo, del escándalo de sus bajos salarios, de la baja calidad de sus pensiones y seguros, de la baja calidad de los servicios públicos a que están obligados por sus ingresos.

Es un hecho notorio: nuestra economía produce millonarios de clase mundial pero no salarios decentes para millones de trabajadores.

Nadie pelea organizadamente contra estos enormes desgobiernos de las pequeñas cosas, que son al final las verdaderamente grandes, las que definen en última instancia de qué sustancia está hecha una sociedad.

La nuestra, hay que decirlo, es una sociedad menos presentable en sus pequeñas cosas que en sus grandes, aunque podría hacerse un elogio largo de las pequeñas cosas de México que lo salvan como país.

Primero que ninguna: la resistencia de su gente, y a resultas y a pesar de ella, la cordialidad, su cauta forma de la alegría.

IV

El desgobierno de las pequeñas cosas alude al gobierno, pero el mundo privado no canta mal sus rancheras kafkianas.

El martes pasado, como a las 2 de la tarde, di de alta una cuenta electrónica en el sitio de mi banco de los últimos años, “El banco fuerte de México”.

Para activar una cuenta ahí, hay que entrar dando el nombre de usuario, la contraseña y el número que aparece en un maravilloso aparatito llamado token, que cambia algorítmicamente sus cifras y no repite nunca un número.

Hecho esto, hay que poner los datos de la cuenta que se quiere activar (número, propietario y un alias) y escribir de nuevo la contraseña propia y el número que hay en el token.

Luego, hay que esperar media hora a que llegue un correo del banco con un código de seguridad para activar con él la cuenta. Luego, hay que esperar hora y media para que la cuenta se active de verdad.

A las 9 de la noche de ese martes, ya con la cuenta activada, traté de hacer el depósito que me urgía. Puse los datos de usuario, mi contraseña y el token, pero el sistema del banco rechazó cinco veces mi contraseña, la que yo he usado y el sistema aceptado todos estos años.

Al quinto rechazo, me informaron que mi token había sido bloqueado y que debía llamar a un número 1 800. Una voz grabada me remitió a otro número, donde esperé varios minutos a que hubiera un ejecutivo disponible.

El ejecutivo disponible me dijo que él no podía reactivar el token, sino un compañero especializado en eso. El compañero especializado le dijo al disponible que tampoco él podía, porque tenía caído el sistema. Que llamara yo a las 11. Llamé a las 11 y una voz grabada me dijo que las horas de ventanilla se habían vencido a las 10.

Pasé parte de la mañana del miércoles tratando de hablar con otro ejecutivo, hasta que llegué a la ejecutiva correcta como a las 2 de la tarde, hora en que mi token quedó felizmente reactivado y yo con material para esta columna escarmentada sobre el desgobierno de las pequeñas cosas.

V

Decía Carlos Castillo Peraza que los gobiernos podían medirse por la cantidad de tiempo que robaban de sus ciudadanos. Y que la política podía ser pensada como el arte de no quitarles tiempo a los ciudadanos.

Un gobernador mexicano del siglo pasado declaró convincentemente a sus gobernados que no podía prometerles hacer nada de lo que esperaban de su gobierno pero que haría su mejor esfuerzo para no estorbarles.

Las burocracias torpes son especialistas en robar el tiempo de los ciudadanos y en inventar formas de perderlo ellas.

Hace algunos meses fui invitado a participar en una obra notable: Cien años. Cien ensayos, para conmemorar el centenario de la Constitución de 1917.

La obra, convocada desde el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, está circulando hace meses.

A mí me llegó a principios de junio un pequeño pliego de instrucciones sobre cómo cobrar mis honorarios correspondientes. El mensaje dice así:

De acuerdo con lo establecido por la Secretaría Administrativa del IIJ, sería necesaria la expedición de un CFDI (antes recibo de honorarios) con fecha de junio 2017 para proceder al pago de los honorarios correspondientes a esta obra.

Antes de que se pueda proceder a la elaboración del contrato, es necesario que nos haga llegar por este medio los siguientes documentos:

  • Constancia de inscripción al RFC (donde aparece tanto el RFC con homoclave como la dirección fiscal).
  • CURP
  • Fotocopia del comprobante del último grado de estudios obtenido (i.e.: título de doctorado).
  • Comprobante de domicilio (con antigüedad no mayor a tres meses).
  • Fotocopia de la credencial para votar expedida por el INE (antes IFE)
  • CV resumido (semblanza curricular).
  • Fotocopia del acta de nacimiento (reducción a tamaño carta)
  • Permiso de trabajo expedido por la Segob (*en caso de no ser mexicano/a).

Por lo pronto, le solicitaría me confirmara por este medio su nombre completo, a efectos de elaborar la orden de pago y pasarla a firma de los coordinadores.

Si reunir estos documentos llevara una hora, los colaboradores de la obra deberían gastar en cobrar cien horas de trabajo: cien horas de costo por el desgobierno de tan pequeñas y fundamentales cosas como cobrar una colaboración.

Vida y milagros

Todos mienten. Esa es la premisa filosófica del detective Sherlock Holmes, el personaje creado por el escritor inglés Sir Arthur Conan Doyle para su serie de novelas de asesinato, en las cuales el protagonista central es un genial y excéntrico investigador privado adicto a la morfina y consultor de Scottland Yard para casos aparentemente imposibles de resolver.



En el siglo XXI, la serie de televisión Dr. House presentó a un antihéroe desafiante y complejo en la figura de Gregory House, inspirado en parte en el personaje del investigador Holmes, quien como él, también tiene un amigo y contraparte entrañable de apellido Watson. Mientras que Holmes busca asesinos humanos, en la serie de Dr. House el asesino es una enfermedad que hay que descubrir antes de que mate al paciente. La premisa de la que parten House y Holmes es la misma: todos mienten.

Mienten los enfermos, mienten los parientes y amigos de los enfermos, mienten las aparentemente amorosas parejas de los enfermos, mienten los médicos, mienten las personas catalogadas como normales e inofensivas. Y mientras todos mienten, la enfermedad y la verdad permanecen ocultas. House es, filosóficamente, un cínico; él no juzga, solo sabe y acepta que todos mienten, incluso él, quien utiliza la mentira como herramienta para extraer información que le lleve a descubrir la verdad necesaria para atacar y matar a los virus o causas de la enfermedad. Con su técnica, House ataca y enfrenta también a las enfermedades del espíritu de sus pacientes, que a veces son las raíces ocultas y sombrías de sus males.

El genial Dr. House, adicto también a la morfina, es un personaje compuesto con retazos de Holmes pero también con fundamentos filosóficos que van desde Aristóteles hasta Nietzsche y las filosofías taoísta o zen. Detrás de los guionistas de la serie no solo hubo un brillante equipo de científicos y médicos, sino un equipo de filósofos muy interesante. Ninguna frase es casualidad y tienen la finalidad de hacernos pensar. House, al igual que Holmes, además de ser adicto, está afectado por el don y defecto de la curiosidad extrema. Detrás de este genio aparentemente engreído e inadaptado hay un espíritu dispuesto a hacer lo que sea para llegar a la verdad. En él la mentira no es defecto porque asume que existe y la usa como herramienta de manera consciente.



--Todos mienten --dice é, pero lo interesante ahora es saber porqué. Quitemos de esta reflexión a los casos extremos de mentirosos patológicos y a los criminales. Vamos con las personas "normales" y aceptemos la premisa de "todos mienten" para descubrir el porqué y lo que proyecta de nosotros.

¿Qué nos mueve a mentir? Muchos motivos: para protegernos a nosotros mismos, para proteger a otros, para lograr lo que queremos, porque no nos gusta lo que somos, porque lo que somos nos gusta pero puede no gustar a los demás, para evitar que nos abandonen, para lograr que nos quieran, porque tenemos miedo, para ocultar nuestras debilidades o para poder ser fieles a nosotros mismos sin que otros nos lo impidan.

La otra pregunta sería el porqué aceptamos las mentiras de otros. El asunto parece más complejo, pero acaba siendo parecido: para protegernos a nosotros mismos, para evitar que nos abandonen, para evitar herir a quienes queremos, para contribuir al autoengaño de otros, porque es a veces más fácil aceptar una mentira que enfrentar la verdad, porque no sabemos cuál es la verdad y en su lugar tomamos las mentiras como un sustituto, o porque estamos perdidos de nosotros mismos, porque la verdad nos obligaría a tomar decisiones para las que aún no estamos listos, porque tenemos miedo, porque reconocemos en los motivos de otros nuestros propios motivos de mentir. ¿Mentimos, nos mienten y aceptamos las mentiras casi por las mismas razones? ¿Por qué razones mentirías y por cuáles aceptas que te mientan?

Mundo Nuestro. No es común escuchar un sermón así, ni contemplar a un sacerdote decidido a cumplir con su propósito pastoral que lo involucra con la realidad de injusticia y dolor por el crimen y la ausencia de Estado en México.

Valorar las palabras que no estamos acostumbrados a escuchar de los sacerdotes de la iglesia católica mexicana. Del sermón de este 12 de julio en el marco de la peregrinación anual de la diócesis de Saltillo a la Basílica de Guadalupe ofrecido por Raúl Vera López, O.P., Obispo de Saltillo, extraemos algunos párrafos que dan idea del compromiso con quienes sufren la violencia en nuestro país, y en particular aquél que alude al asesinato de Miztli Sarabia hace unos días en la ciudad de Puebla.

Y su reclamo de justicia a las autoridades. la posibilidad de otra iglesia católica en México.



Construir un santuario de amor y justicia

Cuando el Papa Francisco visitó México el año pasado, desde esta misma Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe nos recordó que cuando ella pidió a Juan Diego su ayuda para la construcción de su “casita sagrada”, éste “en repetidas ocasiones le dijo a la Virgen que él no era la persona adecuada, al contrario, si quería llevar adelante esa obra tenía que elegir a otros ya que él no era ilustrado, letrado o perteneciente al grupo de los que podrían hacerlo. María, empecinada con el empecinamiento que nace del corazón misericordioso del Padre le dice que no, que él sería su embajador. Así logró despertar algo que él no sabía expresar, una verdadera bandera de amor y de justicia: En la construcción de ese otro santuario, el de la vida, el de nuestras comunidades, sociedades y culturas, nadie puede quedar afuera. Todos somos necesarios, especialmente aquellos que normalmente no cuentan por no estar a la “altura de las circunstancias” o no “aportar el capital necesario” para la construcción de las mismas... Al venir a este Santuario nos puede pasar lo mismo que le pasó a Juan Diego, mirar a la Madre desde nuestros dolores, miedos, desesperaciones, tristezas y decirle: “¿Qué puedo aportar si no soy un letrado?”. Miramos a la madre con ojos que dicen, son tantas las situaciones que nos quitan la fuerza, que hacen sentir que no hay espacio para la esperanza, para el cambio, para la transformación”. Esa es parte del mensaje que el Santo Padre nos dijo entonces, y con ello nos anima a que regresemos a la casa de nuestra Madre a fortalecer nuestra confianza en ella, en nosotras y nosotros mismos, y en nuestro pueblo mexicano que está lleno de dones y cualidades para construir el país que anhelamos.



El abandono social en Coahuila

En las zonas desérticas de la Diócesis de Saltillo nuestra gente padece hambre y sed, la infancia está expuesta a la inanición y por falta de alimentos se acercan al riesgo de estar condenados a tener una asimilación atrofiada de su aprendizaje escolar. En Coahuila existe un acelerado abandono de la seguridad social en el rubro de la salud. El sufrimiento que padecen mujeres y hombres pobres, orillados a condiciones infrahumanas de vida, está cada vez más extendido. Los trabajadores de las zonas mineras, especialmente de la parroquia de Sierra Mojada, en Hércules, siguen padeciendo las consecuencias de haberse atrevido a exigirle a la empresa Minera del Norte mejores y más seguras condiciones de trabajo, luchando por su libertad sindical; en estos momentos sufren las represiones que trae consigo haber apelado a un derecho constitucional.

Por el respeto al voto en Coahuila

Otra realidad que nos toca poner en este altar frente a nuestra Madre de Guadalupe, a nivel local y estatal es lo referente al pasado proceso electoral de Coahuila. Establece el Artículo 41 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos que debe anularse la elección en la que el candidato ganador rebase el tope de gastos de campaña de una elección en más de un 5% de lo autorizado, y la diferencia entre el primer y el segundo lugar sea menor al 5% y que en la elección extraordinaria “no podrá participar la persona sancionada”. Si la Comisión de Fiscalización del INE (Instituto Nacional Electoral) resuelve el que debe darse por anulada la elección o si el Tribunal resuelve validarla, nos enteraremos y hasta entonces confirmaremos si prevalecerá o no el mismo grupo político en el poder. Pero si la ciudadanía que se volcó a las calles para exigir respeto a sus sufragios, sigue levantando su voz y capacitándose civil y políticamente, será ya un triunfo y con ello una esperanza para el estado.

Contra los Crímenes de Lesa Humanidad en Coahuila

De igual manera en torno a Coahuila, acercamos a la Virgen la petición que organismos de Derechos Humanos del país y a nivel internacional, por medio de la FIDH (Federación Internacional de Derechos Humanos), han hecho a la Corte Penal Internacional (CPI) en La Haya, para que haga valer su competencia para abrir una investigación a partir de la comunicación en la que se acusa a autoridades y funcionarios del estado de Coahuila no sólo de pasivos, sino de complicidad y cooperación a través de grupos de crimen organizado y fuerzas públicas para llevar a cabo detenciones arbitrarias, tortura, desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales, que implican Crímenes de Lesa Humanidad, en los periodos de gobierno del 2009 al 2016. Se ha incluido en dicho informe lo ocurrido tanto en el municipio de Allende en marzo del 2011, como en el Cereso de Piedras Negras del 2008 al 2012.

La denuncia del asesinato de Miztli Sarabia Reyna en Puebla

En el campo nacional podríamos mostrar a la Virgen un sinfín de ilegalidades, arbitrariedades y hechos de injusticia impensables en un Estado de Derecho que sin embargo saturan nuestro país y que el gobierno pretende habituarnos a ellas. La concentración de poder, las complicidades, las leyes a modo, la cooptación de los medios, la corrupción y el cinismo de las autoridades son cada vez más evidentes y atroces. Las represiones y los crímenes de Estado son cada vez más y más constantes. No podemos dejar de mencionar los feminicidios y asesinatos a periodistas, líderes sociales y ambientalistas. Nos ha dolido en lo más profundo de nuestro corazón la ejecución de Meztli Sarabia Reyna, integrante de la UPVA (Unión Popular de Vendedores Ambulantes) 28 de octubre, en el estado de Puebla. Exigimos justicia para ella y libertad para los 366 presos políticos en ese estado, fruto del “morenovallismo”. Tras ese crimen, hijos de “Simitrio” Sarabia y Rita Amador, han recibido nuevas amenazas, como si exigir justicia también fuera considerado delito.

Día con día

México llegó en el mes de marzo de este año a una cifra de ejecuciones mayor que la más alta reportada desde el inicio de la guerra contra las drogas de 2007.



Como se recordará, en una espiral vertiginosa, a partir de la declaratoria de guerra contra el crimen organizado y el narcotráfico, México pasó de una tasa de 8 homicidios por cada 100 mil habitantes en 2007, a una de 23 por cada 100 mil en 2011. En abril de 2011, registró la cifra más alta de ejecuciones atribuibles al crimen organizado: mil 626, un promedio de 54 por día.

A partir de 2011, la tasa de homicidios empezó a bajar, hasta alcanzar un rango de 16 homicidios por cada 100 mil habitantes en 2014. En agosto de ese año hubo 366 ejecuciones atribuibles al crimen organizado: unas 10 por día, contra las 54 de tres años antes.

A partir de 2014, sin embargo, la marea volvió a subir, suavemente en 2015, y con rapidez en 2016, hasta llegar en marzo de este año a la cifra récord de mil 651 ejecuciones atribuibles al crimen organizado. (Las cifras de ejecuciones son de Eduardo Guerrero: www.lantiaconsultores.com)

Parece que el sexenio de Peña Nieto entregará unas cuentas de sangre considerablemente mayores que las del sexenio de Felipe Calderón, ya de suyo desorbitadas.

¿Qué pasó? ¿Por qué la caída a partir del 2011, el nuevo ascenso a partir de 2014 y el desbordamiento de 2016-2017?



Me temo que nadie tiene una explicación puntual para este fenómeno, amenazante y resistente como ninguno, pues en los mismos años de su propagación se han empeñado en su combate miles de millones de pesos y el esfuerzo de cientos de miles de policías locales, federales, soldados y marinos. Hay unos 450 mil policías municipales y estatales en México, unos 50 mil policías federales, unos 260 mil soldados y 54 mil marinos.

¿Cuánto dinero y cuantos efectivos más hacen falta para contener la marejada? Nadie lo sabe, pero se afianza la sospecha de que la estrategia seguida hasta hoy no es la consecuencia inevitable, sino la causa eficiente de la violencia que quiere combatir.