Sociedad

Día con día

“O ya no entendemos lo que está pasando o ya pasó lo que estábamos entendiendo”.

¿Qué pasó?



Esta es una frase que solía decir Carlos Monsiváis para declarar su incomprensión ante las novedades de la vida pública, él, que tenía el mejor de los olfatos para registrar los cambios del humor social y reflejarlos en sus crónicas.

Me confieso en esa misma condición respecto de la violencia que azota a México: o ya no entiendo lo que está pasando o ya pasó lo que creía estar entendiendo.

Nuestro entendimiento de la espiral de la violencia y de sus causas ha tenido momentos estelares.

En la última década, una rica legión de académicos y periodistas hizo para su sociedad el trabajo de esclarecimiento que no hacía su gobierno, ordenando la información disponible, midiéndola, sometiéndola a escrutinio, y desentrañando sus causas, su lógica, su sentido.



Pienso en autores como Fernando Escalante Gonzalbo, Joaquín Villalobos, Natalia Mendoza, Héctor de Mauleón, Eduardo Guerrero, Alejandro Hope, Guillermo Valdés, Catalina Pérez Correa o Laura Atuesta, para mencionar solo algunos, cuyos textos pueden consultarse en el sitio electrónico de la revista Nexos y de los que Javier Tello publicará una visión panorámica en la siguiente edición de la revista.

Luego de estos años de creer entender algo de la lógica de la violencia mexicana, me confieso confundido ante el renacimiento de la violencia de los últimos dos años, al punto de que 2017 terminó siendo el año más violento de la década y 2018, dada la tendencia, pinta para superarlo.

¿Qué pasó? ¿Por qué los esfuerzos para combatir la violencia más que detenerla, la multiplicaron?



¿Qué se hizo mal, y qué no se hizo, ha hecho, para que el horizonte de la violencia mexicana, lejos de amainar, después de tantos esfuerzos, sea una espiral en ascenso, y haya expertos que dicen, como Alejandro Hope, que, hágase lo que se haga, por razones casi de inercia demográfica, las cifras de muertos no bajarán durante el siguiente sexenio?

Si no entendemos las causas de lo que sucede es imposible encontrar soluciones. Me temo que las causas de la violencia de estos últimos tiempos, no están muy claras para nadie. Y las soluciones tampoco, salvo esto: ninguna será rápida.

Escándalo y anestesia

La violencia que azota al país nos es a la vez familiar y desconocida. No nos falta información sobre ella, nos falta compresión. De hecho, la abundancia de noticias violentas dificulta su entendimiento.

Estamos en la situación de saber todo lo que pasa sin entender gran cosa de lo que sucede.

Los medios consignan día con día la violencia, en una rutina ciega que enuncia sin explicar, y que termina mezclándolo todo, haciendo más difícil entender de dónde viene cada cosa.

La repetición mecánica de atrocidades, lejos de informarnos, nos aturde y en muchos sentidos nos anestesia.

De modo que terminamos teniendo ante la violencia una ceguera doble: no podemos explicar sus causas y acabamos cerrando los ojos ante su realidad.

No aguzamos, sino reducimos nuestra inteligencia y adormecemos nuestra sensibilidad.

Son realidades que se muerden la cola: no poder explicar bien el fenómeno de la violencia induce a la anestesia frente a él. La anestesia, a su vez, reduce la urgencia de explicar. La falta de explicación reduce nuestra comprensión de las causas y ésta obstruye la búsqueda de soluciones.

El silencio normal del gobierno alcanza en este asunto proporciones de cementerio, salvo en el aspecto fundamental, hay que decirlo, de las agencias de donde fluye información abundante de cifras y registros, en particular el Inegi y el Sistema Nacional de Seguridad Pública.

Pero ahí también tenemos una abrumadora cantidad de datos, sin una narrativa ni una explicación.

De la narrativa y la explicación se ha encargado estos años, como dije ayer, un admirable grupo de académicos, expertos, ex funcionarios y periodistas.

Mi impresión en estos días es que tenemos que volver a empezar la tarea de explicar. Las causas fundamentales de la violencia que este grupo desentrañó, siguen ahí, pero agravadas, a veces encubiertas, en muchos casos superadas por nuevos procesos.

A eso apuntan hechos como la aparición del negocio de la ordeña de ductos de Pemex, el famoso huachicol; la crisis múltiple de droga y violencia intracomunitaria de Guerrero o la aterradora captura de sociedades completas para la extorsión y el despojo, como la que hubo en Nayarit bajo el fiscal Édgar Veytia, durante el anterior gobierno de la entidad.

Origen y expansión

La espiral de violencia que sufrimos empieza en la guerra contra el narco, derivada de la persecución de las drogas ilícitas, y de la fragmentación de las bandas producidas por esa persecución.

La persecución fragmenta, pero también expande la presencia territorial de las bandas. Alcanzan una implantación nacional de los cárteles que estaban antes radicados en unas pocas ciudades. Algunas decisiones políticas y administrativas de la persecución produjeron más violencia que las balas.

Un ejemplo:

La intercepción del paso de cocaína por avión desde Colombia, obligó a las bandas a traerla por tierra. Lo que era en los 90 una fiesta de avionetas yendo y viniendo de Colombia a Chihuahua o Tamaulipas, se volvió, a principios del siglo, una red de bandas apoderándose de la policía y el transporte de ciudades claves del acarreo terrestre desde Centroamérica.

Digamos: Tapachula, Villahermosa, Coatzacoalcos, Veracruz, Tampico, Reynosa. Los Zetasfueron los encargados de este proceso, que explica por su mayor parte su primera expansión. Los Zetas fueron también los pioneros en dedicarse no solo al negocio del tráfico, sino al de la extorsión de las ciudades que tenían bajo su dominio.

Otro ejemplo:

La construcción del muro de Clinton en la frontera noroeste y su apretón en la frontera del sudoeste americano hizo de Ciudad Juárez, Reynosa y vecinas las nuevas joyas de la corona del tráfico.

Todas las bandas corrieron a controlar esos pocos pasos y la batalla por controlarlas dio origen a las guerras del Chapo Guzmán y el cártel de Sinaloa, contra todos los demás jugadores, entre ellos el cártel del Golfo y Los Zetas. Esas guerras costaron de lado y lado unos 40 mil muertos.

Se preguntará algún lector cuánto se redujo el paso de drogas a Estados Unidos con estas medidas. La respuesta es: nada. Nada que pueda atribuirse puntualmente a la intercepción.

Las fluctuaciones en el abasto fueron por cambios en la demanda del mercado estadunidense por la mota, la coca, las metanfetaminas.

La fluctuación de moda hoy es la del mortífero fentanilo: un derivado del opio, que ha disparado las muertes por sobredosis en aquel país, así como la demanda por los derivados de la amapola que se siembra en Guerrero.

Más allá del negocio del ‘narco’

Nuestra espiral de violencia de la última década empieza en el narcotráfico, pero no regresa a él. O no del todo.

A la violencia producida por el tráfico de drogas y su persecución, hay que añadir ahora un mural de crimen organizado más complejo y diverso, más sangriento, más especializado.

La zona más oscura del mural corresponde a la captura de comunidades y ciudades mediante la extorsión y el cobro de piso, cuyas extensiones de dominio son el robo, el despojo, el secuestro, el rapto de mujeres, que alimenta la trata y, desde luego, el homicidio.

Durante algún tiempo, las rentas del narcotráfico fueron inigualables para ningún otro género de crimen. Pero cuando las bandas se expandieron territorialmente, descubrieron que podían ampliar sus ingresos extorsionando las plazas cuya policía controlaban.

Apareció así, amparado en los cárteles del narcotráfico, un negocio que, según su rango de dominio territorial, podía si no igualar acercarse a las ganancias del narco.

Cobrar derecho de piso en un estado completo, como llegó a hacerlo el procurador Veytia de Nayarit, puede ser más rentable que traficar drogas: equivale a establecer por la fuerza una Secretaría de Hacienda criminal que cobra impuestos para su dueño.

Capturar una ciudad y someterla al derecho de piso puede ser mejor negocio que pasar por ella kilos de cocaína para un jefe que está al final de la cadena, y que toma la mayor parte de la ganancia.

Lo mismo puede decirse, si hacemos caso a las cifras, del delito de la ordeña de los ductos de Pemex que, según la empresa, significó en 2016 una pérdida de 21 mil 500 millones de pesos (http://bit.ly/2sGsp5l).

Lo fundamental para ejercer estos otros negocios criminales es tener bandas suficientemente grandes, violentas y bien armadas, que puedan sostener la operación, comprar a la autoridad, atemorizar a la población y matar a los competidores.

Este es el tipo de bandas que solo pudo crear el narcotráfico, pero que ahora imperan en casi todas las regiones del país, ejerciendo otros negocios, separadas muchas veces del negocio principal que les dio vida: la expansión territorial del narco creada por la persecución.

Las nuevas coordenadas

El cambio fundamental de las coordenadas de la violencia en México, me explica Eduardo Guerrero, es que no puede entenderse desde una perspectiva nacional.

Su lógica, su oscura racionalidad, aparece claramente solo cuando se adopta una visión local, cuando se observa el fenómeno desde una perspectiva regional, estatal o municipal.

Solo así, en esa dimensión micro, pueden entenderse las causas, y solo en ese nivel es razonable imaginar soluciones, todas ellas trajes a la medida para cada fragmento del inmenso mosaico en que se ha convertido la violencia mexicana.

Persisten, sin embargo, dos grandes redes criminales, cuya contienda por la hegemonía nacional explica, sigue Guerrero, quizá la mitad de los homicidios y los crímenes que registra la estadística.

Son el Cártel Jalisco Nueva Generación, que se ha expandido al estilo desalmado de Los Zetasa innumerables estados del país, y el Cártel de Sinaloa, que mantiene sus espacios dominantes en el norte y el noroeste.

La otra mitad de los crímenes del llamado “crimen organizado” es atribuible a bandas dispersas, no vinculadas a los cárteles, con frecuencia más violentas que ellos. Son tantas como 240, según la última medición de Lantia Consultores, que preside el propio Guerrero.

De modo que, luego de 10 años de seguir la estrategia de fragmentar para debilitar a los grandes cárteles, tenemos el peor de los mundos posibles: dos grandes cárteles en guerra por el territorio nacional y 240 bandas hincando los dientes en sus comunidades locales.

A esto hay que añadir, dice Guerrero, que el crimen común ha subido también sus cotas y es más audaz, más intenso y más violento de lo que era, pues en muchos sentidos sus procedimientos imitan los de las bandas del narco.

Los umbrales del crimen común se han elevado como resultado de esta imitación de los delincuentes mayores y a consecuencia de la impunidad rampante: los cárteles mayores enseñan también que se puede matar y delinquir sin temor al castigo.

En este contexto de impunidad, hay cada vez más gente armada, y mejor armada, que antes, para defenderse o agredir, lo cual eleva la letalidad no solo del crimen común sino hasta de las riñas callejeras.

Y en eso andamos.

Del absurdo cotidiano

Mi hermano vino con la prodigiosa noticia de que había sacado su acta de nacimiento por internet. Él nació en 1952, pero lo registraron años después, en 1964. Como ven mis papás no tomaban muy en serio el tema del registro civil. De su actitud ha de venir mi incapacidad para lidiar con cualquier tipo de trámite.
De cualquier modo me dispuse a intentar hacer lo mismo que él y me dirigí en los siguiente términos al Registro Civil de Puebla:

11 de enero de 2018,

Quise sacar mi acta de nacimiento en el nuevo sistema por internet pero me dice el sistema que mi acta no ha sido digitalizada aún.



Nací en Puebla, Pue en 1949 y me registraron en 1951.

¿Qué puedo hacer?

Mi nombre: María de los Angeles Mastretta Guzmán

Mi CURP: MAGA etc. (lo puse completo)

Muchas gracias



La verdad no tardaron mucho en responder, pero miren ustedes lo que enviaron.

En respuesta a su solicitud, le informamos que no aparece en nuestra base de datos el año de registro.
Para subir el acta al sistema necesitamos tener físicamente la imagen del acta en nuestra base de datos.
Si requiere que se suba en plataforma su acta es necesario que acuda al municipio donde lo registraron y solicite una copia fiel certificada de su acta de nacimiento.
Posteriormente la presente en la ventanilla No. 5 de las oficinas del Registro Civil en la 11 Oriente 2003, Col. Azcárate en Puebla, Pue. indicándoles que quiere que la suban al sistema.
Ese mismo día la suben y le dan una clave digital de 20 dígitos para que la pueda imprimir en cualquier registro y ciudad de la República Mexicana y Estados Unidos Americanos; siempre y cuando el acta no tenga algún dato por el cual tenga que hacer Rectificación administrativa.

Si tiene alguna duda, contáctenos nuevamente.



Atentamente
SERVICIO 01800
PROGRAMAS REGISTRALES

Conclusión. No he ido a Puebla a enfrentar este trámite. Lo considero casi como volver a nacer. Así que sigo sin existir. Y ya nada más queda esta semana para tener credencial de elector.

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La fila para las actas en Puebla

Palizada

Cambio de vecindario en este país de agua.

Llegamos desde Chetumal en un solo tiro de siete horas por una carretera que cruza la reserva de la biósfera de Calakmul, y por Escárcega, hasta el pueblo de Palizada en Campeche, un puerto fluvial con 250 años de historia, enclaustrado entre lagunas y brazos de ríos, humedales y pantanos.



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Una fortuna para el pueblo fue que el palo de tinte no flotara, lo que derivó en que desde los años veintes y treintas del siglo XIX Palizada se encarrilara desde sus aserraderos y con sus barcazas al auge de la revolución industrial en Inglaterra. Por aquí salió el palo tinto de Campeche hacia las fábricas en Mánchester, con tal éxito para Palizada que fue declarada villa el año de 1850.



Un siglo después la selva sólo sobrevive en retazos breves entre los agostaderos y lagunas que circundan un río navegable que permite entender cómo fue posible que tal devastación forestal ocurriera.



El Palizada es un brazo de 120 kilómetros que el bajo Usumacinta saca al suroeste de la Laguna de Términos, poco antes de que el gran río de las selvas de Chiapas y Guatemala se enzarce en los pantanos de Centla. Sé, por las biólogas de Natura Mexicana en la selva lacandona, que si algún río nos queda sin contaminar en México es este torrente de agua que llamamos Usumacinta con sus afluentes y brazos extendidos en centenares de meandros y lagunas en las llanuras del norte de Chiapas, de Tabasco y Campeche en los que todavía se encuentran retazos de selvas entre innumerables pastizales de engorda y plantaciones de palma africana.

La desgracia de las selvas mexicanas y guatemaltecas originales se explica en la capacidad de carga de los ríos en las cañadas chiapanecas, todavía más al norte de Ococingo, el Jataté, afluente del Lacantún que bordea por el sur la reserva de la biósfera de Montes Azules, y el río Negro desbarrancado desde las montañas del Quiché y la selva talada del Ixcán para formar en ese cruce con el Lacantún propiamente al río Usumacinta. Los madereros industriales del XIX en Campeche descubrieron que todo residía en llevar los troncos al río para que derivaran por el Usumacinta hasta las llanuras fluviales en el Golfo. Luego todo consistió en que el gobierno porfiriano concesionara esos montes mayas y esas llanuras chontales como si fueran un desierto baldío. Por ahí se fueron miles y miles de cedros y caobas, entre una gran variedad de maderas finas, que acabarían como materia prima de todas las ebanisterías en Europa. Y por ahí se fincó la impiedad con la que se explotó la selva. De doce millones de hectáreas de selva alta existentes todavía a principios del siglo XX hoy quedan retazos como las 331 mil hectáreas de Montes Azules.

La desgracia del pueblo de Palizada se explica en que al fin la modernidad mexicana llegó al sureste en 1957 por la vía del ferrocarril que logró cruzar el río a la altura de Tenosique, en una angostura de 150 metros por la que hoy pasa La Bestia con su carga de sufrimiento centroamericano hacia el norte. Palizada es un pueblo consciente de su pasado grato de puerto fluvial cuando estas llanuras lacustres no conocían las carreteras. Ni el tren con el que iniciara su decadencia. Entonces, a todo lo largo del siglo XIX y la primera mitad del XX, fue la Perla de los Ríos, el centro comercial en el que atracaban todos los cayucos y lanchones del vecindario lacustre desde Tenosique y que por el río encontraron las mudanzas mercantiles provenientes de lo que hoy llamamos Ciudad del Carmen. Palizada se agarra hoy al ganado para la sobrevivencia, y muchos a la palma africana como alternativa, pero algunos a la posibilidad de regenerar a través de programas de pago por servicios ambientales las selvas perdidas por la explotación de sus maderas.

Y por esa vía el ecoturismo. Y a la nostalgia que provoca en sus pobladores el reconocimiento de que son un pueblo mágico.

El tinte lo utilizaban desde siempre los antiguos pobladores de las selvas xontales y mayas. El tinte que escurre abundante de los troncos y ramas del Palo de Campeche. Haematoxylum campechianum fue descrito por el naturalista sueco Carlos Linneo y publicado en su Species Plantarum en 1753. Madera que sangra, le llamaron a este árbol que alimentó la voracidad de la industria europea justo en el surgimiento del capitalismo. Palo de Campeche, la madera que no flota y que diera lugar a la fundación de un pueblo de casas altas y tejas planas en el corazón del bajo Usumacinta.

Se fueron las caobas y los cedros con el trocerío del palo de tinte buscado por los europeos para sus nacientes industrias textiles. El pueblo lució muy pronto sus orgullosas tejas de Marsella traídas como lastre por los corsarios ingleses y franceses en la colonia, y los buques mercantes en el México independiente. La pesada madera campechana servía de lastre para el viaje de regreso, y como valiosa mercancía para los comerciantes que la esperaban en sus puertos.

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Los árboles desaparecidos en la selva explican a Palizada. En la orilla opuesta al pueblo tuvieron unos gringos un aserradero. Nadie recuerda con cuidado lo que habrá sido de ellos. “Se los cargaría la revolución”, me dice el señor Díaz, un ganadero que atiende con su esposa la posada Casa Diaz. Es un buen conversador. El palo de tinte se va al fondo como si fuera de plomo, así que en Palizada tenían que cortarlo en trozos par que lo estibaran en las bodegas inferiores de los barcos, junto con los trozos aserrados de los cedros y las caobas. No es posible ver el cascarón abandonado en el que esos aventureros cortaban en cortes largos los trozos que desde el Usumacinta derivaban por el río Palizada.

A la explotación de la selva le siguió el ganado y los pastos para solaz de las garrapatas y moscones insufribles. Hoy penan los ganaderos por las enfermedades de sus animales, el bajo precio de la carne y el contrabando desde Centroamérica mexicanizado en las redes de corrupción de Tenosique. Muchos apuestan ya por las plantaciones industriales de palma africana para abastecer entre otras industrias a la panificadora Bimbo. Otros se quejan de la debacle que producirá ese monocultivo. Algunos apuestan por el programa gubernamental de pago por servicios ambientales (PPS), que puede dejarle a los campesinos hasta 150 mil pesos por piocha.

“El problema –cuenta uno de ellos--, es el de la corrupción. Los funcionarios miden moches que nos dejan tan solo el 40 por ciento del dinero que debe llegar por el programa.”

Y después suelta sin ambages: “Por eso ha calado hondo por aquí López Obrador. Ya la gente está cansada de tanta corrupción.”

No he sido el único que hace este ejercicio. Encuentro en el sitio ride into birdland esta fotografía con una buena crónica también de Iván Gavaldón. Como él, contamos uno, dos, tres, diez y no paramos de verlos en los alambres, o pasar a media altura sobre la lancha a los Martín Pescador.

El joven lanchero reconoce todos los pájaros que le señalamos en el recorrido. Loros en parvada, águilas caracoleras que inspeccionan la balsa, numerosos Martín Pescador que vigilan cualquier posible alimento en el río enconchados en los cables de luz que cruzan de un lado a otro desde casitas de teja francesa ocultas tras las frondas de los mangos, patos zambullidores todavía muy buzos que aparecen de la nada en el manto verdoso del río, señoriales gallinazos que alzan vuelo perturbados por el ruido del motor fuera de borda, cuervos de graznidos chillantes y cientos de garzas de todos los nombres, colores y tamaños que a las cinco y media de la tarde ya se guardan como volutas de algodón en los árboles. Aves por miles de vuelos colgados de la ribera de selva que han dejado los pastizales ganaderos. En su abundancia no es difícil imaginar la enorme carga de peces y crustáceos que discurren sus vidas por el río, a la espera de formar parte de una larga cadena alimenticia que en esta biodiversidad da cuentas de ser el verdadero río de la vida.

El joven lanchero presenta orgulloso un ejemplar del mango en flor que ha dado fama a Palizada. Y luego narra la llegada en marzo de los manatís Trichechus manatus que se acercan golosos a la orilla para esperar su mágica caída. Ana mi hija los imagina felices en los trazos rápidos del lápiz en su cuaderno de viaje.

Por la noche del día 1 de enero caminamos por las calles del pueblo. Salvo en el zócalo, donde los feligreses en el templo aguardan para la misa, no se ven muchas almas. El festejo de ayer tiene al pueblo agotado. Dos policías en una esquina se entretienen jugando dominó con otros parroquianos en una mesita sobre la banqueta de un tendajón. Hoy, y parece que eso es común todos los días en este pueblo, sus moradores no buscan dar ninguna guerra.

En otra esquina encontramos una casa con las dos puertas abiertas y una sala bien iluminada. Desde fuera vemos los cuadros que cuelgan de las paredes. Círculos y triángulos dominan las pinturas, pero el trazo es limpio y los colores desbordan figuras femeninas contrahechas pero hermosas. Emiliio tiene 82 años. Está en la galería, enclaustrado entre los batientes de las puertas de la casa. Está sentado en una silla de ruedas ante una mesa, medio oculto tras sus barbas y un pelambre negra larga. En la mesa se despliegan algunos recortes de prensa. Devuelve muy respetuoso el saludo. Permite que admiremos su obra y recibe con aplomo lo que de ellas sentimos. No, ya no pinta, y a saber cuál fue su último cuadro. No le pregunto qué lo llevó a plantar en el centro de la galería los retratos que ha hecho del Che Guevara, de Fidel y de Stalin, pero ahí están, al lado de los trazos esquivos de mujeres tringulares.

Fotografía tomada del muro de facebook del Encuentro Nacional de Escritores 2013, en Palizada. Ese año el artista Emilio Basualdo Azcuaga fue homenajeado por los paliceños.

No es cualquier pintor Emilio Basualdo Azcuaga. Luego sabremos que lo conocen como el ermitaño del pueblo, que come lo justo a base de un cereal que él mismo prepara con coco seco y maíz molido, que muy niño sufrió el abandono de sus padres y que un buen día dejó el pueblo para buscar fortuna en la ciudad de México. Acabó en la Esmeralda, la mejor escuela de artes plásticas de México, y que de ahí sacó las herramientas para una imaginación que bien se desborda en sus pinturas. Todos sus cuadros fueron realizados en Palizada, desde donde vive hace cincuenta años. De cuando en cuando, cuenta la gente, salía con sus obras enrolladas rumbo a la ciudad de México, de donde volvía con algunos pesos y el ansia de soledad necesaria para pintar sus mujeres de hombros escuálidos y circulares.

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Aquí amaneció en chipichipi. El pueblo tiene todo el aire ligero y mágico de García Márquez, y en su encierro Palizada también guarda el ansia por las palabras bien dichas. Apenas organizaron un encuentro nacional de escritores y todos los años invitan a los poetas en el Usumacinta a hablarle de sus amores y nostalgias. Encuentro en internet los carteles que invitan al evento, y me doy una idea de la importancia que tienen para los ribereños la literatura y las artes gráficas:

Pero ya el malecón luce animado a las 9 de la mañana. Los tricicleros van y vienen. El pueblo revive del año nuevo con el espíritu conversador de siempre.

Cualquiera que la ve pregunta por su historia. Casi todos en el pueblo guardan algún capítulo para contar de ella. En la ribera opuesta del río aparece una casona blanca y larga, la Casa del Río, parece flotar sobre el agua, como si de una barca se tratara. La historia del Doctor Enrique Cuevas, que llegó en la primera mitad del siglo a trabajar como médico de pueblo, y que aquí se ganó la vida curando salpullidos y paludismos y atendiendo partos con las armas de la ciencia y la generosidad de un hombre bueno. Cuentan los que buscan explicar su fortuna que un buen día acudió un alarife empleado por el médico en la apertura de una zanja en su casa a interrumpir una tertulia cantinera en la que el médico era de los personajes cuya ausencia era inexcusable un sábado a mediodía. Una y otra vez le llamaba al hombre y una y otra vez le decía, espérame, que no vez que estoy ocupado, hasta que se decidió a escucharlo. Luego todo fue correr: la botijuela, le dijo nervioso el alarife, qué con la botijuela, hombre, sí señor, monedas, que tiene monedas, ¿cómo que monedas?, sí, doctor, tiene que verlas, monedas de oro en la botijuela ahí mero en la zanja…

Tiempo después el Doctor Cuevas construyó la Casa del Río, a la que miro ahora cristalina entre la fronda de la ribera.

Otro día llamaron al médico para informarle de una cortadura sufrida por su hija. No es mayor cosa, dijo el hombre, en la peor decisión de su vida. La niña moriría después de tétanos, y su pérdida no se la perdonaría a sí mismo el médico un solo día más de sus años postreros. Se fue del pueblo, dicen que se regresó a la ciudad de México. Hoy la casona está envuelta en un lío de intestados y disputas familiares. El pueblo la utiliza para anunciar la bienvenida a este pueblo mágico. Vista así, desde la ribera del Palizada, ve pasar el tiempo, el suyo, hace muchos años ido.

La caña de timón encontrada en el río Viejo de Palizada se expone en el museo de armas en Campeche.

La historia de la caña del barco pirata tiene enfrentados a los de Campeche con los de Ciudad de Carmen, cuando, hasta lo que pude averiguar en una plática rápida con el cronista de Palizada, fue en el río Viejo, afluente del río que da nombre al pueblo, cuando en algún día de los años setenta del XIX en una temporada seca, un pescador encontró la caña del galgo que hoy se exhibe en el museo de Barcos y Armas en Campeche. Cuentan que la caña era parte de un barco pirata encallado en algún punto perdido de estas ciénegas Claro que sí, Palizada empieza su historia con la memoria de los corsarios. Ahora la cuenta con detalles en el café La Caña del Timón Jorge Manuel Mendoza, el cronista de Palizada y editor de la revista El Cayuco: fueron los corsarios ingleses y franceses los que se adentraban en los dominios españoles para el saqueo de aldeas y puertos a lo largo del golfo. Años duros para los ribereños en esos siglos XVI y XVII de piratas Lorencillos y Morgans. Así se explica que en el último tercio del XVII la Corona española se decidiera por establecer un puerto fluvial en las orillas del río Palizada.

Cuando el pescador se presentó con la caña en el pueblo de inmediato uno de los dos principales madereros, los franceses Francois y Benoit Anizan se la compró en 60 pesos. De ahí la caña fue a dar al pleito entre Campeche y Ciudad del Carmen por la posesión del galgo marinero.

Lo que no se explican los paliceños es que a sus ancestros no se les haya ocurrido identificar el sitio en el que aquel pescador encontrara la caña del galgo tallado.

Usumacinta

Sobre el puente de 280 metros de largo que lo cruza el río discurre sereno el 2 de enero. Entre nosotros y el mar el Usumacinta se convierte en una lombriz cansada de retorcerse que se partirá en dos para regar los pantanos de Centla, con su tranco izquierdo que suma el caudal del Grijalva, y busca ya tan solo la liberación en el mar.

Pero ahora sigue siendo el río de las selvas con todos sus nutrientes acumulados para alimentar al Golfo. Lo contemplo con Emma y mis hijas Paulina y Ana. Todo lo lleva el río, las montañas, las selvas, la profundidad del mar.

Catemaco

Una última postal. De regreso al altiplano paramos en Catemaco, tras otras siete horas de viaje por las destrozadas carreteras regionales veracruzanas termina nuestra incursión por el país del agua y la tierra milenarias. El lago todavía sobrevive al asedio de los desarrollos inmobiliarios. Las barcas de remo cruzan un espejo vaporoso que guarda caracoles y charales, aquí llamados tegololos y popotes. El día 3 de enero la lluvia es torrencial en las montañas que cercan al lago, pero cuando llegamos ha escampado. No hay mayor oleaje así que los patos canadienses se zambullen sin recato en busca de los pececillos que les caben en el cogote.

Cumplimos con el ritual de la limpia, que por algo es famoso este lago.

Pero son las macayas las que me entregan el verdadero embrujo del país del agua.

El árbol y el agua se olvidan de la tierra para formar un solo, único, mundo.

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Tulum

La selva resistente. Todo Yucatán por carretera no tiene otro paisaje que el muro de verde antiguo cortado por pueblos de santos jacintos, crisantos y elenas y mayas con ches y kas y haches aspiradas que se abren con arcos estilizados que dan cuenta de la pudorosa estima que sus moradores le tienen a los visitantes. Aquí y allá intento descubrir los campos henequeneros pero sólo encuentro selvas bajas que a golpe de zarpa y secas se abren al cielo en ramones, higueras, flamboyanes, ceibas, leks y decenas de nombres más de los que cuelgan juncales que rondan abejitas traviesas. La derrota de la mirada larga se ayuda con la memoria de los trazos mayas en la selva, sus senderos de piedra llanos y lizos para el caminante que carga lejos, para el que sabe mirar a través del bosque, que nombra y se arregla con las sabidurías de sus ancestros…



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Si vas en bici tienes otra vista que guardan en común los pueblos. El arco a la entrada, el panteón, el mercado, los templos, los mensajes cívicos.

En el hotel Los Jaguares que no es hotel sino una casa airosa plantada a la vera del camino y la selva 14 kilómetros antes de Tulum descubrimos a Regina, una cerdita y una perrita al mismo tiempo con sus patas diminutas, su colita feliz y su hocico de cilindro infalible, un asunto que no le preocupa mucho a los genes de esa aspiradora bajo la mesa. Y descubrimos a Clare, una mujer francesa-vietnamita nacida en mi año 55, justo en el parteaguas de la revolución contra la colonia gala en Indochina que dará paso unos años después a la invasión nortemericana, el ejemplo sublime de la ruindad de la guerra fría. No habla de ello esta mujer cuyas manos fusionan culturas y cocinas en este pedacito de selva que ha logrado salvar de nuevos destrozos de la historia. Ella sonríe, cuenta historias gratas y llena de milagros culinarios la mesa de sus huéspedes.

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La industria turística. El INAH acosado por la empresa privada. El estacionamiento de 160 pesos. El outlet para empachar de sombreritos y mescales a los gringos. Los aguiluchos gritones y la foto. El mono con el payaso y la boa albina con el presunto azteca, el tren que salva del sol como la última sombra al penado que llevan al ajusticiamiento.
Frases así he escrito en la libreta antes de entrar a las ruinas marinas de Tulum. Recojo la del estacionamiento privado que cobra 160 pesos.
“Es de Carlos Salinas de Gortari –me dice el muchacho que nos cobra en la entrada--, y si no le parce lo que cobra, no se preocupe, si quiere mentarle la madre puede hacerlo ahora mismo, para eso está la cámara.” Él y yo reímos ante la cámara de seguridad, y yo cumplo con ese reclamo para el paso. De tal tamaño es la desgracia de la política mexicana. Si el expresidente de la debacle nacional es o no el propietario de este timo turístico poco importa. El hecho que se viene encima es el cerco a ese bastión se los mayas vuelto al mar en sus pequeñas mirillas para observar a los astros en las madrugadas celestes. Aquí los nuevos negociantes apoderados de sus selvas le sacan todo el jugo posible a los turistas y a la tierra.
Mientras esperamos en el acceso a la zona arqueológica me doy tiempo para buscar en la red algo sobre los conflictos provocados por el crecimiento voraz de los desarrollos inmobiliarios.
Noticaribe me da un encabezado del 28 de junio de este año:
Balazos en la zona turística de Tulum: disputa por un predio desemboca en enfrentamiento sin heridos en Punta Piedra
De inmediato me auxilia Lydia Cacho con un reportaje del 2015:
Tulum: tierra de ambiciones. Desapariciones forzadas, homicidio, persecuciones, amenazas, extorsión... así se consigue despojar de tierras a ejidatarios de la Riviera Maya. Las dinámicas de despojo responden a una guerra abierta entre empresarios corruptores y políticos corruptos, que han tomado a los tribunales agrarios como rehén, corrompiendo jueces en ocasiones. Tulum es un botón de muestra de lo que enfrenta el país: una batalla por desaparecer los ejidos en un contexto de pulverización institucional en el que la ambición empresarial se impone a la ley y a los planes de desarrollo sustentable.
Cacho documenta de inicio el asesinato de Álvaro López Joers, un abogado del DF, litigante especializado en juicios mercantiles y agrarios. Entre 1992 y 1996, nos informa Lydia, fue subdelegado jurídico de la Procuraduría Agraria en Chetumal, capital de Quintana Roo, lo que le convirtió en un experto en el tema. “Él documentó los incontables intentos de despojo, robo e invasión de terrenos propiedad de ejidatarios originarios de la región. En el momento de su homicidio, Álvaro llevaba la defensa de 40 personas, propietarias legítimas de diversos terrenos en el ejido de Tulum, denominado oficialmente Ejido José María Pino Suarez; López Joers también representaba legalmente a la Asociación de Colonos Turísticos Ecológicos Pino Suárez.”
Lo mataron de dos tiros en el baño de su oficina, a plena luz del día del 17 de mayo del 2012.

Eso no está en la cabeza de nadie en el balcón al mar entre El Castillo y el Templo del Dios Viento. Selfis en carretadas en la insolación fulminante en la vida de anónimos turistas.



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A las 10 de la mañana el sol rostizado en playa Maya. Palapas y empresas turísticas. El guía que explica en inglés el auge de Tulum como alternativa a la explosión de Playa del Carmen se refiere a una soledad inmobiliaria en esta costa que por suerte poco a poco termina. Ese grupo ilusionado que dirige a la palapa en la que se les otorgará una lancha con capitán latinlover y grumete buceador con aletas y snórkeles es uno más del engranaje –el nuestro fue otro—de una maquinaria que mueve ya millones de turistas al año en una rivera maya convertida en el principal ingreso de dólares turísticos en México.
Letreritos invisibles marcan el estrecho campo del territorio federal de playas caribeñas y piedras mayas.

Coba

Cenotes. Aquí todo escurre de abajo para arriba. Alguna consecuencia dejó el meteorito. Ahí están los colapsos de la tierra para probarlo. Los ríos subterráneos, las simas y sus misterios anunciados en el azul obscuro de los círculos en las lagunas.

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Las lagunas como centro de vida... La que dio vida a la ciudad maya de Coba es una de las más bellas y mejor tratadas desde el punto de vista del turista. Un malecón de madera al borde, con restaurantes sombreados y panuchos y demás guisos al otro lado de la carretera.
Las masas y los guías. Es tal vez el mayor acierto de los mayas a la hora de entenderse con la masa de turistas. Un arreglo que se trepa en bicicletas y carritos tamaleros para cubrir el tramo que lleva a la pirámide más alta de los mayas en territorio actualmente mexicano: 42 metros contra 75 de la de Tikal en Guatemala.
Nuestro guía maya va enojado conmigo porque le pido de algo exaltado que no nos diga chicos. Igual que nosotros termina trepado en un bici dentro de la corriente que por dos kilómetros nos lleva a centenares de turistas entre juegos de pelota, senderos luminosos de piedra caliza. Se da tiempo para hablarnos del maya, las estelas, lisas y gravadas, el estuco en rojo como base para los glifos que trazan dioses y vida cotidiana de un mundo ido hace un milenio. Algo decididamente ignorado por mí: las estelas lisas estucadas servían de periódicos murales dispuestos a lo largo de los senderos para ser vistos por los caminantes. Discurro sobre el alcance de ese periodismo maya primigenio. Y sobre los trazos adivinados en las piedras ahogadas por la selva : la pirámide al dios abeja de miel. El dios de la lluvia, Yun Chac. El templo de la Iglesia. El señor de los Cuatro puntos cardinales.
Después la selva y los dioses quedamos atrapados en el aluvión de turistas.

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Bacalar

Para llegar a ella el camino es un corte de máquina feroz que deja desde Tulum una rajadura mortal en la selva maya.

Es un lienzo perfecto. El sol se aferra a una nube en el amanecer, como si no quisiera herir el sueño de la laguna y el agua se lo agradeciera otorgándole su superficie de colores múltiples a sus rayos pinceles floridos.

A lo lejos la voz en el pueblo induce a los placeres de los sábados de matanza. Saturnino Balam es el carnicero que muy temprano ha degollado a un puerco que acabará en guisos de sabores igualmente floridos, como los rayos del dios de la luz sobre la laguna.

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La política me persigue hasta estas tierras de sombras perennes en el dominio absoluto del sol.

"Al Palacio o a La Chingada" resuena la consigna un mediodía de calor benigno frente a la estatua de un proser tropical enfundado en abrigo neoyorquino. Los escultores no saben de climas ni de historias de crímenes, ellos cumplen el cometido del brazo extendido y el dedo que señala un porvenir sin sudores ni traiciones. A Felipe Carrillo Puerto lo mataron los rebeldes delahuertistas un día infame del invierno yucateco hace ya 94 años. Nadie por aquí recuerda con fervor al motuleño indigenista que tomó partido por los zapatistas en 1911para hacerles la revolución a los hacendados yucatecos, ni se preocupan por saber que llegó a gobernar el estado en el ascenso del caudillo Álvaro Obregón en 1922 con su Partido Socialista del Sureste; sobrevivía sin pudor alguno el poder de las castas y las haciendas henequeneras y la esclavitud de los mayas, y en ese entorno de perfiles sureños norteamericano, y así su gobierno fundó escuelas socialistas, creó la Academia Mexicana de la Lengua Maya y la Universidad del Sureste y se tomó en serio los propósitos zapatistas del reparto de la tierra. Esas ideas no se las perdonaron sus enemigos que lo fusilaron en la borrasca de la rebelión delahuertista que derrocó su gobierno el 3 de enero de 1924.

Otro altavoz ayer anuncia el mitin que hoy sábado tendrá López Obrador en Carrillo Puerto, un pueblo grande que algún día fue cabeza de playa para el propósito estricto de devastar la selva de Sian Kan. No descansa el Peje un 30 de diciembre, no hay vacaciones que valgan ni otro propósito en su historia que ganar la presidencia de un país desvalido pero que no olvida sus ritmos propios de pueblo de mudanzas sabatinas. Sí, estamos jodidos, pero hoy se come puerco.

Más tarde me entero que otro político, este sí del centro de esta República de desmanes y abusos de los de su clase, ha comprado tierra y construido mansión con los dineros públicos de los poblanos. Moreno Valle mira en algún momento de sus obstinados días desde una hamaca está reliquia de los dioses mayas que bien sabe de los desayunos humanos.
"Ya se lo chupará la bruja del Cenote Negro", me dice en su despecho quién esta noticia me cuenta. Ese buen deseo se cumplirá algún día. Y la bruja convertida en él mismo, que ya se lo chupa en todo momento al infeliz ex gobernante de esa selva inhóspita del concreto angelopolitano que con tanto esmero han construido tlatoanis como él.
Vergüenza de la mala política mexicana. Violencia de los abusivos como Rafael Moreno Valle.

Graciela tiene la gracia de la conversación y la tranquilidad del viajero que sabe que siempre alguien aparecerá en el camino. En estos senderos mayas se ha especializado en el transporte en triciclo tamalero, muy abundante en los pueblos. De ellos trae relatos que ayudan a mirar con otros ojos el mundo. Y sí, no todo aquí es un paraíso. H regresa con Graciela y el mandado desde Buenavista, y además de identificar al vuelo dos especies de tucán distintas, el de pico rayado y el más común de pecho amarillo, le cuenta que los criminales se han apoderado del pueblo de Bacalar, y entre ellos su papá, un narcomenudista que ya no mira por su familia.

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Estamos en un pueblito llamado Buenavista, como a veinte Minutos de Bacalar. A mediodía cae un chaparrón de aliento veraniego. La laguna lo resiente con un tono verde uniforme, como si se tapara con las hojas serias de las palmas. Pero la lluvia se va como llegó y no se despide. Nos ha dejado un trance de viento fresco de las plantas que la transpiran para mantenerse sedientas siempre.

Cadencia de los colores vivos en la rotundidad del mediodía al que llega a salvar la lluvia sobre la laguna.

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Kankirixche

La palabra remite a las profundidades. De la tierra, de la lengua, de la historia. De un sendero que cruza el breñal de lo que algún día vio crecer el henequén. Del vuelo de las golondrinas contra la redondez de este templo del agua.



Cenote Kankirixche, dice el muchacho que cobra los veinte pesos por cabeza de visitante. Una vez no basta, ni dos, ni tres, pero no se aburre en repetirla ni espera a que el turista se trabe entre la x y la che y no lo logre nunca pues para pronunciarla se necesitan siglos de sed y de gargantas insatisfechas. Fruta amarilla del árbol, dice luego. Y yo entiendo fruta amarga del árbol, porque el sigue sacando las palabras del fondo de su lengua milenaria. De inmediato me corrige, amarga no, amarilla de Kan…

Luego no sé más.

Sólo las golondrinas en el circuito nervioso de su vuelo en esa garganta de la tierra caliza.



Y el agua sobre la geometría de los cuerpos que nadan y se olvidan del mundo.

Senderos



Los mayas son amables a la hora de indicar el sendero a un destino. Y no paran, sus manos viajan y apuntan cartografías imaginarias, dan vueltas y quiebres hasta que dan con él, pero no se detienen, te vuelven a llevar y pasas por árboles, cruceros, pueblos y ya estás de nuevo ahí pero te enteras de historias de niño y de fortunas laborales para regresar con un sonrisa cantarina al lugar de partida.

En el estacionamiento un hombre baja de un Land Rover de los años setenta. Le pregunto por Kankirixche sin saber que es él es el indicado, el guía más experto. No lo ha descubierto él, Gamaliel Pereira, pues ya los ancestros iban desde las aldeas cercanas por la bendición del agua, pero los ha recorrido de niño por esos breñales antiguos y después hasta conocerlos uno a uno, así, que claro, los del hotel que lo tienen de mesero lo promueven como el guía fenómeno que en un solo día te puede dar cenotes, haciendas, ruinas y lo que resulte. Yo seguiré los pasos que nos ha marcado en la plática sin perderme hasta llegar al crucero que abre la ruta final al cenote en el camino de Abala a Mucuyche.

Si ustedes gustan yo los llevo, dice.

Que bien, pero ahora vamos a las ruinas. No terminaré como gringo trepado en el Land Rover de Gamaliel.

Uxmal

La cisterna es la vida. No se explica este atorón de piedras sin ellas. Chultunes, les nombran.Toda la cuadratura de los dioses corre a las cavernas forradas de estuco armadas por los ingenieros de Uxmal. En ellas está el sentido original del hacha y del espíritu, toda la imploración por la lluvia, todo el movimiento de las estrellas, todas las peregrinaciones en la selva, las ciudades extintas y sus guerras, todos los cantos y los faisanes, los jaguares y los zopilotes. Todo el esplendor húmedo oculto en los ríos subterráneos asomados por las gargantas que respiran por el gran Chac señor de estas tierras.

Y ahí estoy yo de niño, y canto para el casting del coro del quinto de mi primaria en Puebla El caminante del Mayab, que lo repito porque lo repite incesante en una selva de árboles desconocidos una maestra de tímpanos incorruptibles a pianazos de jueza de sonidos lentos indescifrables, hasta entender que aquel hombre mítico no buscaba más que el agua y ella nunca me eligiría para cantar el señor es mi pastor y nada, nunca, ni el agua ni el aliento del desvalido, me faltará.

La redondez del templo del Adivino. La geometría de la escalera. La boca en arco maya a media altura, el sacerdote imaginado mirando la sabana verde y la masa reseca que implora por el agua: Chac, Chac, Chac, dice la voz en la noche de la luz y sonido que así le grita al dios cuando la sequía ya está a punto de ordenar el abandono de la ciudad. En ese quiebre de la historia Uxmal sobrevive, descubre la cal y el estuco, construye el esplendor de los palacios, los relieves fantásticos y las esculturas que hoy vemos en retazos. La extinción sobreviene después, cuando Canek príncipe de los Itzáes se enamora de Sak Nikté para convertirse en una leyenda de amores y guerras en el Mayapán con lances de serpientes negras y flores blancas que mejor nos explican las elucubraciones históricas narradas en el Chilam Balam.

Las voces mayas en francés, en inglés, hablan de túneles y adivinos. Los edificios ocultos. Los ciclos del tiempo. El sol contento de que los humanos no han desaparecido. Son los guías de Uxmal. Sigo en un minuto la pista disparatada de uno que lleva su rebaño hacia la explanada del juego de pelota: …compra de martes a domingo, no las dejes ir el lunes. Así controlamos a las mujeres los mayas…. Somos supersticiosos, le tenemos miedo a la muerte, no hay cuarto trece en el hotel, te saltas al catorce. Por eso construimos en piedra para remarcar la sujeción del pueblo bajo… No salió la boa, encontró por ahí su conejo… Un helado de coco, el estuco, como un cemento Portland, para sellar, lo aplican y luego los artistas llegan con sus trazos muy precisos… Ah, aquí estamos en el lugar de los campeones…

La rueda perfecta del gol antiguo, el sol primigenio, el sexo más florido. El juego rotundo en el golpe de los cuerpos y el alarido de la masa que estalla cuando la pelota se cuela por el aro mítico de todos los estadios del mundo.

Yo miro entonces el costado oriente del palacio del Gobernador. Hacia el sur el cerro vivo, la pirámide como la habrán visto sus descubridores, con las piedras por miles apelmazadas a golpe de mano y tino de alarife para no ser más que pirámides reconstruidas. Hacia el norte están ya los cantos perfilados con sus relieves de búhos y seres decapitados. La historia empieza en la invención de palabras atadas a la especulación originaria de los guías.

La costumbre de ver las ruinas. La dificultad de mirar lo que fue. Imaginar los colores de la piedra, la cultivada mano que cuenta historias en tintes rojo maya, azul maya y a saber qué mezclas de plantas y minerales ordeñados a la selva.

Pensar la política desde aquí. Pablo Yanes recuerda el libro Una selva de reyes: el verdadero éxito de los mayas fue el de la política. Construir este mundo en el territorio de agua y piedras más adverso: las selvas del Usumacinta, la sábana agreste del Mayab. Preguntar por los reyes que encandilan con su versión de la historia en los relieves, sin ignorar a los cargadores de piedras y a su labradores ni a los alarifes constructores. Tiempo y manos, y miles de estómagos habilitados por el maíz de los agricultores en comales más ardientes que el sol de mayo.

El templo de los falos. Los mayas también glorificaron el sexo, lo esculpieron, lo utilizaron de gárgolas para encausar el agua de la lluvia a las cisternas. Falos perfectos en su cúspide rotunda, en su tronco enhiesto, en su nervadura de sangre. Pero el camino está vedado, y no hay sendero más allá del letrero de no pase. Guías nerviosos miran a otro lado, señor no interrumpa que estoy hablando de cosas serias de los dioses. El INAH no se atreve más que a una exposición en el traspatio del Adivino con penes cortados por el hacha flamígera de la censura. Cuidado con los animales, si van es por su cuenta y riesgo…

Cuántas cosas no miramos en México, de cuánto no se quiere hablar. Qué no lo sepan los turistas de nuestra corrupción, de nuestros crímenes, de nuestros penes floridos por el semen maya.

Desde la Gran Pirámide se logra la vista abierta a la sabana. Los templos de la plaza de Las Monjas y el Adivino están en el medio plano. A los pies la escalinata para los pies cortos de los antiguos moradores. En todo momento imaginar lo que fue. Acudir a los historiadores. Agarrar en el aire las palabras alucinadas de un guía. Sentir la piedra corrugada en la que vuela una guacamaya. Mirar el rostro de dios oculto en un nicho.

Todo queda entre las palabras y las piedras.

Mundo Nuestro. El cuadro que ilustra este texto es de la artista plástica Ana Mastretta Yanes.

Términos

De Términos la llamaron hace tiempo a esta laguna. Es difícil de creer este paraíso sin fin.



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Ir al sureste es viajar al país del agua. Al final terminamos hoy en Isla Aguada, pegada al extremo norte de la laguna de Términos, en un hotel de nombre La Gringa. Aquí nada de lo que se dice es: la isla está en tierra continental, pero la gente recuerda que los conquistadores todavía la vieron atrapada por el agua; la gringa se llama Thelma, y no para de hablar y contar historias --su papá fue uno de los ingenieros que construyeron la autopista México-Puebla--, nació en Huimanguillo, tiene 75 años y es la más extraordinaria anfitriona que he podido conocer en mucho tiempo; y Ciudad del Carmen mira en silencio las plataformas del boom petrolero reciente y se pregunta si valió la pena la trampa que le vendieron de futuro.

Increíble este lugar. Como nunca en mi vida he visto delfines rondar por la barca que nos ha llevado adentro de la laguna. Qué serenidad la suya en el festín de corvinas que imagino bajo el agua.

Nada de lo que veo ha sido siempre así. Playas en Islas formadas recientemente por los huracanes que desbordan pájaros y -materialmente-- millones de conchas y caracoles. Rasco el fondo y la arena deja su eterna construcción calcárea en mis manos. No hay vestigio que no haya guardado la vida de todos los tiempos.



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De no creer Isla Aguada.

Del otro lado del puente, la verdadera isla con Ciudad del Carmen en el extremo poniente, varada en la ilusión del petróleo, con la vista perdida en el pasado que perfilan las plataformas de aceros columpiados en el Golfo.

"Ya no hay camarones en el mar --me dice el joven guarda en el museo del faro en Isla Aguada--, se fueron con el petróleo que descubrió el pescador Cantarell en tiempos de mi abuelo"

Eso fue en los años setenta. Descubro que tengo la edad de su abuelo. Y que como a este mar desgastado, la vida no ha dejado de batir la arena de mis días.

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En el Golfo las plataformas y todo lo que dejaron consigo son el reflejo de la ilusión pérdida en la herrumbe que ha dejado el progreso en el país.

Al final, para todos llegará el término.

En la laguna la palabra Términos, apretada en el imaginario de los buscadores de madera y los piratas que merodeaban para robarla. Tiempos de intercambio de teja francesa traída como lastre en los barcos por el Palo de Campeche de la milenaria selva. Tal es la historia de estas aguas y tierras. La depredación del petróleo y la madera.

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Ahora pienso que contra esta mirada a tajos que nos deja la violencia sinsentido en México, aquí ese malpais encuentra un término: el atardecer con una familia de pescadores que desde el atracadero busca una corvina, la imagina guisada más tarde para acompañar una conversación simple que alumbra a un mañana de sol y trabajo.

Simplemente otro día.

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Kabah

Qué privilegio de país, dice Gabriela con sus ojos sensatos, habilitados para descubrir lo que hemos dejado de ver.

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A lo lejos el promontorio de la que fue la más alta de las estructuras que albergaron casas y templos, ventanas, pasillos, recovecos.

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Y a la vista, estructuras que fueron funcionales como habitaciones, recámaras guardadas por techos que figuran el arco maya, trunco en su pico. Soluciones arquitectónicas que dan al visitante la idea de un centro vivo. La gente entra y sale, sube y baja, discute, tramita, resuelve. Piramides vivas...

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Los dos señores cuelgan espectrales. A uno lo descabezó en algún momento la depredación de las ruinas. ¿A dónde habrá ido, a mirar a quién, a reposar sobre qué regazo? Al final, todas las cabezas pierden su sitio.

Y atrás la selva, las ceibas, la memoria de la epopeya que fue la instalación humana en esta tierra calcárea, de lluvias intensas y secas mortales.

Una iguana posa para la artista. Le da tiempo. Lo contiene desde siempre.

El agua, la batalla por contenerla. Ahí están las cisternas, todavía útiles. Guardarla en grutas, imaginar los escurrideros, jugar con la gravedad a costa de imaginar un humedal en cavidades del cerebro de los arquitectos mayas. Sobrevivir mil años en el territorio calizo del trópico.

Contemplo las piedras acomodadas una por una hace mil 200 años. Ahí están firmes con un mortero mágico que los mayas descubrieron y acicalaron. Cuánto puede durar la palabra siempre.

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Para dejar Kabah un Zopilote decide tomar el campo. Ocupa la punta del templo del fondo. También los de su especie estarán aquí por siempre.

Mundo Nuestro. La vida viene viene. Y se va, y está aquí, en este instante de la escritura. El tiempo es inasible. Y pasa, inadvertido.

Sólo las palabras quedan.

Esta revista digital cumple en este diciembre que corre cinco años con su propuesta de periodismo narrativo. Contar historias. Intentar comprenderlas. Y contribuir en la construcción de alternativas que alienten una mejor vida colectiva. Volverla al menos más llevadera. Esta crónica de los andares de un hombre que sobrevive en la calles del centro de la ciudad de Puebla fue la primera en la vida de Mundo Nuestro. Aquí la reproducimos para decir con él a lo que siga, viene viene...



Las cosas pasan rápido con él, atento como está al movimiento de los automóviles, aun cuando todos los lugares están ocupados y todavía la sombra del templo y las casonas mantienen fría media avenida. Pero ya pasan de las once, y al sol ya te cueces.

Cuántos rostros guarda un hombre al que miras desde la ventanilla. Cuánta vida puede contarse. Escuchar a saltos, para después llevar de corrido una historia.

--Ayúdeme con esto --me dice y señala al mismo tiempo un cartón de jugo y su mano izquierda cubierta por una venda que guarda el polvo de varios días.

Es la primera vez que lo veo. Está ahí, a media calle, con el sol batido sobre su gorra, con el cuerpo esbelto, curtido, bien perfilado por la camiseta futbolera sin mangas y el pantalón estrecho. Cuida su plaza, como la llama. Es un viene viene atento que se acerca a la ventanilla y te mira fijamente a los ojos. Ni joven ni viejo, me digo, entretenido por un bigote largo y ralo, que lo vuelve viejo. Son sus ojos claros los que alumbran su piel oscura y convierten su mirada y todo su porte en el de un hombre joven que no ha cruzado la frontera de los treinta. Pero debe tener más de cuarenta para que quepan los seis que vivió en el ejército y los veiticinco que se aventó como chofer de pipas petroleras por las carreteras nacionales, hasta que en febrero pasado lo asaltó un comando zeta y terminó su carrera trailera arrojado en un descampado de la Sierra Madre Oriental. Un largo pleito laboral en los juzgados de Conciliación en el DF lo ha traído a sobrevivir en el centro de la ciudad de Puebla.

Es la primera vez que lo veo, pero como hoy, a saltos, narrará su vida recargado en la ventanilla.



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Todo pasa rápido, y siempre le ha ocurrido algo. Un día, un pleito en la calle 5 de Mayo que termina con un machetazo en su mano izquierda. Otro, se lo llevó el operativo. Ayer terminó en una patrulla tras un pleito a navajazos en el portal del Pasaje del Ayuntamiento. Hoy, la muerte de su pequeña hija en alguna ciudad de Coahuila, que cuenta así, a botepronto, entre los claxonazos de los autos impacientes en la esquina que no quieren saber de nada, que ven a este hombre como se mira a un poste, a un periodiquero, a un policía, como parte del mobiliario urbano, como a un contrafuerte de la iglesia de la Compañía, como a un simple y llano viene viene.

--Apenas me avisaron, y no voy a poder ir, no hay feria…

--¿Tenias una hija?

--Tenía ocho mesesitos.

Caray, le digo, y no entiendo nada. Hace ya días que me lo encuentro, y así, a gajos de ventanilla me va relatando su historia, hilvanada a retazos de banqueta, su infancia en los cañaverales de El Mante, sus años de balazos en el ejército, la soledad en la carretera, los congales en los suburbios de las ciudades, su vida de gerente de un cabaré de traileros, su matrimonio y la muerte de su esposa y unas mellizas en el parto, el asalto en la sierra, el juicio laboral, el pleito con un gandul, su canto quebrado por el alcohol nocturno.

Cuánta vida se puede contar por una ventanilla.

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El primer día tiene un motivo para hablar conmigo: no puede abrir un tetrapak de jugo pues su mano izquierda la oculta una venda ganada por la mugre. “Traigo dos clavos, tuve un encuentro, tiene que ver como quedó el otro”, dice para que imagine yo una escaramuza reciente aquí cerca, en la 5 de Mayo. Suelta en ráfaga el relato mientras yo desgarro el cartón del jugo.

“Voy con mi novia en paz ahí en Santo Domingo y ese bato le agarra las nalgas, pero no sabe con quién se metió, yo salí de cabo en el ejército, sé meter las manos, pum, pum y ya estaba en el suelo, pero alguien le pasó un machete y aquí me rajó, metí la mano pero el golpeó con miedo, si no me la vuela”.

Se le acerca un muchacho encapuchado. No deja que se arrime a mi ventanilla. Algo murmuran, pero el encuentro es breve. Ya regresa: No entiende este bato, ya le dije que él entra hasta las tres, pero no entiende, me quiere sacar de aquí, pero a mí me dejó la plaza un amigo, ya estoy aquí desde hace varias semanas, pero no entiende, como tiene aquí a su esposa, bueno, su pareja, es la afanadora de la iglesia, por eso quiere la mañana, pero él ya sabe que empieza hasta las tres.

Y usté puede llamarme Sebastián.

Nueva distracción: reconoce a un cliente, un director de algo en la universidad, y lo sigue hasta la esquina. El otro viene viene aprovecha para recorrer la calle y calibrar el tráfico que viene del boulevard del río. No tarda Sebastián, que recupera el control de inmediato, sin decirle nada a su rival, simplemente recuperando la conversación conmigo, que ya entiendo que en su trabajo la palabra acompaña el día, no se trata nada más de cuidar autos y guardar lugares.

“¿No se tarda, verda? --me dice--. Está tranquilo, ¿sabe cuánto me hice el sábado desde las cinco de la mañana hasta las tres de la tarde? No sé, trescientos… No, cómo cree, ni cuándo, cincuenta, si no sale ni pa comer. Y ese que me quiere sacar de aquí, pero lo viera, nada más pasan los estatales y sale corriendo, y es que le piden a uno mil quinientos, pero yo no les niego, les digo, yo estoy trabajando, yo estoy cuidando carros, desde febrero que me asaltaron, por allá me botaron esos malandros, con todo y unidad me trajeron y yo le digo a la empresa y qué voy a saber pa dónde jalaron, ellos ahí me aventaron, nada más, no me madrearon, no más me tablearon y me dejaron ai dentroelmonte, y aquí estoy desde febrero, sí, ya son ocho meses después de 21 años de andar de trailero, y sin nada, cuál indemnización, nada, me dejaron en la calle los de la empresa igual que esos malandros … Péreme de nuevo.”

Pasa el oficial de vigilancia de la casona universitaria, hay que darle reconocimiento, saludo de mano, tope de nudillos, hay que ser serio. Hay que darse a respetar, me dice, y su relato avienta las comillas, toma la ventanilla, se olvida de mí. Claro, por eso a esto chavo le pregunto por su esposa, para que vea que lo respeto aunque yo sé que nada más es su pareja, pero para que me respete, como decía mi papá que en paz descanse, trata a la gente como quieres que te traten, eso decía él, campesino en Xicoténcatl, allá por El Mante, en Tamaulipas, ejidatario cañero con quince hectáreas, y yo soy su único hijo, no tuve hermanos, aunque no me dejó ni un metro, todo eso se lo quedaron sus otros hijos, ya sabe, problemas en la familia, las tierras las tiene una nieta de mi papá, hija de una hermana que no conocí, por eso yo me fui al ejército, seis años y hasta cabo fui, con catorce enfrentamientos, uno de ellos con otro cabo, uno que se pasó de baño, mucha humillación, llegó a escupir en mi comida, delante de todos, por eso le jalé cuatro balazos y no le volé la cabeza porque me paró un compañero, sólo le desbaraté la pierna con la ráfaga, pero ya esta mocho, lo tuve que marcar, no se dio cuenta de que yo todavía no desarmaba el arma y me quiebra un palo de escoba en la espalda y ya fue mucho, le digo, las armas son para respetarlas, en eso se parecen a las mujeres, si no las respetan te acaban, como les pasa a todos esos que terminan descabezados, ya nada respetan, van y matan esos sicarios allá en Tamaulipas, esos del Golfo, batos de la calle, no han tenido nada, los agarran y al rato ya traen un arma, y qué, luego van y matan, para que al tercer día amanezcan decapitados…

Día con día

¿Por qué las fuerzas armadas tienen que estar hoy peleando en tantos sitios y antes no?



¿Por qué la guerra contra el crimen multiplicó la presencia coercitiva de las fuerzas armadas en el territorio nacional, en vez de reducirla?

Creo que la respuesta está en la estrategia de combate contra las drogas de la última década.

La estrategia fue descabezar y debilitar a los “grandes cárteles” para que quedaran solo “bandas pequeñas”, fragmentadas territorial y organizativamente, más fáciles de contener una por una.



Fue una estrategia exitosa: no hay capo de algún peso que no esté muerto o preso, y los “cárteles” están debilitados. Pero la eliminación de las cabezas mayores más que erradicar a la hidra, dispersó sus redes y multiplicó sus cabecitas.



Lo que eran cinco “grandes cárteles” en 2006 se volvieron más de 200 “bandas pequeñas” en 2017.

Sucedieron dos cosas:

Por un lado, la entrada de las fuerzas armadas a la guerra contra las drogas replegó a los “grandes cárteles” y los obligó a extender sus tentáculos a casi todos los estados del país, en busca de espacios menos vigilados, más propicios para su negocio. La mata se ramificó territorialmente.

Por otro lado, las “pequeñas bandas” que iba dejando la poda quedaban desalineadas del negocio rentable de las drogas y buscaban otros: extorsión, protección, despojo, derecho de piso, ordeña de ductos. Las matas se hicieron más pequeñas, pero más peligrosas para la sociedad local.

Así, lo que era el negocio de la producción y el tráfico de drogas hacia Estados Unidos se fue volviendo el negocio de la captura criminal de ciudades y regiones por pandillas armadas menos fuertes que los “cárteles”, pero más temibles para su entorno.

Por eso las fuerzas armadas deben estar en 2017 en más sitios que en 2007. Por eso su participación en la guerra enfrenta más violencia ahora que nunca.

Las trajeron a luchar contra las drogas a sangre y fuego en unos cuantos puntos aislados del país. Ahora las tienen custodiando a sangre y fuego en buena parte del país.

La pregunta es cómo volver a la situación de 2007. Tendrá que ser poco a poco, pero empecemos por revisar la historia y estudiar sus errores, para no seguirlos cometiendo.