Sociedad

Mundo Nuestro. Esta crónica fue escrita para la revista Nexos por Sofía Cerda Campeso y Ana Tovar.

“¿Qué vas a hacer con tu fuego?”, preguntó una de las oradoras desde el estrado a las miles de personas conglomeradas en Washington D.C. Esta fue una de las muchas consignas que se pronunciaron para marcar el comienzo de un momento histórico para el mundo: la marcha de las mujeres del 21 de enero de 2017, en un contexto de búsqueda por la identidad de los feminismos.



El movimiento que surgió como respuesta a la toma de poder del nuevo presidente de Estados Unidos logró su cometido: traspasar fronteras y encontrar unión en las diferencias. Si bien la ciudad de Washington D.C. concentró al mayor número de personas en su marcha; a lo largo de todos los continentes, millones de voces hicieron eco. Manifestaciones hermanas se movilizaron en diferentes lugares de Estados Unidos y distintas ciudades del mundo: de Sydney a Nueva Delhi; de París a la Ciudad de México. Las demandas fueron prueba de la amplia plataforma en la que se convirtió el movimiento. Se exigió respeto a los derechos sexuales y reproductivos; respeto a los derechos de los migrantes; respeto a la libertad religiosa; respeto a la libertad de expresión; respeto a todo el espectro de las minorías y grupos vulnerables (latinxs, personas de color, comunidad LGBTQIII, personas con discapacidad, entre otras). Lo que se exigió fue respeto a los derechos humanos.

marcha

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Esta marcha no ocurrió en el vacío. Desde hace algunos años el feminismo ha permeado en la cultura popular a través de lo que se ha llamado el “feminismo blanco”. Es el feminismo que abunda en Hollywood, la academia y la política. Éste, a pesar de sus pretensiones universales, habla desde el privilegio. Es decir, se trata de mujeres blancas, de clase media-alta, que han encontrado un espacio para visibilizarse (confesamos que nosotras mismas somos consumidoras de este feminismo). Y a pesar de que sus intenciones son buenas, este movimiento ignora las preocupaciones y problemas que otros grupos de mujeres —las de color, transexuales, migrantes, indígenas o con discapacidad, además de sus intersecciones— sufren.

Una de las portavoces de este feminismo, aunque ella se niegue a aceptarlo, es Lena Dunham, creadora y protagonista de la serie Girls. “No los quiero asustar, pero creo que puedo ser la voz de mi generación”, le dice Hannah Horvath (Dunham) a sus padres en el primer capítulo de la serie. Hannah es una chica blanca de venititantos que vive en Brooklyn y enfrenta los “problemas de la cotidianeidad”: falta de trabajo, falta de dinero, inseguridad con el cuerpo, amores no correspondidos, mensajes de texto sin contestar y el postergar la emancipación hasta los 30. Además de la temática con la que tantos millenials nos pudimos identificar, la serie llamó la atención del público por un tema fundamental del aspecto de su protagonista: es una chica “gordita”, que impulsa, junto con el feminismo blanco, al movimiento que busca la aceptación y visualización mediática de los cuerpos imperfectos: estrías, celulitis, lonjas y todo aquello que se nos ha enseñado a ocultar (a través de photoshop o cualquier otro remedio milagroso). Así conocimos su versión de una antiheroína atípica. Una mujer cuya franqueza y honestidad la han vuelto insoportable. Como han escrito sus críticos, el personaje se equivoca constantemente de manera dramática, tolera el trato agresivo de Adam con quien tiene relaciones sexuales sin compromiso, a pesar de que ella siempre espera más. En esta serie, Dunham se planteó el propósito de que la audiencia se identificara y dijera: ese “alguien me entiende” o “no estoy tan locx como pensé”. Ese alguien se trata de las mujeres occidentales contemporáneas que han gozado de ciertos privilegios.

En octubre del 2014, la revista Vanity Fair hizo su famoso cuestionario Proust a Lena Dunham,(para este momento ya era ganadora de dos Golden Globes y tenía ocho nominaciones al Emmy). “¿Cuál es tu idea de la felicidad?”, preguntó la revista, a lo que Lena respondió: “una cama deshecha rodeada de libros, utensilios para escribir, el perro; restos de pan tostado con mantequilla en mi pecho y mis seres queridos no muy lejos pero tampoco muy cerca”. Quien haya visto Girls sabrá que es justo en este escenario, que Dunham describe como la felicidad absoluta, en el cual se lleva a cabo su serie: camas deshechas, personajes torpes y espacios sucios y pequeños. La misión de Lena partió de reflejar situaciones y personajes reales: incómodos, histéricos, maniáticos y narcisistas. A diferencia de Sex and the City, por ejemplo, esta es una serie en donde no hay glamour. Girls refleja una tendencia de las series y el entretenimiento, mostrar situaciones en las que se visualizan las ansiedades contemporáneas y su impacto en las relaciones humanas, cuerpos humanos sin retocar, sexo incómodo y crisis existenciales. Suponemos que, al final día, por eso no vemos diferencia entre la escritora y el personaje.

Retomamos a Lena Dunham porque la marcha de las mujeres coincide con otra expresión particular de los esfuerzos feministas contemporáneos, que además le atañe directamente. La portada del mes de febrero de la revista de moda Glamour está dedicada a Dunham y al resto de las protagonistas de la serie de HBO. Este número —que coincide con la salida al aire de la quinta y última temporada de Girls— captura las contradicciones de un discurso que se ostenta como feminista pero que queda en deuda con todas las mujeres que no se sienten representadas en él. Es un discurso calificado de poco incluyente y criticado, por ejemplo, por Rosie Campos en su texto “Dear White Women: This is not about us” o recientemente en “The Somehow Controversial Women’s March on Washington” publicado en The New Yorker unos días previos a la marcha. Más aún, esta edición de la revista Glamour que se ostenta como ¨feminista¨, al haber sido producida en su totalidad por mujeres en realidad promueve y refuerza estereotipos de lo que tradicionalmente se considera femenino: la moda, la belleza y el culto al cuerpo. Se crea un oxímoron: Glamour-Revista Feminista.

Es en este contexto del feminismo blanco o feminismo pop que se manifiesta parte de la indignación ciudadana de muchxs ante la victoria del nuevo presidente de Estados Unidos. Nos metemos a las redes sociales a colgar fotos, canciones y los hashtags más originales para expresar nuestro sentir. Hacemos instagram stories que decoramos con puños de todas las razas. Revisamos las fotos publicadas por (inserte nombre de celebridad blanca-feminista-liberal de su preferencia) y nos sentimos emocionados por el #girlpower que se cuelga de nuestros collares de vulvas. Compramos pussy hats y playeras con el mensaje de: “Nasty Woman” como símbolo de rebelión. Sin embargo, ¿qué estamos realmente haciendo por la causa, cuando se asume que ésta es limitada en su expresión? La mujer inmigrante indocumentada que trabaja para una señora en el Upper West Side, a quien directamente afecta el polarizado clima político, no se puede manifestar de esta forma. La movilización se trata de tomar acción. El feminismo blanco nos hace fácil digerir la problemática y hace que ser feminista sea sexy, pero ahora toca considerar las variantes y las situaciones complejas que viven realmente las mujeres para crear una unión que se cristalice en políticas más inclusivas. Tampoco se trata de pretender que las mujeres son un grupo homogéneo, sino de examinar los puntos en donde coexisten diferentes manifestaciones de discriminación y subordinación.

Mientras los discursos por la mañana de ayer sí ofrecieron una plataforma inclusiva y diversa, como lo demostraron las oradoras blancas, musulmanas, latinas y transexuales que participaron —en donde hicieron referencia a distintos puntos de la interseccionalidad (raza, género, religión-creencia, etc.)—, hay una percepción recurrente de que las manifestaciones fueron limitadas en términos de la diversidad de sus participantes. Mientras que en las calles de la ciudad de Nueva York la marcha pareció estar conformada de forma más homogénea (sobre todo si se toma en consideración que es una de las ciudad más pluriculturales del mundo), en D.C. la diversidad fue mucho más impactante; quizás por ser el epicentro de la manifestación. Más allá de esto, la realidad es que la marcha no sólo fue pacífica, sino muy numerosa contando con la presencia de familias, niños, jóvenes, adultos e inclusive adultos mayores con sus andaderas rodantes. No podemos soslayar que nos conmueva el que probablemente esta fuera la marcha más grande con temática feminista en la historia.

El feminismo pop tiene muchas limitantes. Nos acerca a las mismas mujeres famosas designadas como el estandarte del movimiento que habla por “LAS MUJERES”: tanto Emma Watson como Lena Dunham, por ejemplo. No cuestionar este feminismo nos hace caballos de calandrias y nos obstaculiza en el camino a encontrar formas de lograr una mayor equidad social. Es necesario dejar la miopía atrás y reconocer la discriminación, desigualdad y opresión que sufren distintas personas y grupos.

Como escribiera Audre Lore en 1971:

Insinuar, sin embargo, que todas las mujeres sufren la misma opresión simplemente porque somos mujeres es perder de vista las muchas herramientas variadas del patriarcado. Es ignorar cómo esas herramientas son utilizadas por las mujeres sin conciencia entre sí [...].

A pesar de las limitantes del feminismo blanco que se podría decir que inspiró a esta marcha, ayer se movilizaron cientos de miles de personas alrededor del mundo, lo que antoja discusiones más profundas sobre las coincidencias de las diferentes etiquetas que conforman la identidad. Las demandas trataron de articular una visión de respeto a los derechos humanos de todxs. Proteger los derechos sexuales y reproductivos involucrándose con organizaciones de la sociedad civil, así como reconocer la contribución positiva de las mujeres migrantes, son sólo algunas de las batallas en las que tendremos que participar activamente. Queda un largo camino por recorrer. Sin duda, esta marcha abrió espacios para muchos diálogos constructivos. Dedicaremos nuestro fuego a cuestionar las propias experiencias y enriquecer nuestra óptica para poder innovar nuestra forma de hacer frente a la desigualdad.

Sofía Cerda Campero, Licenciada en Comunicación por la Universidad Iberoamericana y candidata a Maestra en periodismo por The City University of New York

Ana Tovar. Abogada por el ITAM y Maestra en Derecho por Yale University.

Las autoras viven en Brooklyn y tienen veintitantos.

Mundo Nuestro. La pasión por el dibujo explica la vida de Daniel Mastretta. Y como él expone en esta conferencia de TED, la pasión por convertir lo que el lápiz ha trazado en un objeto real. El arte y la ingeniería plasmados, por ejemplo, en el Mastretta MXT, el primer auto diseñado y producido en México.

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Hoy me detuve, guardé lápiz y papel en el baúl del olvido, amordacé mi sentir como tantos años lo hice… y eso fue peor que la causa que me desanimaba.

Es cierto, el país está en caos, pero no somos el país... Somos el México querido, la sonrisa que contagia, la preocupación solidaria, la tradición y la historia, la mirada hacia el volcán, las indígenas de alma hermosa y colorida vestimenta, las arrugas del anciano vendiendo su cosecha, las manos del buen doctor, los pequeños pasos tambaleantes de quien inicia el recorrido, el atardecer en la playa y la aurora de los campos donde veo a mi padre con el mismo caminar de mi abuelo Silvino, de quien nunca supe qué pensaba.

Mi abuelo con su profunda mirada y sus cejas tapizadas... No supe mucho de él, pero cuánto aprendí recordando su ausencia. Y cuando lo recuerdo me duelen las yemas de los dedos y siento la nostalgia de aquellos atardeceres eternos cuando le debía arrancar las canas en su corte militar saturado de brillantina… Daba igual el cabello desprendido, siempre le mostraba la misma cana.



Hoy me pregunto ¿quién paga porque le arranquen las canas cuando la cabeza es casi blanca…? Sin duda era su forma de decir te quiero, de saberte abuelo y dejar el recuerdo para una eternidad...

Hoy, al llegar a Tehuixtla, el pueblo de mi abuelo Silvino, allá en Morelos, pierdo la mirada en el dorado atardecer con olor a sorgo. Ahí los cerros custodian mi niñez callada y abrigan a Zapata en cada anciano con pantalón de manta que ha quedado en mi recuerdo como el olor del pan mezclado en valores que con los años se han perdido. Escurridos entre las calles empedradas y entre los autos y los burros, los chivos y las vacas, arreados por niños y chiflidos.


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Y al entrar a casa, abuelo, la ausencia se vuelve presente ante las paredes altas y las guayaberas blancas, allí el eco de tu fuerte voz aún retumba, igual que el amor callado, escondido en tu gruesa piel, negándote al abrazo y a millares de besos que se quedaron esperando... sin comprender que tu mirar amaba.

Al caminar con mi padre, a las seis de la mañana, te sigo viendo abuelo... y sin darme cuenta, he vuelto a sacar la pluma...mientras te escucho decir "quien se pierde el amanecer se pierde la mejor parte del día…"

Y con mis siete años y el bolsillo lleno de monedas, te observo tomar un puño de guajes, tu sombrero viejo, y salir como la luz del sol al nuevo día.

Los cientos de miles de emigrantes japoneses que llegaron a América apenas traían realmente lo más indispensable: un poco de ropa y algunas fotografías que les recordaran por siempre de dónde venían. Pero los emigrantes llegaron en cambio con una carga innumerable de tradiciones y costumbres que habían ido adquiriendo de su propia familia y de los pueblos de donde procedían. Aunque estuvieran a miles de kilómetros de sus lugares de nacimiento, como recuerdos indelebles, traían grabados los colores, sabores y olores de la comida y de las fiestas que celebraban en ocasiones especiales.

La festividad del año nuevo, shōgatsu, sin duda era y es una de las más importantes celebraciones de los japoneses. Para despedir el año, durante la noche vieja, ōmisoka, la cena familiar era el punto de unión que permitía degustar platillos especiales y recibir el año nuevo en un ambiente de alegría y solemnidad. Esta celebración que antiguamente se llevaba a cabo de acuerdo al calendario chino, durante, a partir de la era Meiji (1868-1912), se empezó a festejar justo el primero de enero con la adopción del calendario gregoriano en el año de 1873, fecha que coincidía con los festejos que en las sociedades americanas también lo celebraban de manera efusiva.

En las primeras décadas del siglo XX, la mayoría de emigrantes eran hombres solteros que al enraizarse formaron familias y comunidades más amplias. Los festejos de año nuevo se fueron generalizando y constituyéndose en parte de la vida de los japoneses en América. Las festividades permitieron entonces que los emigrantes se cohesionaran y se unieran de manera más estrecha.



Antes de que estallara la guerra, las comunidades dispersas en distintos estados de la República -aunque no totalmente aisladas unas de otras- se organizaban en una serie de asociaciones por regiones. Estos gérmenes de organización les permitieron agruparse de manera más sólida durante la concentración en la capital de la República. Los lazos solidarios y de amistad se reforzaron y gracias a éstos, los enormes retos y dificultades que traería la guerra fueron afrontados de manera colectiva.

Al estallar la guerra en 1941, la concentración forzosa de los emigrantes japoneses y sus descendientes, ordenada por los gobiernos de muchos países americanos, representó una enorme tragedia para todas las familias de los emigrantes. En México, el gobierno los obligó a concentrarse en las ciudades de Guadalajara y México en enero de 1942. Sin recursos monetarios debido a que les fueron confiscados y sin sus fuentes de trabajo, la concentración en estas grandes ciudades significó el inicio de una nueva emigración.

La concentración también permitió un logro mayor: la creación de las distintas escuelas en los barrios de la ciudad de México donde se agruparon los emigrantes. Las escuelas de Tacuba, Tacubaya, Contreras y del centro de la ciudad lograron que no sólo los niños se educaran, sino que los padres se integraran y participaran colectivamente en las tareas que la organización de las mismas les demandaba. Al relacionarse y apoyarse mutuamente las familias, la guerra dejó un saldo positivo al fomentar con más fuerza los lazos y la organización comunitaria.

Padres de familia en Tlalpan reunidos para organizar la escuela de los niños (Colección de Sergio Hernández Galindo)


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¿En ese ambiente de guerra habría algo que festejar a fines del año de 1942? Los grupos de emigrantes de los distintos barrios de la ciudad entendieron que era importante celebrar ese fin de año. Las comunidades esperaron la llegada del nuevo año preparando una gran variedad de guisos. Uno de ellos era el de fideos japoneses, el toshikoshi soba, palabras que podemos traducir como fideos para pasar el año.

Fideos para pasar el año, Toshikoshi soba (Foto: Wikipedia.com)

Pero además de la soba se sirvieron otra serie de platillos. Tal vez el más popular era el tazón con caldode pollo o pescado caliente llamado ozouni al que se le agregaba un pedazo de mochi asado. El mochi se elaboraba con arroz cocido, que era machacado con un mazo de madera hasta que se convirtiera en una pasta que se moldeaba de diversas formas. También las familias comieron esta pasta de arroz asado con un guiso de frijol dulce denominado oshiruko. Los platillos tenían igualmente un significado simbólico, por ejemplo el comer fideos representaba el deseo de tener una larga vida llena de salud y prosperidad.

Ozouni (Foto: Wikipedia.com)
Oshiruko (Foto: Wikipedia.com)

Sin embargo, la importancia del año nuevo no sólo radicó en la comida que se lograba preparaba sino en los lazos que entrelazaban a todas las familias. Para la preparación de la comida, las mujeres se organizaron en los distintos barrios para elaborarla de manera colectiva desde días anteriores. En el primer día del año nuevo, los hombres salieron a visitar a los amigos en los distintos barrios de la ciudad para, en primer lugar, agradecerles sus atenciones a lo largo del año que terminaba y desearles lo mejor en el año que iniciaba. Los niños, engalanados con su uniforme de la escuela, asistieron a la misma para saludar a sus compañeros y cantar canciones acordes con el festejo de año nuevo.

Tamales de pollo con salsa verde cocido en hoja de maíz (Foto por Sergio Hernández Galindo)

Para recibir a los invitados que traían los mensajes de agradecimiento y buenos deseos, las familias también prepararon alimentos para compartirlos y convivir durante esos momentos. Para esta ocasión no sólo se degustaban los tradicionales platillos japoneses; las mujeres prepararon guisos mexicanos que habían aprendido a cocinar en los lugares donde radicaban. Los tradicionales tamales mexicanos (preparados con harina de maíz con un guiso de carne de res o pollo en salsa de chile roja o verde) fueron compartidos en esa ocasión, así como otra serie de comidas típicas más como el pozole o la pancita.

El festejo de año nuevo de esa forma unió las tradiciones culturales mexicana y japonesa. En el barrio de Contreras, al sur de la ciudad de México, donde se agrupaba un núcleo importante de emigrantes, se empezó a convertir en una tradición que una de las familias más conocidas debido al cultivo de los crisantemos, los Katagiri, recibiera a sus invitados con comida mexicana. Los niños también eran agasajados con las tradicionales piñatas mexicanas (ollas de barro cubiertas bellamente con papeles multicolores) que se rompían para que salieran frutos de la estación como caña de azúcar, tejocotes, limas, naranjas y dulces con que eran rellenadas.

Mural del pintor Diego Rivera representando la quiebra de “piñatas”. Hospital Infantil de México 1953. (Foto por josephbergen, Flickr.com)

Debemos de recordar igualmente, que la gran mayoría de los emigrantes al llegar a México usaron un nombre en castellano que les permitía comunicarse mejor con las poblaciones locales. Al formar familias, los japoneses empezaron a bautizar a sus hijos y los introdujeron en la religión católica sin por eso dejar sus creencias budistas y sintoístas. Como parte de esta tradición católica, en la noche vieja asistían a la llamada “misa de gallo” en las iglesias católicas, celebración con la que se recordaba el nacimiento de Jesús.

Como nos podemos dar cuenta, los festejos y tradiciones que conservaban los emigrantes y que reprodujeron en América, incorporando las costumbres mexicanas, crearon una especie de coraza que les permitió enfrentar de manera festiva las dificultades que la guerra y la persecución les presentaron.


*Agradezco la colaboración que me brindaron para elaborar este artículo Miyuki Sakai, Take Nakamura, René Tanaka, René Nakamura y la familia Katagiri.

© 2016 Sergio Hernández Galindo

Vida y Milagros

Creí que no escribiría hoy. ¿Quién escribe y quién lee el primer día del año, ebrios aún de festejos y sobredosis de temporada navideña, deseando alargar el momento antes de hablar y lidiar con la amenaza de un mal año para nuestro país y el mundo? Eso pensaba cuando me topé con un envío que me animó a hacer el esfuerzo de sentarme ante el teclado para traducirlo y compartirlo con los raros ojos de un lector que se anima a leer el dos de enero.



La revista Collective Evolution publicó una reseña escrita por Joe Martino acerca del libro de una enfermera de cuidados paliativos para enfermos terminales. "The five top regreats of the dying", Los cinco principales arrepentimientos de los moribundos.

Antes de entrar a la lista es bueno retomar el concepto de "arrepentimiento". Es útil saber que independientemente de en qué etapa de la vida nos encontremos, es inútil vivir con arrepentimientos; el arrepentimiento es un sentimiento innecesario, que solo nos deja sufrimiento sin ganancia, pues al atarnos a él permitimos que sea el pasado el que dicte el cómo debemos sentirnos en el presente. En cambio, sí podemos usar el pasado como un punto de referencia para entender los ajustes que debemos hacer para seguir adelante con una vida razonablemente feliz. Los ajustes no tienen por qué surgir del dolor o un juicio permanente hacia nosotros mismos, pero sí de elegir hacer las cosas de manera distinta a las conductas del pasado que hoy nos disgustan. La vida es un aprendizaje permanente, pero detenemos ese proceso natural cuando nos aferramos al arrepentimiento. Cuando haya necesidad de cambios, lo mejor es hacer las paces con el pasado y recordar que cada momento de la vida nos ofrece una nueva elección. Hacerlo puede salvarnos de vivir y morir arrepentidos.


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Los cinco arrepentimientos dominantes:

  1. Desear haber tenido el valor de vivir la vida de acuerdo a lo que verdaderamente queríamos y no de acuerdo a lo que otros esperaban de nosotros.

Este es el más común de todos los arrepentimientos, tanto en hombres como en mujeres. Cuando la salud falta y el tiempo se acaba, se cae en la cuenta de que la salud otorga una libertad de la que pocas veces estamos conscientes. La mayoría de las personas no realizaron muchos de sus sueños debido a decisiones que se tomaron más en función de los demás que de lo que realmente deseaban.

  1. Desear no haber trabajado tanto.

Este sentimiento fue mucho más frecuente en los hombres que en las mujeres. Más hombres que mujeres lamentaban haberse perdido la niñez y la juventud de sus hijos y muchas veces también la compañía de sus parejas. Algunas mujeres también hablaron de este sentimiento, pero las entrevistadas fueron mujeres de generaciones anteriores, en las que el trabajo fuera de casa no era tan demandante para las mujeres como lo es ahora. Cada día más mujeres se empezarán a arrepentir también de esto.

  1. Desear haber tenido el valor para expresar con claridad los sentimientos y emociones.

Las personas suprimen a lo largo de su vida mucho de lo que sienten para llevar la fiesta en paz, confundiendo una sana prudencia con la represión de lo que se piensa y siente. Como resultado se instalaron en una mediocre existencia y nunca llegaron a desarrollar sus verdaderas capacidades. El artículo documenta que muchas personas que no se atrevieron a expresar sus sentimientos desarrollaron enfermedades relacionadas con la amargura y el resentimiento.

  1. Desear haber conservado a sus buenas amistades.

Muchas personas no se dan cuenta de la importancia de conservar a los buenos amigos hasta que están viviendo una enfermedad terminal, cuando ya es imposible recuperar a las amistades perdidas o abandonadas a lo largo de la existencia. Muchas personas manifiestan haberse centrado demasiado en sus vidas familiares y sus trabajos, olvidando a las amistades doradas, las que suelen iluminar y enriquecer la existencia. Hay un profundo arrepentimiento por no haber dado a las amistades el esfuerzo y el tiempo que se requiere para conservarlas. Casi todos los enfermos terminales extrañan profundamente a sus amigos, cuando ya no hay tiempo de recuperarlos y cuando ya han pasado una larga parte de la vida sin ellos.

  1. Desear haberse permitido ser más felices.

Este es un sorprendente sentimiento compartido por hombres y mujeres. Muchas personas no se dan cuenta hasta casi el final de sus vidas que la felicidad puede ser una elección consciente. Se quedan atadas a viejos patrones y hábitos aprendidos, entre ellos el del amargue o la melancolía permanentes. La zona de confort o familiaridad con una forma de vivir y sentir arrasó con sus vidas, sin tomar consciencia de ello hasta que fue demasiado tarde. Muchas personas manifestaron que el miedo al cambio los mantuvo pretendiendo ante otros y ante sí mismos que estaban contentos, aunque en el fondo, muchas de estas personas deseaban que un milagro o un evento exterior trajera algo de locura, felicidad y emoción a sus vidas. La mayoría de las personas lamentaban esto cuando sabían que su tiempo de vivir había llegado irremediablemente a su fin.

Es bueno recitar para nosotros mismos o a quien quiera escucharnos lo que escribió el poeta Jaime Sabines:

Si sobrevives,

si persistes, canta,

sueña, emborráchate.

Es el tiempo del frío: ama.

Apresúrate. El viento de las horas

barre las calles, los caminos.

Los árboles esperan: tú no esperes,

Este es el tiempo de vivir, el único.

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Vida y Milagros

Creí que no escribiría hoy. ¿Quién escribe y quién lee el primer día del año, ebrios aún de festejos y sobredosis de temporada navideña, deseando alargar el momento antes de hablar y lidiar con la amenaza de un mal año para nuestro país y el mundo? Eso pensaba cuando me topé con un envío que me animó a hacer el esfuerzo de sentarme ante el teclado para traducirlo y compartirlo con los raros ojos de un lector que se anima a leer el dos de enero.



La revista Collective Evolution publicó una reseña escrita por Joe Martino acerca del libro de una enfermera de cuidados paliativos para enfermos terminales. "The five top regreats of the dying", Los cinco principales arrepentimientos de los moribundos.

Antes de entrar a la lista es bueno retomar el concepto de "arrepentimiento". Es útil saber que independientemente de en qué etapa de la vida nos encontremos, es inútil vivir con arrepentimientos; el arrepentimiento es un sentimiento innecesario, que solo nos deja sufrimiento sin ganancia, pues al atarnos a él permitimos que sea el pasado el que dicte el cómo debemos sentirnos en el presente. En cambio, sí podemos usar el pasado como un punto de referencia para entender los ajustes que debemos hacer para seguir adelante con una vida razonablemente feliz. Los ajustes no tienen por qué surgir del dolor o un juicio permanente hacia nosotros mismos, pero sí de elegir hacer las cosas de manera distinta a las conductas del pasado que hoy nos disgustan. La vida es un aprendizaje permanente, pero detenemos ese proceso natural cuando nos aferramos al arrepentimiento. Cuando haya necesidad de cambios, lo mejor es hacer las paces con el pasado y recordar que cada momento de la vida nos ofrece una nueva elección. Hacerlo puede salvarnos de vivir y morir arrepentidos.


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Los cinco arrepentimientos dominantes:

  1. Desear haber tenido el valor de vivir la vida de acuerdo a lo que verdaderamente queríamos y no de acuerdo a lo que otros esperaban de nosotros.

Este es el más común de todos los arrepentimientos, tanto en hombres como en mujeres. Cuando la salud falta y el tiempo se acaba, se cae en la cuenta de que la salud otorga una libertad de la que pocas veces estamos conscientes. La mayoría de las personas no realizaron muchos de sus sueños debido a decisiones que se tomaron más en función de los demás que de lo que realmente deseaban.

  1. Desear no haber trabajado tanto.

Este sentimiento fue mucho más frecuente en los hombres que en las mujeres. Más hombres que mujeres lamentaban haberse perdido la niñez y la juventud de sus hijos y muchas veces también la compañía de sus parejas. Algunas mujeres también hablaron de este sentimiento, pero las entrevistadas fueron mujeres de generaciones anteriores, en las que el trabajo fuera de casa no era tan demandante para las mujeres como lo es ahora. Cada día más mujeres se empezarán a arrepentir también de esto.

  1. Desear haber tenido el valor para expresar con claridad los sentimientos y emociones.

Las personas suprimen a lo largo de su vida mucho de lo que sienten para llevar la fiesta en paz, confundiendo una sana prudencia con la represión de lo que se piensa y siente. Como resultado se instalaron en una mediocre existencia y nunca llegaron a desarrollar sus verdaderas capacidades. El artículo documenta que muchas personas que no se atrevieron a expresar sus sentimientos desarrollaron enfermedades relacionadas con la amargura y el resentimiento.

  1. Desear haber conservado a sus buenas amistades.

Muchas personas no se dan cuenta de la importancia de conservar a los buenos amigos hasta que están viviendo una enfermedad terminal, cuando ya es imposible recuperar a las amistades perdidas o abandonadas a lo largo de la existencia. Muchas personas manifiestan haberse centrado demasiado en sus vidas familiares y sus trabajos, olvidando a las amistades doradas, las que suelen iluminar y enriquecer la existencia. Hay un profundo arrepentimiento por no haber dado a las amistades el esfuerzo y el tiempo que se requiere para conservarlas. Casi todos los enfermos terminales extrañan profundamente a sus amigos, cuando ya no hay tiempo de recuperarlos y cuando ya han pasado una larga parte de la vida sin ellos.

  1. Desear haberse permitido ser más felices.

Este es un sorprendente sentimiento compartido por hombres y mujeres. Muchas personas no se dan cuenta hasta casi el final de sus vidas que la felicidad puede ser una elección consciente. Se quedan atadas a viejos patrones y hábitos aprendidos, entre ellos el del amargue o la melancolía permanentes. La zona de confort o familiaridad con una forma de vivir y sentir arrasó con sus vidas, sin tomar consciencia de ello hasta que fue demasiado tarde. Muchas personas manifestaron que el miedo al cambio los mantuvo pretendiendo ante otros y ante sí mismos que estaban contentos, aunque en el fondo, muchas de estas personas deseaban que un milagro o un evento exterior trajera algo de locura, felicidad y emoción a sus vidas. La mayoría de las personas lamentaban esto cuando sabían que su tiempo de vivir había llegado irremediablemente a su fin.

Es bueno recitar para nosotros mismos o a quien quiera escucharnos lo que escribió el poeta Jaime Sabines:

Si sobrevives,

si persistes, canta,

sueña, emborráchate.

Es el tiempo del frío: ama.

Apresúrate. El viento de las horas

barre las calles, los caminos.

Los árboles esperan: tú no esperes,

Este es el tiempo de vivir, el único.

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He pasado frente a La Esmeralda Relojería numerosas veces en los últimos dos años en mi camino a la Casa de la Cultura en Juchitán. Siempre me llama la atención, me recuerda los escaparates en La Habana o el Puerto de Veracruz. Con la cortina metálica levantada se pueden ver los mostradores de cristal llenos de joyas y relojes, y siempre hay alguien sentado en la entrada, a menudo un anciano de pelo gris platicando con algún amigo. Muchas veces he querido pedirles permiso de tomar una fotografía, pero la pena y el temor al rechazo me lo han impedido. Pero esta vez estoy decidido, “¿por qué no?, en todo caso no pasará de que me digan que no.”

¡Pero no lo han dicho!



Saludo al viejo de pelo gris sentado en la entrada y me acerco al hombre que trabaja en un reloj en el mostrador. Se llama José. Le platico de mi proyecto de libro sobre "oficios" y le muestro el folleto 5 x 7 que siempre llevo conmigo con fotos que he tomado de otras personas haciendo su trabajo. Pronto él reconoce a algunos de los Juchitecos en el folleto y me dice que le parece bien que lo fotografíe trabajando, pero me pide que le tome también algunas fotos a su padre, Vicente, el hombre de pelo gris en la entrada. Estoy de acuerdo y le digo que volveré para para la entrevista y las fotografías un poco más tarde.

Así ha empezado este relato de Vicente el relojero.


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En la tarde José me muestra el salón detrás del taller y me dice que llamará a su padre. Caigo así en la cuenta de que esta entrevista no será con él, sino con su padre Vicente, el creador de La Esmeralda.

Don Vicente tiene ochenta y nueve años y se ha retirado recientemente de su profesión como joyero y relojero… ya los ojos le fallan y sus manos tiemblan. Pero aunque sus ojos y sus manos no lo sean, su mente es segura y aguda, así que no tiene problema para mirar hacia las ocho décadas y media de su vida.

Como muchas de las personas que he entrevistado para el proyecto de los oficios, en cuanto Vicente terminó la escuela primaria se inició en el oficio de joyero. Trabajó con su cuñado en una tienda que fabricaba joyas de oro y vendía relojes suizos de precisión. Después de un tiempo, Vicente decidió que quería aprender a montar y reparar los relojes que vendían. Así que dejó a su esposa y a sus dos hijos en Juchitán y se fue a la ciudad de México. Allá encontró un relojero que lo aceptó como aprendiz para enseñarle el arte de montar y reparar relojes suizos. Al cabo de un año, cuando terminó su aprendizaje, regresó a su familia en Juchitán y continuó trabajando con su cuñado en La Esmeralda.

Y con su testimonio entiendo al fin la importancia de la joyería entre los juchitecos.

He podido asistir al rito de las Velas en San Blas, un pueblo indígena cercano a Juchitán, con un fotógrafo mexicano amigo que me invitó a acompañarlo en 1998. Me quedé muy impresionado por las mujeres Juchitecas que estaban adornadas con increíble orfebrería de oro. ¡Incluso algunos de sus dientes tenían incrustaciones de oro! Descubrí que no eran de plata chapeada las que portaban, sino de oro puro. Me dijeron que era una forma de mostrar su estatus social en el Istmo.

Vicente ha sido por mucho tiempo uno de los joyeros que hacen esos aretes, brazaletes y collares de oro puro. Me explica que cuando era más joven, el oro era mucho más barato. Lo que costaba entonces diez pesos ahora cuesta cuatrocientos. Solía ​​hacer cadenas y pulseras de monedas de oro puro que pesaban 100 gramos (3.5 oz). Pero además de expresar un estatus social, la joyería era una muy importante manera de contar con capital para financiar las siembras y cosechas en la temporada de lluvias. Juchitán y los pueblos circundantes tienen una economía basada en el oro. El oro es empeñado para cubrir los costos de la cosecha, y cuando se termina, la mujer compra de nuevo sus joyas de oro. El mismo proceso continúa hasta el día de hoy.

Lamentablemente, los tiempos han cambiado. El crimen organizado se ha trasladado al área de Juchitán y ya no es seguro usar la joyería de oro en público. En su lugar, se almacena en cajas de seguridad y se saca sólo cuando se cambia por dinero en efectivo para la cosecha.

Unos días antes de mi partida de Juchitán, Vicente envía a su nieto, Diego, a buscarme en la Casa de la Cultura. Como agradecimiento por sus fotos me regala una pila de totopos frescos (tostadas de maíz tradicionales de Juchitán) y un trozo de queso seco (tipo parmesano) para el viaje de regreso a casa. ¡Es un hombre con corazón de oro!

Vicente ha perdido a tres de sus hermanas durante el último año. Todas tenían más de ochenta años. A medida que se acerca a los noventa años, todavía está muy alerta y lleno de vida. Pero sabe que el reloj está corriendo. Por suerte, es un maestro relojero y sabe muy bien cómo lidiar con el tiempo. Podría estar con nosotros por muchos años todavía. Eso espero.

Mundo Nuestro. En este cierre del año presentamos algunas de las crónicas destacadas a lo largo de los meses de este 2016. Aquí el mes de diciembre.

Cultivos tradicionales entorno a la Gran Pirámide de Cholula



Por Julio Glockner Rossains

Cultivos tradicionales entorno a la Gran Pirámide de Cholula

El corregidor Gabriel Rojas, que según René Acuña hablaba bien el náhuatl, escribió en 1581 la Relación Geográfica de Cholula. En ella describe muy brevemente una ciudad que antes de la conquista calculaba estar habitada por 40 mil habitantes, pero después de dos epidemias de peste redujo su población a 9 mil habitantes. Describe un clima templado con fríos y calores soportables en invierno y verano y una tierra que produce una buena diversidad de flores como clavellinas, lirios y azucenas. Habla de las lluvias y los vientos saludables del norte y el este y de las que son algo dañosas que provienen del sur, con vientos fuertes en febrero, como todos sabemos. Menciona la existencia del río Atoyac y de pequeños arroyos y dice que la ciudad se abastece de agua mediante pozos que han sido cavados por todas partes. “Es tierra abundosa de mantenimientos y frutos –dice- y falta de pastos y montes, por ser poca tierra y estar toda cultivada de sementaras [que en su lengua llaman milpa] y nopales, en que se coge la grana”.


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La guerra de odio y persecución contra los emigrantes japoneses en América. Mirarnos en ese espejo

Por Sergio Hernández Galindo

La guerra de odio y persecución contra los emigrantes japoneses en América. Mirarnos en ese espejo

Para los millones de mexicanos y musulmanes que residen en Estados Unidos

En la tarde del 7 de diciembre de 1941 por todo el continente americano ya se había esparcido como reguero de pólvora la noticia del ataque de la armada japonesa a la base naval norteamericana de Pearl Harbor. En los Estados Unidos, en México y en otros países donde residían gran número de emigrantes japoneses y sus familias se comenzó a vivir un periodo de gran incertidumbre, miedo y angustia.

-“¿Qué será de nosotros? ¿Se nos deportará? ¿Se nos encarcelará?” Fueron las primeras preguntas que las familias de los emigrantes se hicieron.

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Standing Rock: La mayor movilización indígena en EE UU en más de un siglo
Revista Sin Permiso

Por Silvia Arana, periodista argentina residente en Quito, Ecuador, colaboradora de la agencia de noticias Alainet.

Standing Rock, en el estado de Dakota del Norte, forma parte de la Reservación Sioux, como se llama comúnmente a los pueblos originarios dakota, lakota y otras tribus de las praderas. El río Missouri, fuente de agua potable de unos 17 millones de persona

s, atraviesa el territorio, que está bajo jurisdicción de las autoridades indígenas de la Reservación Sioux de Standing Rock según los tratados firmados con el gobierno de EE.UU.

En violación de los tratados y en contra de la voluntad de los sioux, la corporación petrolera Energy Transfer Partners está construyendo un oleoducto que destruiría el sitio sagrado y cementerio indígena de Standing Rock y cuyo tramo subterráneo pasaría por debajo del lecho del río Missouri. El proyecto es una inversión de 3.800 millones de dólares, financiado por Goldman Sachs, Bank of America, HSBC, UBS, Wells Fargo y otros grandes bancos. Tiene una extensión de 1880 km, va desde los yacimientos de petróleo de Bakken en Dakota del Norte, pasando por Dakota del Sur, Iowa hasta llegar a Illinois.

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Comer para entender de dónde venimos

Comer para entender de dónde venimos

Pero qué rutas descubro con el libro de Lilia: las que me abren mis ojos, mis oídos, mis manos. Y no he abierto aun las que deslumbran desde el olfato. Ni las que se derraman en el gusto, el más ciego e inquisidor de los sentidos.

Todos los sentidos entonces expuestos…

Estamos en Pueblo Nuevo. Mis ojos de niño siguen las manos de la mujer de Ausencio. He dejado de mirar todo: ya no veo la olla enorme en el que regurgita el mole, ni la pala con la que no lo deja de menear la más robusta de sus hijas, a tono ella con las tres redondas piedras del Atoyac en las que descansa el barro de La Luz y entre las que se queman trozos de madera que uno de sus hijos ha traído de algún embalaje de la fábrica El Patriotismo, al otro lado del río.

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