Sociedad

En memoria de los 11; En recuerdo de “El Sabio” Fernández del Valle: Al Chupis y al Mocho, por supuesto: A los sobrevivientes.

La muerte no existe para el hombre más que como un malestar o un temor,

o una falla, o un destino inacabado.

Las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco. Quijote.



La Cruz de Guadalajara



No sabíamos si estaríamos vivos al llegar la noche. El frío y la niebla nos hicieron acurrucarnos buscando protección entre las rocas del Farallón, la enorme pared de piedra y nieve que permite el acceso a la rodilla de la mujer dormida, el Iztaccíhuatl. Éramos dos excursionistas rezagados del Club Alpino del Instituto de Ciencias de Guadalajara (CAIC).

Cuando uno se queda solo en la montaña aturdido por el sonido de la ventisca pasan por la mente los más inexplicables pensamientos. Nos quedamos solos los dos, porque se desprendió el spiky de Paco Ibarra, el Mocho, que rodó unos metros hacia abajo de una ladera de nieve al borde del camino que nos llevaría a la parte central de la montaña. El spiky es la plantilla de picos que se amarra a la bota para caminar sobre nieve y hielo. Que nadie lo dude, íbamos equipados.



Recuperar el equipo descolgándose uno con una cuerda sostenida por él otro nos tomó demasiado tiempo. Cuando repuestos del percance retomamos el camino descubrimos con asombro que la intensa neblina que empezaba a aparecer nos impedía reconocer la ruta y perdimos la vista de las huellas del resto del grupo. El grupo delante de nosotros siguió avanzando en fila hacia los pechos de la mujer dormida.

La tormenta se desató con fuerza. El viento pegaba hiriendo el rostro y la nieve empezó a cubrir el cuerpo. Refugiados entre las rocas aguantamos un tiempo que pareció eterno. La audacia de Paco hizo que buscara el camino de regreso al refugio. Cuando volvió a buscar la roca de resguardo no vio más que nieve y pensó que se había perdido. Gritó para saber en dónde había quedado yo y su mochila y recuerda que la roca se movió y me levante blanco cubierto totalmente de nieve. Yo por mi parte, vi a un aparecido completamente blanco. La chamarra de pana que él tenía puesta, el gorro de montaña y su rostro estaban totalmente blancos. Me encontré frente al hombre de las nieves.

“Ya sé por dónde regresar”, me dijo.

Sin idea del tiempo transcurrido empezamos la búsqueda del camino de regreso. Miedo, sí. Saber que podríamos caer y rodar cuesta abajo, también. Sensación de estar perdidos, pues sí. Más bien tiempo de rezar, para poder encontrar con luz el camino al refugio. Bajar de la montaña, imposible.

Seguía creciendo la tormenta que en momentos impedía ver a escasos metros. Nos arrastramos en medio de la niebla. Debe uno de confesarlo, las cosas iban de mal en peor. Las rocas volcánicas y la nieve nos impedían avanzar, bajamos por pasos cortos, titubeantes. Paco y su sangre fría nos salvaron de cualquier mal paso, del cual no hubiéramos sobrevivido.

A cada instante parecía que lo negro nos envolvía. Por allá nada, la sombra absoluta a los lados nos invadía y cegaba. Era como aquel pasaje que acababa de leer en el Viaje al Centro de la Tierra de Verne. Igual, no queríamos, no podíamos intentar un descenso vertical, buscábamos bajar en diagonal.

No recuerdo cuánto nos tomó el descenso inicial. A gatas, con las uñas, entre piedra y nieve desandamos lo que habíamos escalado durante horas luminosas. Antes de que se hiciera de noche, con lámparas de mano y agotados llegamos al pequeño refugio de metal conocido como El Iglú. Eso nos salvó la vida.

Nos envolvió la noche oscura.

Foto tomada por Francisco Ibarra Gari al empezar la ventisca el 4 de febrero de 1968

La noche del 4 al 5 de febrero de 1968 la pasamos Paco Ibarra y yo resguardados en el refugio, cual náufragos, bajo una fuerte ventisca que hacía que entrara la nieve y el sonido feroz de la montaña en un espacio de pocos metros. La naturaleza sacudió su furia como pocas veces recuerda uno en su vida.

Al día siguiente al amanecer, arriba, en la parte más alta del farallón entre las rocas y la nieve vimos puntos de colores que se movían lentamente. El resto del grupo no había bajado como lo suponíamos, habían pasado la noche en medio de la tormenta. En ese momento no sabíamos la dimensión de la tragedia. Iniciamos un descenso lento, agotador y esperanzado por volver a los llanos planos, al campamento base, a casa.

Esa mañana amaneció con un brillante cielo azul que duró hasta el mediodía. El día empezaba así, y nadie podría predecir como terminaría. Diré una cosa, renací y crecí desde allí, en aquella parte de la montaña, a pesar de que en la noche del Iglú, me sintiera como un extranjero, como si no perteneciera a ninguna parte.

Si la subida había sido solo ilusión y entusiasmo, la tormenta, miedo y puro instinto de supervivencia, la noche resistencia y desazón, la bajada fue una mezcla de desesperación y ayuda mutua.

Bajamos como pudimos, en shock y sin saber aún que estaba pasando. Fue hasta mucho tiempo después que nos enteramos que había tres listas; 11 fallecidos; 19 sobrevivientes y 2 desaparecidos, nosotros.

Al bajar se quedó perdido parte de mi equipo para escalar o quizás desde la tarde en que empezó la tormenta, así que me quede sin fotos. El descenso desde el refugio fue más seguro y confiado porque nos acompañó durante un buen trecho un grupo de alpinistas de Puebla que llegó al Iglú durante la noche. Bajamos encordados una buena parte del camino de piedras, con menos nieve y con un aire limpio; azul transparente, en el que se formaban cerca de las paredes de roca remolinos de viento fresco que animaban a moverse. Hubo un momento en que nos separamos Paco y yo, él tenía más energía para avanzar más rápido. Al continuar la caminata solo, ya nada era tan apremiante como cuando bajábamos en grupo. Ahora el tiempo transcurría de otra forma, lo sentía con otro ritmo, más lento.

“Haré todo lo que pueda para llegar hasta abajo”, me decía, pero advertía que ya no tenía la misma fuerza.

“Nos queda un tramo largo aún”, había dicho Paco antes de desaparecer por una cañada.

“Tú sigue”, creo le animé, seguro de que estaría bien.

Entonces, por primera vez mire hacia abajo, en absoluta soledad, la larga y profunda perspectiva del vacío que me esperaba. Saldremos de esta, me repetía. Y seguí despacio.

Ya no miré hacia atrás, no había a donde ir, crucé como un paso fronterizo las cañadas menos escarpadas y continué adelante. Creía recordar por donde se encontraba el campamento base.

Después de un par de horas llegué a las planicies sembradas de matorrales bajos de montaña y vi a lo lejos que algunas figuras me hacían señales y corrían hacia mi encuentro con muestras de alegría y primeros auxilios. Reconocí rostros familiares y entre llantos y abrazo me sentí renacido. No dejamos de señalar hacia los senderos enredados y hacía lo alto, buscando algún indicio de los faltantes.

¿Cómo describir lo vivido?

Durante años me aparece la imagen de la niebla cerrando la visión del camino, invadiendo y arrastrando a uno a otra dimensión. En cualquier momento en que aparece niebla hasta el día de hoy revive aquel momento en que el latido de la vida se detenía, que se tenía que respirar a bocanadas desordenadas y que el miedo que nos invade podía ser el de la agonía y preguntarse también si es así como se termina todo. Y resignarse, pues la muerte, si llega, no hará sino poner punto final, y nada más.

Pero no, no fue así para todos. Están los que además sufrieron de otra forma. Ellos son los 19 sobrevivientes que se quedaron arriba, entre las rocas, atrapados porque la tormenta no les permitió volver al refugio. Para unos, sólo quedó esperar que llegara el día y con él, volviera pensamiento y vida. Para otros, un trago largo de ron y leche condensada para resistir la helada. Para otros más no había manera de lograr dormir un poco. El peligro era dejarse ir.

“Cuéntense, otra vez” --se dijo a lo largo de la noche.

Ya no respondieron algunos. Entraron en la noche oscura.

*Miguel Díaz Reynoso es diplómático, sobrevoviente de la tragedia del Ixtaccíhuatl.

Mundo Nuestro. La noche del 4 al 5 de febrero de 1968 una tormenta reconocida como ventisca atrapó a un grupo de jóvenes alpinistas, todos ellos estudiantes del colegio jesuita Instituto de Ciencias de Guadalajara. Once de ellos perdieron la vida. Una noche de domingo, igual un 4 de febrero como la de hoy, hace cincuenta años.

Los volcanes de cerca. Tal vez al atardecer del 4 febrero de 1968, cuando una ventisca atrapa a un grupo de jóvenes montañistas en las rodillas del Iztaccíhuátl.

Pepe, quien con el tiempo llegará a ser el Padre Provincial de la Compañía de Jesús tres décadas después y rector de la Universidad Iberomericana en la ciudad de México, reconocido como uno de los más importantes jesuitas en el mundo, tiene entonces 25 años. Religioso jesuita, es Maestrillo en el colegio Ciencias de Guadalajara, y forma parte de una excursión al Izta con el Club Alpino del Instituto de Ciencias de Guadalajara, un grupo similar a lo que en el colegio Oriente de Puebla llamaban CAIMO (Club Alpino del Instituto Militarizado Oriente), es decir, preparatorianos miembros de un grupo que trepa montañas, jóvenes alpinistas liderados por algunos veteranos en la arriesgada tarea de trepar la alta montaña.



El grupo de 32 alpinistas ha iniciado el descenso poco después de las 4 de la tarde. Sea lo que sea que haya ocurrido, no vieron venir la ventisca. Junto con dos compañeros más, Pepe ha logrado llegar al albergue Esperanza López Mateos en medio de la más atroz de las tormentas que pueden caer en un instante, como cae una piedra en el río, sin avisar, rompiendo el tiempo que un par de horas antes relumbra de sol. El grupo había logrado llegar sin problemas a la cumbre, pero en la bajada los ha sorprendido una nube densa que azota sin recato los riscos de las rodillas de la mujer dormida. Peñascos y abismos, y todos rumbo a la oscuridad de la noche y a los vientos helados que traerán la hipotermia, el delirio y la muerte. En el albergue, arriba de los 5 mil metros, Pepe sabe que son muchos los muchachos no han logrado alcanzar el refugio. Sale a buscarlos. Encuentra a dos, pero la tormenta alcanza un grado extremo que durará doce horas. Están a menos de cincuenta metros del albergue, lo sabe... ¿Pero dónde está el albergue? No hay horizonte a medio metro, la pesadez de la nube es una muralla que los encierra minuto a minuto. No hay que moverse, les dice. Hay que brincar, les grita a los dos jóvenes paralizados. No se muevan, brinquen, ¿lo puede entender la mente a -20 veinte grados? Sí, tal vez, los primeros instantes.

Así que brinca, salta, brinca sobre ti mismo, sobre ese pedazo de mundo que ahora te contiene...

Pepe no deja de hacerlo. Corre para siempre sobre ti mismo si quieres vivir. Todavía alcanza a ver que uno de los jóvenes se mueve. Ver es un decir, el viento helado es la única imagen que cuenta. No hay alerta que valga. Desparece. El otro dónde está... ¿Todavía aquí? ¿Sigue él mismo ahí?

Amanece el 5 de febrero y Pepe sigue corriendo enfebrecido. A su lado yace muerto el muchacho que no se movió. Dejó de brincar. A unos metros puede verse el acantilado. Al fondo se encuentra el cadáver del muchacho que se movió en busca del refugio.

Once muchachos de mi edad entonces, no llegarían a viejos.



Todavía hoy, en las rodillas de la montaña, se puede ver la Cruz de Guadalajara.



“Afrontaron la inmensa incertidumbre y acudieron puntuales al Encuentro. No murieron, llegaron a la Cumbre”

Archibaldo Lancaster Jones Cortina

Francisco Fernández del Valle Bickel

Gabriel de la Torre Rodarte

Guilermo Araiza Aguilar

Guillermo Alvarez Paramo

Jorge Javier Nepote Barba

Jose de Jesús Garcia Chavez

Juan Jose Nuño Sanchez

Miguel Pardo Acevez

Pablo Perez Vargas Garcia Bedoy

Pedro Chavez Martinez

La asamblea popular de Santa María Tonantzintla rechazó este jueves por la noche el proyecto de Smart City promovido por el gobierno municipal de San Andrés Cholula, lo que derivó en la decisión hecha pública por el alcalde Leoncio Paisano de retirar la idea de Barrio Smart en este pueblo originario.

No habrá Barrio Smart en Tonantzintla. Lo dijo al menos tres veces el alcalde Leoncio Paisano en la asamblea que se llevó a cabo este jueves por la tarde noche en la Casa de la Cultura de esta junta auxiliar del municipio de San Andrés Cholula.
Y más: Obras Públicas del Ayuntamiento reconstruirá en coordinación con el INAH el puente derruido en el centro de la plaza. Y los pobladores constituirán comités para asegurar que las obras de mejoras se realicen con el acuerdo de la comunidad.
Con esas decisiones se retiró Leoncio Paisano, presidente municipal de San Andrés Cholula, quien acudió a la asamblea popular convocada el miércoles para exponer el proyecto de obras de mejoras que desde noviembre pasado su gobierno lleva a cabo en la plaza y las avenidas principales de Santa María Tonantzintla.
Y una acción final del alcalde Leoncio Paisano en la asamblea: se tuvo que disculpar de lo que declaró en la mañana a la prensa de la ciudad de Puebla, dijo que no quiso decir eso de que son alborotadores y de que el descontento lo encabezan grupos de choque morenistas.

Es el peso de un pueblo que se organiza y obliga a su alcalde a participar en una asamblea popular.




A la asamblea acudió un representante de la Secretaría de Gobernación del gobierno de Tony Gali. En una reunión posterior con el comité que ha encabezado el movimiento de rechazo a las obras del ayuntamiento y a la idea de convertir a Tonantzintla en un Barrio Smart, Guillermo Álvarez Lendle, quien se presentó como delegado de la Secretaría que encabeza Diódoro Carrasco en el gobierno estatal, se ofreció como mediador entre los pobladores descontentos y el alcalde Paisano. Propuso llevar a cabo una serie de reuniones para que el gobierno explique el significado de Smart City, lo que fue rechazado por el comité. Al término de la reunión con este funcionario se acordó que los vecinos organizados de Tonatzintla le plantearán al gobierno por escrito su posición, con una relación de todos los escritos que desde el mes de noviembre han entregado a las autoridades auxiliar y municipal con la demanda de información sobre las obras que realizan.
Fue una asamblea larga, en las que en ningún momento se exaltaron los ánimos y que permitió que se expresaran tanto las posturas que respaldan el proyecto del alcalde como las que, en forma mayoritaria, se oponen a él. Una asamblea muy bien llevada por el señor Antonio Ramos, de oficio carnicero, que se aseguró que ninguna de las participaciones rebasara los límites del respeto entre los participantes.
La orden del día fue simple: los funcionarios del gobierno municipal expondrían con una presentación de power point los detalles de las obras. Después vendría una serie de preguntas y respuestas para, al final, tomar decisiones.
Los usos y constumbres como marco para entender la dimensión física de un pueblo originario contra la idea de que las obras públicas tienen como propósito fundamental generar derrama económica. Esas dos posturas son las que se enfrentan en este conflicto generado por el proyecto de convertir a Santa María Tonantzintla en un Barrio Smart, y que en la asamblea fueron el motivo principal de la discusión.
Leoncio Paisano, luego de la exposición del proyecto, planteó que el objetivo fundamental del mismo es del ordenamiento de los espacios y la movilidad en Tonantzintla, para asegurar que la derrama económica que trae el turismo sea para los pobladores. Dijo también en repetidas ocasiones que de ninguna manera se trata de atentar contra los usos y costumbres de la comunidad. En la discusión, en un momento el alcalde llegó a decir lo que provocó el punto más serio en el estado de ánimo de la asamblea: que si la comunidad no quiere las obras, que se lo firmen en una minuta y las obras no se harán. En repetidas ocasiones la postura de los pobladores descontentos fue la de que no rechazan las obras y la inversión que éstas traen para la comunidad. Lo que le externaron fue que lo que el descontento principal es de que no se informara con detalle desde un inicio el propósito de las obras, que destruyeran el puente, el reloj y el empedrado sin su aprobación, y que consideraran a Tonatzintla como un Barrio Smart, lo que atenta contra su condición de pueblo originario.
Al final de la asamblea se acordó que el gobierno municipal abandona la idea de Barrio Smart y Smart City para Tonantzintla. Se comprometió además, en reconstruir el puentecito en el centro de la plaza, y se tomará en cuenta a la población en el proceso de terminado de las obras de mejoras que se realizan.

Dos escenas y una conversación en un domingo al final de enero para intentar comprender a una sociedad que hace tiempo ha perdido la brújula. Una tierra hermosa, transparente así al sol del mediodía desde el cerco geológico de los volcanes, pero hendida por el ominoso rayo de la violencia que azota a México y se lleva la vida de personas convertidas en la letra insensible de la nota roja.

Las dos escenas son de carretera, la dimensión primordial del huachicol. La conversación es el en campo, en el fin del ciclo anual del maíz, tal vez la asidera más certera que todavía apalanca a nuestro país.

El arrebato final es el de la mirada casi yerta de un reportero que no mira ahora con optimismo el futuro.



Al amanecer del domingo, con los volcanes copados de la nieve que ha traído el último frente frío, municipales de San Martín Texmelucan resguardan tras la cinta amarilla una camioneta Equinox plata sin placas. Se trata, dicen, de un presunto enfrentamiento entre huachicoleros. Ya se ha llevado el forense el cadáver de un hombre y los paramédicos ya trasladaron al hospital a una mujer que yacía a su lado, todavía con vida, al hospital más cercano. El paraje puede verse desde la autopista lo conoce por aquí la gente como como “camino a las válvulas”. Ella lleva por nombre Berenice. Él se lleva a la tumba su nombre Manuel Alejandro Romero. La nota en e-consulta remata con el consabido reporte Policiaco: “Sobre la vialidad, a la altura de San Cristóbal Tepatlaxco fueron hallados varios casquillos percutidos, los cuales presuntamente fueron disparados desde el vehículo de los agresores tras una emboscada, en lo que ya se investiga como un posible enfrentamiento ligado al robo de combustible.” Berenice y Manuel Alejandro, ¿qué derrotero de sus vidas los llevó a terminar a la vera de esta autopista combustible?

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En el periférico, a las tres de la tarde, observo un convoy policíaco que ha hecho alto a la altura de Cuautlancingo. Ha quedado unos metros atrás el C-5. Dos patrullas y una serie de grúas reverberan luces nerviosas. Cuento cuatro camionetas tipo van de carga cerradas. Y dos abiertas en las que lucen los tanques plásticos enrejados, la materia prima principal de los huachicoleros. Hoy mismo el gobierno da los resultados del programa Puebla Segura: “En lo que llevamos del 2018 se han realizado 70 operativos, con un saldo de 357 mil 442 litros de combustible ilegal decomisado, 143 vehículos asegurados, 12 personas remitidas a las autoridades y 69 tomas selladas. Con estos resultados, la cifra decomisada de carburante ilegal desde enero de 2017 al día de hoy, alcanza ya los 5 millones 227 mil 82 litros.”



Madrugada y media tarde. La vida sigue imperturbable su tránsito por la autopista.

Por la mañana miramos trabajar la máquina que empaca el rastrojo del maíz para la pastura que comerán los animales a lo largo del año. El padre sigue con la vista el andar pausado de un muchacho de 18 años concentrado en el trajín de cañas secas y alambres que brotan rectangulares para dar cuenta del fin del ciclo semestral de la siembra y la cosecha.

“Ya se apuntó por el internet en el examen de la universidad –me dice--, ójala se nos haga…”

Sí, que se le haga, piensa. Que vaya y estudie para ingeniero industrial. Qué le aunque que ya no venga a la chinga del campo. O que venga de otra manera. Con otros ojos, con otras manos formadas. Que no siga el paso de los otros muchachos, los que pasan trepados en las motonetas, los que ya no saludan, los que ya miran con desprecio a los chamacos como su hijo que no se han decidido a dejar la escuela y quieren algún día ser ingenieros.

“Está mal México –continúa--. ¿O por qué le pasó esto al pueblo? Era tranquilo, ni quién temiera andar dos tres de la mañana. Ya no. Ahora nomás se oyen las balaceras. Pero eso sí, el día que vino la Marina ni quién se apareciera, muertas estaban las calles. Puros fantasmas.”

La Marina llegó un día de noviembre. Ya tenían sus casas señaladas. Una por la salida a tal lado. Otra por la terracería que jala pa’lla. Ta bueno. Estuvieron todo el día en esa casas. A los que les encontraron combustible se los llevaron. Fueron cuatro. Padre e hijo de una familia. Y un viejo, ese ya qué le vale, pero andaba metido a su edad. No han vuelto.

“Pero ái siguen sus hijos –sigue--. Ya su padre está guardado y ellos siguen, nomás se hace noche y empiezan con un jaleo. Llegan los trailers, se van llenos de diésel. ¿Para qué vino la Marina entonces si estos no escarmientan?”

Tampoco escarmienta el maicero. Ya se irán los fríos. Ya mañana estará listo el barbecho. Ya se escoge la semilla. Ya se mezclarán los granos buenos del blanco y el morado. Ya vendrán las aguas. A lo mejor para entonces su muchacho ya encontró su lugar en la universidad pública.

De ojalás están hechos los países...

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Al final del día imagino al poniente la cerrazón de nubes en los volcanes. Casi puedo ver los fulgores eléctricos que golpean las piedras negras en el Ventorrillo. Allá quedan, en la remota era geológica en la que discurren sus humores, esas islas del cielo que miran con desgano tanta penuria en el valle hendido por asfaltos y petróleos.

Aquí la ciudad fría espera impaciente para hervir los sinsentidos de la semana. La prensa no se aguanta para abrir los reflectores a una política banal de la que viven, que tanto cuesta y nada resuelve. En esto que llamamos estado de Puebla la trabazón de obcecaciones partidarias alimenta la tormenta por venir. No abunda la mirada larga, el pensamientos critico que alumbre la política, que intente al menos plantear a dónde llevará esta violencia que nos rebasa. Las revoluciones se quiebran, sobre todo si lo son como revueltas de criminalidad desatada. La sufrió México hace cien años, y de ella armamos todo este mito del Estado Mexicano Moderno que no ha parado de producir priismo, esa primera identidad en la entraña de cada uno de sus hijos. Ahora vivimos una violencia atada a ningún sueño de cambio social. Ahí está el pueblito campesino derrotado por la violencia entre sus gentes. Ve venir el monstruo de los cárteles, ya los nombra así, cuando hace apenas un par de años veía con ojos admirados cómo algunos de sus hombres salían de noche hacia los ductos cercanos, sin imaginar que tras ellos vendrían los soldados y los sicarios y los niños halcones y las motos y los bidones y las mangueras y los trailers y los sonidos opacos de los disparos del huachicol a la mitad de la noche.

Esperando, sin más, la violencia que le vendrá de la ciudad, sin otra alternativa que la de los militares. Sin construcción universitaria de trabajo para los pueblos y los barrios azotados por la embriaguez de la salida huachicolera. Sin un sueño colectivo, sin futuro.

Día con día

“O ya no entendemos lo que está pasando o ya pasó lo que estábamos entendiendo”.

¿Qué pasó?



Esta es una frase que solía decir Carlos Monsiváis para declarar su incomprensión ante las novedades de la vida pública, él, que tenía el mejor de los olfatos para registrar los cambios del humor social y reflejarlos en sus crónicas.

Me confieso en esa misma condición respecto de la violencia que azota a México: o ya no entiendo lo que está pasando o ya pasó lo que creía estar entendiendo.

Nuestro entendimiento de la espiral de la violencia y de sus causas ha tenido momentos estelares.

En la última década, una rica legión de académicos y periodistas hizo para su sociedad el trabajo de esclarecimiento que no hacía su gobierno, ordenando la información disponible, midiéndola, sometiéndola a escrutinio, y desentrañando sus causas, su lógica, su sentido.



Pienso en autores como Fernando Escalante Gonzalbo, Joaquín Villalobos, Natalia Mendoza, Héctor de Mauleón, Eduardo Guerrero, Alejandro Hope, Guillermo Valdés, Catalina Pérez Correa o Laura Atuesta, para mencionar solo algunos, cuyos textos pueden consultarse en el sitio electrónico de la revista Nexos y de los que Javier Tello publicará una visión panorámica en la siguiente edición de la revista.

Luego de estos años de creer entender algo de la lógica de la violencia mexicana, me confieso confundido ante el renacimiento de la violencia de los últimos dos años, al punto de que 2017 terminó siendo el año más violento de la década y 2018, dada la tendencia, pinta para superarlo.

¿Qué pasó? ¿Por qué los esfuerzos para combatir la violencia más que detenerla, la multiplicaron?



¿Qué se hizo mal, y qué no se hizo, ha hecho, para que el horizonte de la violencia mexicana, lejos de amainar, después de tantos esfuerzos, sea una espiral en ascenso, y haya expertos que dicen, como Alejandro Hope, que, hágase lo que se haga, por razones casi de inercia demográfica, las cifras de muertos no bajarán durante el siguiente sexenio?

Si no entendemos las causas de lo que sucede es imposible encontrar soluciones. Me temo que las causas de la violencia de estos últimos tiempos, no están muy claras para nadie. Y las soluciones tampoco, salvo esto: ninguna será rápida.

Escándalo y anestesia

La violencia que azota al país nos es a la vez familiar y desconocida. No nos falta información sobre ella, nos falta compresión. De hecho, la abundancia de noticias violentas dificulta su entendimiento.

Estamos en la situación de saber todo lo que pasa sin entender gran cosa de lo que sucede.

Los medios consignan día con día la violencia, en una rutina ciega que enuncia sin explicar, y que termina mezclándolo todo, haciendo más difícil entender de dónde viene cada cosa.

La repetición mecánica de atrocidades, lejos de informarnos, nos aturde y en muchos sentidos nos anestesia.

De modo que terminamos teniendo ante la violencia una ceguera doble: no podemos explicar sus causas y acabamos cerrando los ojos ante su realidad.

No aguzamos, sino reducimos nuestra inteligencia y adormecemos nuestra sensibilidad.

Son realidades que se muerden la cola: no poder explicar bien el fenómeno de la violencia induce a la anestesia frente a él. La anestesia, a su vez, reduce la urgencia de explicar. La falta de explicación reduce nuestra comprensión de las causas y ésta obstruye la búsqueda de soluciones.

El silencio normal del gobierno alcanza en este asunto proporciones de cementerio, salvo en el aspecto fundamental, hay que decirlo, de las agencias de donde fluye información abundante de cifras y registros, en particular el Inegi y el Sistema Nacional de Seguridad Pública.

Pero ahí también tenemos una abrumadora cantidad de datos, sin una narrativa ni una explicación.

De la narrativa y la explicación se ha encargado estos años, como dije ayer, un admirable grupo de académicos, expertos, ex funcionarios y periodistas.

Mi impresión en estos días es que tenemos que volver a empezar la tarea de explicar. Las causas fundamentales de la violencia que este grupo desentrañó, siguen ahí, pero agravadas, a veces encubiertas, en muchos casos superadas por nuevos procesos.

A eso apuntan hechos como la aparición del negocio de la ordeña de ductos de Pemex, el famoso huachicol; la crisis múltiple de droga y violencia intracomunitaria de Guerrero o la aterradora captura de sociedades completas para la extorsión y el despojo, como la que hubo en Nayarit bajo el fiscal Édgar Veytia, durante el anterior gobierno de la entidad.

Origen y expansión

La espiral de violencia que sufrimos empieza en la guerra contra el narco, derivada de la persecución de las drogas ilícitas, y de la fragmentación de las bandas producidas por esa persecución.

La persecución fragmenta, pero también expande la presencia territorial de las bandas. Alcanzan una implantación nacional de los cárteles que estaban antes radicados en unas pocas ciudades. Algunas decisiones políticas y administrativas de la persecución produjeron más violencia que las balas.

Un ejemplo:

La intercepción del paso de cocaína por avión desde Colombia, obligó a las bandas a traerla por tierra. Lo que era en los 90 una fiesta de avionetas yendo y viniendo de Colombia a Chihuahua o Tamaulipas, se volvió, a principios del siglo, una red de bandas apoderándose de la policía y el transporte de ciudades claves del acarreo terrestre desde Centroamérica.

Digamos: Tapachula, Villahermosa, Coatzacoalcos, Veracruz, Tampico, Reynosa. Los Zetasfueron los encargados de este proceso, que explica por su mayor parte su primera expansión. Los Zetas fueron también los pioneros en dedicarse no solo al negocio del tráfico, sino al de la extorsión de las ciudades que tenían bajo su dominio.

Otro ejemplo:

La construcción del muro de Clinton en la frontera noroeste y su apretón en la frontera del sudoeste americano hizo de Ciudad Juárez, Reynosa y vecinas las nuevas joyas de la corona del tráfico.

Todas las bandas corrieron a controlar esos pocos pasos y la batalla por controlarlas dio origen a las guerras del Chapo Guzmán y el cártel de Sinaloa, contra todos los demás jugadores, entre ellos el cártel del Golfo y Los Zetas. Esas guerras costaron de lado y lado unos 40 mil muertos.

Se preguntará algún lector cuánto se redujo el paso de drogas a Estados Unidos con estas medidas. La respuesta es: nada. Nada que pueda atribuirse puntualmente a la intercepción.

Las fluctuaciones en el abasto fueron por cambios en la demanda del mercado estadunidense por la mota, la coca, las metanfetaminas.

La fluctuación de moda hoy es la del mortífero fentanilo: un derivado del opio, que ha disparado las muertes por sobredosis en aquel país, así como la demanda por los derivados de la amapola que se siembra en Guerrero.

Más allá del negocio del ‘narco’

Nuestra espiral de violencia de la última década empieza en el narcotráfico, pero no regresa a él. O no del todo.

A la violencia producida por el tráfico de drogas y su persecución, hay que añadir ahora un mural de crimen organizado más complejo y diverso, más sangriento, más especializado.

La zona más oscura del mural corresponde a la captura de comunidades y ciudades mediante la extorsión y el cobro de piso, cuyas extensiones de dominio son el robo, el despojo, el secuestro, el rapto de mujeres, que alimenta la trata y, desde luego, el homicidio.

Durante algún tiempo, las rentas del narcotráfico fueron inigualables para ningún otro género de crimen. Pero cuando las bandas se expandieron territorialmente, descubrieron que podían ampliar sus ingresos extorsionando las plazas cuya policía controlaban.

Apareció así, amparado en los cárteles del narcotráfico, un negocio que, según su rango de dominio territorial, podía si no igualar acercarse a las ganancias del narco.

Cobrar derecho de piso en un estado completo, como llegó a hacerlo el procurador Veytia de Nayarit, puede ser más rentable que traficar drogas: equivale a establecer por la fuerza una Secretaría de Hacienda criminal que cobra impuestos para su dueño.

Capturar una ciudad y someterla al derecho de piso puede ser mejor negocio que pasar por ella kilos de cocaína para un jefe que está al final de la cadena, y que toma la mayor parte de la ganancia.

Lo mismo puede decirse, si hacemos caso a las cifras, del delito de la ordeña de los ductos de Pemex que, según la empresa, significó en 2016 una pérdida de 21 mil 500 millones de pesos (http://bit.ly/2sGsp5l).

Lo fundamental para ejercer estos otros negocios criminales es tener bandas suficientemente grandes, violentas y bien armadas, que puedan sostener la operación, comprar a la autoridad, atemorizar a la población y matar a los competidores.

Este es el tipo de bandas que solo pudo crear el narcotráfico, pero que ahora imperan en casi todas las regiones del país, ejerciendo otros negocios, separadas muchas veces del negocio principal que les dio vida: la expansión territorial del narco creada por la persecución.

Las nuevas coordenadas

El cambio fundamental de las coordenadas de la violencia en México, me explica Eduardo Guerrero, es que no puede entenderse desde una perspectiva nacional.

Su lógica, su oscura racionalidad, aparece claramente solo cuando se adopta una visión local, cuando se observa el fenómeno desde una perspectiva regional, estatal o municipal.

Solo así, en esa dimensión micro, pueden entenderse las causas, y solo en ese nivel es razonable imaginar soluciones, todas ellas trajes a la medida para cada fragmento del inmenso mosaico en que se ha convertido la violencia mexicana.

Persisten, sin embargo, dos grandes redes criminales, cuya contienda por la hegemonía nacional explica, sigue Guerrero, quizá la mitad de los homicidios y los crímenes que registra la estadística.

Son el Cártel Jalisco Nueva Generación, que se ha expandido al estilo desalmado de Los Zetasa innumerables estados del país, y el Cártel de Sinaloa, que mantiene sus espacios dominantes en el norte y el noroeste.

La otra mitad de los crímenes del llamado “crimen organizado” es atribuible a bandas dispersas, no vinculadas a los cárteles, con frecuencia más violentas que ellos. Son tantas como 240, según la última medición de Lantia Consultores, que preside el propio Guerrero.

De modo que, luego de 10 años de seguir la estrategia de fragmentar para debilitar a los grandes cárteles, tenemos el peor de los mundos posibles: dos grandes cárteles en guerra por el territorio nacional y 240 bandas hincando los dientes en sus comunidades locales.

A esto hay que añadir, dice Guerrero, que el crimen común ha subido también sus cotas y es más audaz, más intenso y más violento de lo que era, pues en muchos sentidos sus procedimientos imitan los de las bandas del narco.

Los umbrales del crimen común se han elevado como resultado de esta imitación de los delincuentes mayores y a consecuencia de la impunidad rampante: los cárteles mayores enseñan también que se puede matar y delinquir sin temor al castigo.

En este contexto de impunidad, hay cada vez más gente armada, y mejor armada, que antes, para defenderse o agredir, lo cual eleva la letalidad no solo del crimen común sino hasta de las riñas callejeras.

Y en eso andamos.

Del absurdo cotidiano

Mi hermano vino con la prodigiosa noticia de que había sacado su acta de nacimiento por internet. Él nació en 1952, pero lo registraron años después, en 1964. Como ven mis papás no tomaban muy en serio el tema del registro civil. De su actitud ha de venir mi incapacidad para lidiar con cualquier tipo de trámite.
De cualquier modo me dispuse a intentar hacer lo mismo que él y me dirigí en los siguiente términos al Registro Civil de Puebla:

11 de enero de 2018,

Quise sacar mi acta de nacimiento en el nuevo sistema por internet pero me dice el sistema que mi acta no ha sido digitalizada aún.



Nací en Puebla, Pue en 1949 y me registraron en 1951.

¿Qué puedo hacer?

Mi nombre: María de los Angeles Mastretta Guzmán

Mi CURP: MAGA etc. (lo puse completo)

Muchas gracias



La verdad no tardaron mucho en responder, pero miren ustedes lo que enviaron.

En respuesta a su solicitud, le informamos que no aparece en nuestra base de datos el año de registro.
Para subir el acta al sistema necesitamos tener físicamente la imagen del acta en nuestra base de datos.
Si requiere que se suba en plataforma su acta es necesario que acuda al municipio donde lo registraron y solicite una copia fiel certificada de su acta de nacimiento.
Posteriormente la presente en la ventanilla No. 5 de las oficinas del Registro Civil en la 11 Oriente 2003, Col. Azcárate en Puebla, Pue. indicándoles que quiere que la suban al sistema.
Ese mismo día la suben y le dan una clave digital de 20 dígitos para que la pueda imprimir en cualquier registro y ciudad de la República Mexicana y Estados Unidos Americanos; siempre y cuando el acta no tenga algún dato por el cual tenga que hacer Rectificación administrativa.

Si tiene alguna duda, contáctenos nuevamente.



Atentamente
SERVICIO 01800
PROGRAMAS REGISTRALES

Conclusión. No he ido a Puebla a enfrentar este trámite. Lo considero casi como volver a nacer. Así que sigo sin existir. Y ya nada más queda esta semana para tener credencial de elector.

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La fila para las actas en Puebla

Palizada

Cambio de vecindario en este país de agua.

Llegamos desde Chetumal en un solo tiro de siete horas por una carretera que cruza la reserva de la biósfera de Calakmul, y por Escárcega, hasta el pueblo de Palizada en Campeche, un puerto fluvial con 250 años de historia, enclaustrado entre lagunas y brazos de ríos, humedales y pantanos.



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Una fortuna para el pueblo fue que el palo de tinte no flotara, lo que derivó en que desde los años veintes y treintas del siglo XIX Palizada se encarrilara desde sus aserraderos y con sus barcazas al auge de la revolución industrial en Inglaterra. Por aquí salió el palo tinto de Campeche hacia las fábricas en Mánchester, con tal éxito para Palizada que fue declarada villa el año de 1850.



Un siglo después la selva sólo sobrevive en retazos breves entre los agostaderos y lagunas que circundan un río navegable que permite entender cómo fue posible que tal devastación forestal ocurriera.



El Palizada es un brazo de 120 kilómetros que el bajo Usumacinta saca al suroeste de la Laguna de Términos, poco antes de que el gran río de las selvas de Chiapas y Guatemala se enzarce en los pantanos de Centla. Sé, por las biólogas de Natura Mexicana en la selva lacandona, que si algún río nos queda sin contaminar en México es este torrente de agua que llamamos Usumacinta con sus afluentes y brazos extendidos en centenares de meandros y lagunas en las llanuras del norte de Chiapas, de Tabasco y Campeche en los que todavía se encuentran retazos de selvas entre innumerables pastizales de engorda y plantaciones de palma africana.

La desgracia de las selvas mexicanas y guatemaltecas originales se explica en la capacidad de carga de los ríos en las cañadas chiapanecas, todavía más al norte de Ococingo, el Jataté, afluente del Lacantún que bordea por el sur la reserva de la biósfera de Montes Azules, y el río Negro desbarrancado desde las montañas del Quiché y la selva talada del Ixcán para formar en ese cruce con el Lacantún propiamente al río Usumacinta. Los madereros industriales del XIX en Campeche descubrieron que todo residía en llevar los troncos al río para que derivaran por el Usumacinta hasta las llanuras fluviales en el Golfo. Luego todo consistió en que el gobierno porfiriano concesionara esos montes mayas y esas llanuras chontales como si fueran un desierto baldío. Por ahí se fueron miles y miles de cedros y caobas, entre una gran variedad de maderas finas, que acabarían como materia prima de todas las ebanisterías en Europa. Y por ahí se fincó la impiedad con la que se explotó la selva. De doce millones de hectáreas de selva alta existentes todavía a principios del siglo XX hoy quedan retazos como las 331 mil hectáreas de Montes Azules.

La desgracia del pueblo de Palizada se explica en que al fin la modernidad mexicana llegó al sureste en 1957 por la vía del ferrocarril que logró cruzar el río a la altura de Tenosique, en una angostura de 150 metros por la que hoy pasa La Bestia con su carga de sufrimiento centroamericano hacia el norte. Palizada es un pueblo consciente de su pasado grato de puerto fluvial cuando estas llanuras lacustres no conocían las carreteras. Ni el tren con el que iniciara su decadencia. Entonces, a todo lo largo del siglo XIX y la primera mitad del XX, fue la Perla de los Ríos, el centro comercial en el que atracaban todos los cayucos y lanchones del vecindario lacustre desde Tenosique y que por el río encontraron las mudanzas mercantiles provenientes de lo que hoy llamamos Ciudad del Carmen. Palizada se agarra hoy al ganado para la sobrevivencia, y muchos a la palma africana como alternativa, pero algunos a la posibilidad de regenerar a través de programas de pago por servicios ambientales las selvas perdidas por la explotación de sus maderas.

Y por esa vía el ecoturismo. Y a la nostalgia que provoca en sus pobladores el reconocimiento de que son un pueblo mágico.

El tinte lo utilizaban desde siempre los antiguos pobladores de las selvas xontales y mayas. El tinte que escurre abundante de los troncos y ramas del Palo de Campeche. Haematoxylum campechianum fue descrito por el naturalista sueco Carlos Linneo y publicado en su Species Plantarum en 1753. Madera que sangra, le llamaron a este árbol que alimentó la voracidad de la industria europea justo en el surgimiento del capitalismo. Palo de Campeche, la madera que no flota y que diera lugar a la fundación de un pueblo de casas altas y tejas planas en el corazón del bajo Usumacinta.

Se fueron las caobas y los cedros con el trocerío del palo de tinte buscado por los europeos para sus nacientes industrias textiles. El pueblo lució muy pronto sus orgullosas tejas de Marsella traídas como lastre por los corsarios ingleses y franceses en la colonia, y los buques mercantes en el México independiente. La pesada madera campechana servía de lastre para el viaje de regreso, y como valiosa mercancía para los comerciantes que la esperaban en sus puertos.

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Los árboles desaparecidos en la selva explican a Palizada. En la orilla opuesta al pueblo tuvieron unos gringos un aserradero. Nadie recuerda con cuidado lo que habrá sido de ellos. “Se los cargaría la revolución”, me dice el señor Díaz, un ganadero que atiende con su esposa la posada Casa Diaz. Es un buen conversador. El palo de tinte se va al fondo como si fuera de plomo, así que en Palizada tenían que cortarlo en trozos par que lo estibaran en las bodegas inferiores de los barcos, junto con los trozos aserrados de los cedros y las caobas. No es posible ver el cascarón abandonado en el que esos aventureros cortaban en cortes largos los trozos que desde el Usumacinta derivaban por el río Palizada.

A la explotación de la selva le siguió el ganado y los pastos para solaz de las garrapatas y moscones insufribles. Hoy penan los ganaderos por las enfermedades de sus animales, el bajo precio de la carne y el contrabando desde Centroamérica mexicanizado en las redes de corrupción de Tenosique. Muchos apuestan ya por las plantaciones industriales de palma africana para abastecer entre otras industrias a la panificadora Bimbo. Otros se quejan de la debacle que producirá ese monocultivo. Algunos apuestan por el programa gubernamental de pago por servicios ambientales (PPS), que puede dejarle a los campesinos hasta 150 mil pesos por piocha.

“El problema –cuenta uno de ellos--, es el de la corrupción. Los funcionarios miden moches que nos dejan tan solo el 40 por ciento del dinero que debe llegar por el programa.”

Y después suelta sin ambages: “Por eso ha calado hondo por aquí López Obrador. Ya la gente está cansada de tanta corrupción.”

No he sido el único que hace este ejercicio. Encuentro en el sitio ride into birdland esta fotografía con una buena crónica también de Iván Gavaldón. Como él, contamos uno, dos, tres, diez y no paramos de verlos en los alambres, o pasar a media altura sobre la lancha a los Martín Pescador.

El joven lanchero reconoce todos los pájaros que le señalamos en el recorrido. Loros en parvada, águilas caracoleras que inspeccionan la balsa, numerosos Martín Pescador que vigilan cualquier posible alimento en el río enconchados en los cables de luz que cruzan de un lado a otro desde casitas de teja francesa ocultas tras las frondas de los mangos, patos zambullidores todavía muy buzos que aparecen de la nada en el manto verdoso del río, señoriales gallinazos que alzan vuelo perturbados por el ruido del motor fuera de borda, cuervos de graznidos chillantes y cientos de garzas de todos los nombres, colores y tamaños que a las cinco y media de la tarde ya se guardan como volutas de algodón en los árboles. Aves por miles de vuelos colgados de la ribera de selva que han dejado los pastizales ganaderos. En su abundancia no es difícil imaginar la enorme carga de peces y crustáceos que discurren sus vidas por el río, a la espera de formar parte de una larga cadena alimenticia que en esta biodiversidad da cuentas de ser el verdadero río de la vida.

El joven lanchero presenta orgulloso un ejemplar del mango en flor que ha dado fama a Palizada. Y luego narra la llegada en marzo de los manatís Trichechus manatus que se acercan golosos a la orilla para esperar su mágica caída. Ana mi hija los imagina felices en los trazos rápidos del lápiz en su cuaderno de viaje.

Por la noche del día 1 de enero caminamos por las calles del pueblo. Salvo en el zócalo, donde los feligreses en el templo aguardan para la misa, no se ven muchas almas. El festejo de ayer tiene al pueblo agotado. Dos policías en una esquina se entretienen jugando dominó con otros parroquianos en una mesita sobre la banqueta de un tendajón. Hoy, y parece que eso es común todos los días en este pueblo, sus moradores no buscan dar ninguna guerra.

En otra esquina encontramos una casa con las dos puertas abiertas y una sala bien iluminada. Desde fuera vemos los cuadros que cuelgan de las paredes. Círculos y triángulos dominan las pinturas, pero el trazo es limpio y los colores desbordan figuras femeninas contrahechas pero hermosas. Emiliio tiene 82 años. Está en la galería, enclaustrado entre los batientes de las puertas de la casa. Está sentado en una silla de ruedas ante una mesa, medio oculto tras sus barbas y un pelambre negra larga. En la mesa se despliegan algunos recortes de prensa. Devuelve muy respetuoso el saludo. Permite que admiremos su obra y recibe con aplomo lo que de ellas sentimos. No, ya no pinta, y a saber cuál fue su último cuadro. No le pregunto qué lo llevó a plantar en el centro de la galería los retratos que ha hecho del Che Guevara, de Fidel y de Stalin, pero ahí están, al lado de los trazos esquivos de mujeres tringulares.

Fotografía tomada del muro de facebook del Encuentro Nacional de Escritores 2013, en Palizada. Ese año el artista Emilio Basualdo Azcuaga fue homenajeado por los paliceños.

No es cualquier pintor Emilio Basualdo Azcuaga. Luego sabremos que lo conocen como el ermitaño del pueblo, que come lo justo a base de un cereal que él mismo prepara con coco seco y maíz molido, que muy niño sufrió el abandono de sus padres y que un buen día dejó el pueblo para buscar fortuna en la ciudad de México. Acabó en la Esmeralda, la mejor escuela de artes plásticas de México, y que de ahí sacó las herramientas para una imaginación que bien se desborda en sus pinturas. Todos sus cuadros fueron realizados en Palizada, desde donde vive hace cincuenta años. De cuando en cuando, cuenta la gente, salía con sus obras enrolladas rumbo a la ciudad de México, de donde volvía con algunos pesos y el ansia de soledad necesaria para pintar sus mujeres de hombros escuálidos y circulares.

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Aquí amaneció en chipichipi. El pueblo tiene todo el aire ligero y mágico de García Márquez, y en su encierro Palizada también guarda el ansia por las palabras bien dichas. Apenas organizaron un encuentro nacional de escritores y todos los años invitan a los poetas en el Usumacinta a hablarle de sus amores y nostalgias. Encuentro en internet los carteles que invitan al evento, y me doy una idea de la importancia que tienen para los ribereños la literatura y las artes gráficas:

Pero ya el malecón luce animado a las 9 de la mañana. Los tricicleros van y vienen. El pueblo revive del año nuevo con el espíritu conversador de siempre.

Cualquiera que la ve pregunta por su historia. Casi todos en el pueblo guardan algún capítulo para contar de ella. En la ribera opuesta del río aparece una casona blanca y larga, la Casa del Río, parece flotar sobre el agua, como si de una barca se tratara. La historia del Doctor Enrique Cuevas, que llegó en la primera mitad del siglo a trabajar como médico de pueblo, y que aquí se ganó la vida curando salpullidos y paludismos y atendiendo partos con las armas de la ciencia y la generosidad de un hombre bueno. Cuentan los que buscan explicar su fortuna que un buen día acudió un alarife empleado por el médico en la apertura de una zanja en su casa a interrumpir una tertulia cantinera en la que el médico era de los personajes cuya ausencia era inexcusable un sábado a mediodía. Una y otra vez le llamaba al hombre y una y otra vez le decía, espérame, que no vez que estoy ocupado, hasta que se decidió a escucharlo. Luego todo fue correr: la botijuela, le dijo nervioso el alarife, qué con la botijuela, hombre, sí señor, monedas, que tiene monedas, ¿cómo que monedas?, sí, doctor, tiene que verlas, monedas de oro en la botijuela ahí mero en la zanja…

Tiempo después el Doctor Cuevas construyó la Casa del Río, a la que miro ahora cristalina entre la fronda de la ribera.

Otro día llamaron al médico para informarle de una cortadura sufrida por su hija. No es mayor cosa, dijo el hombre, en la peor decisión de su vida. La niña moriría después de tétanos, y su pérdida no se la perdonaría a sí mismo el médico un solo día más de sus años postreros. Se fue del pueblo, dicen que se regresó a la ciudad de México. Hoy la casona está envuelta en un lío de intestados y disputas familiares. El pueblo la utiliza para anunciar la bienvenida a este pueblo mágico. Vista así, desde la ribera del Palizada, ve pasar el tiempo, el suyo, hace muchos años ido.

La caña de timón encontrada en el río Viejo de Palizada se expone en el museo de armas en Campeche.

La historia de la caña del barco pirata tiene enfrentados a los de Campeche con los de Ciudad de Carmen, cuando, hasta lo que pude averiguar en una plática rápida con el cronista de Palizada, fue en el río Viejo, afluente del río que da nombre al pueblo, cuando en algún día de los años setenta del XIX en una temporada seca, un pescador encontró la caña del galgo que hoy se exhibe en el museo de Barcos y Armas en Campeche. Cuentan que la caña era parte de un barco pirata encallado en algún punto perdido de estas ciénegas Claro que sí, Palizada empieza su historia con la memoria de los corsarios. Ahora la cuenta con detalles en el café La Caña del Timón Jorge Manuel Mendoza, el cronista de Palizada y editor de la revista El Cayuco: fueron los corsarios ingleses y franceses los que se adentraban en los dominios españoles para el saqueo de aldeas y puertos a lo largo del golfo. Años duros para los ribereños en esos siglos XVI y XVII de piratas Lorencillos y Morgans. Así se explica que en el último tercio del XVII la Corona española se decidiera por establecer un puerto fluvial en las orillas del río Palizada.

Cuando el pescador se presentó con la caña en el pueblo de inmediato uno de los dos principales madereros, los franceses Francois y Benoit Anizan se la compró en 60 pesos. De ahí la caña fue a dar al pleito entre Campeche y Ciudad del Carmen por la posesión del galgo marinero.

Lo que no se explican los paliceños es que a sus ancestros no se les haya ocurrido identificar el sitio en el que aquel pescador encontrara la caña del galgo tallado.

Usumacinta

Sobre el puente de 280 metros de largo que lo cruza el río discurre sereno el 2 de enero. Entre nosotros y el mar el Usumacinta se convierte en una lombriz cansada de retorcerse que se partirá en dos para regar los pantanos de Centla, con su tranco izquierdo que suma el caudal del Grijalva, y busca ya tan solo la liberación en el mar.

Pero ahora sigue siendo el río de las selvas con todos sus nutrientes acumulados para alimentar al Golfo. Lo contemplo con Emma y mis hijas Paulina y Ana. Todo lo lleva el río, las montañas, las selvas, la profundidad del mar.

Catemaco

Una última postal. De regreso al altiplano paramos en Catemaco, tras otras siete horas de viaje por las destrozadas carreteras regionales veracruzanas termina nuestra incursión por el país del agua y la tierra milenarias. El lago todavía sobrevive al asedio de los desarrollos inmobiliarios. Las barcas de remo cruzan un espejo vaporoso que guarda caracoles y charales, aquí llamados tegololos y popotes. El día 3 de enero la lluvia es torrencial en las montañas que cercan al lago, pero cuando llegamos ha escampado. No hay mayor oleaje así que los patos canadienses se zambullen sin recato en busca de los pececillos que les caben en el cogote.

Cumplimos con el ritual de la limpia, que por algo es famoso este lago.

Pero son las macayas las que me entregan el verdadero embrujo del país del agua.

El árbol y el agua se olvidan de la tierra para formar un solo, único, mundo.

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Tulum

La selva resistente. Todo Yucatán por carretera no tiene otro paisaje que el muro de verde antiguo cortado por pueblos de santos jacintos, crisantos y elenas y mayas con ches y kas y haches aspiradas que se abren con arcos estilizados que dan cuenta de la pudorosa estima que sus moradores le tienen a los visitantes. Aquí y allá intento descubrir los campos henequeneros pero sólo encuentro selvas bajas que a golpe de zarpa y secas se abren al cielo en ramones, higueras, flamboyanes, ceibas, leks y decenas de nombres más de los que cuelgan juncales que rondan abejitas traviesas. La derrota de la mirada larga se ayuda con la memoria de los trazos mayas en la selva, sus senderos de piedra llanos y lizos para el caminante que carga lejos, para el que sabe mirar a través del bosque, que nombra y se arregla con las sabidurías de sus ancestros…



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Si vas en bici tienes otra vista que guardan en común los pueblos. El arco a la entrada, el panteón, el mercado, los templos, los mensajes cívicos.

En el hotel Los Jaguares que no es hotel sino una casa airosa plantada a la vera del camino y la selva 14 kilómetros antes de Tulum descubrimos a Regina, una cerdita y una perrita al mismo tiempo con sus patas diminutas, su colita feliz y su hocico de cilindro infalible, un asunto que no le preocupa mucho a los genes de esa aspiradora bajo la mesa. Y descubrimos a Clare, una mujer francesa-vietnamita nacida en mi año 55, justo en el parteaguas de la revolución contra la colonia gala en Indochina que dará paso unos años después a la invasión nortemericana, el ejemplo sublime de la ruindad de la guerra fría. No habla de ello esta mujer cuyas manos fusionan culturas y cocinas en este pedacito de selva que ha logrado salvar de nuevos destrozos de la historia. Ella sonríe, cuenta historias gratas y llena de milagros culinarios la mesa de sus huéspedes.

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La industria turística. El INAH acosado por la empresa privada. El estacionamiento de 160 pesos. El outlet para empachar de sombreritos y mescales a los gringos. Los aguiluchos gritones y la foto. El mono con el payaso y la boa albina con el presunto azteca, el tren que salva del sol como la última sombra al penado que llevan al ajusticiamiento.
Frases así he escrito en la libreta antes de entrar a las ruinas marinas de Tulum. Recojo la del estacionamiento privado que cobra 160 pesos.
“Es de Carlos Salinas de Gortari –me dice el muchacho que nos cobra en la entrada--, y si no le parce lo que cobra, no se preocupe, si quiere mentarle la madre puede hacerlo ahora mismo, para eso está la cámara.” Él y yo reímos ante la cámara de seguridad, y yo cumplo con ese reclamo para el paso. De tal tamaño es la desgracia de la política mexicana. Si el expresidente de la debacle nacional es o no el propietario de este timo turístico poco importa. El hecho que se viene encima es el cerco a ese bastión se los mayas vuelto al mar en sus pequeñas mirillas para observar a los astros en las madrugadas celestes. Aquí los nuevos negociantes apoderados de sus selvas le sacan todo el jugo posible a los turistas y a la tierra.
Mientras esperamos en el acceso a la zona arqueológica me doy tiempo para buscar en la red algo sobre los conflictos provocados por el crecimiento voraz de los desarrollos inmobiliarios.
Noticaribe me da un encabezado del 28 de junio de este año:
Balazos en la zona turística de Tulum: disputa por un predio desemboca en enfrentamiento sin heridos en Punta Piedra
De inmediato me auxilia Lydia Cacho con un reportaje del 2015:
Tulum: tierra de ambiciones. Desapariciones forzadas, homicidio, persecuciones, amenazas, extorsión... así se consigue despojar de tierras a ejidatarios de la Riviera Maya. Las dinámicas de despojo responden a una guerra abierta entre empresarios corruptores y políticos corruptos, que han tomado a los tribunales agrarios como rehén, corrompiendo jueces en ocasiones. Tulum es un botón de muestra de lo que enfrenta el país: una batalla por desaparecer los ejidos en un contexto de pulverización institucional en el que la ambición empresarial se impone a la ley y a los planes de desarrollo sustentable.
Cacho documenta de inicio el asesinato de Álvaro López Joers, un abogado del DF, litigante especializado en juicios mercantiles y agrarios. Entre 1992 y 1996, nos informa Lydia, fue subdelegado jurídico de la Procuraduría Agraria en Chetumal, capital de Quintana Roo, lo que le convirtió en un experto en el tema. “Él documentó los incontables intentos de despojo, robo e invasión de terrenos propiedad de ejidatarios originarios de la región. En el momento de su homicidio, Álvaro llevaba la defensa de 40 personas, propietarias legítimas de diversos terrenos en el ejido de Tulum, denominado oficialmente Ejido José María Pino Suarez; López Joers también representaba legalmente a la Asociación de Colonos Turísticos Ecológicos Pino Suárez.”
Lo mataron de dos tiros en el baño de su oficina, a plena luz del día del 17 de mayo del 2012.

Eso no está en la cabeza de nadie en el balcón al mar entre El Castillo y el Templo del Dios Viento. Selfis en carretadas en la insolación fulminante en la vida de anónimos turistas.



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A las 10 de la mañana el sol rostizado en playa Maya. Palapas y empresas turísticas. El guía que explica en inglés el auge de Tulum como alternativa a la explosión de Playa del Carmen se refiere a una soledad inmobiliaria en esta costa que por suerte poco a poco termina. Ese grupo ilusionado que dirige a la palapa en la que se les otorgará una lancha con capitán latinlover y grumete buceador con aletas y snórkeles es uno más del engranaje –el nuestro fue otro—de una maquinaria que mueve ya millones de turistas al año en una rivera maya convertida en el principal ingreso de dólares turísticos en México.
Letreritos invisibles marcan el estrecho campo del territorio federal de playas caribeñas y piedras mayas.

Coba

Cenotes. Aquí todo escurre de abajo para arriba. Alguna consecuencia dejó el meteorito. Ahí están los colapsos de la tierra para probarlo. Los ríos subterráneos, las simas y sus misterios anunciados en el azul obscuro de los círculos en las lagunas.

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Las lagunas como centro de vida... La que dio vida a la ciudad maya de Coba es una de las más bellas y mejor tratadas desde el punto de vista del turista. Un malecón de madera al borde, con restaurantes sombreados y panuchos y demás guisos al otro lado de la carretera.
Las masas y los guías. Es tal vez el mayor acierto de los mayas a la hora de entenderse con la masa de turistas. Un arreglo que se trepa en bicicletas y carritos tamaleros para cubrir el tramo que lleva a la pirámide más alta de los mayas en territorio actualmente mexicano: 42 metros contra 75 de la de Tikal en Guatemala.
Nuestro guía maya va enojado conmigo porque le pido de algo exaltado que no nos diga chicos. Igual que nosotros termina trepado en un bici dentro de la corriente que por dos kilómetros nos lleva a centenares de turistas entre juegos de pelota, senderos luminosos de piedra caliza. Se da tiempo para hablarnos del maya, las estelas, lisas y gravadas, el estuco en rojo como base para los glifos que trazan dioses y vida cotidiana de un mundo ido hace un milenio. Algo decididamente ignorado por mí: las estelas lisas estucadas servían de periódicos murales dispuestos a lo largo de los senderos para ser vistos por los caminantes. Discurro sobre el alcance de ese periodismo maya primigenio. Y sobre los trazos adivinados en las piedras ahogadas por la selva : la pirámide al dios abeja de miel. El dios de la lluvia, Yun Chac. El templo de la Iglesia. El señor de los Cuatro puntos cardinales.
Después la selva y los dioses quedamos atrapados en el aluvión de turistas.

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Bacalar

Para llegar a ella el camino es un corte de máquina feroz que deja desde Tulum una rajadura mortal en la selva maya.

Es un lienzo perfecto. El sol se aferra a una nube en el amanecer, como si no quisiera herir el sueño de la laguna y el agua se lo agradeciera otorgándole su superficie de colores múltiples a sus rayos pinceles floridos.

A lo lejos la voz en el pueblo induce a los placeres de los sábados de matanza. Saturnino Balam es el carnicero que muy temprano ha degollado a un puerco que acabará en guisos de sabores igualmente floridos, como los rayos del dios de la luz sobre la laguna.

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La política me persigue hasta estas tierras de sombras perennes en el dominio absoluto del sol.

"Al Palacio o a La Chingada" resuena la consigna un mediodía de calor benigno frente a la estatua de un proser tropical enfundado en abrigo neoyorquino. Los escultores no saben de climas ni de historias de crímenes, ellos cumplen el cometido del brazo extendido y el dedo que señala un porvenir sin sudores ni traiciones. A Felipe Carrillo Puerto lo mataron los rebeldes delahuertistas un día infame del invierno yucateco hace ya 94 años. Nadie por aquí recuerda con fervor al motuleño indigenista que tomó partido por los zapatistas en 1911para hacerles la revolución a los hacendados yucatecos, ni se preocupan por saber que llegó a gobernar el estado en el ascenso del caudillo Álvaro Obregón en 1922 con su Partido Socialista del Sureste; sobrevivía sin pudor alguno el poder de las castas y las haciendas henequeneras y la esclavitud de los mayas, y en ese entorno de perfiles sureños norteamericano, y así su gobierno fundó escuelas socialistas, creó la Academia Mexicana de la Lengua Maya y la Universidad del Sureste y se tomó en serio los propósitos zapatistas del reparto de la tierra. Esas ideas no se las perdonaron sus enemigos que lo fusilaron en la borrasca de la rebelión delahuertista que derrocó su gobierno el 3 de enero de 1924.

Otro altavoz ayer anuncia el mitin que hoy sábado tendrá López Obrador en Carrillo Puerto, un pueblo grande que algún día fue cabeza de playa para el propósito estricto de devastar la selva de Sian Kan. No descansa el Peje un 30 de diciembre, no hay vacaciones que valgan ni otro propósito en su historia que ganar la presidencia de un país desvalido pero que no olvida sus ritmos propios de pueblo de mudanzas sabatinas. Sí, estamos jodidos, pero hoy se come puerco.

Más tarde me entero que otro político, este sí del centro de esta República de desmanes y abusos de los de su clase, ha comprado tierra y construido mansión con los dineros públicos de los poblanos. Moreno Valle mira en algún momento de sus obstinados días desde una hamaca está reliquia de los dioses mayas que bien sabe de los desayunos humanos.
"Ya se lo chupará la bruja del Cenote Negro", me dice en su despecho quién esta noticia me cuenta. Ese buen deseo se cumplirá algún día. Y la bruja convertida en él mismo, que ya se lo chupa en todo momento al infeliz ex gobernante de esa selva inhóspita del concreto angelopolitano que con tanto esmero han construido tlatoanis como él.
Vergüenza de la mala política mexicana. Violencia de los abusivos como Rafael Moreno Valle.

Graciela tiene la gracia de la conversación y la tranquilidad del viajero que sabe que siempre alguien aparecerá en el camino. En estos senderos mayas se ha especializado en el transporte en triciclo tamalero, muy abundante en los pueblos. De ellos trae relatos que ayudan a mirar con otros ojos el mundo. Y sí, no todo aquí es un paraíso. H regresa con Graciela y el mandado desde Buenavista, y además de identificar al vuelo dos especies de tucán distintas, el de pico rayado y el más común de pecho amarillo, le cuenta que los criminales se han apoderado del pueblo de Bacalar, y entre ellos su papá, un narcomenudista que ya no mira por su familia.

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Estamos en un pueblito llamado Buenavista, como a veinte Minutos de Bacalar. A mediodía cae un chaparrón de aliento veraniego. La laguna lo resiente con un tono verde uniforme, como si se tapara con las hojas serias de las palmas. Pero la lluvia se va como llegó y no se despide. Nos ha dejado un trance de viento fresco de las plantas que la transpiran para mantenerse sedientas siempre.

Cadencia de los colores vivos en la rotundidad del mediodía al que llega a salvar la lluvia sobre la laguna.

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