Sociedad

Mi abuela pasó los últimos años de su vida en una silla de ruedas. Fuera de eso, estaba más sana y vivaz que cualquiera de sus nietos. Un día, cuando ya mi madre vivía en México, me pidió que en su lugar le hiciera un favor muy sencillo: que visitara a una prima hermana de su ya difunto marido porque le habían dicho que estaba muy enferma y quería noticias de primera mano acerca de su condición. Dado que ella creía en mi don de conversación, me consideró una buena emisaria e informante, así que me dio el encargo. Yo recordaba a la tía solo de haberla visto de lejos, en bodas, bautizos y otras ceremonias obligadas en mi muy fiestera familia materna. La recordaba prudente, discreta, y dueña de una rara elegancia dentro de una sencillez espartana. A los niños y a los jóvenes todas las personas mayores les parecen iguales o más bien, invisibles, pero yo recordaba a esa tía por el contraste que hacían sus ojos negros y febriles con el resto de su persona.

Llegué por primera vez a su casa y me abrió una monja de las que se dedican a cuidar enfermos terminales. A ella le pregunté qué tenía mi tía, para luego poder contárselo a mi abuela con detalle. " Su corazón ha dejado de funcionar como debe. No vivirá más que unas semanas. Y está sola. Es una buena enferma, aún lee mucho y no da molestias". Subí las escaleras que llevaban a su cuarto con la caja de galletas que le enviaba mi abuela. "Qué monserga de encargo. ¿De qué vamos a hablar esta desconocida y yo, si además está a punto de pasar al otro barrio?"

Entré en su cuarto en penumbra y en un cuerpo que me era extraño reconocí las luz de sus bellos ojos negros. Jalé una sillita con asiento de mimbre y me acerqué a su cama. Ella sí se acordaba bien de mí. "Eres la hija de Angelitos, eras muy guerrista". Y sonrió. La serenidad y sabiduría de la tía y mi mentado don de conversación vinieron en nuestro auxilio y en una ratito habíamos logrado establecer una comunicación eléctrica. En esos últimos meses de su vida de 80 años, de octubre a enero, la visitaría muchas tardes. Los más de sesenta años de diferencia entre ella y yo desaparecieron y acabaríamos siendo amigas.



En la mesita de noche junto a su cama no había un libro de oraciones ni los rosarios propios de las señoras de su edad y de su época. La familia de mi abuelo materno tenía fama bien ganada de agnóstica o atea. Esa palabra entonces se oía horrible. En la mesita junto a su cama ella tenía un libro azul de EL ROMANCERO GITANO de Federico García Lorca. Una tarde de diciembre le pedí permiso de hojearlo. Al abrirlo vi que era una edición original de 1932. El libro tenía escrito el nombre de Manuel. Ya para entonces sabía muchas cosas de ella. Sabía de su matrimonio temprano y fracasado porque su marido, de un apellido de abolengo, no había encontrado el dinero esperado en la herencia de mi tía cuando murieron sus padres. Tampoco encontró la disposición de mi tía de darle a administrar lo que había heredado. Ese hombre usó la complicidad de un monseñor que lo ayudó a tramitar una anulación matrimonial argumentando que la tía era una infantil que se negaba a cumplir con sus deberes conyugales y a tener hijos. Ella, con un curioso humor sin rencor, se atrevió a contarme un secreto que ya no causaría dolor a nadie: que al señor le gustaban en realidad otros señores, que lo supo de cierto pero nunca lo dijo para no molestar a sus ex-suegros, unas finas personas. A los 28 años estaba sola. Administró bien la herencia que le dejaron sus padres y eso le permitió vivir una inesperada vida independiente. Se volvió experta en manejar bienes raíces y a eso se dedicó. Una sofisticación para una mujer de 1930.



Hasta ahí estábamos cuando tomé en mis manos EL ROMANCERO GITANO. Al abrirlo encontré una foto con una dedicatoria. "Para Lucía, que me hizo entender quién soy: Manuel, 17 de octubre de 1934". La foto era muy antigua y en ella aparecía un niño de tres o cuatro años. En la parte de atrás decía "Manuel, 1898."

Con la foto en la mano, la tía me contó la historia que su quebrado corazón había guardado para sí durante más de 45 años. El niño de la foto aparece retratado de la mano de alguien que no se ve. En el ojal de cada botón de la pechera de su pantalón lleva un clavel. No le bastó uno, quiso dos. Uno blanco y uno rojo. Los claveles todos. Algo tienen que ver con la tierra, la sangre, la pasión, o incluso la inocencia. Los claveles aventados a un ruedo, colocados en el pelo de una mujer o en un pequeño florero junto a la cama de quien vive sus últimos días, ¿huelen a mujer o a pasado los claveles? Colocados así, en un pecho infantil, son dos augurios pintados en un rostro en el que se lee ya una mirada dura con la contradicción de una boca risueña, ligeramente sesgada hacia un lado de la cara. Dos claveles --me dijo la tía-- como dos premoniciones de lo que sería una personalidad contrastante y cautivadora, la de una vanidad irrefrenable y la de una sensibilidad que no caería en tierra fértil donde pudiera comprenderse. Muchos años después, conmigo, en esta casa y esta cama que ves, esa sensibilidad florecería en mis oídos y en mi cuerpo. Dos claveles como las dos contradicciones que rondaban y aún rondan por el alma de la dinastía de judíos errantes y gitanos de la que provenía Manuel. Dos polos, el oscuro y el luminoso, el que mata y hiere y el que cuida, provee y adora. El que roba la carne y el alimento de otros, el que depreda y ofende, o su contra parte, el celoso guardián que sobre todo protege a lo que ama. Esta foto que se ha ido borrando con los años lo guarda, custodiado por sus dos claveles, símbolos de la dualidad con la que habría de luchar toda la vida. Así lo quise hija,- me dijo la tía- y así lo he de querer hasta el día en que me vaya.

Entonces no la entendí. Habían pasado más de 50 años desde que se encontrara con Manuel y los tiempos habían cambiado. Hoy puedo entender que se encontraron en una época en que dejar a una familia por otra no era un asunto que se resuelve, como ahora, en cualquier juzgado tercero de lo familiar. Se encontraron cuando él tenía cinco hijos, una mujer y la ambición de un negocio que le apasionaba sacar adelante; se encontraron cuando Lucía lidiaba una desilusión y el secreto bien guardado de los verdaderos motivos de su matrimonio roto. Se encontraron cuando las cosas no se hablaban ni se ventilaban por las cuatro esquinas como ahora. Se encontraron cuando no era posible coincidir más que en las tinieblas. Se encontraron cuando Lucía era incapaz de imaginarse caminando por la calle con la mujer de otro. Ella cuidaba más la honra de sus padres muertos que la de ella misma. Se encontraron para lo único que tenían que encontrarse: para hacer florecer lo mejor de cada uno de ellos con un amor de invernadero que duró, hasta donde entendí, muchos años.

En la orilla de la cama y en la sillita de mimbre fui leyendo los poemas en voz alta durante mis visitas de diciembre. Tenía una curiosidad enorme de regresar al tema de los amores de Lucía y Manuel, quería entenderlos, saber en qué acabaron, pero la vi tan feliz y serena oyendo el ritmo de los versos que repetía conmigo en un murmullo, que me trague la curiosidad para otro momento. Luego, la Navidad y su trajín me apartarían de las visitas y las lecturas.

"No me recuerdes el mar, que la pena negra brota,

en la tierra de aceitunas, bajo el rumor de las hojas."

Una tarde de enero de 1980, apenas pasados los Reyes, llegué a la casa de la 15 poniente cuando la tía llevaba un ratito de haberse muerto. Estaba con ella la monja que me abrió el primer día. Las dos la acompañamos mientras llegaban por ella los de la funeraria, que ella, prudente como era, ya había dejado pagada. Antes de abandonar su casa, la monja puso en mis manos el libro del ROMANCERO GITANO.

--Lo dejó para ti, te lo iba a dar en Navidad.

Por no ir –pensé--, por dejar las cosas para otro día. La muerte no espera sentada a que lleguemos de visita.

Hace poco, escombrando unas cajas, encontré el libro. Lo había olvidado. Adentro encontré dos fotos, la del niño, y una de la tía a sus 30 años dedicada a Manuel. El libro marcaba una página con el siguiente poema:

"Huye luna, luna, luna,

si vinieran los gitanos,

harían con tu corazón,

collares y anillos blancos,

Huye luna, luna, luna,

que ya siento sus caballos..."

¿Huyó Lucía de Manuel? ¿Se dejaron en un acuerdo mutuo? ¿Por qué, si no, estaba su foto dedicada a él de regreso en el libro y en esa página? Si hubiera ido esa Navidad a visitarla, se lo hubiera podido preguntar.

La curiosidad mata. Yo esa curiosidad aún la traigo pendiente.

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Nunca sabré si mi padre realmente estaba enfermo, si era un tirano o si simplemente fue un ser humano.
Siempre me preguntaba... por qué me dice que me quiere y después me golpea, por qué decir que es por mí bien, me corre de casa, me insulta y otro día dice que me ama y me abraza. Nunca entendí esto y mucho más. Ojalá algún día pueda entender.


Mi padre nunca supo, jamás se enteró que estaba enfermo, que se podría controlar, etc, etc. O tal vez estoy equivocada, pero leo, investigo y juraría que mi padre o era bipolar o padecía esquizofrenia. Pero nunca se enteró, nunca fue tratado médicamente, y por lo mismo, enfermedad no detectada a tiempo y no tratada obviamente avanza…



No sé si mi teoría sea acertada, pero creo que parte de los sinsabores de nuestra vida familiar pudo ser ¿ menos cruel si él se hubiera enterado y atendido, todo pudo ser mejor. Él murió y yo sólo me quedé con dudas y caminos deshechos.

Ahora que se acerca el día del padre, quisiera compartir un pequeño detalle de él. No quiero recordar siempre lo negativo, también fue tierno y cariñoso conmigo en mi infancia, y siendo honesta, en muchos momentos de mi vida.

Tuvo enseñanzas que se quedaron conmigo por siempre.

Mi padre fue siempre muy fuerte, alto, serio, a veces le recuerdo como de bronce. Era un ser imponente, a mí me inspiraba más miedo que respeto.

Recuerdo que cuando yo tenía aproximadamente unos seis o siete años de edad, un hombre delgado, vestido muy sencillamente, de huaraches que envolvían aquellos maltratados pies morenos tocó a la puerta del departamento que habitábamos en la colonia Clavería del Distrito Federal. Cargaba entre sus maltratadas y callosas manos un atado de escobas, unas de tamaño normal y otras pequeñitas y de colores brillantes, como de juguete.




Mi padre le saludó y preguntó qué deseaba --debo aclarar que mi padre siempre tuvo fama de ser muy correcto​ y muy bien educado, todo un caballero--. El hombre estaba a la puerta, delgado, de estatura media, y mi padre muy alto, fuerte, elegante siempre y bien vestido, lo miraba. Con temor, indeciso le mostró las escobas y le trató de sonreír aunque sus ojos brillantes no mostraban más que inquietud.


Mi padre le saludó, le sonrió y le preguntó: ¿ habla usted español? El hombre a la entrada respondió algo que yo no entendí. Mi padre de repente comenzó a hablarle en un lenguaje que yo no conocía, no entendí nada. Sólo recuerdo que aquel hombre sonrió plenamente y nunca olvidaré el brillo en sus ojos llenos de agua. Había un destello de agradecimiento y felicidad en su mirada que me marcó por siempre. Aquel hombre se sentó a la mesa con nosotros, comió con nosotros y cuando el sol amenazó con desaparecer, se despidió hablando aquel lenguaje que yo no entendía. Mi padre y ese hombre de ropas de manta amarillenta, pies morenos y descuidados por sus huaraches cafés se dieron un abrazo muy fuerte. Él se fue con el viento del atardecer y en mi sencillo hogar quedaron ahora una escoba fuerte y una pequeña para mis juegos infantiles.


Mi padre le habló en su idioma. Otomí, ahora lo sé y jamás olvidaré aquello. Mi padre hablaba un muy perfecto español e inglés, un poquito de alemán, y también orgullosamente hablaba náhuatl y otomí.

No sé si mi padre fué un tirano o amigo. Prefiero recordar su extraordinaria humanidad. Fue un ser "indescriptible".

Y ahora que las historias nos reclaman, me quedo con lo bueno que mi viejo me dejó... No quiero quedarme con el tirano, quiero quedarme con el tierno y cariñoso al que nunca entendí, quiero quedarme con el hombre cariñoso que me enseñó a querer y respetar a los demás, sobre todo quiero quedarme con aquel hombre que me enseñó a respetar a los que son diferentes a mi porque tienen historias distintas.

Quiero quedarme con aquel hombre de extraordinaria humanidad.

"Feliz día del padre".

Vida y milagros

Leyendo un libro de Catón sobre Juárez y Maximiliano he disfrutado enormemente del recuerdo y lo que queda de la estación del tren que inaugurara Benito Juárez en la ciudad de Puebla el 16 de septiembre de 1869. Ese día, México y Puebla quedaban unidos por el tren gracias a una de las iniciativas más audaces y constructivas de que se tenga memoria en nuestro país. Tanto liberales como conservadores tuvieron su mérito en ello. Lo del tren es excepcional porque nació en medio de conflictos y guerras; se nos dio muy bien el pleito y el destrozo a lo largo del siglo XIX mientras intentábamos consolidarnos como nación, jaloneados entre las ideologías y los intereses económicos de entonces, las presiones extranjeras, las enormes diferencias e injusticias sociales. Por supuesto también por la infaltable mano negra de una parte del clero que se negaba a aceptar la separación de la Iglesia y el Estado, aferrándose a las enormes riquezas acumuladas durante el régimen colonial.



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En 1857, al finalizar las Guerras de Reforma y con el país destrozado, los liberales triunfantes se apostaron por unir y fortalecer al país por medio de una ambiciosa red ferroviaria, apoyándose, por cierto, en una familia muy rica y conservadora de apellido Escandón, que obtuvo la concesión "A Perpetuidad" para la línea México-Veracruz. "Perpetuidad"... ¡Que palabra más falsa! No existe nada a perpetuidad. Visite usted un panteón y mire las tumbas derrumbadas, con fechas del siglo pasado y antepasado, con las palabras "A Perpetuidad" inscritas sobre las lápidas rotas que cubren huesos hechos polvo.



Corría el año de 1860 y el tren se iba armando con tesón sobre nuestra complicada geografía. La historia del ramal que llegaría a Puebla y su estación nos la cuenta de forma amena y puntual la Doctora en Historia por la UNAM Emma Yanes Rizo. En México, aunque usted no lo crea, muchas cosas funcionan y funcionan muy bien. El estado mexicano y sus contradictorias instituciones de educación pública han formado personas como Emma, que estudian, que producen, que crean y que le regresan muchos frutos al país que les dio la oportunidad de estudiar. En mayo de 2015 regresé a la vieja estación poblana a la presentación del libro " De estación a Museo", un libro fantástico y entrañable.

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La estación, ubicada sobre la once norte, entre la diez y la 18 poniente, frente a la Iglesia del Señor de los Trabajos, aún sobrevive de pie a pesar de los embates destructores y consistentes que los poblanos y sus autoridades han ejercido en contra de su patrimonio históricos. El viejo edificio de estilo inglés ha sido convertido en museo del ferrocarril y está rodeado de árboles y máquinas que parecen dinosaurios dormidos, como esperando oír de nuevo el rumor de los viajeros para volver a pitar y transportarnos hacia la ciudad de México o rumbo a Veracruz. Podría despertarlas el sonar de la banda de guerra y la orquesta sinfónica que el día de la inauguración de 1869, tocó la "Sinfonía Locomotiva", compuesta por el músico Melesio Morales, y en la que los instrumentos musicales imitan el rugido del vapor, el silbido de las máquinas y el ruido que el metal produce al rodar sobre los rieles.

A las siete de la noche, 146 años después, en medio de la lluvia y la neblina, la estación y sus viejas máquinas condenadas a la quietud, tienen un aire fantasmal. Las hojas de los pirúes, los álamos y los fresnos se agitan con el viento, y sus troncos brillan húmedos, alumbrados por la pálida luz de los faroles. ¿Cómo es que perdimos el tren? ¿Cómo?, si su red llego a ser inmensa y eficaz. ¿Cómo?, si incluso durante la guerra de intervención francesa, Maximiliano continuó con el proyecto, apoyado por los ingleses y el mismo Antonio Escandón, a quien muchos consideraron un traidor. Al ganar la guerra, Juárez retomó el proyecto, y en un despliegue de pragmatismo, cerró los ojos a los pecados imperialistas de los Escandón, olvidando el colaboracionismo con el imperio y continuar el trato con ellos y los ingleses, traídos por Maximiliano para invertir en el tren. Después de años de guerra el país estaba quebrado y Juárez sabía que se necesitaba la inversión extranjera y local para seguir con el ambicioso proyecto ferroviario. Obstáculos hubo muchos, pero por fin el tren llegó a Puebla y su flamante estación, en un recorrido que parecía, en voz de los cronistas de la época- un sueño mágico- pues recorrías una milla en menos de dos minutos, y en cuatro horas llegabas a Puebla, después de pasar junto al lago de Texcoco, los valles pulqueros de Apan, los de Tlaxcala y la hermosa zona montañosa de la Malinche. Puentes preciosos y técnicamente perfectos, como el de Santa Cruz, volaban sobre profundísimas barrancas. Llegamos- dicen los cronistas- limpios y descansados, pues ni el agua de un vaso se movía en los vagones. Sigue la crónica: "El 16 de Septiembre, Juárez llegó a la estación de Buenavista a las diez de la mañana para salir rumbo a Puebla, acompañado de una enorme comitiva, pero puntual, cosa rara en los políticos." ¡Sería que estaban apercibidos por la puntualidad inglesa, no los fueran a dejar! Paradojas de la vida, Juárez abordó el vagón imperial que Maximiliano había mandado a construir para sí mismo. La crónica del festejo, que ni el tremendo aguacero que cayó esa tarde logró aguar, es muy divertida.

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Pasó el tiempo, creció el tren, y sus ramales se desplegaron hasta alcanzar Veracruz bajo el mandato de Sebastián Lerdo de Tejada en Enero de 1873. Ya para entonces Juárez había dejado de ser "perpetuo", ya estaba muerto. La llegada del tren a Veracruz dio un movimiento inusitado a toda la agricultura y el comercio del país. En 25 años llegaría hasta la intrincada Sierra Norte de Puebla. Mi abuela me contaría en una carta, que fue en el año de 1905, a los siete años, cuando tomaría por primera vez el tren Teziutlán-Puebla, para dormir en el Hotel Arronte, y partir al día siguiente a la ciudad de México, a donde iría al colegio. Lo cuenta tan bonito...

Perdimos el tren, se nos fue, lo desbaratamos entre pleitos , ignorancia y la enorme capacidad para destruir que ya se nos está haciendo costumbre en México. Desbaratar y destruir es fácil. Construir o reconstruir, esas son palabras mayores. Acabamos con el tren y jamás lo volvimos a recuperar como el sistema eficaz de transporte de pasajeros y carga que en su momento sorprendió al mundo.

Hay una anécdota en el libro que nos hace ver que la violación a la ley ya se daba de manera parecida a la de ahora: en 1870, la banda de Paulino Noriega asaltó el tren por primera vez al pasar por la hacienda de Tepexpan, en Puebla, robando los equipajes y otros bienes de los pasajeros. Ademas, Noriega, amante de atacar los derechos constitucionales, exigió a la compañía ferroviaria la cantidad de 20 mil pesos para que el tren pudiera transitar sin novedad por sus territorios. ¿Cómo ven su petición?: "He detenido una máquina como prenda pretoria y la retendré mientras no se me remitan los primeros cinco mil pesos." Según el periódico oficial de entonces, el gobierno tomó las medidas necesarias para detener a los bandidos. En 1872 hubo otro asalto en Apizaco; los asaltantes desvalijaron a los viajeros violentamente, mataron a un mozo y se llevaron secuestrada a la familia Linares y a varias mujeres, para luego pedir rescate por ellos. Al parecer no hay nada nuevo bajo el sol en la conducta humana.

Con el pasar de los años el monopolio ferroviario inglés fue acotado, otorgando nuevas concesiones a ciudadanos mexicanos que se esforzaron por hacerlo mas competitivo, barato y mejor. Hay que decir que la competencia fue sana y lo lograron.

La revolución mexicana, la llegada del automóvil y muchas otras circunstancias, acabaron con una de las redes ferroviarias mas impresionantes del mundo. La mayoría de los edificios que daban sustento administrativo a toda la red ferroviaria, hospitales, escuelas y estaciones, fueron destruidos sin el menor respeto. La sobreviviente estación de tren de San Pedro Cholula, en la base de la Pirámide, fue convertida en Oxxo hace pocos años. Era un bien nacional que acabó en tienda de conveniencia.

A las nueve de la noche, en plena oscuridad, salí de la antigua estación del tren por la entrada lateral de la diez poniente. En la Plazuela del Señor de los Trabajos, en una lonchería, un trío tocaba boleros desgarradores. ¡Qué solas se miraban las máquinas, o qué sola las contemplaba yo, con una añoranza enfermiza de recuperar el fragor y el silbido del tren en nuestras vidas.

Salgo pensando en que hay que mejorar mucho a nuestro país, pero no rompamos de a gratis. Hay cosas, como el tren, que se rompen para siempre.

Mundo Nuestro. No es una novedad que corren desde siempre. Pero ella ha convertido esta realidad cotidiana de los rarámuris en una historia que brincó de las cañadas de la Tarahumara a los diarios internacionales. Apenas en mayo ganó la ultramaratón organizada en Tlatlauquitepec, en la Sierra de Puebla. De ahí al salto al mundo: este sábado 10 de junio correrá el Tenerife Bluetrail, en las Islas Canarias.

Ella es Lorena Ramírez. Y así la presenta el diario español El País: Nacida para ganar

Aquí esto emotivo video del diario El País.



El 31 de octubre de 2017, se cumplen 500 años de la reforma religiosa encabezada por el fraile agustino Martín Lutero, que da origen al luteranismo. El 31 de octubre de 2016, el papa Francisco estuvo presente en la catedral de Lund, Suecia, en el evento que dio inicio al Año de Lutero que abre los festejos conmemorativos de la Reforma Protestante.

Ese día, el papa y el presidente de la Federación Luterana Mundial, Munib Younam, firmaron una declaración conjunta en la que rechazan todo tipo de violencia en nombre de Dios y la religión. El Concilio Vaticano II dio un gran impulso al ecumenismo, que frenó, de manera intencional, el papa Juan Pablo II. Francisco, el actual papa jesuita ha retomado la ruta trazada por el concilio.

En junio del año pasado, el papa dijo a La Civilitá Cattolica, que “Lutero fue un reformador y tal vez algunos de sus métodos no fueron los correctos, pero si leemos la historia vemos que la Iglesia no era un modelo a imitar, había corrupción, mundanismo, apego a la riqueza y al poder”.

La tradición dice que la reforma inicia el día que Lutero clava sus 95 tesis en la puerta de la Iglesia de Wittenberg, entonces capital del ducado de Sajonia. En ese tiempo era profesor de teología en la universidad de ese lugar. Ahí después se casó y se quedó a vivir.

Ese día, Lutero impulsa la segunda gran ruptura de la Iglesia católica, después de la separación en 1054 de las iglesias de Oriente que da lugar a las iglesias ortodoxas con cuatro de los cinco grandes patriarcados de aquel entonces (Constantinopla, Antioquia, Jerusalén y Alejandría). El de Roma se queda solo.

La Reforma Protestante, la de Lutero, cambió la historia del mundo y provoca grandes transformaciones en Europa, que ya no va a ser la misma, y también en lo que después serán los Estados Unidos. La Reforma da lugar a la contrarreforma. Se rompe con la existencia de un pensamiento único controlado por Roma.

Los estudiosos del tema de la relación entre la Iglesia católica y las iglesias luteranas consideran que en el marco de la celebración de los 500 años de la Reforma Protestante, Roma podría anunciar la aprobación oficial, en los hechos se da, de la participación común de la celebración de la eucaristía de iglesias que ahora no están en comunión.

Entre la Iglesia católica y las iglesias que nacen con la Reforma Protestante no existen grandes diferencias teológicas. Es mucho más lo que las une que lo que las separa. La aportación de los teólogos y teólogas de la iglesias reformadas es fundamental, para entender el cristianismo.

Hans Küng, el gran teólogo suizo, se asume como, católico, ortodoxo y reformado. Con esta afirmación integra las tres grandes tradiciones del cristianismo: la primitiva Iglesia, la que surge de la fractura de 1054 y la que nace en 1517 con el movimiento de Martín Lutero.

Yo me identifico con la postura de Küng y como creyente espero que un día se encuentre una manera en que estas iglesias, cada una con su aporte y originalidad, vivan en comunión. Las tres tienen en el anuncio de la buena nueva y el seguimiento de Jesús su razón de ser.

El próximo julio se podrá comprar mariguana en las farmacias de Uruguay. El gramo se va a vender en 1.3 dólares y los usuarios pueden adquirir hasta 10 gramos a la semana con un tope de 40 gramos al mes. Los compradores deben registrarse en una lista nacional.

En 2015 el Congreso uruguayo aprobó la legalización de la producción, almacenamiento, distribución, venta y consumo de la mariguana. Es el primer país del mundo en hacerlo. Las expectativas de lo que pueda resultar de esta decisión son grandes.

La mariguana que sale a la venta la produce y comercializa el gobierno. El poder tener acceso a este mercado requiere necesariamente de antes haberse registrado en una lista. Esto garantiza al consumidor tener acceso a un precio bajo y a un producto de alta calidad.

El registro se está haciendo en las oficinas de correo y para obtenerlo se requiere sólo de la cédula de identidad y una constancia de domicilio. Es tambien necesario una huella digital que va a estar en una base de datos que se mantiene en contacto con las farmacias.

Hasta ahora, el 75% de los consumidores de mariguana se abastecen en el mercado negro. Se espera que esta realidad cambie de manera significativa a partir del próximo julio.

El gobierno ha optado por producir para la venta mariguana con un bajo nivel de THC, de no más del 10%, que es el principal psicotrópico de la mariguana. La mariguana que se vende en el mercado negro está rebajada y no supera el 5% de THC.

La apertura del registro se inició con una campaña paralela de prevención que señala los daños que puede causar el consumo de mariguana sobre todo entre los menores de edad.

El acceso a la compra de mariguana que se va a vender en las farmacias está restringido a mayores de 18 años y ser de nacionalidad uruguaya. Con esto último se quiere evitar el turismo de drogas.

En el sector de las farmacias hay resistencia e incluso rechazo a la venta en estos locales. Al momento de escribir este texto, en Montevideo se habían registrado para la venta 15 farmacias y otras 16 estaban en proceso.

La decisión del gobierno uruguayo es inteligente e implica un cambio radical al paradigma prohibicionista y punitivo, que ha demostrado de manera fehaciente su fracaso. A pesar de esto los gobiernos como el nuestro continúan su aplicación.

Habrá que esperar el mes de julio, para ver lo que sucede y también dar seguimiento a esta experiencia, para ver sus resultados en el terreno. Es el principio del fin del perverso paradigma prohibicionista y punitivo.

Mundo Nuestro. Con esta crónica de su viaje al sur americano, abrimos en esta revista la participación del escritor, periodista, antropólogo, guionista, radiodifusor, artista plástico Leopoldo Noyola Rocha con su blog Mitos sin sustancia. Y nos felicitamos por ello. Viaje al sur: se publicará por partes. Aqui el sexto capítulo: Tenaún

Germán y Rosita son los dueños de un campamento con wifi (supuestamente) y agua caliente frente al mar. Él es pescador y ella gerente, aunque también resuelve los problemas más inverosímiles que se suscitan a todas horas; hace comida, pan, mermeladas deliciosas y atiende a sus comensales en general. Un ambiente hogareño, sobre todo porque nos tocó una recámara en la planta baja de la casa en donde estaba la sala con un televisor de dimensiones extrasensoriales, el comedor y una cocina tradicional chilota (gentilicio de los habitantes de Chiloé), donde una estufa de leña de aspecto europeo, con tiro central hacia el exterior, está rodeada de sillones y es el lugar en donde los chilotas pasan buena parte de su crudo invierno.



En Tenaún tuvimos una probada del típico clima del sur chileno: lluvia y frío casi permanentes, que debido al cambio climático (a Trump, el ozono, la modernidad y no poca suerte) apenas conocimos los últimos cuatro días de nuestra estancia en el sur, pues las dos semanas precedentes tuvimos sol y clima agradable, aunque fresco. Frank me prestó desde Santiago un sombrero de palma de no malos bigotes con el que parecía Truman Capote, según las malas lenguas. En un paseo por la calle de Tenaún pude comprender por qué ningún habitante ni turista usaba sombrero en este clima de aire gélido y torrencial que me arrancó el sombrero a los pocos segundos y tuve que perseguirlo calle abajo unos 50 metros. Gracias a que nuestra ropa estaba asegurada con botones no terminamos desnudos es ese vendaval. Lo cierto es que en Tenaún afloró mi mexicanidad y la costumbre de vivir en un clima tan agraciado como el de Puebla. Moríamos de frío Malú y yo, mientras con asombro veíamos cómo Carolina, una niña de Punta Arenas que estaba de visita con sus tíos, andaba con su bicicleta en short y camiseta como si nada. Impresionante su resistencia al frío.



Es muy interesante el contraste entre los atractivos turísticos, digamos, convencionales, y otras ofertas turísticas singulares y originales como Tenaún. Por mar y por tierra llegan barcos y autobuses atiborrados de turistas que se bajan entusiasmados a fotografiar media decena de magníficas construcciones de arquitectura sureña que hay aquí, pero no mucho más. Hay un restaurante, pero no existen bares, cafés, ni infraestructura turística básica como para recibir ese gentío. Lo que a mi modo de ver es una cualidad, antes que un defecto. Los turistas desembarcan, se toman fotos, compran en dos pequeñas y modestas tienditas de artesanías, entran a la iglesia “histórica” a contemplar su impresionante reconstrucción, tras pagar los 500 pesos chilenos que cuesta la entrada (no es la única iglesia del sur chileno que cobra el ingreso del público). Con todo, el ambiente es muy agradable y pacífico. Noreuropeos nostálgicos de los fríos ventarrones del mar del norte, perfectamente equipados para el efecto con gorras, rompevientos, chamarras, etc. Una joven alemana, por ejemplo, viajante solitaria, se aloja en el camping con su par de perritos.

Uno de los grandes atractivos de Tenaún es la comida, cada día degustamos un platillo espectacular como borrego a las brasas, arroz con mariscos, mermelada de ruibarbo, pan casero de Rosita, la mejor manzana que he probado en muchos años cortada de un árbol (y vaya que soy de un pueblo manzanero) y desde luego el Curanto, un antiguo platillo tradicional de Chiloé cuyas raíces hay que buscarlas en la cultura polinesia y remontarse muchos miles de años hacia atrás. El tema, tan intenso, que necesita su propio espacio para comprenderse cabalmente, pero es importante recalcar el honor que tuvimos al ser objetos de un curanto especialmente elaborado para nosotros.

En el centro comunitario de Tenaún fuimos a un encuentro de acordeón en donde estaba reunida buena parte de la comunidad, abundante de viejos. Muy modesto todo. Vimos un dueto de ancianos, él en la guitarra, ella en la voz, interpretando melodías chilenas cadenciosas que la gente bailaba como cueca, el tradicional bailable chileno, con su pañuelito y todo, muy divertidos. Después vimos a un acordeonista de Punta Arenas interpretando, para mi sorpresa, El Golpe Traidor, un antiguo tema norteño que interpretaban en los años setenta Cornelio Reyna, Chayito Valdéz y Toni Aguilar, que inevitablemente me inundó de nostalgia: “Nunca pensé que algún día, tú me pegarías el golpe traidor, tu falso amor me dejó, herido del corazón…” La venta de cerveza Corona no hizo sino incrementar mi morriña.

El tema norteñito fue bailado por algunas parejas de ancianos con ancianas, o de ancianos con jóvenes, con muy poca gracia, la verdad. No era, sin embargo, el momento de hacer ninguna demostración. Ese domingo 26 de febrero nos toca en Tenaún el eclipse solar a las 10:30 horas. No lo vimos por las nubes, a esa hora ya había comenzado a llover. Nunca dejó de llover. Además, creo que estábamos dormidos.

Antes de irnos, luego de tres días, interrogué a Germán sobre el bosque nativo, la fruta y la pesca en Tenaún, pues ya había dado signos de ser especialista en muchos temas. Con la mirada perdida en el salero de la mesa, según es su madera de hablar, me explicó que el bosque nativo se compone, entre otras especies, de árboles como el mañío, que se usa para casas y paredes; también hay laurel, caneli, oigüe, roble, arrallán, tepa, queaca, ulmo, avellano y ciruelillo, que se usa para puertas y muebles. Existen los arbustos: maqui, murta, calafete, chilicón o chilco y guila (una enredadera de bambú); en fruta hay variedades de manzana (deliciosa), peras, ciruelos, frutilla (fresa), frambuesa, moras, mosqueta y grosella. Y en su especialidad principal, la pesca, hay merluza del sur (que es grande) y se exporta casi toda a España; congrio dorado y mantarraya, que se van a Corea; sierra (barracuda), salmón natural, centolla (el molusco, que está prácticamente extinguido) y algunas variedades de jaiba.

Tenún nos despide con una lluvia incesante que nos acompaña hasta el embarcadero de Chacao. Y más allá, hasta Osorno. A lo largo del camino, hasta el embarcadero, los árboles fantasmales detrás de la neblina ocultan las casas de aliento europeo y nos despiden en silencio.

Fotos cortesía de Malú Méndez Lavielle.

Hace casi 30 años Jaime Litvak escribió un artículo sobre el patrimonio cultural y la autoridad nacional, donde decía que el legado de las culturas antiguas, que hoy llamamos arqueológico, no es ni puede ser, la propiedad absoluta de una nación. Es propiedad de toda la humanidad, decía, puesto que representan logros de una parte de ella que no pueden separarse de otros logros en otros lugares geográficos. De acuerdo a este presupuesto Litvak deduce que la legislación nacional es por definición egoísta, y que este celo puede dañar la investigación y el conocimiento de las culturas del pasado que, evidentemente, no eligieron pertenecer a la configuración de las naciones modernas. A pesar de los buenos propósitos de la UNESCO, los países consideran que las zonas y objetos arqueológicos son de su propiedad, en el sentido romano que les permite usarlas y abusarlas. La mayoría de las legislaciones nacionales -concluye Litvak- son buenos ejemplos de política barata y pensamiento chauvinista, que ven en el patrimonio cultural sólo un material que prueba una teoría etnogenética conveniente, o un activo contable que puede ser agregado al movimiento financiero nacional, sin considerar que constituye un recurso no renovable, y críticamente escaso, para la investigación y el conocimiento de la humanidad como fenómeno universal. De manera que el principal problema de la propiedad arqueológica no es la ley, sino más bien la ética -termina diciendo Jaime Litvak- y en muchos casos ni siquiera la ética, sino el sentido común. [1]

No obstante lo certero de las observaciones de Litvak, consideradas en su dimensión humanista, debemos atenernos a las leyes nacionales cuyo celo también debe servir para proteger los distintos patrimonios, tanto del saqueo y el traslado a otras naciones, como de la indolencia y la estulticia de los gobiernos municipal, estatal y federal, que con frecuencia imaginan proyectos que responden a necesidades de promoción política sin atender de manera suficiente las tareas sustantivas que consisten en promover los avances de la investigación y difundir sus resultados, ya sea a través de revistas de divulgación, como la magnífica revista Arqueología Mexicana, de publicaciones especializadas, documentales videograbados, o de museos de sitio y visitas guiadas.



Desde esta perspectiva quisiera ahora mencionar la opinión de otro distinguido arqueólogo, Eduardo Matos, cuando se refiere a la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicas, Artísticas e Históricas de 1972. Después de citar los artículos 27 y 28, que establecen que son propiedad de la nación los monumentos arqueológicos muebles e inmuebles, así como todo lo relacionado con las culturas anteriores a la conquista española, Matos comenta que de esta manera quedaban “legalmente protegidos todos los bienes arqueológicos y se ponía fuera de la ley a quienes, por intereses ajenos a la investigación destruían contextos prehispánicos”.[2] Este señalamiento, con el que espero todos coincidamos plenamente, es al mismo tiempo una de las más lamentables paradojas, puesto que las autoridades encargadas de observar y hacer valer esta ley, son las primeras en propiciar su violación. Matos menciona como ejemplo los abusos cometidos en las zonas arqueológicas con los espectáculos de “Luz y Sonido”, entre los que destaca el show que año con año se realiza en el Tajín. Debo mencionar que en su edición del 2017, mediante una burda simulación de ritual prehispánico, “se pidió permiso a los dioses” para que cantaran Gloria Trevi y Alejandra Guzmán. Obviamente no se trata de objetar el trabajo de estas cantantes, que tienen espacios de sobra para realizar sus espectáculos, lo que me parece un despropósito es que tengan que hacerlo precisamente en el Tajín.

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Por supuesto que los promotores del turismo masivo defienden enfáticamente estos espectáculos, y es precisamente el maridaje entre turismo y cultura el que debe preocuparnos, porque subordina nuevamente la investigación y la difusión de los conocimientos históricos y culturales, a las banalidades y ficciones de la cultura de masas. De nuevo: no se trata de oponerse a eso que llaman entretenimiento, cada quien emplea su tiempo libre como le da la gana, pero ¿por qué tiene que hacerse precisamente en lugares que podrían aprovecharse de mejor manera para ofrecerle a ese público propuestas más inteligentes y creativas? Esta inversión de las prioridades culturales y los valores chatarra que conllevan es la que intentamos evitar en Cholula cuando conocimos el Proyecto de las 7 Culturas, un proyecto que en su versión original parecía concebido por la mentalidad de una Barbie. El día que el presidente municipal de san Andrés Cholula lo presentó a los habitantes fue rechazado enfáticamente con silbidos y muestras de indignación. Luego se hicieron algunos cambios, pero sustancialmente predominaron los criterios del esparcimiento y el deporte, en una zona que pide a gritos mantenimiento a sus monumentos y el reinicio de la investigación arqueológica. Una crítica minuciosa y oportuna a este proyecto la hizo un grupo de investigadores del INAH-Puebla y fue publicado en el libro Cholula, la ciudad sagrada en la modernidad.[3]



Quise comenzar citando a Jaime Litvak precisamente porque considero de vital importancia abrir las puertas de las historias y las culturas locales al conocimiento universal, ya sea por parte de especialistas, viajeros cultos o simples turistas. Esta sencilla clasificación de los visitantes puede servirnos para advertir distintas cualidades e intereses en el conocimiento de un sitio. Existen entre ellos diferencias de calidad y de cantidad, diferencias que son inversamente proporcionales entre sí. No es lo mismo, por ejemplo, el interés que tuvo Mircea Eliade al visitar Teotihuacán, que el que tuvo Jim Morrison al visitar el mismo sitio, o el que puede tener un oficinista de Shanghái que viaja en grupo para distraerse un poco durante sus vacaciones. Esta diversidad de intereses requiere de distintos tipos de información.

Hay dos instituciones en México encargadas de atender el interés de los visitantes: la Secretaría de Cultura y la de Turismo. El riesgo que estamos viendo expandirse quienes nos interesamos más por la calidad que por la cantidad, es que la Secretaría de Turismo está predominando con criterios estrictamente mercantiles sobre la Secretaría de Cultura y las instituciones que hace poco se incorporaron a su formación, principalmente el INAH.

Uno de los graves problemas que enfrentamos los mexicanos es la profunda ignorancia de la realidad del país de las que nos dan muestras todos los días los miembros de la clase política. Podríamos decir que el mundo de la política en México es una subcultura de la incultura, es decir, un mundo de gente inculta que vive de espaldas a las manifestaciones tanto de lo que se ha dado en llamar la alta cultura, que comprende aquellos sectores familiarizados con las artes plásticas, el teatro, la ópera, el ballet, la poesía y la literatura, como con las manifestaciones genuinas de la cultura popular, con su música, sus danzas, su literatura, sus creaciones artísticas y la compleja ritualidad que expresa la cosmovisión de los pueblos indígenas y campesinos. Los políticos profesionales no comparten ni una ni la otra expresión de la cultura, y sin embargo tienen la irresponsable ligereza de tomar decisiones que estorban o cancelan la difusión de ambas modalidades culturales. ¿Por qué Gloria Trevi y no música de Carlos Chávez, Mario Lavista o Stravinski en el Tajín?... o simplemente el silencio. ¿Se imaginan la intensa experiencia que se debe vivir si las zonas arqueológicas se abrieran al público durante tres noches de luna llena, con la indicación de que se debe permanecer en silencio? ¡Sería una experiencia estética inigualable y sin ningún costo!

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En lo que respecta a la cultura popular de raíces indígenas, lo que ha logrado la clase política es construir un florido simulacro con espectáculos como la Guelaguetza, el Atlixcáyotl o cualquiera de los cientos de festivales y concursos promovidos desde las instituciones oficiales para exaltar una tradición inventada por el Estado. En cada fiesta pueblerina podemos ver desde hace muchos años una duplicidad: en torno a la iglesia las actividades que continúan una tradición genuina, organizadas por los propios pobladores a través de las mayordomías y otros sistemas de cargos; en torno al palacio municipal, una feria o festival con concursos de belleza, jaripeo, juegos mecánicos, música estruendosa y un mundo de baratijas con el que se ha sustituido la calidad estética de las antiguas artesanías. Las primeras actividades han tenido desde siempre una finalidad vinculada al ciclo agrícola y un destinatario que es el santo patrón del pueblo y el conjunto de entidades espirituales que son invocadas para propiciar el bienestar en las comunidades; las segundas, organizadas por lo general por la autoridades municipales, estatales y los comerciantes y empresarios locales, tienen como objetivo central la venta de productos y servicios turísticos y la consabida promoción política del funcionario en turno. En esta última lógica se inserta lo que Eric Hobsbawm ha llamado la invención de la tradición. Tradiciones que parecen o reclaman ser antiguas son en realidad bastante recientes en su origen, y muchas veces inventadas, aunque por lo general intentan vincularse con un pasado histórico que les sea adecuado y pueda servirles para promover determinados intereses.

La invención de la tradición gira, al menos, en dos sentidos, por un lado la invención oficial, concebida y difundida desde las instituciones educativas y administrativas del país, por otra parte, la que podríamos llamar invención identitaria, que se origina en sectores de la clase media y popular urbana que se reivindican como herederos legítimos del pasado prehispánico, y mexica en particular, mediante una singular interpretación de la historia que deriva en la representación de rituales y danzas en espacios públicos.

En México la invención oficial de la tradición tuvo en sus inicios un propósito legitimador de la condición criolla y mestiza, que necesitaba dotarse de un pasado indígena que la distinguiera del pasado ultramarino europeo. Se trata de una apropiación del pasado desde el Estado, es decir, de una apropiación político-ideológica, que requiere depurar ese pasado de aquellos elementos que pudieran opacar el resplandor de una imagen noble y gloriosa que el Estado quiere obsequiarse a sí mismo a nombre de la nación entera. Se trata de una apropiación porque la invención de la tradición se lleva a cabo desde fuera de las tradiciones genuinas que pretende legitimar o, como ahora se dice “dignificar”. Una apropiación políticamente interesada desde fuera de las costumbres reales que nutren esta tradición, desde fuera de las normas de vida que le dan sustento histórico y social a la tradición popular.

De esta manera, la costumbre que sustenta una tradición genuina, será transformada para convertirla en un espectáculo de consumo ideológico y mercantil, utilizable para legitimar una red de intereses y poderes tejida en torno a ella como una telaraña. Esta legitimación consiste en resaltar los vínculos del poder con la población, y exhibir mediante discursos elogiosos, desplegados en los medios masivos de comunicación, el aprecio que los gobernantes dicen tener por las costumbres de esos pueblos y comunidades. Con este propósito se ha logrado, por ejemplo, desvirtuar en buena medida la danza de los voladores, convertida en un acto de acrobacia aplaudido una y otra vez por turistas boquiabiertos que no tienen la más mínima noción de su contenido cosmogónico y ritual.

La elite gobernante, que en la vida real siente un profundo desprecio por las costumbres populares, debe mostrar una alta estima por ellas en ciertas fechas significativas, en las que se ostentará como representante legítima de esa multitud dispuesta a celebrar y a confirmar que esa elite, finalmente, comparte sus valores y sus gustos. Un acto de simulación completo, sin duda, desafortunadamente avalado, una y otra vez por las víctimas de eso que podríamos llamar, con toda propiedad, una perfecta estafa cultural.

Fiestas del Primer Centenario de la Independencia (1910)

Una imagen emblemática de esta simulación festiva es la fotografía del desfile alegórico, celebrado en 1910 por el gobierno porfirista para conmemorar la independencia de México. La foto muestra una representación del tlatoani Moctezuma II llevado en andas por las calles de la ciudad de México. Mientras tanto, en los veinte banquetes que ofreció Porfirio Díaz no se sirvió en las mesas una sola tortilla, lo que, sin duda, se hubiera considerado de mal gusto. Esa imagen bien puede representar el inicio de la invención de una indianidad postiza que recorrió el siglo XX y llega a nuestros días, Una indianidad a modo como espectáculo para la promoción política y turística.

Entre las consecuencias que ha tenido esta sistemática simulación a lo largo de los siglos está, por una parte, el consecuente distanciamiento de las expresiones genuinas de la cultura indígena, pero también una persistente educación sentimental que ha logrado inocular en el mexicano la idea de que debe desindianizarse culturalmente para poder progresar. El no siempre sutil racismo de los liberales del siglo XIX es un rico muestrario de esta ideología, que tuvo una de sus formas más curiosas en la teoría gastronómica del senador Francisco Bulnes, cuando planteaba con sustento supuestamente científico la inferioridad del maíz mexicano frente al trigo europeo. La más reciente muestra de este arrogante etnocentrismo, que ha propiciado que unos mexicanos desconozcan y desprecien a otros, es la agresión a golpes que acaba de sufrir un grupo de jóvenes del barrio de san Juan Aquiahuac, en san Andrés Cholula, quienes cumpliendo con una encomienda de la mayordomía, se dirigían de la iglesia a la casa del mayordomo cuando fueron insultados y golpeados por los llamados cadeneros de los bares que han proliferado en la zona. Curiosa paradoja esta: Cholula ha sido declarada con el ridículo nombre de “Pueblo Mágico” precisamente por conservar estas tradiciones, y quienes se benefician comercialmente de este membrete son precisamente los dueños de estos antros y sus empleados. Todo esto requiere, desde luego, análisis más detallados y profundos. Aquí solo apunto algunos síntomas de la oposición entre tradición y modernidad.

Comparto plenamente la preocupación de un buen número de antropólogos y arqueólogos que señalan con justificada indignación el abuso y la banalización que se ha hecho de los sitios arqueológicos. Pero me parece que no se trata de estar contra el turismo, que es la primera y equívoca acusación que se hace a esta postura. Se trata más bien de elevar al máximo la calidad de lo que se expone como muestra de las culturas antiguas al visitante nacional y extranjero. Y la única manera de lograrlo es fomentando la investigación y diseñando los canales más idóneos para la divulgación de sus resultados.

Desafortunadamente, en Cholula no vimos la aplicación de este criterio. Las obras que se realizaron recientemente privilegian un uso del sitio arqueológico como centro deportivo y de esparcimiento. Al desatender la investigación y hasta el mantenimiento del lugar, el INAH regional y nacional cometió un doble y gravísimo error: primero, permitir la degradación del sitio, que poco a poco fue ocupado como tiradero de chatarra automotriz, basurero, estacionamiento de combis, construcción de viviendas y campo deportivo. Cuando la ley establece que únicamente debió tener un uso agrícola. Esta situación abrió el camino para que, de pronto, se planteara la “dignificación” del espacio. Se retiró la basura y la chatarra automotriz, se ampliaron los estacionamientos y las canchas de futbol, se colocaron juegos infantiles, explanadas, andadores, un tren turístico que impedirá la excavación de una esquina de la plataforma piramidal y un Museo de Sitio en el antiguo Hospital Psiquiátrico. Un museo que merece comentarios aparte, aquí sólo diré que con la excepción del trabajo de Gabriela Uruñuela y Patricia Plunket, se caracteriza por tener mucha tecnología y poca arqueología.

Si pensamos Cholula en términos de un paisaje arqueológico y cultural, siguiendo las reflexiones y sugerencias de Manuel Gándara y Ma. Antonieta Jiménez Izarraraz ,[4] deberíamos preocuparnos por la preservación de las formas de vida campesina que aun forman parte del entorno de la zona arqueológica. Debo recordar que buena parte de las frutas y verduras que se producen y comercializan en tianguis y mercados provienen de los huertos y hortalizas conventuales, introducidos por los frailes franciscanos, dominicos y agustinos desde el siglo XVI y que hoy constituyen, con la milpa prehispánica, no sólo la base de una rica gastronomía, también el sustento de miles de familias en las que se gestan formas de organización social y religiosa vinculadas al ciclo agrícola y sincretizadas con la cosmovisión mesoamericana desde el periodo virreinal. Es decir, si pensamos el paisaje cultural y arqueológico de ambas cholulas en un esquema de círculos concéntricos, tenemos en el centro un núcleo duro, para usar el término de Alfredo López Austin, conformado por el binomio sincrético Pirámide-Santuario de los Remedios, en torno al cual se ha desplegado durante siglos, un mundo agrícola y urbano que hasta hace algunos años conservaba cierto equilibrio y armonía que hoy está en riesgo de desaparecer si no se toman las medidas inteligentes, enérgicas y oportunas para preservarlo.

No puedo dejar de imaginar que si ampliamos esta perspectiva a nivel regional, tendremos un paisaje de gran relevancia cultural, que comprendería desde Cacaxtla y Xochitécatl en Tlaxcala, hasta Cholula y san Francisco Totimehuacán en Puebla, con la enorme riqueza de construcciones civiles y religiosas del periodo virreinal, todo ello delimitado en el horizonte por los macizos volcánicos del Popocatépetl, la Iztaccíhuatl y La Matlalcueye o Malinche.

En busca del quelite perdido

Cuando nos preguntamos cómo valorar la herencia cultural, debemos plantearnos en primer lugar la relación entre la sociedad actual, que tiene el compromiso de reconocer y preservar ese patrimonio, y la sociedad antigua que lo produjo, como bien dice el arqueólogo australiano Iain Davidson. El puente entre lo actual y lo antiguo sólo es posible construirlo mediante la investigación arqueológica y etnohistórica y la divulgación de las narrativas que de estas investigaciones se derivan. Cualquier otro camino conduce a la falsificación y la degradación de las relaciones entre el pasado y el presente.

Me pregunto si las obras millonarias que se acaban de hacer son irreversibles. Es una lástima que ese dinero no haya destinado a la restauración y al reinicio de la investigación, lo que requiere de una temporalidad que no es la de los políticos, cuyas necesidades, siempre bajo el apremio de su ambición personal, establecen los ritmos a los que deben actuar todos sus subordinados, entre ellos, desafortunadamente, el personal del INAH. ¿Tendrá en algún momento esta institución la suficiente autonomía y los recursos para decidir, con criterios académicos, el reinicio de las excavaciones arqueológicas? Sólo por esta vía se podrá garantizar la integridad de lo poco que queda de la zona arqueológica.

Sin tener ninguna ilusión de que algún día pueda concretarse la propuesta que voy a hacer, creo que debemos pensar en el reducido espacio de la gran pirámide en forma integral, quiero decir, intentar salvar lo más posible el vínculo entre la arquitectura y su cada vez más pequeño entorno. Podría hacerse recuperando los espacios hoy destinados por el ayuntamiento de san Andrés a estacionamientos, y que los campos de cultivo que aún están disponibles se integren al recorrido que los visitantes hacen de la pirámide. Supongamos que estos espacios fueran sembrados con la milpa tradicional que combina maíz-frijol-calabaza, con magueyes para extraer pulque, con amaranto y nopales. Mediante un sendero el visitante podría hacer un recorrido por el interior de la milpa, se le hablaría de la importancia de estas plantas, de sus cualidades naturales y culturales y cómo fueron deificadas en el México antiguo, de esta manera tendría un interesante sentido vivencial el antiguo culto a las deidades de la lluvia y el culto actual a la Virgen de los Remedios, que continúa vinculado, como en el México antiguo, al ciclo agrícola y al bienestar de los pueblos campesinos que la rodean.

[1] Litvak, 1989: p. 5-8.

2 Matos, 2012, p.20.

3 El dictamen fue publicado en el libro Cholula, la ciudad sagrada en la modernidad, de Anamaría Ashwell.

4 Gándara, 2008; Jiménez, 2008.