Sociedad

Kankirixche

La palabra remite a las profundidades. De la tierra, de la lengua, de la historia. De un sendero que cruza el breñal de lo que algún día vio crecer el henequén. Del vuelo de las golondrinas contra la redondez de este templo del agua.



Cenote Kankirixche, dice el muchacho que cobra los veinte pesos por cabeza de visitante. Una vez no basta, ni dos, ni tres, pero no se aburre en repetirla ni espera a que el turista se trabe entre la x y la che y no lo logre nunca pues para pronunciarla se necesitan siglos de sed y de gargantas insatisfechas. Fruta amarilla del árbol, dice luego. Y yo entiendo fruta amarga del árbol, porque el sigue sacando las palabras del fondo de su lengua milenaria. De inmediato me corrige, amarga no, amarilla de Kan…

Luego no sé más.

Sólo las golondrinas en el circuito nervioso de su vuelo en esa garganta de la tierra caliza.



Y el agua sobre la geometría de los cuerpos que nadan y se olvidan del mundo.

Senderos



Los mayas son amables a la hora de indicar el sendero a un destino. Y no paran, sus manos viajan y apuntan cartografías imaginarias, dan vueltas y quiebres hasta que dan con él, pero no se detienen, te vuelven a llevar y pasas por árboles, cruceros, pueblos y ya estás de nuevo ahí pero te enteras de historias de niño y de fortunas laborales para regresar con un sonrisa cantarina al lugar de partida.

En el estacionamiento un hombre baja de un Land Rover de los años setenta. Le pregunto por Kankirixche sin saber que es él es el indicado, el guía más experto. No lo ha descubierto él, Gamaliel Pereira, pues ya los ancestros iban desde las aldeas cercanas por la bendición del agua, pero los ha recorrido de niño por esos breñales antiguos y después hasta conocerlos uno a uno, así, que claro, los del hotel que lo tienen de mesero lo promueven como el guía fenómeno que en un solo día te puede dar cenotes, haciendas, ruinas y lo que resulte. Yo seguiré los pasos que nos ha marcado en la plática sin perderme hasta llegar al crucero que abre la ruta final al cenote en el camino de Abala a Mucuyche.

Si ustedes gustan yo los llevo, dice.

Que bien, pero ahora vamos a las ruinas. No terminaré como gringo trepado en el Land Rover de Gamaliel.

Uxmal

La cisterna es la vida. No se explica este atorón de piedras sin ellas. Chultunes, les nombran.Toda la cuadratura de los dioses corre a las cavernas forradas de estuco armadas por los ingenieros de Uxmal. En ellas está el sentido original del hacha y del espíritu, toda la imploración por la lluvia, todo el movimiento de las estrellas, todas las peregrinaciones en la selva, las ciudades extintas y sus guerras, todos los cantos y los faisanes, los jaguares y los zopilotes. Todo el esplendor húmedo oculto en los ríos subterráneos asomados por las gargantas que respiran por el gran Chac señor de estas tierras.

Y ahí estoy yo de niño, y canto para el casting del coro del quinto de mi primaria en Puebla El caminante del Mayab, que lo repito porque lo repite incesante en una selva de árboles desconocidos una maestra de tímpanos incorruptibles a pianazos de jueza de sonidos lentos indescifrables, hasta entender que aquel hombre mítico no buscaba más que el agua y ella nunca me eligiría para cantar el señor es mi pastor y nada, nunca, ni el agua ni el aliento del desvalido, me faltará.

La redondez del templo del Adivino. La geometría de la escalera. La boca en arco maya a media altura, el sacerdote imaginado mirando la sabana verde y la masa reseca que implora por el agua: Chac, Chac, Chac, dice la voz en la noche de la luz y sonido que así le grita al dios cuando la sequía ya está a punto de ordenar el abandono de la ciudad. En ese quiebre de la historia Uxmal sobrevive, descubre la cal y el estuco, construye el esplendor de los palacios, los relieves fantásticos y las esculturas que hoy vemos en retazos. La extinción sobreviene después, cuando Canek príncipe de los Itzáes se enamora de Sak Nikté para convertirse en una leyenda de amores y guerras en el Mayapán con lances de serpientes negras y flores blancas que mejor nos explican las elucubraciones históricas narradas en el Chilam Balam.

Las voces mayas en francés, en inglés, hablan de túneles y adivinos. Los edificios ocultos. Los ciclos del tiempo. El sol contento de que los humanos no han desaparecido. Son los guías de Uxmal. Sigo en un minuto la pista disparatada de uno que lleva su rebaño hacia la explanada del juego de pelota: …compra de martes a domingo, no las dejes ir el lunes. Así controlamos a las mujeres los mayas…. Somos supersticiosos, le tenemos miedo a la muerte, no hay cuarto trece en el hotel, te saltas al catorce. Por eso construimos en piedra para remarcar la sujeción del pueblo bajo… No salió la boa, encontró por ahí su conejo… Un helado de coco, el estuco, como un cemento Portland, para sellar, lo aplican y luego los artistas llegan con sus trazos muy precisos… Ah, aquí estamos en el lugar de los campeones…

La rueda perfecta del gol antiguo, el sol primigenio, el sexo más florido. El juego rotundo en el golpe de los cuerpos y el alarido de la masa que estalla cuando la pelota se cuela por el aro mítico de todos los estadios del mundo.

Yo miro entonces el costado oriente del palacio del Gobernador. Hacia el sur el cerro vivo, la pirámide como la habrán visto sus descubridores, con las piedras por miles apelmazadas a golpe de mano y tino de alarife para no ser más que pirámides reconstruidas. Hacia el norte están ya los cantos perfilados con sus relieves de búhos y seres decapitados. La historia empieza en la invención de palabras atadas a la especulación originaria de los guías.

La costumbre de ver las ruinas. La dificultad de mirar lo que fue. Imaginar los colores de la piedra, la cultivada mano que cuenta historias en tintes rojo maya, azul maya y a saber qué mezclas de plantas y minerales ordeñados a la selva.

Pensar la política desde aquí. Pablo Yanes recuerda el libro Una selva de reyes: el verdadero éxito de los mayas fue el de la política. Construir este mundo en el territorio de agua y piedras más adverso: las selvas del Usumacinta, la sábana agreste del Mayab. Preguntar por los reyes que encandilan con su versión de la historia en los relieves, sin ignorar a los cargadores de piedras y a su labradores ni a los alarifes constructores. Tiempo y manos, y miles de estómagos habilitados por el maíz de los agricultores en comales más ardientes que el sol de mayo.

El templo de los falos. Los mayas también glorificaron el sexo, lo esculpieron, lo utilizaron de gárgolas para encausar el agua de la lluvia a las cisternas. Falos perfectos en su cúspide rotunda, en su tronco enhiesto, en su nervadura de sangre. Pero el camino está vedado, y no hay sendero más allá del letrero de no pase. Guías nerviosos miran a otro lado, señor no interrumpa que estoy hablando de cosas serias de los dioses. El INAH no se atreve más que a una exposición en el traspatio del Adivino con penes cortados por el hacha flamígera de la censura. Cuidado con los animales, si van es por su cuenta y riesgo…

Cuántas cosas no miramos en México, de cuánto no se quiere hablar. Qué no lo sepan los turistas de nuestra corrupción, de nuestros crímenes, de nuestros penes floridos por el semen maya.

Desde la Gran Pirámide se logra la vista abierta a la sabana. Los templos de la plaza de Las Monjas y el Adivino están en el medio plano. A los pies la escalinata para los pies cortos de los antiguos moradores. En todo momento imaginar lo que fue. Acudir a los historiadores. Agarrar en el aire las palabras alucinadas de un guía. Sentir la piedra corrugada en la que vuela una guacamaya. Mirar el rostro de dios oculto en un nicho.

Todo queda entre las palabras y las piedras.

Mundo Nuestro. El cuadro que ilustra este texto es de la artista plástica Ana Mastretta Yanes.

Términos

De Términos la llamaron hace tiempo a esta laguna. Es difícil de creer este paraíso sin fin.



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Ir al sureste es viajar al país del agua. Al final terminamos hoy en Isla Aguada, pegada al extremo norte de la laguna de Términos, en un hotel de nombre La Gringa. Aquí nada de lo que se dice es: la isla está en tierra continental, pero la gente recuerda que los conquistadores todavía la vieron atrapada por el agua; la gringa se llama Thelma, y no para de hablar y contar historias --su papá fue uno de los ingenieros que construyeron la autopista México-Puebla--, nació en Huimanguillo, tiene 75 años y es la más extraordinaria anfitriona que he podido conocer en mucho tiempo; y Ciudad del Carmen mira en silencio las plataformas del boom petrolero reciente y se pregunta si valió la pena la trampa que le vendieron de futuro.

Increíble este lugar. Como nunca en mi vida he visto delfines rondar por la barca que nos ha llevado adentro de la laguna. Qué serenidad la suya en el festín de corvinas que imagino bajo el agua.

Nada de lo que veo ha sido siempre así. Playas en Islas formadas recientemente por los huracanes que desbordan pájaros y -materialmente-- millones de conchas y caracoles. Rasco el fondo y la arena deja su eterna construcción calcárea en mis manos. No hay vestigio que no haya guardado la vida de todos los tiempos.



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De no creer Isla Aguada.

Del otro lado del puente, la verdadera isla con Ciudad del Carmen en el extremo poniente, varada en la ilusión del petróleo, con la vista perdida en el pasado que perfilan las plataformas de aceros columpiados en el Golfo.

"Ya no hay camarones en el mar --me dice el joven guarda en el museo del faro en Isla Aguada--, se fueron con el petróleo que descubrió el pescador Cantarell en tiempos de mi abuelo"

Eso fue en los años setenta. Descubro que tengo la edad de su abuelo. Y que como a este mar desgastado, la vida no ha dejado de batir la arena de mis días.

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En el Golfo las plataformas y todo lo que dejaron consigo son el reflejo de la ilusión pérdida en la herrumbe que ha dejado el progreso en el país.

Al final, para todos llegará el término.

En la laguna la palabra Términos, apretada en el imaginario de los buscadores de madera y los piratas que merodeaban para robarla. Tiempos de intercambio de teja francesa traída como lastre en los barcos por el Palo de Campeche de la milenaria selva. Tal es la historia de estas aguas y tierras. La depredación del petróleo y la madera.

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Ahora pienso que contra esta mirada a tajos que nos deja la violencia sinsentido en México, aquí ese malpais encuentra un término: el atardecer con una familia de pescadores que desde el atracadero busca una corvina, la imagina guisada más tarde para acompañar una conversación simple que alumbra a un mañana de sol y trabajo.

Simplemente otro día.

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Kabah

Qué privilegio de país, dice Gabriela con sus ojos sensatos, habilitados para descubrir lo que hemos dejado de ver.

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A lo lejos el promontorio de la que fue la más alta de las estructuras que albergaron casas y templos, ventanas, pasillos, recovecos.

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Y a la vista, estructuras que fueron funcionales como habitaciones, recámaras guardadas por techos que figuran el arco maya, trunco en su pico. Soluciones arquitectónicas que dan al visitante la idea de un centro vivo. La gente entra y sale, sube y baja, discute, tramita, resuelve. Piramides vivas...

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Los dos señores cuelgan espectrales. A uno lo descabezó en algún momento la depredación de las ruinas. ¿A dónde habrá ido, a mirar a quién, a reposar sobre qué regazo? Al final, todas las cabezas pierden su sitio.

Y atrás la selva, las ceibas, la memoria de la epopeya que fue la instalación humana en esta tierra calcárea, de lluvias intensas y secas mortales.

Una iguana posa para la artista. Le da tiempo. Lo contiene desde siempre.

El agua, la batalla por contenerla. Ahí están las cisternas, todavía útiles. Guardarla en grutas, imaginar los escurrideros, jugar con la gravedad a costa de imaginar un humedal en cavidades del cerebro de los arquitectos mayas. Sobrevivir mil años en el territorio calizo del trópico.

Contemplo las piedras acomodadas una por una hace mil 200 años. Ahí están firmes con un mortero mágico que los mayas descubrieron y acicalaron. Cuánto puede durar la palabra siempre.

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Para dejar Kabah un Zopilote decide tomar el campo. Ocupa la punta del templo del fondo. También los de su especie estarán aquí por siempre.

Mundo Nuestro. La vida viene viene. Y se va, y está aquí, en este instante de la escritura. El tiempo es inasible. Y pasa, inadvertido.

Sólo las palabras quedan.

Esta revista digital cumple en este diciembre que corre cinco años con su propuesta de periodismo narrativo. Contar historias. Intentar comprenderlas. Y contribuir en la construcción de alternativas que alienten una mejor vida colectiva. Volverla al menos más llevadera. Esta crónica de los andares de un hombre que sobrevive en la calles del centro de la ciudad de Puebla fue la primera en la vida de Mundo Nuestro. Aquí la reproducimos para decir con él a lo que siga, viene viene...



Las cosas pasan rápido con él, atento como está al movimiento de los automóviles, aun cuando todos los lugares están ocupados y todavía la sombra del templo y las casonas mantienen fría media avenida. Pero ya pasan de las once, y al sol ya te cueces.

Cuántos rostros guarda un hombre al que miras desde la ventanilla. Cuánta vida puede contarse. Escuchar a saltos, para después llevar de corrido una historia.

--Ayúdeme con esto --me dice y señala al mismo tiempo un cartón de jugo y su mano izquierda cubierta por una venda que guarda el polvo de varios días.

Es la primera vez que lo veo. Está ahí, a media calle, con el sol batido sobre su gorra, con el cuerpo esbelto, curtido, bien perfilado por la camiseta futbolera sin mangas y el pantalón estrecho. Cuida su plaza, como la llama. Es un viene viene atento que se acerca a la ventanilla y te mira fijamente a los ojos. Ni joven ni viejo, me digo, entretenido por un bigote largo y ralo, que lo vuelve viejo. Son sus ojos claros los que alumbran su piel oscura y convierten su mirada y todo su porte en el de un hombre joven que no ha cruzado la frontera de los treinta. Pero debe tener más de cuarenta para que quepan los seis que vivió en el ejército y los veiticinco que se aventó como chofer de pipas petroleras por las carreteras nacionales, hasta que en febrero pasado lo asaltó un comando zeta y terminó su carrera trailera arrojado en un descampado de la Sierra Madre Oriental. Un largo pleito laboral en los juzgados de Conciliación en el DF lo ha traído a sobrevivir en el centro de la ciudad de Puebla.

Es la primera vez que lo veo, pero como hoy, a saltos, narrará su vida recargado en la ventanilla.



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Todo pasa rápido, y siempre le ha ocurrido algo. Un día, un pleito en la calle 5 de Mayo que termina con un machetazo en su mano izquierda. Otro, se lo llevó el operativo. Ayer terminó en una patrulla tras un pleito a navajazos en el portal del Pasaje del Ayuntamiento. Hoy, la muerte de su pequeña hija en alguna ciudad de Coahuila, que cuenta así, a botepronto, entre los claxonazos de los autos impacientes en la esquina que no quieren saber de nada, que ven a este hombre como se mira a un poste, a un periodiquero, a un policía, como parte del mobiliario urbano, como a un contrafuerte de la iglesia de la Compañía, como a un simple y llano viene viene.

--Apenas me avisaron, y no voy a poder ir, no hay feria…

--¿Tenias una hija?

--Tenía ocho mesesitos.

Caray, le digo, y no entiendo nada. Hace ya días que me lo encuentro, y así, a gajos de ventanilla me va relatando su historia, hilvanada a retazos de banqueta, su infancia en los cañaverales de El Mante, sus años de balazos en el ejército, la soledad en la carretera, los congales en los suburbios de las ciudades, su vida de gerente de un cabaré de traileros, su matrimonio y la muerte de su esposa y unas mellizas en el parto, el asalto en la sierra, el juicio laboral, el pleito con un gandul, su canto quebrado por el alcohol nocturno.

Cuánta vida se puede contar por una ventanilla.

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El primer día tiene un motivo para hablar conmigo: no puede abrir un tetrapak de jugo pues su mano izquierda la oculta una venda ganada por la mugre. “Traigo dos clavos, tuve un encuentro, tiene que ver como quedó el otro”, dice para que imagine yo una escaramuza reciente aquí cerca, en la 5 de Mayo. Suelta en ráfaga el relato mientras yo desgarro el cartón del jugo.

“Voy con mi novia en paz ahí en Santo Domingo y ese bato le agarra las nalgas, pero no sabe con quién se metió, yo salí de cabo en el ejército, sé meter las manos, pum, pum y ya estaba en el suelo, pero alguien le pasó un machete y aquí me rajó, metí la mano pero el golpeó con miedo, si no me la vuela”.

Se le acerca un muchacho encapuchado. No deja que se arrime a mi ventanilla. Algo murmuran, pero el encuentro es breve. Ya regresa: No entiende este bato, ya le dije que él entra hasta las tres, pero no entiende, me quiere sacar de aquí, pero a mí me dejó la plaza un amigo, ya estoy aquí desde hace varias semanas, pero no entiende, como tiene aquí a su esposa, bueno, su pareja, es la afanadora de la iglesia, por eso quiere la mañana, pero él ya sabe que empieza hasta las tres.

Y usté puede llamarme Sebastián.

Nueva distracción: reconoce a un cliente, un director de algo en la universidad, y lo sigue hasta la esquina. El otro viene viene aprovecha para recorrer la calle y calibrar el tráfico que viene del boulevard del río. No tarda Sebastián, que recupera el control de inmediato, sin decirle nada a su rival, simplemente recuperando la conversación conmigo, que ya entiendo que en su trabajo la palabra acompaña el día, no se trata nada más de cuidar autos y guardar lugares.

“¿No se tarda, verda? --me dice--. Está tranquilo, ¿sabe cuánto me hice el sábado desde las cinco de la mañana hasta las tres de la tarde? No sé, trescientos… No, cómo cree, ni cuándo, cincuenta, si no sale ni pa comer. Y ese que me quiere sacar de aquí, pero lo viera, nada más pasan los estatales y sale corriendo, y es que le piden a uno mil quinientos, pero yo no les niego, les digo, yo estoy trabajando, yo estoy cuidando carros, desde febrero que me asaltaron, por allá me botaron esos malandros, con todo y unidad me trajeron y yo le digo a la empresa y qué voy a saber pa dónde jalaron, ellos ahí me aventaron, nada más, no me madrearon, no más me tablearon y me dejaron ai dentroelmonte, y aquí estoy desde febrero, sí, ya son ocho meses después de 21 años de andar de trailero, y sin nada, cuál indemnización, nada, me dejaron en la calle los de la empresa igual que esos malandros … Péreme de nuevo.”

Pasa el oficial de vigilancia de la casona universitaria, hay que darle reconocimiento, saludo de mano, tope de nudillos, hay que ser serio. Hay que darse a respetar, me dice, y su relato avienta las comillas, toma la ventanilla, se olvida de mí. Claro, por eso a esto chavo le pregunto por su esposa, para que vea que lo respeto aunque yo sé que nada más es su pareja, pero para que me respete, como decía mi papá que en paz descanse, trata a la gente como quieres que te traten, eso decía él, campesino en Xicoténcatl, allá por El Mante, en Tamaulipas, ejidatario cañero con quince hectáreas, y yo soy su único hijo, no tuve hermanos, aunque no me dejó ni un metro, todo eso se lo quedaron sus otros hijos, ya sabe, problemas en la familia, las tierras las tiene una nieta de mi papá, hija de una hermana que no conocí, por eso yo me fui al ejército, seis años y hasta cabo fui, con catorce enfrentamientos, uno de ellos con otro cabo, uno que se pasó de baño, mucha humillación, llegó a escupir en mi comida, delante de todos, por eso le jalé cuatro balazos y no le volé la cabeza porque me paró un compañero, sólo le desbaraté la pierna con la ráfaga, pero ya esta mocho, lo tuve que marcar, no se dio cuenta de que yo todavía no desarmaba el arma y me quiebra un palo de escoba en la espalda y ya fue mucho, le digo, las armas son para respetarlas, en eso se parecen a las mujeres, si no las respetan te acaban, como les pasa a todos esos que terminan descabezados, ya nada respetan, van y matan esos sicarios allá en Tamaulipas, esos del Golfo, batos de la calle, no han tenido nada, los agarran y al rato ya traen un arma, y qué, luego van y matan, para que al tercer día amanezcan decapitados…

Día con día

¿Por qué las fuerzas armadas tienen que estar hoy peleando en tantos sitios y antes no?



¿Por qué la guerra contra el crimen multiplicó la presencia coercitiva de las fuerzas armadas en el territorio nacional, en vez de reducirla?

Creo que la respuesta está en la estrategia de combate contra las drogas de la última década.

La estrategia fue descabezar y debilitar a los “grandes cárteles” para que quedaran solo “bandas pequeñas”, fragmentadas territorial y organizativamente, más fáciles de contener una por una.



Fue una estrategia exitosa: no hay capo de algún peso que no esté muerto o preso, y los “cárteles” están debilitados. Pero la eliminación de las cabezas mayores más que erradicar a la hidra, dispersó sus redes y multiplicó sus cabecitas.



Lo que eran cinco “grandes cárteles” en 2006 se volvieron más de 200 “bandas pequeñas” en 2017.

Sucedieron dos cosas:

Por un lado, la entrada de las fuerzas armadas a la guerra contra las drogas replegó a los “grandes cárteles” y los obligó a extender sus tentáculos a casi todos los estados del país, en busca de espacios menos vigilados, más propicios para su negocio. La mata se ramificó territorialmente.

Por otro lado, las “pequeñas bandas” que iba dejando la poda quedaban desalineadas del negocio rentable de las drogas y buscaban otros: extorsión, protección, despojo, derecho de piso, ordeña de ductos. Las matas se hicieron más pequeñas, pero más peligrosas para la sociedad local.

Así, lo que era el negocio de la producción y el tráfico de drogas hacia Estados Unidos se fue volviendo el negocio de la captura criminal de ciudades y regiones por pandillas armadas menos fuertes que los “cárteles”, pero más temibles para su entorno.

Por eso las fuerzas armadas deben estar en 2017 en más sitios que en 2007. Por eso su participación en la guerra enfrenta más violencia ahora que nunca.

Las trajeron a luchar contra las drogas a sangre y fuego en unos cuantos puntos aislados del país. Ahora las tienen custodiando a sangre y fuego en buena parte del país.

La pregunta es cómo volver a la situación de 2007. Tendrá que ser poco a poco, pero empecemos por revisar la historia y estudiar sus errores, para no seguirlos cometiendo.

San Miguel Tecuanipan, Tochimilco. La construcción de tres casas con Poli Etilén Tereftalato (PET)) -botellas- llenas de arena, simulando bloques, para igual número de familias pobres y damnificadas por el sismo de este lugar, es el proyecto ya arrancado por un grupo multidisciplinario de jóvenes estudiantes, algunos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en esta Junta Auxiliar de Tochimilco, municipio devastado por ese mismo fenómeno natural.

De entrada una, la de don Miguel Adorno, un hombre de 68 años de edad quien salvó su vida de milagro aquel día, prácticamente ya está lista. Es un cuarto de 3 por 3 metros concluido recientemente a unos metros de los escombros de su vivienda de adobe arrasada. Se usaron más de 2 mil 500 botellas. La segunda está en proceso, la de Cayetano Rodríguez y su esposa. Y la tercera aún no comienza. Son esquemas ecológicos, baratos, resistentes y nada peligrosos. El plan por el momento quedará en tres por la falta de recursos económicos públicos y privados para financiarlas. El costo de cada una asciende a más de 60 mil pesos.



En San Miguel Tecuanipan, pueblo viejo, rural y cercano a don Goyo, el censo indica 150 casas con daño total. Sólo 69, inexplicablemente, están en el censo del Fondo de Desastres Naturales (FONDEM). El resto de personas debe resolver su problema como pueda.

Y una de estas maneras puede ser la propuesta de quien, de manera colectiva, puede identificarse como el grupo VIEM MX.



La subida



Retratos de la reconstrucción en Tochimilco

Para llegar a San Miguel el primer paso es la cabecera de Tochimilco, cuyo centro todavía muestra sus ruinas. Repetida la escena calle tras calle: escombros y número rojos pintados en las fachadas.

La salida a Tecuanipan es por un camino muy estrecho. Rodeado de árboles y de cerros amenazantes con deslizarse en cualquier momento.

Es puro subir y subir. Y para medir los grados de altura basta con dejar atrás el espacio verde y encontrarse, casi cara a cara, con el cráter del Popocatépetl.

Desde Tecuanipan puede, dicen los moradores, sentirse los latidos del coloso. Tras una curva, aparece el pueblo: asoleado, amarillo por la arcilla y el polvo, tirado a la desgracia por el temblor, lleno de carpas color café.

Pero es una comunidad muy agradecida: en la entrada una manta, sí mal escrita, pero de solidaridad:

“Gracias a todas las personas del mundo por su ayuda”

Atentamente: habitantes de San Miguel Tecuanipan.

Casi al fondo de la calle principal está la telesecundaria. Los maestros y padres de familia están conectados. Y más luego de su desgracia.

La directora pide al presidente del Comité de Padres llevar a los visitantes con Javier Hernández. El hijo de la dueña de la tienda cercana. Es algo así como el conecte entre los universitarios y la población.

Es un joven entusiasta de cerca de 30 años dedicado a la cámara y la fotografía social. Esto permitió obtener el registro más logrado de la desgracia de su pueblo.

El rezo

Caminamos a la casa de Miguel Adorno. Un viejo solitario. Su esposa murió hace cuatro años y de ella conserva la foto. El día del temblor, quizá por suerte o destino, logró salir de su hogar que se derrumbaba.

Lo encontramos con sus dos perros guardianes, afuera de una carpa ofrecida por unos voluntarios, y a un lado de -un cuarto medio derruido.

Ya no oye bien. Entiende a gritos, y así Javier Hernández le dice que tiene visitas. Apenas puede levantarse de una vieja cama. Pero cuando lo logra de inmediato empieza a hablar de su nuevo cuarto de botellas.

“Sí, esta bonito. Pero es un poco pequeño. Ya cuando esté listo pasaré ahí unas horas”, alcanza a decir.

Los universitarios pensaron en este hombre por sus condiciones de abandono familiar, económico e institucional. “Increíblemente no esté en el Fondem, y debemos ayudarlo”, dicen.

El modelo color gris de su cuarto de botellas llamó ya la atención nacional. Sólo faltan los focos y la conexión eléctrica. Usaron varilla, cemento, alambrón y botellas de 600 mililitros.

“Es muy resistente, ecológico y barato y en caso de sismo, las botellas amortiguan el movimiento, se doblan, pero resisten, los muros son fuertes y no se caen”, dice Hernández mientras golpea dos de ellos. Luego nos cuenta que la idea surgió de este grupo interdisciplinario de universitarios quienes cada fin de semana llegan a este lugar y duermen donde pueden y ayudan a la reconstrucción.

Salimos de ahí en silencio. Para no distraer al viejo Miguel quien ya reza, acostado en su cama, la ofrenda a dios del mediodía.

Bloques

La familia de Cayetano Rodríguez pasó el mismo trago amargo. Una parte de su vivienda se vino abajo. Recuerdan con mucho miedo aquel 19 de Septiembre. A la entrada de su terreno hay dos cosas: una carpa café y unas mallas de alambre con botellas incrustadas. El proyecto de la casa apenas toma forma.

Llama la atención la idea de una de sus hijas, confirmada por Javier: “Son buenas casas porque la botella llena de arena es como un ladrillo. Fuerte y resistente. Y nosotros queremos donde dormir”.

De manera continua, un cuarto de pet puede levantarse en aproximadamente tres o cuatro semanas. “Pero, y a pesar de ser necesario, debemos resolver otras cosas quizá más importante como contar con agua potable. Desde el sismo no tenemos. Y debemos caminar media hora para traerla. A veces llega poca de las autoridades, pero no alcanza para el pueblo”. Y es que los derrumbes en los cerros de los alrededores el 19 de Septiembre, no sólo ensuciaron el manantial, el agua pasa muy poco por estar atorada. Eectivamente, la casa está en la sección alta de la comunidad, donde la presión no es suficiente para abastecerla. Funcionrios del SOAPAP me comentarán más tarde que están construyendo dos nuevas líneas para cambiar el trazo de las antiguas y evitar se repita el daño.

Mientras, la familia de Cayetano sigue durmiendo en la carpa para seis personas. “Ahí por las madrugadas el frío es muy feo, y por las tardes no es recomendable estar por la acumulación de calor”. En esta época, el frío en San Miguel llega a los menos un grado centígrado.

Los rumores

Dice el joven Hernández que con este proyecto queda claro, y de manera contundente en términos civil y arquitectónico, que las cosas pueden ser diferentes. Pero nos confirma que sólo tres están planeadas por el momento: “Hace falta pet, a pesar de las bolsas enormes de la entrada, dinero y quizá manos”. El esquema, desde luego, plantea casas de este tipo más grandes. “De dos o tres cuartos”.

Increíble, frente a la enorme acumulación de basura plástica en cualquier punto del país, no hay botellas a la mano para la construcción de este tipo de casas.

Mientras se logran apoyos, una cantidad importante de vecinos afectados por el sismo siguen propagando el rumor:

“Como no voy a tener ayuda del gobierno --sólo la mitad de familias está en el Fondem--, saco la cosecha de amaranto, muy mal pagado por cierto, y me voy a Estados Unidos. Los 15 o 20 mil pesos del campo no servirán para reparar por cuenta propia mi casa.”

Ausencia y olvido

Tecuanipan fue fundado en 1567, dicen las crónicas. Pueblo Náhuatl y católico. Pareciera que el tiempo, y el gobierno, no han pasado por aquí: sin internet, con muy pocas líneas telefónicas y sin las necesidades básicas cubiertas, vive todavía el duelo de la tragedia. Es un duelo similar al de la muerte: en los primeros días todo mundo te abraza, dice estar contigo y acude a visitarte. Pero después, la ausencia y la fatalidad se viven de manera solitaria.

La historia reciente pues, de un pueblo de duraznos “grandotes” en junio, y de solidaridad y drama tras el sismo.

En las próximas semanas, meses y años se publicarán una gran cantidad de artículos y libros sobre los terremotos del 7 y 19 de septiembre de 2017 que afectaron Oaxaca, Chiapas, Morelos, Puebla, Tlaxcala, el Estado de México y la Ciudad de México. En los terremotos de 1985 el número de víctimas se estima en 10 mil y hay quien sostiene fueron 20 mil y ahora no llegan a 400, 226 de ellas en la Ciudad de México.

Los inmuebles afectados suman 200 mil. Las viviendas son 153 mil y de éstas 55 mil totalmente destruidas, de ellas 49 mil 800 en Chiapas y Oaxaca. Las escuelas dañadas son 12 mil 931, según la SEP y las edificaciones del patrimonio monumental llegan a mil 500, de acuerdo con la Secretaría de Cultura. En la Ciudad de México tienen que ser demolidos mil edificios y mil 500 están en revisión más profunda. La lista va a elevarse.

¿Cuál es el sentimiento de la ciudadanía ante los sismos? ¿Cómo evalúa a los actores involucrados en ayudar a las víctimas? ¿Se está ahora mejor preparados que antes para enfrentar estas contingencias? ¿Sufrió algún daño su inmueble? ¿Cómo se informó? ¿Participó en las tareas de rescate? ¿Se siente orgulloso de los ciudadanos y de la ciudad?

En los siete días posteriores al terremoto, diarios de la Ciudad de México publicaron encuestas que permiten conocer la repuesta de la ciudadanía a las preguntas anteriores. La de Reforma (24/09/17) se realizó en cinco entidades golpeadas y las de El Economista (25/09/17) y El Universal (26/09/17) sólo se centraron en la Ciudad de México. Las encuestas fueron telefónicas, en algún caso acompañadas con entrevistas en sitio, y el índice de confianza es de 95%.



Foto Vanity Fair.

Sentimiento ante el terremoto

En la encuesta de Reforma, el sentimiento que mejor describe su situación ante los sismos es la tristeza en el 29% de los casos, la impotencia en el 25% y el miedo en el 24%. Al ver la reacción ciudadana la esperanza es el sentimiento más fuerte para el 15% y el de orgullo para el 5%. En la de El Universal, el sentimiento prevalecente es el miedo para el 60.4%, la tristeza para el 15.5 %, la impotencia para el 6.9%, la angustia para el 6.6 %, la inseguridad para el 4.3%, la desesperación para el 3.2%, el dolor para el 1.4% y la resignación para el 1.3%. En ambas encuestas los sentimientos más presentes, aunque con valoraciones distintas, son el miedo, la tristeza y la impotencia. Estos tres son los que describen cómo las personas se sienten ante el impacto de los sismos.



Valoración de los actores



Los que encuesta Reforma a la pregunta sobre el desempeño de los actores ante los daños causados por los sismos, el 94% responde que en el caso de la sociedad civil fue bueno / muy bueno. El 86% piensa lo mismo de la Marina, el 85% del Ejército y el 76% de Protección Civil. Sobre los gobernadores y el jefe de gobierno de la Ciudad de México, el 36% de los encuestados piensa que lo hicieron bien / muy bien y el 64% mal / muy mal.

Los que entrevista El Economista, el 98% asegura que los voluntarios lo hicieron bien y muy bien; el 92% dice lo mismo de Los Topos; el 88% de los bomberos; el 81% de los integrantes de las Fuerzas Amadas; el 77% de la CFE; el 68% de la policía; el 50% del gobierno federal y el 47% del gobierno de la ciudad.

En la encuesta de El Universal, el 92.9% califica el desempeño de los ciudadanos de muy bueno y bueno; el 50.5% piensa que las autoridades lo hicieron muy bien y bien, el 30.6% que muy mal y mal y el 17.3% que ni bien ni mal. Las otras encuestas distinguían actores entre las autoridades y ésta las ve como un todo.

Los ciudadanos en las tres encuestas evalúan muy bien a los ciudadanos, en segundo lugar, con una distancia menor, a los actores que estuvieron implicados de manera directa en la ayuda a las víctimas. Los gobernadores, el jefe de gobierno de la Ciudad de México y el Presidente de la República no salen bien evaluados.

La preparación ante los sismos

El 79% piensa que los ciudadanos estaban mejor preparados que en 1985, el 10% que menos y el 8% igual. Y en el caso del gobierno el 56% que estaba mejor preparado, el 19% que menos y el 17% igual, según la encuesta de Reforma.

En el caso de El Universal el 69.6% piensa que el país estaba mejor preparado para hacer frente al problema, el 15.3% que igual y el 12.1% que peor. La mayoría considera que se estaba mejor preparado y que las autoridades actuaron con rapidez. El 54.3% estima que la reacción de las autoridades fue oportuna y el 41.3% que no fue oportuna.

Los daños sufridos

El 80% dice que ellos y sus familiares no sufrieron ningún daño en sus viviendas y el 20% que sí. El 88% que sufrió algún daño dice que son reparables y el 7% que no lo son, según El Economista.

Los encuestados de El Universal a la pregunta sobre si sufrió algún tipo de daño en la vivienda el 76.2% dice que no y el 20.5% que sí. De los que sí tuvieron el 81.8% aseguran que fueron grietas en las paredes, el 5.9% caída de azulejos, el 4.9% vidrios y ventanas rotas, el 4.4% caída de la barda y el 3% hundimiento del piso.

El 70.9% de los que sufrieron algún daño en su vivienda dicen no saber a quién acudir para recibir ayuda y el 28.6% que sí lo sabe. El 79.3% no se siente respaldada por las autoridades y el 16.3% sí, según El Universal.

Las dos encuestas coinciden, el 20% sufrió algún tipo de daño en la vivienda y el 80% no. Del 100%, el 80% de los casos que sí tuvieron algún tipo de daño todos son menores. El Economista anota que sólo el 6% dice tener seguro contra este tipo de daños y el 86% no.

Solidaridad, identidad y orgullo

De los que entrevista El Economista a la pregunta sobre cuánta solidaridad hubo en la ciudad 93% responde que mucha, el 50% que la solidaridad va a continuar y el 43% que se va a apagar.

El 87% dice estar muy orgulloso de los habitantes de la ciudad y el 77% de vivir en ella. Los ciudadanos evalúan muy bien la solidaridad que se vio en las calles y la mitad tiene la esperanza de que permanezca. Además, fortalecieron sus lazos de pertenencia con la ciudad y valoran positivamente a quienes la habitan.

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Foto de National Geographic

Información y participación

En la encuesta de El Economista a la pregunta de cómo recibió la información para ayudar o incorporarse como voluntario, 22% afirma que por las redes sociales; 16% por grupos y asociaciones; 15% por la radio y la TV y 4% de otras formas. Las redes ganan espacio.

De los encuestados 29.7% dice haber participado como voluntario en alguna actividad de ayuda relacionada y el 70% que no. De esto se deriva que una tercera parte de los nueve millones de habitantes de la ciudad se implicó en alguna tarea, según El Universal.

Una reflexión

Estos datos muestran una ciudadanía consciente, participativa y solidaria, que confía y valora a sus iguales. Se percibe también una mala valoración del Presidente y los gobernadores y un rechazo general a los políticos y a la manera en que hacen política.

Los ciudadanos han expresado la necesidad de que todos los recursos destinados a la reconstrucción sean auditados por instancias creíbles. Hay desconfianza en el gobierno. Se teme que muchos de estos recursos vayan a manos de la corrupción.

El gobierno de la República y de los estados afectados serán vigilados por millones de ciudadanos. La reconstrucción puede ser un momento único y para cerrar la brecha entre el gobierno y la ciudadanía, pero también un espacio para que ésta se profundice.

El terremoto se metió de manera central en la campaña electoral de 2018. Los mexicanos, después del terremoto, van a ver con ojos todavía más críticos a los candidatos y sus partidos. Los que sean más sensibles a la visión que tiene la ciudadanía van a tener más oportunidades de ganar. Quien siga con sus viejas formas y anquilosados discursos no tendrán ninguna oportunidad.

En 1912 Jack London publicó un libro de ciencia ficción que se desarrollaba en el remotísimo año 2013 del siglo XXI. La peste escarlata es el título del libro y de la enfermedad que aceleraba el ritmo cardiaco, subía la temperatura del enfermo, para al final llenarlo de manchas rojas antes de morir. Todo en cuestión de minutos. De esa epidemia solo se salvaban gracias a la suerte de un buen sistema inmunológico algunos pequeños grupos de hombres, mujeres y niños, que se agrupan y organizan en pequeños clanes. El mundo que London imaginó, muy parecido a la realidad del 2013, colapsaba totalmente. Europa, América, África, todo volvía a quedar totalmente aislado como hace miles de años. Las ciudades y su tecnología se derrumban como consecuencia del abandono, el pillaje y la violencia desatadas en los breves días en que la peste roja acaba con casi toda la humanidad.

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La voz narrativa es la de un viejo profesor universitario de San Francisco, John Howard Smith, que en el momento de desatarse la epidemia era ya un reconocido profesor de 30 años. Él pasa a formar parte de los niveles más bajos de las nuevas organizaciones sociales, los clanes. Predominan los fuertes, los choferes y los mecánicos, los seres más aptos para sobrevivir. La voz narrativa de John es la del último sobreviviente de la peste escarlata, un anciano de 90 años que les cuenta a sus nietos en el año 2073 cómo era el mundo antes de que la peste acabara con la civilización, de la que sólo quedan vestigios y ruinas cubiertas de maleza.

Gran parte de las actuales generaciones humanas estamos condenadas a oír demasiado de todo y a entender casi nada.

¿Cuáles serían nuestras habilidades para sobrevivir si una epidemia arrasara con la gran mayoría de la humanidad? ¿Cuántos sabríamos prender fuego, encontrar alimentos, cazar o desollar un animal? Podríamos dibujar en la arena signos que poco a poco serían olvidados e inútiles. Muy probablemente seríamos, aún con todo lo que hemos leído y visto en el inmenso abanico mediático, los más desvalidos e inútiles del grupo. Estoy segura de que nuestro manejo del tiempo cambiaría brutalmente y que no tendríamos espacio para dedicarle a casi nada que no fuera sobrevivir. No podríamos explicar lo minúscula e insignificante que es la tierra comparada con el resto del universo ni tendría ninguna utilidad hacerlo. Los que tuvieran necesidad de ritos y ceremonias para intentar comunicarse con un espíritu superior, si es que creyeran en eso, se darían cuenta de que los intermediarios entre lo que se llama Dios, Alá, Yahvé o Espíritu Superior, son absolutamente innecesarios y que toda persona trae en sí la capacidad para tratar de descifrar la inmortalidad del cangrejo o de imaginar un posible más allá a la medida de su talento creativo. Volveríamos a mirar las estrellas con detenimiento y aprenderíamos a ubicar a Venus junto a la Luna, pues ya no habría ningún distractor que nos alejara de mirar con atención el cielo; sin televisión, teléfonos, noticias, periódicos. Lo único que tendría relevancia sería nuestro diario vivir. En las noches obscuras tendríamos miedo de los animales salvajes y estaríamos más que dispuesto a rendirle tributo y obediencia a quien nos protegiera aunque solo fuera por interés. El idioma se deterioraría y solo se conversaría de cosas inmediatas, cotidianas y de información de primera mano. El mundo sería inmenso y nuestra información pequeña y concisa como una guijarro. No imaginaríamos ni especularíamos sobre el futuro porque lo único cierto sería que habría que salir para intentar sobrevivir el día siguiente.



Pienso todo esto de regreso a mi casa, después de haber escuchado en una comida todo tipo de teorías y dichos acerca del destino de nuestro país, especulaciones múltiples acerca de los datos de los crímenes en aumento en el mes de octubre y de quién es quién en las redes del huachicol, descalificaciones totales hacia cualquier forma de autoridad, nuevas curas contra el cáncer, pronósticos del ganador de las elecciones del 2018 o la historia de una escalera eléctrica que se tragó a una mujer la semana pasada. Noticias y datos que se consumirán y extinguirán para dar paso a nuevas historias sin haber resuelto ni entendido las anteriores. Flotamos sobre un inmenso mar de información con el mismo diseño de cerebro de hace miles de años. Con ese cerebro saturado de información se aborda la desaceleración de la economía, se esgrimen rebuscadas especulaciones acerca del poderío de las mafias financieras mundiales y de la nueva nobleza que son los que salen en películas o en la tele, o son cantantes o deportistas. Un rato más tarde la conversación desmenuza la última modalidad de asalto en los semáforos o en las casas habitación y se dan datos inciertos acerca de los grupos huachicoleros. Poderoso clan que de llegar una peste escarlata dominaría el escenario sin lugar a dudas. Después de una pausa, la conversación regresó a nuevas teorías de las mil y un formas en que aún se pueden robar las elecciones, sin explicar bien quién se las va a robar a quien si ya todos los partidos saben cómo hacerlo.



Como volví a leer de nuevo La peste escarlata, pues a mí me dio por preguntar quién sabía hacer fuego sin cerillos. Nadie. Quien cazar un conejo con solo un cuchillo. Nadie. Quién buscar agua para tomar. Nadie. Quién qué plantas y raíces son comestibles en el valle que habitamos. Nadie. Todos iríamos a dar al último escalafón del clan. Terrible mal de nuestra época. Puestos a sobrevivir solos, en el campo y a expensas de nuestros múltiples pero inútiles conocimientos, no duramos ni un día; somos unos parásitos inexplicables y contradictorios porque como especie hemos sido capaces de crear arte, anestesia, vacunas, poesía y música divina, pero también basura, consumismo, prejuicios, religiones mortíferas, bombas, granadas, crueldad innecesaria, estupidez en abundancia y una falta enorme de respeto por la vida del resto de las especies que comparten con nosotros un planeta que de repente se volvió demasiado pequeño.

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Como culmen de la conversación de antier, una comensal descubrió a un infeliz ciempiés a la entrada del baño. Inmediatamente se decretó la muerte del intruso. Yo me acerque a verlo y lo vi mover sus múltiples patitas tratando de huir de los gigantes que habían decretado su muerte por el hecho de ser un bicho amenazador y fuera de lugar en una casa. ¡Qué buen diseño de la naturaleza! Sus cien patas lo ayudaron a esconderse detrás de un mueble, mientras uno de los hombres decía "denle un pisotón". Contra un ciempiés en una sala todos resultaron grandes conocedores de cómo darle muerte súbita. Yo logré conseguir en la cocina una cajita de cartón y lo esperé del otro lado del mueble. Entró a la cajita y lo saque por la ventana que daba al jardín. ¿Por qué y a título de qué habría que darle un pisotón? Cafres.

No nos comprendo. Estamos sobre valorados como especie. Somos microbios poderosos, soberbios e ignorantes caminando sobre la delgada piel de la tierra a la que le estamos dejando múltiples cicatrices. Y sin embargo, alguno de nuestra especie esculpió La Piedad, escribió sonatas y conciertos, dibujó un bisonte perfecto en las cuevas de Altamira o escribió la Comedia Humana. ¿Dónde y cuándo perdimos el rumbo? Es hora de retirarse a una caverna de ermitaño o de regresar rutinariamente a La Caverna de la que hablaba Saramago, que no es otra cosa que un Centro Comercial lleno de ociosidades y satisfactores que nos ocupen mientras nos sorprende la muerte.

En el marco de madera de una ventana donde tengo macetas, he visto que hay un nido. Está al alcance de mi mano. Ningún gorrión podrá escribir en un periódico: "Irresponsable o estúpida pareja de gorriones construye nido dejando a sus críos al alcance del temible depradador humano". Ellos no documentan su existencia, ni juzgan. Tan solo sobreviven. Son sabios.

Esta mañana regué las plantas de la manera más cuidadosa posible y ahí vi a las crías. Dos pares de ojos negros brillan y me miran desde sus minúsculos cuerpos apenas cubiertos de pelusa; con los picos abiertos, esperan a que sus padres les traigan un insecto, quizás un ciempiés que ayer se salvó de un pisotón.

¿Nos mereceremos una peste escarlata? El autor dejó bien claro que la peste solo atacaba a los humanos.

Mundo Nuestro. Martín Bermúdez, campeón mundial de marcha en 1979, viajó a Moscú con el equipo olímpico mexicano comandado por el entrenador polaco Jerzy Hausleber, apenas unos meses antes de las olimpiadas de 1980 en la capital de la moribunda Rusia Soviética.

Son los años de mayor gloria para el deporte de nuestro país, con figuras hoy míticas en los nombres de Daniel Bautista, Raúl González, Ernesto Canto, y más allá, del carismático Sargento Pedraza, aquel de los gestos de coraje al no poder arrebatarle el oro a un soviético en las olimpiadas de 1968 en la ciudad de México. Los mexicanos, entonces, imponían el ritmo y la ley en la competencia mundial, dice Martín al describir la fotografía que da cuenta de la lucha cuerpo a cuerpo entre Daniel Bautista, un competidor gringo y él mismo.

En este viaje Martín Bermúdez es el novato del equipo, pero ya lleva enfundada la intuición del escritor, y los ojos abiertos y sensibles a ese mundo radicalmente distinto que tiene la oportunidad de conocer. Son los años finales del imperio soviético fundado con la revolución bolchevique de 1917.



Tavarish, Sovieski Zayúz, sigvognie savaristavagnie, Zamolot, Mockba

Algo así oímos en ruso dentro del avión, en el aeropuerto de Varsovia, cuando nos anunciaba la azafata que el vuelo de la línea aérea de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, salía con destino a Moscú. Después lo dijo en un inglés siberiano rústico y de mala gana. Dio unas cuantas recomendaciones señalando las puertas de emergencia y terminó diciendo: da, da, spaziva; luego caminó unos pasos y fue a sentarse con sus otras compañeras en la zona de tripulación. Ahí quedaron, frente a los pasajeros. Nosotros estábamos en las filas donde dice “Niet pali” y nuestro entrenador polaco, de 20 y 50 kilómetros de marcha olímpica, Jerzy Hausleber, como siempre, ocupaba los últimos asientos del avión. Esta vez no era la excepción, así que se fue al área de fumar, donde no estaban los letreros de “Niet pali”. En seguida llegó el aroma a tabaco de su pipa, mezclándose con los olores a sebo y ajo del avión entero.

A los pocos minutos, el avión soviético despegó haciendo estruendosos ruidos. Unas rejillas y compuertas se abrieron y de ellas salieron rebotando unas cebollas, jitomates y pepinillos que rodaron por los pasillos hasta los últimos asientos, mientras íbamos tomando más y más altura. A los pocos minutos cruzamos las nubes y después, volábamos sobre ellas.

Mis nueve compañeros me decían “Novato”. No supe en qué momento se fueron quedando dormidos, ni se despertaron cuando las azafatas pasaron dando unas cajas de plástico. Dentro había carnes frías con trozos de cebollas, jitomatitos y galletas. La mayoría de los pasajeros las regresó, estaban rancias. Minutos después las sobrecargos pasaron arrastrando unas bolsas negras de plástico y recogieron las cajitas. Volvieron a sus asientos y sentadas en hilera frente a los pasajeros abrieron algunas cajitas y empezaron a comer en trocitos las galletas rancias, masticaban lentamente, viendo al techo del fuselaje sin parpadear, como viendo al cielo a través de la nada.



Aquello quedó en silencio, giré el cuerpo hacia atrás para ver dónde estaba el entrenador polaco. Allá, cerca de la ventanilla observaba el vacío…a su Polonia, a pesar de que ya no se veían más que las espaldas de las nubes.

Recordé una semana antes, cuando nos llevó a la ciudad vieja de Varsovia. “A Polonia la han cagado hasta los perros, todos le pasaron por encima” y dijo unas groserías en alemán y ruso. Al entrar a la ciudad vieja vimos muchas bardas caídas, otras con perforaciones de balas, las casas con boquetes en las paredes “Éstas son las ruinas de la guerra. Eso ha quedado así para que no se nos olvide” (a mí me pareció que aquel lugar aún olía a pólvora y gasolina). “Ustedes, como mexicanos, no han sufrido más que en las telenovelas”, nos dijo. Tal vez por eso al día siguiente, cuando terminamos los entrenamientos, le ordenó al chofer que se adentrara al bosque sobre una brecha de tierra.

Acomodados en los asientos traseros de la furgoneta, un poco apretados, solo veíamos las hileras de pinos al pasar. El profesor iba al lado del chofer hablando en polaco, mientras nosotros, tal vez por el entrenamiento fuerte o por el arrullo del motor, nos quedamos dormidos.



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“Bájense que ya llegamos”. La voz nos despertó. Bajamos, caminamos y entramos. Vimos unas barracas y galerones en hileras, una cerca de alambres con púas que se interconectaban. En el fondo, el bosque rodeando.

Entramos a la primera galera: las suelas de los zapatitos quemados. Los huesos y esqueletos incompletos, carbonizados, formados en cerros; los hornos como abriendo la boca con hollín. Tal vez íbamos a la mitad del recorrido cuando sentí que se me bajó la presión y empecé a vomitar. El profesor Jerzy nos retiró del lugar. El regreso a la ciudad fue distinto. Todos teníamos la vista fija en los árboles del bosque, no hubo palabras, se podían escuchar las hojas y las puntas de agujas de pino que arrastraba la furgoneta. Sentíamos que nos faltaba el aire a pesar de estar en el bosque. Me perseguían las imágenes que dejamos atrás, junto con el letrero, en trazos grandes, que decían: Auschwitz.

Esa noche, el entrenador Jerzy cenó rápido y regresó al dormitorio. Saltó por la ventana trasera, cruzó entre el bosque para esperar a que pasaran por él. Lo llevaron a una cabaña, donde se reuniría con un grupo de obreros, encabezados por Lech Walesa. Todos ellos, dispuestos a defender a Polonia contra el poder Soviético.

Mientras pensaba en lo sucedido por esos días, el avión entró en zona de turbulencia, después se quedó quieto, como si estuviera suspendido en el aire. Quise dejar de pensar por un momento en esas imágenes. Esas imágenes feas de los días pasados, pero volvían a aparecer: La ciudad vieja de Varsovia y el campo de Auschwitz. Además, ahora había un aroma en mi nariz, un aromilla extraño y pegajoso, era muy similar al de otros países del bloque comunista, como Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria y Alemania del Este, donde habíamos estado compitiendo.

La pregunta que me hacía es ¿Por qué estos países huelen casi a lo mismo? Estas tierras tienen su propio aroma y color. “¡Qué chistoso!”, pensé, ¿Cómo puede oler un país? Alemania del Este, huele como a sótano abandonado y flores olvidadas en un panteón. Y es que el problema no es que el Muro de Berlín sea tan alto, sino las torretas con militares y sus armas largas, listos para disparar a quien se acerque. Yo no sé, pero para mí éstos países huelen como a miedo y olvido, pero ¿acaso eso tiene aroma? ¡Qué cosas pienso, Dios mío! Pero claro que hay colores marchitos, desde el cielo se da uno cuenta cuál país es comunista y el que no lo es, yo me di cuenta cuando cruzamos por avión las Alemanias: hay multicolores en la Alemania Federal, colores y más colores. En cambio, la Alemania del Este tiene un solo color: cemento militar. Se ve triste. En eso iba pensando cuando escuché la voz del capitán hablando en ruso y luego en inglés. Unos minutos después, el avión empezó a descender.

Al llegar al aeropuerto de Moscú el avión aterrizó sin problemas. Cuando dio la vuelta y se paró cerca de los hangares, un grupo de militares nos rodeó y nos condujeron a un camión largo, unos se colocaron en las puertas, otros entre los pasajeros. En la parte exterior del aeropuerto colgaba La Hoz y el Martillo en color rojo. Al entrar a la sala de migración, otros militares nos formaron en varias filas y ordenaron declarar y escribir en libretas cada moneda, joyas, ropa de vestir, libros o revistas que trajéramos. Después, a cada uno nos fueron pasando a una cabina de inspección, había en el techo un espejo y otro en la pared de atrás; el militar podía verte por todos lados, se te quedaba mirando fijamente, sin parpadear; volvía a ver el pasaporte y te volvía a fijar la vista.

Al profesor Jerzy lo interrogaron aparte por más de cuatro horas, le preguntaron por qué traía tantos dólares, marcos alemanes, francos, coronas noruegas, suecas y pesos mexicanos. Les mostró el documento oficial donde el gobierno soviético nos invitaba a participar en los Campeonatos Nacionales de 20 y 50 kilómetros de marcha. Les explicó que él era el entrenador en jefe del equipo mexicano y que ahí estaban los campeones del mundo y el campeón olímpico de Montreal ‘76, lo que al oficial militar le molestó mucho y más que se lo dijera un polaco y en polaco.

“Ahora está en territorio ruso, los polacos aquí hablan ruso, no lo olvide. Usted lo aprendió muy bien” le reclamó el militar, alzando la voz como para que se oyera, no solo en toda la sala, sino en todo el aeropuerto (en el momento no entendíamos nada, pero al día siguiente el profesor nos detalló el suceso). Ordenaron que metiéramos en bolsas tipo militar cosas como revistas, perfumes y jeans nuevos. Nos recogieron hasta una Virgen de Guadalupe que llevábamos, “cuando salgan del territorio, se las regresamos” dijeron.

Pero el profesor Jerzy traía tres imágenes en miniatura: la Virgen de Chestojova, San Charbel y la Virgencita de Guadalupe que no detectó el militar. Por último, le ordenaron que debía cambiar los dólares por rublos ahí mismo, pues si lo hacía en la calle, en el mercado negro, iría a la cárcel. Él obedeció de inmediato.

Al salir del aeropuerto, se acercó un hombre quien dijo llamarse Dorovski, “yo soy el traductor, Profesor, voy a trabajar éstos quince días con ustedes”.

Hablaba un español rasposo. “Allá está el autocar” señaló al frente, tomó una maleta y la sopesó como descubriendo qué contenía. Otro hombre fornido como un oso, pero de pie, aguardaba bajo una farola rústica, usaba una chamarra color caqui y un gorro típico ruso; un bigote mal recortado, como de foca. Al exhalar le salía vaho, eran los primeros días de abril, él también hablaba español, pero con acento cubano. En cuanto subimos las maletas, se colocó al volante y aceleró al centro de Moscú. Entró a una avenida asfaltada, después por varias calles angostas y empedradas, a los lados unas unidades habitacionales amarillentas y pálidas. La noche cayó sin que lo advirtiéramos. Tras varias vueltas llegamos al centro, rodeamos la Plaza Roja y cruzamos un puente sobre el Río Volga y desembocamos al hotel más grande del mundo: el Hotel Rocía, con más de cinco mil habitaciones, según el traductor Dorovski.

Para entrar nos formaron de nuevo en una sola fila, con pasaporte en mano, pasamos de uno en uno; cuando terminó el registro, nos dijeron como debíamos comportarnos dentro del hotel: no hacer ruido, no gritar, no correr; cuando salgan, deben llevar su pasaporte en mano. Las comidas las haremos en grupo y en éstos y éstos horarios. Al principio nos dio risa. Al día siguiente, a la hora del desayuno, bajamos por un elevador, caminamos por unos pasillos estrechos, bajamos por unas escaleras de hierro reforzado y de madera desgastada, llegamos a un sótano y dimos vuelta a la derecha como rodeando el edificio, para tomar otro pasillo largo y entramos al comedor. Dos mujeres y tres hombres, meseros, esperaban. La mesa era rectangular y de fierro, nos sirvieron té negro en vasos delgados de cristal, pensé que podían explotar de lo caliente del agua. En seguida en platos grandes pusieron trozos de mantequilla, carnes frías, pan negro, mermelada, unos jitomates, cebollas y una especie de remolacha. Cada movimiento de platos y cucharas, parecía retumbar en todo el salón. Entre ellos solo señalaban las cosas y alguien ejecutaba la acción (yo sentía que nos observaban entre las gruesas paredes de concreto frío).

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Todos los días nos quedábamos con hambre. Habían dicho algunos turistas que en los almacenes frente a la Plaza Roja podíamos conseguir de todo. Así que salimos para allá, burlando al traductor Dorovski. Descendimos por unas escaleras traseras, abrimos una puerta, al parecer, de una bodega de carga. Al salir, nos conectó a las escaleras que desembocan al Río Volga, cruzamos el puente y subimos a la Plaza Roja. Vi que había una fila enorme de gente formada que daba vuelta hasta atrás del Kremlin. Nosotros seguimos derecho hasta los almacenes. Recorrimos cuatro pisos y en todos había lo mismo: artesanías y más artesanías, cucharas de todos tamaños. Uno de los compañeros, que hablaba inglés, le preguntó a un turista que dónde podíamos comprar comida “en las tiendas para turistas: las Beriozkas, ahí puede ser. Sólo te aceptan dólares”, dijo.

Al entrar a la tienda nos pidieron los pasaportes. Había ropa francesa, rusa, holandesa, alemana; relojes suizos, diamantes de Holanda y artesanías rusas. Pero para comer, solo había caviar, refrescos, galletas y chocolates. Solamente compramos chocolates, refrescos y galletas. Salimos de ahí, cada uno cargaba su bolsa, destapamos unos refrescos y empezamos a beber. Al pasar por la Plaza Roja, volví a ver la fila de gente formada y me pregunté para qué sería. El que hablaba inglés le preguntó a una persona y dijo que era para ver la Tumba de Lenin. “Él está momificado allá en aquél lugar”. “¿Quieren que nos formemos para verlo?”, preguntó nuestro compañero. Para mí, el solo hecho de imaginar un animal disecado, me daba miedo, ahora ver a una persona, me puso los pelos de punta, así que les dije que yo no quería formarme.

--¿Saben que nos están siguiendo?

No nos percatamos que unos jóvenes nos aguardaban. Caminamos aprisa pero cada vez nos iban recortando la distancia. Cruzamos el puente y al pasar cerca del Kino (un cine que proyectaba solo películas del bloque comunistas en blanco y negro), nos dieron alcance. Nos rodearon. Señalaban arriba y abajo mientras hablaban unas palabras en ruso e inglés. No sabíamos lo que querían hasta que uno de nuestros compañeros, que entendía algo, nos dijo: “dicen que en cuánto les vendemos los pantalones y las chamarras”.

--Los pantalones? --casi lo dijimos en coro.

--Sí, los pantalones y chamarras…

Los jóvenes sacaron de una bolsa unos ositos Misha, era el símbolo de los Juegos de Moscú 80. Decían unas palabras y volteaban para todos lados. También ofrecieron pagar con las monedas conmemorativas de esos Juegos. Acordamos encontrarnos en el Estadio Lenin al día siguiente, ya que los entrenamientos estaban programados por la mañana y sería más fácil llevar la ropa deportiva y los pantalones que ellos querían. Nos preguntaron si podíamos regalarles las latas de aluminio de refrescos, las querían guardar como colección. Les regalamos unos refrescos llenos, las empezaron a beber rápido y ya vacías las ocultaron.

El más joven preguntó: ¿Han probado las naranjas?

--Sí, sí las hemos comido.

--¿Pero las naranjas de América? Las de Florida.

--En México hay mucha naranja.

--¿Pero han comido las de Florida?

--Creo que sí.

- ¿A qué saben?

Todos nos volteamos a ver. El mayor de ellos dijo unas palabras. En seguida se dieron la vuelta y caminaron aprisa por la orilla del Rio Volga.

Al llegar al hotel, pusimos las cosas en la cama. La camarera entró para hacer el aseo, volteaba y volteaba para observar las galletas y chocolates que habíamos traído. Un poco después entró el profesor Jerzy para decirnos que nos tocaba sesión de entrenamiento. La recamarera se sintió con más confianza al ver al profesor, pues sabía que él era polaco y por lo tanto hablaba muy bien el ruso. Como todo un caballero, el profesor vio a la señora de nombre Lena y le regaló unas galletas y chocolates. Ella los guardó de inmediato y dijo “no me las voy a comer, se las voy a llevar a mis hijos, ellos nunca han probado algo como esto”. Todos nos quedamos impávidos con la traducción del Profesor, la señora Lena le pidió al profesor si le podíamos conseguir para su hija un paquete de toallas femeninas y maquillaje en la tienda para turistas. Que ella podía pagarnos con un osito Misha y monedas conmemorativas de los Juegos.

Al día siguiente desayunamos lo mismo. Solo esperamos un poco y salimos al Estadio Lenin, siempre acompañados de Dorovski. En la entrada principal del Estadio colgaban los símbolos de la Hoz y el Martillo; adentro, gente lavando las escaleras y pintando. En el centro del campo empastado, un oso enorme: el Misha inflado. Cuando terminamos el entrenamiento, entraron los jóvenes, se acercaron para intercambiar la ropa. Les dimos los pantalones de mezclilla, chamarras y ropa deportiva. Ellos estaban felices. No nos percatamos que el traductor Dorovski apareció de la nada, les habló fuerte e hizo una señal y en seguida llegaron tres autos negros y un camión tipo militar. Subieron a los jóvenes y todo quedó en silencio. Salimos rápido del Estadio Lenin.

Tomamos la avenida del otro lado del Río Volga para regresar al hotel. De nueva cuenta reinaba el silencio. Dorovski hacía como que no pasaba nada. Al pasar cerca de la Plaza Roja, volví a ver la fila ante la Tumba de Lenin. Al llegar al cuarto del hotel, el profesor nos dijo que Dorovski era militar y que pertenecía a la KGB, “no vuelvan hablar tonterías frente a él”, hasta ese momento me di cuenta que hacia más de una semana que ya no reíamos, mis compañeros y yo ya no éramos los mismos de antes.

Nos avisaron que la salida a la provincia para asistir al Campeonato Nacional Soviético la haríamos por la noche y en tren. Al llegar a la estación no se escuchaban los silbidos de los trenes como se oyen en otras ciudades, solo se escuchaban los rechinidos de los rieles en seco. Los militares rondaban los andenes. Entramos a un vagón. Dorovski habló con otros militares que estaban dentro. Nos sentaron juntos en asientos de fierro, las ventanas no se podían abrir, era como si estuvieran de adorno solamente. Tal vez eran cerca de las diez de la noche cuando el tren salió. Nunca supimos si entramos al bosque, pues la visibilidad de la ventana no era clara, la luz dentro era tenue. Solo se escuchaban las botas que golpeaban el piso cuando los militares hacían el rondín. “Aquí no hay sueño, se fue a otro vagón”, dijo un compañero.

El tren hizo la entrada al pueblo. Era sábado, pero parecía como un día inexistente. Al día siguiente sería la competencia.

Nos despertamos a las cuatro y media de la mañana para desayunar; había lo mismo de siempre, pero solo comimos pan y mermelada con té negro, pues la competencia arrancaría a las siete de la mañana.

En la zona de salida nos esperaban más de dos mil marchistas soviéticos. El comité organizador, en vez de poner vallas metálicas en el circuito de dos kilómetros, mandó colocar una línea de militares. Estaban intercalados uno y uno: uno veía al centro y el otro veía hacia fuera. Es decir, un arma apuntaba al competidor y otra al espectador. Además, habían colocado unas tribunas kilométricas de fierro y tablones de madera para sentar a decenas de soldados. En el centro había una carpa, donde estaban los oficiales. Ahí pendía, en letras rojas, un estandarte con la Hoz y el Martillo.

El disparo de salida de la prueba de 20 kilómetros no lo hizo el juez de salida, sino un militar, y disparó un cañón de verdad. ¡El arranque fue explosivo! Los marchistas soviéticos salieron entonando un himno al unísono. El plan era derrotar, a como diera lugar, al mexicano campeón del mundo y campeón olímpico. Él tenía 5 años sin perder una competencia. Durante 15 kilómetros hicieron una especie de relevos para “tronarlo”, pero lo único que lograron fue que aumentara tanto la velocidad que rompió la marca del mundo. El resultado sería un golpe duro al sistema soviético del deporte. Los primeros lugares los ocupó el equipo mexicano, tanto en los 20 como en los 50 kilómetros. La derrota había sido una ofensa a los mandos militares. Algunos competidores locales, del esfuerzo, terminaron en hospitales. Los que eran militares, fueron arrestados. El enojo fue tanto que esa misma noche nos regresaron a Moscú, de nuevo, en tren. Y así fue.

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Llegamos a la pequeña estación del pueblo, el tren parecía ser el mismo que nos había llevado. Dorovski estaba serio y ahora se hacía acompañar con dos elementos más. Volvimos a sentarnos juntos. Nos fuimos hundiendo en la noche, las horas iban pasando. Empezamos a sentir sed, el agua se había acabado. Dorovski les habló a sus asistentes y enseguida aparecieron con las bolsas de plástico con carnes frías, jitomates y cebollas, pero el bote de aluminio donde traían el agua estaba vacío. Tratamos de dormir, pero la deshidratación y el esfuerzo de la competencia, nos trajo como insomnio. Nos dieron calambres, teníamos que pararnos para estirar las piernas. Ya en la madrugada traté de dormir y cerré los ojos. Así permanecí por no sé cuánto tiempo. Sentí el cuerpo hirviendo en fiebre...y me vi a un lado del Rio Volga. El tren iba en sentido contrario al del agua, a gran velocidad. Yo me dije, “sería capaz de beber de esa agua, aunque sea un poquito”, pero el agua del río estaba turbia. Sentí algo sobre mi cabeza, me espanté y abrí los ojos. Vi la mano de uno de mis compañeros que me decía “ya despierta, despierta”. Me contaron lo mucho que se divirtieron al verme con pesadillas.

“Tengo mucha sed y hambre”, les dije, y uno de ellos respondió “ah, qué Novato este. Así queda uno después de terminar los 50 kilómetros, medio loco. Ya te acostumbrarás, ya lo verás”. Todos rieron, “no te preocupes” dijo otro compañero, “hoy nos vamos a Holanda, ahí si te vas a atragantar” y volvieron a reír todos.

El profesor nos calló, Dorovski estaba parado en el estribo del tren. Era un lunes y tal vez serían como las siete de mañana.

Al fin nos iremos, pensé. Así fue. Nos esperaba la furgoneta que nos llevaría al aeropuerto, pero haríamos una escala en el hotel Rocia para recoger el equipaje. Cuando íbamos sobre el bulevar de cuatro carriles a un lado del Río Volga quise ver la fila de gente que siempre estaba formada, no había nada. Le pregunté a Dorovski y nos dijo que los lunes, los miércoles y jueves, el Mausoleo estaba cerrado.

En el aeropuerto nos regresaron lo que nos habían quitado. Salimos rumbo a México, vía Amsterdam.

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Trece años después regresé a Moscú. Tres meses antes habían derribado el Muro de Berlín. Fui acompañando a un grupo de jóvenes marchistas.

Nos hospedaron en las orillas de Moscú, en un hotel remodelado. Ahora nos habían puesto un traductor más joven que hablaba un español con acento madrileño. A la hora de la cena sugirió ir a un lugar especial.

--¿Tenéis dólares? --preguntó.

--Sí.

--Anda, pues vamos de cena.

Caminamos unas cuadras y entramos a un edificio con poca luz. Pasamos unas puertas secretas, pues debía dar unas contraseñas, y por fin se abrió una puerta, adentro había un gran alboroto. En cuanto nos sentamos apareció una rusa, sobre la mesa puso un menú lleno de fotos a colores: langosta, hueva de esturión, cervezas alemanas y holandesas. Ella giraba su cuerpo de un lado a otro, con sus labios bien pintados, uñas largas y rojas, cejas depiladas, pestañas rizadas. El traductor nos presentó diciendo que éramos mexicanos muy deportistas. Ella dijo:

--¿Dolarus?

--Da --asentó con la cabeza el traductor.

--¿American Dolarus?

--Da. Americanski dolarus.

--Very good --dijo.

Ella se acercó a mí, tomó mi mano suavemente, me puse de pie, se quedó fijamente viendo mi rostro, fue bajando la vista hacia mi mentón y pectorales. El traductor le sonrió y ella también, al tiempo que terminó su recorrido visual. Levantó su brazo izquierdo y lo doblo dejando el codo apoyado por su cintura, mientras la muñeca doblada apuntaba hacia abajo. Después se llevó la mano a su boca y con el dedo índice tocó sus labios, sopló un beso y dijo: I am Moshinska Nazareva.

El Traductor pasó de la sonrisa a las carcajadas, pegaba en la mesa con sus manos como un niño, con su acento español, dijo: “Sí parece mujer este chico. Es bastante majo ¿A poco en México no tenéis de estos Tíos?”

Moshinska Nazareva, dio la vuelta y se perdió entre los comensales y el humo de cigarro.

Fue un viernes al mediodía cuando salimos rumbo al aeropuerto. Al pasar sobre la avenida del Río Volga, volví a ver aquella fila de antes, solo que ahora no estaban formados uno tras otro, había más de diez hileras de personas. Más y más se formaban desde el Río Volga. El gentío subía y pasaba cerca del adoquinado de la Plaza Roja y daba vuelta por los almacenes que están frente al Kremlin.

Yo pregunté: ¿Ahora hay más gente formada para ver la Tumba de Lenin?

--No, no es para eso. Es para comer... hoy Inauguran el primer restaurante...

En ese instante estábamos cruzando a un lado de la Iglesia de San Basilio que nos impedía seguir con detalle la fila de gente. La furgoneta seguía a velocidad media. Cruzamos debajo de un puente y más adelante entramos a un túnel. Al salir, frente a nosotros quedó a la vista el “espectacular” con el anuncio del restaurante: arriba, en la estructura metálica se leía el nombre, con la primera letra “M” más alta que las otras. Abajo, dentro del ovalo del cartel, el logo con la imagen, con su cara, con su sonrisa, ahí él, completo, como viendo la cúpula del Kremlin: El payaso Ronald, cerca del Río Volga.

FIN

Martín Bermúdez

A mis compañeros:

A un lado del Río Volga, en los Juegos de Moscú ‘80, fue descalificado el campeón olímpico Daniel Bautista, cuando ganaba la medalla de oro. Estaba por entrar al Estadio Lenin y al pasar bajo el túnel desapareció de las imágenes de la televisión oficial. Al día siguiente salió de Moscú. En el aeropuerto de México fue un desconocido entre los desconocidos. De ahí mismo se fue al lugar del que salió 10 años antes: Monterrey. Nunca más volvería a competir.

También el subcampeón del mundo, Domingo Colín, fue descalificado en el kilómetro 12, cuando luchaba hombro a hombro por la medalla de plata.

En entrenador de origen polaco vivió cerca de 50 años en México. Con su método evolucionó la técnica de la marcha olímpica. En el año 2000 acompañó a Lech Walesa a una misa en la Basílica de Guadalupe. Recibió y convivió con el Papa Juan Pablo II, durante sus visitas a México. Jerzy Hausleber murió lleno de promesas incumplidas del Gobierno de la República.