Sociedad

La vida que se escucha en los ojos de Salvador Flores.

Mirar el mundo por sus sonidos. Escuchar el caos para percibir el paso del tiempo. Con los ojos cerrados. Entender que desde el principio, todo es ruido.

Caminar en el centro de la ciudad de Puebla. Llevar en el maletín unos CDs de los noventa para los clientes que te han hecho el pedido. Cargar la memoria con la música que identificas entre las mesas de un restorán por los gruñidos de un joven roquero que trabaja la propina.



Salvador no tiene problema en reconocer lo que interpreta el cantante:

Es Zoe, una banda a la que por cierto nunca he escuchado hasta hoy. Pero él la identifica sin chistar, y me dice que ya tiene tiempo esa rola, tal vez de hace unos quince años. Así que Zoé. Salvador ha llegado a vender algún disco suyo.

“Nada más tienen dos canciones –me dice--, bueno, al menos las que pegaron. Esa que canta el muchacho es Soñé.”

El roquero termina la interpretación, y ahora pasa la charola guitarra en mano. Sí, soñé, así se llama la rola, me confirma. Salvador sonríe.

“También la anterior está bonita –sigue--, la de labios rotos.“



El muchacho intérprete se emociona. Sí, está chida la rola, y el hombre de lentes negros se las sabe todas.

“Toda la música la conozco, todos los géneros, nada más se trata de escucharlas.”

Vende de todo, de pop, de cumbia, de ranchero, de salsa: “Compré muchos discos, cuando salían, compré como cien, y como ya salieron las memorias, pues las copio y las vendo. Y como la gente tiene el celular, pues me las compra.”

Las memorias. No entiendo. Ah, las memorias electrónicas. Y el celular.

Luego me da una demostración:

“Lo desarmo fácil, le quito la batería y… acá está la memoria, mire. Entonces meto mis discos en ella y ya puedo venderlos.”

Los discos, entiendo, vende los discos. A diez pesitos. O chips de teléfonos. El chiste es buscarle de todo.

Ladran los recuerdos

Lo conozco desde hace muchos años. A su papá, Don Goyo, pintor de brocha gorda en el barrio de Santiago hace cincuenta años. A él, cuando jovencito que iba a la radio en los noventa, a la Radiante 105, y participaba con una sección en el programa Revista 105. Y hablaba de temas en los que es un experto: los perros capacitados para guiar a los ciegos, el bastón, las vialidades y la infraestructura para caminar en ellas. Todo eso quedó grabado, me dice, y espera mi respuesta, ¿qué fue de esos audios de la estación en aquellos años noventa? Habría que buscarlos, me dice.

Buscar en sus recuerdos. Eso hacemos ahora.

“Así, así, ¿cuántos años me calcula, señor Mastretta?”

A ver, ¿cincuenta? Me fui de largo. 44. Lo veo más cascarón.

“Es que la vida me ha tratado mal –me dice riendo--, pero me ha dado tiempo de escuchar la música.”

Lo veo en su programa en la radio en 1996. ¿Claro y oscuro se llamaba? Ninguno de los dos lo recuerda bien. Ha pasado el tiempo.

Lo veo en su viaje a Estados Unidos en 1994. Solo. Se fue a Rochester en 1994 en busca de un perro. Regresó con Alex.

“Un tío y mi mamá me fueron a dejar al aeropuerto de México –cuenta--, y allá estuve un mes. Me patrocinó un Club Rotario, estaban en la 27 y la Avenida Juárez, aquel día el presidente era un doctor que se llama Heriberto Gómez, él fue el que me mandó. Yo fui solo a conseguir la visa y el pasaporte, y ya nada más mandé la solicitud a Estados Unidos y me la dieron dos meses después. Y en septiembre de 1994 ya estaba yo volando a Rochester, porque fue en avión. Después de un mes regresé con mi perro. Me dieron capacitación y cuando vieron que ya estábamos adaptados, me mandaron de regreso. Se llamaba Alex, estuvo diez años conmigo. Pero ya no he vuelto a tener un perro, lleva mucha responsabilidad, comida especial, y luego el veterinario, es mucho gasto.”

Salvador ríe. Son muchos recuerdos de Alex. Lo veo en una esquina, a la espera del camión. Prueba de fuego resuelta rápidamente con el civismo reprobado por los choferes.

“No nos dejaban subir a los camiones. Decían que los iba a morder. Ahí me quedaba yo, a la espera del siguiente y el siguiente, hasta que alguno se acomedía. Una vez me subí a un ruta Azteca, y el chofer me cobró el pasaje de Alex, ¿qué te parece?, me cobró lo mismo que a mí. Le dije, ¡cómo cree!, si se va a ir en el suelo, pues aun así tiene que pagar, me dice. La gente se quedó callada. Otro día iba yo a entrar a SAMS a comprar un costal de alimento de perro, y no me lo dejaban pasar, y no entré hasta que llegó el gerente y le expliqué.”

Radio

Pero ya no lo extraña mucho. Salvador se ha independizado.

“Ahorita yo sé dónde estoy. Estamos en los portales, el zócalo está atrás, la 3 Poniente hacia mi izquierda, la Reforma a la derecha, o sea, siempre estoy ubicado, ¿qué le parece? Aquí enfrentito está Telcel, y más para allá estaba el banco Scotiabank, pero ya no, lo pasaron para la 2 Poniente. Así que no extraño mucho a mi perro, desde pequeño me gustó tener iniciativa, ya ve, así llegué a su estación de La Radiante, ahí fui a tocar su puerta pa que diera chance de platicar con la gente.”

Y no fue la primera estación. Antes un locutor de nombre José Luis Ramírez Sánchez le dio la oportunidad en grupo Oro, y como tenía una tarima de sonido local en el mercado de la Cocota, ahí hizo sus prácticas, y por cuatro años estuvo anunciando a los locatarios, y daba la hora.

“Por ejemplo plásticos Aredo, que vendían tasas, platos, cubetas, todo eso lo anunciaba. Orita un ejemplo, ¿así nada más?, sale, decía ‘Plásticos Aredo, abierto de lunes a viernes, de ocho a ocho, aquí en el mercado de la Cocota, en la 16 Norte y 4 Oriente, precios accesibles, pasen a comprar…’ Así más o menos, es que yo a este locutor de radio le pedí la oportunidad de que diera chance de hacer prácticas ahí en radio oro en la avenida Juárez, y me dice a ver, demuéstramelo, vete al mercado de la Cocota y ahí haces prácticas, y sí, llegué solo, y ahí me quedé con él cuatro años.”

Cuatro años en la tarima del mercado. Entraba a las cuatro, las cinco de la mañana, y hasta mediodía, o hasta la noche cuando no aparecía el locutor. A veces comía una torta, una cemita, otras nada. Le siguió la pista al locutor hasta la Fayuca, ahí abrió otro sonido local y ahí estuvo Salvador. Todo eso le sirvió para llegar a la Radiante. Le pidió una oportunidad al productor Polo Noyola, y ahí empezó su programa los sábados por la mañana en Revista 105.

“En el 2005, cuando se acabó el proyecto de la Radiante, Polo me recomendó con el vulcanólogo Alejandro Rivera, él tenía un programa de lunes a viernes en Tribuna Radiofónica, igual, igual con mi tema de los perros, el bastón, las calles y los invidentes, ahí estuve un año, igual con la idea de concientizar a las personas que nos escuchaban.

Radar

La ciudad se camina, se reconoce en sus alcantarillas y sus baldosas rotas, en los letreros tramposos, en las casetas telefónicas malditas. Salvador habla y yo cierro los ojos, por un momento lo escucho venir desde Xochimehuacán. Sale a mediodía, porque él es gente de la tarde, en la mañana se queda en casa, deja que su mujer trajine y él escucha su música. Luego toma el camión, reconoce los tráficos por los tiempos y los parones, por las calles cortas y largas. Sabe cuándo queda atrás el mercado Hidalgo, cuándo el camión ya va por la 7 Norte y da vuelta en la 14 Poniente y cuándo por fin por la 15 Sur cruza Reforma, porque ahí se baja y camina. Lo veo andar con su maletín, con los discos, hacia sus clientes, ya está con uno que le hizo un pedido.

Abro los ojos, ahí sigue Salvador con sus lentes negros. ¿Cómo lo hace? ¿Cómo camina por esta ciudad sin ojos?

“Cuando ya tienes la idea de andar en la calle nosotros ocupamos el oído, y todo lo calculamos. Sabemos si viene o no el coche, si viene de la izquierda o de la derecha, y si se mueven, ya sé que el semáforo está en verde, todo eso lo tengo calculado.”

Y no se espera a que le ayude la gente, yo no carga silbato, no le gusta, es hacerle menos, no le gusta llamar a la gente.

“Conozco toda la ciudad –dice Salvador--, desde aquí del centro para donde quiera. Caminando hasta el hospital Universitario, a Plaza Dorada, el Paseo Bravo, el hospital de San José.”

El bastón es la extensión sobreviviente de los ojos perdidos. El bastón es la herramienta crítica, el radar implacable para un urbanismo moroso y vil.

“Las líneas en el suelo al principio sirvieron –arranca con la severidad de un profesor de arquitectura que nunca será presidente municipal--, pero como es un trabajo muy mal realizado, las placas se despegan con la lluvia y paso de la gente, así que en lugar de que sea fácil, nos complica, los bastones se traban con el concreto levantado, te tropiezas. No sirven. Tapan el sol con un dedo. Hay muchas cosas en la calle que no tienen por qué estar, pero están ahí, como esos fierros grandes en los que ponen letreros, están para que uno se estrelle con ellos. La ciudad no piensa en uno. Estamos muy olvidados. Aparentemente hay reglamentos, pero no se cumplen, no se llevan a cabo. No vamos lejos, aquí en esta calle de la 16 de Septiembre, usted ha pasado seguro por ahí, la carretera está al nivel de la banqueta, más bien no hay banqueta, no hay escalón, y pa cuando nos damos cuenta ya estamos a media calle, ¿qué le parece?”

Le digo lo que opino: que esa calle la construyó un güey que no piensa en Salvador. Se ríe. Y apunta:

“El problema de fondo, desafortunadamente, es que nosotros no contamos, no tenemos opinión. A lo mejor con esto que se publique alguien se pone la pila. Y si así estamos en el centro, imagínese en las colonias, allá todo es peor.”

Civismo

“La ciudad es agresiva. Lo veo con los choferes, les dices, oye, por favor me bajas en la Reforma y la 15, y ellos no te dicen nada y te bajan en la 5 Poniente. Y siempre prepotentes, hazte para atrás, a gritos, que estorbas, con esos tratos. Y si caminas por la 10, la gente nos empuja, nos codea, nos quita de su carril, y allá va uno rebotando de aquí para allá. O llegas a una tienda y pides algo en el mostrador, y el empleado no contesta, se queda callado, como si no hubiera nadie, como si fuera uno a pedirles limosna, como si no fuera uno a comprar algo; y si contestan te dicen no está el dueño, o si llega otra persona a esa atienden y no respetan que uno haya llegado primero. O qué tal que haces una fila, haz de cuenta un teléfono, y ahí estás, y se mueve y entonces no te avisan, se pasan delante de uno, adiós, te brincan, se pasan uno o dos. Pero la situación está complicada para todos, en todas partes, no nada más para uno que no puede ver. La sociedad está muy alterada, hay mucha violencia, nos agredimos todos contra todos, vivimos enfrentados, y vivimos sólo pensando primero en nosotros, primero en nosotros, lo que le pase al otro nos da igual.”

Salvador se involucra, habla en primera persona. “Yo he tratado de que no ser así, pero veo que así es la mayoría.”

Y de nuevo: ¿qué le parece?

Y él: “Vivimos una época terrible, tenemos que despertar, tenemos que alzar la voz.”

La felicidad

Ahora ya es un monólogo. Yo ya he cerrado los ojos:

“No es fácil ser feliz con este asunto de la vista, se pierden muchas oportunidades de trabajo, de hacer deporte como los demás. Felicidad, felicidad, casi no la conozco, nada más intento pasar la vida, ¿qué le parece? Nada de esto platico con personas como yo, cada quien anda en sus asuntos personales. Empecé a venir al zócalo hace más de veinticinco años, entonces conocí a una amiga justo a la entrada de la escuela Zapata. Ella veía bien, pero hablaba mucho al radio, cuando me daba oportunidad José Luis Ramírez en Radio Oro, ella me escuchó un día y me llamó, y aquí nos citamos, tenía un poco de emoción. Luego le perdí la pista.

“Yo vengo desde Xochimehuacán, porque ya vivo allá con mi familia, ya no estoy en Amalucan, pero es que me junté apenas con una chava, y me llevaron a vivir para allá. Ella es ciega como yo, pero no sale al centro, se queda en el quehacer en casa. La conocí en un curso de costura aquí en la 5 Poniente. Yo tomé la iniciativa, porque uno siempre tiene que ser caballero. Ella tiene 42 años. Ya tengo esa responsabilidad, todo depende de mí. Su familia nos prestó un cuarto en la casa de ella. Ai vamos con sus familiares, nos respetamos, como en todos lados se tiene que portar uno bien, aunque no falte el gandallita, siempre hay alguien en la calle, en el trabajo, en la familia, por eso siempre hay que andar preparado.

“Todo es ruido, todo viene por los sonidos. Los coches, ese ruido siempre va primero, lo escucho, percibo por dónde viene. Si arranca, ya sé que no puedo atravesar. Por ejemplo ahora, guarde silencio diez segundos… Mucha gente, de todas partes las escucho, y atrás de mí, los coches. Caótico, desordenado, como el mundo, descontrolado. Y ahí está uno, dentro del ruido…

“Me dice un día un cuate, un vendedor de no sé qué, me dice tú ya te acostumbraste a andar así, y yo le contesté, ¿tú te acostumbrarías a pegarte con los teléfonos, a caerte en las alcantarillas? Le digo, yo no me he acostumbrado. Acepto mi realidad, pero a pesar del tiempo, de los años, no me acostumbro, ¿cómo te vas a acostumbrar a los golpes? ¿Te has caído por una alcantarilla sin tapa? Y estoy así desde los seis años de edad. No veo, esa es mi realidad, pero a pesar del tiempo, no me acostumbro a los golpes contra los coches, al desprecio de la gente, no, soy muy necio, no me rindo, la gente tiene que hacer conciencia, por eso he tocado puertas, para que la gente haga conciencia. Pero yo no soy débil de carácter, quiero que la gente vea.”

Ahí quedamos los dos. Los ojos cerrados. Afuera el caos. Entender el mundo con los ojos cerrados.

Me robaron la sandía en el súper.

Estaba ahí, en mi carrito, y lo peor del caso es que aún no la pagaba.

¿Por qué lo peor? Porque habiendo un millón de sandías más para elegir, a alguien se le antojó la mía: esa que pedí que cortaran más pequeña porque "sólo es para mí". Cuando volví con el amable señor del área de frutas y le conté lo sucedido me dijo sin más “pruebe esta” (que resultó aún mejor que la anterior, más rojiza, más firme, más dulce y en el tamaño ideal).



Después me dijo con una sonrisa: "Le convino, siempre llega algo mejor.”

Y yo, con lo cursi que soy, pensé que era justo lo que necesitaba escuchar, y lo trasladé al área amorosa. Entonces, ya con la reflexión en mente se las conté al simpático muchacho de la caja y a los señores cerillos --cabe notar que los traía muertos de risa, no porque sea chistosa sino porque seguro no ven gente tan loca a menudo--, y al decirles que era como una metáfora del amor, el chico de la caja me contestó: "Esta sandía está sola, nadie la toma". Como me sacó de balance le pregunté "¿Con esta sandía te refieres a ti?", y me dijo solemnemente "sí". Entonces ya no me quedó más que decirle, como si fuera una verdad irrebatible, que no se preocupara, que de seguro pronto llegaría alguien a llevársela.

Y que seguramente cuando eso pasara alguien más también iba a querer robarse esa sandía.

(Ilustración: SANDÍAS, 1975, RUFINO TAMAYO/Tapiz en lana, punto de alfombra. Museo Tamayo, Ciudad de México.)



Mundo Nuestro. Con esta crónica de su viaje al sur americano, abrimos en esta revista la participación del escritor, periodista, antropólogo, guionista, radiodifusor, artista plástico Leopoldo Noyola Rocha con su blog Mitos sin sustancia. Y nos felicitamos por ello. Viaje al sur: se publicará por partes. Aqui el octavo capítulo: El cielo chileno.

El cielo chileno merece una mención especial que no es posible constreñir a un párrafo elogioso. No es que me sorprenda a mí sino que el cielo chileno ha sorprendido al mundo desde hace siglos, pero que con la evolución de la astronomía, espectacular en las últimas décadas, ha supuesto a ese cielo como la ventana terrestre al universo.



No es por otra cosa que Chile tiene una infraestructura astronómica única en el mundo, desde ahí se van a descubrir los exoplanetas habitables, se va a descubrir la vida del universo. Chile tiene ya los centros de observación más grandes del planeta, pero en unos años más se hará de ahí la mayor parte de la observación mundial.

En el desierto de Atacama existe una docena de observatorios, el Paranal (VLT), el complejo astronómico más avanzado y activo del planeta; ALMA, el mayor proyecto astronómico del mundo, y La Silla. Cuando se termine de construir el Telescopio Europeo Extremadamente Grande en 2020, se estima que Chile albergará el 70% de la infraestructura astronómica del mundo.



Por si fuera poco, tuvimos la impagable suerte de ser acompañados en este viaje por un astrónomo aficionado: ni más ni menos que Frank, nuestro anfitrión que, aunque abogado, en algún momento de su vida cursó un competente diplomado de observación astronómica que le ha dado más satisfacciones y admiradores que la abogacía, donde también tiene lo suyo. Como sea, Frank ha sabido sacarle provecho a aquel lejano curso y observar el cielo nocturno con él, copa de vino en mano e ignorancia supina como la mía, fue una gran oportunidad y todo un placer. Gracias Frank.

Desde nuestra primera salida a la cordillera de la costa, al tercer día, Frank nos ilustró sobre la famosa Cruz del Sur, cuatro estrellas con la que los marineros de la antigüedad se orientaban mediante una sencilla cuenta y hallaban la ubicación del polo sur celeste. Hay que contar tres veces la medida del “palo” mayor de la cruz hacia la parte inferior, y en ese punto se ubica el Polo Sur celeste, que en tiempos de GPS no tiene mucha utilidad, pero que fue fundamental para los marineros de la antigüedad. Algo así.

En cada punto de nuestro viaje acudimos a la sabiduría de Frank para que repitiera su numerito estelar (nunca mejor dicho) y volviera a indicarnos la ubicación de la estrella Sirio, la más brillante; las sorprendentes nubes de Magallanes (del tamaño de la Luna); las increíbles pléyades que parecían estar ahí, al alcance de mi mano; la estrella Alfa centauro; el cúmulo Omega Centauro y la nebulosa Eta Carinae. No tengo palabras para expresar mi asombro ante tanta belleza y la suerte inaudita de estar ahí con cielos despejados. Y con Frank, pues sin él hubiera sido solo estupefacción, sin ciencia. Este fue el regalo más sorprendente de nuestro viaje, por inesperado, un recuerdo inolvidable que tendré en cuenta hasta la hora de mi muerte, cuando mis polvos esenciales vuelvan a reunirse con esa maravillosa cosa universal y sea nuevamente parte de ella (hipótesis uno) o pase a formar parte de la acumulación estelar (hipótesis dos).

Explicación de la hipótesis dos: siendo niño Emiliano, el hijo menor de Cris y Frank, le preguntó a su madre.

- - Antes de nacer ¿estaba muerto?

- - No -le respondió Cris-, no existías aún.

- - Ah -reflexionó Emiliano-, entonces estaba muerto.

No sé cómo, pero esta reflexión infantil me explicó una antigua incógnita sobre la existencia. La tuve muy presente bajo el manto universal de los cielos chilenos. Gracias Frank, por tus conocimientos; gracias Cris, por darnos la oportunidad de conocer a Frank y lograr el viejo anhelo, mutuo, de visitar tu extraordinario país, ya que tú conoces el nuestro mejor que muchos mexicanos.

Mundo Nuestro. Con esta crónica de su viaje al sur americano, abrimos en esta revista la participación del escritor, periodista, antropólogo, guionista, radiodifusor, artista plástico Leopoldo Noyola Rocha con su blog Mitos sin sustancia. Y nos felicitamos por ello. Viaje al sur: se publicará por partes. Aqui el séptimo capítulo: Alto Biobío.



Nuestro regreso hacia el centro de Chile por la autopista Panamericana nos condujo bajo la lluvia hasta la ciudad de Osorno, tierra de alemanes con una arquitectura variopinta y las características uniformadoras comunes de nuestras principales ciudades. Una ciudad grande y simplona con una extraña iglesia de aliento gótico modernista (auto sic), donde gracias a un oportuno extravío se nos permitió apreciar algunos barrios muy bonitos y elegantes, con casas y mansiones de arquitectura alemana, según nos dicen, algunas espectaculares. Llegamos a un campin municipal con muy buenas instalaciones y, al día siguiente, temprano, emprendimos nuestra última aventura por el sur chileno en la Reserva Natural Ralco, el origen natural del río Bíobío, en lo que también se conoce como Alto Bíobío.

De Santa Bárbara tomamos 50 km de terracería hacia los altos de Pemehue, también reserva natural. Atravesamos la Hidroeléctrica de El Pangue, un histórico sitio en donde hace relativamente poco jugaron un papel muy importante las hermanas mapuche-pehuenche Berta y Nicolasa Quintreman.



En 1990 el Ministerio de Economía autorizó la construcción de la central hidroeléctrica Pangue, primera etapa de un plan cuyo objetivo final era la construcción de una serie de seis centrales en el río Biobío. De inmediato surgió una fuerte oposición al proyecto. Se criticó la alteración de las formas de vida de siete comunidades mapuche pehuenches que residían en el área de inundación del proyecto y el cambio ecológico que sufriría la cuenca del río Biobío. A principios de noviembre de 1992 más de 300 mujeres y diversos representantes indígenas participaron de un solemne ritual en el Alto Biobío contra la central Pangue. La presión ejercida por los grupos contrarios a la construcción de la central incluso interesó a sectores ecologistas norteamericanos, quienes se sumaron a la causa. El conflicto llegó a los tribunales de justicia donde, finalmente, en 1993, la Corte Suprema acogió la apelación interpuesta por la empresa Pangue, S.A., dejando sin efecto el fallo de la Corte de Apelaciones de Concepción y permitiendo la construcción de la central.

Un conflicto aún más difícil de resolver fue el que se suscitó en 1994 a raíz de la construcción de Ralco, la segunda central hidroeléctrica en el Biobío. Si bien hubo una férrea oposición de ecologistas e indigenistas, muchos pehuenches aceptaron la permuta de tierras ofrecida por ENDESA. No obstante, las hermanas Berta y Nicolasa Quintremán se opusieron tenazmente a salir de sus tierras en recuerdo de sus antepasados y de los derechos ancestrales que poseían sobre las tierras. ENDESA solo pudo solucionar el conflicto con las hermanas Quintremán en el 2003, prácticamente diez años después que CONAMA recibiera los términos de referencia para realizar el Estudio de Impacto Ambiental de la Central Hidroeléctrica Ralco.1

En estas latitudes el clima cambia radicalmente, ahora hay calor, moscos, abejas asesinas y paz sepulcral en un desolado paraje frente al gran río Bíobío. Nuestro campamento (“Territorio pegüense”, en la pluma de la entrada), completamente vacío de turistas, ocupa tierras de Ralco, en El Pangue, dentro de la Reserva Natural Alto Bíobío. Las “abejas asesinas”, llamadas así porque eran salvajes y no pertenecían a ningún panal “civilizado”, no nos dejaban comer en el exterior de los vehículos, se juntaban por decenas en torno a cualquier plato o bocado de comida, pero en realidad ese fue su único crimen en los tres días que duró nuestra estancia. Una breve dosis de un vaso de cerveza Cristal (4.6°) al mediodía, nos provocó una reacción desmesurada. ¡Hic! Luego de dos días, ante las alternativas de retornar a Santiago o internarnos más en la reserva, hacia la frontera argentina, Cris hizo ganar la segunda opción y el tercer día emprendimos un largo trayecto por terracería con destino a la laguna de El Barco, a menos de 50 km de la frontera argentina del paso Copahue.

El trayecto fue un poco fatigoso, bajo un intenso sol y mucho polvo del camino. Parte importante del cansancio correspondía a que era el día 17 de nuestra prolongada aventura en campamentos, con todo lo que ello implica.

En el camino apreciamos antenas de educación satelital en las pequeñas comunidades y la existencia de señal de internet, lo que fue una novedad en nuestro viaje donde privó la incomunicación. Sobresalen los postes de electricidad en la profunda sierra equivalente a un esfuerzo muy importante de la compañía de luz, y desde luego algo que no ajeno a esa “modernidad” como la siembra masiva de pinos radiata y eucaliptos al por mayor, por todos lados.

Por primera vez pude apreciar pobreza verdadera en los caseríos pehuenches montados en las laderas. En la comunidad Ralco Repoy un “Jardín infantil étnico” muy modesto, como el resto de la infraestructura que ampara todas estas rancherías alejadas de todo; hasta en las paradas del bus se aprecia esa baja de calidad, algunas de plano destruidas.

Circulamos entre los volcanes Copahue y Callequí, ambos en ostensible actividad. Y a través de subidas abruptas, paisajes espectaculares del río, sembradíos de alfalfa, quilas -que es un arbusto abundante en montes y cañadas-, casas muy altas de dos aguas con un alto pórtico y una terrorífica deforestación, arribamos, tras dos kilómetros de caminata bajo el sol por las condiciones del camino, a la comunidad pehuenche de El Barco, un parque público con una laguna rectangular que tiene una pequeña isla con un árbol en el centro ¿el barco?

Antes de llegar, por fin, en una cañada con altos cerros coronados de araucarias que conduce el río que lleva a la laguna, un pequeño bosque de araucarias, el icónico árbol sagrado de los mapuches que llega a medir hasta 50 metros y a vivir hasta 2 mil años. Las ramas de la araucaria se van cayendo a medida que crece, de forma que en su vida adulta solo tiene ramas en la parte superior. De sus hojas-escamas se extraen las semillas (pehuén) para comerlas y para preparar el chvid, un licor muy fermentado que no llegué a probar.

Para nuestra sorpresa, El Barco rebosaba de turismo de apariencia regional; familias de chilenos humildes descansando y comiendo, amenizados por enormes equipos de sonido con música popular. Sin ninguna evidencia geológica me atrevo a pensar que El Barco quizás es un enorme cráter colapsado en un tiempo remoto, pues todo el cuerpo de agua está rodeado por una ladera circular. Y al Este del espejo de agua, el volcán Copahue, que comparte su cuerpo con Argentina, en permanente actividad con abundantes fumarolas. Metimos los pies al pequeño río que desembocaba ahí para experimentar el agua más fría que he sentido en mi vida, incapaz de permanecer más de diez segundos con los pies sumergidos.

Retornamos de noche a nuestro campamento en Ralco, junto al río, quemados por el sol, exhaustos de camino, de tierra, de hambre. Agotados de nuestras aventuras y admirados de la vitalidad de Cris que hubiera prolongado ese viaje por semanas o meses con tal de no retornar a sus rutinas de Santiago. Pero, es una pena aceptarlo, era la única portadora de ese entusiasmo.

1 Memoria chilena. Biblioteca Nacional de Chile,http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-96731.html

Fotos cortesía de Malú Méndez Lavielle.

Mi abuela pasó los últimos años de su vida en una silla de ruedas. Fuera de eso, estaba más sana y vivaz que cualquiera de sus nietos. Un día, cuando ya mi madre vivía en México, me pidió que en su lugar le hiciera un favor muy sencillo: que visitara a una prima hermana de su ya difunto marido porque le habían dicho que estaba muy enferma y quería noticias de primera mano acerca de su condición. Dado que ella creía en mi don de conversación, me consideró una buena emisaria e informante, así que me dio el encargo. Yo recordaba a la tía solo de haberla visto de lejos, en bodas, bautizos y otras ceremonias obligadas en mi muy fiestera familia materna. La recordaba prudente, discreta, y dueña de una rara elegancia dentro de una sencillez espartana. A los niños y a los jóvenes todas las personas mayores les parecen iguales o más bien, invisibles, pero yo recordaba a esa tía por el contraste que hacían sus ojos negros y febriles con el resto de su persona.

Llegué por primera vez a su casa y me abrió una monja de las que se dedican a cuidar enfermos terminales. A ella le pregunté qué tenía mi tía, para luego poder contárselo a mi abuela con detalle. " Su corazón ha dejado de funcionar como debe. No vivirá más que unas semanas. Y está sola. Es una buena enferma, aún lee mucho y no da molestias". Subí las escaleras que llevaban a su cuarto con la caja de galletas que le enviaba mi abuela. "Qué monserga de encargo. ¿De qué vamos a hablar esta desconocida y yo, si además está a punto de pasar al otro barrio?"

Entré en su cuarto en penumbra y en un cuerpo que me era extraño reconocí las luz de sus bellos ojos negros. Jalé una sillita con asiento de mimbre y me acerqué a su cama. Ella sí se acordaba bien de mí. "Eres la hija de Angelitos, eras muy guerrista". Y sonrió. La serenidad y sabiduría de la tía y mi mentado don de conversación vinieron en nuestro auxilio y en una ratito habíamos logrado establecer una comunicación eléctrica. En esos últimos meses de su vida de 80 años, de octubre a enero, la visitaría muchas tardes. Los más de sesenta años de diferencia entre ella y yo desaparecieron y acabaríamos siendo amigas.



En la mesita de noche junto a su cama no había un libro de oraciones ni los rosarios propios de las señoras de su edad y de su época. La familia de mi abuelo materno tenía fama bien ganada de agnóstica o atea. Esa palabra entonces se oía horrible. En la mesita junto a su cama ella tenía un libro azul de EL ROMANCERO GITANO de Federico García Lorca. Una tarde de diciembre le pedí permiso de hojearlo. Al abrirlo vi que era una edición original de 1932. El libro tenía escrito el nombre de Manuel. Ya para entonces sabía muchas cosas de ella. Sabía de su matrimonio temprano y fracasado porque su marido, de un apellido de abolengo, no había encontrado el dinero esperado en la herencia de mi tía cuando murieron sus padres. Tampoco encontró la disposición de mi tía de darle a administrar lo que había heredado. Ese hombre usó la complicidad de un monseñor que lo ayudó a tramitar una anulación matrimonial argumentando que la tía era una infantil que se negaba a cumplir con sus deberes conyugales y a tener hijos. Ella, con un curioso humor sin rencor, se atrevió a contarme un secreto que ya no causaría dolor a nadie: que al señor le gustaban en realidad otros señores, que lo supo de cierto pero nunca lo dijo para no molestar a sus ex-suegros, unas finas personas. A los 28 años estaba sola. Administró bien la herencia que le dejaron sus padres y eso le permitió vivir una inesperada vida independiente. Se volvió experta en manejar bienes raíces y a eso se dedicó. Una sofisticación para una mujer de 1930.



Hasta ahí estábamos cuando tomé en mis manos EL ROMANCERO GITANO. Al abrirlo encontré una foto con una dedicatoria. "Para Lucía, que me hizo entender quién soy: Manuel, 17 de octubre de 1934". La foto era muy antigua y en ella aparecía un niño de tres o cuatro años. En la parte de atrás decía "Manuel, 1898."

Con la foto en la mano, la tía me contó la historia que su quebrado corazón había guardado para sí durante más de 45 años. El niño de la foto aparece retratado de la mano de alguien que no se ve. En el ojal de cada botón de la pechera de su pantalón lleva un clavel. No le bastó uno, quiso dos. Uno blanco y uno rojo. Los claveles todos. Algo tienen que ver con la tierra, la sangre, la pasión, o incluso la inocencia. Los claveles aventados a un ruedo, colocados en el pelo de una mujer o en un pequeño florero junto a la cama de quien vive sus últimos días, ¿huelen a mujer o a pasado los claveles? Colocados así, en un pecho infantil, son dos augurios pintados en un rostro en el que se lee ya una mirada dura con la contradicción de una boca risueña, ligeramente sesgada hacia un lado de la cara. Dos claveles --me dijo la tía-- como dos premoniciones de lo que sería una personalidad contrastante y cautivadora, la de una vanidad irrefrenable y la de una sensibilidad que no caería en tierra fértil donde pudiera comprenderse. Muchos años después, conmigo, en esta casa y esta cama que ves, esa sensibilidad florecería en mis oídos y en mi cuerpo. Dos claveles como las dos contradicciones que rondaban y aún rondan por el alma de la dinastía de judíos errantes y gitanos de la que provenía Manuel. Dos polos, el oscuro y el luminoso, el que mata y hiere y el que cuida, provee y adora. El que roba la carne y el alimento de otros, el que depreda y ofende, o su contra parte, el celoso guardián que sobre todo protege a lo que ama. Esta foto que se ha ido borrando con los años lo guarda, custodiado por sus dos claveles, símbolos de la dualidad con la que habría de luchar toda la vida. Así lo quise hija,- me dijo la tía- y así lo he de querer hasta el día en que me vaya.

Entonces no la entendí. Habían pasado más de 50 años desde que se encontrara con Manuel y los tiempos habían cambiado. Hoy puedo entender que se encontraron en una época en que dejar a una familia por otra no era un asunto que se resuelve, como ahora, en cualquier juzgado tercero de lo familiar. Se encontraron cuando él tenía cinco hijos, una mujer y la ambición de un negocio que le apasionaba sacar adelante; se encontraron cuando Lucía lidiaba una desilusión y el secreto bien guardado de los verdaderos motivos de su matrimonio roto. Se encontraron cuando las cosas no se hablaban ni se ventilaban por las cuatro esquinas como ahora. Se encontraron cuando no era posible coincidir más que en las tinieblas. Se encontraron cuando Lucía era incapaz de imaginarse caminando por la calle con la mujer de otro. Ella cuidaba más la honra de sus padres muertos que la de ella misma. Se encontraron para lo único que tenían que encontrarse: para hacer florecer lo mejor de cada uno de ellos con un amor de invernadero que duró, hasta donde entendí, muchos años.

En la orilla de la cama y en la sillita de mimbre fui leyendo los poemas en voz alta durante mis visitas de diciembre. Tenía una curiosidad enorme de regresar al tema de los amores de Lucía y Manuel, quería entenderlos, saber en qué acabaron, pero la vi tan feliz y serena oyendo el ritmo de los versos que repetía conmigo en un murmullo, que me trague la curiosidad para otro momento. Luego, la Navidad y su trajín me apartarían de las visitas y las lecturas.

"No me recuerdes el mar, que la pena negra brota,

en la tierra de aceitunas, bajo el rumor de las hojas."

Una tarde de enero de 1980, apenas pasados los Reyes, llegué a la casa de la 15 poniente cuando la tía llevaba un ratito de haberse muerto. Estaba con ella la monja que me abrió el primer día. Las dos la acompañamos mientras llegaban por ella los de la funeraria, que ella, prudente como era, ya había dejado pagada. Antes de abandonar su casa, la monja puso en mis manos el libro del ROMANCERO GITANO.

--Lo dejó para ti, te lo iba a dar en Navidad.

Por no ir –pensé--, por dejar las cosas para otro día. La muerte no espera sentada a que lleguemos de visita.

Hace poco, escombrando unas cajas, encontré el libro. Lo había olvidado. Adentro encontré dos fotos, la del niño, y una de la tía a sus 30 años dedicada a Manuel. El libro marcaba una página con el siguiente poema:

"Huye luna, luna, luna,

si vinieran los gitanos,

harían con tu corazón,

collares y anillos blancos,

Huye luna, luna, luna,

que ya siento sus caballos..."

¿Huyó Lucía de Manuel? ¿Se dejaron en un acuerdo mutuo? ¿Por qué, si no, estaba su foto dedicada a él de regreso en el libro y en esa página? Si hubiera ido esa Navidad a visitarla, se lo hubiera podido preguntar.

La curiosidad mata. Yo esa curiosidad aún la traigo pendiente.

Resultado de imagen para romancero gitano edición 1932

Nunca sabré si mi padre realmente estaba enfermo, si era un tirano o si simplemente fue un ser humano.
Siempre me preguntaba... por qué me dice que me quiere y después me golpea, por qué decir que es por mí bien, me corre de casa, me insulta y otro día dice que me ama y me abraza. Nunca entendí esto y mucho más. Ojalá algún día pueda entender.


Mi padre nunca supo, jamás se enteró que estaba enfermo, que se podría controlar, etc, etc. O tal vez estoy equivocada, pero leo, investigo y juraría que mi padre o era bipolar o padecía esquizofrenia. Pero nunca se enteró, nunca fue tratado médicamente, y por lo mismo, enfermedad no detectada a tiempo y no tratada obviamente avanza…



No sé si mi teoría sea acertada, pero creo que parte de los sinsabores de nuestra vida familiar pudo ser ¿ menos cruel si él se hubiera enterado y atendido, todo pudo ser mejor. Él murió y yo sólo me quedé con dudas y caminos deshechos.

Ahora que se acerca el día del padre, quisiera compartir un pequeño detalle de él. No quiero recordar siempre lo negativo, también fue tierno y cariñoso conmigo en mi infancia, y siendo honesta, en muchos momentos de mi vida.

Tuvo enseñanzas que se quedaron conmigo por siempre.

Mi padre fue siempre muy fuerte, alto, serio, a veces le recuerdo como de bronce. Era un ser imponente, a mí me inspiraba más miedo que respeto.

Recuerdo que cuando yo tenía aproximadamente unos seis o siete años de edad, un hombre delgado, vestido muy sencillamente, de huaraches que envolvían aquellos maltratados pies morenos tocó a la puerta del departamento que habitábamos en la colonia Clavería del Distrito Federal. Cargaba entre sus maltratadas y callosas manos un atado de escobas, unas de tamaño normal y otras pequeñitas y de colores brillantes, como de juguete.




Mi padre le saludó y preguntó qué deseaba --debo aclarar que mi padre siempre tuvo fama de ser muy correcto​ y muy bien educado, todo un caballero--. El hombre estaba a la puerta, delgado, de estatura media, y mi padre muy alto, fuerte, elegante siempre y bien vestido, lo miraba. Con temor, indeciso le mostró las escobas y le trató de sonreír aunque sus ojos brillantes no mostraban más que inquietud.


Mi padre le saludó, le sonrió y le preguntó: ¿ habla usted español? El hombre a la entrada respondió algo que yo no entendí. Mi padre de repente comenzó a hablarle en un lenguaje que yo no conocía, no entendí nada. Sólo recuerdo que aquel hombre sonrió plenamente y nunca olvidaré el brillo en sus ojos llenos de agua. Había un destello de agradecimiento y felicidad en su mirada que me marcó por siempre. Aquel hombre se sentó a la mesa con nosotros, comió con nosotros y cuando el sol amenazó con desaparecer, se despidió hablando aquel lenguaje que yo no entendía. Mi padre y ese hombre de ropas de manta amarillenta, pies morenos y descuidados por sus huaraches cafés se dieron un abrazo muy fuerte. Él se fue con el viento del atardecer y en mi sencillo hogar quedaron ahora una escoba fuerte y una pequeña para mis juegos infantiles.


Mi padre le habló en su idioma. Otomí, ahora lo sé y jamás olvidaré aquello. Mi padre hablaba un muy perfecto español e inglés, un poquito de alemán, y también orgullosamente hablaba náhuatl y otomí.

No sé si mi padre fué un tirano o amigo. Prefiero recordar su extraordinaria humanidad. Fue un ser "indescriptible".

Y ahora que las historias nos reclaman, me quedo con lo bueno que mi viejo me dejó... No quiero quedarme con el tirano, quiero quedarme con el tierno y cariñoso al que nunca entendí, quiero quedarme con el hombre cariñoso que me enseñó a querer y respetar a los demás, sobre todo quiero quedarme con aquel hombre que me enseñó a respetar a los que son diferentes a mi porque tienen historias distintas.

Quiero quedarme con aquel hombre de extraordinaria humanidad.

"Feliz día del padre".

Vida y milagros

Leyendo un libro de Catón sobre Juárez y Maximiliano he disfrutado enormemente del recuerdo y lo que queda de la estación del tren que inaugurara Benito Juárez en la ciudad de Puebla el 16 de septiembre de 1869. Ese día, México y Puebla quedaban unidos por el tren gracias a una de las iniciativas más audaces y constructivas de que se tenga memoria en nuestro país. Tanto liberales como conservadores tuvieron su mérito en ello. Lo del tren es excepcional porque nació en medio de conflictos y guerras; se nos dio muy bien el pleito y el destrozo a lo largo del siglo XIX mientras intentábamos consolidarnos como nación, jaloneados entre las ideologías y los intereses económicos de entonces, las presiones extranjeras, las enormes diferencias e injusticias sociales. Por supuesto también por la infaltable mano negra de una parte del clero que se negaba a aceptar la separación de la Iglesia y el Estado, aferrándose a las enormes riquezas acumuladas durante el régimen colonial.



RELACIONADA:

La novia de Acámbaro

La novia de Acámbaro

En 1857, al finalizar las Guerras de Reforma y con el país destrozado, los liberales triunfantes se apostaron por unir y fortalecer al país por medio de una ambiciosa red ferroviaria, apoyándose, por cierto, en una familia muy rica y conservadora de apellido Escandón, que obtuvo la concesión "A Perpetuidad" para la línea México-Veracruz. "Perpetuidad"... ¡Que palabra más falsa! No existe nada a perpetuidad. Visite usted un panteón y mire las tumbas derrumbadas, con fechas del siglo pasado y antepasado, con las palabras "A Perpetuidad" inscritas sobre las lápidas rotas que cubren huesos hechos polvo.



Corría el año de 1860 y el tren se iba armando con tesón sobre nuestra complicada geografía. La historia del ramal que llegaría a Puebla y su estación nos la cuenta de forma amena y puntual la Doctora en Historia por la UNAM Emma Yanes Rizo. En México, aunque usted no lo crea, muchas cosas funcionan y funcionan muy bien. El estado mexicano y sus contradictorias instituciones de educación pública han formado personas como Emma, que estudian, que producen, que crean y que le regresan muchos frutos al país que les dio la oportunidad de estudiar. En mayo de 2015 regresé a la vieja estación poblana a la presentación del libro " De estación a Museo", un libro fantástico y entrañable.

RELACIONADA

El compositor Melesio Morales y su obra La Locomotiva

El compositor Melesio Morales y  su obra La Locomotiva

La estación, ubicada sobre la once norte, entre la diez y la 18 poniente, frente a la Iglesia del Señor de los Trabajos, aún sobrevive de pie a pesar de los embates destructores y consistentes que los poblanos y sus autoridades han ejercido en contra de su patrimonio históricos. El viejo edificio de estilo inglés ha sido convertido en museo del ferrocarril y está rodeado de árboles y máquinas que parecen dinosaurios dormidos, como esperando oír de nuevo el rumor de los viajeros para volver a pitar y transportarnos hacia la ciudad de México o rumbo a Veracruz. Podría despertarlas el sonar de la banda de guerra y la orquesta sinfónica que el día de la inauguración de 1869, tocó la "Sinfonía Locomotiva", compuesta por el músico Melesio Morales, y en la que los instrumentos musicales imitan el rugido del vapor, el silbido de las máquinas y el ruido que el metal produce al rodar sobre los rieles.

A las siete de la noche, 146 años después, en medio de la lluvia y la neblina, la estación y sus viejas máquinas condenadas a la quietud, tienen un aire fantasmal. Las hojas de los pirúes, los álamos y los fresnos se agitan con el viento, y sus troncos brillan húmedos, alumbrados por la pálida luz de los faroles. ¿Cómo es que perdimos el tren? ¿Cómo?, si su red llego a ser inmensa y eficaz. ¿Cómo?, si incluso durante la guerra de intervención francesa, Maximiliano continuó con el proyecto, apoyado por los ingleses y el mismo Antonio Escandón, a quien muchos consideraron un traidor. Al ganar la guerra, Juárez retomó el proyecto, y en un despliegue de pragmatismo, cerró los ojos a los pecados imperialistas de los Escandón, olvidando el colaboracionismo con el imperio y continuar el trato con ellos y los ingleses, traídos por Maximiliano para invertir en el tren. Después de años de guerra el país estaba quebrado y Juárez sabía que se necesitaba la inversión extranjera y local para seguir con el ambicioso proyecto ferroviario. Obstáculos hubo muchos, pero por fin el tren llegó a Puebla y su flamante estación, en un recorrido que parecía, en voz de los cronistas de la época- un sueño mágico- pues recorrías una milla en menos de dos minutos, y en cuatro horas llegabas a Puebla, después de pasar junto al lago de Texcoco, los valles pulqueros de Apan, los de Tlaxcala y la hermosa zona montañosa de la Malinche. Puentes preciosos y técnicamente perfectos, como el de Santa Cruz, volaban sobre profundísimas barrancas. Llegamos- dicen los cronistas- limpios y descansados, pues ni el agua de un vaso se movía en los vagones. Sigue la crónica: "El 16 de Septiembre, Juárez llegó a la estación de Buenavista a las diez de la mañana para salir rumbo a Puebla, acompañado de una enorme comitiva, pero puntual, cosa rara en los políticos." ¡Sería que estaban apercibidos por la puntualidad inglesa, no los fueran a dejar! Paradojas de la vida, Juárez abordó el vagón imperial que Maximiliano había mandado a construir para sí mismo. La crónica del festejo, que ni el tremendo aguacero que cayó esa tarde logró aguar, es muy divertida.

RELACIONADA

Las fiestas del quince de septiembre

Las fiestas del quince de septiembre

Pasó el tiempo, creció el tren, y sus ramales se desplegaron hasta alcanzar Veracruz bajo el mandato de Sebastián Lerdo de Tejada en Enero de 1873. Ya para entonces Juárez había dejado de ser "perpetuo", ya estaba muerto. La llegada del tren a Veracruz dio un movimiento inusitado a toda la agricultura y el comercio del país. En 25 años llegaría hasta la intrincada Sierra Norte de Puebla. Mi abuela me contaría en una carta, que fue en el año de 1905, a los siete años, cuando tomaría por primera vez el tren Teziutlán-Puebla, para dormir en el Hotel Arronte, y partir al día siguiente a la ciudad de México, a donde iría al colegio. Lo cuenta tan bonito...

Perdimos el tren, se nos fue, lo desbaratamos entre pleitos , ignorancia y la enorme capacidad para destruir que ya se nos está haciendo costumbre en México. Desbaratar y destruir es fácil. Construir o reconstruir, esas son palabras mayores. Acabamos con el tren y jamás lo volvimos a recuperar como el sistema eficaz de transporte de pasajeros y carga que en su momento sorprendió al mundo.

Hay una anécdota en el libro que nos hace ver que la violación a la ley ya se daba de manera parecida a la de ahora: en 1870, la banda de Paulino Noriega asaltó el tren por primera vez al pasar por la hacienda de Tepexpan, en Puebla, robando los equipajes y otros bienes de los pasajeros. Ademas, Noriega, amante de atacar los derechos constitucionales, exigió a la compañía ferroviaria la cantidad de 20 mil pesos para que el tren pudiera transitar sin novedad por sus territorios. ¿Cómo ven su petición?: "He detenido una máquina como prenda pretoria y la retendré mientras no se me remitan los primeros cinco mil pesos." Según el periódico oficial de entonces, el gobierno tomó las medidas necesarias para detener a los bandidos. En 1872 hubo otro asalto en Apizaco; los asaltantes desvalijaron a los viajeros violentamente, mataron a un mozo y se llevaron secuestrada a la familia Linares y a varias mujeres, para luego pedir rescate por ellos. Al parecer no hay nada nuevo bajo el sol en la conducta humana.

Con el pasar de los años el monopolio ferroviario inglés fue acotado, otorgando nuevas concesiones a ciudadanos mexicanos que se esforzaron por hacerlo mas competitivo, barato y mejor. Hay que decir que la competencia fue sana y lo lograron.

La revolución mexicana, la llegada del automóvil y muchas otras circunstancias, acabaron con una de las redes ferroviarias mas impresionantes del mundo. La mayoría de los edificios que daban sustento administrativo a toda la red ferroviaria, hospitales, escuelas y estaciones, fueron destruidos sin el menor respeto. La sobreviviente estación de tren de San Pedro Cholula, en la base de la Pirámide, fue convertida en Oxxo hace pocos años. Era un bien nacional que acabó en tienda de conveniencia.

A las nueve de la noche, en plena oscuridad, salí de la antigua estación del tren por la entrada lateral de la diez poniente. En la Plazuela del Señor de los Trabajos, en una lonchería, un trío tocaba boleros desgarradores. ¡Qué solas se miraban las máquinas, o qué sola las contemplaba yo, con una añoranza enfermiza de recuperar el fragor y el silbido del tren en nuestras vidas.

Salgo pensando en que hay que mejorar mucho a nuestro país, pero no rompamos de a gratis. Hay cosas, como el tren, que se rompen para siempre.

Mundo Nuestro. No es una novedad que corren desde siempre. Pero ella ha convertido esta realidad cotidiana de los rarámuris en una historia que brincó de las cañadas de la Tarahumara a los diarios internacionales. Apenas en mayo ganó la ultramaratón organizada en Tlatlauquitepec, en la Sierra de Puebla. De ahí al salto al mundo: este sábado 10 de junio correrá el Tenerife Bluetrail, en las Islas Canarias.

Ella es Lorena Ramírez. Y así la presenta el diario español El País: Nacida para ganar

Aquí esto emotivo video del diario El País.