Sociedad

El 31 de octubre de 2017, se cumplen 500 años de la reforma religiosa encabezada por el fraile agustino Martín Lutero, que da origen al luteranismo. El 31 de octubre de 2016, el papa Francisco estuvo presente en la catedral de Lund, Suecia, en el evento que dio inicio al Año de Lutero que abre los festejos conmemorativos de la Reforma Protestante.

Ese día, el papa y el presidente de la Federación Luterana Mundial, Munib Younam, firmaron una declaración conjunta en la que rechazan todo tipo de violencia en nombre de Dios y la religión. El Concilio Vaticano II dio un gran impulso al ecumenismo, que frenó, de manera intencional, el papa Juan Pablo II. Francisco, el actual papa jesuita ha retomado la ruta trazada por el concilio.

En junio del año pasado, el papa dijo a La Civilitá Cattolica, que “Lutero fue un reformador y tal vez algunos de sus métodos no fueron los correctos, pero si leemos la historia vemos que la Iglesia no era un modelo a imitar, había corrupción, mundanismo, apego a la riqueza y al poder”.

La tradición dice que la reforma inicia el día que Lutero clava sus 95 tesis en la puerta de la Iglesia de Wittenberg, entonces capital del ducado de Sajonia. En ese tiempo era profesor de teología en la universidad de ese lugar. Ahí después se casó y se quedó a vivir.

Ese día, Lutero impulsa la segunda gran ruptura de la Iglesia católica, después de la separación en 1054 de las iglesias de Oriente que da lugar a las iglesias ortodoxas con cuatro de los cinco grandes patriarcados de aquel entonces (Constantinopla, Antioquia, Jerusalén y Alejandría). El de Roma se queda solo.

La Reforma Protestante, la de Lutero, cambió la historia del mundo y provoca grandes transformaciones en Europa, que ya no va a ser la misma, y también en lo que después serán los Estados Unidos. La Reforma da lugar a la contrarreforma. Se rompe con la existencia de un pensamiento único controlado por Roma.

Los estudiosos del tema de la relación entre la Iglesia católica y las iglesias luteranas consideran que en el marco de la celebración de los 500 años de la Reforma Protestante, Roma podría anunciar la aprobación oficial, en los hechos se da, de la participación común de la celebración de la eucaristía de iglesias que ahora no están en comunión.

Entre la Iglesia católica y las iglesias que nacen con la Reforma Protestante no existen grandes diferencias teológicas. Es mucho más lo que las une que lo que las separa. La aportación de los teólogos y teólogas de la iglesias reformadas es fundamental, para entender el cristianismo.

Hans Küng, el gran teólogo suizo, se asume como, católico, ortodoxo y reformado. Con esta afirmación integra las tres grandes tradiciones del cristianismo: la primitiva Iglesia, la que surge de la fractura de 1054 y la que nace en 1517 con el movimiento de Martín Lutero.

Yo me identifico con la postura de Küng y como creyente espero que un día se encuentre una manera en que estas iglesias, cada una con su aporte y originalidad, vivan en comunión. Las tres tienen en el anuncio de la buena nueva y el seguimiento de Jesús su razón de ser.

El próximo julio se podrá comprar mariguana en las farmacias de Uruguay. El gramo se va a vender en 1.3 dólares y los usuarios pueden adquirir hasta 10 gramos a la semana con un tope de 40 gramos al mes. Los compradores deben registrarse en una lista nacional.

En 2015 el Congreso uruguayo aprobó la legalización de la producción, almacenamiento, distribución, venta y consumo de la mariguana. Es el primer país del mundo en hacerlo. Las expectativas de lo que pueda resultar de esta decisión son grandes.

La mariguana que sale a la venta la produce y comercializa el gobierno. El poder tener acceso a este mercado requiere necesariamente de antes haberse registrado en una lista. Esto garantiza al consumidor tener acceso a un precio bajo y a un producto de alta calidad.

El registro se está haciendo en las oficinas de correo y para obtenerlo se requiere sólo de la cédula de identidad y una constancia de domicilio. Es tambien necesario una huella digital que va a estar en una base de datos que se mantiene en contacto con las farmacias.

Hasta ahora, el 75% de los consumidores de mariguana se abastecen en el mercado negro. Se espera que esta realidad cambie de manera significativa a partir del próximo julio.

El gobierno ha optado por producir para la venta mariguana con un bajo nivel de THC, de no más del 10%, que es el principal psicotrópico de la mariguana. La mariguana que se vende en el mercado negro está rebajada y no supera el 5% de THC.

La apertura del registro se inició con una campaña paralela de prevención que señala los daños que puede causar el consumo de mariguana sobre todo entre los menores de edad.

El acceso a la compra de mariguana que se va a vender en las farmacias está restringido a mayores de 18 años y ser de nacionalidad uruguaya. Con esto último se quiere evitar el turismo de drogas.

En el sector de las farmacias hay resistencia e incluso rechazo a la venta en estos locales. Al momento de escribir este texto, en Montevideo se habían registrado para la venta 15 farmacias y otras 16 estaban en proceso.

La decisión del gobierno uruguayo es inteligente e implica un cambio radical al paradigma prohibicionista y punitivo, que ha demostrado de manera fehaciente su fracaso. A pesar de esto los gobiernos como el nuestro continúan su aplicación.

Habrá que esperar el mes de julio, para ver lo que sucede y también dar seguimiento a esta experiencia, para ver sus resultados en el terreno. Es el principio del fin del perverso paradigma prohibicionista y punitivo.

Mundo Nuestro. Con esta crónica de su viaje al sur americano, abrimos en esta revista la participación del escritor, periodista, antropólogo, guionista, radiodifusor, artista plástico Leopoldo Noyola Rocha con su blog Mitos sin sustancia. Y nos felicitamos por ello. Viaje al sur: se publicará por partes. Aqui el sexto capítulo: Tenaún

Germán y Rosita son los dueños de un campamento con wifi (supuestamente) y agua caliente frente al mar. Él es pescador y ella gerente, aunque también resuelve los problemas más inverosímiles que se suscitan a todas horas; hace comida, pan, mermeladas deliciosas y atiende a sus comensales en general. Un ambiente hogareño, sobre todo porque nos tocó una recámara en la planta baja de la casa en donde estaba la sala con un televisor de dimensiones extrasensoriales, el comedor y una cocina tradicional chilota (gentilicio de los habitantes de Chiloé), donde una estufa de leña de aspecto europeo, con tiro central hacia el exterior, está rodeada de sillones y es el lugar en donde los chilotas pasan buena parte de su crudo invierno.



En Tenaún tuvimos una probada del típico clima del sur chileno: lluvia y frío casi permanentes, que debido al cambio climático (a Trump, el ozono, la modernidad y no poca suerte) apenas conocimos los últimos cuatro días de nuestra estancia en el sur, pues las dos semanas precedentes tuvimos sol y clima agradable, aunque fresco. Frank me prestó desde Santiago un sombrero de palma de no malos bigotes con el que parecía Truman Capote, según las malas lenguas. En un paseo por la calle de Tenaún pude comprender por qué ningún habitante ni turista usaba sombrero en este clima de aire gélido y torrencial que me arrancó el sombrero a los pocos segundos y tuve que perseguirlo calle abajo unos 50 metros. Gracias a que nuestra ropa estaba asegurada con botones no terminamos desnudos es ese vendaval. Lo cierto es que en Tenaún afloró mi mexicanidad y la costumbre de vivir en un clima tan agraciado como el de Puebla. Moríamos de frío Malú y yo, mientras con asombro veíamos cómo Carolina, una niña de Punta Arenas que estaba de visita con sus tíos, andaba con su bicicleta en short y camiseta como si nada. Impresionante su resistencia al frío.


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Es muy interesante el contraste entre los atractivos turísticos, digamos, convencionales, y otras ofertas turísticas singulares y originales como Tenaún. Por mar y por tierra llegan barcos y autobuses atiborrados de turistas que se bajan entusiasmados a fotografiar media decena de magníficas construcciones de arquitectura sureña que hay aquí, pero no mucho más. Hay un restaurante, pero no existen bares, cafés, ni infraestructura turística básica como para recibir ese gentío. Lo que a mi modo de ver es una cualidad, antes que un defecto. Los turistas desembarcan, se toman fotos, compran en dos pequeñas y modestas tienditas de artesanías, entran a la iglesia “histórica” a contemplar su impresionante reconstrucción, tras pagar los 500 pesos chilenos que cuesta la entrada (no es la única iglesia del sur chileno que cobra el ingreso del público). Con todo, el ambiente es muy agradable y pacífico. Noreuropeos nostálgicos de los fríos ventarrones del mar del norte, perfectamente equipados para el efecto con gorras, rompevientos, chamarras, etc. Una joven alemana, por ejemplo, viajante solitaria, se aloja en el camping con su par de perritos.

Uno de los grandes atractivos de Tenaún es la comida, cada día degustamos un platillo espectacular como borrego a las brasas, arroz con mariscos, mermelada de ruibarbo, pan casero de Rosita, la mejor manzana que he probado en muchos años cortada de un árbol (y vaya que soy de un pueblo manzanero) y desde luego el Curanto, un antiguo platillo tradicional de Chiloé cuyas raíces hay que buscarlas en la cultura polinesia y remontarse muchos miles de años hacia atrás. El tema, tan intenso, que necesita su propio espacio para comprenderse cabalmente, pero es importante recalcar el honor que tuvimos al ser objetos de un curanto especialmente elaborado para nosotros.

En el centro comunitario de Tenaún fuimos a un encuentro de acordeón en donde estaba reunida buena parte de la comunidad, abundante de viejos. Muy modesto todo. Vimos un dueto de ancianos, él en la guitarra, ella en la voz, interpretando melodías chilenas cadenciosas que la gente bailaba como cueca, el tradicional bailable chileno, con su pañuelito y todo, muy divertidos. Después vimos a un acordeonista de Punta Arenas interpretando, para mi sorpresa, El Golpe Traidor, un antiguo tema norteño que interpretaban en los años setenta Cornelio Reyna, Chayito Valdéz y Toni Aguilar, que inevitablemente me inundó de nostalgia: “Nunca pensé que algún día, tú me pegarías el golpe traidor, tu falso amor me dejó, herido del corazón…” La venta de cerveza Corona no hizo sino incrementar mi morriña.

El tema norteñito fue bailado por algunas parejas de ancianos con ancianas, o de ancianos con jóvenes, con muy poca gracia, la verdad. No era, sin embargo, el momento de hacer ninguna demostración. Ese domingo 26 de febrero nos toca en Tenaún el eclipse solar a las 10:30 horas. No lo vimos por las nubes, a esa hora ya había comenzado a llover. Nunca dejó de llover. Además, creo que estábamos dormidos.

Antes de irnos, luego de tres días, interrogué a Germán sobre el bosque nativo, la fruta y la pesca en Tenaún, pues ya había dado signos de ser especialista en muchos temas. Con la mirada perdida en el salero de la mesa, según es su madera de hablar, me explicó que el bosque nativo se compone, entre otras especies, de árboles como el mañío, que se usa para casas y paredes; también hay laurel, caneli, oigüe, roble, arrallán, tepa, queaca, ulmo, avellano y ciruelillo, que se usa para puertas y muebles. Existen los arbustos: maqui, murta, calafete, chilicón o chilco y guila (una enredadera de bambú); en fruta hay variedades de manzana (deliciosa), peras, ciruelos, frutilla (fresa), frambuesa, moras, mosqueta y grosella. Y en su especialidad principal, la pesca, hay merluza del sur (que es grande) y se exporta casi toda a España; congrio dorado y mantarraya, que se van a Corea; sierra (barracuda), salmón natural, centolla (el molusco, que está prácticamente extinguido) y algunas variedades de jaiba.

Tenún nos despide con una lluvia incesante que nos acompaña hasta el embarcadero de Chacao. Y más allá, hasta Osorno. A lo largo del camino, hasta el embarcadero, los árboles fantasmales detrás de la neblina ocultan las casas de aliento europeo y nos despiden en silencio.

Fotos cortesía de Malú Méndez Lavielle.

Hace casi 30 años Jaime Litvak escribió un artículo sobre el patrimonio cultural y la autoridad nacional, donde decía que el legado de las culturas antiguas, que hoy llamamos arqueológico, no es ni puede ser, la propiedad absoluta de una nación. Es propiedad de toda la humanidad, decía, puesto que representan logros de una parte de ella que no pueden separarse de otros logros en otros lugares geográficos. De acuerdo a este presupuesto Litvak deduce que la legislación nacional es por definición egoísta, y que este celo puede dañar la investigación y el conocimiento de las culturas del pasado que, evidentemente, no eligieron pertenecer a la configuración de las naciones modernas. A pesar de los buenos propósitos de la UNESCO, los países consideran que las zonas y objetos arqueológicos son de su propiedad, en el sentido romano que les permite usarlas y abusarlas. La mayoría de las legislaciones nacionales -concluye Litvak- son buenos ejemplos de política barata y pensamiento chauvinista, que ven en el patrimonio cultural sólo un material que prueba una teoría etnogenética conveniente, o un activo contable que puede ser agregado al movimiento financiero nacional, sin considerar que constituye un recurso no renovable, y críticamente escaso, para la investigación y el conocimiento de la humanidad como fenómeno universal. De manera que el principal problema de la propiedad arqueológica no es la ley, sino más bien la ética -termina diciendo Jaime Litvak- y en muchos casos ni siquiera la ética, sino el sentido común. [1]

No obstante lo certero de las observaciones de Litvak, consideradas en su dimensión humanista, debemos atenernos a las leyes nacionales cuyo celo también debe servir para proteger los distintos patrimonios, tanto del saqueo y el traslado a otras naciones, como de la indolencia y la estulticia de los gobiernos municipal, estatal y federal, que con frecuencia imaginan proyectos que responden a necesidades de promoción política sin atender de manera suficiente las tareas sustantivas que consisten en promover los avances de la investigación y difundir sus resultados, ya sea a través de revistas de divulgación, como la magnífica revista Arqueología Mexicana, de publicaciones especializadas, documentales videograbados, o de museos de sitio y visitas guiadas.



Desde esta perspectiva quisiera ahora mencionar la opinión de otro distinguido arqueólogo, Eduardo Matos, cuando se refiere a la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicas, Artísticas e Históricas de 1972. Después de citar los artículos 27 y 28, que establecen que son propiedad de la nación los monumentos arqueológicos muebles e inmuebles, así como todo lo relacionado con las culturas anteriores a la conquista española, Matos comenta que de esta manera quedaban “legalmente protegidos todos los bienes arqueológicos y se ponía fuera de la ley a quienes, por intereses ajenos a la investigación destruían contextos prehispánicos”.[2] Este señalamiento, con el que espero todos coincidamos plenamente, es al mismo tiempo una de las más lamentables paradojas, puesto que las autoridades encargadas de observar y hacer valer esta ley, son las primeras en propiciar su violación. Matos menciona como ejemplo los abusos cometidos en las zonas arqueológicas con los espectáculos de “Luz y Sonido”, entre los que destaca el show que año con año se realiza en el Tajín. Debo mencionar que en su edición del 2017, mediante una burda simulación de ritual prehispánico, “se pidió permiso a los dioses” para que cantaran Gloria Trevi y Alejandra Guzmán. Obviamente no se trata de objetar el trabajo de estas cantantes, que tienen espacios de sobra para realizar sus espectáculos, lo que me parece un despropósito es que tengan que hacerlo precisamente en el Tajín.

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Por supuesto que los promotores del turismo masivo defienden enfáticamente estos espectáculos, y es precisamente el maridaje entre turismo y cultura el que debe preocuparnos, porque subordina nuevamente la investigación y la difusión de los conocimientos históricos y culturales, a las banalidades y ficciones de la cultura de masas. De nuevo: no se trata de oponerse a eso que llaman entretenimiento, cada quien emplea su tiempo libre como le da la gana, pero ¿por qué tiene que hacerse precisamente en lugares que podrían aprovecharse de mejor manera para ofrecerle a ese público propuestas más inteligentes y creativas? Esta inversión de las prioridades culturales y los valores chatarra que conllevan es la que intentamos evitar en Cholula cuando conocimos el Proyecto de las 7 Culturas, un proyecto que en su versión original parecía concebido por la mentalidad de una Barbie. El día que el presidente municipal de san Andrés Cholula lo presentó a los habitantes fue rechazado enfáticamente con silbidos y muestras de indignación. Luego se hicieron algunos cambios, pero sustancialmente predominaron los criterios del esparcimiento y el deporte, en una zona que pide a gritos mantenimiento a sus monumentos y el reinicio de la investigación arqueológica. Una crítica minuciosa y oportuna a este proyecto la hizo un grupo de investigadores del INAH-Puebla y fue publicado en el libro Cholula, la ciudad sagrada en la modernidad.[3]


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Quise comenzar citando a Jaime Litvak precisamente porque considero de vital importancia abrir las puertas de las historias y las culturas locales al conocimiento universal, ya sea por parte de especialistas, viajeros cultos o simples turistas. Esta sencilla clasificación de los visitantes puede servirnos para advertir distintas cualidades e intereses en el conocimiento de un sitio. Existen entre ellos diferencias de calidad y de cantidad, diferencias que son inversamente proporcionales entre sí. No es lo mismo, por ejemplo, el interés que tuvo Mircea Eliade al visitar Teotihuacán, que el que tuvo Jim Morrison al visitar el mismo sitio, o el que puede tener un oficinista de Shanghái que viaja en grupo para distraerse un poco durante sus vacaciones. Esta diversidad de intereses requiere de distintos tipos de información.

Hay dos instituciones en México encargadas de atender el interés de los visitantes: la Secretaría de Cultura y la de Turismo. El riesgo que estamos viendo expandirse quienes nos interesamos más por la calidad que por la cantidad, es que la Secretaría de Turismo está predominando con criterios estrictamente mercantiles sobre la Secretaría de Cultura y las instituciones que hace poco se incorporaron a su formación, principalmente el INAH.

Uno de los graves problemas que enfrentamos los mexicanos es la profunda ignorancia de la realidad del país de las que nos dan muestras todos los días los miembros de la clase política. Podríamos decir que el mundo de la política en México es una subcultura de la incultura, es decir, un mundo de gente inculta que vive de espaldas a las manifestaciones tanto de lo que se ha dado en llamar la alta cultura, que comprende aquellos sectores familiarizados con las artes plásticas, el teatro, la ópera, el ballet, la poesía y la literatura, como con las manifestaciones genuinas de la cultura popular, con su música, sus danzas, su literatura, sus creaciones artísticas y la compleja ritualidad que expresa la cosmovisión de los pueblos indígenas y campesinos. Los políticos profesionales no comparten ni una ni la otra expresión de la cultura, y sin embargo tienen la irresponsable ligereza de tomar decisiones que estorban o cancelan la difusión de ambas modalidades culturales. ¿Por qué Gloria Trevi y no música de Carlos Chávez, Mario Lavista o Stravinski en el Tajín?... o simplemente el silencio. ¿Se imaginan la intensa experiencia que se debe vivir si las zonas arqueológicas se abrieran al público durante tres noches de luna llena, con la indicación de que se debe permanecer en silencio? ¡Sería una experiencia estética inigualable y sin ningún costo!

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En lo que respecta a la cultura popular de raíces indígenas, lo que ha logrado la clase política es construir un florido simulacro con espectáculos como la Guelaguetza, el Atlixcáyotl o cualquiera de los cientos de festivales y concursos promovidos desde las instituciones oficiales para exaltar una tradición inventada por el Estado. En cada fiesta pueblerina podemos ver desde hace muchos años una duplicidad: en torno a la iglesia las actividades que continúan una tradición genuina, organizadas por los propios pobladores a través de las mayordomías y otros sistemas de cargos; en torno al palacio municipal, una feria o festival con concursos de belleza, jaripeo, juegos mecánicos, música estruendosa y un mundo de baratijas con el que se ha sustituido la calidad estética de las antiguas artesanías. Las primeras actividades han tenido desde siempre una finalidad vinculada al ciclo agrícola y un destinatario que es el santo patrón del pueblo y el conjunto de entidades espirituales que son invocadas para propiciar el bienestar en las comunidades; las segundas, organizadas por lo general por la autoridades municipales, estatales y los comerciantes y empresarios locales, tienen como objetivo central la venta de productos y servicios turísticos y la consabida promoción política del funcionario en turno. En esta última lógica se inserta lo que Eric Hobsbawm ha llamado la invención de la tradición. Tradiciones que parecen o reclaman ser antiguas son en realidad bastante recientes en su origen, y muchas veces inventadas, aunque por lo general intentan vincularse con un pasado histórico que les sea adecuado y pueda servirles para promover determinados intereses.

La invención de la tradición gira, al menos, en dos sentidos, por un lado la invención oficial, concebida y difundida desde las instituciones educativas y administrativas del país, por otra parte, la que podríamos llamar invención identitaria, que se origina en sectores de la clase media y popular urbana que se reivindican como herederos legítimos del pasado prehispánico, y mexica en particular, mediante una singular interpretación de la historia que deriva en la representación de rituales y danzas en espacios públicos.

En México la invención oficial de la tradición tuvo en sus inicios un propósito legitimador de la condición criolla y mestiza, que necesitaba dotarse de un pasado indígena que la distinguiera del pasado ultramarino europeo. Se trata de una apropiación del pasado desde el Estado, es decir, de una apropiación político-ideológica, que requiere depurar ese pasado de aquellos elementos que pudieran opacar el resplandor de una imagen noble y gloriosa que el Estado quiere obsequiarse a sí mismo a nombre de la nación entera. Se trata de una apropiación porque la invención de la tradición se lleva a cabo desde fuera de las tradiciones genuinas que pretende legitimar o, como ahora se dice “dignificar”. Una apropiación políticamente interesada desde fuera de las costumbres reales que nutren esta tradición, desde fuera de las normas de vida que le dan sustento histórico y social a la tradición popular.

De esta manera, la costumbre que sustenta una tradición genuina, será transformada para convertirla en un espectáculo de consumo ideológico y mercantil, utilizable para legitimar una red de intereses y poderes tejida en torno a ella como una telaraña. Esta legitimación consiste en resaltar los vínculos del poder con la población, y exhibir mediante discursos elogiosos, desplegados en los medios masivos de comunicación, el aprecio que los gobernantes dicen tener por las costumbres de esos pueblos y comunidades. Con este propósito se ha logrado, por ejemplo, desvirtuar en buena medida la danza de los voladores, convertida en un acto de acrobacia aplaudido una y otra vez por turistas boquiabiertos que no tienen la más mínima noción de su contenido cosmogónico y ritual.

La elite gobernante, que en la vida real siente un profundo desprecio por las costumbres populares, debe mostrar una alta estima por ellas en ciertas fechas significativas, en las que se ostentará como representante legítima de esa multitud dispuesta a celebrar y a confirmar que esa elite, finalmente, comparte sus valores y sus gustos. Un acto de simulación completo, sin duda, desafortunadamente avalado, una y otra vez por las víctimas de eso que podríamos llamar, con toda propiedad, una perfecta estafa cultural.

Fiestas del Primer Centenario de la Independencia (1910)

Una imagen emblemática de esta simulación festiva es la fotografía del desfile alegórico, celebrado en 1910 por el gobierno porfirista para conmemorar la independencia de México. La foto muestra una representación del tlatoani Moctezuma II llevado en andas por las calles de la ciudad de México. Mientras tanto, en los veinte banquetes que ofreció Porfirio Díaz no se sirvió en las mesas una sola tortilla, lo que, sin duda, se hubiera considerado de mal gusto. Esa imagen bien puede representar el inicio de la invención de una indianidad postiza que recorrió el siglo XX y llega a nuestros días, Una indianidad a modo como espectáculo para la promoción política y turística.

Entre las consecuencias que ha tenido esta sistemática simulación a lo largo de los siglos está, por una parte, el consecuente distanciamiento de las expresiones genuinas de la cultura indígena, pero también una persistente educación sentimental que ha logrado inocular en el mexicano la idea de que debe desindianizarse culturalmente para poder progresar. El no siempre sutil racismo de los liberales del siglo XIX es un rico muestrario de esta ideología, que tuvo una de sus formas más curiosas en la teoría gastronómica del senador Francisco Bulnes, cuando planteaba con sustento supuestamente científico la inferioridad del maíz mexicano frente al trigo europeo. La más reciente muestra de este arrogante etnocentrismo, que ha propiciado que unos mexicanos desconozcan y desprecien a otros, es la agresión a golpes que acaba de sufrir un grupo de jóvenes del barrio de san Juan Aquiahuac, en san Andrés Cholula, quienes cumpliendo con una encomienda de la mayordomía, se dirigían de la iglesia a la casa del mayordomo cuando fueron insultados y golpeados por los llamados cadeneros de los bares que han proliferado en la zona. Curiosa paradoja esta: Cholula ha sido declarada con el ridículo nombre de “Pueblo Mágico” precisamente por conservar estas tradiciones, y quienes se benefician comercialmente de este membrete son precisamente los dueños de estos antros y sus empleados. Todo esto requiere, desde luego, análisis más detallados y profundos. Aquí solo apunto algunos síntomas de la oposición entre tradición y modernidad.

Comparto plenamente la preocupación de un buen número de antropólogos y arqueólogos que señalan con justificada indignación el abuso y la banalización que se ha hecho de los sitios arqueológicos. Pero me parece que no se trata de estar contra el turismo, que es la primera y equívoca acusación que se hace a esta postura. Se trata más bien de elevar al máximo la calidad de lo que se expone como muestra de las culturas antiguas al visitante nacional y extranjero. Y la única manera de lograrlo es fomentando la investigación y diseñando los canales más idóneos para la divulgación de sus resultados.

Desafortunadamente, en Cholula no vimos la aplicación de este criterio. Las obras que se realizaron recientemente privilegian un uso del sitio arqueológico como centro deportivo y de esparcimiento. Al desatender la investigación y hasta el mantenimiento del lugar, el INAH regional y nacional cometió un doble y gravísimo error: primero, permitir la degradación del sitio, que poco a poco fue ocupado como tiradero de chatarra automotriz, basurero, estacionamiento de combis, construcción de viviendas y campo deportivo. Cuando la ley establece que únicamente debió tener un uso agrícola. Esta situación abrió el camino para que, de pronto, se planteara la “dignificación” del espacio. Se retiró la basura y la chatarra automotriz, se ampliaron los estacionamientos y las canchas de futbol, se colocaron juegos infantiles, explanadas, andadores, un tren turístico que impedirá la excavación de una esquina de la plataforma piramidal y un Museo de Sitio en el antiguo Hospital Psiquiátrico. Un museo que merece comentarios aparte, aquí sólo diré que con la excepción del trabajo de Gabriela Uruñuela y Patricia Plunket, se caracteriza por tener mucha tecnología y poca arqueología.

Si pensamos Cholula en términos de un paisaje arqueológico y cultural, siguiendo las reflexiones y sugerencias de Manuel Gándara y Ma. Antonieta Jiménez Izarraraz ,[4] deberíamos preocuparnos por la preservación de las formas de vida campesina que aun forman parte del entorno de la zona arqueológica. Debo recordar que buena parte de las frutas y verduras que se producen y comercializan en tianguis y mercados provienen de los huertos y hortalizas conventuales, introducidos por los frailes franciscanos, dominicos y agustinos desde el siglo XVI y que hoy constituyen, con la milpa prehispánica, no sólo la base de una rica gastronomía, también el sustento de miles de familias en las que se gestan formas de organización social y religiosa vinculadas al ciclo agrícola y sincretizadas con la cosmovisión mesoamericana desde el periodo virreinal. Es decir, si pensamos el paisaje cultural y arqueológico de ambas cholulas en un esquema de círculos concéntricos, tenemos en el centro un núcleo duro, para usar el término de Alfredo López Austin, conformado por el binomio sincrético Pirámide-Santuario de los Remedios, en torno al cual se ha desplegado durante siglos, un mundo agrícola y urbano que hasta hace algunos años conservaba cierto equilibrio y armonía que hoy está en riesgo de desaparecer si no se toman las medidas inteligentes, enérgicas y oportunas para preservarlo.

No puedo dejar de imaginar que si ampliamos esta perspectiva a nivel regional, tendremos un paisaje de gran relevancia cultural, que comprendería desde Cacaxtla y Xochitécatl en Tlaxcala, hasta Cholula y san Francisco Totimehuacán en Puebla, con la enorme riqueza de construcciones civiles y religiosas del periodo virreinal, todo ello delimitado en el horizonte por los macizos volcánicos del Popocatépetl, la Iztaccíhuatl y La Matlalcueye o Malinche.

En busca del quelite perdido

Cuando nos preguntamos cómo valorar la herencia cultural, debemos plantearnos en primer lugar la relación entre la sociedad actual, que tiene el compromiso de reconocer y preservar ese patrimonio, y la sociedad antigua que lo produjo, como bien dice el arqueólogo australiano Iain Davidson. El puente entre lo actual y lo antiguo sólo es posible construirlo mediante la investigación arqueológica y etnohistórica y la divulgación de las narrativas que de estas investigaciones se derivan. Cualquier otro camino conduce a la falsificación y la degradación de las relaciones entre el pasado y el presente.

Me pregunto si las obras millonarias que se acaban de hacer son irreversibles. Es una lástima que ese dinero no haya destinado a la restauración y al reinicio de la investigación, lo que requiere de una temporalidad que no es la de los políticos, cuyas necesidades, siempre bajo el apremio de su ambición personal, establecen los ritmos a los que deben actuar todos sus subordinados, entre ellos, desafortunadamente, el personal del INAH. ¿Tendrá en algún momento esta institución la suficiente autonomía y los recursos para decidir, con criterios académicos, el reinicio de las excavaciones arqueológicas? Sólo por esta vía se podrá garantizar la integridad de lo poco que queda de la zona arqueológica.

Sin tener ninguna ilusión de que algún día pueda concretarse la propuesta que voy a hacer, creo que debemos pensar en el reducido espacio de la gran pirámide en forma integral, quiero decir, intentar salvar lo más posible el vínculo entre la arquitectura y su cada vez más pequeño entorno. Podría hacerse recuperando los espacios hoy destinados por el ayuntamiento de san Andrés a estacionamientos, y que los campos de cultivo que aún están disponibles se integren al recorrido que los visitantes hacen de la pirámide. Supongamos que estos espacios fueran sembrados con la milpa tradicional que combina maíz-frijol-calabaza, con magueyes para extraer pulque, con amaranto y nopales. Mediante un sendero el visitante podría hacer un recorrido por el interior de la milpa, se le hablaría de la importancia de estas plantas, de sus cualidades naturales y culturales y cómo fueron deificadas en el México antiguo, de esta manera tendría un interesante sentido vivencial el antiguo culto a las deidades de la lluvia y el culto actual a la Virgen de los Remedios, que continúa vinculado, como en el México antiguo, al ciclo agrícola y al bienestar de los pueblos campesinos que la rodean.

[1] Litvak, 1989: p. 5-8.

2 Matos, 2012, p.20.

3 El dictamen fue publicado en el libro Cholula, la ciudad sagrada en la modernidad, de Anamaría Ashwell.

4 Gándara, 2008; Jiménez, 2008.

Pasó el vendaval. En la memoria el paisaje que la fotografía nos ayuda a retener. Cada quien guarda los sonidos de la lluvia. Ahora mismo alguna sirena tras las inundaciones en los barrios del sur de la ciudad. El arrebol de la nube en la media tarde del valle de Cholula, con la montaña oculta, arrebatada por la furia del agua. Al anochecer el río y la basura que lo monta y nuestros ojos que no quisieran verla. El río oscuro, turbio, encorajinado contra el concreto que lo encierra. La arboleda que sobrevive como testigo de lo que hemos hecho con él.

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Ahí está nuestro río. Denso. Negro. Guarda todas nuestras corrientes. Llueve todavía sobre la ciudad que en el cobijo de la noche ya no quiere salir del letargo que sigue a la tormenta. Miro de nuevo al río cercano, el Atoyac, su negrura me trae la escena de la pozolería en la colonia Amor el sábado por la noche. El joven estudiante de la UPAEP que defiende su teléfono, el balazo inclemente, su padre que intenta defenderlo y la frialdad del nuevo disparo que le arrebata también la vida. Qué corriente es esta que se lleva así la vida de dos personas...

Encuentro en la prensa la voz de la madre de Rafael Alfaro Espino. Ella va en otra corriente. “Estoy muy tranquila porque Dios está conmigo y, como se los dije a muchas personas, ya perdoné. Ya perdoné y que Dios los perdone y los bendiga”.

Incomprensible el mundo nuestro.

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Mundo Nuestro. Con esta crónica de su viaje al sur americano, abrimos en esta revista la participación del escritor, periodista, antropólogo, guionista, radiodifusor, artista plástico Leopoldo Noyola Rocha con su blog Mitos sin sustancia. Y nos felicitamos por ello. Viaje al sur: se publicará por partes. Aqui el quinto capítulo:Chiloé.



Partimos de Hornopirén con el propósito de llegar ese mismo día a la enorme isla de Chiloé, para lo cual teníamos que desandar el camino de terracería hasta Puelche, de ahí en barcaza a la caleta La Arena, después por carretera hasta Puerto Mont, de ahí a Pargua, luego nuevamente una barcaza al embarcadero de Chacao, ya en la emblemática isla del sur chileno, y de ahí dos o tres horas al sur hasta el puerto de Tenaún, a donde finalmente llegamos casi a las 12 de la noche.

En nuestro tránsito, en el que vimos nuevamente muchos emplazamientos de monocultivo forestal, aprovechamos para visitar el histórico Puerto Montt, un enorme puerto con una gran actividad comercial y cultural. Concretamente fuimos al sector de Angelmó, una zona turística de venta de artesanías en donde se halla, además, un hermoso mercado construido de madera con una variedad increíble de los famosos mariscos chilenos, donde por supuesto degustamos un ceviche exquisito y resanamos con un par de empanadas de carne salpicadas con una salsa picante roja muy sazonada y sabrosa. Hicimos las compras pertinentes de artesanía barata en un mercado abierto a la calle con artículos de lana, madera y cuero, principalmente, incluidos los ubicuos suéteres peruanos que están en todo Chile.


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La travesía por el mar se hace a bordo de enormes barcazas muy modernas y bien equipadas, que son capaces de llevar dos decenas de vehículos de todas dimensiones, desde pequeños autos hasta tráileres y autobuses. Nuestra camioneta pagó 12,500.00 pesos chilenos (354 pesos mexicanos). Puede uno bajarse del vehículo y disfrutar de los 20 minutos que dura la travesía, entre cuyas curiosidades vimos algunas focas saludándonos desde el mar... ¿eran focas? Bueno, desembarcamos en Chacao y emprendimos al sur por la ubicua Ruta 5, la Panamericana, a través de un paisaje depredado debido a una inmoderada y criminal tala tanto antigua como moderna, con retazos de monocultivo aquí y allá; relativamente pronto doblamos a la izquierda a la ciudad de Quemchi, donde afrontamos una carretera de terracería de 24 kilómetros señalada con luces y anuncios que ya quisiéramos en nuestras carreteras comunes, como si fuera una autopista, hasta llegar a Tenaún, en la costa oriental de la isla, un pueblito de 450 años de antigüedad que, sin embargo, es apenas una aldea; muy bonita, eso sí, con impecable arquitectura “sureña”, en donde fuimos recibidos con una espléndida cena elaborada por Rosita la grande, madre de Cris, a la que llamo así para diferenciarla de Rosita, la esposa del pescador Germán, dueños ambos del alojamiento que nos acogió (Bueno, Rosita la grande es grande de por sí). Nosotros, además de cansancio, llevamos la lluvia Tenaún. Y en consecuencia, el frío.

Debo dedicarle una entrada completa a Tenaún, pero esta ya se alargó, de modo que aprovecho para consignar nuestra visita a dos ciudades cercanas en los cuatro días de nuestra estancia en la isla de Chiloé, la primera fue la ciudad de Dalcahue, frente a la popular isla Curacao de Vélez, un agradable pueblo entre los montes que da a un puertecito. Ahí visitamos un buen mercado de artesanías y disfrutamos por supuesto de una arquitectura “fiel” al sur chileno. Llovía sin pausa, pero con todo, frío y agua, un nutrido turismo muy singular, perfectamente adaptado a las circunstancias, atiborraba el mercado y las calles del puerto. Decenas de jóvenes mochileros arribando al lugar como si se tratara de Acapulco ¿a hacer qué?, me preguntaba yo húmedo de lluvia y muerto de frío.

Otro día fuimos a la ciudad de Castro, la capital de la isla de Chiloé, donde tienen una enorme catedral de madera, impresionante, que es patrimonio de la humanidad, con bellas imágenes de madera, santos, retablos y hasta los curas y los feligreses deben ser de madera. Un hombre inhalaba solventes químicos en el pórtico interior.

Tras un delicioso café y un paseo guiado por Frank y Cris por el centro de Castro, retornamos a nuestra base en Tenaún.

Crédito: Todas las fotos de esta, como de todas las entregas del sur chileno, cortesía de Malú Méndez Lavielle.

Mundo Nuestro. Con esta crónica de su viaje al sur americano, abrimos en esta revista la participación del escritor, periodista, antropólogo, guionista, radiodifusor, artista plástico Leopoldo Noyola Rocha con su blog Mitos sin sustancia. Y nos felicitamos por ello. Viaje al sur: se publicará por partes. Aqui el cuarto capítulo: Hornopirén



Un afortunado implemento de las carreteras del sur chileno son las contenciones de las curvas hechas íntegramente de madera, con troncos cortados longitudinalmente por la mitad y enfilados a lo largo de la curva. Asimismo, las casetas debuses que en ciertas comunas son verdaderas cabañitas, confortables y térmicas en invierno.

Al final del estero de Reloncaví, desde un acantilado en caleta Puelche, es posible ver el mar abierto del seno de Reloncaví. En Contao (“Pueblo, libre de hidroeléctricas”, dice en un puente) penetramos en una larga carretera de tierra que atraviesa una suerte de península hacia Hornopirén, nuestro siguiente destino. Domina un viento torrencial que estremece la tupida vegetación y levanta el polvo de la terracería.


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Hornopirén ("horno de nieve" en mapudungun) es un hermoso pueblito luminoso y frío, muy amplio, rodeado de montañas nevadas frente a un alargado golfo o estero con dos enormes islas que ocupan casi todo su espacio: la isla de Los Ciervos y la isla Llancahue. Todo dentro del territorio del Golfo de Ancud, que separa el continente de la isla de Chiloé. Nos es imposible conseguir transporte marítimo hacia Chaitén, que era el plan original. Ajuste al itinerario, nos quedamos en Hornopirén.

Para ir al centro desde la cabaña en la que nos alojamos dentro de la ciudad, hay que atravesar el puente del Río Cuchildeo, caudaloso aunque pequeño, donde lo que resalta es su limpieza. Y el color oscuro de su agua que denota una bajísima temperatura.

Una planta de hortensias me recuerda a mi mamá, por cómo hubiera disfrutado ella de su cuidada cursilería natural, al grado de parecer un ramo de novia de metro y medio de alto y ancho. Claro, una novia gigante. En la plaza, una escultura en un tocón de caoba de un metro de diámetro y unos dos metros y medio de alto, muestra el rostro enorme de un chamán y en el otro costado una familia mapuche. Aquí tenemos la primera visión de las enormes hojas de nalca (después sabremos que su nombre es pangue), que son utilizadas para el curanto, una suerte de barbacoa de hoyo con mariscos y carne, que por desgracia no vemos por aquí. Lo que sí vemos es una planta salmonera con enormes depósitos cubiertos por lonas negras y pulcras; en el estero veríamos también instalaciones de las granjas salmoneras con bodegas flotantes.

“Cerrado por duelo”, dice un cartel en el centro comunitario, un hermoso edificio completamente construido de madera, con altos techos de duela y locales de artesanía y cafeterías. Me llama la atención un anuncio que indica que el sábado anterior ocurrió un “Encuentro cannábico” con charlas, comida, cocteles cannábicos y “free smoke”, 200 pesos la “adhesión”, que explicaba en parte la cantidad de jóvenes de facha rastosa que pululaban por el pueblo, seguramente “adheridos” a la idea de seguir la fiesta. También, en otro poster, una “tertulia de boxeo”, llamativa la fragante palabra de tertulia para un espectáculo de trancazos. Por radio mensajes con un lenguaje ceremonioso y muy formal: “lo invitan a la celebración de la kermesse…”

Uno de los días penetramos una larga terracería para visitar el camino que bordea el Parque Nacional Hornopirén, que inicia muy poco después del pueblo con el sorprendente río Blanco, una corriente que no desmerece su nombre al ser sus aguas blancas como si estuvieran combinadas con leche en partes iguales.

El camino bordea el Canal Cholgo y cruza unos acantilados con increíbles paisajes de los cerros y el mar del estero con sus dos grandes islas, hasta Caleta Cholgo, donde existen enormes cultivos de balsas-jaulas y secciones de modernas casas para los salmoneros. “Cholgo, lugar de cholgas”, aclara un modesto cartel. “Se vende chicha”, dice otro. Las cholgas son una especie de mejillones. Otros moluscos, llamados picorocos, crecen en las piedras, a las que colonizan en grupo hasta que maduran y se independizan. Cuando tienen el tamaño de un huevo, son hervidos y extraídos de su caparazón para consumirlos. La chicha, por su parte, que nos recuerda aquella vieja canción de Víctor Jara (“usté no es ná, ni chacha, ni limoná”), es una sidra.

Llegamos hasta Caleta Pichanco, frente a la isla de Llancahue, un embarcadero solitario que es el fin del camino que recorre el parque nacional. Eucaliptos aislados y, por supuesto, abejas, circundando los impertérritos ulmos. Arrayanes con sus troncos café-rojizos recorridos por el chucao, un pájaro de una palma de tamaño con un bello canto gorgojeante, que además no vuela. Helechos, muchos helechos de todos tamaños. Y claro, moras, zarzamoras, introducidas por los alemanes a principios del XX, es ahora una deliciosa plaga que está en todos lados, de Santiago a la Patagonia.

Vamos de regreso, cansados, hambrientos, nostálgicos y asoleados, escuchando rock inglés en silencio y observando los helechos blanqueados por el polvo de la terracería. “Estos caminos los construye el ejército chileno -me informa Frank-, pues no hay empresas privadas interesadas en hacerlos”. En ese momento no me importa, lo que quiero es comer.

En Hornopirén vamos al mercado de comida del centro del pueblo. Muy grande, decenas de puestos. Nos acomodamos en la fonda “El buen amigo”, con un menú que contempla paila marina, un caldo con mejillones, piure, ostras, ostiones y locos-, patache, congrito frío, curanto, pichangas y merluza, además de cerdo y pollo.

Si hubiera que elegir un lugar favorito en este viaje muy probablemente sería Hornopirén, donde estuvimos tres días deliciosos, apacibles y fríos, paseando a las 12 de la noche por el malecón, con decenas de bandas de jóvenes noctámbulos en perfecta armonía. Buenas noches, tíos. Sí, buenas noches.

Mundo Nuestro. Ellas también juegan. Y este sábado en un partidazo: Topos Femenil contra Leonas Jalisco. . 1 a 0 ganan las poblanas.

La pelota suena, las chavas corren, gritan voy, voy, voy , y la pelota corre, los sonidos vuelan, los sentidos juegan y el tiempo por un instante se congela: la pierna acierta, el disparo va a gol...



El partido es en la Unidad Deportiva San Andrés en Tlaxcalancingo. La experiencia futbolera del club Topos Puebla se mantiene como uno de los procesos de organización civil más importantes en la historia reciente en nuestro estado. Una crónica en el periódico digital e-consulta recoge algunas frases de las participantes:

María de los Ángeles Ortiz: "Gracias a Dios encontré lo que es Topos Femenil y me cambió completamente la vida. Siempre me ha gustado el futbol y estando en casa piensas muchas cosas, pero hay que buscar algo para sobresalir."

Ellas también juegan, han dicho todos entonces. Ya no se acuerdan de que en un momento de su vida la conciencia fría les ha dicho: "ya no jugarás nunca más..."

La vida no para. Y se mueve en el balón de fútbol. Encontraron a Topos Puebla.


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