Sociedad

Vida y milagros

Son tantos y tan grandes los problemas del mundo y de nuestro país que a veces parece que cualquier cosa que intentemos para mejorarlo es inútil. Yo ya no me atrevería ni siquiera a enfrentar el cuestionario de la consulta del aeropuerto. No tengo ni los conocimientos ni la información para contestarlo con responsabilidad. Sí tengo la sensatez para saber que no sé ni siquiera lo indispensable para decir sí o no. Me admira la seguridad con que la gente opina con respecto a esto y a otras cosas, pero me admira aún más que los gobernantes electos nos quieran pasar la bolita de las decisiones que les corresponden a ellos. Como dice una amiga: de haber sabido, voto por Consulta Mitovsky.



¿Será que tanta información y desinformación nos paraliza? Imagínense, si el sabio dijo "Yo solo sé que no sé nada", qué vamos a saber el común de los mortales.



Le robo la frase al sabio: ya solo sé que no sé nada. Y mientras recupero, si es que eso es posible, algo de razón, me aplicaré en observar con muchísima más atención a la pequeña vida, la que sí supimos vivir a plenitud de niños, si es que tuvimos la dicha de una infancia razonablemente feliz.

Los niños, si los adultos no se los impiden de mil maneras, sí saben vivir. Solo basta observarlos, sorprendidos ante cada evento del mundo, que de verdad tiene millones de cosas con las cuales sorprendernos. Los adultos nos distraemos en lo que consideramos las grandes cosas como si nunca fuéramos a abandonar nuestro disfraz regalado el día de nuestro nacimiento, un disfraz mutante que de repente nos sorprende en el espejo con un rostro que no reconocemos como nuestro, o que se parece un poquito al disfraz que un día nos pareció aceptable o mejor.



Algún sabio dijo que después de los treinta años nos volvemos responsables de nuestra cara. La edad no importa tanto, sino el gesto que vamos imprimiendo a nuestro rostro de acuerdo con nuestras vivencias, intereses o a la generosidad grande o pequeña de nuestro corazón. Hay quienes envejecen con rostros hermosos, llenos de una dignidad especial; otros más imprimen a su cara rasgos de una simpatía que no desaparecerá ni con la muerte. Así fueron algunas caras que conocí, dueñas de unos ojos que jamás dejaron de reflejar una luz viva y clara en sus pupilas llenas de alegría y un gusto por la vida invencible, aun en las más crudas adversidades, como la de lidiar con un hijo con discapacidad o la ingratitud o desvarío de otros. Theilhard de Chardin decía que vivir con conciencia y sentido es la meta de la evolución. ¿Vivir con sentido será un acto de voluntad, un don que se nos otorga al nacer o algo que podemos aprender y enseñar? Vamos viviendo y nos van sucediendo las pequeñas y grandes cosas y olvidamos darles sentido. Les vamos dando importancia a sucesos que dejarían de serlo si nos dijeran que nuestra muerte es inminente. Es quizás una defensa, pero al vivir, solemos olvidar nuestra condición de mortales, desperdiciando el tiempo en busca de quimeras mientras nos perdemos del espectáculo único de una puesta de sol o de la luna llena metiéndose entre los volcanes en un amanecer en que su luz nos despertó. ¿A qué horas pasó junto a nosotros la pequeña vida, la cotidiana, la que nos dejó huérfanos, la que se llevó la infancia de nuestros hijos, que de repente ya nos tratan como si los hijos fuéramos nosotros? ¿A qué hora es que pasó lo que pasó y me perdí de lo que me perdí?

Hay quienes se obsesionan con el poder, la fama, la acumulación de cosas y dinero, los conflictos o la vida de la patria y sus pesares, como si fueran absolutamente indispensables y no únicamente necesarios para resolver sus dolores crónicos. Quienes en eso se afanan suelen perderse de la pequeña vida propia, de la de sus hijos, de la vida secreta de las plantas, de la gratitud de los perros, del sufrimiento de sus más cercanos, de la vida en el cielo infinito. Observar a los niños y tener contacto con la muerte nos acerca a la pequeña vida, a la que es nuestra, la manejable, la cierta, la única.

Pasar junto a una escuela primaria a la hora de la salida de los niños es toda una lección. Verlos salir parloteando, cargando sus pequeñas mochilas como una premonición de lo que les tocará cargar en la vida, ayuda a abrir los ojos a lo que suele ser invisible, a lo esencial. Ese río de vida infantil impacta con una fuerza similar el golpe duro de una muerte cercana. Es la vida que pasa en esos niños, moviéndose como lo hacen los pájaros cuando al atardecer buscan en medio de un gran alboroto el árbol en el que dormirán. Todos ellos se afanan en el hoy.

Mi abuela se sorprendía ante las manos pequeñas y la piel sedosa de los bisnietos que llegó a conocer: "Pensar que yo también fui de ese tamaño", decía. ¿Dónde está lo que fuimos?, es la pregunta que de repente nos asalta, pero rara vez nos detenemos más de un momento a pensar en el día en que no estaremos aquí. El pensamiento de un mundo sin nosotros es algo que espantamos con la mano como si fuera una mosca tenaz, cuando es ese pensamiento el que puede engrandecer el sentido de nuestra vida.

La canción de Joan Manuel Serrat se pregunta: Si la muerte pisa mi huerto, ¿quién firmará que he muerto de muerte natural? "Si la muerte pisa mi huerto " es una figura gramatical en la que el "si", el "if" en inglés, le da forma de condicional al asunto, cuando en realidad, la frase certera es- "Cuando la muerte pise mi huerto", porque ese día, ciertamente, llegará. Mientras, es la muerte de otros, el mirar la parca sencillez de una sábana blanca envolviendo un cuerpo que en pocas horas consumirá el fuego o recibirá la tierra, lo que le da valor a cada minuto en que se nos concede la dicha de estar vivos, de sentir el sol sobre la piel mientras caminamos entre los árboles del camposanto al que acudimos a despedir a alguien querido que vivió la vida como se lo dictó su corazón y su conciencia.

La felicidad y la conciencia en asociación con los demás es lo único que nos puede llevar a una evolución con sentido, decía Teilhard de Chardin. No podemos hacer felices a otros ni crecer en conciencia si no empezamos por nosotros mismos, por revitalizar lo que parece imposible.

Qué difícil es y qué fácil se escribe.

Mundo Nuestro. La de Tuss Fernández es una historia que nos confirma que la cerrazón de las instituciones de justicia en Puebla puede ser quebrada desde la propia ley, con el uso de los recursos legales que la Constitución brinda a las ciudadanas y ciudadanos en México. La suya es una historia que nos prueba la resistencia y valor que se necesitan en México en la lucha por los derechos humanos. La suya es una historia que, contra toda desesperanza, revela que es posible construir un mejor país.



Tuss Fernández.

Yo nací en un pueblito lleno de neblina y sumergido en el bosque de la Sierra Norte de Puebla. O bueno, en realidad no. Nací en en la ciudad de México en el corazón de la Zona Rosa pero me registraron como nacido en Huauchinango porque según mis papás, siempre es mejor ser provinciano. En mi caso, no lo fue.

Si mi papá y mi mamá hubieran sabido todas las frustraciones y humillaciones que pasé 35 años después; la rabia y la tristeza que he sufrido a lo largo de más de 3 años de juicio, estoy seguro que jamás me hubieran registrado como poblano.



Para asumir mi identidad de hombre trans, tuvieron que pasar casi 15 años desde mi llegada a la Angelópolis. Me tomó prácticamente la mitad de mi vida deshacerme de los miedos y las dudas con las que crecí y me educaron dentro de una familia machista, en un pueblo conservador.



Cuando la reforma al Código Civil del -entonces- Distrito Federal se publicó, yo pasaba por una etapa de depresión. Estaba perdido y solo. Trabajaba en una oficina pública rodeado de otras cien personas, pero, era como no estar ahí. Ni mi nombre ni mi género me pertenecían y cada mención, cada documento, cada entrega de uniformes o visita al baño eran para mí, dardos cargados de veneno. Uno tras otro por casi diez horas al día, todos los días.

Quince minutos me tomó reconocerme como quien soy ahora y volver a sentir el aire llenando mis pulmones. Ese fue el tiempo que tardé en llenar un formato con mis datos en el Registro Civil Central de la Ciudad de México, entregar mis documentos y salir del edificio con la felicidad de quien se habita por primera vez en plenitud y con la paz de ocupando cada uno de sus poros.

Poco me duró la calma porque luego llegaron los días de tramitología en mi natal estado de Puebla donde la ley es tan añeja como su catedral. Las dos horas que separan una ciudad de la otra son en realidad como dos siglos pensando en términos jurídicos. Con esto quiero decir que en Puebla el trámite administrativo no existe, sino que hay que recurrir a un juicio de rectificación o como hice yo, hacerlo en DF y solicitar al registro poblano que se apegue a la Constitución (Política de los Estados Unidos Mexicanos) para garantizar TODOS tus derechos humanos, civiles y políticos. Esto no ocurrió.

El oficio de la oficina del registro civil en Huauchinango.

El Registro Civil de Huauchinango se negó a reconocer mi acta y me canalizó al Registro Civil del Estado de Puebla donde sucedieron dos cosas: en dos ocasiones agotaron el plazo legal de respuesta bajo el argumento de solicitar más documentos (probatorios de la nueva identidad) y una vez que los tuvieron, hicieron mal uso de ellos; me boletinaron en el estado para impedir la asociación de mi CURP e intentaron mediante un oficio “criminalizarme” por doble identidad (expresa por mi propia persona). En cada uno de estos pasos, circularon mis documentos por diferentes oficinas, funcionarios. Me exhibieron en cada turno, me humillaron y me amenazaron y por supuesto, me infundieron miedo de ser aprehendido o procesado por estar cometiendo un “delito”, hasta que tuve que recurrir a un juicio de amparo.

Por más de 20 años me he dedicado al periodismo y la comunicación social. Al oficio que adopté porque no es mi profesión, le debo hoy cada paso que he dado en mi transición. Cada persona que conocí desde mi primer día en una redacción y luego en la política, la administración pública y el activismo, ha formado parte de un eslabón que me ha permitido avanzar en el camino. Es un tejido fino de más de dos décadas, pero, no todas las personas trans han tenido la misma suerte. Yo soy un privilegiado.

Hace algunos años trabajé para la Comisión de Derechos Humanos del Ayuntamiento y ahí mismo encontré a la persona que me canalizó con un despacho de abogados que tomó mi caso y promovió, sin cobrarme un solo peso, el juicio en contra de seis autoridades del gobierno del estado.

Después de varios meses de prácticas dilatorias de las autoridades denunciadas, un tribunal estatal me concedió el amparo (Art. 121 fracc. IV, CPEUM) pero el Registro Civil interpuso un recurso de revisión en contra de la sentencia y el caso se turnó entonces a un tribunal colegiado civil que hasta agotar el plazo se declaró incompetente y lo turnó a un tribunal administrativo que hizo lo mismo para enviarlo a la Suprema Corte de Justicia de la Nación quien resolvió devolvérselo a este último. Dos años después, obtuve una sentencia definitiva a mi favor, la primera en el estado de Puebla para un caso de este tipo. Diez meses después de esta sentencia, el gobierno del estado no ha cumplido el mandato judicial en su totalidad.

Mi juicio fue gratuito en términos monetarios, sí, pero en términos emocionales, sociales, laborales, económicos, de salud y hasta ciudadanos, el costo ha sido altísimo. Durante tres años mi vida personal ha sido expuesta, han intentado humillarme, criminalizarme, han minado mi tranquilidad, mis lazos afectivos, y han truncado algunos de mis proyectos personales que requerían de la conclusión de ese trámite para poder llevarse a cabo. Hoy, en 31 estados de la República -e incluso en Estados Unidos gracias a la visa- yo soy Tuss Demian, pero en Puebla, el estado en que “nací”, en el que he pasado toda mi vida, en el que me formado y al que he contribuido -en muchas maneras- soy dos personas distintas con distintas propiedades, con distinto número de seguridad social y por lo tanto con distinto historial médico, con registros laborales diferentes y un gran etcétera que no podría -ni quiero- enlistar.

Tres años viviendo en un limbo jurídico peleando por un derecho humano tan básico como lo es el derecho a la identidad.

Aun teniendo el amparo de un tribunal -o dos, en el sentido más estricto- ¿de cuántas cosas me ha privado la idiosincrasia de un grupillo conservador que ostenta el poder?, ¿a cuánto asciende la reparación de los daños que me han provocado?, ¿cómo se miden?, ¿cómo se cuantifican todas estas pérdidas intangibles?

¿De qué sirve entonces seguir las reglas del Estado para tener acceso a la justicia?

Las personas trans, sobre todo las mujeres, sufrimos cotidianamente situaciones de discriminación y exclusión social. ¿Cuántos de nosotros tenemos un trabajo que nos permita pagar los honorarios de un abogado durante tres años además de los gastos propios de un proceso jurídico tan largo? ¿Cuántos de nosotros tenemos el temple, la fortaleza y los recursos para resistir tres años de transfobia institucional? Y, sobre todo: ¿por qué?

Someternos a este tipo de juicios es una forma de violentarnos desde las instituciones que deberían resguardar nuestra integridad en el sentido más amplio. Más allá de las convicciones religiosas personales de quienes ocupan los cargos de poder, ¿qué sentido tiene para el Estado mantenernos en condiciones de marginación?

Un trámite administrativo como en la Ciudad de México podría dignificar --y la dignidad es un derecho humano y constitucional-- la vida de una persona trans en tan sólo 15 minutos. Si los Congresos y autoridades estatales no tienen la voluntad política toca entonces al máximo tribunal del país, la SCJN, garantizar el respeto total de cada uno de nuestros derechos como personas: la auto determinación, el libre desarrollo de la personalidad, la integridad corporal, la libertad, la dignidad, la intimidad, la salud, el empleo, la educación, la participación política-ciudadana, ¡la justicia!..

Y no lo digo yo; lo dicen la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, El Sistema Universal de las Naciones Unidas, el Sistema Interamericano de la Organización de Estados Americanos, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos, el Pacto de San José y la Corte Interamericana de los Derechos Humanos en su último llamado (enero 2018) a los países de la Convención Americana para “adecuar sus leyes para el reconocimiento de la identidad sexogenérica.

La vida de las personas trans es demasiado corta como para perderla en los tribunales.

Cientos de nosotros morimos esperando algún día ser nombrados; somos los desconocidos a quienes se arrebata la dignidad y se asesina desde los escritorios.

¿Cuándo va a reparar el Estado la deuda histórica que tiene con nuestras poblaciones y nuestro derecho a ser? ¿Cuánto tiempo más esperaremos la justicia que nos permita existir #SinJuiciosNiPrejuicios?

No deberían ser más de 15 minutos.

Tuss Fernández

Hombre trans de espíritu queer y corazón arcoiris. Periodista, comunicador y Guardián Supremo del Rayo Mariconizador. Consejero Ciudadano de Derechos Humanos e Igualdad entre Géneros de Puebla. Me gustan los perros.

Mundo Nuestro. La revuelta cívica en Tonatzintla esta semana tiene dos acontecimientos para recibir al nuevo gobierno que arranca este lunes 14 de octubre. El primero lo anuncia en rueda de prensa el movimiento Todos por Tonantzintla, que acusa al alcalde saliente Leoncio Paisano por la destrucción del patrimonio cultural de Tonantizntla.



No hay texto alternativo automático disponible.

Y luego el domingo por la mañana se plantan ante su templo para denunciar los graves errores técnicos que ocurren en los trabajos de restauración por la empresa contratada por el ayuntamiento y avalada por la autoridad local del INAH. La movilización obliga a los funcionarios del INAH en la ciudad de México a tomar medidas inmediatas: el lunes por la mañana se presentarán los peritos a valorar los cuestionamientos planteados por los pobladores.



La movilización por el templo el domingo 13 de octubre.



El cuestionamiento al delegado del INAH.

EL REGISTRO GRÁFICO DE LOS TRABAJOS CUESTIONADOS POR LOS POBLADORES:

Vida y milagros

Este polvo silencioso, caballeros y damas,

jóvenes y doncellas,



fue risa, talentos, suspiros y poder,

vestidos y rizos.

Este quieto lugar fue una vez una alegre mansión estival,

donde las flores nos deslumbraron y las abejas



recorrieron incansables su circuito oriental,

y un día, todo ello, aparentemente, cesó.



Emily Dickinson, poetisa americana (1830-1886)

Vivir nos deja perplejos, pero más aún la realidad certera de la muerte, que nos espera paciente aunque nosotros no queramos pensar mucho en ella, espantando con la mano cualquier cosa que nos la recuerde. Todo lo que percibimos por medio de los sentidos algún día se convertirá en polvo silencioso, como nosotros mismos.

¿La parte de mí que se está dando cuenta de toda esta vida perdurará? Todos anhelamos la eternidad. La tocamos cuando nos enamoramos, cuando una grave enfermedad nos acecha por un tiempo y luego decide dejarnos en paz y dejarnos vivir por otro rato. La eternidad nos toca cuando el velo de estrellas que cubre la noche nos sorprende con su belleza, cuando tiembla la tierra, cuando explota el Popocatépetl, cuando diluvia y se desatan imbatibles las fuerzas de la naturaleza, cuando miramos los ojos brillantes de los niños, su piel lisa, o cuando muere o perdemos a alguien que fue esencial en nuestras vidas. Es entonces que anhelamos la idea de eternidad. ¿Esa parte de nosotros que percibe el mundo material, existirá cuando nuestro cuerpo muera?

Los científicos dicen que el planeta tiene un suministro limitado de minerales. No hay una fuente externa que dote al planeta, por ejemplo, de hierro. Dentro de nuestro cuerpo hay hierro, una parte del hierro total que hay en el mundo ¿Dónde estaba ese hierro antes de pasar a mi cuerpo y a dónde irá cuando me muera?

Cuando salgo a caminar me encanta ver a las hormigas ajetreándose, sobre todo ahora que llega el otoño y tienen que terminar de abastecerse para el invierno. Siempre me he preguntado qué hacen las hormigas con las hormigas muertas. ¿Tendrán sentido de eternidad? Desde nuestra altura las hormigas nos parecen pequeñas e insignificantes, pero desde un avión el mundo de los seres humanos se ve tan pequeño y disminuido como vemos el de las hormigas. ¿El polvo que rodea a un hormiguero fue antes la cola de una lagartija, el brazo de un antiguo poblador de la zona, el ojo de un poderoso tlatoani o el pedazo de un comal de tepalcate prehispánico?

Cuando termine nuestro ciclo nos reintegraremos a la tierra, nos reciclaremos, nos transformaremos, como dijo Einstein, porque nada se crea ni se destruye ¿Esa parte de nosotros, la que observa, desaparecerá también para quedar convertida en polvo silencioso? Todo cumple un ciclo, las personas, animales, plantas y cosas. Ahí están los corralones de chatarra llenos de coches que algún día salieron flamantes de una agencia con un orgulloso dueño al volante sintiéndose un eterno y feliz dueño del mundo. Algún día, ese objeto del que hoy te sientes feliz poseedor habrá cumplido su ciclo. Ese bebé precioso y tierno, ese árbol, esa joven que se afana arreglándose el pelo, también desaparecerán, y pasarán a ser parte de otro ciclo ¿Nuestro observador interno caduca con el proceso de cese que conocemos como "muerte”? ¿Existe un controlador de mando invisible que trasciende las sustancias químicas de las que estamos hechos para subirse con nosotros al carruaje de la inmortalidad?

Es interesante, aunque sea inútil pensar en esto, porque lo que es, será, independientemente de lo que uno crea. No se va a modificar lo que es porque pensemos que puede ser algo distinto. Y sin embargo uno piensa porque existe. Pensar es una manera de saber que por lo menos hoy existimos. En nuestros pensamientos queremos y anhelamos un carruaje que nos lleve a la eternidad, cuando a lo mejor ya estamos instalados en ella.

¿Nuestra esencia nunca nació y nunca morirá? ¿Será eterna? ¿Qué traemos del pasado en nosotros? Me gustaría saber si el hierro de mi cuerpo proviene de un montón de chapulines, del cuerpo de un colibrí, de la rueda rota de una carreta del siglo XVIII, de una cuchara o de la bala de un cañón, y si en ese hierro algo de sus vivencias he guardado. ¿Será esa una forma de eternidad? ¿O será la que menciona el poeta español del Siglo de Oro Francisco de Quevedo en su poema "Amor constante más allá de la muerte"?:

Su cuerpo dejarán, no su cuidado,

serán ceniza mas tendrán sentido,

polvo serán, mas polvo enamorado.

¿Será el amor que todo lo redime el que nos posibilite ser un polvo u otro? Esa respuesta llegará cuando se detenga ante nosotros el carruaje en el que la posibilidad de la eternidad y nosotros seremos los únicos pasajeros, con la incógnita abierta del polvo que seremos.

Para muchos es tarde, para otros muy temprano. Yo en el insomnio no percibo ninguna hora, solo recuerdo ahora aquél tanque. Voy con mi hermano pequeño dando la vuelta en la esquina y nos encontramos con aquel tanque impresionante, fascinante que avanza hacia nosotros. Infantes que vamos llenos de vida y energía para nuestro encuentro de fin de semana al conocido como " Plan Sexenal" nuestro campo deportivo en el que jugamos fútbol, básquet, carreras, beis, etc. Es nuestro lugar para practicar deportes, jugar y convivir con nuestros compañeros de escuela.
Todos los sábados nos encontramos y jugamos, tambien a veces peleamos o competimos como todos los niños.
Hoy no es igual que siempre. Hay tanques del ejército en las calles y uno de ellos es el que avanza hacia nosotros. Corrimos con miedo y llegamos al parque. Recuerdo que en esos dias mi padre se reunia con otros de sus amigos y vecinos y preparaban comida y otras cosas " como cuando vamos a huelga decían". Mi hermano mayor, yo sabía estaba por ahí, tal vez en algún lugar de la "Normal para maestros" de la que se habla poco. Recuerdo coqueteos en los jardines de la normal, areas verdes abrigando jóvenes. Era una epoca hermosa, pubertad, adolescencia, lo mejor de la humanidad!!! Yo era sólo una adolescente que iba con su balón de basquet para el partido. Era una calle por donde todos los sábados caminábamos para llegar a nuestro parque y de pronto en la esquina aparece un tanque que avanza hacia nosotros como si no existieramos. Corrimos y desde entonces jamás dejamos de correr ante la infamia que se dio en esos días. Era Nuestro parque, lugar de juegos y deportes. Eramos jóvenes pubertos y niños jugando y nos robaron la inocencia, la justicia. Nos quitaron el suelo y la tierra. Nos arrebataron la paz. Era nuestro parque, era nuestro Octubre de lunas blancas y brillantes. Era nuestro Octubre...
Es nuestro octubre y no lo olvidamos...nunca.

La noche sigue aquí. Y yo buscando si todavía existe "El Plan Sexenal" sólo por curiosidad. Recuerdo que estaba cerca del Colegio Militar que en ese entonces estaba cerca de la estación del metro "Popotla". Ya han pasado tantos años que mi memoria se cuatrapea, y esa sí está llena de imágenes. Y sensaciones
En ese entonces yo vivía mi adolescencia en la colonia San Alvaro (entre Claveria y Tacuba. En el Df. Y qué paradoja: mi calle se llamaba "Libertad".

Mundo Nuestro. Emma Yanes Rizo , Doctora en Historia del Arte por la UNAM y colaboradora de esta revista, escribió este texto unas semanas después del crimen de Estado en Iguala, un ejercicio de memoria e historia social y colectiva.

“Superemos Ayotzinapa”, dijo el presidente de la República Enrique Peña Nieto, a unas cuantas semanas de la desaparición forzada de los 43 jóvenes estudiantes normalistas, presumiblemente asesinados, quemados vivos en Iguala, Guerrero. Lo dijo sin que hasta la fecha sepamos, a ciencia cierta, cuatro meses después de lo ocurrido, dónde están: ya sean las cenizas, los cadáveres o la posibilidad de los jóvenes vivos. Una muela de uno de los muchachos, que no fue encontrada en Cocula, ni se ha informado de dónde provino, es lo único que tenemos. De ese tamaño es el horror. Sin cuerpos, al parecer, no hay culpables, no hay delito, mejor el olvido.

Lo que sí sabemos es que a partir de entonces han crecido las protestas sociales, la detención arbitraria una y otra vez de jóvenes estudiantes y la falta de claridad en la respuesta del Estado ante la interrogante del posible vínculo del ejército, por omisión en su actuar o por participación activa junto con el narcotráfico, en la desaparición-asesinato de los jóvenes. De igual manera ha quedado abierta la interrogante de hasta dónde está involucrada la clase política, de abajo hacia arriba, con el narcotráfico en la zona. Según el periodista Héctor Mauleón, Iguala ocupa el primer lugar en el país en la producción de amapola, un equivalente a 17 millones de dólares al año. Increíble creer que esa cantidad de dinero y de producción desfile por el país sin el conocimiento y el consentimiento de los gobernantes y del ejército. Entonces para qué están.



“Superemos Ayotzinapa”, pero sin culpables claros y sin justicia, porque los procesos legales se llevan su tiempo, parece ser hasta ahora el mensaje presidencial, mientras tanto superémoslo. Y con ello pone el dedo en la llaga de la función medular de la historia: la memoria y el olvido.

En el mundo contemporáneo el por qué y el para qué de la historia resulta un asunto de vital importancia para los grupos dominantes y el Estado que busca con su interpretación de los hechos justificar su régimen y permanecer en el poder, pero desde luego también lo es para los grupos sociales marginados y oprimidos que buscan en su propia memoria la fuerza para resistir y cambiar su situación, para conservar sus tradiciones y costumbres o para pedir justicia. Qué conservar del presente como memoria histórica y qué eliminar es entonces un asunto de vital importancia. Porque un crimen no aclarado o no castigado desde luego se repite y no se puede opacar con la inauguración de obras públicas, una tras otra, por importante que estás sean. “La memoria, se dice, es perecedera, lo realmente duradero es el olvido”. En ese sentido, la memoria nos da identidad en la medida en que es selectiva, en la medida en que nos ayuda a estar en el presente y nos abre la posibilidad de crear un nuevo futuro colectivo, más democrático, como un sueño posible. Por ello, en el caso de Ayotzinapa, por doloroso que sea, no debemos apostarle al olvido.

Como bien indica Beatriz Cano, “La memoria individual no es la expresión de una realidad interior sino una construcción eminentemente social. La reminiscencia individual es social, pues lo que recoge son episodios de una vida en colectivo, que se desarrolla en escenarios sociales. Las diferentes versiones de la memoria manifiestan conflictos, que adquieren expresión en el momento presente.” Así, el proceso de la memoria forma parte de una realidad social, son los grupos sociales y el Estado los que determinan lo qué se debe y cómo se debe recordar. De igual modo, la imposición de determinadas interpretaciones del presente y del pasado inmediato, es lo que crea la memoria y construye la identidad nacional. Finalmente, el control de la memoria y del olvido es un factor determinante de legitimación del individuo, del grupo social y del Estado.

En el acto de hablar y recordar, nace la identidad cultural de los individuos y de los pueblos.

Por ello, a partir de esta primera colaboración, más allá del análisis político de lo que sucedió en Ayotzinapa y de lo que ocurre en México, que requiere un esfuerzo de análisis interdisciplinario, buscaré tan sólo recordar para la memoria colectiva, quiénes eran esos muchachos hasta hoy desaparecidos-asesinados, jóvenes de carne y hueso, como lo son nuestros propios hijos. Retomaré en ese sentido las ilustraciones sobre los 43 normalistas desaparecidos, del colectivo de artistas que los han inmortalizado en sus dibujos y de la escasa información de cada uno de ellos, hasta ahora publicada.





Ilustración de Víctor Maldonado http://ilustradoresconayotzinapa.tumblr.com/

“El frijol”, Carlos Lorenzo Hernández Muñoz.

Carlos Lorenzo es originario de la Costa Chica de Guerrero, hijo de padres campesinos. Alumno de primer grado de la normal. Según su padre, su anhelo era “ser alguien en la vida”, tener una opción distinta de la de “trabajar en el campo de sol a sol.” Por ello quería ser maestro y entró a la Normal. Era alegre, bromista, jugaba futbol. “El frijol”, le apodaban sus compañeros de juego por su color de piel tostado. “Era tranquilo, no fumaba, ni bebía.” Sus compañeros recuerdan que tan sólo unas semanas antes de su desaparición o muerte había donado sangre a un enfermo en la región de Tixtla. Al parecer ya no está con nosotros. Pero los dibujantes Víctor Maldonado y Luciana Gallegos mantienen viva su imagen.



Ilustración de Laila Cohen/ http://ilustradoresconayotzinapa.tumblr.com/



Mundo Nuestro.La historiadora Emma Yanes reflexiona en torno a estas dos palabras extremas: memoria y olvido. Escrito para esta revista en enero del 2015, lo publicamos en el marco del cuarto aniversario del crimen con el que identificamos la quiebra histórica del Estado mexicano moderno.

Amo mi patria. Los volcanes espléndidos cuando amanezco. Un parque florido. Andar en bicicleta en el Parque lineal, hasta sentir que alcanzo la copa de los árboles. Amo a aquéllos que trabajan por un río Atoyac limpio. A las mujeres de la Sierra Norte de Puebla que bordan a mano las blusas de chaquira y a las que hacen del barro su oficio. La piñata que tuve por árbol navideño. La fuente iluminada de Nochebuenas. El colibrí de aleteo infinito frente a mi ventana. Una niña ya adolescente que se mece dichosa en una cuerda. El maguey que es una diosa y que ofrece esplendida el aguamiel. El muchacho que convirtió una tasa de baño en un jardín. El artesano que todavía hace balones de futbol de cuero. El maíz en sus variables rojo, amarillo y azul y las historias que de él se cuentan. La bendición de una tortilla. Amo las comidas en el jardín y el sol radiante, un poco de sombra bajo el pino. Y el mar: las mantarrayas que brincan entre las olas sin saber porqué, los delfines a un lado de la lancha, una gaviota que se posa en el lomo de una tortuga en medio del océano. Cuántos besos en esta tierra he tenido.

Amo mi patria. Y sin embargo, nos faltan 43. Cuarenta y tres jóvenes desaparecidos, presumiblemente asesinados, quemados vivos, hace cuatro meses, este 26 de enero del 2015. A un año también del fallecimiento del poeta y amigo José Emilio Pacheco, genial y apocalíptico. Pero no sabíamos, en aquél triste día de su muerte, que estábamos en efecto en las puertas del infierno. Inimaginable para él, ni para nadie, el asesinato colectivo. Quizás, me imagino, no lo hubiera resistido.

Ayotzinapa, memoria y olvido. La pelea por la historia.



–La verdad histórica --dirá el procurador de la república Jesús Murillo Karam--, es que los estudiantes están muertos, asesinados por un grupo de narcotraficantes, los Guerreros Unidos, que los confundieron como miembros de otro grupo. Fue un caso atípico.

El hecho histórico, dirán los padres de familia, es que los jóvenes están desaparecidos y que las declaraciones de algunos de los asesinos no pueden ser concluyentes. Más aún cuando no se ha querido seguir la línea de investigación sobre la participación en los acontecimientos de la policía municipal, el presidente municipal y su esposa, así como del gobernador e incluso del propio ejército, que cerró caminos y amenazó a algunos de los estudiantes que lograron escapar. El celular de uno de los jóvenes sonó después del presumible asesinato de los muchachos, dentro de las instalaciones del 27 batallón del ejército. Y no es un caso atípico, dijeron, en México hay miles de desaparecidos. E irán en febrero los padres de familia, campesinos pobres la mayor parte de ellos, a demandar al gobierno de México en las instancias internacionales por la desaparición forzada de los muchachos.

En mi opinión, el hecho histórico es que éstos jóvenes y sus padres no buscaban protagonismo alguno en la historia nacional. Sólo querían ir a un mitin y mejoras para su normal. Nadie hasta ahora duda de su inocencia. Su desaparición, muy probablemente su muerte, destapó sin embargo el gran drama del país: el posible involucramiento del Estado, por lo menos de algunos sectores del mismo, con el narcotráfico. Un sistema de justicia que se tambalea: sin juicios penales contra policías y políticos involucrados en el caso Ayotzinapa y con la impunidad ante los ojos de todos de un Raúl Salinas de Gortari que se pasea en un BMW, para recordarnos quién manda ahora. Pareciera que la imagen certera de la justicia en México, en aquél mural de José Clemente Orozco en la Escuela Nacional Preparatoria, con la balanza de la Ley prostituida, vuelve a repetirse. Porque no es posible que el negocio de la amapola en Iguala, de miles de millones de pesos, desfile por México, sin el conocimiento e incluso contubernio de las autoridades, por lo menos locales.



José Clemente Orozco (1833-1949) La ley y la justicia, 1923-1924 Fresco. Escuela Nacional Preparatoria (Antiguo Colegio de San Idelfonso)



Crimen que no se aclara y se castiga debidamente, se repite, dije en mi artículo anterior. Y sí, ahí tenemos de nuevo al periodista veracruzano Moisés Sánchez asesinado por órdenes del director de la policía municipal de Medellín, Martín López Meneses y por instrucciones del presidente municipal del PAN, Omar Cruz Reyes. Y a los policías del estado de Tlaxcala, dirigiendo a las bandas de secuestradores.

De actuar con justicia en el caso Atoyzinapa, el presidente Enrique Peña Nieto (quizás con minúsculas) puede convertirse en un líder moral, que lo ayudaría incluso a la aplicación de sus reformas, a las que apuesta su popularidad. De lo contrario Peña Nieto pasará a la historia con un pie en la ignominia. Pero no parece importarle, preso en su propio espejo que no lo deja verse a sí mismo, salvo en las declaraciones de sus allegados.

Foto de Emma Yanes Rizo



Amo mi patria. La marcha en la ciudad de México de miles y miles de compatriotas este 26 de enero (a pesar de que estaban cerradas las estaciones aledañas al zócalo y Reforma del Metro y Metrobus), sin mayor objetivo que negarse al horror. Son muy jóvenes las muchachas que una a una, llevan a la altura del pecho colgada a su vez la foto de cada uno de los 43 jóvenes. Y no hay mejor pancarta que aquélla de una figura que busca abrazar un cuerpo inexistente. ¿Dónde están?, las cenizas, las ropas, las mochilas, los teléfonos, algo más que un diente.

Memoria y olvido. Y aquéllos que nunca pensaron entrar en la historia nacional, seguirán vivos. Tal vez como los protagonistas de la rebelión de Tomochic, durante el porfiriato, que inmortalizó el escritor Heriberto Frías. Y un nuevo mural quizás se dedique a su vez a la atrocidad del Estado.

Memoria y olvido. Siempre podremos elegir recordar día a día a los 43 muchachos desaparecidos y a nuestro gran literato José Emilio Pacheco.

(En nuestra siguiente colaboración volveremos a contar la historia de cada uno de éstos jóvenes).

David Alfaro Siqueiros, detalle.

Mundo Nuestro. Publicada en esta revista en febrero del 2015, la reflexión del filósofo poblano Juan Carlos Canales nos ayuda a pensar en la responsabilidad del Estado en la tragedia mexicana.

La memoria no consiste tanto en recordar el pasado en cuanto pasado como en reivindicar esa historia "passionis" como parte de la realidad. Dejar hablar al sufrimiento es el principio de toda verdad. La memoria tiene una una pretensión de verdad, es decir, es una forma de razón que pretende llegar al núcleo oculto de realidad inaccesible a la razón. T.W. Adorno



Más allá de su circunspección a un tiempo y espacio, lo que el caso de la Normal Isidro Burgos nos ha dejado ver es la dimensión más siniestra de la sociedad mexicana, en el sentido que Freud dio al concepto "unheimlich", como aquello que creemos como lo más distante y se revela lo más próximo a nosotros. Por suerte, no toda la sociedad mexicana puede reducirse a esa condición siniestra. Sin embargo, hay que reconocer la multitud de elementos que incidieron para que el 26 de septiembre secuestraran y asesinaran a los normalistas de Ayotzinapa: el matrimonio perverso entre instituciones del Estado con los poderes invisibles de México, la omisión o frivolidad del Gobierno Federal, los modos de operación de los partidos políticos, y las propias condiciones de los normalistas y el Magisterio mexicano. Y también, la falta de confianza de la sociedad mexicana hacia sus autoridades. Sí, sobre todo falta de confianza, entendida ésta como la capacidad de un Estado para disminuir o refuncionalizar los elementos que amenazan el equilibrio social .Como lo señaló Alejandro Guillén en un programa del Territorio del nómada, " lo que Ayotzinapa nos ha dejado ver es que la corrupción mata." ¿Abremos aprendido la lección? No lo sé.

Estoy convencido de que esos muchachos están muertos; acaso, lo que haya que investigar ahora es si todos fueron asesinados por el narco en las condiciones que se han establecido oficialmente, o bien, pudieron haber sido masacrados en días posteriores a la trifulca de Iguala y en otros lugares distintos al basurero de Cocula, e incluso, si participaron directamente en los hechos fuerzas federales, o por lo menos los toleraron. Abrir estas líneas de investigación permitiría esclarecer la situación, demanda principal de la sociedad mexicana.

Lo que es inadmisible es que desde el Poder Ejecutivo se declare el caso como cerrado, igual que lo hiciera en su momento el gobernador Moreno Valle respecto al asesinato de Karla López Albert en Puebla, aunque por supuesto, no se pueden confundir ninguno de los dos hechos en una sola lógica.

Si bien el caso Ayotzinapa no es propiamente un crimen de Estado, tampoco se puede aliviar el peso moral que recae sobre él, al menos como garante último de la seguridad de los ciudadanos.



Amén del pragmatismo político que revelan, las declaraciones tanto del presidente Peña Nieto como del procurador Murillo Karam parecen sustentarse en el fundamento biopolítico del poder, imperante en el mundo contemporáneo, y cuya característica principal es la de reducir la vida del sujeto a su pura condición biológica. De suerte que, sin posibilidad de encontrar las pistas materiales de las víctimas, éstas deben desaparecer, también, del horizonte político. Desde una perspectiva jurídica, a muchos les parecerá obvio y necesario dar por concluido el caso ante los resultados infructuosos de la investigación, pero no así desde una perspectiva ética, lo que a su vez nos plantea la inmensa fractura entre el orden jurídico y el orden ético; el límite de las pesquisas técnicas no agota ni resuelve la dimensión moral del caso. La mayor falla del Estado mexicano no estriba en la competencia técnico- jurídica, sino en su competencia comunicativa: tardar, la Presidencia de la República. casi tres semanas en enfrentar el problema es la mejor muestra de ello.

La demanda " vivos se los llevaron, vivos los queremos" sólo puede ser entendida como una exigencia moral y una metáfora en su dimensión simbólica e imaginaria, gracias a la cuales se reclama el lugar de esas vidas, cortadas de tajo, en el espacio público y en el orden de la memoria, al tiempo que el reclamo por su aparición es la reivindicación misma del espacio político. “Aparecer” según H. Arendt es la condición sine qua non del de la vida política y, desde una perspectiva antropológica, permitirá a los deudos cerrar el circuito de esas vidas, ofreciéndoles una sepultura. “Vivos se los llevaron, vivos los queremos” no encierra otra cosa que el reclamo ciudadano por la rendición de cuentas de sus autoridades; hacer verdaderamente transparente nuestra vida pública.



No hay fórmula para el olvido o el perdón. Nadie puede decretar el tiempo y la validez de un duelo. A nadie se le puede pedir “caminar hacia adelante” cuando todos los caminos se han cerrado; a nadie se le puede pedir “superar el dolor” cuando no hay instrumentos para paliarlo. Nada más misterioso que el modo en que las sociedades se recomponen de los escarnios sufridos. Seguramente hay resentimiento en muchas de las reacciones que el caso de los estudiantes desaparecidos ha provocado, solamente hay que recordar que el resentimiento es consecuencia de un sinfín de afrentas no tramitadas ni resueltas. Max Scheler, en su clásico El resentimiento en la moral definió a éste como una autointoxicación psíquica con causas y consecuencias bien definidas. Es una actitud psíquica permanente, que surge al reprimir sistemáticamente la descarga de ciertas emociones y afectos, los cuales son en sí normales y pertenecen al fondo de la naturaleza humana. (El subrayado es mío).

Ahora lo que está en juego es otra forma de justicia que no es la retributiva; nada devolverá a esos muchachos a la vida; no hay equivalente material que pague esas mismas vidas. La justicia se desplaza, entonces, a un parámetro simbólico, el del reconocimiento de responsabilidades, ni siquiera, quizá, al del castigo por esas responsabilidades, porque en el ámbito de la justicia no siempre sirven las equivalencias. Está en juego hacer transparente nuestra vida pública, hacer visible los poderes opáceos que la atraviesan debilitando todavía más nuestra ya endeble condición democrática. Y sobre todo, reconocer que cada uno de esos muchachos tuvo una vida irrepetible, inalienable, y su muerte no puede reducirse a una estadística, ni a la categoría de "daño colateral". Dar por terminado el caso sólo puede tener la pretensión de ocultar una parte esencial de nuestra historia. No será cerrando los ojos ante la realidad como podamos recomponerla. La autocomplacencia y la falta de autocrítica acaban por convertirse en dos de los males que más amenazan la vida política.

Yo no soy Ayotzinapa. No necesito mimetizarme con el otro para reconocer su dolor, para saber que, en otras condiciones, soy igualmente susceptible ante los poderes de facto que imperan en este país. Reivindico la diferencia, sólo desde ella es que puedo reconocer al otro como otro y trazar- por difícil que sea- un puente hacia él.

Vivos se los llevaron, vivos los queremos.

En algún lugar de Puebla, a 26 de enero del 2015.

(Foto de portadilla tomada de http://www.proyectodiez.mx/)