Sociedad

La erupción civil

Tres días después del gran sismo, el volcán Popocatépetl, Don Goyo para los lugareños, hizo una discreta erupción y cerró la boca, por el momento. A trece días de que esa tragedia asolara al centro sur mexicano, otra erupción, pero social, aún destella. Arrojó un ánimo civil y solidario que alumbró ciudades y pueblos, zonas de clase media alta y poblaciones precarias. En el corredor de clases medias de la Roma-Condesa afectadas en la ciudad de México surgieron iniciativas civiles que organizaron información y apoyos. El Centro Cultural Horizontal, convocó a “más de un centenar de desarrolladores, diseñadores, economistas, matemáticos, internacionalistas, antropólogos y sicólogos” que crearon una plataforma llamada #Verificado19S que verifica y organiza información para hacer más eficiente la respuesta ciudadana. En el pueblo náhuatl de Hueyapan, trepado en la falda del Popo, el 90% de las casas de sus casi seis mil quinientos habitantes fue derrumbado junto a su palacio municipal e Iglesia. La asamblea popular activó su Guardia Comunitaria quienes organizaron tanto al pueblo como a las ayudas de los brigadistas que empezaron a llegar. Ahí no llegó el Ejército ni la Cruz Roja. En ese abanico tan dispar y abarcador surgió esa fuerza civil que rescató y ordenó la vida cuarteada.

Desastres naturales y sociales



El centro sur mexicano está cruzado por dos grandes fallas, una geológica y otra creada por el orden social dominante. Se asienta sobre cinco placas que en sus acomodos la someten hasta a 40 sismos diarios. Y ahí se anudan algunas de las ciudades triunfadoras de la globalización con miles de pueblos, las riquezas Forbes con las mayores pobrezas de América Latina y del mundo, el individualismo extremo y viejas raíces comunitarias. Su condición frágil y precaria se alimenta por esas dos grandes fallas. Dos masas de fuerza que destejen patrimonios y horizontes de individuos, familias y comunidades. Los grandes negocios mexicanos no consideran su “socio” a la población, a sus propiedades, recursos y habilidades. Optaron por un capitalismo de compadres, de impunidad, de apropiación indebida, de asociación delictuosa con gobernantes y castas políticas. Su historial inmediato acumula actos ilegales para recibir subsidios ante la quiebra de bancos, los desastres carreteros, los engaños inmobiliarios, la apropiación de propiedad comunal y ejidal asentada en materiales mineros, energéticos, acuíferos y de biodiversidad. La población es el rehén para ofrecer los salarios más bajos de la región de América del Norte y de la América del Sur, el acceso al más bajo costo a sus riquezas naturales. Ese orden social impuesto ha creado a una población frágil y vulnerable. Pero el desastre natural liberó, en franca paradoja, el magma ciudadano.

El cuarto de al lado

Con las elecciones presidenciales en la antesala (julio del 2018), surgieron los super ciudadanos “apolíticos”. Primero en febrero de este año, los dirigentes de las grandes corporaciones empresariales avisaron que ante el riesgo de ruptura del Tratado de Libre Comercio con USA creaban Fuerza México, una instancia para abrir puertas a otros mercados. Ya con las negociaciones de ese tratado, se constituyeron en un cogobierno en las pláticas de los Ejecutivos para el caso mexicano. Y se autonombraron “el cuarto de al lado”. El sismo les hizo virar, de afuera hacia adentro, y Fuerza México se convirtió en su manera de capitalizar, literalmente, la fuerza simbólica de la movilización ciudadana. Un fondo privado que llamó a aportar a la población y que intenta sortear su desconfianza hacia la política asegurando manos limpias empresariales y eficiencia oportuna. “Es un tema empresarial” afirmó Manuel Herrera Vega, presidente de la Confederación de Cámaras Industriales (Concamin) e implica la intervención de la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción (Cmic), la Cámara Nacional de la Industria de Desarrollo y Promoción de Vivienda (Canadevi), la Cámara Nacional del Cemento (Canacem), así como otras industrias asociadas. ¿Qué significa un “tema empresarial”? Que la entrega gratuita de tiempo, bienes y saberes que realizó la población civil después de los 40 segundos de terror, ahora, ya en la reconstrucción, se transforma en negocio limpio con super ciudadanos vigilantes. Como nada se los impide, estos socios del capitalismo de compadres se convierten en empresarios éticos que nada deben a los políticos de manos sucias, en supuesta racionalidad de mercado para la asignación de recursos y prioridades, y en un momento climático para crear otra burbuja del negocio inmobiliario que a todos (los asociados) conviene, aunque violen normas y protocolos y el suelo tiemble. Para fortalecer este gobierno ético de la “sociedad civil” los poderes republicanos débiles y desprestigiados empezaron con la aportación de los Senadores, y luego el partido en el gobierno, el PRI, le cedió también sus recursos de este año, a pesar de que existe una bolsa pública, el Fondo de Desastres Naturales de México (Fonden). El cuarto de al lado privatizó la vida pública. ¿Será?



Escuchar con calma las voces del día siguiente en Chietla. Mirar sus retratos. Tratar de entender las dificultades que se enfrentan en la reconstrucción del mundo rural quebrado por el terremoto del martes 19 de septiembre.

Recorrer sus calles. Reconocer a sus sobrevivientes. Por fortuna todos, algo inexplicable por la magnitud de los destrozos ocurridos en su caserío. “Estamos vivos, lo demás poco importa”.

Encuentro en esa frase el inicio del día después. La reconstrucción que sigue. Y en estas voces la conciencia de que este es un pueblo con una historia larga, que merece contarse.

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19S: Retratos del día siguiente en Chietla/Segunda Parte

Teresa

La encuentro con su mantón floreado, en tela de paliacate verde, que la cubre por entero. La abrazo. Su espalda está húmeda en la recámara fresca. Poco le importa. Apenas me ve. Apenas murmura una palabra que el polvo desvanece. Recoge del ropero su ropa en montones que arroja en un costal. Y salva a un niño dios que tiene cien años y que le regaló una tía. Y no halla a cuál de todas sus muñecas de porcelana guardar, ¿dónde?, si todo está revuelto, si su casa se le vino encima, si la vida entera está en el suelo, entre las piedras, como si el polvo grueso que lo cubre todo fuera el tiempo pasado caído en un instante, y nadie habitara en años esta casa que ayer antes de la 1.14 era el territorio pleno de vida de una mujer de 75 años de edad.



“No tengo cabeza –alcanza a decir--. Estoy temblando, y ya me tomé mis pastillas, porque soy hipertensa… Pero es que tengo que recoger, no puedo dejar esto así, pero por dónde empiezo…”

Es Teresa Balbuena, de los Balbuenas de Chietla, hija de Jesús Balbuena Valero y Elvira Sánchez Aguilar, rancheros en tierra de hacendados y acasillados que le hablaron de tú a tú a los zapatistas y que sobrevivieron la guerra y al agrarismo y a los sicarios del gringo Jenkins allá en Atzala y aquí en Chietla. Su hermano Gilberto Valbuena es el Obispo Emérito de Colima --escribe su apellido con V, y bien a bien nadie sabe por qué--, hoy ya retirado en la ciudad de Puebla, y tiene su casa en esta misma calle Porfirio Díaz, enfrente de la de su hermana; y Fidel, el hermano mayor que le escribía a ella de niña las cartas a los reyes y volaba de niño de lado a lado del atrio colgado de la cuerda del campanario como todos los niños que en los años cuarenta crecieron en este pueblo caliente, mi amigo de Radio Matamoros fallecido hace unos años, pionero de la radiodifusión en Izúcar de Matamoros. Son muchos los Balbuenas en Chietla. Doña Tere es una de ellas. La adivino altiva en su vecindario, en sus setenta y cinco años ocultos en el cabello crespo, bien cuidado el tinte, peinado con esmero, como si no tuviera la carga de su casa revuelta por una fuerza insensible a todo historia, a todo recuerdo, a todo aviso de pasado que se expone en las vitrinas con su cristalería, sus porcelanas, sus floreritos.

No. No hay pasado aquí, a pesar del esmero puntilloso de Teresa. Ayer el pasado se vino abajo y dejó a la memoria dislocada entre las piedras. Ya no lo encuentro en la habitación principal que por una puerta estrecha da a la calle. A la derecha el comedor, con su consola y sus vitrinas, con sus ocho sillas con respaldos de terciopelo bordado, con su espejo dorado que expone el desastre como si de una pantalla de televisión se tratara, con sus juegos de tasas en dorado, en plata, en rojo, en floridas vistas de pájaros y campos y filigrana. A la izquierda la sala, el librero, las fotos de sus viejos, de su pueblo. Un retrato sumido en la soledad de una mujer atrapada en el movimiento brutal de la tierra que atasca la puerta y que la deja en un grito segado por el pedrerío que destroza las recámaras interiores. A Teresa vinieron a sacarla los vecinos, cuando tuvieron tiempo de escuchar sus gritos.

Teresa no deja de moverse. Poco caso hace de su sobrino que le brinda sus manos y la de dos peones que esperan en la calle a la indicación de su patrón. Ella busca sus valores, y pasa de una sombrilla a los alhajeros, del niño dios a sus camisones, de la muñeca que deposita con cariño en la mesa a la vista del halcón disecado que extiende sus alas seguido por un angelito que también quiere aprovechar los alerones de yeso para escapar de ese sinsentido, todo atropellado en bolsas de plástico, en costales, en maletas sobrevivientes. Cuánto ha guardado Teresa en sus años convertidos en un minuto en polvo. Cuánto ha quedado en la recámara al fondo, una tercera habitación que los pedregones han destruido con la insolencia intrusa del desvarío de la tierra. Ya no se ve la cama pero el teléfono ha sobrevivido en el buró junto al despatarrado ropero.

Miro todo esto para no pensar en los paredones rotos, en las piedras de río expuestas entre la tierra negra que por decenas de años han sostenido la vida de Teresa Balbuena.

Marco Antonio

El grupo de arquitectos que ha llegado de Cholula para realizar por su cuenta peritajes se reúne en la calle de Morelos, justo a la entrada de la casa de Marco Antonio Vital Ríos, de 38 años de edad, trabajador de la Comisión Federal de Publicidad. Su casa está herida de muerte: el segundo Piso se ha derrumbado en techos y paredes. Los arquitectos discuten la mecánica a seguir. Marco Antonio escucha, pues ya por su casa ha pasado un ingeniero de minas de la empresa Orica que ha declarado inhabitable la casa. La suya es ejemplo fiel de lo que ha ocurrido desde hace décadas en Chietla: las viejas casas de una planta, con techo de morillos de ocotate y teja, han sido intervenidas con la construcción de un segundo piso con planchas de concreto montadas sobre los paredones de adobe, sin castillos amarrados desde el suelo. La casa de Marco Antonio resistió en su planta baja, pero la construcción nueva no resistió el sismo, y la destrucción quebró la estructura entera.

Marco Antonio duerme ya desde ayer en Matamoros, en una casa que ha rentado. Allá ha llevado los muebles que no se afectaron con el sismo. Recorro su casa con él. Su esposa espera afuera. La habitación principal, que da a la calle, ha resistido, pero la siguiente, con la escalera al segundo piso, presenta fracturas en las esquinas y un boquete al fondo. Una reja con candado impide el paso a la planta superior. Marco Antonio la ha puesto, y la explicación la encuentro en que en la práctica la casa está dividida en dos, abajo y arriba, y es la última la que está destrozada.

“Escuché al alcalde decir que no había afectación en Chietla, a ver, usted qué dice. ¿Y a dónde están los de la dirección de Obras del Ayuntamiento? Que vengan a ver cómo están las casas. Aquí nací, aquí he vivido toda mi vida, aquí estaba cuando tembló en el 85. Era yo un niño. Ahora me dicen que hay que demoler, pero yo creo que se puede quitar la planta alta y conservar la casa, ir a un solo perfil, una sola altura…”

Afuera continúan los ingenieros y arquitectos. Ricardo Acosta, el ingeniero zacatecano, le informa al equipo cholulteca que él ha revisado la casa de Marco Antonio, y que su diagnóstico es que no tiene remedio.

“Yo creo que nuestro trabajo aquí es el de concientizar del riesgo que corre la gente si permanecen en sus casas.”

Marco Antonio, un hombre recio, de voz serena, no aguanta las lágrimas.

Enrique Amigón

Enrique es un hombre mayor –es un decir, es de mi época, apenas rebasa los sesenta años de edad--, obrero jubilado en el ingenio de Atencingo. Vive en Vicente Guerrero 13. Me dice de entrada que su casa no sufrió daños severos, pero que sus hijos ya decidieron: hay que demolerla. Subo con él al segundo piso. Como la de Marco Antonio Vital, también ha sufrido intervenciones, como dicen los arquitectos. Un segundo piso en desniveles que arrancan de los muros viejos de adobe. Altos como son, elevan la construcción lo suficiente para observar desde una terraza que mira a la calle el centro del pueblo, con la iglesia al fondo. La de Enrique Amigón también ha sobrevivido en la planta baja, pero las paredes de la segunda están quebradas, al igual que las cadenas que armaron para armar la plancha de concreto que cubre las habitaciones.

“Ya uno de mis hijos iba a construir una nueva habitación aquí, pues no tiene donde hacerse su casa --me dice mientras observamos cómo el vecino de enfrente recoge el escombro de una pared de ladrillos que ha caído sobre la azotea de su casa--. Ya le había dicho que sí.”

La familia tiene la opinión dividida. Enrique no quiere demoler. Los hijos no quieren que sus padres sigan viviendo ahí. Y ya decidieron.

“Mi papá ha hecho de todo en la vida –dice uno de sus hijos, ingeniero en alimentos que ha venido desde Huamantla, donde trabaja en una de las plantas de La Morena--, obrero, transportista, músico. Y nos ha dado a todos sus hijos una casa, y somos nueve. Ahora yo le digo, papá, que decidan los expertos, escuchemos lo que tienen que decir, sin apresurarnos. “

Lo escucha Enrique. No ha dejado de ver el sitio que ya tenía dispuesto para que otro de sus hijos plantara una recámara nueva en esa segunda planta tronada por el terremoto.

“Mire usted –me dice--, ahorita es gratis la demolición, ya lo dijo el ingeniero de obras del ayuntamiento, ahorita tumban y limpian y no nos cuesta, ¿pero dentro de tres meses?, ¿con qué dinero vamos a hacer eso si al final hay que derribar todo…? Si no la tumbo ahorita ya no la tumbo nunca. Y mire, ya hicimos mesa redonda con mis hijos, y ya decidimos, que se tumbe.”

Enrique tiene la mirada serena. No veo turbación en sus palabras. Sus últimas para mí lo explican:

“En la vida estamos a la buena de dios, lo que él decida. Él es mi guía…”

Mientras, sus hijos ya decidieron.

Agustina

Cuatro generaciones viven en la casa de Agustina Rufina Mendoza Gómez en la calle de Porfirio Díaz 43. Enfrente de la casa de Teresa Balbuena. Ella es la primera, y ahí está, ya serena al día siguiente, mientras observa a un grupo de voluntarios que acarrean el escombro que le derrumbe de la barda de adobe de la casa vecina ha dejado sobre el solar de su casa.

“Todo se dañó –me dice--… Pero estamos vivas.”

Antes la vi caminar por el centro de la calle Porfirio Díaz del brazo del ingeniero Edgar, un hombre joven, embutido en casco, que lleva el mando de un grupo de voluntarios que recorre las calles para evaluar el estado de las casas afectadas por el sismo. Van como en procesión hacia las oficinas del ayuntamiento en el zócalo, a donde el ingeniero lleva a Agustina con ánimo de que inicie los trámites de reconocimiento de la pérdida de su caso. CURP o IFE, le explica, y fotos de la casa, y las escrituras, y un comprobante domiciliario. Agustina se deja llevar.

Cuando regresa la visito su casa, en el patio al fondo, junto a un tanque de agua que ha resistido el embate de la tierra. No tuvo la misma suerte un cuartito en el que ella guarda sus cosas, pues en las habitaciones del frente de la casa, tres, que resultaron dañadas en paredes y esquinas, viven sus hijas y nietas con sus esposos.

“Dicen que hay que tumbar, señor… ¿Y a dónde voy a poner mis cosas?”

Ella no espera una respuesta de mí.

“Yo soy de Ocotlán de Morelos, en Oaxaca, pero me trajeron a Chietla a los cuatro años, y desde entonces no he salido de aquí. Aquí fallecieron mis padres, aquí murió mi marido y a mi hijo aquí lo enterré, señor, era maestro, murió en un accidente lejos, señor, por la sierra norte, se fue a un barranco… ¿Cómo me voy a ir de aquí?”

Recorro su casa. En un rincón hay un arreglo de santas y vírgenes. Josefa Pinzón Pérez, nieta de Agustina, me explica que su abuelita es mayordoma de la Virgen del Perpetuo Socorro, y lo es desde hace veintisiete años, y todos esos años lleva cada 27 de junio de regalar pan bendito a la gente, hasta 500 panes manda hacer. Josefa señala entonces un retrato: es Agustina en sus quince años, y otra más, ya mujer soltera. La retrato con ella.

A la media tarde Ana, hija de Agustina y madre de Josefa, aguarda su turno en la oficina del registro civil en la presidencia municipal de Chietla. Abraza los papeles de la casa de Agustina.

“Estamos vivas, lo demás poco importa.”

Mundo Nuestro. Hemos visto centenares. Imágenes frenérticas de la última semana. Pero hay que verlas así, con la mirada comprometida del fotógrafo que sabe que cada una de las escenas cuenta una historia. Y que la mirada en conjunto puede ayudar a conformar una mejor memoria.

¿De dónde venimos? ¿Por qué nos ha pasado esto? ¿Tan frágiles somos frente a una naturaleza que en un minuto derrumba el los cimientos de una vida serena, en tu casa, en tu trabajo, en la creencia de que siempre habrá un mañana?

En ello pienso al observar una a una la reseña gráfica del fotógrafo poblano Daniel Beronda Mastretta. Una a una estremecen. Pero es el conjunto el que nos arroja a ese mediodía del martes 19 para recordarnos sin más: ocurrió, ya no podemos ser los mismos.



Fotografías de Daniel Beronda Mastretta/Cada imagen cuenta una historia

La angustia se siente en Atzala, Puebla una de las comunidades mas afectadas por el sismo del pasado 19 de septiembre​



Viviendas afectadas por el sismo en San Francisco Xochiteopan, Puebla​.

Derrumbe del portal en el zócalo de Chietla, Puebla​.

​Víctimas del temblor del pasado martes 19 de septiembre, algunos perdieron sus casas y otros a seres queridos.

Habitantes de Atlixco, Puebla observan mientras es demolida una casona que quedo seriamente afectada en las primeras calles del centro histórico.

Viviendas afectadas por el sismo en Chietla, Puebla​.

Funeral de los once integrales de la familia que perdió la vida al interior del templo de Atzala, Puebla al celebrar un bautizo el pasado martes 19 de septiembre.

Víctimas del temblor del pasado martes 19 de septiembre, algunos perdieron sus casas y otros a seres queridos

​Iglesia de Atzala, Puebla en la que perdieron la vida 14 personas mientras se celebraba un bautizo al momento del sismo.

En las calles de Chietla, Puebla dos mujeres observan mientras su casa es derribada​.

Viviendas afectadas por el sismo en Chietla, Puebla​.

Un hombre entre las mujeres hacen linea en espera de recibir víveres de parte de brigadistas de apoyo.

Habitantes de Atlixco, Puebla observan mientras es demolida una casona que quedo seriamente afectada en las primeras calles del centro histórico.

En la comunidad de San Lucas Tulcingo, la vieja escuela, la parroquia y gran parte de las casas sufrieron serias afectaciones​.

Atlixco, Puebla fue una de las ciudades mas afectadas.​

​Imágenes religiosas al interior de una casa en Acteopan, Puebla.​

Niños del municipio de Tochimilco, Puebla se forman en espera de recibir juguetes, dulces o ropa que llevan brigadistas de apoyo en las comunidades mas afectadas por el sismo del 19 de septiembre.

Residentes del centro historico de Puebla son evacuados de sus casas. Estos desplazamientos a causa del sismo que dejo dañadas.

​Familiares de víctimas que perdieron la vida durante el terremoto que sacudió al centro de México.

Funeral en Atzala.

Terremoto.

La región de Tochimilco una semana después. Entender lo que ocurre tras un terremoto como el del 19 de septiembre en una comunidad, la de Santa Cruz Cuautemotitla, en la falda sur del volcán Popocatépetl que en la madrugada del miércoles 27 ha deslumbrado al mundo con sus exabruptos. Entender la magnitud del desastre, la capacidad de respuesta que tienen las comunidades rurales, la respuesta organizada desde el gobierno, la importancia de los grupos civiles. Y lo que se viene, la dimensión del esfuerzo de reconstrucción de los pueblos afectados por el terremoto más devastador en la historia moderna de Puebla.

Vale pensarlo desde aquí, desde estos nombres antiguos plantados en la entraña del volcán poblano: La Magdalena Yancuitlalpan. San Antonio Alpanocan. San Antonio Alpanocan. San Francisco Huilango. San Miguel Tecuanipan. Santa Catarina Tepanapa. San Martín Zacatempan. Santiago Tochimizolco. San Lucas Tulcingo.



Empezar por los hechos:

La magnitud del desastre se puede comprender en una comunidad de apenas 1,200 habitantes, la junta auxiliar de Santa Cruz Cuautemotitla, en el extremo poniente del centro sur del estado, pegado a la frontera con Morelos, y a la vista del Popo: 40 viviendas destruidas totalmente, 110 más con daños severos; 20 manantiales segados por los deslaves y el colapso total del sistema de agua potable. Si ve el conjunto de la región de Atlixco afectada, probablemente 3,200 viviendas tronadas, pero las cifras todavía están por confirmarse.



El galerón repleto de bastimentos de la casa parroquial que sirve de resguardo de las toneladas de ayuda que ha llegado al pueblo de Santa Cruz da una idea también de la dimensión a la que llegó la movilización de la sociedad civil mexicana. Y de que los tenderos en los pueblos por unos buenos meses no tendrán mucho que vender.

La precariedad de la instalación de los pueblos, asentados en las laderas de las barrancas que bajan de la montaña. De nuevo el ejemplo es Santa Cruz, asentado a 15 kilómetros en línea recta del cráter del volcán: un buena parte de su caserío descansa en unas lomas empinadas con grados cercanos a los 45 grados. Muchas de las casas sobrevivientes están amenazadas por el riesgo confirmado por los deslaves que trajo el sismo. Y las lluvias intensas. Y el tremor del Popocatépetl que zangolotea al pueblo y que en la mañana de este miércoles 27 duró al menos una hora. Como en el resto del estado –salvo la excepción de Cuetzalan--, no existe para las regiones rurales programas de ordenamiento territorial. El ayuntamiento no cobra prediales, y su responsable de protección civil es eso: un funcionario que no terminó la secundaria.

La dificultad de las instituciones de gobierno para coordinar las acciones ante el desastre. Apenas este jueves 28, nueve días después del terremoto, los funcionarios del gobierno del estado sostendrán una reunión en Tochimilco: SEDATU, SEDESOL y SOAPAP, con este último organismo aplicado directamente en el municipio por orden expresa del gobernador Gali, y promotor de la reunión.

La eficiencia de la acción directa del gobierno cuando se aplica con una dirección correcta. Es el caso de las brigadas que el SOAPAP, de la mano de su propio director Gustavo Gaytán, y que desde el día 20 trabajan el día entero en la rehabilitación del sistema de agua potable colapsado por los derrumbes que cegaron los más de 20 manantiales que surten de agua y por centenares de mangueras a cielo abierto a las comunidades. Los trabajadores del organismo operador de agua en Puebla dan cuenta de su capacidad operativa: saben de pozos y manantiales, de mangueras y sistemas; manejan recursos con un Consejo que decide acciones concretas y mantienen relaciones con empresas contratistas que responden a la demanda de facilitar maquinaria para los trabajos que se necesitan. El resultado es que muy probablemente este viernes 29 queden rehabilitado el sistema de agua potable de esta comunidad. Otro ejemplo fue la rehabilitación de los caminos que desde Tochimilco comunica a las comunidades, con maquinaria de la Secretaría de Infraestructura, que quedaron listos el mismo día 20.

Tras el quebranto de las comunidades, cuando las brigadas de remoción de escombros y demolición todavía trabajan, ya se pasa a la etapa de la reconstrucción, que se llevará meses enteros, dos o tres años tal vez, y que con la cifra que se maneja ya de 24 mil casas perdidas en todo el estado se puede comprender la dimensión de la catástrofe que se nos vino encima hace una semana.

1

El SOAPAP toma el control de la región de Tochimilco. Eso es lo que se puede entender en la base de operaciones que ha montado en una esquina del palacio municipal a espaldas del viejo y agrietado convento --sobreviviente del terremoto para fortuna de todos nosotros. Gustavo Gaytán es un abogado queretano con más de treinta años de experiencia en el servicio público. Las mudanzas políticas en Puebla lo trajeron como director jurídico del SOAPAP, y hoy es su director. Llegó con su equipo el 20 de septiembre a Tochimilco, cuando el día después del terremoto confirmaba el colapso de los sistemas de agua potable en varios pueblos del volcán cuando los deslizamientos de la tierra taponaron decenas de manantiales. Pronto el gobernador Gali decidió dejar a ese organismo como responsable de la acción de gobierno en la región. Una semana después Gaytán encabeza lo que parece ser poco a poco la respuesta más organizada del gobierno del estado a la catástrofe. Con recursos del SOAPAP han traído de Puebla centenares de metros de mangueras de todos los calibres y las cuadrillas y la maquinaria trabajan en la rehabilitación de los manantiales. Y ha llegado de Puebla la mitad de los trabajadores del organismo para ese trabajo. Con el acuerdo de los propietarios de las viviendas –firman un documento en el que expresan su consentimiento y autorizan la demolición—las brigadas de voluntarios que han llegado de la ciudad de México han derribado al menos siete casas que un peritaje declaró inhabitable. Y a la vista está la escuela, rota de principio a fin, a la que la maquinaria que llegará este jueves terminará de borrar del mapa.

“Yo no me espero –dice Gaytán--, ahora lo que sigue es la reconstrucción. Un gran número de casas están ubicadas en zonas de alto riesgo de deslave. Tenemos que actuar, pues muchas familias siguen en sus casas. Hay un verdadero peligro. Por eso estamos pensando ya en la alternativa para la construcción de nuevas casas. Y por eso hemos traído a los especialistas de la Facultad de Arquitectura de la BUAP, ellos están elaborando una propuesta que recupere el escombro de las casas destruidas. Vamos a comprar con recursos del organismo, y eso ya lo aprobó el Consejo, una trituradora de escombro y una ladrillera, y estamos en pláticas con la autoridad de Santa Cruz para plantar casas refugio en el terreno plano que pueda aportar la comunidad. Esto es urgente.”

2

Se llega a Santa Cruz por un camino atrapado en la niebla del mediodía. Ni trazos del Popo, mustio como siempre, de él sólo tenemos las imágenes que la gente logró tomar al amanecer. Se cruzan campos de amaranto y milpas en estos rumbos de los 2,800 metros sobre el nivel del mar. Y los barrancos que valle abajo formarán el río Nexapa en su camino al sur. En un quiebre y otro se observan los pedregones de dos, tres, cinco metros que las máquinas han hecho a un lado. De un lado los deslaves, del otro el barro que esta misma mañana ha saltado al camino desde la temblorosa tierra de las laderas.

Santa Cruz es un pueblo de calles empinadas y casas asomadas a los barrancos. En un breve plano está la presidencia y la explanada en la que se ha instalado un comedor que todo el día alimenta al que por ahí se aparezca. En un extremo el templo católico y la casa del cura, ambos quebrados por el sismo. En una calle que sube tres casas derribadas esta mañana y la escuela, que espera su turno para ser demolida el jueves. En otra, muy estrecha y con barandales para auxilio del peatón, se trepa por un encementado con casas derruidas o quebradas cuyos pobladores verán mañana desaparecer entre la bruma que tome el cerro por la tarde.

En el frontal del edificio de la presidencia auxiliar resaltan los números 1952-1963. Once años se tardaron los abuelitos en construirla, dicen los hombres que conversan a la espera de que les sirvan su ración de huevo revuelto en salsa, frijoles y arroz. Ellos son la autoridad aquí, y ven hacer a los brigadistas y confirman que por muchas de sus casas hay ya poco que hacer.

“Son cuarenta las que ya no sirven –me dice Sabás Carranza Carmona, el presidente auxiliar--, y ya contamos 110 más que están muy amoladas, pero que pueden reconstruirse. Ahora lo inmediato es el agua potable. Ya hemos recuperado algunos de los manantiales. Pero al menos veinte de ellos quedaron cegados por la tierra…”

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De la calle empinada baja por sobre las casas un entramado de mangueras. Imposible contarlas cuando están amarradas y se pelean con los cables de la luz. Pero cuando en un punto se despliegan para buscar la casa a la que cada una alimentará, forman una red que cubre la calle y los techos, brinca de un lado a otro y se pierden en los patios traseros de las casas quebradas. Y vienen de lejos, una por una, y en grupos. Y tienen su historia. Cuentan diez los hombres que han muerto desbarrancados en algún momento de los últimos años, cuando se dejaron de lado las acequias que desde el cerro atravesaban el pueblo y se crearon estos muy particulares sistemas de agua potable. Particulares porque lo son: una manguera por casa, y desde los manantiales, cientos de metros más arriba.

“Esto le costó la vida a mi papá.” Esa frase la escucharán los técnicos del SOPAPAP cuando intenten ofrecer a los vecinos un sistema alternativo, por ejemplo plantar una represa en arroyo cincuenta metros al fondo del barranco, con una bomba y un tanque en cada barrio del que se conecten las mangueras. No, hay que pensarlo mejor. Cada manguera tiene su historia.

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¿Cuánto costará reconstruir este pueblo? Lo que sea, el doctor Jaime Ríos Maceda, investigador y maestro en la Facultar de Arquitectura de la BUAP, lo piensa por ahora en módulos refugio, de construcción inmediata (tal vez una semana, si logran llevar adelante el proyecto que se proponen), y con una cocina, baño y habitación en quince, veinte y hasta veinticuatro metros cuadrados. Entre 10 mil y 60 mil pesos, según el tamaño, dice. Jaime y su compañero Ricardo Sarabia, estudiante de arquitectura del cuarto semestre y consejero universitario, recorren algunas de las calles del pueblo. Miran con cuidado las grietas en los adobes, los agujeros en los paredones, el colapso de las losas. Las ven aquí, y las imaginan desde sus programas de cómputo en un programa certero de reconstrucción. Y por un momento imaginan a la universidad comprometida en ello.

Después me despliegan la idea de su proyecto, nombrado OCH8.20 que se puede encontrar aquíhttps://drive.google.com/file/d/0BwBGGa1kF8ORcjhSUEx2bTFIQm8/view, y que es sin duda una expresión de lo que puede lograr una universidad si se propone responder a sus responsabilidades como centro de producción de conocimiento:

No son los únicos que de la universidad pública han subido hoy hasta este pueblo del volcán. A la salida encontramos una comitiva organizada por el Centro Universitario para la Prevención de Desastres, el CUPREDER. Los del SOAPAP no hana entrado en contacto con ellos. Al menos no el día de hoy. Coordinación. una palabra elemental que tendrá que ganar espacio como lo ha hechco la niebla esta tarde. Universidad, gobierno, grupos civiles, pueblos originarios con sus autoridades y costumbres. tal vez sea posible pensar en una reconstrucción inteligente. Más nos vale.

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Gustavo Gaytán ha buscado la ayuda donde ha podido. Habilitó con la presidencia municipal el albergue del DIF para alcohólicos anónimos que está en la carretera saliendo de Tochimilco, y ahí duermen sus cuadrillas del SOAPAP y los voluntarios que han llegado de la ciudad de México. Allá encontró la ayuda entre los rescatistas que en estos días han llenado las planas de las redes, casi siempre jóvenes, anónimos. Casi siempre mujeres que pelean a los hombres el mazo y la pala, que meten el hombro y le reclaman a todo aquel que las mire menos por su capacidad de carga. Así me lo cuenta Gustavo, y describe un territorio que yo no había visualizado: el de hermandades que aparecen en las catástrofes, que dejan todo, casa, chamba, amistades y se desvanecen en esa masa abigarrada que mueve los escombros y casi no duerme.

“Son unas chavas y chavos todo terreno –me dice--, se la rajan, y no paran. Este grupo llegó ayer, tuvieron dos días de descanso en los derrumbes de allá, y se jalaron para acá.

Han llegado hasta Santa Cruz, los escucho entre la niebla tumbar una pared a marrazos. Son los brigadistas que le han cambiado una vez más la fachada obtusa y egoísta a México.

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Carlos Alcaraz Gutiérrez también llegó desde Querétaro. Ocupa un alto cargo en una secretaria de gobierno en ese estado. Pero ha pasado la semana por aquí, igual, inspeccionando casas, cargando un marro.

“Yo decía que mi trabajo era complicado, pero no conocía Puebla –dice--. Hoy en la mañana me sentí en Discovery Channel: había llovido todo el día de ayer y por la noche. Y de repente la explosión, y no entiendes, y sales a la calle y ves al cura salir corriendo de sus casa, y luego el tremor y la tierra que no para de estremecerse. Una hora duró temblando, hasta la gente de aquí estaba admirada, nunca había durado tanto un tremor así.”

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Una reunión bajo el enlonado que guarda al comedor de los voluntarios, frente al edificio de la presidencia auxiliar. Gustavo Gaytán presenta al Doctor Jaime Ríos a la autoridad auxiliar, y expone en corto la idea de construir estas casas que proyectan los universitarios. Platican del riesgo que corren las familias que todavía duermen en sus casas tronadas, en los patios a los que han sacado sus muebles. Y plantean el problema de los asentamientos asomados al barranco, y las consecuencias de un nuevo deslave. Sí, asiente la autoridad, la gente está consciente de eso. Se necesita un terreno plano, les dice. Los señores le dan vueltas a la idea. No hay muchos aquí en Santa Cruz, enclavado en estos abismos. Miran su plaza. Pues sí, aquí puede ser. Pues piénsenlo.

“Presi –le dice el director del SOAPAP al Sabás Carranza--, necesito que piensen en el tema de la represa en el arroyo, ya le dije, con la bomba podemos abastecer a la comunidad mientras se reparan todos los manantiales…”

No es un tema simple. El agua, el manantial, la conversación toca terrenos que lindan con lo sagrado, y con los usos y las historias. Que si de un lado los católicos, que si del otro los evangélicos. Y que si este atado de mangueras es de tal familia, y aquel de la otra. No es fácil. Recuperar algunos de los manantiales es tarea imposible: están taponados por miles de toneladas de tierra del monte que se vino abajo con el temblor. No hay dinero que alcance para recuperarlos.

“Sí, señor –dice Sabás--, ya mañana tendremos una asamblea, ai lo vamos a proponer, ai vamos a decidir…”

Muy bien, dice el funcionario estatal. Pero resuelvan, le dice.

8

“Todo esto que se ve es para repartir a todos”, me dice uno de los hombres que trabaja en el desmenuce de centenares de cajas y bolsas que se atiborran en el galerón del curato que ha salido bien parado del temblor. Ahí han amontonado lo que el mundo exterior ha llevado hasta Santa Cruz.

“Y ya nos dijo el padre Víctor Hugo Oidor: señores, aquí no hay que católicos y evangélicos, aquí es parejo, para todos y hasta donde alcance. Y nada de partidos.”

Se oye bien eso, me digo. ¿Y los tenderos?

“Ah, esos por un tiempo no tendrán nada que vender…”

A lo mejor refrescos, atina a decir.

9

En Tochimilco a la media tarde. Hemos dejado atrás la niebla y los aguaceros repentinos de Santa Cruz. Atestiguo la conversación entre funcionarios públicos y trato de hacerme una idea del nivel de coordinación existente.

Albertina Calyeca Amelco es la presidenta municipal, y se ve tranquila. Escucha el reporte de Gustavo Gaytán: han tenido que derribar siete casas con el consentimiento de los propietarios. Y el jueves que lleguen las máquinas irán por la escuela. Y señora, muchas casas construidas en terrenos de alto riesgo también tendrán que derribarse… Ella asiente.

Escuchan dos funcionarios de SEDESOL estatal. Javier Pascual Mier y Adrián Huerta Rivera. Luego dicen que ya ellos están haciendo su registro de afectaciones. Y que también ya están por ahí los de SEDATU. Se toma nota de sus recorridos. Entiendo entonces que una semana después estos señores no se han reunido ahí, en campo. Que quienes se reúnen todos los días en Atlixco bajo el mando del secretario Trawitz para la coordinación de los trabajos en los 9 municipios afectados en esta región (son 112 en total) no entran en el detalle de los municipios y las comunidades. Eso apenas va a ocurrir.

“Mañana –dice Gustavo Gaytán--, aquí nos vemos y conjuntamos la información.”

Nunca será tarde para Santa Cruz.

(Este texto se publica también en el blog de la autora Historias desde el biogalón)

Las y los ciclistas de la Ciudad de México fuimos uno de los grupos que se levantó en las horas críticas tras el sismo del 19 de septiembre del 2017.

Pedaleamos en todos los sentidos, recorrimos frenéticas la ciudad de Chapultepec a Xochimilco. Llevamos y trajimos las mochilas retacadas, frenamos en una ubicación desconocida sólo para verificar si era cierto que se había colapsado un edificio. Éramos cientos ¿miles? de bicicletas con sus ciclistas abordo.

No éramos un hormiguero pisado. Éramos una red de individuos y contingentes que pusimos nuestras piernas y nuestras bicis al servicio de quién necesitaba lleváramos herramientas, comida o medicamento a donde el tráfico estancado y las calles cerradas no lo permitían.

Algunos salimos desde la primera noche. A los primeros centros de acopio que brotaron en las redes sociales en medio de las delegaciones sin luz ni semáforos.

Algunas respondimos a múltiples tuits de "se requieren ciclistas mañana en Estela e la Luz":


Otros rodamos con los grupos ya organizados de @Bicitekas, @AcopioEnBici o nuestro grupo de ciclistas amigos:


A otros nos reclutó @Verificado19s para rodar a donde había duda sobre la información, o seguimos su hashtag para ver dónde se necesitaban nuestras llantas:



Otros acudimos al llamado para hacer rondines de y desde hacia CU:




Las motocicletas se unieron también. Nos complementamos con esas que guardamos cierto recelo secreto. Ellas fueron más rápidas y más lejos, pero ahí donde los puños pedían silencio apagaron sus motores y le cedieron el paso a nuestras ruedas.


Estábamos por todos lados, llegamos a todos lados y los coches nos cuidaron y respetaron.



En biología decimos que la diversidad de especies ayuda a la resiliencia de los ecosistemas, es decir a que regresen a su estado inicial después de una perturbación. Quizá tener una movilidad diversa ayude también a la resiliencia de las ciudades ante desastres que están pensadas solo para automóviles.


La #AyudaEnBici fue posible y efectiva no sólo por las ganas de ayudar desbordadas de la juventud, sino porque en la CDMX algo ha cambiado en la última década: ya hay ciclovías e infraestructura, ya hay mucha gente que rueda al trabajo, o por lo menos que sale los domingos al Muévete en Bici, y que por ende sabe que se puede cruzar la ciudad en dos ruedas y se sabe capaz de pedalear con las alforjas cargadas a tope.
Ojalá que se construya un Museo de la Memoria de los Sismos en México (que no solo en la CDMX). Ojalá que dentro de eso que recordemos esté que la cultura de la bici no es un capricho para ciclistas, sino parte de la resiliencia de la CDMX ante los momentos de crisis.

#FuerzaMéxico

El ingeniero Carlos Bello fue hijo, al igual que Mariano, Rodolfo y Francisco, de José Luis Bello y González, un joven patriota que peleó contra la invasión norteamericana en Veracruz y luego contra la invasión francesa en Puebla y a favor de la república. Posteriormente Bello y González fue adquiriendo bienes inmuebles, estableció una fábrica de cigarros y otra textil y formó una importante colección de arte que heredó a su hijo José Mariano. El patriarca murió el 11 de junio de 1907.

Bello y González heredó a sus hijos además de capital, un lugar destacado dentro de la sociedad porfiriana y un gusto particular por el arte y la cultura.

Rodolfo, el primogénito (13 de julio de 1854), siguió a su padre en el mundo de los negocios, primero como su colaborador en la fábrica textil La Concepción, después como socio en la compañía de cigarros Penichet. En 1871 fue regidor del Ayuntamiento de Puebla y dos años más tarde responsable en el mismo del Departamento de Obras Públicas.

Francisco estudió medicina, obtuvo el título de médico cirujano en la ciudad de México el 24 de marzo de 1882. En 1883 regresa a Puebla como catedrático de la Escuela Normal de Profesores. De 1884 a 1914 fue director de la Sala de Medicina Interna de hombres del Hospital General del Estado. En 1907 fungía como director de la Escuela Normal de Profesores.



José Mariano, el menor (26 de julio de l869), inició sus estudios en el Colegio Lafragua, de la ciudad de Puebla y los concluyó en el Colegio del Estado. De joven trabajó como aprendiz en la fábrica de puros de su padre La Flor de Nicociana. Contrajo nupcias con Guadalupe Grajales en febrero de 1898. Posteriormente fue gerente y accionista de la fábrica de tabaco Penichet Co. Y a la par se dedicó a la compra y venta de inmuebles. Fue consejero del Banco Oriental de Puebla al finalizar la etapa porfiriana y aún durante la revolución, etapa en la que se opuso al saqueo de dicha institución, lo que lo llevó a prisión. Terminada la etapa revolucionaria volvió a los negocios inmuebles y a la fábrica de cigarros. Heredó de su padre la casa de Victoria 2, donde resguardó y amplió la colección de arte de su progenitor. Inmueble que a su muerte se convertiría en Museo.

Por su parte, el personaje que nos ocupa, Carlos Bello, nació el 5 de marzo de 1858, estudió en el Colegio de Minería o Escuela Nacional de Ingenieros en la ciudad de México la carrera de ingeniero de caminos, puentes y canales, se tituló en 1885. Participó activamente en la reconstrucción de la ciudad a fines de siglo xix, la reconstrucción de varias casas coloniales y la construcción de otras con una nueva propuesta arquitectónica de estilo afrancesado como las de la 9 sur y Reforma, Reforma 517 y Reforma 717, entre otras.

En efecto, a partir de la segunda mitad del siglo xix la fisonomía de Puebla tuvo cambios sustanciales. Suprimidos los conventos con las Leyes de Reforma, gran número de estos edificios fueron divididos en lotes y los antiguos frentes sustituidos por construcciones románticas. La sucesión de asedios militares y la destrucción de diversos inmuebles forzarían la creación de nuevas propuestas urbanas. La alta tasa de mortalidad, producto de la insalubridad imperante, dio pie a nuevas construcciones con espacios airados, sol, secos y limpios, en los que el uso del agua se volvió fundamental. Como parte de ese proceso el cuartel de San Javier, destruido durante el sitio de 1863, fue reparado bajo la dirección del arquitecto Eduardo Tamariz y más tarde se instaló en él la Penitenciaría del Estado, inaugurada en 1891. Entre 1879 y 1885, en el terreno que anteriormente ocupaba la plaza de San Agustín, el arquitecto Eduardo Tamariz edificó la Casa de Maternidad. En 1894 se reconstruyó el edificio del antiguo colegio de San Ildefonso, destruido en gran parte por el sitio de 1863 y se estableció en él la Escuela de Artes y Oficios del Estado. Entre 1897 y 1899 se reacondicionó el paseo Bravo, y entre 1897 y 1901 se construyó el nuevo palacio del Ayuntamiento, bajo la dirección del arquitecto Carlos J. S. Hall.

A fines del porfiriato, el nuevo Ayuntamiento, con Francisco de Velasco a la cabeza (1907-1910), continuó la transformación de la ciudad. De entonces datan la construcción del Mercado de la Victoria, las modificaciones al Panteón Municipal, la plantación de árboles en el cerro de Loreto, el establecimiento de la Escuela Manuel Meneyro, la construcción de la calzada México-Puebla y la renovación del alcantarillado, la tubería y el servicio eléctrico de la ciudad, entre otras obras.[1]

La riqueza de las clases prósperas influyó en la bonanza de la construcción. Gran número de edificios coloniales pronto fueron sustituidos por mansiones que siguieron el estilo romántico de la época, construidas con costosos materiales, en ocasiones importados de Europa. La vieja fisonomía urbana se transformó. A la antigua arquitectura le sucedió otra a imitación de los modelos franceses.[2]



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Por su parte, correspondió justamente al ingeniero Carlos Bello sumarse a esa tendencia. A decir de Israel Katzman, el estilo de Carlos Bello pertenecía a la corriente ecléctica que “busca respetar la identidad de los estilos de la antigüedad pero con el criterio de actualizar y hacer más personal una tendencia pasada o integrando elementos viejos en una arquitectura nueva,” tal como hizo en la casa de Victoria 2, hoy 3 poniente 302, el actual Museo Bello y González. A Carlos Bello correspondió también reparar en 1889 el Salón de Sesiones del Palacio Legislativo del Ayuntamiento.[3] Ese mismo año participó en la construcción del Panteón Municipal, del que diseñó la puerta lateral con “marcos de cantería y puerta de fierro”.[4] En 1895 construyó, junto con el ingeniero Pablo Solís, el gimnasio del Colegio del Estado, descrito más tarde como “amplio, elegante y espléndido local, montado con modernos aparatos”[5], hoy bajo resguardo de la BUAP a un costado del Carolino sobre la avenida Palafox. En noviembre de 1902 Carlos Bello fue regidor del Ayuntamiento[6] y responsable del empedrado de la ciudad.[7] En 1908 construyó junto con el arquitecto Alfredo Giles el Banco Oriental.[8]

El edificio de la actual escuela Héroes de la Reforma, en la avenida 11 Sur 1102, perteneció originalmente a la Compañía de Jesús, la cual a finales del siglo XIX volvió a su labor educativa en Puebla gracias a la fundación del Colegio Católico del Sagrado Corazón, por Dionisio José de Velasco y Carballo, originalmente se estableció en la calle de Carlos Pacheco, posteriormente, alrededor de 1903, se encargó la construcción de un nuevo y amplio edifico al arquitecto Carlos Bello, quien estableció el Colegio ocupando toda la manzana. En 1918 el edificio fue incautado por las fuerzas carrancistas. Fue recuperado por la Compañía de Jesús poco después. En 1926, en la etapa de la persecución religiosa, el Colegio del Sagrado Corazón fue clausurado. Ese mismo año se estableció en el edificio el Instituto Normal del Estado, que capacitó para su labor a innumerables maestros y maestras. En 1973 la Normal cambió de sede y el edificio acorde con su vocación educativa, pasó a ser la Escuela Primaria Héroes de Reforma, fungió sin percances hasta el 19 de septiembre del 2017 en que lo cimbró el terremoto.

El Museo José Luis Bello y González, hoy en pie, fue rehabilitado luego del sismo de 1999, a pesar de que parte de su colección no permanece en su sitio. Toca su turno la reconstrucción del hoy edificio de la Escuela Héroes de la Reforma, como parte no sólo de la arquitectura poblana decimonónica, también como patrimonio heredado de una familia poblana ejemplar.

[1][1] Francisco de Velasco, Mi proyecto y mi gestión en el Ayuntamiento de Puebla de 1907 a 1910, Puebla, El Escritorio, 1912, pp. 9, 23 y 69.

[2] Puebla a través de los siglos, Puebla, Ediciones Culturales García-Valseca, 1962, p. 146.

[3] aap, tomo 327, legajo 35, año 1889.

[4] aap, tomo 371, legajo l8, año 1893.

[5] Enrique Juan Palacios, Puebla, su territorio y sus habitantes [1917], Puebla, Junta de Mejoramiento Moral, Cívico y Material, 1982, p. 349.

[6] aap, tomo 434, legajo 4, ff. 432-372. En el documento que corresponde al 2 de noviembre de 1902 se incluye un ejemplar del diario The Mexican Republic, con el informe de 1902 del Ayuntamiento de Puebla, en el que se menciona a Carlos Bello como regidor.

[7] aap, tomo 434, legajo 4, ff. 432-437.

[8] Cordero y Torres, Diccionario…, op. cit., t. I, ficha 1468.

Mundo Nuestro. El edificio del Museo Bello y González sufrio graves afectaciones en el sismo de 1999 en Puebla. Fue restaurado en la primera década de este siglo y como tal resistió el embate del terremoto del pasado 19 de septiembre. Vale entonces la memoria histórica. Aqui esta crónica escrita en aquel año por la historiadora Emma Yanes Rizo.

Somos nuestras costumbres, nuestros hábitos, lo que vemos a diario y el lugar donde estamos. Nuestra seguridad reside, las más de las veces, en la repetición casi desapercibida de los sucesos cotidianos: el hombre a nuestro lado, los niños y sus sueños, la taza de café para empezar el día, la ropa del colegio, la avalancha en el jardín, la nochebuena en flor cada temporada, las campanadas de la iglesia, el tráfico en la avenida, el volcán que humea desesperado y la mujer dormida que nunca le hace caso.

Nuestros lugares señalan las coordenadas del quehacer cotidiano, no hay recuerdo posible sin saber quiénes somos y dónde estamos. Por eso, las grietas en los monumentos históricos son heridas en la memoria colectiva de la ciudad. En las postrimerías del siglo xx, el sismo de junio de 1999 pareció sacudir de un tirón todas nuestras certezas, hasta entonces amanecíamos con la tranquilidad y la confianza, el gusto de saber íntegros y sólidos los elementos básicos de nuestra identidad; somos porque aquello existe: la catedral, el palacio del Ayuntamiento, la Compañía de Jesús, la iglesia de San Agustín, la de San Roque y San Francisco, la de la Virgen de los Remedios sobre el cerro-pirámide de Cholula, la legendaria Tonantzintla y su mundo indígena, Santo Domingo y la capilla del Rosario, la Biblioteca Palafoxiana, el Museo José Luis Bello y González, entre otros recintos. Lastimada la historia, lo nuestro fue la orfandad. A diferencia del temblor de 1973 que afectó a Ciudad Serdán y Tecamachalco y tuvo un amplio saldo de muertos, el sismo de 1999 registró menos vidas perdidas, pero lastimó de tajo la propiedad urbana y rural, escuelas y hospitales y el patrimonio histórico de la ciudad de Puebla y sus alrededores. La réplica del día 20, aunque de menor intensidad, volvió a llenarnos de angustia. Fuimos un poco nómadas aquellos días, una especie de turismo del desastre nos hacía recorrer las calles para quejarnos una y otra vez de las heridas abiertas: quizá tardamos en entender que debíamos cerrarlas. ¿Dónde rezar con los templos en obra? ¿A qué santo encomendarnos? ¿En qué biblioteca documentarnos? ¿Cómo pedir ayuda si el edificio del Ayuntamiento se desplomó? ¿En qué museo refugiarnos ante la agresividad del polvo y los derrumbes? Qué extraño localizar a las autoridades en recintos prestados, qué difícil hacer trámites en otros lados. Cuánta desconfianza al mirar lo que antes estaba aquí en otro lado. Y luego las lluvias de octubre parecieron quitarnos también nuestro habitual contorno, la sierra Negra y la sierra Norte, y ahora sí se perdieron comunidades enteras, vidas. El propio gobernador se quedó aislado en Cuetzalan ante la fuerza de la tormenta y la destrucción de las carreteras. “Una garra de tigre trató de quitarnos los cerros”, nos dijeron en el pueblo luego de las lluvias. Nos sentimos entonces aún más simples mortales, sin más puntos cardinales que nosotros mismos. Quizá por eso, por la angustia de no saber dónde estábamos, por la necesidad de recuperar las vidas que se fueron como despidiendo el siglo, quizá por eso se juntaron las manos, de la ciudad y de otros lados, y volvimos a ver los recintos con la convicción de levantarlos, con la esperanza de recuperar nuestra identidad y recordar desde nuestros espacios colectivos a los que ya no están.



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A las tres de la tarde con cuarenta minutos del 15 de junio de 1999, como muchos inmuebles del centro histórico, el edificio del Museo José Luis Bello y González, a una cuadra del zócalo, en la avenida 3 Poniente 302, se cimbró. Una de las guías, Dina Castillo, vio con horror como la lámpara de plata del siglo xviii en el salón rojo se movía sin parar, salió de ahí junto con una pareja de norteamericanos y se agarraron de las manos en el patio, justo cuando el domo de cristal de la escalera se venía abajo, cayendo a un costado suyo. Jaime García, el responsable del mantenimiento, miró caer parte del vitral de cacería que adornaba el pasillo, antes de lograr salir. En la pinacoteca, en el primer piso, Teresa Orea, secretaria y también guía, recorría el lugar con un grupo bilingüe cuando los candiles empezaron a moverse y los cuadros a golpearse unos con otros; salió de la sala junto con los turistas, pero no pudieron bajar por la escalera principal porque faltaban dos escalones y había un boquete. Caridad Saldaña, con veinticuatro años de servicio, estaba en la sala de calaminas, ya al final del recorrido, las puertas empezaron a moverse y a tronar, saltó a la calle y observó un espectáculo desolador: la caída de la torre de San Agustín, a sólo una cuadra del museo; el ruido y el polvo impidieron que los trabajadores lograran verse entre sí. Y ahí se quedaron, en medio de la avenida, con el miedo de que su propio edificio se les viniera encima.

Cuando el movimiento telúrico pasó, los trabajadores regresaron al inmueble preocupados por el estado de la colección. El beato de Calasanz, un busto de José Contreras que adornaba el vestíbulo, estaba tirado, roto, al igual que una de las esculturas de mármol. Al caer, el domo de cristal destrozó parte del vitral firmado por la casa Pellandini; alguien, prudentemente, recogió los vidrios. Las lámparas seguían moviéndose. Por instinto, los guías acostaron algunas de las piezas sobre las mesas. En la pinacoteca el cuadro de Santiago el Mayor, del siglo xvii, atribuido al pintor novohispano Juan Tinoco, estaba en el suelo. Los cristales, la talavera, la porcelana, permanecían en su lugar como por arte de magia. Los trabajadores bajaron al patio a esperar instrucciones.

Al día siguiente se inició la evacuación. La obra fue trasladada al edificio del Museo Poblano de Arte Virreinal, un inmueble del siglo xvi recientemente restaurado y que no sufrió daños durante el sismo. El movimiento de la obra duró un mes, el embalaje de la misma y su registro fue cuidadoso. Para mover la colección de porcelana, cristales y talavera, por ejemplo, se usaron cajas de madera rellenas de pequeños trozos de unicel. El marfil, por su parte, no debía perder humedad, y al ser las piezas pequeñas y delicadas no era fácil envolverlas; seis días tardaron en encontrar la manera de embalar el barquín de marfil del siglo xvii, de origen oriental: colocando pequeños trozos de cartón no muy flexibles entre sus distintas áreas hasta abarcar y cubrir todo su contorno. Por su parte, los cuadros fueron resguardados con una tela especial y posteriormente cubiertos con plástico de burbuja. El enorme armario que adornaba la sala Mariano Bello, en el primer piso, fue bajado con la ayuda de catorce jóvenes armados de cuerdas, ya que no podían utilizarse las escaleras. Y así, cada pieza una historia.



Hasta antes de ese día, las guías acompañaban en su recorrido al visitante y dos de los trabajadores estaban encargados de la limpieza de las salas. Ninguno de ellos imaginó que iban a ser responsables también del rescate de las obras de arte. Tener las piezas en sus manos, embalarlas, sentirlas frágiles, admirar su consistencia, sus colores, se volvió para ellos fascinante: pudieron apreciar de cerca la mirada desolada del rey que regresa a su hogar en el cuadro del Retorno del vencedor; el trabajo delicado y finísimo de la muñequita de porcelana de Bisquet, del siglo xix; el fondo rojizo a contraluz en las piezas auténticas de cristal de La Granja. Fueron sólo unos cuantos minutos de dicha antes de que los diversos objetos yacieran en sus respectivas cajas.

El edificio se quedó solo y herido, desnudo. Una lona de plástico sobre el segundo piso evitaba la entrada del agua. Las grietas en los muros de ese nivel, del lado de la calle 3 Sur, parecían irreparables. El torreón afrancesado de la esquina recordaba mejores tiempos, los plafones de la sala de música, en cambio, amenazaban con caerse ante los estragos de la humedad; la yesería ornamental en el marco de una de las puertas se desprendió, y había que acceder al inmueble por la escalera de servicio, por mencionar sólo algunos detalles.

Desnudo el edificio pudimos recorrer sus entrañas. Porque solamente así, sin la magnífica colección que lo adorna y engrandece, vimos por vez primera lo que siempre estuvo ahí: la amplitud del galerón de la pinacoteca, el color original de la alfombra de la sala de música, los muros pintados semejando papel tapiz en las que fueron la recámara principal y las contiguas, la pila de agua de la época colonial usada para sostener un muro, la chimenea ornamental y el parquet clásico en el comedor, los vitrales, la elegante escalera de madera al segundo piso, el mosaico inglés de la cocina, el sistema eléctrico de principios de siglo xx, en fin, una residencia de gusto porfiriano. Fuimos pasando de un espacio a otro, de una pregunta a otra: ¿Quién construyó la casa? ¿Cómo era la vida en ella cuando la habitó José Mariano Bello y Acedo? ¿Cuáles fueron los cambios que sufrió para su conversión en museo? ¿Qué mejoras o problemas ha tenido desde entonces? Porque sólo así, cuestionándonos todo, buscando respuestas en el sitio mismo y en los archivos, podíamos llegar a entender el valor histórico de la casa en sí. El inmueble de la otrora Victoria 2, lo sabemos ahora, fue una reconstrucción de una casona colonial realizada en el porfiriato por Carlos Bello, hermano del nuevo propietario Mariano Bello y Acedo, que la recibió en herencia de su padre José Luis Bello y González, nombre que actualmente lleva el Museo.

(Las fotografías que ilustran esta crónica son de Sol Mialma y de la propia autora)

Hoy es 20 de septiembre, ha pasado un día de del sismo que ha movido a todo México. Me decido a llevar víveres y asistir como voluntaria al centro de acopio del zócalo de Puebla. En mi recorrido dentro del súper mercado, veo con mucho asombro que casi toda la gente está comprando víveres para donar, no hay paso al centro así que caminamos mi hijo Miguel Ángel de 19 años, Tabatha, compañera del trabajo, y yo hacia el zócalo; pasamos por la Cruz Roja, coincidimos en que no queremos dejar los víveres aquí porque no confiamos más que en los ciudadanos para la entrega de los mismos.

1

Al caminar por la calle 6 norte veo el Museo Casa del Alfeñique de lado, despidiéndose de su acervo, muchos voluntarios apurados en sacar lo más que se pueda; la casa de dulce me hace añorar mi infancia, me detengo unos segundos y seguimos. Llegando al zócalo veo mucha gente, me acerco, son en su mayoría jóvenes, rápidamente mi hijo Miguel Ángel se une a ellos cargando cajas, me siento inútil ante tanto esfuerzo de estos chicos; una señora, Lupita, llega con cacerolas llenas de arroz, frijoles huevos cocidos rajas, garrafones con agua de fruta. Me apresuro y le ayudo a llevarlos a los chicos que descargan las camionetas que llegan con víveres; ellos mismos cargan las camionetas que salen al destino que los voluntarios designan, según la necesidad que se ha reportado. Pasa el tiempo, horas, pero los chicos no descansan, no quieren comer, desesperados, eufóricos solo quieren ayudar; les ruego que coman o les regaño como a mi hijo, así al fin logramos que se turnen para comer; de pronto otra señora a la que no tengo tiempo de preguntar me dice, “yo traigo café”, así que terminada la comida, reparto café a los que van a manejar y a muchos de los chicos que cargan, que piden un café, incluso los policías que vigilan nos piden uno.



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Terminamos comida y café. Ya es de noche, me siento inútil otra vez. Tomo unos minutos para pensar, qué más puedo hacer. recuerdo entonces que el Dr. Pascuale Calone, un compañero de la Escuela de Cinematografía del ARPA BUAP me ha dicho que quiere fotografiar los lugares de desastre, lo llamo y le propongo salir con estos voluntarios para documentar y ayudar, así mismo llamo a Sergio Mastretta, periodista, a Sol Mialma, fotógrafa y quedamos en salir al día siguiente a Chietla que es uno de los lugares más afectados. Durante la noche Fabián me contacta por Facebook, me dice que él lleva camionetas que podemos llenar con víveres.

3

Por la mañana después de esperar casi dos horas a que la gente del DIF, así como la gente del Gobierno Municipal se organicen, ya que ahora son ellos quienes organizan este asunto que ya se ha vuelto un caos (como todo lo que tocan). Salimos al fin, acompañados de Jorge y dos amigos más que levantan la mano cuando Mauricio, el encargado de los voluntarios que ayudan a retirar escombro dice: “¿Quién va a Chietla?” (Ellos no saben dónde está esta comunidad, porque son de Veracruz y el DF) sin dudarlo se apuntan, les entregan palas, cascos, y guantes. Y así sin pensar salimos a Chietla dos camionetas cargadas y un auto con todo, del papá de Nery, quien tiene una empresa de construcción.

Dos horas después llegamos a Chietla. Nos recibe “la maestra” a quien ayudamos un poco a sacar cosas de su casa que ha quedado inhabitable, caída por completo, la maestra no sabe por dónde empezar, y sin pensar que somos gente extraña, llora cuando nos dice que tuvo mucho miedo porque no podía salir de sus casa, por que vive sola, llora.

En el centro de acopio bien abastecido nos dicen que en Chietla la gente no necesita víveres, sino ayuda para remover muebles pertenecías y escombros, necesitan saber si sus casas se pueden habitar, o tirarlas, el pueblo se ha caído y “nadie nos dice nada”, como afirman algunas personas mayores; nos dicen también que la comunidad de Soledad ha quedado muy mal por el sismo. Alguien más no dice, no hagan caso a nadie, que no los lleve nadie, que nadie les comente nada, aquí hay muchos intereses políticos entre la gente, no hay ánimos para ayudarnos a los ciudadanos. Así que decidimos ir en busca de esta comunidad, solos, para dejar ahí los víveres que nos han encomendado.

En La Soledad nos damos cuenta de que ahí la necesitan, así que avanzamos a El Platanal donde la gente muy honesta nos da la respuesta: “Aquí ya hay víveres, mejor llévenlo a quien necesite más”. Seguimos avanzando con el sol picante y el sudor profuso. Vemos sobre la carretera muchas, muchas camionetas con víveres, buscando un destino donde lo necesiten realmente.

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En Huehuetlán el Chicho vemos a gente con cartulinas pidiendo ayuda. Decidimos parar, ya que hemos ido y venido más de dos horas; nos dicen que las autoridades no dejan que la ayuda llegue a la gente. Nos dicen sígannos, y los seguimos a la oficina del DIF, entramos mientras nos dicen a señas que ahí no es el lugar, aun así decidimos entrar. Nos comentan que hay una lista que tiene la autoridad donde se han anotado las personas que si necesitan el apoyo, otra persona se acerca y nos comenta que la lista es de la gente afiliada al partido, que a las personas que no están con ellos no les quieren dar víveres. Decidimos sin dejar que nadie intervenga hacer dos filas con y sin lista de nombres, y repartir lo que los ciudadanos de Puebla han acopiado, y repartirlo hasta acabarlo. Iniciamos la repartición y la desesperación de la gente se hace notar, cada vez nos repliegan más a la camioneta, pedimos que nos den espacio, de la nada surge una señora que a grito pelado dice: “Aquí no queremos a nadie de partidos políticos, a nadie del gobierno o del DIF.” La gente se enciende, comienza discutir entre ellos acaloradamente, a la vez que nos ven con ojos de extrañeza, van conmigo más de ocho personas a las que yo convoqué, así que me siento responsable de su integridad. Grito lo más fuerte que puedo para hacerme oír: “Señores escúchenme, estos víveres se los envía la gente de Puebla, el acopio lo hicieron las personas como ustedes, a nosotros no nos manda nadie, venimos solo para dejarles esta ayuda, y nos arriesgamos por puro gusto de estar aquí, así que déjennos trabajar.”

Sudé, pero la gente reacciona bien y entre aplausos seguimos con el reparto. Mi nueva amiga fotógrafa, Sol Mialma me dice que va a casa de una señora que le pide tomar fotos. Neri, que al parecer es una mujer caprichosa, me dice: "Esta gente no tiene tanta necesidad por el sismo, esta gente ya está mal desde antes. Me enojo y le digo: “Nos vale madres, por lo que sea necesitan esta ayuda, así que hay que dejarla aquí”. Obvio, se molesta por lo que al percatarse que Sol no está me dice, sino llega Sol nos vamos, pensé (no quiero discutir con esta tarada) así que busco a la gente del DIF para que por megáfono llamen a Sol, por lo que Neri y su “comitiva se ríen y comentan, “seguro que va a oír”. En mi desesperación busco a un señor de la comunidad que con moto se ofrece a buscar a Sol de entre los dueños de las veinte casas que se han caído, en menos de cinco minutos Sol vuelve, nos vamos.

Camino a Chietla me dice Fabián, novio de Neri, no pasamos a Chietla ya nos vamos a Puebla, y pregunto ¿pero los amigos de Jorge?, ellos están levantando escombro en Chietla”. Fabián responde “Pues ellos dijeron que tal vez se quedarían aquí para ayudar, pues que se queden”. Pienso… ¡además son mal plan!, y decido que si ellos se quedan yo también. Mi teléfono muerto, hasta que logro comunicarme con el Periodista Sergio Mastretta quien afortunadamente me dice que va con estos amigos camino a Puebla. Me preocupa mi nueva amiga Sol, tiene migraña, me agobian los gritos y las discusiones de Fabián y su mujer, al parecer todo lo que se haga está bajo el mando de esta mujer. En la gasolinera llegando a puebla nos comentan que las camionetas de “papi” se quedan en Las Ánimas, ¿se quedan aquí?... en la gasolinera. Nos hacen la caridad de llevarnos a Las Ánimas; les pido, aguantándome el coraje que acerquen a Jorge al Zócalo, él debe llegar al albergue.

5

No importa la mala experiencia al convivir con estos chicos: poco entienden de necesidad, nada saben de humildad, no tienen criterios de ayuda al otro que lo necesita, pero pienso que como sea ayudaron. Y lo que importa es que he hecho algo, me siento útil, me veo al lado de los jóvenes que en serio, se han movido a apoyar a nuestra gente en desgracia, que en serio se duelen del cuerpo cargando y del alma levantando los pedazos de mi país, un país donde no hay gobierno que ayude ni autoridades que sirvan en esta contingencia.