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Mundo Nuestro. Carlos Figueroa, académico y político guatemalteco-mexicano, investigador del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP y miembro del Consejo Político Nacional del partido Morena, ha recibido en Guatemala el reconocimiento más importante de su carrera: el Doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad de San Carlos de Guatemala.

Carlos Figueroa Ibarra es profesor e investigador en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla desde 1980. Ocupa el cargo de coordinador del Posgrado de Sociología del Instituto de Ciencias Sociales  y Humanidades «Alfonso Vélez Pliego» desde el 2008. Sin duda, es uno de los académicos más reconocidos por su especialización en el periodo de la guerra civil guatemalteca (1960-1996). La historia de su familia representa en buena medida la tragedia sufrida por miles de ciudadanos centroamericanos que han luchado por una sociedad democrática, justa e igualitaria.

Carlos Figueroa nació en la ciudad de Guatemala el día 5 de agosto del año 1952. Hijo de Carlos Alberto Figueroa Castro y Edna Albertina Ibarra Escobedo.1 En 1954, junto a su familia, se exilió en México tras el derrocamiento del gobierno de Jacobo Arbenz Guzmán. Posteriormente, la familia regresó a Guatemala en 1958, donde permanecería por 12 años. Desde 1970, estudió sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), regresando graduado a su país. En junio de 1980, durante el gobierno del general Fernando Romeo Lucas García, fueron asesinados sus padres, lo que sumado a amenazas de muerte por el Ejército Secreto Anticomunista (ESA) de Guatemala, lo obligaron a fijar su residencia en México. Ingresó como profesor e investigador en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Fue militante del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) desde 1973 hasta 1984. Desde 1987, realiza estancias cortas en Guatemala que aprovecha para ofrecer cursos cortos o presentar sus trabajos académicos y artículos periodísticos en la prensa de ese país.

En los últimos tiempos, Carlos Figueroa ha fungido como Secretario de Derechos Humanos y Sociales en el Comité Ejecutivo Estatal del MORENA, el partido político en construcción a partir del movimiento social encabezado por Andrés Manuel López Obrador.



Carlos es, también, colaborador de Mundo Nuestro.

Un Doctorado Honoris Causa para honrar a los muertos por la dictadura militar en Guatemala: Carlos Figueroa Ibarra



Quiero comenzar expresándoles que hoy es un día feliz para mí y para mi familia, y será inolvidable para todos nosotros. Recibo con regocijo este reconocimiento de parte de la Universidad de San Carlos de Guatemala, la universidad en la que me desempeñé en los primeros años de mi vida académica y en la cual, en algún momento pensé que iba a ser mi universidad para toda la vida. Pese a los avatares de mi existencia, que me llevaron al destierro a partir del 20 de abril de 1980, pude recuperar mi relación con la entrañable USAC a partir de julio de 1992 cuando terminó mi exilio y comenzó mi vida libremente elegida en México. Desde entonces he procurado mantenerme vinculado con la universidad de mis padres, con la principal casa de estudios de la patria que me vio nacer y he tratado de devolverle a sus estudiantes y a mis colegas san carlistas mi compromiso académico y político. Por ello no puedo comenzar esta alocución sino diciéndoles que esto que estoy recibiendo ahora, es la máxima distinción que he recibido en mi vida la cual agradezco profundamente. Desde el momento en que recibí la noticia el 13 de septiembre de 2018 por medio de la cual se me avisaba que el Consejo Superior Universitario de la USAC había acordado otorgarme tan honrosa distinción, no he podido dejar de evocar las circunstancias tan dolorosas que originaron mi salida de esta universidad.

Aconteció en el contexto de la gran oleada represiva que sufrió la Universidad de San Carlos de Guatemala a partir de 1977 cuando el Lic. Mario López Larrave fue asesinado, oleada que continuaría durante muchos años llevándose la vida de centenares de universitarios entre profesores, estudiantes, trabajadores y egresados de la misma. El día de hoy, en el momento de recibir la honrosa distinción de Doctor Honoris Causa no puedo dejar de recordar a mi jefe, Lic. Julio Alfonso Figueroa Gálvez, Director del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales y a mis colegas en la Escuela de Ciencia Política, Maestros Jorge Romero Imery y Ricardo Juárez Gudiel, quienes no sobrevivieron a la lista de amenazados de muerte por el Ejército Secreto Anticomunista, lista infame de la cual yo también formé parte. Tampoco puedo dejar de recordar aquella tarde del 25 de enero de 1979, cuando mi mentor Severo Martínez Peláez tocó la puerta de mi cubículo en el IIES para decirme que había decidido salir del país. En la mañana de ese día había sido asesinado el preclaro dirigente socialdemócrata Alberto Fuentes Mohr y eso era indicio claro de que los informes con respecto a su propio asesinato eran certeros. Me tocó la triste experiencia en el inicio del anochecer de ese día, acompañarlo a salir de la universidad de esa manera furtiva para nunca volver, excepto para estar en este mismo hermoso recinto, que lleva el nombre del entrañable mártir Adolfo Mijangos López, en el momento en que recibió el Doctorado Honoris Causa en octubre de 1992. Estos tristes acontecimientos, que marcaron indeleblemente mi vida, me llevan a dedicarle el honor que hoy recibo a las 150 mil víctimas de ejecución extrajudicial y a las 45 mil víctimas de desaparición forzada que dejaron las dictaduras militares de Guatemala.



Expresado lo anterior, algo que ineludiblemente tenía que mencionar en primer lugar, quiero también manifestar mi profunda gratitud a la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos por haber tomado la iniciativa de proponer mi nombre a las instancias respectivas de esta universidad para el honor que hoy se me entrega. En particular quiero expresar mi agradecimiento a la directora de la Escuela de Historia, Dra. Artemis Torres Valenzuela y a la secretaria académica de dicha unidad académica, Licda. Olga Pérez. Mi gratitud se extiende al Consejo Directivo de dicha Escuela, a su personal académico en especial a los académicos y estudiantes con los cuales hemos organizado las distintas ediciones de la Cátedra Severo Martínez Peláez y de las Jornadas de Historia Reciente. También al personal administrativo de dicha Escuela, en especial a quienes me ayudaron a integrar el expediente necesario para someter a las autoridades universitarias la propuesta del Doctorado Honoris Causa para mi persona. Agradezco también a la Comisión de Docencia del Consejo Superior Universitario el haber aprobado en primera instancia la distinción para mi persona y mi gratitud va en especial para su coordinador y Decano de la Facultad de Agronomía, Ing. Agrónomo Mario Antonio Godínez López. Finalmente agradezco al Consejo Superior Universitario y al Señor Rector Magnífico Ing. Murphy Paiz Recinos el haber acordado conferirme el grado de Doctor Honoris Causa.

Hoy comparezco ante ustedes para recibir ese honor en un contexto radicalmente distinto a aquel durante el cual tuve que abandonar la patria y mi carrera universitaria en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Desde aquellos años a estas fechas, el mundo tuvo un cambio drástico que nos ha obligado a los cientistas sociales a pensar con categorías y expectativas nuevas los procesos políticos y sociales que hoy vivimos. A fines de los años setenta y parte de los ochenta del siglo XX, todavía parecía que vivíamos la continuidad del flujo de transformaciones y grandes luchas que inauguró la revolución rusa de 1917 y que reactivó la derrota del fascismo en la segunda guerra mundial. El mundo entero atravesó por la ventana de la coyuntura en Centroamérica que generó el triunfo de la revolución sandinista de julio de 1979. Dicha revolución parecía darle prolongación a las revoluciones triunfantes en China y Cuba, a las grandes luchas obreras en distintas partes del mundo, a los movimientos de liberación nacional en África, Asia y América latina, a los movimientos de juventud y estudiantes en México y Europa en 1968. El planeta entero parecía estar viviendo lo que se llamaba el tránsito del capitalismo hacia el socialismo, como lo atestiguaba el que una parte importante del territorio y población vivía ya bajo regímenes que se declaraban socialistas o en tránsito al socialismo. Este era el imaginario que alentaba la visión del mundo de las fuerzas progresistas desde la óptica de lo que Lenin y Gramsci llamaron “la actualidad de la revolución”. Pero ese imaginario del tránsito a un mundo poscapitalista, también alentó una visión regresiva y represora en la óptica de la guerra fría. La tragedia que vivió Guatemala en aquellos años tuvo como contexto ideológico estas percepciones progresivas y regresivas del mundo. La Universidad de San Carlos de Guatemala fue vista como un bastión de la subversión y esa apreciación suspicaz la convirtió en un objetivo militar por parte de la dictadura militar. Lo paradójico de todo esto, es que en el momento en el cual el optimismo revolucionario y la paranoia anticomunista se enfrentaban, el mundo ya vivía los prolegómenos de la fase mundial que ahora vivimos. La Unión Soviética y toda su periferia se encaminaba hacia un estrepitoso derrumbe que ocasionaría una grave crisis de desprestigio al marxismo y a la idea de socialismo.

No solamente marxismo y socialismo saldrían maltrechos de la coyuntura de la llamada caída del muro en 1989. También el capitalismo keynesiano y el ideal de sociedad de la socialdemocracia clásica. Se derrumbó también la idea de un capitalismo con rostro humano, con un Estado de bienestar, un Estado articulador-conciliador de los intereses del capital y del trabajo, de defensa nacionalista de los recursos naturales, de pleno empleo, seguridad social, reparto de utilidades, sindicatos. De manera vertiginosa se abrió paso la idea y práctica de un nuevo tipo de capitalismo. Es decir, lo que hoy conocemos como neoliberalismo y que, a diferencia del capitalismo dorado, con rostro humano, es conocido también como “capitalismo salvaje” o como lo llama el teórico británico David Harvey, “capitalismo sin bridas”. En pocas palabras “capitalismo desbocado” que privatiza todos los bienes comunes, que como un moderno rey Midas convierte en mercancía todo lo que toca, que despoja territorios, tierras, tradiciones ancestrales y que se perfila como ecocida y etnocida. Resulta notable que esta forma de acumulación capitalista sea mediocremente exitosa en lo económico (basta ver las crisis mundiales que ha generado la desregulación financiera) pero al mismo tiempo es ideológicamente exitosa propalando la idea del éxito individual, el egoísmo y la ausencia de la solidaridad humana.

Vivimos hoy nuevas formas de violencia, distintas a las que propiciaron las dictaduras militares. En la actualidad la democracia forma parte de lo políticamente correcto, pero se trata de una democracia como la que propiciaba Joseph Schumpeter: un procedimiento electoral mediante el cual la ciudadanía elige a las elites gobernantes y luego se le retira a su casa porque la participación ciudadana solamente es concebida y aceptada el día de las elecciones. Las democracias procedimentales esconden un nuevo tipo de violencia, la que se aplica para poder instaurar los grandes proyectos de minería a cielo abierto, los monocultivos de exportación, las hidroeléctricas que no satisfacen necesidades sociales. A diferencia de las dictaduras militares, las víctimas de la violencia en las democracias neoliberales por la represión del Estado o por complacencia estatal con las guardias blancas, no son los revolucionarios, insurgentes o subversivos clásicos. Son indígenas, campesinos, pobladores, luchadores sociales que defienden los bienes comunes (agua, tierra, territorio, bosques y selvas, salud pública, educación, seguridad social) y luchan contra la voracidad de la reproducción ampliada del capital. El orden mundial que sigue siendo tutelado por un imperio amparado en la globalización neoliberal, se reserva el derecho de decidir que este tipo de democracia es la única válida y se reserva también el derecho de intervenir política, diplomática y militarmente a aquellos países que buscan su autodeterminación.

Rescatar al Estado para volverlo verdaderamente público

Vivimos hoy también, y esto es particularmente notorio en México y en el triángulo norte de Centroamérica, la violencia que genera la delincuencia de todo tipo. El neoliberalismo no solamente ha generado un Estado fallido, también ha propiciado una sociedad fallida. No solamente un Estado penetrado por el crimen organizado, también una alta impunidad para el crimen que genera la ineficiencia judicial, una rampante violencia delincuencial y vacíos estatales que son llenados por criminales. También observamos millones de jóvenes que enfrentan una sociedad que niega oportunidades de empleo y estudio mientras el crimen organizado encuentra en ellos la cantera para crear las infanterías que necesita. Poblaciones que han perdido esperanzas en la movilidad social como producto del trabajo honrado y la educación. Resulta indignante que el establishment neoliberal criminalice a la pobreza, combata a la delincuencia de abajo, mientras que es permisivo y beneficiario de la gran corrupción que inunda a buena parte del Estado y también a un sector de la iniciativa privada. Mi experiencia política reciente en mi patria mexicana y lo que observo en mi patria de origen, Guatemala, también lo que advierto en Centroamérica y América latina, me han llevado a la conclusión de que la lucha contra la corrupción es un ámbito de confluencia transideológico, y esto sucede simplemente porque ni la izquierda ni la derecha están blindadas en contra de la corrupción. Tuve la oportunidad de participar en la gran transformación que hoy vive México y observarla desde muy cerca. En suma, tuve por fin la oportunidad de paladear el sabor de la victoria. Y esa maravillosa experiencia de victoria que he vivido me lleva a tener la esperanza de que, en Guatemala, la lucha contra la corrupción puede ser el primer paso a partir del cual se puede iniciar un renacimiento de la nación. Ese renacimiento de la nación pasa por rescatar al Estado de un manejo patrimonialista, convertir a lo público en verdaderamente público y no en la fachada de una minoría cleptocrática que tiene secuestradas a las instituciones de dicho Estado. La derrota de la corrupción que haría renacer a la nación implicaría volver a la patria plural en todo sentido, solidaria, libre, democrática y justa.

En un momento tan grato en que recibo un magno reconocimiento, no puedo dejar pasar la oportunidad de reconocer a quienes debo lo que soy ahora. Expreso mi gratitud a la maestra que me enseñó a leer, Conchita Colindres Roca. A mis otros maestros del Colegio Guatemala como Roberto Nocedo Arís, Olimpia Seth de González, Gustavo Lasa, Julio Utrera y Rolando Cordón. A mis mentores en el bachillerato en el Instituto Modelo: Fernando Santos, Israel Valle, Manuel Dávila, Raúl Rodríguez, Adelaida Vda. De González, al coronel Marco Miguel Román y muy particularmente a mi maestro de filosofía, el mártir revolucionario Juan Luis Molina Loza. A mis maestros de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México en particular a Ricardo e Isabel Pozas, Sergio Ramos Galicia, Enrique Ruiz García, Jorge Basurto, Theotonio Dos Santos, Vania Bambirra y muy pero muy especialmente a Agustín Cueva y René Zavaleta Mercado. Reconozco también como maestros a quienes me enseñaron de la ciencia y de la vida aunque no me dieran clases en un aula. En primer lugar a Severo Martínez Peláez, quien una tarde de diciembre de 1969, tras largas horas de conversación sobre mi vocación, mirándome tras sus espesas cejas y señalándome con su dedo índice, me dijo que ineludiblemente yo tenía que ser sociólogo. A Eduardo Perera Álvarez, abogado marxista mexicano quien me acogió en su casa, me prestó su biblioteca y de quien aprendí la educación sentimental y el placer de leer en la madrugada. A Alfonso Solórzano Fernández quien inició mi camino en las lides revolucionarias. A Alfredo Guerra Borges quien me enseño que el oficio más difícil era el ser congruente con uno mismo, a José Manuel Fortuny de quien aprendí que a las utopías había que verlas con realismo y sin idealizaciones. A Jorge Mario García Laguardia, quien me enseñó cosas de la vida, de la política y de la historia. Y en el plano íntimo y entrañable, quiero dedicar este honor a mi compañera de vida Lisett Santa Cruz Ludwig, a mis hijos Alejandro, Camila y Sebastián. Agradezco la presencia en este acto de mis amigos de diversas edades e ideologías porque aprendí que la amistad existe más allá de la edad, de la política y de la ideología. Vaya mi gratitud a mis familiares Figueroa, Ibarra, Castro y Pérez. A mis familias afectivas, la familia Maldonado, la familia Urrutia, la familia Escobar Meza, la familia Batres Galindo, la familia González, la familia Martínez Mazariegos y la familia Sarti Castañeda. También a mis colegas y amigos de FLACSO Guatemala. Y, por último, pero no por ello menos importante, dedico este Doctorado Honoris Causa a dos seres cuyo martirio y congruencia han marcado mi vida: mis padres Carlos y Edna, asesinados por la dictadura militar guatemalteca el 6 de junio de 1980.

Ciudad de Guatemala, 12 de febrero de 2019.

Estoy parado en el cine haciendo fila en compañía de mi novia, con el propósito de comprar tickets para ver una película el día de su estreno. Después de un par de minutos me doy cuenta de que todas las personas que adquieren boletos, lo hacen para la misma cinta que yo quiero ver. Lentamente analizo a los individuos que me rodean, noto que la mayoría de ellos tiene puesta una camiseta de algún superhéroe que aparece en el filme que estoy a punto de disfrutar.

Intrigado, saco mi celular para investigar un poco más del largometraje. En mi búsqueda por información, doy accidentalmente con un artículo que enlista las 20 películas más taquilleras de todos los tiempos. En ella, se encontraba en cuarto lugar la precuela del filme que estaba a punto de ver. Me pregunto que tienen de especial estas películas, que características poseen que las convierten en fenómenos mundiales.



Analizo con más atención y empiezo a unir los puntos en mi cabeza. De las 20 cintas cinematográficas que aparecen en la lista, nada más y nada menos que 16 de esas ellas son secuelas. Estoy sorprendo, pero inmediatamente descubro que diez de las 20 fueron producidas por Disney, también que seis de ellas son de superhéroes de los Estudios de Marvel, que en cinco aparece el actor Robert Downey Jr, y absolutamente todas fueron hechas por estudios de Hollywood.

No puedo creer que muchas de las películas más taquilleras del mundo tengan estas características. Qué hacen estos estudios, actores o historias para sorprender a tantas personas, lo suficiente para pagar una o incluso múltiples entradas para ver esta pieza audiovisual. Qué hace que millones de personas alrededor del mundo estén esperando haciendo fila junto a otros individuos con camisetas representativas de los personajes, para comprar los boletos de taquilla, y consumir el contenido del largometraje, igual que yo.

Muchas preguntas surgen en mi cabeza mientras la fila de los boletos avanza. Una de ellas resalta más que las otras, ¿qué tiene de especial esta película? Volteo a mis lados buscando una solución. Miro el póster de la película y quedo pasmado. En él se encontraban todas las respuestas a mis preguntas. El titulo del filme en letras grandes Avengers: infinity War parte dos. El logo de Disney en la parte de abajo, también el de Estudios Marvel justo encima del título, ambos estudios de Hollywood, y la cereza del pastel: la cara de Robert Downey Jr justo en medio del cartel publicitario.



Soy el siguiente en fila, me pongo nervioso. La señorita de la caja señala que puedo pasar a ser atendido con ella. Mientras caminamos yo y novia hacia la taquilla, el interrogante: ¿qué hacer?, ¿contribuir al monopolio hollywoodense o salirme de la fila y conseguir otro medio de entretenimiento?



La mujer me mira y pregunta: “¿en qué le puedo ayudar?”

“Dos entradas para la función más cercana de Avengers Infinity War parte dos.”

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Cosificación sexual de la mujer y una feminista harta de su normalización

Son las 6:50 am, es un lunes de 2014, tengo 15 años y estoy caminando hacia la entrada de mi escuela, preguntándome si de verdad vale la pena estudiar. Me desperté hace 15 minutos y ya estoy sudando, estoy cansada, hambrienta y no quiero estar aquí. Al pasar por la reja siento como Clarita, la portera, me agarra del hombro y yo solo cierro los ojos “ahora que”.

--¿Dónde está tu moño?

Me volteo, la miro a los ojos y las dos sabemos que no tengo el moño, como es costumbre, me empiezo a irritar.



--No lo traigo --digo viendo al piso, como suplicando.

Llega la madre directora, me pregunta y le contesto lo mismo.

--No puedes pasar.

--¿Es que por qué tengo que usar moño?

--Porque eres niña y así es el uniforme.



--¡Entonces soy hombre!

Ese día no entré a la escuela, y me fui con ganas de no regresar, pero desayuné mucho en mi casa, me puse el moño y regresé a la segunda hora. Además de la clase de química también me perdí otra por estar en la oficina de la madre hablando de su gran preocupación por mis desviaciones mentales. Me obligó a pronunciar las palabras “no soy hombre”.



Recuerdo haber pensado: “cómo les puede importar más a estas personas que yo esté adornada como un regalo, que el hecho de que asista a mis clases y aprenda”. Claro que entendía que las normas son las normas, pero eso no me quitaba el sentirme como una cosa, y lo más molesto aún para mí en esa edad, cuando se comienzan a marcar cada vez más las diferencias entre géneros, por qué ellos no y yo sí.

Esta fue la primera vez que sentí la cosificación, o que reflexioné sobre ella profundamente. Después comprendería que el problema va mucho más allá de un moño, pero que en efecto se manifiesta desde muy temprano en situaciones que parecen sin importancia. Y no es que no hubiera visto comerciales de hamburguesas con mujeres semi desnudas, pero para mi eso solo era normal, ella no era yo, pero esta sí, y desde entonces todas éramos yo. Pues estar enojada es un impulso, a leer, a enterarte, a darte cuenta, a estar mas enojada, indignada, impotente, ante un problema más grande que todos nosotros juntos y que ha sobrevivido generación tras generación, un problema que ni siquiera es reconocido como problema por la mayoría de la gente, un problema que es hoy en día el estado natural de las cosas, parte de la cultura y de nosotros como sociedad aparentemente.

La cosificación es precisamente el convertir un sujeto en un objeto, una cosa, la cosificación sexual es tratar, representar, valorar, y ver a una persona, generalmente una mujer, como un objeto sexual, con función exclusiva del placer de los demás, generalmente los hombres. En este proceso se le priva a las mujeres de todas sus demás dimensiones, la inteligencia, sensibilidad, emociones, ideas, pensamiento, opiniones, y se le ve solamente como un cuerpo con una dimensión, la sexual. En papel esto suena exagerado, sin embargo, cuando lo vemos en la vida cotidiana, lo pensamos dos veces. Las chicas con minishorts y corpiños bailando afuera de la tienda de colchones cuando hay una oferta son tomadas simplemente como una muy atractiva utilería, O la mujer casi desnuda en la pancarta que anuncia un taller mecánico, ¿Su cuerpo es más que una mercancía?

Sin querer ser exclusiva de los géneros, hablando solo del mío, y sin querer generalizar a los hombres, me enfoco en la cosificación de la mujer específicamente porque vivo en un tiempo donde voltear los géneros en la publicidad es completamente impensable. Si viéramos un hombre en tanga tomándose un tequila en la televisión nos parecería absurdo, cómico, y la mayoría se sentiría muy incómodo. Esta es la gran diferencia que nos separa, somos bombardeados constantemente con la híper-sexualización del cuerpo femenino y no pensamos dos veces en por qué no nos pone incómodos, estamos desensibilizados. Todos vemos pechos femeninos sexualizados, casi desnudos, al menos una vez al día en algún comercial o espectacular, a veces hasta sin registrarlo, es lo cotidiano, pero qué tal cuando una mujer se saca el pecho para darle de comer a su bebe en un restaurante, por ejemplo. Esta mujer será tachada de inmoral, recibirá miradas de hombres y mujeres, muchos se pondrán incomodos, y muchos se molestaran, la verán como si no fuera lo más natural del mundo darle de comer a un ser humano, algunos dirán escandalizados “aquí hay niños”, como si el niño fuera el que ve morbosamente un pecho, del que hace unos años el también comía, y como si un pecho fuera en sí algo malo que pervirtiera a un niño, incluso algunas mujeres dirán “no quiero que mi marido vea otros que no sean los míos”, como si su marido no pudiera evitar mirar, y como si su marido no los viera de cualquier forma, todo el tiempo, en todos lados. Es en este tipo de incongruencias en las que vivimos, en una contradicción total, de ver lo natural como raro y lo antinatural como totalmente normal, es como si la exposición del cuerpo femenino dejara de ser aceptable cuando deja de dar placer al hombre, esto es cosificación.

Es en este mundo en el que se le culpa a las mismas mujeres cuando son atacadas, acosadas, o abusadas, por usar cierto tipo de ropa, reveladora por ejemplo, porque todos saben que los hombres son incapaces de resistirse a tocar a una mujer, es su naturaleza, o por caminar sola en la noche, porque cómo se le ocurre ir sola si ya sabe que la van a atacar, es como una invitación, o por no “darse a respetar”, cuando en realidad ninguna acción es una invitación a la falta de respeto en el ámbito sexual. La cosificación de la mujer excusa y justifica a los abusadores, son tratados en muchos casos como si no hubieran tenido opción alguna. Y al voltear los roles, parece absurdo, lo cual perjudica igual a los hombres y a las mujeres, si una mujer insiste agresivamente a un hombre que no quiere nada, de la mujer ni se diga lo que se pensaría, pero del hombre, este quedaría completamente ridiculizado y hecho menos, despojado de su “hombría” en el término popular de la palabra.

Ya sin mencionar lo obvio, todos por el simple hecho de ser personas nos deberíamos de respetar el uno al otro, y sin querer marcar una guerra de sexos, ellos contra ellas, por lo menos las mujeres, que somos las mas afectadas de todo este fenómeno en muchos ámbitos de nuestra vida, no deberíamos perpetuarlo, y suena lógico, pero me atrevo a decir que casi todas lo hemos hecho o seguimos haciendo, al criticar a otra mujer por la ropa o el maquillaje que usa o no usa, usar insultos como “puta” o “zorra”, burlarnos de otra por no ser convencionalmente bella, competir entre nosotras por atención masculina, negar nuestra feminidad para parecer mas cool, o caerle bien a los hombres, nos hacemos daño a nosotras mismas, vamos contra nuestro propio género sin darnos cuenta.

Al ser literalmente parte de la cultura, es lo que aprendemos hombres y mujeres al mismo tiempo de pequeños, y es difícil darse cuenta pues está inmerso en todos los discursos, hasta los que parecen buenos; por ejemplo, la romántica noción de que tu papá te entregue el día de tu boda, muchas mujeres sueñan con eso, y lo llevan a cabo, las hace sentir bien, pero el trasfondo de esta acción es que la mujer era vista como una mercancía, un objeto que pasa de la propiedad del padre a la del marido, lo que hoy, en muchos casos, es cierto en términos de dependencia económica, sobre todo en sociedades conservadoras como la poblana, o la regia, o la mexicana en general. O el concepto de caballerosidad tan relacionado con los buenos modales de los hombres, llegar a la casa, saludar al padre, llevarse a la hija, abrir la puerta del coche, del restaurante, jalar la silla, pagar la cuenta, acabar, repetir todos los movimientos de sillas y puertas, y dejarla a una hora decente, pedir la mano de la hija en matrimonio, muy romántico. ¿La hija no es dueña de su propia mano? Volteemos los roles, una mujer hablando con la madre de su novio, pidiéndole su mano en matrimonio, dándose apretón de manos y “cerrando el trato”, un poco extraño.

No es un odio al romanticismo, ni a las costumbres y tradiciones, ni al amor, y la realidad no es blanca y negra. La gran mayoría de las veces los hombres son caballerosos porque son buenas personas y quieren mostrarle eso a su pareja, esa es la forma que conocen, y las mujeres lo toman perfectamente bien, porque la intención es visiblemente buena, la gran mayoría de los padres hoy en día no ve a su hija como una mercancía, la ama y quiere formar parte de esta tradición como “despedida”, y la hija lo ama también y está agradecida. Es complicado el entremezclamiento de la intención real de las acciones y el trasfondo de estas, pues vienen de tradiciones y costumbres horriblemente misóginas y machistas, pero no son horriblemente misóginas y machistas, y aunque hoy en día no sean necesariamente malas, tampoco ayudan a la formación de una sociedad más igualitaria, pues perpetúan las dañinas nociones de mujer y hombre que se han tenido por siglos.

El machismo, la misoginia, el patriarcado, la cosificación son temas bíblicos, más grandes y antiguos que cualquier persona viva, tan complejos, enmarañados, inmersos y entramados entre ellos y con la cultura que tardaría una infinidad en explicarlos y aun así me quedaría corta. Es imposible cambiar el cómo han sido las cosas hasta ahora, es casi, si no imposible, cambiar las cosas como son ahora. Pero lo que es posible es reflexionar, leer, observar, parar algunas prácticas, no normalizar lo que es claramente dañino, invitar a otros a que reflexionen, y más adelante también educar, y en esta educación dejar de lado los pensamientos, dogmas, y normas sin las cuales hubiéramos sido más felices creciendo.

28 de diciembre del 2010 en las inmediaciones del Estadio Jalisco en Guadalajara, la perla tapatía. El ambiente huele a comida callejera, a tacos de carne asada, a tortas ahogadas y a un sinfín de manjares jaliscienses; se palpita en la piel una pasión múltiple en los festejos por los cincuenta años del Coloso de la Calzada Independencia.

Hoy juegan mis queridas Chivas contra los históricos Leones Negros de la Universidad de Guadalajara. Pero hay más, juegan el Atlas contra Tecos de la Autónoma en la primera fecha del cuadrangular tapatío. Es mi primera vez en el Jalisco con mis Chivas… ¡Esto es otro mundo!

El entorno es magnífico; en mi natal Hidalgo jamás había percibido emociones iguales. Aun siendo un torneo amistoso, de pretemporada, la gente está vuelta loca. Todavía recuerdo que ayer salí a pasear con mi camiseta de Chivas por el centro histórico y un completo desconocido se dio el gusto de gritarme:

“Nos vemos en el estadio mañana, amigo”, con una sonrisa de oreja a oreja y levantando el pulgar en señal de camaradería.



Entramos al estadio.

Mis ojos nunca han estado tan brillantes y mi pupila jamás se ha dilatado tanto. Rápidamente ubico a la zona de porra local, y ahí está, la famosa Irreverente de Chivas imponiendo como siempre. El partido comenzó y sigo incrédulo. Transcurre con normalidad e incluso algo aburrido, pero siempre escucho risas, comentarios amistosos (y no tan amistosos) y barullo en todo el estadio. De repente hay un penal para Chivas… gol de Michel Vázquez que grito como si se tratara del gol del triunfo en la final de la Copa Libertadores. De esta manera el encuentro ha concluido. Qué gran día ha resultado, pues hasta vi a mi equipo ganar.



No podría ir mejor hasta que por ahí nos llega el rumor de que Salvador Reyes y el Zully Ledesma están en el estadio, justo debajo de nuestros asientos. Rápidamente corremos, y cuando lo encontramos quedo en shock. Chava Reyes Jr. nos recibe en la zona VIP del estadio, amablemente nos tomamos la foto con él a lo que mi papá me dice:

“Hijo, su papá es el máximo goleador en la historia de Chivas”,

a lo que responde de forma inaudita:



“Mi papá está por aquí, déjenme los llevo con él”.

Acto seguido, ahí está, Don Salvador Reyes Monteón, el máximo ídolo del Guadalajara. Llegamos a él y enmudezco. De la manera más humilde accede a la fotografía a su lado, me abraza y le contamos desde dónde venimos tan solo para ver a las Chivas.

Instantes después, aún afónico, encontramos a Javier Ledesma y, de nuevo, mi padre se acerca a él para pedirle una foto. Como si de un sueño se tratara, el Zully me regala una sonrisa, me abraza como si fuese su hijo y posamos para la foto mientras mi papá me comenta que él fue un gran arquero del Guadalajara. Ledesma agradece apenado pero alegre. Casi inmediatamente se percata que tengo puesta la camiseta de portero de Chivas, por lo que, con gran júbilo y soltando carcajadas me dice:

“¡Y mira, hasta traes la de arquero!”. Interiormente estoy llorando de emoción, es el mejor día de mi vida.

Comprendo después de estos minutos dorados que la sencillez y la humildad hacen que tu persona mejore.

Fuente: lospleyers.com

Por pura curiosidad y para aprovechar la visita nos quedamos al siguiente partido. La porra de Chivas no puede salir hasta media hora de terminado el primer partido por motivos de seguridad. Mientras tanto, el sector radical rojinegro está ubicado al otro costado. Comienzan los insultos de una barra hacia otra con leperadas y hasta amenazas de muerte. Inmediatamente un individuo en evidente estado de ebriedad se sienta junto a nosotros; es aficionado del Atlas. Todo el tiempo se la pasa hablando tonterías, pero hasta eso que me está cayendo bien. De pronto veo que hace señas a un nivel del graderío más arriba del estadio, ¿qué está queriendo decir este tipo? Súbitamente otro hombre baja, se sienta a su lado y con una gran sonrisa nos voltea a ver para decirnos:

“Yo le voy a las Chivas, pero no quería venir, este güey me invitó” como si nuestra relación fuera de años atrás.

Mi campo visual abarca casi por completo el estadio. En cada cabecera tenemos a grupos conflictivos gritándose para ver quién es más chingón; cerca de mí está un par de amigos que, sin importar el equipo que alientan, pasan un buen rato y contagian felicidad en los demás. Hasta este momento había odiado a muerte a todo aficionado rojinegro que viera en la vida. Ya hasta el vecino atlista me agrada.

Debajo de nosotros se encuentra un niño menor que yo con su padre, ambos aficionados a Chivas; el niño insiste por un refresco desde hace rato. Increíblemente mi vecino rojinegro escucha al pequeño y comienza a llamar eufóricamente al vendedor de bebidas, le pide un refresco y se lo entrega al pequeñito. Qué cosa tan extraña, ¿no? Un viejo lobo de mar aficionado del acérrimo rival en un acto de camaradería con un nene que porta colores distintos.

Comienzo a formularme muchas preguntas en la cabeza después de estas acciones.

Las facetas que tomamos acorde a las situaciones que se nos presentan son diversas, tal como refiere Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad, donde explica el comportamiento variado que ha adaptado el mexicano a partir de sus experiencias. Esta hipótesis, sin duda, se puede validar al estar en un estadio de futbol.

Por un lado, en este día, tenemos a las aficiones que representan el clásico más añejo en el futbol mexicano: un bando representado por los rojiblancos y por el otro los rojinegros. Noventa minutos cada fin de semana bastan para dividir a media ciudad e incluso tener consecuencias terribles, mientras que los otros seis días se puede convivir sin problema alguno.

Profundizo mis pensamientos…

En el futbol y los clubes de este deporte existe más que una trascendencia deportiva. Engloba connotaciones culturales, sociales e históricas; un ejemplo que rápido llega a mí mente son los grupos de animación europeos, sobre todo balcánicos, quienes integran intenciones raciales, sociales, nacionalistas y políticas donde la actividad de apoyo se desvanece a segundo plano para darle lugar a un espacio expresivo, de demostrar la fuerza y la violencia que poseen o son capaces de mostrar. Bajo este mismo camino y en un análisis del entorno futbolero mexicano me doy cuenta de que, afortunadamente, estamos a años luz de estos problemas, pues todavía podemos ir al estadio e intercalarnos con la afición contraria, ver familias enteras aficionadas de un equipo, beber una cerveza, platicar y reconocer deportivamente al rival.

El fútbol es un deporte, una actividad más, noventa minutos de rivalidad meramente deportiva; un medio sano de impacto cultural, social y un centro de distracción, así como de desarrollo para los niños; nuestro futuro. Tomémoslo como tal, no como un elemento de destrucción, de segregación, de violencia y discriminación, pues a fin de cuentas formamos una sociedad, donde todos jalamos parejo.

El futbol es hermoso, y su afición es parte fundamental para el colorido y su vitalidad. Por ello debemos aprender a convivir de manera pacífica y armónica a pesar de las diferencias que se puedan presentar.

Fuente: Marca

Recuerdo aquella tarde decembrina en la Perla Tapatía, reafirmo así mi amor por el futbol, mi incondicionalidad con mis Chivas e, igual de importante, entiendo mejor el sentido de rivalidad, de separar aspectos que salen sobrando en un ambiente sano. Porque como en algún momento dijo Maradona:

“La pelota no se mancha”.

Septiembre es el mes de la patria, lo sabe Puebla, y lo saben también todas sus pantallas. A través de ellas, y en un mes como este, solo podrían esperarse fotos de gente con sombreros de charro, frases sobre un supuesto orgullo nacional, y uno que otro meme del presidente Enrique Peña Nieto al dar el grito con su familia en el zócalo de la ciudad de México. Septiembre del 2017 sería como todos los años, el mes de la patria, pero nadie se hubiera imaginado porqué.

Existen espacios creados para reinventarnos, en los que lejos de ser personas, somos usuarios. Aparecen rostros que exhiben sus propias ficciones, como quijotes con un pie en la realidad y el otro en una pelea contra molinos. Ahí dentro, todos somos héroes, todos alzamos la voz y defendemos nuestras causas. Somos también, jueces de las hazañas ajenas, y existe un timeline donde todas estas han quedado registradas.

Jueves 7 de septiembre 2017

Recibimos nuestra primera sacudida, pero a nadie se le ocurrió que ésta podría ser una advertencia. Y lo cierto es que fuimos muchos los que quedamos en evidencia de nuestra torpeza y poca preparación para emergencias.



Eran las 23:49 y acostada sola en un sillón escuché a mi hermana preguntar desde la habitación contigua “¿está temblando?”. Traté de quedarme quieta por unos segundos para sentirlo, quizás habría que pausar la televisión para cerciorarme, (sea cual sea la lógica de hacerlo) “sí, creo que sí, hay que salir”. Al bajar las escaleras mis pasos eran lentos como si de algún modo inconsciente existiera una intriga por experimentar aquello que ocurría y corroborarlo, (como si fuera necesario) “sí, sí está temblando”.

Una vez fuera de mi casa, y antes de cruzar palabra con mis vecinos, miré a mi pantalla, y ahí estaban más de diez mensajes esperándome. La preocupación no duró mucho, no más de dos personas preguntaron en los grupos “¿están bien?”, y en respuesta se desencadenó una saturación de testimonios; todos querían contar dónde estaban y qué sintieron. Recibí también muchos memes sobre el miedo que todos experimentamos; imágenes de bolillos “pal susto” sobre todo, y como siempre, burlas al presidente. Y entre tantas publicaciones bromistas, unas cuantas capturas de pantalla sobre sitios web que informaban acerca de los hechos: Epicentro a 133 kilómetros de Pijijiapan Chiapas a una profundidas de 45.9 Kilómetros.

Los días posteriores, fueron similares a aquel jueves. El humor sobre el temblor se alternaba con noticias sobre las zonas afectadas. 102 personas fallecieron, y hubo alrededor de mil heridos. Comenzaron a aparecer también, mensajes ecologistas, era el grado de conciencia que todos preferían tomar, y el más cómodo, por cierto. “La tierra nos está habla, dejemos de comprar plástico” fue el modo en que mucha gente pretendía tomar acción. Otros, (los menos) se involucraban al mandar despensas a los damnificados en Chiapas y Oaxaca.

15 de septiembre 2017



Los grupos de Whatsapp solo hablaban del festejo que habría en la noche. Yo deslizaba el dedo y pasaba con desinterés los mensajes referentes a las fiestas patrias, ya que por cuestiones de salud no me iba a ser posible asistir a ningún evento. De pronto hubo un mensaje que llamó mi atención, la imagen del rostro que había circulado en redes sociales toda la semana, insertada junto al titular de una nota y reenviado por algún familiar que escribió “ya la encontraron muerta, por favor cuídense mucho”.

Se intercambiaron unas cuantas preguntas y respuestas sobre el asunto. “La mató su conductor de Cabify el jueves pasado después de haberla recogido en Cholula”, “encontraron su ropa en Tlaxcala”. Tan solo unos cuantos cometarios, porque de pronto fue preciso olvidar el tema para gritar “¡Viva México!”. No me atrevo a afirmar que de no haber permanecido en casa me hubiera resistido a posponer mi preocupación; sin embargo, dada la acomodación de los hechos, pasé la noche más amarga, detestaba a todos los que celebraban mientras leía noticias y redes sociales.

“Hoy el grito es de rabia” fue el título de un largo enunciado que hizo un usuario. “Me pregunto si las mujeres son conscientes de que no somos incluidas cuando se grita ¡Viva México!” fueron mis palabras.



El fin de semana pasó entre líneas de gente indignada por la impunidad. Para muchos la situación era como si se tratara de un asesino en serie que mataba mujeres, y no un suceso que se sumaba a los cientos de casos detonantes de una sociedad donde una mujer sola representa una presa fácil; sociedad por la que nadie quería tomar responsabilidad y todos propiciábamos.

Se expresaba la angustia de madres y padres por la idea de que Mara pudo haber sido una hija suya. Dicha angustia era similar a la que sentíamos tantas mujeres estudiantes que salíamos a los mismos bares que ella, y usábamos los mismos servicios. A todas nos atravesaba la frase “pude haber sido yo”; al mismo tiempo no podía dejar de preguntarme “¿por qué he esperado hasta ahora para alarmarme?”

Lunes 18 de septiembre 2017

En distintos estados hombres y mujeres salimos a marchar por el asesinato de Mara Castilla. El recorrido llegó hasta el zócalo de la ciudad, partimos del campus de la UPAEP, universidad en que ella estudiaba y cuya mesa directiva de la licenciatura en ciencias políticas había convocado a la gente.

La mayoría de los asistentes iban vestidos de blanco, y la primera mitad del camino fue silencioso. Había quienes alzaban cartulinas, unas con la imagen del rostro de Mara, y otras con los rostros de distintas mujeres desaparecidas. “¡Vivas las queremos!” comenzaron a gritar todos cuando finalizaba el recorrido. La voz era una sola, no había individuos ni usuarios, todos eran parte del mismo cuerpo herido y furioso. Tardé en poder alzar la voz, aunque irónicamente mi “grito” era de rabia en redes sociales.

19 de septiembre 2017

Tras salir del salón de clases a la 12:50 me dirigía al estacionamiento de la Universidad Iberoamericana. Por los pasillos me encontré a dos amistades con las que permanecí un rato mientras conversaba. Los adoquines comenzaron a moverse y se escuchó un crujido en las ventanas de los dos edificios entre los que caminábamos. Se congeló el tiempo y se congelaron mis piernas fijas en una superficie que se movía y ya no parecía tan segura. La gente que corría y todo lo que pasaba a mi alrededor se desplazaba de manera borrosa. En cuanto logré reaccionar y correr, me ancló la mano de mi amiga cuya parálisis duró más que la mía. Nos indicaron a todos que fuéramos a las canchas de futbol de la universidad. Ahí esperamos una hora sentados en grupos, y confirmábamos en nuestros celulares que nos encontrábamos bien.

El tráfico era excesivo de regreso a mi casa. Los semáforos no funcionaban, por lo que unos cuantos hombres voluntariamente permanecieron ahí para controlar el tránsito. Recibí una llamada de mi mamá diciéndome que no tomara la vía Atlixcayotl, pues en el embotellamiento de vehículos había gente que asaltaba coches.

Una vez en mi casa, vi cada uno de los videos con los que las redes sociales se saturaron. Sentí escalofríos al ver edificios derrumbarse en la ciudad de México. Tras hablar con cada uno de mis familiares que viven en la capital, apagué mi teléfono. Al encenderlo unas horas después, encontré en mis grupos de Whatsapp gente que saldría los días siguientes a dejar despensas en comunidades de Atlixco.

Transcurrió la semana, las clases se suspendieron y donde quiera que fuera en la ciudad se encontraban centros de acopio. Las manos que hacían una cadena para pasar cajas se sentían otra vez como parte de un mismo cuerpo. Los primeros días hizo falta organizar a tanta gente que quería ayudar a limpiar escombros; pero para el viernes de la misma semana, había más de una base de datos creada por estudiantes para que toda la gente interesada en ayudar supiera las zonas a las que nadie había llegado, y los objetos y alimentos que hacían falta.

No faltaron quienes por momentos caíamos en un estado pesimista al ver tantas publicaciones románticas de banderas mexicanas en los escombros, y largos textos que hablaban de México como el país más solidario. Sin embargo, fue innegable lo que se vio en esos días. Las redes sociales ya no parecían ficciones, pues se quedaban cortas con lo que veíamos al despegar los ojos de las pantallas.

Domingo 1 de octubre 2017

Batallaba con mi tarea de textos literarios: escribir texto breve que inicie con la frase “En un lugar de la Mancha”.

En un lugar de La Mancha

Andan los usuarios, los quijotes a medias.

Y son los ojos lectores quienes validan su existencia.

Hay tantas causas en común,

como egos que las fragmentan.

Un espacio intangible,

Un estanque de ideales.

Un lugar que pidió a gritos una sacudida,

que hizo enfurecer al ladrón de cúpulas y techos,

ladrón de vendas en los ojos.

Y la voz vanidosa se sintió libre,

solo al escucharse entre otras miles.

Y la unión destructiva se sintió diminuta,

solo al pararse junto a los que se levantan.

Un lugar que ojalá viva con memoria.

Es el 14 de junio del 2006, son las 4 de la mañana y me levanta Mariana. “Levántate, levántate rápido, la PFP está aquí. Nos están lanzando gases lacrimógenos”. Me levanté lo más rápido que pude y corrimos asustadas, pero juntas. “¿Sabes dónde está Chema? Nadie lo ha visto”. No Mariana, pero ahorita llega, siempre sabe dónde estamos.

Me separo de ella, miro a los lados y me sofoco con el gas pimienta. Mi piel se estremece y la veo ahí, en el piso más frío y sucio que su rostro ha rozado, la cantera se pinta de rojo. Estoy viendo cómo su mirada se apaga, cuando alguien me toma del brazo y escucho cada vez más lejos “Ya cayó, ya cayo, Ulises ya cayó”

Mi brazo se duerme por la fuerza con la que me toman. Sin dejar de ver a Mariana comienzo a correr, el dolor es cada vez más insoportable, enojada, me volteo para ponerle cara al sujeto que me está lastimando. Primero observo la sangre que escurre por su brazo, manchando así su playera blanca; siento su mirada y lo veo a los ojos. Nunca había visto un cuerpo que sostuviera una mirada sin alma, es Chema.



Antes de alejarnos de la Alameda, pensé que sería yo la más afectada por la muerte de Mariana, nunca pasó por mi cabeza la persona que le enseñó a tener voz, a luchar por lo que la identifica, a tener coraje.

Gracias a Chema conocí a mi amiga de lucha, ellos me ayudaron a crear un hogar en ese viejo hotel ubicado en el centro de la ciudad, comúnmente conocido como Nido de ratas, denominado así por la ciudadanía que no comprende nuestros ideales.

Sin duda alguna, eran mi familia.

Quería hablarle, darle a entender que no estaba solo, que a mí también me quitaron una parte esencial, que no volveré a ser la misma, pero mis labios simplemente no se movían. Mi voz se había esfumado con el ultimo aliento de Mariana. ¿Y quién soy yo para hablarle de dolor, si él había perdido a su hermana de sangre?



Me niego a pensar que su cuerpo yace sin vida. Me volteo y el miedo emana de lo más profundo de mi cuerpo al ver cómo nuestras banderas son quebradas por hombres, que, sin duda alguna, tienen muerte escrito en la frente. Hombres que, sin escuchar nuestras demandas, agreden y violan nuestros derechos.

Me paro en seco y veo cómo Mariana es tomada por los tobillos y llevada hacia la esquina. La toman como si fuera una muñeca de trapo, sin temor a dejar una huella de sangre a su paso. Recupero la voz que sentía perdida y grito con todas las fuerzas con las que nunca había podido hacerlo, “Mátennos a todos, pero nuestra lucha seguirá viva”.



“Beatriz, arriba, en el segundo piso. Entra rápido, no se queden así carajo”.

Ramón otro compañero del magisterio, me hace señas desde el segundo piso de la facultad de leyes de la UABJO para resguardarnos ahí. Entramos y lo primero que veo son personas heridas, llorando y el coraje que brota de los ojos de cada maestro.

Me siento en un pupitre y Ramón exclama: “Compañeros, cállense, Radio Plantón está diciendo algo importante”. La voz de temblorosa de Fernando Lobo, colaborador de Radio Plantón, invade la facultad de leyes de la UABJO. “Son las 5 de la mañana y seguimos conectados. Compañeros que se encuentran en el plantón, resistan. En estos momentos en está entrando la PFD y…” La transmisión se corta y el ruido de afuera me cala los huesos, pero mi coraje es más intenso. Me paro decidida a salir y siento nuevamente ese dolor punzante en el brazo. Otra vez es Chema. Nos miramos fijamente y me desmorono. Me toma entra sus brazos y el llanto gobierna mi cuerpo.

Ya es medio día, hemos logrado alejar a la policía del Zócalo capitalino. Para el anochecer, no sólo somos maestros, se han unido estudiantes, obreros, campesinos y amas de casa.

Hoy es 16 de junio, dos días después del intento de desalojo, dos días después de perder una parte de mi alma, Mariana. Camino rodeada de personas que parecen no tener miedo. Somos más de miles de personas marchando. Siente nuestros pasos Ulises, siente el retumbar de nuestra voz, siente al pueblo.

Las horas del día pasan cada vez más rápido. Estoy con Chema tomando café, es un momento tranquilo, veo el humo que brota del café. Una voz ronca pero dulce interrumpe mis pensamientos. “Buenas noches”. Todos respondimos amablemente. Ambos hombres comenzaron a hablar en una lengua indígena. Se ríen un poco, se nos quedan viendo y sonríe. Uno de ellos dice: “Perdonen, es costumbre hablar en zapoteco”. Chema les sonríe amablemente comentando: “No se preocupe, entendemos”. Terminamos nuestro café y comenzamos a recoger nuestras cosas para retirarnos. Chema se aleja un poco del anafre, acercándose a la señora que está batiendo el chocolate atole.

“Gracias por todo Gloria, salúdame a Ismael”. “Claro que sí Chema. No había tenido el tiempo para decírtelo, si necesitas un cafecito o hablar de lo que está pasando, estoy aquí. Tu bien sabes que quería a Mariana como la hija que nunca pude tener”. Con la voz más frágil Chema dice “Gracias, me tengo que ir”. “Adiós negrito, cuídate”. Yo hago cómo que no escucho nada y nos perdemos en el plantón.

“Jóvenes”, la misma voz ronca se acerca a nosotros. “Les molestaría responderme una pregunta, mi compadre quiere saber, pero le da pena preguntar”.

Chema un tanto sorprendido. “No hay problema, pregunte”. Tartamudeando un poco. “¿Cuántos les pagan a ustedes por estar en el plantón? Porque sé que lo que nos dan a nosotros es bastante, pero nos preguntamos si varía por la edad, el pueblo o las razones por las que están aquí”.

Me voltee bruscamente con un gesto incómodo, al ver la cara de Chema él no expresa ningún gesto de sorpresa. Me mira fijamente y con un tono de voz fuerte. “Yo lo resuelvo, ahorita te alcanzo Bety”.

Camino sin saber mi destino, tropiezo con tiendas de campaña, zapatos y mi cabeza rosando mecates hasta que encuentro nuevamente a Chema.

Desvía la mirada y comienza a caminar junto a mí, sin decir nada. Como si nada hubiese pasado. Veo a los ancianos bajo los faroles del zócalo de la ciudad platicando en una lengua indígena; junto se encuentra un grupo de señoras recargando sus pies cansados sobre sus guaraches, enrolladas con sus rebozos de lana, tejiendo unas servilletas para las tortillas. Enfrente de ellos están unos niños haciendo carteles con frases como: “Mi educación no satisface mi hambre. Los recursos son pocos y mi pobreza es mucha. Fuera URO, Los recursos son para el pueblo. Hablo una lengua indígena pero mi boca grita educación”, mientras sus padres toman una cerveza y le dan sorbos a unas botellas pequeñas que parecen ser mezcal.

Confundo todo y entro en conflicto, ¿Por qué no había visto todo esto antes? Me armo de valor y le pregunto a Chema: “¿Te pagan por estar aquí? Me aparta del pasillo principal y nos metemos a la calle Guerrero. “Mira Mariana, sé que esto te sorprende. Al principio, me pasó lo mismo, pero ya estando aquí, uno se da cuenta de todo lo que se hace para formar un sindicato con el poder que tiene el nuestro”.

“No me contestaste, ¿Sabías que nos pagan pos estar aquí?”

“Claro que sí Beatriz, hace unos meses se lo dije a Mariana y pensé que te lo había dicho. Al parecer no”.

“Mariana lo sabía y aun así seguía diciendo que era nuestra lucha, me siento traicionada” Comienzo a caminar sin mirar atrás.

Llego a la explanada de Santo Domingo y me siento en el suelo. Ya no sé lo que estoy haciendo, ni por qué lo hago. Ya no sé a quién defendo, ni cómo lo hago. Ya no estoy segura de nada.

Muy cerca un niño habla con su mamá.

“Mamá, ¿Por qué no voy a la escuela? Ya no quiero estar aquí”. Su madre lo ve un poco confundido y le dice: “No sé por qué lo hacen, solo sé que le están dando a tu papá un poco de dinero. Y vaya que nos está ayudando. Tú sólo repite lo que escuches en las marchas y no te separes de mí”.

Este es mi punto de quiebre.

Decidida, regreso y enfrento a Chema. “No sé qué hago aquí, pero necesito que me ayudes a descubrir qué está pasando”.

Me interrumpe y grotescamente me dice: “Para Beatriz, es muy fácil, eres o no eres. No hay más. Quédate o vete”.

Decidí quedarme, pero ver todo lo que conlleva este movimiento. Violencia y cada vez más sangre. He visto morir a uno de mis alumnos. Sus padres culpan al gobierno. Yo culpo a las personas que no defienden sus prioridades y se dejan envolver por el gobierno.

Lo peor es que soy una de ellas y es ahí donde comienza mi miedo. Mi miedo a dejar de ser la persona buena que defiende a mis humildes estudiantes, miedo a ser el monstruo contra el que me enfrento día a día., sentir ese miedo que te cala los huesos, ese miedo que te quita el aliento, ese miedo que hoy siento.

El 2006 es sólo un recuerdo. Uno que no sólo me asustó a mí. Asusto a todo un Estado. El 2006 nunca se olvida.

25 de septiembre de 2018. Miguel, un ex seminarista, actual estudiante de astronomía, sube un video a la página de Facebook de “En Busca de la Paz y el Bien”, “EPYB” asociación civil que él mismo fundó, cuyas oficinas se encuentran en el municipio de San Martín Texmelucan. En el video pide apoyo para una familia de escasos recursos del pueblo de San Baltazar Temaxcalac, cuyo hijo menor recibe un costoso tratamiento de hemodiálisis. Este niño, conocido como Manuelito, acaba de cumplir 12 años. El apoyo que Miguel pide a la comunidad consiste en donar dulces para que la madre de familia ponga un puestecillo que le dé sustento. En este mismo video invita a los espectadores a asistir a una fiesta de cumpleaños que le celebrarían el siete de octubre.

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En Busca de la Paz y el Bien A.C



A finales de septiembre y principios de octubre, la página publica fotografías y mensajes de agradecimiento a quienes donan dulces, ropa y regalos para la esperada fiesta de Manuelito, entre estos, una piñata circular roja.

6 de octubre de 2018. 7:10 pm. Llego con retraso a las oficinas de la asociación civil sudoroso y jadeante. Me recibe Hani, una chica de preparatoria que es integrante de la A.C. desde febrero. Me conduce a un comedor/sala, arriba, en donde me encuentro con mi conexión más cercana con EPYB, Laura, de unos dieciocho años cuyos padres también llevan tiempo siendo voluntarios.

Tomo asiento junto con otros chicos que me pasan parte de un mazo impreso de dominó con la particularidad de tener la ilustración de una mano junto a cada grupo de puntitos, las manos hacen la seña respectiva del número junto al que están. Es un mazo hecho especialmente para un curso de lenguaje de señas que dan a quien lo necesite y cuyo costo es voluntario. Junto a mí, una de las maestras, sordomuda, dirige y corrige las señas. Intento decir mi nombre a señas para presentarme, a lo que esta señorita hace un ademán simulando tener alas, las alas de un Ángel, para corroborar si me di a entender. Asiento, y veo, con tristeza, que a sus espaldas, en un rincón, descansa una piñata circular roja…

7:50 pm. El municipio ya no duerme tan temprano como lo hacía la primera mitad del año, el ejército ronda las calles a menudo y da la ilusión de seguridad a la población. A pesar de ello, han habido más de tres balaceras en los últimos dos meses, en zonas pobladas y con escuelas cerca. Está oscureciendo y Miguel se apresura a coordinar los grupos para transportarnos a San Baltazar, pueblo al que se puede llegar a través de la carretera Vicente Guerrero o cruzando San Lucas Atoyatenco, cerca de la zona tianguista. El mismo San Baltazar colinda con Moyotzingo, ambos pueblos son conocidos desde hace décadas por ser un punto de concentración de la mayoría de los asaltantes que operan en todo el municipio (Aunque, en su mayoría, sus habitantes son civiles comunes y corrientes).



Una señorita de unos veinticinco años llega y se presenta con Miguel. Viene acompañada de su novio. Ella se había enterado de todo el asunto por medio de las redes sociales desde el 25 de septiembre. Había mandado a hacer un pastel para el día de mañana, 7 de octubre, y ha tenido que cancelarlo. Laura y yo somos asignados a la camioneta pick up de la pareja. Apenas y quepo en el asiento trasero, tengo que ir encorvado durante el viaje. Pasamos por debajo de un puente que marca el fin de la ciudad; en la pared tiene un mural en el que se aprecia una madre indígena que carga a su hijo y sostiene un ramo de rosas rojas; sus manos que forman el símbolo femenino; un par de puños con cuerdas rotas en las muñecas y otro par en posición de recibir. Alrededor de la escena la pared está tapizada del escudo feminista.

Nos orillamos en la carretera, frente a la acera en la que descansan las viejas vías del tren. Esperamos al grupo, pero al cabo de quince minutos caemos en cuenta de que se han adelantado por el otro camino, el de San Lucas. Proseguimos y terminamos atravesando otro puente por debajo, el que marca el principio de San Baltazar.

Nos detenemos, estamos en una calle totalmente baldía, una camioneta pick up, una camioneta tipo familiar, y un vocho. Se averió el vocho. Miguel sale de su escarabajo y vienen a su memoria las cuatro veces que lo ha mandado a reparar en el año.



--¿No tienen unas pinzas, chicos? --nos pregunta.

No, nadie trae pinzas, no contábamos con que el vocho verde de Miguel iba a detenerse a medio kilómetro del destino. A pesar de todo, Miguel mantiene una sonrisa y una actitud admirable, le sentó bien la gracia de Dios. Al no encontrar forma de hacer que el viejo carro arrancara, y por presión de la hora, Miguel lo amarra a la camioneta familiar y continuamos el viaje.

Llegamos, el ex seminarista baja su guitarra y su amigo, su violín.

--¡Ya cambia tu carro, hermano! —le digo

--Es un cablecito nomás, allá en la casa lo amarro… — me responde.

Caminamos sobre una calle de tierra, Laura lleva en sus manos un coche de juguete con un moño encima; a lo lejos se ve nuestro punto de llegada: una fachada pintada de rosa, con el portón abierto, con unas láminas a modo de sombra. De las láminas cuelga un enorme moño blanco. Un pequeño casto había hecho el amor con una mujer blanca, más blanca que la nieve fría. No sé porqué esa frase se me viene encima.

Entramos con sigilo. Hay tertulia en el patio, que es la mayor parte de esa casita. Nos cubre una lona amarilla. Al otro extremo del patio, la mayoría de los presentes está detrás de una mesa larga con pan de dulce y jarras de té limón y café. A nosotros viene la madre de Manuelito, cada uno la saluda y la abraza:

--Buenas noches... Lo siento mucho.

Ella entra en una habitación rectangular rosa cuya puerta da al patio. Laura y Miguel la siguen. Alrededor están sentados los acompañantes del féretro blanco que descansa sobre una base de cobre, en el centro. Miguel se acerca a ver el rostro de Manuelito, toca el féretro y comienza a orar. Laura pone el carro de juguete sobre este, a la altura de los pies del niño. En el suelo, a los pies de Manuel, muchas veladoras juntas, algunas más consumidas que otras, iluminan la habitación. Cada una es la vida de quien la ofrenda, algunas más cercanas a su final que otras, dando compañía al pequeño que parte de este mundo.

Tras una cortina roja, en una habitación colindante, el fuerte llanto de un bebé, y al mismo tiempo, los intentos de una muchacha por calmarle. El pequeño no se serena, y llora aún más lastimosamente, gritando como si nadie le oyera.

Miguel y el violinista afinan sus instrumentos, y comienzan a tocar el réquiem mexicano, Entre tus brazos. Luego comienza a hablar.

—Hermanos, estamos aquí reunidos para despedir a un amigo —dice, antes de comenzar a rezar el rosario, en el que participan todos. Después de cada misterio, toca una canción, que purga las setas de amor y dolor en el corazón de los presentes.

En el cuarto misterio toca una canción que se olvida un poco de la iglesia y va directo al lugar donde esté quien que se ha ido. “Quiero abrazarte un momento, y decirte una vez más cuanto te quiero…”. La mujer que vela el cuerpo de su hijo cubre sus ojos, llora… y el cielo la imita.

Los presentes en el patio se resguardan bajo la lona. Una lámpara que descansa en una esquina y se moja con la lluvia y el vapor que se refleja en la luz, y forma figuras extrañas. Un autobús vacío de transporte de personal de alguna empresa pasa junto a la casa.

Ya son las 9:20 pm. Una noche sin luna cubre el pueblo. El rosario termina. Miguel y su compañero violinista tocan “Las mañanitas” para Manuel. Un aplauso y una porra para el chico, que cumplió los 12 años. Nuestros respetos y nuestro cariño.

Uno de los integrantes de la asociación le entrega con cordialidad una cantidad de dinero que han recaudado durante el día. Con dichas donaciones y un diálogo con el ayuntamiento, le han dado facilidad para comprar un lugar en el que los restos de Manuel tengan un lecho.

Se hace la repartición de pan dulce, café y té limón. Salgo a ver la calle, que es realmente un callejón amplio sin salida. Sigue lloviendo. Sale un hombre mayor, de unos setenta y cinco años, da las buenas noches, se monta en su bicicleta y se marcha. Lo mismo hace una familia, seguida de otras dos y más personas de la comunidad de San Baltazar, que habían venido a acompañar el hogar de luto.

Las conversaciones cálidas se hacen presentes, todos nos resguardamos del frío acercándonos los unos a los otros. Las asociaciones civiles, impulsadas por motivos de fe, de amor, o de responsabilidad social, hacen esto y más, fundadas por la comunidad para la comunidad.

Es momento de estar juntos, en una tierra rodeada por la soledad.