Imprimir esta página

El fantasma del 2006/Taller de Periodismo Ibero Puebla

Compartir

Es el 14 de junio del 2006, son las 4 de la mañana y me levanta Mariana. “Levántate, levántate rápido, la PFP está aquí. Nos están lanzando gases lacrimógenos”. Me levanté lo más rápido que pude y corrimos asustadas, pero juntas. “¿Sabes dónde está Chema? Nadie lo ha visto”. No Mariana, pero ahorita llega, siempre sabe dónde estamos.

Me separo de ella, miro a los lados y me sofoco con el gas pimienta. Mi piel se estremece y la veo ahí, en el piso más frío y sucio que su rostro ha rozado, la cantera se pinta de rojo. Estoy viendo cómo su mirada se apaga, cuando alguien me toma del brazo y escucho cada vez más lejos “Ya cayó, ya cayo, Ulises ya cayó”

Mi brazo se duerme por la fuerza con la que me toman. Sin dejar de ver a Mariana comienzo a correr, el dolor es cada vez más insoportable, enojada, me volteo para ponerle cara al sujeto que me está lastimando. Primero observo la sangre que escurre por su brazo, manchando así su playera blanca; siento su mirada y lo veo a los ojos. Nunca había visto un cuerpo que sostuviera una mirada sin alma, es Chema.



Antes de alejarnos de la Alameda, pensé que sería yo la más afectada por la muerte de Mariana, nunca pasó por mi cabeza la persona que le enseñó a tener voz, a luchar por lo que la identifica, a tener coraje.

Gracias a Chema conocí a mi amiga de lucha, ellos me ayudaron a crear un hogar en ese viejo hotel ubicado en el centro de la ciudad, comúnmente conocido como Nido de ratas, denominado así por la ciudadanía que no comprende nuestros ideales.

Sin duda alguna, eran mi familia.

Quería hablarle, darle a entender que no estaba solo, que a mí también me quitaron una parte esencial, que no volveré a ser la misma, pero mis labios simplemente no se movían. Mi voz se había esfumado con el ultimo aliento de Mariana. ¿Y quién soy yo para hablarle de dolor, si él había perdido a su hermana de sangre?



Me niego a pensar que su cuerpo yace sin vida. Me volteo y el miedo emana de lo más profundo de mi cuerpo al ver cómo nuestras banderas son quebradas por hombres, que, sin duda alguna, tienen muerte escrito en la frente. Hombres que, sin escuchar nuestras demandas, agreden y violan nuestros derechos.

Me paro en seco y veo cómo Mariana es tomada por los tobillos y llevada hacia la esquina. La toman como si fuera una muñeca de trapo, sin temor a dejar una huella de sangre a su paso. Recupero la voz que sentía perdida y grito con todas las fuerzas con las que nunca había podido hacerlo, “Mátennos a todos, pero nuestra lucha seguirá viva”.



“Beatriz, arriba, en el segundo piso. Entra rápido, no se queden así carajo”.

Ramón otro compañero del magisterio, me hace señas desde el segundo piso de la facultad de leyes de la UABJO para resguardarnos ahí. Entramos y lo primero que veo son personas heridas, llorando y el coraje que brota de los ojos de cada maestro.

Me siento en un pupitre y Ramón exclama: “Compañeros, cállense, Radio Plantón está diciendo algo importante”. La voz de temblorosa de Fernando Lobo, colaborador de Radio Plantón, invade la facultad de leyes de la UABJO. “Son las 5 de la mañana y seguimos conectados. Compañeros que se encuentran en el plantón, resistan. En estos momentos en está entrando la PFD y…” La transmisión se corta y el ruido de afuera me cala los huesos, pero mi coraje es más intenso. Me paro decidida a salir y siento nuevamente ese dolor punzante en el brazo. Otra vez es Chema. Nos miramos fijamente y me desmorono. Me toma entra sus brazos y el llanto gobierna mi cuerpo.

Ya es medio día, hemos logrado alejar a la policía del Zócalo capitalino. Para el anochecer, no sólo somos maestros, se han unido estudiantes, obreros, campesinos y amas de casa.

Hoy es 16 de junio, dos días después del intento de desalojo, dos días después de perder una parte de mi alma, Mariana. Camino rodeada de personas que parecen no tener miedo. Somos más de miles de personas marchando. Siente nuestros pasos Ulises, siente el retumbar de nuestra voz, siente al pueblo.

Las horas del día pasan cada vez más rápido. Estoy con Chema tomando café, es un momento tranquilo, veo el humo que brota del café. Una voz ronca pero dulce interrumpe mis pensamientos. “Buenas noches”. Todos respondimos amablemente. Ambos hombres comenzaron a hablar en una lengua indígena. Se ríen un poco, se nos quedan viendo y sonríe. Uno de ellos dice: “Perdonen, es costumbre hablar en zapoteco”. Chema les sonríe amablemente comentando: “No se preocupe, entendemos”. Terminamos nuestro café y comenzamos a recoger nuestras cosas para retirarnos. Chema se aleja un poco del anafre, acercándose a la señora que está batiendo el chocolate atole.

“Gracias por todo Gloria, salúdame a Ismael”. “Claro que sí Chema. No había tenido el tiempo para decírtelo, si necesitas un cafecito o hablar de lo que está pasando, estoy aquí. Tu bien sabes que quería a Mariana como la hija que nunca pude tener”. Con la voz más frágil Chema dice “Gracias, me tengo que ir”. “Adiós negrito, cuídate”. Yo hago cómo que no escucho nada y nos perdemos en el plantón.

“Jóvenes”, la misma voz ronca se acerca a nosotros. “Les molestaría responderme una pregunta, mi compadre quiere saber, pero le da pena preguntar”.

Chema un tanto sorprendido. “No hay problema, pregunte”. Tartamudeando un poco. “¿Cuántos les pagan a ustedes por estar en el plantón? Porque sé que lo que nos dan a nosotros es bastante, pero nos preguntamos si varía por la edad, el pueblo o las razones por las que están aquí”.

Me voltee bruscamente con un gesto incómodo, al ver la cara de Chema él no expresa ningún gesto de sorpresa. Me mira fijamente y con un tono de voz fuerte. “Yo lo resuelvo, ahorita te alcanzo Bety”.

Camino sin saber mi destino, tropiezo con tiendas de campaña, zapatos y mi cabeza rosando mecates hasta que encuentro nuevamente a Chema.

Desvía la mirada y comienza a caminar junto a mí, sin decir nada. Como si nada hubiese pasado. Veo a los ancianos bajo los faroles del zócalo de la ciudad platicando en una lengua indígena; junto se encuentra un grupo de señoras recargando sus pies cansados sobre sus guaraches, enrolladas con sus rebozos de lana, tejiendo unas servilletas para las tortillas. Enfrente de ellos están unos niños haciendo carteles con frases como: “Mi educación no satisface mi hambre. Los recursos son pocos y mi pobreza es mucha. Fuera URO, Los recursos son para el pueblo. Hablo una lengua indígena pero mi boca grita educación”, mientras sus padres toman una cerveza y le dan sorbos a unas botellas pequeñas que parecen ser mezcal.

Confundo todo y entro en conflicto, ¿Por qué no había visto todo esto antes? Me armo de valor y le pregunto a Chema: “¿Te pagan por estar aquí? Me aparta del pasillo principal y nos metemos a la calle Guerrero. “Mira Mariana, sé que esto te sorprende. Al principio, me pasó lo mismo, pero ya estando aquí, uno se da cuenta de todo lo que se hace para formar un sindicato con el poder que tiene el nuestro”.

“No me contestaste, ¿Sabías que nos pagan pos estar aquí?”

“Claro que sí Beatriz, hace unos meses se lo dije a Mariana y pensé que te lo había dicho. Al parecer no”.

“Mariana lo sabía y aun así seguía diciendo que era nuestra lucha, me siento traicionada” Comienzo a caminar sin mirar atrás.

Llego a la explanada de Santo Domingo y me siento en el suelo. Ya no sé lo que estoy haciendo, ni por qué lo hago. Ya no sé a quién defendo, ni cómo lo hago. Ya no estoy segura de nada.

Muy cerca un niño habla con su mamá.

“Mamá, ¿Por qué no voy a la escuela? Ya no quiero estar aquí”. Su madre lo ve un poco confundido y le dice: “No sé por qué lo hacen, solo sé que le están dando a tu papá un poco de dinero. Y vaya que nos está ayudando. Tú sólo repite lo que escuches en las marchas y no te separes de mí”.

Este es mi punto de quiebre.

Decidida, regreso y enfrento a Chema. “No sé qué hago aquí, pero necesito que me ayudes a descubrir qué está pasando”.

Me interrumpe y grotescamente me dice: “Para Beatriz, es muy fácil, eres o no eres. No hay más. Quédate o vete”.

Decidí quedarme, pero ver todo lo que conlleva este movimiento. Violencia y cada vez más sangre. He visto morir a uno de mis alumnos. Sus padres culpan al gobierno. Yo culpo a las personas que no defienden sus prioridades y se dejan envolver por el gobierno.

Lo peor es que soy una de ellas y es ahí donde comienza mi miedo. Mi miedo a dejar de ser la persona buena que defiende a mis humildes estudiantes, miedo a ser el monstruo contra el que me enfrento día a día., sentir ese miedo que te cala los huesos, ese miedo que te quita el aliento, ese miedo que hoy siento.

El 2006 es sólo un recuerdo. Uno que no sólo me asustó a mí. Asusto a todo un Estado. El 2006 nunca se olvida.

Compartir

Sobre el autor

Elena Alejandra Ramírez Tovar

Elena Alejandra Ramírez Tovar es estudiante de Comunicación en la Ibero Puebla. Participó en el el taller de periodismo impartido por Mundo Nuestro en la materia de Periodismo a cargo de la Maestra Ana Lidya flores.