Una feminista harta de su normalización/Taller de Periodismo Ibero Puebla

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Cosificación sexual de la mujer y una feminista harta de su normalización

Son las 6:50 am, es un lunes de 2014, tengo 15 años y estoy caminando hacia la entrada de mi escuela, preguntándome si de verdad vale la pena estudiar. Me desperté hace 15 minutos y ya estoy sudando, estoy cansada, hambrienta y no quiero estar aquí. Al pasar por la reja siento como Clarita, la portera, me agarra del hombro y yo solo cierro los ojos “ahora que”.

--¿Dónde está tu moño?

Me volteo, la miro a los ojos y las dos sabemos que no tengo el moño, como es costumbre, me empiezo a irritar.



--No lo traigo --digo viendo al piso, como suplicando.

Llega la madre directora, me pregunta y le contesto lo mismo.

--No puedes pasar.

--¿Es que por qué tengo que usar moño?

--Porque eres niña y así es el uniforme.



--¡Entonces soy hombre!

Ese día no entré a la escuela, y me fui con ganas de no regresar, pero desayuné mucho en mi casa, me puse el moño y regresé a la segunda hora. Además de la clase de química también me perdí otra por estar en la oficina de la madre hablando de su gran preocupación por mis desviaciones mentales. Me obligó a pronunciar las palabras “no soy hombre”.



Recuerdo haber pensado: “cómo les puede importar más a estas personas que yo esté adornada como un regalo, que el hecho de que asista a mis clases y aprenda”. Claro que entendía que las normas son las normas, pero eso no me quitaba el sentirme como una cosa, y lo más molesto aún para mí en esa edad, cuando se comienzan a marcar cada vez más las diferencias entre géneros, por qué ellos no y yo sí.

Esta fue la primera vez que sentí la cosificación, o que reflexioné sobre ella profundamente. Después comprendería que el problema va mucho más allá de un moño, pero que en efecto se manifiesta desde muy temprano en situaciones que parecen sin importancia. Y no es que no hubiera visto comerciales de hamburguesas con mujeres semi desnudas, pero para mi eso solo era normal, ella no era yo, pero esta sí, y desde entonces todas éramos yo. Pues estar enojada es un impulso, a leer, a enterarte, a darte cuenta, a estar mas enojada, indignada, impotente, ante un problema más grande que todos nosotros juntos y que ha sobrevivido generación tras generación, un problema que ni siquiera es reconocido como problema por la mayoría de la gente, un problema que es hoy en día el estado natural de las cosas, parte de la cultura y de nosotros como sociedad aparentemente.

La cosificación es precisamente el convertir un sujeto en un objeto, una cosa, la cosificación sexual es tratar, representar, valorar, y ver a una persona, generalmente una mujer, como un objeto sexual, con función exclusiva del placer de los demás, generalmente los hombres. En este proceso se le priva a las mujeres de todas sus demás dimensiones, la inteligencia, sensibilidad, emociones, ideas, pensamiento, opiniones, y se le ve solamente como un cuerpo con una dimensión, la sexual. En papel esto suena exagerado, sin embargo, cuando lo vemos en la vida cotidiana, lo pensamos dos veces. Las chicas con minishorts y corpiños bailando afuera de la tienda de colchones cuando hay una oferta son tomadas simplemente como una muy atractiva utilería, O la mujer casi desnuda en la pancarta que anuncia un taller mecánico, ¿Su cuerpo es más que una mercancía?

Sin querer ser exclusiva de los géneros, hablando solo del mío, y sin querer generalizar a los hombres, me enfoco en la cosificación de la mujer específicamente porque vivo en un tiempo donde voltear los géneros en la publicidad es completamente impensable. Si viéramos un hombre en tanga tomándose un tequila en la televisión nos parecería absurdo, cómico, y la mayoría se sentiría muy incómodo. Esta es la gran diferencia que nos separa, somos bombardeados constantemente con la híper-sexualización del cuerpo femenino y no pensamos dos veces en por qué no nos pone incómodos, estamos desensibilizados. Todos vemos pechos femeninos sexualizados, casi desnudos, al menos una vez al día en algún comercial o espectacular, a veces hasta sin registrarlo, es lo cotidiano, pero qué tal cuando una mujer se saca el pecho para darle de comer a su bebe en un restaurante, por ejemplo. Esta mujer será tachada de inmoral, recibirá miradas de hombres y mujeres, muchos se pondrán incomodos, y muchos se molestaran, la verán como si no fuera lo más natural del mundo darle de comer a un ser humano, algunos dirán escandalizados “aquí hay niños”, como si el niño fuera el que ve morbosamente un pecho, del que hace unos años el también comía, y como si un pecho fuera en sí algo malo que pervirtiera a un niño, incluso algunas mujeres dirán “no quiero que mi marido vea otros que no sean los míos”, como si su marido no pudiera evitar mirar, y como si su marido no los viera de cualquier forma, todo el tiempo, en todos lados. Es en este tipo de incongruencias en las que vivimos, en una contradicción total, de ver lo natural como raro y lo antinatural como totalmente normal, es como si la exposición del cuerpo femenino dejara de ser aceptable cuando deja de dar placer al hombre, esto es cosificación.

Es en este mundo en el que se le culpa a las mismas mujeres cuando son atacadas, acosadas, o abusadas, por usar cierto tipo de ropa, reveladora por ejemplo, porque todos saben que los hombres son incapaces de resistirse a tocar a una mujer, es su naturaleza, o por caminar sola en la noche, porque cómo se le ocurre ir sola si ya sabe que la van a atacar, es como una invitación, o por no “darse a respetar”, cuando en realidad ninguna acción es una invitación a la falta de respeto en el ámbito sexual. La cosificación de la mujer excusa y justifica a los abusadores, son tratados en muchos casos como si no hubieran tenido opción alguna. Y al voltear los roles, parece absurdo, lo cual perjudica igual a los hombres y a las mujeres, si una mujer insiste agresivamente a un hombre que no quiere nada, de la mujer ni se diga lo que se pensaría, pero del hombre, este quedaría completamente ridiculizado y hecho menos, despojado de su “hombría” en el término popular de la palabra.

Ya sin mencionar lo obvio, todos por el simple hecho de ser personas nos deberíamos de respetar el uno al otro, y sin querer marcar una guerra de sexos, ellos contra ellas, por lo menos las mujeres, que somos las mas afectadas de todo este fenómeno en muchos ámbitos de nuestra vida, no deberíamos perpetuarlo, y suena lógico, pero me atrevo a decir que casi todas lo hemos hecho o seguimos haciendo, al criticar a otra mujer por la ropa o el maquillaje que usa o no usa, usar insultos como “puta” o “zorra”, burlarnos de otra por no ser convencionalmente bella, competir entre nosotras por atención masculina, negar nuestra feminidad para parecer mas cool, o caerle bien a los hombres, nos hacemos daño a nosotras mismas, vamos contra nuestro propio género sin darnos cuenta.

Al ser literalmente parte de la cultura, es lo que aprendemos hombres y mujeres al mismo tiempo de pequeños, y es difícil darse cuenta pues está inmerso en todos los discursos, hasta los que parecen buenos; por ejemplo, la romántica noción de que tu papá te entregue el día de tu boda, muchas mujeres sueñan con eso, y lo llevan a cabo, las hace sentir bien, pero el trasfondo de esta acción es que la mujer era vista como una mercancía, un objeto que pasa de la propiedad del padre a la del marido, lo que hoy, en muchos casos, es cierto en términos de dependencia económica, sobre todo en sociedades conservadoras como la poblana, o la regia, o la mexicana en general. O el concepto de caballerosidad tan relacionado con los buenos modales de los hombres, llegar a la casa, saludar al padre, llevarse a la hija, abrir la puerta del coche, del restaurante, jalar la silla, pagar la cuenta, acabar, repetir todos los movimientos de sillas y puertas, y dejarla a una hora decente, pedir la mano de la hija en matrimonio, muy romántico. ¿La hija no es dueña de su propia mano? Volteemos los roles, una mujer hablando con la madre de su novio, pidiéndole su mano en matrimonio, dándose apretón de manos y “cerrando el trato”, un poco extraño.

No es un odio al romanticismo, ni a las costumbres y tradiciones, ni al amor, y la realidad no es blanca y negra. La gran mayoría de las veces los hombres son caballerosos porque son buenas personas y quieren mostrarle eso a su pareja, esa es la forma que conocen, y las mujeres lo toman perfectamente bien, porque la intención es visiblemente buena, la gran mayoría de los padres hoy en día no ve a su hija como una mercancía, la ama y quiere formar parte de esta tradición como “despedida”, y la hija lo ama también y está agradecida. Es complicado el entremezclamiento de la intención real de las acciones y el trasfondo de estas, pues vienen de tradiciones y costumbres horriblemente misóginas y machistas, pero no son horriblemente misóginas y machistas, y aunque hoy en día no sean necesariamente malas, tampoco ayudan a la formación de una sociedad más igualitaria, pues perpetúan las dañinas nociones de mujer y hombre que se han tenido por siglos.

El machismo, la misoginia, el patriarcado, la cosificación son temas bíblicos, más grandes y antiguos que cualquier persona viva, tan complejos, enmarañados, inmersos y entramados entre ellos y con la cultura que tardaría una infinidad en explicarlos y aun así me quedaría corta. Es imposible cambiar el cómo han sido las cosas hasta ahora, es casi, si no imposible, cambiar las cosas como son ahora. Pero lo que es posible es reflexionar, leer, observar, parar algunas prácticas, no normalizar lo que es claramente dañino, invitar a otros a que reflexionen, y más adelante también educar, y en esta educación dejar de lado los pensamientos, dogmas, y normas sin las cuales hubiéramos sido más felices creciendo.

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Sobre el autor

Valeria Salas Pugh

Valeria Salas Pugh es estudiante de la carrera de Comunicación en la Ibero Puebla. Participó en el taller de periodismo narrativo que Mundo Nuestro impartió dentro de la clase de Periodismo de la Maestra Ana Lidya Flores.