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29 Noviembre 2021, Puebla, México.

Los otros días / Iván Uriel Atanacio Medellín, novelista

COVID 19 en 2021 | Crónica | 3.MAR.2021

Los otros días / Iván Uriel Atanacio Medellín, novelista

Iván Uriel Atanacio Medellín

Cada día mimetiza el anterior, y el día siguiente convierte la cotidianidad en costumbre...

Voces en los días del coronavirus

“Somos un punto entre millones del puntos, que al unirse, un todo significan”

(El Muro)

 

A la suma de días que han pasado al declararse la pandemia que lacera el mundo, viene a mí como acuse del pasado presente la cuenta de los otros días, esos que uno alberga con ilusión de que no sean, como sucinta petición del sueño a la pesadilla, con zozobra aguzada por la esperanza detenida, que no quiebra ni alienta, estancada como nosotros al amparo de los hechos.

Hace ya varios meses, tuve el placer de participar en Mundo Nuestro dentro del serial de voces que expresaban su sentir reflexivo hacia el virus viajero. A esas líneas las denominé “Reflexiones en tiempos del coronavirus”; en ellas, pensamientos, reacciones e instintos que percibí al entorno se volcaron en compartir la sorpresa, la ansiedad y el devenir que advertía incierto. Aquel ejercicio fungió como una suerte de desahogo literario al azar inadvertido, una cuita que no quitaba la amenaza que pugnaba envolvernos en el velo, caos y miedo hacia la muerte.

Las líneas prosiguen al portal como testigo de aquellos sentires que fueron y, que, a la luz del tiempo, siguen siendo. Las reflexiones ante aquellos momentos, plasmaban las acciones y reacciones que nos llevó a mantener la distancia física y usar cubre bocas para protegernos como si el enemigo fuéramos todos, y la única víctima fuese la circunstancia.

El mundo se vio como un solo planeta, pero habitado por universos paralelos y ante las vicisitudes, distintos; tratamos conectarnos para no estar lejanos cuando por años, gracias a dispositivos que nos tienen esclavos, pensamos más en quien estaba lejos que a nuestro lado. Ante la incertidumbre del origen y la certeza de su causa, el virus apareció cimbrando en nosotros todo aquello que teníamos dado, enfatizó los olvidos, los letargos, la violencia que se vive en los hogares de los que mujeres quieren estar más fuera que dentro y por abuso debaten la vida en ambos lados.

La situación extrema, sacudió por entero como un torrente de incomprensión al andar de nuestros pasos en prisa y pausa, puso a la proximidad una llaga que fragmenta por encargo, nos deja al albedrío de abrazar la supervivencia individual o el colectivo solidario de la compasión si acude a la consciencia.

Las diferencias se hacen más ondas y los contextos más ambiguos; el anhelo de ayudarnos unos a otros pasó del ímpetu al recelo de no saber cómo actuamos, qué debemos hacer o qué indica la manivela de lo habitual que no controlamos. Cada día mimetiza el anterior o semejante, y el día siguiente convierte la cotidianidad en costumbre y el asombro en una premisa delegada a noticias y datos.

Calles vacías supuran al silencio los murmullos engarzados en la prevención, y luego desesperan al espacio que cunde no rendirnos. No hay día que me levante imaginando un sueño que ante el dolo, el duelo y la urgente tristeza de los casos, somete la realidad y nos la presenta para que no olvidemos que estamos insertos en un momento histórico.

A los meses mi pensamiento no ha cambiado, tampoco mi sentir ni el anhelo inquebrantable porque esto pase y volvamos a abrazarnos. Lo que sí ha cambiado es la reflexión que no dilata sea verdad el amor es la única vía para hacerlo, y que entre las súplicas por volver a la normalidad de antes, al ahora y al después, no volvamos a algunas aristas que parece no cambian o han cambiado.

 

 

Voces en los días del coronavirus 2020 / Reflexiones…en tiempos del coronavirus… / Iván Uriel Atanacio Medellín, escritor 

Reflexiones…en tiempos del coronavirus… / Iván Uriel Atanacio Medellín, escritor

No, no quiero volver a la displicencia de no vernos a los ojos, por ignorarnos y dar por sentado causas sin consecuencias; a un estado en que la violencia ante la mujer prosiga y los derechos humanos sean soslayados, a senderos migrantes que alrededor sufren migrar en la total deshumanización de sufrimientos anegados por la desigualdad, el racismo y la discriminación que no amainan siquiera ante un virus que igualmente discrimina por capricho, la edad, la genética, el cuerpo, los años, y que lejos de unirnos, nos deja en el impasse del contexto, a medio camino en que no hay entrada ni salida al laberinto, a viajes de ida sin vuelta en los que incluso al  encontrarnos, más tarde olvidamos nuestros nombres, los rostros, y a los días los momentos compartidos.

 

No podemos ignorar que lo íntimo que acontece en un lugar se hace público en todos lados, y que buscamos afanosamente la tecnología nos devuelva al sentimiento como si fuese un acto mecánico, o las promesas políticas confirman quebrarse ante el interés, y que las respuestas no están en escritorios sino en las casas y calles, en los oscuros cuartos y sin ventanas en que confinan millones de personas que no advierten el sol roce la piel ni escude a sus rayos las manos.

No podemos ignorar que la prioridad debate entre la vida y el alimento, y que en esa ironía privilegios y consignas encuentran un abismo sin fondo, enfermeras recuestan imaginarios descansos, y médicos por más esfuerzo brinden, topan un muro sin medicinas impidiéndoles construir puentes que les permitan salvar vidas;  sepelios de adioses en silencio, familias sometidas a desazón del oxígeno que se ausenta, como no ausenta el que haya otras enfermedades que atender, y en esa desesperación, quedan los otros pendientes, las otras consignas, las otras cusas.

Trabajadoras del hogar sin empleo, los oficios demorados como los abrazos, negocios que cierran puertas y empleos que salen de ellas buscando un refugio que no habita. Y entonces vienen a mí los otros días, esos en que afloramos más energía, en que a pesar de no saber si el virus es creado o mutación de la natura, nos damos a la tarea de hacerle frente con los insumos que tengamos, en los que decidimos llamar a quien sentimos lejano, y valoramos instantes en que podemos estrecharnos al saludo temerario.

Y vienen a mí esos otros días, en que recibimos una buena noticia y en ella la posibilidad latente de que los enfermos dormidos despierten y se halle una cura, en que no haya más esquelas que compartan mismos argumentos y más las altas a guarida libertaria del contagio. Quiero habitar esos otros días, que a sabiendas del dolor buscamos dar gozo a la palabra, y compartir un poema en cuyos versos aviven ansias de amaneceres en rima; en que olas imaginadas sean caricias del mar y no mareas que a tormentas atosigan seguir al encierro involuntario.

Quiero habitar otros días, en que la nostalgia sea la melancolía de momentos vividos sino un instante que celebre al presente estar vivos; esos otros días en que el mundo se abre a nosotros y no cierra persianas a ventanas para ver lo que fuimos.

Lo real maravilloso y el realismo mágico se hacen presentes al corolario de las historias que ante la realidad, rebasan estigmas, prejuicios y suposiciones que a condición humana, hemos definido en un variopinto universo de emociones.

Nos sentimos vulnerables al presente y al devenir, sabemos que los planes no dependen de nosotros aunque nunca hemos tenido control sobre lo que nos rodea, la vida tiene imponderables y a la cruel imposibilidad de atrapar el tiempo, viramos los relojes del cambio del año como ahuyentando lo ocurrido.

El virus sigue ahí al despertarnos; como si una vez aparecido nada hubiera cambiado, como si esos relojes reiniciaran la cuarentena en ciclos, y no sabemos al abrir los ojos si estamos al inicio, al medio, o si hemos vuelto a emprender el giro. Tengo esperanza en el arte que acompaña días solitarios y a la soledad da abrigo, en el magisterio que desespera de las aulas acudir por vocación activa, en caminantes que cargan mercancías a la espalda y miran con dignidad de frente sosteniendo el cubre bocas a sinergia de consciente empatía; en las manos que amasan alimentos a mañanas que incluso ante el mudo barullo solo escucha ecos; tengo esperanza en los niños que juegos no olvidan, y en las ansias desesperadas por ya vernos.

Tengo esperanza, y no a la vacuna que se convierte en panacea, placebo, instrumento de control o real cura, cada quien ha formado a su criterio las formas de interpretar lo que unen y separan sistemas a su juicio, finalmente, la ciencia y la natura suscriben a la vera una respuesta que anhelamos a la pregunta, y al dirigir la mirada que ilusiones motiva, confío algo remedie la herida.

Tengo esperanza de volver a las calles y hacer de su espacio un aforo, en que alrededor del mundo las muestras de cariño sean encomiendas de darnos como somos, de que abramos los ojos a los otros días; y mientras, al sopesar la cruel ironía, la sorna que calla y aquieta, que no cabe soportar la soledad y la ignominia, que pende a la cura y a no olvidarnos, tratar de vernos al reflejo en la otra, en el otro, de dar a la otredad cabida, y a nuestro interior dibujar un espacio.

Andamos a cuestas el dolor, delante la espera, extraño tanto el abrazo y más extraño el abrigo del sueño a quimeras, que a levedad no me aparto ni ignoro existe la pandemia, más inquieto al abrir y cerrar de los ojos habito los otros días.

Mi esperanza reside en esos otros días, en los que no prometemos paraísos perdidos ni edenes eternos, sino en que apelamos a la solidaridad más humana, en los que hacemos de la caricia un suspiro y al respiro encomendamos amar los días, en los que sentimos encontraremos un lugar propio en tanto vacío, y en que juntos haremos de este mundo un mejor mundo, un mundo nuestro.