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18 Mayo 2021, Puebla, México.

La Foto en Forma de X. Memoria de mi hermano de vida Ernesto Canto

Deportes /Sociedad | Crónica | 29.ABR.2021

La Foto en Forma de X. Memoria de mi hermano de vida Ernesto Canto

Martín Bermúdez Mendoza

Sentí que mi alma no habitaba en ningún cuerpo del universo.

                                                                           

¿A qué saben las lágrimas? Me preguntó mi hermano de vida. De él decían que no había registro de que hubiera llorado desde niño, ni cuando escuchó el Himno Nacional por haber ganado el primer lugar en cualquier continente. ¿Entonces, por qué habría de llorar ahora, ante ésta noticia de los médicos? Y es que él atribuía sus malestares al encierro por la Pandemia. Lo que no sabía era que, por quedarse en casa durante varios meses, la enfermedad invasiva aprovechó el tiempo para avanzar en silencio. Ya en cama y antes de que volvieran a entrar los doctores, le dijo a su hermana: “Así quiero que se hagan las cosas”, lo dijo como un general a sus tropas.

Su hermana, no dijo sí, ni dijo no. Lo interpretó como siempre, como una instrucción de un hermano mayor. Dicho esto, él ordenó que pasaran los médicos. Ellos entraron sin perder más tiempo para aplicar lo último en avances de la ciencia médica. Y yo confié el cuerpo y alma de él, al Hijo del Hombre. Y aunque ese tiempo ya pasó, yo todavía siento que es octubre (pero mi alma, siente que es noviembre) porque eso sucedió en octubre, a pocos días después de su cumpleaños. Y es que, en los hospitales, sobre todo, en esa zona poniente, los días se perciben distintos, se vive como en otros tiempos del calendario. Es como llegar a otra ciudad, en donde los pasillos son como calles y los cuartos, son como casas. Allí, las noches se tragan los días enteros. Y por momentos se confunde la realidad con los sueños de la madrugada cuando se está sentado a un lado de la cama de un familiar. A tal grado que hasta llegué a imaginar que su estómago estaba hinchado, no por el líquido cristalino, sino por tantas lagrimas acumuladas en sus 61 años de vida, y que, si lloraba por el ombligo, él sanaría al instante y regresaríamos a casa, no en auto, sino caminando con amena platica, como lo hicimos tantas veces en 46 años de amistad. Pero aquello era una ilusión falsa, producto de mi imaginación nublada, ante la antesala de lo desconocido. Ya en la realidad, octubre se había ido, y noviembre estaba presente todavía con sus tardes de llovizna.  

En algunos momentos parecía no avanzar el tiempo, y sin embargo el 20 de noviembre llegó, nos recordó que, como cada año, el presidente de la República, entregaría el Premio Nacional del Deporte a los atletas más sobresalientes de los pasados 12 meses. Y mi hermano de vida y yo, estábamos en la lista de invitados especiales, como también lo habíamos estado el año anterior. Ahora, él no podía asistir, en cambio, yo tenía sentimientos encontrados que consistían entre quedarme en el hospital o acudir a la ceremonia. Al final, me decidí por lo último, no sin antes pasar a casa por un traje. Antes de salir del hospital, no sabía que decirle a mi hermano de vida. Opté por hacer lo de siempre, cuando nos despedíamos, yo le preguntaba ¿quién te quiere más? Y él alzaba la mano y me apuntaba con su dedo índice, a la vez que decía, “tú”. Solo que ahora en esta ocasión, únicamente me señaló y me indicó que me acercara a él, y con su voz firme me dijo: hay un sobre ahí con una foto, decodifica tu vida y rompe la cadena... Yo asentí (percibí que él quiso llorar, pero no sabía cómo hacerlo) y salí a la calle con la confianza de que mis hermanos se quedaban a su cuidado. Ya en camino, con tanto qué pensar, se me olvidó lo del sobre con la foto, y no fue sino hasta que estuve sentado en las gradas del Campo Marte, viendo la enorme bandera de México que domina el paisaje, que me acordé. En esa instalación se llevaría a cabo la ceremonia y no en Palacio Nacional como el año anterior. En este campo a cielo abierto, se garantizaba la Sana Distancia. Mientras, en espera de ver llegar a los deportistas famosos y a quienes serían galardonados por el presidente, abrí el sobre. No fue solo el impacto de ver la foto lo que me estremeció, sino la forma en que se dieron los acontecimientos.

 

 

La foto en forma de X

 

No solo recordé ese año, sino hasta el día y mes, un sábado de octubre. El Secretario de Estado llegó en helicóptero, porque según se supo después, el jet, presentaba fallas mecánicas (y el helicóptero, también). Él entró al salón de convenciones para inaugurar la Asamblea donde se encontraban los líderes del deporte mundial. Dio el discurso en alemán e inglés con acento británico. Al finalizar, se disculpó por no quedarse a la cena, con el argumento de que tenía que acudir a otro evento en representación del Señor Presidente de la Republica. Ya afuera del salón, nosotros lo esperábamos para tomarnos la foto del recuerdo, solo que los agentes de seguridad, nos bloquearon el paso, no así el Secretario que reconoció a los campeones olímpicos y mundiales y dijo que era un honor tomarse la foto con nosotros. Así que nos acomodamos, nos tomamos la foto (la foto a “decodificar”) y él partió, escoltado por elementos del ejército. Unos minutos después, se escuchó el plapt plapt de las hélices del helicóptero que se elevaba sobre las aguas cálidas de Acapulco, dando un viraje sobre su lado derecho para regresar a la capital del país.  Y días después, el 4 de noviembre por la tarde, el jet, en el que viajaba el Secretario de Estado, al entrar por la zona poniente de la ciudad de México, se desplomó y cayó sobre las vías del tren.

 

Ernesto Canto, Los Ángeles 1984

El impacto del avión quedaría en la mente de los habitantes de la ciudad y mantendría una expectación al igual que lo hizo una mujer en el año 2000, en Sídney. Éramos millones los que estábamos frente al televisor: ella se apretó el cinturón ancho alrededor de su potente cintura, se cacheteó con furia sus piernas, y remato cacheteándose los cachetes. Metió las manos en una vasija con magnesia. Sus piernas estaban al máximo de expansión, al igual que sus hombros y brazos por donde sus venas transportaban con fuerza la sangre bombeada por su corazón azteca. Se dirigió a la plancha de la sala y se paró frente a la barra para acomodarse. Y como si destrabara del piso las pesas, las elevó hasta el cielo, después estalló en gritos y brincos como si todavía las quisiera empujar más arriba; en México la gente hacia lo mismo, al saber que era la primera mujer en la historia que ganaba una medalla de oro olímpica para nuestro país. Algunos, en ese momento que se encontraban en los hospitales para convertirse en padres, cambiarían de decisión en ese instante, pero años después, cuando muchas de esas hijas estaban por cumplir 13 años de edad, entenderían del porqué llevaban en la vida el nombre de la campeona. Y al mismo tiempo, los sentimientos encontrados, y no era para menos, que esa noticia del 28 de marzo por la tarde, las entristeciera, porque las flores que se depositarían sobre ella, no serían como las flores en forma de ramo que le dieron cuando ella ganó el oro en Australia. Éstas eran las primeras flores que recibiría en su nuevo mundo. Ella, era quien aparecía retratada al lado derecho del Secretario de Estado.

 

Soraya Jiménez, Sidney 2000.

 

Y si de allí, trazamos una equis, sobre esa línea, en su extremo de atrás, se encuentra el hombre que en Moscú 80, ganó la medalla de oro por unos minutos y después se la cambiaron por una de plata, ya que el jefe del panel de jueces decidió que el clavadista ruso que estaba en el segundo puesto, podía repetir el ultimo clavado. Y de nuevo se lanzó el ruso, ejecutando un clavado más que todos. Con eso le basto para ganarle el oro al mexicano. (Señoras y señores, hace su arribo a este recinto, el señor Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, les pedimos ocupar sus asientos, se escuchó la voz del jefe de ceremonias en el sonido). El clavadista, un tanto desilusionado, encontró algo más prometedor, se dio cuenta que era un gran dentista y mejor padre de familia. Un día se sintió con malestares y acudió al hospital, sin saber que ya en Asia y Europa, se contaban con reportes de Pandemia. En México, estábamos en espera de la espera. Al final, la noticia que no se quiere ni se espera: el medallista, pierde la batalla contra una neumonía atípica, el 13 de enero, a tan solo mes y medio del llamado de “Quédate en Casa”.

 

Carlos Armando Girón, Moscú 1980.

Ahora, en este acto del Campo Marte, con cubre bocas, algunos rostros nos parecen ajenos y hasta extraños, a tal grado que se corre el riesgo de no reconocer ni a nuestro propio jefe. Y si identificas a los amigos, te quedas con las ganas de abrazarlos. En fin, el tiempo se me hacía eterno, lo que yo más quería, era que terminara pronto la ceremonia para regresar al hospital. (Señoras y Señores, les pedimos ponerse de pie para entonar el himno nacional…). Y después de tantas presentaciones de los funcionarios y de los deportistas famosos, pensé en abandonar el lugar, después de todo, ya había cumplido con el registro de asistencia. Y más que todo, dentro de mí, nunca había sentido tanto temor a las llamadas telefónicas, como en ese instante. Lo que menos quería era que vibrara mi celular, pero ante la insistencia de mi teléfono, no me quedo más que leer el mensaje que llegaba del hospital:

…nuestro hermano, se ha ido ya al Olimpo.

            Sentí que mi alma no habitaba en ningún cuerpo del universo. Y, sin embargo, me pareció oír allá muy lejos, una voz que anunciaba en el sonido: señor Presidente, nos han informado que el campeón olímpico de los Ángeles 84… (un viento de esos que llegan instantes antes que la lluvia, hizo un remolino y elevó hasta lo alto la bandera, ondeaba como despidiéndose de uno de sus hijos). Les pedimos ponerse de pie para guardar un minuto de silencio. Yo me puse de pie y seguí con la mirada fija en la fotografía. Él es quien aparecía al lado izquierdo del Señor Secretario de Estado, y atrás de mi hermano de vida, en el extremo de la equis, quien cuenta la historia, como escoltando a los 4…Ahora, yo en espera de la foto del recuerdo (señoras y señores, damos por terminada la ceremonia, agradecemos a todos los presentes…) En los alrededores, unas vocecitas que pedían: foto con los deportistas, foto con el Toro Valenzuela, foto con el Presidente, foto, foto…

 

 

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