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19 Octubre 2021, Puebla, México.

Algo se torció desde el origen en la Fundación Jenkins / Texto y video de Sergio Mastretta

Sociedad | Gráfico | 20.MAY.2021

Algo se torció desde el origen en la Fundación Jenkins / Texto y video de Sergio Mastretta

Sergio Mastretta

Una fundación entonces. Y él en vida para organizar su filantropía como hombre muerto

VIDEO

 

Algo se torció desde el origen de la Fundación Jenkins, detentadora de un capital armado en cincuenta años de capitalismo estilo revolución mexicana, un capitalismo de Estado depredador y salvaje con la clase obrera y con las reglas mínimas  del libre mercado, partidos PNR, PRM y PRI de por medio, capaz de hacer de un emigrante extranjero, el Gringo Jenkins, Don Guillermo, un magnate  con el valor al día de hoy de 700  millones de dólares, los que se disputan en una opereta trágica sus descendientes desheredados y el gobierno del estado de Puebla.

Sí, en medio de esta reyerta política que tanto entretiene a la prensa, en Puebla se juega el destino de 700 millones de dólares que nuestro Rockefeller tropical destinó en testamento para beneficencia de la ciudad de Puebla. El asunto está en manos de jueces: el pleito es entre nietos desheredados, como bien quiso Don Guillermo, y mal se defiende el gobierno de Puebla, autor en parte de esta tragicomedia por la mano que quiso meter en su momento Rafael Moreno Valle.

 

En el testamento la raíz no arrancó torcida:

“Es creencia del propio testador que nadie, con capacidad para trabajar, debe gastar dinero que no haya ganado con su propio esfuerzo… Y que no es su voluntad dejar a sus hijos riquezas y fortuna…”

Eso leyó el Notario 13 de la ciudad de Puebla algún día de noviembre de 1958. La voluntad de William O. Jenkins, quien ganó para sí igual el apelativo de Don Guillermo, el filántropo de los clubes Alfas, que el de gringo pernicioso, explotador de indios en Matamoros, y que llegara a Puebla en 1905 para convertirse, cincuenta años después, en el más acaudalado empresario del capitalismo salvaje que ha identificado al México moderno.

Y con esa lectura dio paso aquel notario al testamento en el que nuestro magnate confirmaba que su fortuna entera pasaría a la Fundación Mary Street Jenkins, creada cuatro años antes, la organización de asistencia que hasta el 2014 había administrado la mayor concentración de dinero lograda en la historia del capitalismo en Puebla, y digo al 2014, dado que siete años después no es claro su destino si nos asomamos al pleito que traen sus des-heredados tras la denuncia de uno de ellos, William Jenkins Landa, en el sentido de que su padre y sus hermanos se han llevado los millones del viejo a algún paraíso fiscal en las Bahamas y que hoy se disputan en tribunales repletos de acusaciones, embargos de cuentas bancarias y órdenes de aprehensión todavía no cumplidas.

Árbol que nace torcido, reza el dicho y canta el salsero. En esta opereta que contemplamos sobre el destino de los 700 millones de dólares que se disputan los descendientes de William Jenkins --y que mal defiende el gobierno del estado de Puebla, el otro gran actor de esta historia--, no es fácil dilucidar el origen de esta quiebra moral del propósito original  del hombre que concentró el mayor poder económico de México al arrancar la década de los cincuenta de nuestro siglo XX: el dinero para la ciudad de Puebla, en educación, en salud, en deporte, en la crianza de los niños desvalidos.

“El problema –me dice Verónica mi hermana— está en pensar que lo que no hiciste en vida otros lo harán por ti”. Es seguro que Jenkins pensó que sus descendientes no serían un buen destino del dinero que le dejaron cincuenta años de textilero a fines del porfiriato, cuando era ya el principal productor de calcetas en el país y ya había ganado su primer millón de pesos, agiotista en la revolución y en todos los años que le siguieron en línea ascendente de lo que sería después la Banca en México, terrateniente cañero-alcoholero con 23 mil hectáreas de los ocho trapiches en la región de Izúcar y Chietla de la mano de los vencedores de la guerra, igual Calles y Obregón que Cárdenas, y con el yugo de los jefes zapatistas locales, y magnate operador de la edad de oro del cine mexicano –en 1958 controlaba el 80 por ciento de los cines del país--, sus actividades como empresario y aliado de políticos y caciques, y que lo dejaron como el hombre más rico de México en la era de mayor gloria del gobierno priista.

Vaya pareja que hizo con nuestro tirano mayor Maximino. Tal vez vio en la secuela de la muerte del dictador poblano lo que no quería para lo que seguiría a la suya. Los herederos del teziuteco –por lo menos diez hijos reconocidos de su relación con varias mujeres—se jalonearon lo que quedó en el aire, que no fue poco: el rastro de la ciudad de México, las acciones en el Hipódromo, el criadero de caballos, el Cabaret Ciros, la “Casa de los Azulejos”, dos edificios de siete pisos  frente al Palacio de Bellas Artes,  las casas en Puebla, México y Acapulco, la veintena de ranchos en Puebla y Veracruz, con más de mil cabezas de ganado, y todo lo demás que resultara de las regalías por concesiones de negocios gubernamentales con empresarios que corrieron con la suerte de ser sus asociados y prestanombres.

Ese lío no sería su camino.

Una fundación entonces. Y él en vida para organizar su filantropía como hombre muerto: recursos para la construcción de Ciudad Universitaria, dinero para construir un hospital para atender a las personas con cáncer –con bomba de cobalto de por medio--, el terreno en Las Ánimas, justo donde hoy está la plaza conercial con ese nombre, pero también El Triángulo y enfrente el Wallmart, y el dinero para construir un gran sistema de refugio para niños desvalidos, prometido como hospicio desde los años veinte a los jerarcas de la Iglesia católica de Puebla, los clubes Alfa, clubes como el que ya tenía desde hacía treinta años, el Alfa 1. Le dio tiempo para ver el Alfa 2 y para soñar en acabar enterrado en el Alfa 3. Y para soñar con un hospital de cancerología equipado al cien por ciento sin que en su sueño viera como como terminaba  desvalijado después para tras años de abandono quedar convertido el edificio en uno más de los insulsos hoteles de la ciudad.

No le dio tiempo para más: moriría en 1963. 

Y por supuesto que no lo enterraron en el Alfa 3. Ahí sigue todavía su tumba entre los dos panteones, el Municipal y el Francés, con puerta propia de hierro forjado a la 11 Sur.

En la ceremonia organizada para el segundo aniversario de su muerte, en 1965, en su discurso como invitado principal, el arzobispo Octaviano Márquez y Toriz, Don Centaviano, como le decíamos entonces, se atrevió a cuestionar que la Fundación no hubiera cumplido con algunos de los propósitos que el filántropo muerto se ocupó de dejar como legado, en particular el hospital contra el cáncer y el hospicio. La consecuencia fue que no volvieron a invitar al obispo, no volvieron a organizar homenajes y mejor y para siempre, se llevaron la administración de la Fundación a la ciudad de México.

Con la acotación de que aquí el plural de los patronos de la Fundación tenía un nombre único: Manuel Espinosa Iglesias. El verdadero heredero. Y el que se aseguró a dejar en su legado la calidad de filántropo en vida. En la estación del Metrobús que lleva su nombre en la 11 Sur aquí en Puebla, el logotipo que lo presume contiene la imagen de la mano que da y la mano que recibe.

¿Por qué se vuelve tan personal esta historia para muchos de los que nacimos en esos años del medio siglo cuando el Gringo, como lo conocían en Atencingo, decide legar su fortuna de más de 150 millones de dólares a la ciudad de Puebla? ¿Será porque de niños lo veíamos en el Alfa Uno jugar tenis apenas unos meses antes de su muerte en 1963? Míster Jenkins vestido de blanco del sombrero a los tenis raqueteando con algún amigo y tal vez pensando en lo que sería de sus desheredados descendientes o imaginando el cargo de filántropo que trasladaría para sí su financiero Manuel Espinosa Iglesias.

Dos figuras entonces para pensar en un árbol torcido: la del capitalista y la del político. En tiempos sucesivos, Jenkins y Maximino Ávila Camacho, y Manuel Espinosa Iglesias y quienes tomarían el papel de gobernador en la segunda mitad del siglo. Potentados y gobernadores, el mecanismo para la construcción del poder oligarca en Puebla.

Pero no es este asunto el que se discute ahora en Puebla, como si el tema fuera no más que un pleito de familia por tres pesos que a nadie le importa. En la vida pública las elecciones son una farsa que se traga a la tragicomedia Fundación Jenkins. ¿Qué historia es esta nuestra que no es la del manejo público y transparente de una organización de asistencia pública una cuestión estratégica? ¿Por qué no son los temas fundamentales de nuestra ciudad y nuestro estado la contaminación mortal del Atoyac, la dependencia excesiva en la industria automotriz y autopartes, la inexistencia de proyectos de desarrollo de las diversas y complejas regiones del estado, por ejemplo?

No sólo se torció la Fundación Jenkins. La pérdida de rumbo es de la sociedad entera.