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18 Septiembre 2021, Puebla, México.

Así es como es / El Puerto Libre de Ángeles Mastretta

Cultura | Crónica | 11.JUL.2021

Así es como es / El Puerto Libre de Ángeles Mastretta

Ángeles Mastretta

Ilustración: Gonzalo Tassier / Revista Nexos

 

Mi hermana tenía 18 años, una cintura pequeña, unos hombros delgados y altivos, una espalda como la seda. Por encima de todo eso, una cabeza lúcida y lúdica guiándola a un baile lleno de promesas. Ahora que la recuerdo me pregunto de dónde habrá sacado el atuendo rojo que la acompañaba a bajar las escaleras cuando mi mamá la vio salir. Era un vestido sin más pliegues que la falda y con un escote que dejaba fuera la piel de media columna vertebral. La belleza de la sencillez acompañando a otra belleza. “¡Verónica!”, le dijo nuestra mamá, “así como vas vestida ¿qué dejas para el matrimonio?”.

Atesoro este recuerdo y cuando se aparece vuelvo a sonreír como si acabara de forjarlo. Me conmueven las dos. Eran tan jóvenes. Si Verónica tenía 17, mi mamá tenía 42. Ahora le llevo casi treinta a la mujer de entonces.

Yo no estaba para bailes esa noche. Tenía en la frente la contrariedad de algún estupefacto desamor y me había sentado en la banquita a un lado del mueble en que reinaba el teléfono. Por esos años los teléfonos, en efecto, reinaban en el centro de las casas.

 

No creo que estuviera yo triste, pero los bailes requerían mucho esfuerzo, eran para gozarse y el gozo no estaba siendo lo mío. Tampoco la pena. La intensidad con que muy pronto me daría por vivir, aún no era una dádiva.

Verónica desapareció tras pisar el último escalón. Al día siguiente yo fui a votar por primera vez. Sin flojera pero sin apuro. Acompañando a mis papás en un deber que casi nadie cumplía, supe que lo correcto era elegir a un señor con cara de buena persona apellidado González Morfín. Ellos no eran panistas, tenían poco tiempo para una militancia que no fuera mantener con bien a sus cinco hijos, pero tenían bajo el silencio la certeza de que no podía haber peor gobierno que el que había. Y votaban en contra sólo para dejar constancia de que lo sabían, no porque pensaran que su voto iba a evitar que gobernara quien gobernaría los siguientes seis años.

La casilla estaba instalada en las calles de atrás de nuestra casa, por el lado donde vivía gente más pobre, en la puerta de una vecindad angosta. Eran esos largos tiempos en que las elecciones las organizaba la Secretaría de Gobernación, hasta hacía no mucho presidida por quien pronto iba a ser el presidente. Yo taché mi boleta sin más en el entresijo, contenta de darle gusto a la pareja que hacían mis progenitores, como si anticipara que muy pronto no haría más que darles disgustos. Ni cinco meses más tarde inventamos lo que ya he contado, irnos a un baile de sol a sol en la cenicienta pero promisoria Ciudad de México. Misma en la que desde entonces voto, como aprendí a hacerlo junto a mi casa, siempre por la minoría. Sea quien sea que la detente.

Así es como es. Recuerdo en desorden.

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