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6 Octubre 2022, Puebla, México.

José Woldenberg: la democracia, la izquierda y la cultura / Héctor Aguilar Camín

Política /Sociedad /Sociedad civil organizada /Cultura | Opinión | 13.SEP.2022

José Woldenberg: la democracia, la izquierda y la cultura / Héctor Aguilar Camín

Héctor Aguilar Camín

Día con día

 

Ciudadanía, democracia y regresión política

 

Guillermo O’Donnell acuñó la noción de ciudadanía de baja intensidad para describir uno de los problemas más graves de nuestras democracias: la debilidad de su cultura cívica, la inmadurez de la ciudadanía. 

“Ciudadanos imaginarios” llamó Fernando Escalante a los habitantes de la sociedad política del convulso siglo XIX mexicano.   

La transición democrática mexicana del siglo XX hizo realidad algunas instituciones fundamentales soñadas por aquella ciudadanía imaginaria: elecciones libres, partidos políticos competitivos, votantes reales y un árbitro imparcial que organiza el proceso y cuenta los votos.

Ganado todo esto, el gran vacío ciudadano, el fantasma de los ciudadanos imaginarios, sigue ahí.

Por su mayor parte, el ciudadano mexicano no cree en la ley ni en su obligación de cumplirla. No cree en la autoridad, aunque la haya elegido. No paga impuestos, pero exige bienes públicos. 

No es tolerante con, ni respetuoso de, la diferencia. No tiene el hábito de asociarse para perseguir causas comunes. No es un ciudadano activo, atento a la cosa pública, solidario, participativo. Es un ciudadano receloso, enclaustrado en sus intereses particulares y familiares.  

Ahora que sus amigos celebramos sus setenta años de vida, he pensado que José Woldenberg es lo más cercano que conozco al prototipo contrario, un ciudadano de alta intensidad. 

Ha dedicado su vida a crear ciudadanía y a ser un ciudadano ejemplar. En ese sentido es un “homo kantiano”, un hombre que actúa como si su conducta fuera a ser ley y encarnara la justicia debida para todos. 

Lo que quiero decir es que si todos los actores de la democracia mexicana hubieran procedido con el apego a las reglas conque lo ha hecho Woldenberg, México sería una democracia ejemplar.

No lo es y ha emprendido en estos años una deriva hacia el rumbo contrario. La democracia mexicana está bajo asedio, sometida a presiones autoritarias en sus piezas claves, entre ellas el instituto electoral autónomo del que Woldenberg fue primer presidente, entre 1996 y 2003.

Enorme paradoja: luego de toda una vida adulta dedicada a construir la democracia, la generación de Woldenberg y otros muchos millones de mexicanos que acompañaron el proceso, ven tambalearse el edificio.

Celebración de José Woldenberg



Ayer, en un exclusivo y un tanto inaccesible y escondido recinto de la UNAM, la Unidad de Seminarios del Vivero Alto, tuvo lugar una mesa en torno a la figura de José Woldenberg.

Nos reunimos ahí sus amigos y sus admiradores a decir algo sobre su presencia y su huella en tres ámbitos fundamentales de nuestra vida pública: la democracia, la izquierda y la cultura.

Con ocasión de los setenta años de Woldenberg, como piedra de toque de la reunión, circuló la edición de Cal y Arena sobre el homenajeado, con cuarenta y cinco testimonios y reflexiones, de los autores más diversos.

Fui uno de los autores del libro y uno de los participantes en las mesas de ayer. El título de mi colaboración en el libro dice bien lo fundamental que tengo que decir de Woldenberg, la figura pública. Se titula “El ciudadano Woldenberg”.

Mi idea rectora es que Woldenberg encarna a cabalidad el tipo de ciudadano ideal que reclama la democracia: es un ciudadano de alta

intensidad.

Vale decir: una excepción en el horizonte mayoritario de ciudadanías de baja intensidad que nos caracterizan, ésas que Guillermo O’Donnell describió, clásicamente, como la deficiencia fundamental de las democracias incipientes, en particular de las latinoamericanas, y de la nuestra.

El elogio mayor que puedo hacer sobre Woldenberg a este respecto no exagera un punto, es rigurosamente cierto, como quien suma dos más dos, y comprobable, paso a paso, en la vida pública del elogiado.

Escribí que en los años de nuestra transición a la democracia y de nuestro deficiente ejercicio de ella, Woldenberg ha sido un “homo kantiano”, es decir, alguien que actúa como si su conducta fuera a ser ley y como si encarnara la justicia debida para todos. 

Es decir, que si todos los actores de la democracia mexicana hubieran procedido con la rectitud, el equilibrio y el apego a las reglas de Woldenberg, México sería una democracia ejemplar.

No lo es, es una democracia sin demócratas. Con una escasez crónica de woldenbergs.

Hay también en Woldenberg la mirada lúcida, constante, hacia la tensión civilizatoria fundamental de la modernidad, desde la Revolución Francesa: la tensión entre igualdad y libertad. 

 

Griterío y democracia


Recuerda José Woldenberg que en sus épocas de estudiante se gritaba en las asambleas: “Aquí se respetan todas las opiniones”. Su maestro Henrique González Casanova corregía: “Lo que hay que respetar no son las opiniones, sino las personas. Las opiniones no son respetables, las personas sí”.  

La pluralidad es por definición diferencia. No puede existir sin debate. Respetar todas las opiniones es una manera de pasar por alto la diversidad, de callar las diferencias. 

Pero debatir no es descalificar. El mecanismo dominante de nuestra discusión pública es no respetar a la persona. No discutir lo que se dice, sino juzgar al que habla.

Creo que si algún síntoma grave hay en la democracia mexicana es la manera como nuestra diversidad se expresa atacando personas, no discutiendo ideas. 

La consecuencia de este procedimiento es una pluralidad que ahonda sus diferencias en lugar de negociarlas, que vuelve irreconciliable lo que se podría conciliar.  

Todos hablan, pocos oyen y la mayoría sólo grita o insulta. Nuestras discusiones terminan muy rápido en ataques personales. Una votación dividida en el Congreso hace que el Presidente y sus legisladores llamen a los otros “traidores a la patria”. 

En su novela El desencanto, Woldenberg hace decir al personaje central:

Al parecer estamos condenados a seguir alimentando la dinámica de los enfrentamientos desgastantes. La culpa siempre es de los otros y somos incapaces de ponernos en sus zapatos para intentar generar una solución conjunta. Como escribió Primo Levi, a veces parecemos más sedientos de la ruina ajena que del triunfo propio. (Cal y Arena, 2009, p. 209)

Este mecanismo corruptor de la discusión pública está lejos de ser sólo un problema de modales. Es un síntoma, como dije antes, del mal mayor que lo produce: la ausencia de tolerancia, la pasión sectaria, la incapacidad de abrir espacios de discusión y solución de los conflictos.  

Llegados al punto en que estamos, la pluralidad deja de ser riqueza, se torna división, insulto, griterío.

La democracia deja de servir para lo que sirve, que es incluir la diversidad, y produce exclusiones, se come a sí misma con sus libertades, pone los cimientos de su propia destrucción.

 

Igualdad, libertad y los prodigiosos miligramos



En la Odisea, Ulises dice a Penélope que son dos las puertas por las que discurre el sueño: la puerta del cuerno y la puerta de marfil.   

Por la puerta del cuerno bajan los sueños proféticos, los que anuncian cosas que habrán de cumplirse. Por la de marfil, llegan los sueños sutiles, las fantasías llamadas a disolverse sobre su propio rastro.

Las nociones de igualdad y de libertad son las puertas por donde fluyen los sueños de la historia, al menos desde la Revolución Francesa.

A partir de entonces, izquierdas y derechas pueden distinguirse por su énfasis en alguno de estos cuernos.  

“Izquierdas y derechas”, escribe José Woldenberg, siguiendo a Norberto Bobbio, “pueden distinguirse porque las primeras han puesto el acento en la igualdad y las segundas en la libertad. Los dos grandes valores que puso en acción la modernidad, en principio y de manera simplificada, encarnan en dos grandes corrientes de pensamiento. No obstante, más de dos siglos han modelado diversas combinaciones en ambos campos: izquierdas y derechas autoritarias o democráticas, sensibles o insensibles a las fracturas sociales (Nexos, núm. 532 abril 2022).

Si entiendo bien, lo que sugiere Woldenberg es que el camino a seguir es el de sociedades que generen igualdad con sus libertades y libertad con sus igualdades.

Diría que esta búsqueda ha guiado el trayecto intelectual de Woldenberg y de buena parte de su generación.

Parece una agenda vieja, porque es una agenda clásica: cómo tender puentes entre la puerta del sueño de la libertad y la puerta del sueño de la igualdad.

La libertad sin restricciones no existe, es un sueño. Y la igualdad perfecta, tampoco: es otro sueño.

Un puente entre ambos sueños es lo que necesita el mundo, lo que necesita México. Y con mucho cuidado en las dosis de la mezcla.

Porque la historia dice que las libertades sin igualdad terminan en injusticia, y la igualdad sin libertades, en tiranía.

El equilibrio que la historia pide a gritos es libertad sin injusticia e igualdad sin tiranía. Pero de eso ha producido sólo prodigiosos miligramos, como diría Juan José Arreola.