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29 Enero 2023, Puebla, México.

Contemplar el norte desde la comunidad alfarera de Mata Ortiz. El origen / Sergio Mastretta

Cultura /Economía /Sociedad civil organizada | Reportaje | 27.NOV.2022

Contemplar el norte desde la comunidad alfarera de Mata Ortiz. El origen / Sergio Mastretta

SEGUNDA DE TRES PARTES

 

El origen

Paquímé es casi una colonia de Casas Grandes, el pueblo al que le heredó el nombre. Es obligado visitarla si se quiere entender el fenómeno extraordinario de la cerámica de Mata Ortiz. A pie no caminas más de cinco minutos hacia el sur desde la plaza del pueblo. Y cuando entras al llano, como ocurre por estos rumbos, todo empieza a parecerse: lomeríos desnudos y una llanura vacía que poco a poco se reseca a pesar de la medianía del sol de otoño, y aunque a no más de cien metros hacia el este, tras de la misma loma en la que descubrieron los muros rojos de la más importante ciudad de la Aridoamérica mexicana, se encuentre una de las decenas de plantaciones de nogales que existen en Chihuahua, lo que te gana la vista es la huella oscura de las estribaciones de la Sierra Madre Occidental en el oeste.

 

Paquimé en la llanura. Foto de Mundo Nuestro.

Pero ahí está, con todo y el edificio del Museo de las Culturas del Norte al que no entraremos dada la precaria situación de su techumbre, agobiada por las intensas lluvias de septiembre, que han obligado por lo pronto a su cierre con la promesa de su restauración. El sendero que te lleva no se entromete con la vista de pasto y tierra abiertos a un sol de otoño que no calcina. Lo que deslumbra es la historia que se contiene en esta tierra.

 

Fotografías de Mundo Nuestro.

 

Recostados en la loma breve, los muros de adobe requemados, construidos hace más de setecientos años, permiten imaginar la ciudad que fue entonces con mucha más facilidad que los caseríos que rodearon nuestras pirámides en el remoto sur mesoamericano. Allá resisten las piedras solemnes pero te ves obligado a imaginar las viviendas y los patios en las que pasaban su vida los habitantes de tan exquisitas ciudades; no queda más que acudir a las disquisiciones de los arqueólogos. Aquí las ruinas son los muros propios de las casas, que, según las crónicas coloniales alcanzaron hasta tres y cuatro pisos, y sin mayor esfuerzo puedes identificar los corralitos en los que pasaban su vida los guajolotes, muy gustados supongo que en algún mole por estos lares. Con un mínimo esfuerzo intuitivo contemplas las clavijas de las que cuelgan ollas y chunches de cocina las señoras paquimés, y se escucha el bramido de horno en el que los mezcaleros cuecen las pencas de los agaves de los que desprenderán el sotol quemante en la garganta para la ceremonia, el viaje y el olvido, y te entretienes con la cháchara de los maestros de arte plumario que trenzan penachos con las plumas rojas y verdes de las guacamayas que crían en el solar vecino y que los puchtecats norteños irán a mercar con sus parientes en el futuro Nuevo México.

 

Paquimé. Ilustración publiada en la investigación del arqueólogo Charle Di Peso en 1974, reproducida en la tesis de Mariana Azucena Villarreal Frías en La influencia iconográfica de Paquimé en la producción contemporánea de cerámica y tatuaje en Chihuahua, Colegio de la Frontera Norte, 2018 Gran parte de lo que se encuentra sistematizado en el Museo parte de la investigación del arqueólogo Charles Di Peso, con su trabajo publicado en 1974 (Casas Grandes: A Fallen Trading Center of the Gran Chichimeca), quien en 1958 iniciara las excavaciones formales en Paquimé.

 

Foto de Mundo Nuestro.

 

Arriba, la foto ofrece la perspectiva de un montículo, este sí construído con piedra, que no revela función alguna. Porque hay espacios en Paquimé que no puedes contemplarlos a simple vista. Se necesita el ojo experto del arqueólogo y la ayuda de la fotografía aérea. Pero el Montículo de La Cruz o el Montículo del Pájaro están ahí para ayudarnos a entender lo que fue la vida espiritual de una comunidad de Áridoamérica y lo que hoy pasa  por la cabeza alfarera de Mata Ortiz.

 

 

Es la investigación de Charles Di Peso la que devela al mismo tiempo un pájaro decapitado y lo que la cerámica de de Mata Ortiz reconstruirá. (Imagen reproducida en Mariana Azucena Villarreal Frías, La influencia iconográfica de Paquimé en la producción contemporánea de cerámica y tatuaje en Chihuahua, Colegio de la Frontera Norte, 2018)

 

Muros de tierra para dar cuenta de la memoria viva

 

“Los muros en Paquimé guardan la historia de la tierra –me dice la historiadora Emma Yanes frente al Patio de las Guacamayas--. Sorprenden en Paquimé las puertas pequeñas en forma  de T o de útero para entrar a las habitaciones en posición de reverencia. Una arquitectura de adobe la suya que creció hacia arriba, llena de una simbología que pasó del cielo a las vajillas. Y un amor por la plumaria de las aves que los llevó al cultivo de las Guacamayas que trajeron a esas tierras del norte desde el sur. Y el culto a las serpientes que dicen chicotean aún hoy a las mujeres.”

No es poco lo que se han encontrado en esos laberintos de barro. Dice el resumen de los arqueólogos del INAH chihuahuense: “Distribuidos de acuerdo a la historia de quienes les dieron vida se encontraron cerca de 24 toneladas de materiales arqueológicos. Entre algunos de estos podemos mencionar objetos de concha, turquesa, cerámica, madera, cestería, plumería, piedras, tierras, cobre, pigmentos, pieles, fibras, cultivos, granos, textiles, adornos personales, fetiches, instrumentos de trabajo, instrumentos musicales, guacamayas, guajolotes, representaciones mágicas en arte mural y rupestre, detalles y acabados arquitectónicos, restos óseos, enterramientos y ofrendas.”

Cuánta memoria se puede ocultar en la tierra. Una historia recuperada en los decorados de las vasijas de Mata Ortiz. En alguno de estos patios los alfareros de Paquimé quemaban sus ollas para hervir los frijoles  –rudas, gruesas, capaces de resistir el uso utilitario—y sus piezas de paredes delgadas y decoradas para los oficios más espirituales –los dioses y los muertos se encuentran siempre en los entierros.

 

Vasija-efigie de Paquimé, del acervo del Museo Nacional de Antropología en la ciudad de México.  “Este es uno de los ejemplos más sencillos de este tipo de vasijas y se encontró en Paquimé como parte de la ofrenda de un entierro donde había tres individuos infantiles. Presenta una olla de cuerpo globular con fondo cóncavo. En el borde se añadió la forma de cabeza humana. Por el frente y por la espalda tiene el mismo elemento decorativo, un cuadrado que en dos esquinas opuestas presenta un par triángulos en negro con un lado aserrado. En cada lado tiene un cuadrado dividido diagonalmente por tres líneas, de las cuales salen dos espirales que dividen, a su vez, cada mitad en dos, cada mitad de estas últimas están pintadas una de rojo cafetoso y la otra de negro.” Mtro. Enrique García García/ Curador-investigador del Museo Nacional de Antropología

 

El origen: Juan Quezada

 

Foto tomada de Galeria Juan Quezada en Facebook.

 

Juan Quezada Celado, fundador de la tradición cerámica de Mata Ortiz a principios de los años setenta, encontraba cuando era joven tepalcates en sus correrías por la sierra cercana a su pueblo. El inicio de su larga vida de alfarero --Juan tiene hoy 86 años y vive y trabaja todavía en su casa-taller en el pueblo--, se lo contó a la investigadora Martha Turok en 1999:

“Entonces no tenía pensado que a esto me iba a dedicar. No pensaba en las ollas, ni siquiera las conocía. Había una creencia de que en la Semana Santa los tesoros se abrían. Y yo, que estaba chavalo, oía que los sacaban de las “ollas pintas”. Pero algunas tenían esqueletos en vez de oros, así que no todos se animaban. Yo vivía de buscar la leña, había que vivir de algo. Me iba con las bestias por la sierra y las cuevas y las cargaba. Como las pobres tenían que comer algo y descansar, las dejaba una hora o dos y me metía a las cuevas. Allí encontraba ollas bien bonitas. Unas completas y otras pegadas. Traje unas para acá y alguien me dijo ¡unas ollas pintas! Como los dibujos me fascinaron, pensé: tengo que hacer algo como esto. No tenía la intención de vivir de ello, nada más quería hacer una. Fue muy duro porque nunca había visto a un alfarero. Empecé experimentando con el barro, la pintura, la quemada, los pinceles. Tan solo con los pinceles experimenté con plumas de todas las aves, pelos de todos los animales. Era una guerra que yo traía. Aprendí a dominar el barro, la pulida, la arreglada y todo eso. Y cuando empecé a logras mis primeras piezas, las enseñaba y como si nada. La gente de aquí a sabían que yo andaba en eso, pero no decían más.” (Marta Turok, “Juan Quezada: Un alma de alfarero”, Artes de México, 1999, citado por Mariana Azucena Villarreal Frías en La influencia iconográfica de Paquimé en la producción contemporánea de cerámica y tatuaje en Chihuahua, Colegio de la Frontera Norte, 2018. P-19)

 

Vasija realizada por Juan Quezada en 1975 y comprada por el antropólogo Spencer MacCallum –el primer gran impulsor de la cerámica de Mata Ortiz-- en un comercio de Nuevo México en 1976. Imagen reproducida por Mariana Azucena Villarreal Frías en La influencia iconográfica de Paquimé en la producción contemporánea de cerámica y tatuaje en Chihuahua, Colegio de la Frontera Norte, 2018.

 

Cueva de la Olla

 

Esa sierra de cuevas en las cañadas a la que se arrimaba Paquimé para salvar el camino al oceano Pacífico es la Sierra Madre Occidental, ese macizo plantado sobre los territorios que hoy conocemos como Sonora y Chihuahua. La costa y el altiplano suspendidos en un mar de bosques densos, robustos, que se deslizan hacia las planicies desérticas y que los antiguos oteaban desde los divisaderos en las cimas altas para comunicar con humaredas los vientos de paz o violencia, comercio o guerra que se perfilaban por las veredas.

 

 

Pienso en ello mientras la carretera caracolea desde la pradera de Casas Grandes hacia la soleada cordillera que despunta temprano en la mañana del domingo 13 de noviembre. Es el camino a la Cueva de la Olla, que por ahora no tiene más derrotero que el caserío de El Willy con sus 101 habitantes de la comunidad ejidal de Ignacio Zaragoza, pues no logra saltar pavimentada los 25  kilómetros en línea recta que la separan de la frontera con Sonora, pero sí que cruza con un puente con sus buenos treinta metros sobre el desfiladero del río Piedras Verdes que, siete kilómetros abajo, se abre con un buen caudal cristalino y helado en una vega espectacular a la que se asoman sobre sus dos riberas cuevas lo suficientemente profundas y a buena altura para albergar a una buena cantidad de comerciantes y guerreros que cubrían y cuidaban la ruta entre Paquimé y el océano Pacífico.

 

 

 

En la olla de barro hoy endurecido con la fortaleza de la piedra misma que los envuelve habrán guardado los paquimés su bastimento para sobrevivir fríos y celadas. Más de setecientos años después, el campesino Juan Quezada se encuentra tepalcates en las cuevas de esta Sierra convertida por los Paquimés en un corredor de comercio y arte. Con el tiempo logrará construir una nueva ruta alfarera con la que su pueblo, Juan Mata Ortiz, recuperará para estas praderas y sierras, una antigua manera de ganarse la vida.

 

CONTINUARÁ CON TERCERA Y ÚLTIMA PARTE