enero 16, 2026, Puebla, México

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La Casona de la 13 Sur / Sergio Mastretta

Como en el agua, como en la arena, todo se borra, todo se acaba…

 

(Crónica publicada el 3 de enero de 1991 en el periódico Cambio)

Hoy se nos murió un poco más el siglo, tío Luis. Lo sabemos los primos que nunca nos vemos y sólo nos damos un abrazo en los velorios. Y ninguno de nosotros es discreto en el tuyo, como va con un hombre que no dejó rencores. Tu hijo Luis y yo nos miramos como el par de desconocidos que se topan en un estrecho de la calle y terminan por chocar en un fugaz cruce de ojos y destinos.  Luis me gana un poco en la ruta de la calvicie, pero al fin los dos descubrimos la huella de la parentela. También mis hermanos lo abrazan, resignados al ritual del pésame, mientras Luis expone el rostro universal de la noche en vela. Hemos llegado al último, en la cúspide de este sol de fin de año que achata todas las nostalgias que provoca un entierro, justo para enterarnos que se ha decidido que no sabrás de gusanos y tierra y pasarás al otro mundo por la vía rápida de la cremación. Así que no hay tiempo para rituales, querido tío, la casona de la 13 Sur en el viejo barrio de Santiago se me viene encima con la impaciencia que tiene el pasado para salir de la memoria.

Hacía quince años que no entraba a la casa de la 13 Sur, la del tío Abelardo, el orgulloso propietario de La Tarjeta, la papelería-juguetería en la esquina que hoy traza la vista del atrio en el templo de Santo Domingo, allá en el centro. Tú conociste esta construcción en líneas rectangulares de pudiente modernista de los años cincuenta, con ese jardín formidable para jugar escondidillas infantiles y bote pateado pero desastroso en sus cristales para el beisbol. Pero no te enterarás de que has pasado tu primera noche de muerto en su comedor, ese territorio de espejos, caobas y cristalerías vedado para una infantería de hijos y primos todos cristianos y calamitosos. Ignoro incluso si supieras que en esta proletaria y mortuoria suerte de la casona convertida en velatorio del Seguro Social terminarías tus días. Sea como sea, tío Luis, aquí estamos tus parientes en el abrazo, y las palmadas se levantan como pájaros negros irreverentes que revolotean sobre mis recuerdos.

Porque irreverentes son los muertos en esta casa con el pasado de uno. Lo han tomado todo, sin dejar resquicio. La sala, con el retrato de la tía Maícha en su vestido lila y el abanico en la mano y el retrato a lápiz del tío Abelardo encorbatado lo ocupa ahora algún asegurado con sus atribulados deudos, tres jóvenes y un viejo de porte campesino que no entienden que un desconocido como yo entre sin preocuparse por un café y le dé la vuelta al féretro buscando cuadros en las paredes desnudas, sillones franceses, aquel florero de porcelana y sobre todo el piano de cola más negro y lustroso que la eternidad funeraria que ahora la ocupa. Y la estancia vecina, esa democrática plaza que cobijó navidades y felicidades con arbolitos enormes talados por el campesino Cristobalito en la Malinche y que derrumbaban siempre el menor de los sobrinos o la corretiza del french poodle. con la chimenea encuadrada en piedra y su trampa de humos como un acertijo nunca resuelto por mi mirada de niño y a donde se quemaba la envoltura de la catarata de regalos para dar calor a la inefable narración de los lances y traspiés de los primos Sánchez aquel año. La estancia, tío Luis, ese salón enorme que guardó treinta años de florecimiento y decadencia del hombre que tuvo en su puño el comercio y las ideas de la sociedad católica y bien nacida, tanto que le dio para fundar una universidad católica, es ahora una deslucida antesala para mal dormir la pena de perder un vivo o la gloria de ganar un muerto.

No te ofendas, tío, si no paso a verte al comedor. He descubierto la fuente. Sobrevive la playa y la cascada que bañaba esa selva de tréboles y helechos en las que mato con Javier mi primo leones y tarzanes, indios y vaqueros en todo el tiempo en que no lo impide la celestial visión de los pastores y las ovejas y los burros jalados por vírgenes deslumbradas por la estrella que la tía Maícha cuelga para el 24 de diciembre en un establo bien acomodado en lo alto de ese pequeño valle junto al ventanal, el que da al breakfast y su mesa redonda desde la que el tío Abelardo dirige a la hora de la comida el mundo que le rodea. Ahora se asoman por ella dos burócratas para medir el movimiento de tu parentela, tío, pues ya es casi la hora en que te llevarán al fuego, pero no logran distraerme de la visión del tío al final de la sobremesa en la que ha amasado, bolita tras bolita, el migajón para los peces de la fuente, minúsculos perdigones que arroja uno por uno con la decisión de un hombre que está convencido de su misión en este mundo.

Pero a la casona la han tomado los duendes de la muerte laica. Tanto se han ido el tío Abelardo y su tiempo.

De un día para otro la burocracia del Seguro ha revestido de gris y negro el barullo que guarda mi memoria. En las recámaras de mis primos se embodegan ataúdes. En las de mis primas se lleva la suma de muertes, en la azotea se embalsaman fiambres. En la cocina se tramitan fosas y cremaciones. En el garaje ya no se aprietan el Packard de la tía abuela, la camioneta International de La Tarjeta y el estirado Ford Galaxie del tío, que han dado paso a una proletaria carroza fúnebre. Y los muerteros cumplen su turno, bromean entre ellos, se esconden del supervisor y escapan en su pensamiento de las ocho horas muertas de su sustento. Ya no hay más clósets, escaleras, pasillos y azotehuelas para filtrar las horas ingrávidas de una tarde de abril en la que dos niños tensábamos sombras y sueños con los ruidos fugaces de los Garita-Panteón y Anexas que se desbarrancan por la calle 13 Sur hacia el Paseo Bravo. Todo este territorio lo han ganado los muertos.

También el jardín está tomado, Tío Luis. La obra negra de las nuevas salas de velación han borrado el parque de beisbol con su tribuna de olmos y fresnos atiborrados de azotadores. Tal vez el áurea de los muertos alumbre a la palomilla de peloteros que los sábados igualaba las hazañas de los Pericos Ronnie Camacho y Daniel Morejón campeones de la liga nacional en aquel año de 1963 de la rebelión popular en la ciudad que tanto entretuvo los afanes de cruzada del tío Abelardo. Ya no hay más campo para la carrera de home a primera base, ha desaparecido la estatua en piedra de un santo que hacía de ampáyer desde el rincón, y una línea de hit imaginaria por la tercera ahora le partiría la crisma a un deudo camino al llanto. Pero guardo el impacto de los vidrios desplomados por el pelotazo desde el segundo piso y el sudor me paraliza de nuevo la espalda. Aquí, en medio de este jardín de funerales proletarios de la casona en la que te despides de este mundo, tío, ese siglo de nuestros viejos se estrella contra la laja de lo perdido sin remedio.