La colonialidad
La sociedad mexicana actual está constituida sobre los valores asociados a la modernidad, valores que permean el mundo de la cultura en todas sus dimensiones y que tienen sus referentes epistemológicos en Occidente, estos valores tienen su origen en el periodo histórico de la colonia. La colonización española no sólo impuso un sistema administrativo con consecuencias hasta nuestros días, sino todo un sistema simbólico, una ideología, la cuál no se impuso de un día para otro. Si bien se usó la evangelización y otros métodos menos ortodoxos para facilitar la expoliación y el sometimiento de los pueblos originarios, lo que perdura es algo más sutil que va de la mano de la colonización pero la trasciende allende el periodo histórico de la misma: la colonialidad. [1] La colonialidad es el reducto y consecuencia de aquellos métodos y no necesita de virreinato, ni metrópoli para existir.
La colonización se dió en un periodo histórico concreto, mientras que la colonialidad es la permanencia de sus estructuras simbólicas, epistémicas y de poder, que se reproduce en las instituciones, en el lenguaje, en los criterios de lo que cuenta como conocimiento legítimo, es la jerarquía implícita que coloca lo europeo como lo formal y lo indígena como folklore. La hispanidad que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, vino a México a celebrar en días pasados no es la celebración de una identidad cultural compartida sino la celebración de esa colonialidad. Es la retórica de un proceso de mestizaje “feliz y voluntario” que pretende borrar la asimetría de poder que lo produjo y así convertir la conquista en un encuentro, la imposición en herencia y la violación en origen común.
Blanqueamiento del colonialismo
En la disputa por la historia hay algunas narrativas aparentemente menos agresivas a las de Ayuso que pretenden blanquear la colonia argumentando que jurídicamente la Nueva España no era una colonia sino un virreinato, un reino incorporado a la Corona, como si esa distinción administrativa cambiara algo sustancial. El colonialismo no se define por el nombre jurídico con que le nombra el ocupante a las colonias, sino por sus prácticas; expoliación de recursos, trabajo forzado, culturicidio, al final el resultado es el sometimiento violento de poblaciones enteras para que estas puedan ser saqueadas y expulsadas de sus territorios. Virreinato, protectorado, estado asociado, al final son nomenclaturas que pretenden blanquear al colonialismo. Estos discursos que pretenden suavizar el colonialismo son parte de la misma colonialidad.
Los súbditos
El espectáculo más bochornoso de la visita de Ayuso no ha sido ella ni lo que dice, sino quienes la reciben, mexicanos que, como expresión viva de la colonialidad, operan como súbditos de una hispanidad que históricamente los sometió, que se fotografían con ella, le hacen homenajes y replican su discurso sin que nadie se los ordene. No actúan así por traición consciente al nacionalismo simplista y ramplón en que se instala la 4T, sino por algo más profundo y más difícil de combatir, que es la colonialidad que ya hemos descrito y opera en lo más profundo de almas y mentes.
El Estado mexicano reivindica a los pueblos originarios en murales, en museos y en billetes, mientras en los hechos los somete a condiciones de miseria y los despoja de sus territorios. El Tren Maya avanza sobre tierras y sitios arqueológicos que pertenecían a poblaciones originarias sin beneficiarlas, el Corredor Interoceánico afecta pueblos mixes y zoques en el Istmo, en Puebla proyectos extractivistas que contaminan y desplazan a poblaciones originarias están en marcha; el patrón se reproduce en todo el país. El despojo continúa en nombre del desarrollo y la modernización, que son precisamente valores cuyo origen está en la colonia y en la colonialidad como su herencia.
Por tanto la colonialidad no es únicamente la intervención obscena de Ayuso con sus homenajes a Hernán Cortés y los homenajes de los súbditos mexicanos a esta hispanidad que blanquea el crimen y el despojo; es también la práctica cotidiana del Estado mexicano que reivindica retóricamente a los pueblos originarios mientras reproduce materialmente las condiciones de su sometimiento. En ambos casos el indio real, vivo, pobre y despojado, estorba. Sólo el indio muerto, museificado y folclorizado resulta políticamente útil. En los hechos ambos extremos son parte de esta misma colonialidad.
Reconocer la colonialidad como una necesidad política del presente
Por último, no se trata de odiar la cultura española ni de negar el enriquecimiento cultural del mestizaje como proceso real, sino de nombrar y poner en su justa dimensión histórica a la colonización, es decir, las prácticas de expoliación, sometimiento y violencia con que operó, así como la narrativa actual que pretende borrar esa historia. La colonialidad muta, se adapta y encuentra nuevas formas de legitimarse, por eso reconocerla no es sólo un ejercicio histórico sino una necesidad política del presente. Sobre todo porque ahora mismo en el mundo, nuevas formas de colonialismo someten a varios pueblos y más de un genocidio está en marcha.
[1] Concepto acuñado por el sociólogo peruano Aníbal Quijano para describir la permanencia de las estructuras de poder colonial más allá del fin del colonialismo formal. Quijano, Aníbal, “Colonialidad y modernidad/racionalidad”, Perú Indígena, vol. 13, núm. 29, Lima, 1992, pp. 11-20.